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BIBLIOTECA CALLEJA
SEGUNDA SERIE
A. PALACIO VALDÉS
PÁGINAS ESCOGIDAS
ARMANDO PALACIO VALDÉS
PÁGINAS
ESCOGIDAS
[Illustration]
MCMXVII
CASA EDITORIAL CALLEJA
FUNDADA EN 1876
MADRID
PROPIEDAD
Derechos reservados.
Copyright 1917
by CASA EDITORIAL CALLEJA
Imprenta de "Alrededor del Mundo", Martín de los Heros, 65.
CONFIDENCIA PRELIMINAR
Sin gusto he cedido al propósito de publicar un volumen de páginas
escogidas entre mis obras. Opiné siempre que este es un honor que debe
reservarse a los muertos. Pero los vivos en los tiempos presentes
acaparan los derechos de los muertos y se regalan con monumentos y
epitafios.
Un editor piadoso ha imaginado que de los diversos libros por mí
publicados pudieran entresacarse algunos trozos de valor excepcional. Le
dejo por entero la responsabilidad del intento.
Contra mi gusto también, ¿por qué no he de decirlo? he sido y soy
literato. En los años de mi adolescencia y en los primeros de la
juventud he creído firmemente que yo había nacido para cultivar las
ciencias filosóficas y políticas y para ser un faro esplendoroso dentro
de ellas. Llegar a ser un sabio respetado y solemne fué mi única
ambición entre los quince y los veinte años. Después por un juego de la
fortuna me vi convertido en novelista, y comprendí que la fortuna tenía
razón. Me acaeció lo que a Federico II de Prusia. Creyó haber nacido
para músico y literato y resultó un guerrero.
Lo que puede hacer con más facilidad es lo que el hombre debe hacer.
Para mí ha sido tan fácil escribir novelas como a un tenedor de libros
efectuar sus operaciones aritméticas. Cuando un amigo comerciante me
dice que le sería imposible escribir una novela me sorprende, y cuando
le comunico, en secreto, que me siento incapaz de efectuar una división
de muchas cifras sin equivocarme varias veces le dejo estupefacto.
¡Cuán fácil es dejarnos arrastrar por aquello que nos es fácil! Así yo
puesto a escribir novelas me hallé cautivo de ellas y tan contento como
el pez en el agua. El sabio no volvió a sacar la cabeza fuera hasta
muchos años después al publicar los _Papeles del doctor Angélico_.
Pero dentro de la facilidad apetecí toda la facilidad que fuese posible.
En el arte como en la vida, he sido siempre insaciable de independencia.
Ya que en aras de la literatura sacrificaba mi ambición, quise y me
propuse escribir completamente a mi gusto.
Observé desde luego que en la república de las letras, a pesar de ser
república, existían no pocas servidumbres.
La primera que me llamó la atención fué la de la _actitud_. Los
escritores, en general, adoptan al empezar una postura y no la cambian
jamás. O se calzan el coturno o se encasquetan el gorro de cascabeles.
Un amigo tuve, bien conocido y estimado en el mundo literario, que nos
hacía desternillar de risa con su gracejo inagotable. Pues bien, este
ilustre literato así que se ponía a escribir se alzaba de manos como un
caballo fogoso y no dejaba escapar más que rugidos épicos.
¿No es una verdadera esclavitud? Cada cual debe escribir según el humor
en que se halla. Esto no es perder la unidad del carácter sino mostrar
su invariable complejidad. ¡Libertad! Este ha sido siempre mi santo y
seña al penetrar en el alcázar de las bellas letras.
Los más altos ejemplos de esta amable libertad no me han venido, sin
embargo, de la poesía sino de la música. Haydn y Beethoven han sido los
hombres más libres que han existido dentro de su arte. Ayer mismo
escuchaba la famosa _sonata séptima_ del último. El tiempo tercero
principia por un alegro risueño, feliz. El poeta-músico disfruta
apaciblemente de la dulzura del vivir, de los gozosos recuerdos de su
juventud. De pronto, como si repentinamente le asaltase la memoria
aciaga de un gran dolor de su vida, de un desengaño cruel, de la pérdida
de un ser amado, aquella alegría se nubla, comienzan a escucharse notas
graves, patéticas, que poco a poco se transforman en un lamento
desgarrador.
¡Esta, esta es--me decía yo con emoción--la santa libertad que he
apetecido siempre!
Otra de las servidumbres que nos amenaza a los escritores es la de la
imitación. Por lo mismo que es la menos peligrosa es la menos frecuente,
a lo menos en estos últimos tiempos en que a los literatos les ha
acometido la rabia de la originalidad.
La admiración de los grandes maestros y el empeño en seguir sus huellas
no es sólo un sentimiento plausible sino también la prueba más evidente
de la vocación de un artista. Cuando admiramos de corazón nos elevamos
por un instante a la altura del ser que admiramos. Ni en la literatura
ni en ninguna de las artes bellas hay otro medio más eficaz para
adquirir superioridad. "La imitación--ha dicho quien lo entiende--se
encontraría hasta en los arcángeles si conociésemos su historia."
Pero la admiración no debe degenerar en idolatría. Se soporta con gusto
la influencia bienhechora de un genio, pero no se puede sufrir su
dictadura. Todos tenemos brazos y piernas y es necesario que nos dejen
andar y obrar sin ligaduras. El maestro debe ser un faro que nos guíe,
no un harpón que nos desangre. En España los admiradores de Cervantes
han llegado a hacerle empalagoso.
Por eso más que la imitación exclusiva de un genio hallo mucho más
beneficiosa la influencia de un grupo de maestros. Nuestros padres
imitaban a los clásicos griegos y latinos, y marchaban seguros. En la
antigüedad greco-latina hallaron una disciplina feliz que les salvaba de
toda aberración. Muchos que eran pequeños se hicieron grandes. Así como
la lectura de Plutarco ha despertado el heroismo en muchos corazones,
así la de Homero y Virgilio, Sófocles y Horacio hizo fluir de algunas
plumas páginas deliciosas. Recordemos nada más que la admirable poesía
de nuestro Fray Luis de León sobre la vida del campo en que imita una
oda de Horacio.
Hay épocas de bueno y de mal gusto. Hay locuras y groserías que infestan
a un período entero. Malhadado el escritor que nace en uno de estos
momentos tenebrosos. Por milagro logrará salvarse del desastre. En
cambio, será para él dichosa la suerte si se halla rodeado por hombres
de razón y de gusto. Recibir las enseñanzas de los contemporáneos cuando
son puras; no hay otro lote más feliz para un poeta o novelista. Los que
respiran a nuestro lado son los más eficaces maestros. Quien haya visto
la luz en el siglo de oro de nuestra literatura y vivido en el comercio
de Calderón, de Tirso, de Cervantes y Quevedo, tenía la mitad del camino
andado para llegar a las cumbres de la gloria. El que ha tenido la mala
fortuna de escribir en la segunda mitad del siglo XIX, entre
_naturalistas_, _decadentistas_, _luciferanos_, etc., harto ha hecho si
ha podido alcanzar la falda de la montaña. El mal gusto es mucho más
contagioso que el bueno. Permanecer sensato entre insensatos exige una
fuerza que a muy pocos es dado poseer. No presumo de haberla tenido,
pero he luchado por mantenerme firme.
Otra esclavitud más triste y vergonzosa nos está aparejada a los que
escribimos para el público; la esclavitud de la moda. La moda se nos
impone: el que pretenda sustraerse a ella queda sumergido. Al comienzo
de mi carrera literaria la avalancha de los naturalistas franceses lo
había arrollado todo. Quien no penetrase en los burdeles y nos hiciese
saber lo que allí ocurre o no tuviese arrestos para describir en cien
apretadas páginas los productos alimenticios que se exhiben en un
mercado (el rojo inflamado de las zanahorias contrastando con la nota
argentada de las sardinas, etc.), era tenido por un literato anticuado
y chirle. Cuando publiqué mi segunda novela _Marta y María_, un joven
naturalista, amigo mío, me dijo: "Está bien, querido, pero todo eso es
_agua tibia_". Pasó la ola, sin embargo, y esta florecita regada con
agua tibia que brotó hace treinta y cuatro años, aún no se ha marchitado
por completo.
Acatar servilmente el gusto del público, poner el oído a los rumores de
la calle y adular los caprichos del amo es algo que degrada al escritor.
No era esa mi cuenta. Preferí pasar inadvertido a marchar encadenado al
carro triunfal de los naturalistas franceses.
No obstante, lo confieso con dolor, todavía ejercieron sobre algunas de
mis novelas perniciosa influencia. Al repasarlas en este momento por la
tarea que se me impone, observo redundancias, prosaismos, puerilidades,
hijas de un afán desmedido de realismo. Era el agua que se bebía en
aquella época. No había llegado a penetrarme por completo de que las
novelas se componen de retratos no de fotografías. Las últimas que
escribí se han librado mejor del contagio.
Quisiera borrar las manchas que afean las otras. Si se me permitiese
rehacerlas quedarían seguramente menos mal. No me creo autorizado para
ello. En la vida como en el arte debemos cargar con los pecados de la
juventud. Todos los seres creados guardan como las pirámides de Egipto
los jeroglíficos de su historia. En el hombre, en el animal, en la
planta y hasta en los pedruscos y los metales cada cual guarda las
huellas de sus aventuras. Ruego al lector que cuando tropiece en mis
obras con alguna harto plebeya la desprecie; pero no al autor que ya
está arrepentido.
Hablemos ahora del lenguaje que es otro de los escollos en que tropieza
el escritor español. Y por de pronto no lo confundamos con el estilo
como a menudo lo veo confundido. El lenguaje para el escritor es un
instrumento como para un violinista el violín. Nunca he visto a un
violinista postrarse delante de su violín y adorarlo; pero he visto y
veo a muchos literatos hincados de rodillas delante del lenguaje.
¿Por qué tal rendimiento? Hagámosle elegante, limpio, flexible,
despojémosle de toda vileza, pero no le convirtamos en un ídolo de
piedra. ¿Por qué escribir hoy como en tiempo de Fray Luis de Granada?
¿Se habla así en el hogar, en la calle, en el Parlamento?
Si se me diese a elegir entre el tan ultrajado lenguaje periodístico y
el artificiosamente arcaico, pedantesco y desabrido de ciertos
escritores que el vulgo de los críticos admira, me quedaría con el
primero.
El lenguaje periodístico, con ser malo, me parece preferible a ese otro
rebuscado de ciertos escritores pseudoclásicos. Porque, en fin, el
periodista mal o bien dice lo que quiere decir, pero el otro, arrastrado
por la combinación de las palabras, no lo dice casi nunca. Hay quien
piensa, después de haber copiado un giro de Quevedo o Cervantes, que ha
llevado a término una acción heroica y que se le debe la cruz de San
Hermenegildo. Y si exhuma del Diccionario una palabrita allí sepultada,
se sorprende de que no le arrojen flores desde los balcones.
Recuerdo que cuando llegué a Madrid siendo casi un adolescente, fuí a
visitar, por encargo de mi familia, a un conocido escritor erudito y
bibliófilo, en cuyo salón hallé a otros tres o cuatro sujetos de sus
mismas aficiones. Estaban leyendo, con mucha algazara, la carta de un
amigo, y apenas hicieron caso de mí, como puede suponerse.--"¡Qué
donoso!"--exclamaba uno.--"¡Qué regocijado!"--respondía otro.--"¡Qué
bien que da en el hito nuestro amigo!"--apuntaba el tercero.--"¡Es cosa
para mucho holgarse!"--añadía el cuarto.
Yo creía hallarme en un baile de máscaras.
Estos disfraces aún continúan. Los avisados ríen, pero el vulgo queda
deslumbrado. No se es Quevedo por ponerse las antiparras de Quevedo.
Cuando tomo en las manos un libro de estos flamantes clásicos, me parece
estar viendo desfilar una cabalgata histórica. ¿En qué fabla me
fablades, infanzones? Ellos podrán decir: "No tenemos ingenio, ni
amenidad, ni ciencia, ni gracia, ni observación, ni sentimiento; pero
tenemos lenguaje."
He pensado siempre que éste ha de ser lo más claro, lo más sencillo y
transparente posible. ¿Buscaba Santa Teresa los giros de los siglos
pretéritos para introducirlos en sus _Moradas_? No; escribía en estilo
llano como oía hablar en torno suyo. Y, no obstante, resulta su prosa de
una nobleza extremada, más penetrante y sugestiva que la de ningún otro
escritor español.
Peor aún que el lenguaje pseudoclásico es el llamado _colorista_ que en
Francia inauguró Teófilo Gautier, y que Zola y los hermanos Goncourt
llevaron a una monstruosa exageración. Buscar palabras nuevas importadas
de la pintura, es fácil tarea. Los grandes escritores no han tenido
necesidad de apelar a tanta palabrería pictórica para grabar
profundamente los tipos y las escenas que han creado. ¿Quién no se
representa vivamente la aventura de los molinos de viento en el
_Quijote_? ¿Quién no ha visto a Carlota en el _Werther_, de Goethe,
cortando el pan y distribuyéndolo a sus hermanitos?
Entre nosotros ha echado raíces este nuevo _preciosismo ridículo_ y se
ha desarrollado con la velocidad del microbio del tifus. En una revista
literaria he leído la siguiente descripción de un salón de baile:
"En los senos duermen las flores con esa voluptuosidad del pétalo
marchito, y en los labios rojos ruedan las sonrisas amables y brotan las
frases cortesanas. El piano, envidioso, muestra en risa irónica sus
dientes blancos; y tableteando sobre los cristales una lluvia fría,
menudita y soñolienta.
"Sobre el grupo va la luz tonificando los rosas, el rosa de crepúsculo
de los trajes, el rosa de las mejillas, el de grano de granada de las
uñas y el rosa suave, diluído, enervante de las flores."
Después de leer esto ¿no se siente la nostalgia del _Boletín de
Pósitos_? En verdad que si tal es el estilo colorista hay motivo para
aborrecer el arco iris.
Pero dejemos estas inepcias y vengamos a otra servidumbre más peligrosa
en que con frecuencia caemos los que emborronamos papel. Hablo del
dinero.
"Poderoso caballero es don Dinero", dijo nuestro poeta. El dinero es un
magnífico señor que paga bien a quien mal le sirve. Paga bien, pero nos
disminuye. El escritor que se pone a su servicio pierde la iniciativa y
el reposo, tan necesarios a los que cultivan la belleza. Sus cadenas son
de oro, pero cadenas al fin.
¿Debe vivir el escritor de su pluma? Parece lógico. Si presta un servicio
a sus semejantes, éstos se hallan obligados a remunerarle.--"Quien sirve
al altar, viva del altar"--ha dicho San Pablo. El poeta que sacrifica en
el altar de las Musas, debe vivir de él.
Debe vivir, es cierto; ¿pero debe vivir en un palacio rodeado de
domésticos y caballos? No hay necesidad. Una posición independiente y
modesta es suficiente para que pueda ofrecernos los frutos de su
ingenio. Si la riqueza le ha venido por otros caminos, no le perjudicará
cuando sepa emplearla adecuadamente. Viajes, libros, juegos, muebles
suntuosos, cuadros, saraos, todo esto es un alimento para la fantasía y
se halla en la dirección de su vida. Equipado de esta manera espléndida
acaso su vuelo sea más alto. Mas para alcanzar estas doradas
herramientas, aun en los países en que es factible, necesita forzar la
mano, y esto no se consigue sin detrimento de la calidad del artículo.
En otros tiempos la literatura no daba dinero, y se escribía, y no se
escribía del todo mal. Hoy da dinero y se escribe, y no se escribe del
todo bien. Quiero decir que cebados por la ganancia, escribimos más de
lo que debiéramos. Nuestras obras no suelen salir bien cosidas, sino
hilvanadas. Cuando el hombre no piensa en el resultado de su trabajo, es
cuando sale mejor. Nuestros abuelos escribían libros más duraderos,
porque pensaban más en ellos que en el editor.
Sin embargo, bueno es rechazar la absurda especie que corre válida entre
los ignorantes y frívolos de que el hambre aguza el ingenio. El hambre
no aguza más que los malos instintos. Jamás me convencerá nadie de que
las musas reciben con agrado en su jardín del Parnaso a los poetas
famélicos. El escritor necesita cierto grado de bienestar, y además
aquello que nuestros antepasados llamaban _ocios_; esto es, el descuido
de los intereses materiales. Pero este reposo no lo consiguen los
actuales escritores de profesión pensando en las pesetas que les vale
cada cuartilla. Mejor lo lograban aquellos abuelos, aceptando un modesto
empleo en las oficinas del Estado o en el archivo de cualquier
prócer.--"Cuando al sonar la hora--me decía un amigo literato empleado
en una casa de banca--cierro los libros de cuentas, mi imaginación
queda absolutamente libre y puedo ocuparla en lo que se me antoje."
Claro está que un empleado en una casa de banca no podrá escribir
ochenta novelas en su vida, pero escribirá tres o cuatro que valgan por
las ochenta, y el mundo quedará satisfecho aunque renieguen los
fabricantes de papel. Escribir poco es, en los días que corren, una gran
virtud. Confieso humildemente que yo no la he poseído; pero los hay más
viciosos, todo el mundo lo sabe.
A los que no caen en la esclavitud del dinero les suele poner el yugo
sobre la cerviz el ansia de gloria. El aplauso es tan necesario al
escritor como el aire mismo que respira. Todos los seres humanos viven
sedientos de él. Hasta los caballos necesitan palmaditas en el cuello
para correr. Los que lo rehuyen es que quieren ser aplaudidos dos veces,
como dice La Rochefoucauld, o marineros que bogan de espalda al sitio
donde quieren ir, según San Francisco de Sales.
Como no soy un impostor, declaro que amo y he amado siempre el aplauso.
Pero existen dos clases de aplauso: el sincero, el espontáneo que brota
del corazón de los hombres y sale fervoroso a sus labios, y aquél que se
les arranca a fuerza de reverencias.
Parece natural que todos amemos el primero y desdeñemos el segundo. Sin
embargo, no es así. Hay escritores que corren desalados en pos del
elogio, y para alcanzarlo montan en toda clase de vehículos, sucios o
limpios. Un académico, ya fallecido, decía a cierto amigo suyo, en uno
de esos momentos de expansión que suelen tener hasta los criminales:
"¡Tú no sabes, querido, la serie de bajezas que he necesitado hacer para
entrar en la Academia!" Hay otros que llevan el bolsillo provisto de
artículos acaramelados firmados por sus amiguitos, y se los ofrecen a
los directores de periódicos cuando les tropiezan en la calle, como si
fuesen en efecto caramelos de la _Pajarita_.
No he amado nunca esa clase humillante de aplauso. Me gusta limpio,
sincero, confortante. ¿Para qué sirve que os palmotee todo el mundo en
la calle, si al llegar a casa y meteros en la cama os silba vuestra
conciencia?
El elogio venido de lejanas tierras, donde no saben si soy gordo o
flaco, torcido o derecho, me ha seducido siempre. Me seduce, porque es
absolutamente espontáneo y me parece una promesa de inmortalidad. Aún
más me siento halagado por las cartas que me envían personas
desconocidas expresándome la impresión que mis libros les han causado.
Esto es halagüeño, sí, lo confieso. Pero cuando me encierro en mi
cuarto y después me encierro en mí mismo, no puedo menos de decirme:
"¡Pura vanidad! Mis libros no son más que burbujas del agua que se
mantienen un instante sobre la corriente y desaparecen; leves sonidos
que el aire produce al penetrar casualmente en una flauta. Si se me
despojase de lo que pertenece a los grandes maestros que me han
precedido, quedaría desnudo. Hay, sin embargo, algo de lo cual nadie en
este mundo me puede despojar, y es la dulce satisfacción de saber que
algunas de mis páginas han hecho asomar la risa a los labios, y otras,
lágrimas de ternura a los ojos; es la certidumbre consoladora de que
nadie ha salido de la lectura de mis novelas menos puro y menos noble de
lo que era".
A. PALACIO VALDÉS
Mayo de 1917.
MARTA Y MARÍA
Esta novela, segunda de las que escribí, fué publicada en el año 1883
por la _Biblioteca Arte y Letras_, de Barcelona, con dibujos de
Pellicer. Su forma y su baratura, en aquella época excepcionales,
lograron que se difundiese extremadamente. Algunas personas timoratas
quisieron ver en ella un ataque insidioso contra el misticismo, y
algunos sacerdotes, haciéndose eco del mismo error, tronaron contra ella
desde el púlpito.
Apenas necesito defenderme de tal acusación. Presentar dos caracteres
que se ofrecieron a mi vista cuando contaba veinte años y que ejercieron
considerable influencia en mi vida y en mi corazón, fué mi único
designio. Si del contraste aparece uno de ellos mortificado y el otro
glorioso, no es cuenta mía sino del Supremo Hacedor que los ha formado.
El verdadero misticismo nada tiene que ver en este asunto. Las místicas
sinceras y espontáneas como Santa Teresa, Santa Catalina de Génova,
Margarita de Alacoque, jamás pueden hacerse antipáticas. Pero lo son
alguna vez sus frías imitadoras. Los sentimientos más altos y nobles
tienen su aparato externo para expresarse. Imitar este aparato puede
halagar la imaginación sin que el corazón haya hablado todavía. Siempre
resulta ridículo el desequilibrio entre lo que se pretende y lo que se
puede. Y tal es el caso de mi novela.
La prueba más evidente de lo que acabo de afirmar es que mientras
algunos católicos y sacerdotes la reprobaban, otros la aplaudían.
Hallándome, algún tiempo después de publicarse, en el pueblo de
Marmolejo tomando las aguas salutíferas que allí manan, me anunciaron en
la fonda donde me hospedaba la visita de un señor sacerdote. Bajé a la
sala y tuve el gusto de trabar conocimiento con un canónigo de una de
las más importantes iglesias metropolitanas españolas, persona de muchas
letras y reconocido talento. Me dijo estas o parecidas palabras:
"He venido a visitar a usted sabiendo que aquí se hallaba, porque quiero
expresarle el placer que he sentido leyendo su última novela. (Omito el
juicio que le merecía como obra literaria.) Creo que es de gran utilidad
en el estado actual de las conciencias. En las jóvenes que frecuentan
hoy las iglesias suele haber más capricho y fantasía que corazón. Cuando
alguna de ellas en el tribunal de la penitencia me comunica sus deseos
de entrar en un convento, si yo entiendo que hay en ella más
romanticismo que amor de Dios y de la virtud, le doy a leer su novela
de usted que me sirve de receta para curarla de su ataque nervioso de
misticismo."
¿Necesitaré decir que con estas palabras quedó mi conciencia
perfectamente tranquila?
Sin embargo, como estos negocios del alma son en extremo delicados y sin
haberlo querido pude haber hecho daño a ciertas conciencias tímidas,
repito aquí lo que he dicho en la advertencia preliminar puesta en las
últimas ediciones de _Marta y María_: "No doy a ninguna de las palabras
contenidas en mi libro otra significación que la que pueda acordarse con
la fe cristiana y con las enseñanzas de la Iglesia Católica, a las
cuales me glorío de vivir sometido."
UNA EXCURSIÓN A LA ISLA
El marqués de Peñalta es el prometido de la señorita María de
Elorza. Se hallaba ya cercana la fecha de la boda cuando María,
sufriendo un ataque agudo de misticismo, vacila si debe o no
casarse e impone una prórroga a su novio. Este se resigna de mal
grado. Sigue frecuentando la casa, pero María entregada a sus
prácticas piadosas no siempre le acompaña. El marqués de Peñalta se
ve obligado a pasar largos ratos en compañía de Martita, hermana de
María, que es una niña de catorce años. A causa de la intimidad que
entre ellos se establece prende en el inocente corazón de Martita
un amor apasionado por su futuro cuñado. Cuando se da cuenta de él
se horroriza y hace esfuerzos por sofocarlo. En estos días se
celebra una excursión de placer a un islote propiedad de D. Mariano
de Elorza, padre de las dos hermanas. María no toma parte en ella.
Martita, excitada por el _champagne_, se arroja a decir y a
ejecutar lo que el lector verá en este capítulo.
En tanto el Océano, indiferente a las risas y a las angustias de
aquellos insectillos que rozaban su bruñida epidermis, reverberaba el
incendio del sol en toda su inmensidad, gozando este placer augusto con
el mismo sosiego que en los primeros días del mundo. La luz ya podía
espaciarse libremente sobre su llanura húmeda corriendo leguas y leguas
en un segundo, lanzando sus llamaradas a los últimos confines del
horizonte o recogiéndolas de pronto en haz resplandeciente; ya podía
jugar sobre las crestas espumosas de sus olas o besar tímidamente el
espejo diáfano de las aguas o salpicarlo con menudo polvo de plata o
dejarse caer desmayada con lánguido y voluptuoso estremecimiento que se
perdía entre los pliegues de las olas. Nada conseguía alterar la paz
solemne de su corazón ni hacerle emitir una nota más grave o más aguda
en la grandiosa aria de bajo profundo que canta desde el principio del
universo.
Los contornos de la Isla se dibujaban ya con precisión, negros y adustos
como si acabasen de salir de un gran incendio. Según se iban acercando a
ella, el blanco cinturón, que desde lejos parecía ceñirla, rompíase en
mil pedazos separados por considerable distancia. Ruido formidable de
muchedumbres que combaten, cadenas que se arrastran y peñas que se
desgajan, venía de allá indicando a nuestros viajeros que se acercaba el
término de su jornada. Al cabo de una hora de marcha atracaron por fin,
no sin algún trabajo, a su peñascosa costa. Después necesitaron subir
por un estrecho y peligroso sendero labrado en la roca para encontrase
al fin en tierra firme y llana. La Isla no merecía este nombre. Era un
islote de dos o tres kilómetros de extensión, propiedad de D. Mariano de
Elorza, que sólo la utilizaba para cazar de vez en cuando y traer de
allá todos los años algunos centenares de huevos de gaviota. Estaba
cubierta a trechos de pinos, pero en su mayor parte vestida de tojo
donde las liebres y conejos tenían su guarida. Por casi todos los lados
ofrecía espantosos precipicios sobre el mar, que la batía
incesantemente entrando y saliendo con furia en las concavidades de las
rocas que la circundaban. D. Mariano había edificado en el centro una
casita para guarecerse, a la cual había ido añadiendo poco a poco
algunas comodidades. Constaba solamente de un espacioso salón, un
comedor, algunas alcobas y la cocina; pero la tenía bastante bien
amueblada y circuida de un jardincito donde crecían de mala gana algunos
árboles de adorno.
Mientras se disponía la comida y llegaba la falúa de la Sanidad, que
había ido a depositar a Isidorito como triste deportado en un árido
paraje de la costa, señoras y caballeros se diseminaron, dedicándose a
la caza o a la pesca, según las aficiones y aptitudes de cada cual.
Empezaron a sonar tiros aquí y allá, demostrando que los conejos, que se
habían propagado en progresión geométrica, sufrían la ley de represión
descubierta por Malthus. Los viajeros que no tenían instintos
sanguinarios se acomodaban buenamente sobre el musgo al borde de los
precipicios, contemplando de hito en hito el horizonte, por donde solía
cruzar la vela de algún barco. Otros estudiaban la flora arrancando
hierbecillas y discutiendo ampliamente acerca del cultivo que convendría
a aquellas tierras y de los productos que pudieran dar. Cuando todo
estuvo arreglado, D. Mariano se lo notificó por medio de sus criados, y
unos en pos de otros los tertulios se fueron replegando hacia la casa y
entraron en el salón, donde se había improvisado una espléndida mesa
atestada de manjares y flores. Buen trabajo y bastante ruido costó
sentar a tanta gente, pero al fin se consiguió gracias a la actividad
del dueño de la casa, poderosamente auxiliado de un joven que traía el
pelo por la frente, a quien ya tuvimos el honor de conocer la noche del
sarao celebrado con motivo del santo de doña Gertrudis.
La comida fué digna del anfitrión. Ningún refinamiento gastronómico se
echaba de menos. Todo estaba sabiamente previsto por una imaginación
familiarizada con los asuntos culinarios, y alguien pudo decir en la
mesa, con verdad, que no era tan desdichada la vida en una isla
desierta, como se decía en el Robinson Crusoe y en otros libros. Cada
comensal tenía frente a sí cinco o seis copas, que dos criados se
encargaban de ir llenando sucesivamente de diversos vinos, según los
manjares que se servían. A nadie sorprenderá, pues, que al terminarse la
comida hubiese brindis entusiastas, precedidos de discursos
elocuentísimos y acompañados de gritos, bravos y felicitaciones de todo
género al orador. D. Máximo los rompió con unas cuantas frases bastante
mal dichas, pero muy conmovedoras, referentes a la brevedad de la vida,
a la miseria de los placeres, a la recompensa que nuestros dolores
alcanzarán en un mundo mejor y a otros asuntos de ultratumba. El orador
concluyó por verter lágrimas copiosas, embargado por tan fúnebres
consideraciones. No faltó, sin embargo, quien afirmase por lo bajo que
la _papalina_ de D. Máximo era la menos divertida que jamás había visto.
Pronunció después el ingeniero Suárez, con frase correcta y atildada, un
discurso enderezado a preconizar la importancia que la mujer tenía en
la actual civilización y las saludables modificaciones que merced a su
influjo se habían obtenido en las costumbres de los pueblos modernos:
hizo un elogio tan brillante como acabado de sus aptitudes artísticas,
declarándolas muy superiores a las del hombre; habló también de sus
perfecciones físicas, entreteniéndose con mucha complacencia a
enumerarlas, y terminó brindando incondicionalmente por la obra más
bella y primorosa de la creación, por la eterna y dulce compañera del
hombre. Las señoritas de Ciudad batieron palmas. Inmediatamente se
levantó D. Serapio, y con lengua bastante gorda propuso en términos
concretos que el brillante concurso que le escuchaba se estableciese
definitivamente en la isla, a fin de poblarla, invitando a cada uno de
los presentes a buscar lo más pronto posible pareja. La circunstancia de
hacer un guiño tan malicioso como grosero a una de las criadas que
servían la mesa, al terminar su invitación, despertó contra él una
tempestad de silbidos e interrupciones. No pudiendo explicar
satisfactoriamente su conducta, D. Serapio se fué muy incomodado a dar
una vuelta por la cocina. Al poco rato sonó allá una bofetada.
Siguieron los brindis, cada vez más acalorados y tempestuosos, de tal
modo que nadie se entendía. Uno de los más celebrados fué el de Martita,
quien por consejo de Ricardo, que estaba a su lado, había bebido tres
copas de champagne y no sabía lo que le pasaba. La pobre niña, tan
reservada y silenciosa por temperamento, empezó a charlar por los
codos, dirigiendo pullas muy saladas a todos los presentes, que las
acogían con regocijo y aplauso. Cuando una señora le dijo que estaba
borracha, se puso muy seria y afirmó que sólo estaba un poco alegre, lo
cual nada tenía de particular teniendo en cuenta sus pocos años. Esta
salida hizo reir a los convidados. Los vapores del champagne habían
coloreado sus mejillas fuertemente y le producían alguna sofocación.
Mientras hablaba no cesaba de darse aire con el pañuelo. Sus ojos tan
fijos y serenos ordinariamente, habían adquirido singular movilidad y
cierto brillo malicioso que consiguió llamar la atención de Suárez el
ingeniero. El mismo timbre de la voz se le había modificado de un modo
notable, haciéndose más grave y firme. Parecía que se operaba en ella
una anticipación artificial y momentánea de la plenitud del sexo.
Cuando se cansaron de disparatar, D. Mariano hizo que sacaran las mesas
del salón, para que bailasen los jóvenes. Un piano, jubilado por su
respetable ancianidad en aquel retiro, fué el que marcó con voz cascada
el compás de una mazurka. Como era de esperar, el baile perdió al
instante toda gravedad y ceremonia y se convirtió en torbellino de
saltos, gritos y risas. Marta, que bailaba con Ricardo, le dijo de
pronto:
--No puedo soportar este calor: ¿quieres que salgamos un poco a tomar el
fresco?
--Vamos; yo también estoy muy sofocado.
Cuando estuvieron en el jardín, le dijo:
--Si quisieras hacer conmigo una expedición, te llevaría a un sitio que
no conoce aquí nadie más que papá y yo; una playa oculta entre las
rocas. Hasta que se está en ella no se la ve... Es un sitio precioso...
--¡Vaya si quiero! Demasiado sabes la afición que tengo a los paisajes y
sobre todo a los de mar... ¿Por dónde se va?
--Sígueme... ya verás.
Marta emprendió la marcha hacia un bosque de pinos situado no muy lejos
de la casa y Ricardo la siguió. Vestía la niña un traje azul marino, con
adornos de encaje blanco y en la cabeza llevaba sombrero de paja
adornado con una guirnalda de campanillas rojas.
--Después que lleguemos a ese bosque vas a experimentar una sorpresa.
--¿De veras?
--Ya verás, ya verás.
En efecto, así que estuvieron en el bosque y caminaron algún tiempo por
él, tropezaron con una cueva tapada a medias por los árboles y la
maleza. Marta, sin decir palabra, se introdujo en ella, y en dos
segundos desapareció. Ricardo quedó un instante parado y altamente
sorprendido; pero una fresca carcajada que sonó dentro le sacó de su
estupor.
--¿Qué es eso; no te atreves a entrar, cobarde?
--¿Pero, chica, no ves que puedes hacerte daño?
--¡Entre usted, bravo guerrero!
--Bien... ya que te empeñas...
Cuando se hubo unido a Marta observó que la cueva se abría bastante y
estaba tapizada de arena.
--¡Oh, no pensé que era tan grande y cómoda!
--Bueno; pues ahora sígueme.
--¿Adónde?
--¡Qué preguntón eres!... Ya lo sabrás, hombre, ya lo sabrás.
Entró por la cueva adelante, que cada vez se iba haciendo más oscura,
seguida de Ricardo, el cual no apartaba la vista de ella temiendo a cada
instante verla caer o chocar con algún obstáculo. Al cabo de poco tiempo
borróse la silueta de la niña en el fondo oscuro de la caverna, y
Ricardo se halló en verdaderas tinieblas.
--No tengas cuidado: sigue, que no te pasará nada... Iré hablando para
que camines en dirección de la voz... Si quieres que te dé la mano te la
daré... ¿No?... bueno, pues no te quedes atrás... Dentro de muy poco
tiempo empezarás a bajar... pero es una pendiente suave... ¿Lo ves?...
No te quejarás del suelo... aunque uno se cayese no se haría mucho
daño... No tardaremos en ver luz... Ten cuidado... inclínate a la
derecha que el camino hace ahora una revuelta... ¡Ea, ya tenemos
claridad!
Un punto luminoso se veía efectivamente a los pies de nuestros jóvenes a
unas cien varas de distancia. La silueta de Marta volvió a romper las
tinieblas y a resaltar sobre la escasa claridad que entraba por el
agujero. Oyóse en la cueva un sordo y prolongado rumor que hacía
sospechar la proximidad del Océano. A los pocos minutos salían a la
luz.
Ricardo quedó extasiado ante el espectáculo que se ofreció a su vista.
Estaban frente al mar, en medio de una playa rodeada de altísimos
peñascos cortados a pico. Parecía imposible salir de ella sin arrojarse
a las olas que venían majestuosas y sonoras a desplomarse sobre su
dorada arena festoneándola con sábanas de espuma. Nuestros jóvenes
avanzaron hasta el medio contemplando, sin decirse una palabra,
embargados por la emoción, aquel misterioso retiro del Océano que
semejaba un locutorio escondido y amable donde venía a contar sus
profundos secretos a la tierra. El cielo, de un azul muy claro, hacía
brillar el arenoso pavimento que se inclinaba hacia el mar con declive
suave. Se pasaban los meses y los años sin que la planta de un hombre
imprimiese su huella en él. Los altos muros negros y carcomidos, que
cerraban en semicírculo la playa, esparcían sobre ella silencio triste.
Sólo el grito de algún pájaro marino, al cruzar de un peñasco a otro,
turbaba la eterna y misteriosa plática del mar.
Ricardo y Marta continuaron avanzando hacia el agua lentamente,
dominados por el respeto y la admiración. Según caminaban, la arena se
iba haciendo más blanda; las huellas de sus pies se llenaban
inmediatamente de agua. Al acercarse, observaron que las olas crecían y
que sus volutas retorcidas en el momento de desplomarse los taparían si
se pusiesen debajo. Venían graves, firmes, imponentes hacia ellos, como
si tuviesen seguridad de arrollarlos y sepultarlos para siempre entre
sus pliegues, pero a las cinco o seis varas de distancia se dejaban caer
en tierra desmayadas expresando su pesar con un rugido inmenso y
prolongado. Los torrentes de espuma que salían de su ruina venían
extendiéndose y resbalando por la arena a besarles los pies.
Al cabo de algún tiempo de contemplarlas fijamente, Marta sintióse
turbada. Creyó advertir en ellas cada vez más ansia de tragarla y que
expresaban su deseo con gritos rabiosos y desesperados. Retrocedió un
poco y tomó la mano de Ricardo sin comunicarle el miedo pueril que la
embargaba. La sábana de espuma que las olas extendían, en vez de besarla
pensaba que la mordía los pies. Al replegarse de nuevo con aspiración
gigantesca la arrastraba contra su voluntad para llevarla quién sabe
adónde.
--¿No te parece que nos vamos acercando demasiado a las olas, Ricardo?
--¿Crees acaso que van a llegar adonde estamos nosotros?
--No sé... pero se me figura que nos vamos deslizando insensiblemente...
y que concluirán por taparnos.
--Pierde cuidado, preciosa--dijo echándole un brazo sobre el hombro y
atrayéndola suavemente hacia sí;--ni las olas suben, ni nosotros
bajamos... ¿Tienes miedo a morir?
--¡Oh, no; ahora no!--exclamó la niña en voz apenas perceptible,
estrechándose más contra su amigo.
Ricardo no oyó esta exclamación. Seguía con la vista atentamente la
marcha de un vapor que cruzaba por el horizonte sacudiendo su negra
columna de humo.
Al cabo de un rato quiso anudar la conversación.
--¿De veras tienes miedo a la muerte? ¡Oh! haces bien... Hoy el mundo
guarda para ti su sonrisa más amable... Ni una sola nube oscurece el
cielo de tu vida... ¡Dios quiera que no llegues a desearla nunca!
--Y tú, ¿tienes miedo, dí?
--Unas veces sí y otras veces no.
--¿En este momento lo tienes?
--¡Ah, qué curiosilla eres!--exclamó volviendo hacia ella su cara
sonriente.--No; en este momento, no.
--¿Por qué?
--Porque si el mar nos tragase, moriríamos los dos juntos, y yendo en
tan amable compañía, ¡qué me importa dejar este mundo!
La niña le miró un rato fijamente. Los labios del joven estaban plegados
por una sonrisa galante y protectora. Separóse de él bruscamente, y
volviéndole la espalda se puso a caminar por la playa rozando los
dominios de las olas.
El vapor iba a ocultarse ya detrás de uno de los cabos como un guerrero
fantástico que caminase dentro del agua asomando solamente el penacho de
su casco. Cuando hubo desaparecido, Ricardo fué a unirse a su futura
hermana, que no pareció advertir su presencia, enteramente abismada en
la contemplación del Océano. No obstante, al cabo de un rato volvióse
de improviso y le dijo:
--¿Te atreves a ir conmigo a la peña que se ve allá abajo, a la derecha?
--No tengo ningún inconveniente; pero te prevengo que está subiendo la
marea y que esa peña quedará rodeada de agua antes de una hora.
--No importa; tenemos tiempo para ir a ella.
Dando brincos y haciendo equilibrios sobre los peñascos de la costa
llenos de charcos y tapizados de algas, donde corrían grave riesgo de
resbalar, llegaron a la peña, que avanzaba buen trecho dentro del mar.
--Sentémonos--dijo Marta.--¡Cuánto mar se ve desde aquí! ¿no es cierto?
Ricardo se sentó a su lado y ambos contemplaron la húmeda llanura que se
extendía a sus pies. Cerca de ellos ofrecía un color verde oscuro; a lo
lejos era azul. Allá en el centro la gran mancha de plata seguía
resplandeciendo con vivos destellos reflejando el encendido disco del
sol. De los profundos senos líquidos de aquel infinito salía una música
grave pero insinuante que empezó a sonar como caricia paternal en los
oídos de nuestros jóvenes. El gran desierto de agua cantaba y vibraba en
los espacios como el eterno instrumento del Hacedor. La brisa que de sus
olas llegaba tenía una frialdad grata que les refrescaba las sienes y
las mejillas. Era un aliento vivo y poderoso que ensanchaba su corazón y
lo inundaba de sentimientos vagos y sublimes.
Ni uno ni otro hablaron. Gozaban contemplando la majestad y grandeza
del Océano con un sentimiento humilde de su pequeñez y con vago deseo de
participar de su fuerza sagrada e inmortal. Sus ojos paseaban una y otra
vez, sin fatigarse nunca, por la línea indecisa del horizonte, que les
revelaba otros espacios sin fin azules y luminosos. Sin darse cuenta de
ello, por un movimiento instintivo, se habían acercado de nuevo uno a
otro como si temiesen algo de la presencia de aquel monstruo que rugía a
sus pies. Ricardo había pasado un brazo en torno de la cintura de la
niña y la tenía sujeta suavemente para defenderla de cualquier peligro.
Al cabo de mucho tiempo, Marta volvió su rostro encendido hacia él y le
dijo con voz conmovida:
--Díme, ¿me dejas apoyar la cabeza en tu pecho?... ¡Tengo unas ganas de
llorar!
Ricardo la miró con sorpresa, y atrayéndola dulcemente hacia sí la
acostó sobre su regazo. La niña le dió las gracias con una sonrisa.
--¿Te encuentras bien ahora?
--¡Oh, sí; muy bien, muy bien!
--¿Quieres dormir un poco a ver si te pasa ese malestar?
--No, no quiero dormir... Déjame... no me hables... ¡si supieras qué
bien me encuentro!
Ricardo sonrió satisfecho y le acarició la cara como a un niño.
El agua batía la peña donde se hallaban, salpicándoles de espuma y
entrando y saliendo sin cesar en las profundas concavidades de la roca,
que parecía hueca como un edificio. Las corrientes que se precipitaban
por ellas despertaban en su seno extraños y confusos rumores, que unas
veces semejaban los ecos lejanos de un trueno, otras los ronquidos
profundos de un órgano.
Marta, con la cabeza apoyada en el regazo del joven y la cara vuelta al
cielo, hacía rodar sus grandes y límpidos ojos continuamente por la
bóveda azul, con el oído atento a los graves rumores que debajo de ella
sonaban. El viento fresco del mar no había conseguido aún apagar el
ardor de sus mejillas.
--¡Atiende!--dijo de pronto.--¿No oyes?...
--¿Qué?
--¿No oyes entre los ruidos del agua algo parecido a un lamento?
Ricardo atendió un instante.
--No oigo nada.
--No; ya ha cesado... aguarda un poco... ¿No lo oyes ahora?... Sí, sí,
no cabe duda... En las cuevas de esta roca hay alguien que se queja...
--No hagas caso, tonta. Es la resaca que produce sonidos extraños...
¿Quieres que me baje a mirar lo que hay dentro?
--¡No, no!--exclamó con sobresalto.--Estate quieto... Si te movieses
ahora me harías mucho daño...
La gran mancha de plata se extendía cada vez más por el ámbito del
Océano, pero empezaba a palidecer. El sol caminaba velozmente hacia el
horizonte con serenidad majestuosa, sin una nube que lo escoltara,
anegado en un vapor de oro y grana que se filtraba hasta perderse
enteramente en el azul claro del firmamento. La peña donde se hallaban
extendía también su sombra sobre el agua, cuyo verde oscuro se iba
trocando poco a poco en negro. Los rugidos de las olas se amortiguaban y
la brisa soplaba dulcemente como el hálito perezoso del que se prepara a
dormir. Un silencio augusto y conmovedor empezaba a elevarse del seno de
las aguas. En las cavernas de la roca Marta dejó de percibir el grito
acongojado que la asustara, y los truenos y ronquidos se habían ido
cambiando lentamente en un _glu glu_ suave y lánguido.
--¿No te duermes?--volvió a preguntar Ricardo.
--Ya te he dicho que no quiero dormirme... ¡Me encuentro tan bien
despierta!... El que duerme no padece, pero tampoco goza... Sólo es
bueno dormir cuando se sueñan cosas lindas, y yo no las sueño casi
nunca... Ahora me parece que estoy durmiendo y soñando... ¡Te veo de un
modo tan raro!... Estoy viendo el cielo debajo y el mar encima. Tu
cabeza está bañada por un vapor azul... Cuando la mueves parece que
oscila la bóveda que nos cubre; cuando hablas, tu voz parece que sale de
lo profundo del mar... ¡No cierres los ojos, por Dios, que me haces
sufrir!... Se me figura que estás muerto, y que me has dejado aquí sola.
¿No ves los míos qué abiertos están? Nunca tuve menos deseos de dormir
que ahora. Oye; acerca un poco la cara. ¿Sentirías mucho que el mar
fuese poco a poco subiendo y llegase a cubrirnos?
Ricardo se estremeció levemente. Echó una mirada en torno y observó que
el agua empezaba a cerrar el istmo que unía la peña a la costa. Los ojos
de Martita, cuando volvió el rostro hacia ella, brillaba con fuego
malicioso y singular.
--Vámonos, que ya estamos casi cercados de agua.
--Espera un poquito... tengo que decirte una cosa... Te la voy a decir
muy bajo para que no se entere nadie... nadie más que tú... Ricardo, me
alegraría que el mar subiese ahora de pronto y nos sepultase para
siempre... Así estaríamos eternamente en el fondo del agua, tú sentado y
yo apoyada en tu regazo con los ojos abiertos... Entonces sí, me
dormiría a ratos y tú velarías mi sueño, ¿no es verdad? Las olas
pasarían sobre nuestra cabeza y nos vendrían a contar lo que sucedía en
el mundo... Esos peces blancos y azules que los marineros pescan con los
anzuelos vendrían silenciosamente a visitarnos y nos permitirían pasar
la mano por sus escamas de plata... Las algas se enredarían a nuestros
pies formando cojines blandos, y cuando el sol saliera le veríamos al
través del cristal del agua más grande y más hermoso, filtrando sus
rayos de mil colores por ella y deslumbrándonos con su esplendor... Dí,
¿no te gusta?
--Calla, Martita; estás delirando... Vámonos, que el agua sube.
--Espera un momento... Hace una hora que estamos aquí y el viento no ha
conseguido enfriarme las mejillas... tengo cada vez más calor en ellas.
No importa... me encuentro bien... ¿Quieres hacerme un favor?... Sóplame
en la cara a ver si me pasa esta sofocación... ¡Así, así!... ¡Qué amable
eres!... Por algo dice todo el mundo que eres muy simpático... Tienes el
genio un poco vivo... Oye; necesito pedirte perdón.
--¿De qué?
--De un susto que te he dado el otro día. ¿Te acuerdas cuando hicimos
juntos un ramo de flores en el jardín?... Después quisiste hacerme una
caricia y fuí tan necia que lo llevé a mal y me eché a llorar... ¡Qué
sorpresa y qué disgusto habrás tenido!... Confieso que soy una tonta y
que no merezco que nadie me quiera... Sin embargo, bien puedes creerme
que no estaba enfadada contigo... Lloré de sentimiento... sin saber por
qué... ¡Qué motivo tenía yo para llorar! Tú no querías hacerme ningún
daño... no querías más que besarme las manos, ¿verdad?
--Nada más, hermosa.
--Pues yo tengo mucho gusto en que las beses, Ricardo... Tómalas...
La niña extendió hacia arriba sus lindas manos que se agitaron en el
aire alegres y cándidas como dos palomitas recién salidas del nido.
Ricardo las besó con efusión repetidas veces.
--No basta eso--prosiguió la niña riendo.--Antes me besabas en la cara
siempre que me encontrabas o te despedías... ¿Por qué has dejado de
hacerlo? ¿Me tienes miedo?... Yo no soy una mujer... soy una niña
todavía... Hasta que me ponga de largo tienes derecho a besarme...
Después ya será otra cosa... Anda, dame un beso en la frente...
--Ahora dame uno en cada mejilla... Aún sigue el calor ¿no es cierto?...
Ahora quiero que beses las trenzas de mi pelo... Aguarda... déjame
sacarlas que estoy acostada sobre ellas... A ti no te gusta el cabello
negro... ya lo sé... pero eres muy amable y lo besarás por darme
gusto...
Ricardo iba besando tiernamente los sitios que le señalaba. Al fin se
detuvo y se puso a jugar con las trenzas negras, azotando con ellas
suavemente el rostro de la niña. En los ojos de ésta seguía luciendo el
mismo fuego malicioso. Sintióse levemente turbado y trató de fijar los
suyos en el mar, pero ella le dijo sonriendo:
--Si no te enfadases te pediría otro aquí--y señaló a sus labios rojos y
húmedos.
El rostro del joven marqués se tiñó de carmín. Quedó un instante
inmóvil, y bajando al fin la cabeza unió sus labios a los de la niña con
prolongado beso.
Un fuerte soplo de viento había despertado el Océano cuando se preparaba
a dormir: agitóse un instante en su inmenso lecho de arena, cual si
cambiase de postura, y dejó escapar un sordo murmullo de disgusto. Las
olas tornaron a rodar a lo lejos hinchadas y azules: las de la playa
clamaron de nuevo con extrañas voces. Apagáronse las luces que ardían en
sus crestas y se desvaneció la esplendorosa ebullición de los tesoros
submarinos. La mancha de plata iba adquiriendo los tristes reflejos del
acero bruñido.