Lo primero que procuró fué librar el bote de las amarras puestas por los

pigmeos. Lamentaba no tener un simple cortaplumas para terminar más

pronto, partiendo los cables que lo tenían sujeto. Dos de éstos le unían

al muelle, atados á dos troncos de pino que hacían oficio de pilotes.

Gillespie, para no perder tiempo desenredando los nudos hechos por la

marinería enana, tiró simplemente de estos cables, enormes para los

habitantes del país, pero menos gruesos que su dedo meñique, arrancando

los dos maderos de la tierra en que estaban clavados. Luego se dirigió

hacia la proa para levantar las anclas hundidas en el fondo del puerto.

Estas anclas eran recuerdos venerables de la época posterior á Eulame,

cuando las naciones, en implacable rivalidad marítima, se dedicaron á

construir buques inmensos, fortalezas flotantes de numerosos cañones,

guarnecidas por miles de combatientes. Para Gillespie resultaban de un

tamaño considerable, más allá de las proporciones guardadas por las

demás cosas de los pigmeos, pues eran tan largas casi como sus piernas.

Por esto tuvo que esforzarse mucho para arrancarlas del barro del fondo,

subiéndolas hasta el bote.

De pronto suspendió su trabajo al oir que le hablaban en inglés desde el

muelle. Era Flimnap. Todos sus compatriotas permanecían alejados después

de haber visto que el gigante del árbol amenazador sabía igualmente

aplastar á sus enemigos á gran distancia, valiéndose de rocas capaces de

destruir una casa ó un buque. Gritaban contra él, pero se mantenían

aglomerados en las bocacalles, prontos á huir, sin atreverse á avanzar

al descubierto sobre los muelles. Sólo Flimnap, siguiendo los consejos

de su amor y seguro de la bondad del gigante, se atrevió á ir hacia él.

--¡Gentleman--dijo con voz llorosa--, lléveme con usted, ya que su

intención es huir para siempre de esta tierra! ¡Piense en mí, se lo

suplico!... ¿Cómo podré vivir cuando el Gentleman-Montaña se haya

marchado para siempre?...

Pero el Gentleman-Montaña miró sonriendo al grueso capitán y levantó los

hombros. Luego le volvió la espalda, empezando á forcejear para subir la

segunda ancla.

--¡Lléveme!--continuó--. ¿Qué voy á hacer en mi patria?... Al ver que

usted quiere marcharse, todas mis creencias se han derrumbado. Nada me

importa que perezca el gobierno de las mujeres, que triunfen los hombres

ó que la guerra sea interminable. Lo único que me interesa es mi amor.

»Además, gentleman, este país me parece inmensamente triste y empiezo á

aborrecer á los que lo habitan. Creíamos terminada para siempre la

guerra; era un monstruo de los tiempos remotos que nunca podía

resucitar; y ahora la guerra surge cuando menos lo esperábamos y nadie

sabe cuándo acabará. ¿Viviremos esclavos eternamente de nuestra barbarie

original, sin que haya educación capaz de modificarnos?... ¿Será una

mentira el progreso?... ¿Estaremos condenados á dar eternas vueltas, lo

mismo que una rueda, sin salir jamás del mismo círculo?...

Pero el coloso no oía sus ruegos ni prestaba atención á las preguntas

que iba formulando Flimnap, de acuerdo con sus hábitos de conferencista.

Lo que á Gillespie le preocupaba era salir del puerto cuanto antes. Ya

tenía fuera del agua la segunda ancla, y empuñó los remos, empezando á

bogar de pie y mirando á la proa.

--¡Gentleman, lléveme!--gritó el amoroso catedrático con un temblor

histérico en la voz y extendiendo sus brazos--. Yo no quiero vivir aquí.

Tómeme en su navío gigantesco ó me arrojo al agua.

No supo nunca Gillespie si el enamorado capitán fué capaz de cumplir su

amenaza, pues se negó á volver el rostro. Pronto dejó de oir la voz de

su antiguo traductor. Remaba tan vigorosamente, que con unas cuantas

paladas se colocó en el centro del puerto. De los buques mercantes

escapaban en masa las tripulaciones, por creer que el Hombre-Montaña

quería tomarlos al abordaje. Pero Gillespie puso su proa hacia el otro

lado del puerto, donde estaban los almacenes de víveres para las tropas.

Al saltar sobre el muelle, éste quedó desierto. Por encima de las

techumbres de los almacenes vió un patio donde estaban puestas á secar

enormes cantidades de carne convertida en cecina. A puñados arrebató

esta reserva alimenticia, arrojándola en el cesto que había sacado del

bote. También limpió otro patio de los víveres que guardaba formando

montones, y los depositó en el mismo cesto sin ningún orden.

Cuando estuvo otra vez en su embarcación notó que los muelles se iban

cubriendo de pigmeos. Eran soldados vestidos con vistosos uniformes y

que avanzaban denodadamente. Los que tenían arcos disparaban, pero sus

flechas caían mucho antes de llegar adonde estaba el gigante, lo que

hizo sonreir á éste despectivamente, no queriendo responder á la

agresión.

Hubo en la muchedumbre un movimiento de retroceso, y luego se abrió

dejando paso á algo que provocaba aclamaciones de entusiasmo. Gillespie,

interesado por este movimiento, permaneció de pie en su bote, mirando

hacia dicho sitio.

Era que el Consejo Ejecutivo, para remedio de la inferioridad agresiva

de sus tropas, acababa de enviar varios cañones de los más grandes que

se conservaban en el Museo Histórico. Esta artillería gruesa databa de

los tiempos de Eulame, y la componían ocho piezas de asedio del tamaño y

el calibre de un revólver de marca mayor, de los usados en el mundo de

los Hombres-Montañas.

Los guerreros femeninos empujaban con entusiasmo estas armas colosales,

colgándose de los rayos de sus ruedas para hacerlas avanzar. Momaren,

con la cabeza cubierta de vendajes y el aspecto dolorido, marchaba al

frente de varios profesores que se imaginaban conocer por sus lecturas

el manejo de tales monstruos de acero. Lloró de emoción la muchedumbre

al ver que el Padre de los Maestros, á pesar de hallarse gravemente

enfermo, había abandonado su cama para servir á la patria.

Tres cañones fueron apuntados contra el gigante. Uno permaneció mudo,

por más que los artilleros improvisados se agitaron en torno de él;

otro, al disparar, se acostó de lado por haberse roto una de sus ruedas,

aplastando á los que pilló debajo. El tercero funcionó normalmente, y su

proyectil, en vez de tocar al coloso, echó á pique dos de los barcos que

estaban á la carga.

El estruendo de las explosiones, completamente nuevo para la mayor parte

de este gentío, le hizo huir con más rapidez que el miedo al coloso.

Gillespie no quiso dejar que sus enemigos continuaran ejercitándose en

el manejo de la artillería, y tomó el achicador que estaba en el fondo

de su barca. Con esta paleta envió por el aire unas cuantas masas de

agua, que vinieron á desplomarse algunos metros más allá, sobre los

grandes cañones y todos los que se movían en torno á ellos.

Momaren huyó con sus profesores, perseguido por el enorme diluvio, y

hasta las amazonas más dispuestas á morir se refugiaron detrás de las

piezas de artillería y de los armones chorreantes.

Edwin, empuñando otra vez sus remos, procuró salir rápidamente del

puerto. Nada le quedaba que hacer en él. Pero fuera de su boca le salió

al encuentro un obstáculo inesperado.

La escuadra del Sol Naciente había zarpado días antes, lo mismo que las

flotas aéreas, para combatir á los insurrectos, dejando solamente dos

buques á las órdenes del gobierno. Estos buques, mientras Gillespie

levantaba sus anclas y saqueaba los almacenes, habían embarcado una

parte de sus tripulaciones que se hallaban en tierra con permiso,

saliendo del puerto para combatirle, por creer sus capitanes que fuera

de él podrían maniobrar mejor contra el barco gigantesco. Reconocían la

desigualdad de sus fuerzas al compararlas con el poder ofensivo de este

último, pero habían recibido órdenes precisas de los gobernantes--todos

ellos de una ignorancia completa en las cosas del mar--, y marchaban al

ataque con el heroísmo sombrío del que sabe que va á morir inútilmente.

Uno de los navíos se colocó ante el bote de Gillespie, cortándole el

camino, al mismo tiempo que le enviaba una nube de pequeños guijarros

con sus catapultas; pero el gigante remó vigorosamente, cayendo sobre él

en unos segundos, y lo hizo desaparecer bajo el rudo choque de su proa.

En el mismo instante el bote quedó inmovilizado con tal brusquedad, que

Edwin casi cayó de espaldas. Miró en torno de él, sin distinguir nada

amenazante en el mar; pero sobre una de las bordas de su embarcación vió

cómo se movía una especie de hilo de araña. Este filamento había acabado

por pegarse á la madera, como si fuese un ser vivo, mientras su extremo

opuesto se perdía en la profundidad acuática.

Era un cable igual á los de las máquinas aéreas. Gillespie adivinó que

el segundo buque se había sumergido y le enviaba desde el fondo sus

tentáculos metálicos, animados y prensibles, que parecían poseer la

inteligencia de un ser viviente. Varios de estos cables debían estar

pegados ya á la quilla de su bote. Otro salió del agua, como una lombriz

de nerviosas contracciones, enroscándose en torno á uno de sus remos.

Iba á quedar allí, prisionero del buque invisible, no más grande que un

juguete, el cual lentamente tiraría de él hacia el interior del puerto,

ó le retendría inmovilizado, esperando que llegase la flota, avisada por

las comunicaciones atmosféricas.

Por primera vez en toda la tarde sintió el coloso la angustia del

peligro. Este adversario resultaba más temible que todas las

muchedumbres aporreadas y perseguidas por él en las calles de la

capital. Cuando se consideraba libre para siempre de los pigmeos, era su

prisionero y sólo podía esperar la muerte.

Asomó cautelosamente su cabeza por las bordas de la embarcación, pronto

á retirarla antes de que un nuevo cable viniera á enroscarse en su

cuello. Siguiendo la dirección de los filamentos hundidos en el agua,

creyó ver un objeto negro que flotaba á pocos metros de la superficie.

Agarró una piedra, arrojándola en el mar con una fuerza que hizo surgir

chorros de espuma. Pero en vez de obtener su deseo, un nuevo cable se

elevó amenazante sobre las aguas. Arrojó otra piedra, y luego otra,

persiguiendo de este modo al terrible pez mecánico que daba vueltas en

torno á su bote.

Sintió un escalofrío de angustia al darse cuenta de que sólo le quedaba

un pedazo de roca como último proyectil, y lo arrojó con toda la fuerza

de su desesperación, casi sin mirar, confiándose al instinto y á la

suerte.

Se obscureció el agua con una dilatación negra, como si se hubiese roto

en sus entrañas una gran bolsa repleta de tinta. Subieron á la

superficie densas burbujas de gases, que estallaron con un estrépito

hediondo, y todos los cables se soltaron á la vez, cayendo inertes, como

los segmentos de una serpiente partida, como los tentáculos de un pulpo

desgarrado.

Libre ya de este obstáculo, Gillespie volvió á empuñar los remos,

avanzando por unas aguas que la marina pigmea rehuía el frecuentar. Puso

la proa hacia la barrera de rocas y espumas, obra de los dioses, que

limitaba el mundo conocido.

Después de una hora de violento ejercicio, Gillespie, cubierto de sudor,

necesitó despojarse de la chaqueta. Todavía pendían de su tejido muchas

flechas, que le recordaron su primer choque con los soldados de la

República femenina. La vista de ellas evocó en su memoria á los dos

compañeros de viaje, completamente olvidados hasta entonces.

Sosteniendo la chaqueta con una mano, metió la otra en el bolsillo

superior, extrayendo uno tras otro á los dos pigmeos para depositarlos

dulcemente en la popa de la embarcación.

Ra-Ra se mostró sombrío y ceñudo, mirando al Hombre-Montaña con

hostilidad, como si recordase aún el golpe que le había dado con un dedo

para que permaneciese dentro del bolsillo. Al ver que el gigante,

hundiendo por segunda vez su mano en la tela, sacaba á su amada, le

gritó con dureza:

--¡Tenga cuidado, monstruo!... La pobre Popito tal vez va á morir.

Edwin miró con asombro á la delicada joven, que, no pudiendo continuar

de pie, acababa de tenderse sobre la madera de la popa, mientras Ra-Ra

sostenía su cabeza, arrodillado.

¡Gran Dios!... Miss Margaret Haynes, por otro nombre Popito, tenía las

ropas manchadas de sangre. Su rostro estaba empalidecido por una lividez

mortal. Sus labios eran ahora azules, y una humildad dolorosa parecía

haber agrandado sus ojos.

Con acento de rencor, como si el gigante tuviese la culpa de la herida

recibida por su amada, Ra-Ra fué explicándole todo lo ocurrido desde que

salió de la cárcel. Al caer en el fondo del bolsillo oyó gemidos

dolorosos, viendo á continuación cómo la dulce Popito chorreaba sangre.

Una de las muchas flechas dirigidas contra el Hombre-Montaña, al

clavarse en el paño de la chaqueta, la había alcanzado con su punta.

Ra-Ra trepó inmediatamente á la abertura para advertir al gigante; pero

éste, en vez de escucharle, lo golpeó con uno de sus dedos, haciéndole

caer de nuevo sobre el cuerpo de la joven herida. Así habían permanecido

los dos mucho tiempo, sufriendo el más horrible de los suplicios

encerrados en aquella bolsa agitada continuamente por los movimientos

que hizo el coloso para defenderse de la máquina voladora, para

desamarrar la barca, para inundar la artillería de los pigmeos y para

batirse al fin con los dos buques enemigos.

Era extraordinario que Popito viviese aún. Él había vendado la herida

con pedazos de tela arrancados á su traje, y temblaba al pensar que la

delicada joven tal vez no pudiera resistir tantos sufrimientos.

--Usted tiene la culpa, gentleman. ¿Por qué no nos dejó en nuestra

patria? ¿Por qué nos ha traído aquí, haciéndonos sus esclavos?

Edwin lanzó á su propia miniatura una mirada de desprecio.

--¿Vivirías ahora si te hubiese dejado en tu país?... ¿No era necesario

que me defendiese para que los tres nos viésemos libres?...

Y convencido de que Ra-Ra, por ser igual á él, sólo podía decir

tonterías cuando estaba furioso, prescindió de su persona para ocuparse

únicamente de Popito. ¿Era posible que miss Margaret fuese á morir

cuando él la había salvado?... Volver atrás resultaba imposible; en la

tierra de los pigmeos sólo les esperaba la muerte. Lo mejor era ir al

encuentro de los gigantes de su especie, para que aquella pobre joven

recobrase la salud. Pensó además que los buques de la flota, avisados

por el gobierno, navegarían ya á estas horas para darle caza, y era

necesario pasar cuanto antes la barrera de los dioses.

Gillespie volvió otra vez á empuñar los remos, bogando con un vigor

maravilloso del que no se habría considerado capaz días antes. Le

pareció que el cansancio era algo que su cuerpo no podía conocer.

También creyó sobrenatural que el día se prolongase más allá de sus

límites ordinarios. El sol parecía inmóvil en el horizonte. Llevaba

horas y horas remando, sin que sus brazos se fatigasen y sin que el

astro diurno descendiese hacia el mar.

Popito, al permanecer fuera de su encierro, respirando el aire salino,

pareció reanimarse. Sonreía dulcemente, con la cabeza apoyada en una

rodilla de Ra-Ra. Sus ojos estaban fijos en los ojos de él, que la

contemplaban verticalmente. Después, estrechándose las manos, paseaban

los dos sus miradas por aquel mar misterioso y temible, poco frecuentado

por los seres de su especie. Pasaron junto á una roca cubierta de

plantas marítimas, en la que Gillespie sólo hubiera podido dar unos

veinte pasos.

--Aquí está sepultado mi glorioso abuelo--dijo Ra-Ra. El mar se iba

rizando con largas ondulaciones que hacían cabecear al bote y hubiesen

representado un oleaje de tormenta para los buques de la escuadra del

Sol Naciente. Los dos amantes miraban con espanto el movimiento de la

enorme nave.

--¡Atención, hijos míos!--dijo Gillespie--. Vamos á pasar la llamada

barrera de los dioses, y las rompientes nos sacudirán un poco.

Dobló su chaqueta sobre la popa y puso entre los pliegues á los dos

pigmeos. Luego siguió remando, de pie y con la vista fija en la línea de

escollos, para enfilar á tiempo los callejones de espuma hirviente

abiertos en ella.

El bote se levantó sobre las olas y volvió á caer, tocando varias veces

con su quilla los obstáculos invisibles. Terminaron los sacudimientos al

quedar atrás la línea de rocas submarinas, y un mar de azul obscuro y

profundo se extendió sin límites ante la proa del bote.

--Entramos en el mundo de los Hombres Montañas--gritó alegremente

Gillespie.

Después de estas palabras se hizo inmediatamente la noche, y Edwin

sintió de golpe toda la fatiga de los esfuerzos que llevaba realizados.

Buscó en su cesto de provisiones lo que le pareció más exquisito,

depositándolo á puñados sobre su chaqueta para que comiesen los dos

amantes refugiados en sus pliegues. Él también comió, tendiéndose

después en el fondo de la barca para dormir.

No pudo explicarse cómo el sueño le mantuvo bajo su dominio tantas

horas. Cuando despertó, el sol estaba ya muy alto, pero no fué la

caricia cáustica de su luz la que le volvió á la vida. Unos gritos que

parecían venir de muy lejos, entrecortados por llantos, fueron el

verdadero motivo que le hizo salir de su sopor incomprensible. Ra-Ra le

llamaba.

--¡Gentleman, Popito se me muere!... ¡Ya ha muerto tal vez!

Gillespie se irguió al escuchar esta terrible noticia. ¿Era posible que

miss Margaret pudiese morir?...

La vió tendida entre dos dobleces del paño de su chaqueta, con la cabeza

sobre una arruga que había preparado y mullido su amante para que la

sirviese de almohada. Estaba más blanca que el día anterior, como si

hubiese perdido toda la sangre de su cuerpo. Abrió los ojos y volvió á

cerrarlos repetidas veces después de mirar á Ra-Ra y al gigante.

--¡Oh, miss Margaret!--suplicó Edwin--. No se muera. ¿Qué haré yo en el

mundo si usted me abandona?...

Y el pobre coloso tenía en su voz el mismo tono desesperado del pigmeo

Ra-Ra.

Como si necesitase contemplarla de más cerca, pasó una mano con suavidad

por debajo del cuerpo de Popito y puso igualmente sobre la palma á su

lloroso compañero, para no privarle ni un instante de la presencia de su

amada.

Sentado en el centro del bote permaneció mucho tiempo, con la diestra

cerca de los ojos, contemplando el grupo que formaban los dos pigmeos

enamorados.

Ra-Ra, arrodillado junto á ella, le tomaba las manos, hablándola

ansiosamente para que abriese los ojos una vez más, y creyendo que

cuando los cerraba era para siempre.

--¡Oh, hermano de mis ensueños! ¡Madre de mis alegrías! ¿Me oyes?... No

te mueras; yo no quiero que mueras. Aún quedan para nosotros muchos

soles dichosos y muchas lunas de amor. El Gentleman-Montaña nos llevará

á su país, y las esposas de los gigantes sentirán asombro al verte tan

hermosa. Para las reinas de aquellas tierras será una gloria llevarte

dormida sobre su pecho, pues no hay joya que pueda compararse en

hermosura contigo. ¿Me oyes ... di ... me oyes?

Y el gigante, con su bronca voz, se unía á este lamento acariciador,

repitiendo monótonamente:

--No se muera usted, miss Margaret.... ¡No se muera!

De pronto Ra-Ra lanzó un chillido casi femenil:

--No me contesta.... ¡Ha muerto!... ¡ha muerto!...

Así era. Hacía mucho tiempo que él hablaba, sin que la joven pareciese

oirle. Su última sonrisa se había inmovilizado, convirtiéndose en una

mueca fría y lúgubre.

Ra-Ra levantó uno de los brazos de su amada, y el brazo volvió á caer

con la inercia de la muerte. Entreabrió sus párpados, y sólo pudo

encontrar un globo vidrioso y empañado, del que había huído toda luz.

--¡Ha muerto, gentleman!--gritó llorando como un niño.

Y el gentleman permanecía cabizbajo, mirando fijamente su mano, en cuya

palma acababa de desarrollarse la tragedia amorosa de su propia vida.

Pasó mucho tiempo ... ¡mucho! Ra-Ra, tendido junto al cadáver y abrazado

á él, lloraba y lloraba incesantemente. Gillespie seguía inmóvil, sin

hacer ningún gesto de dolor, considerando inútil la exteriorización de

su pena, pues contaba con un «otro yo» ocupado en derramar sus propias

lágrimas.

A la caída de la tarde, un fuerte deseo de actividad hizo salir á Edwin

de esta inercia. Un gentleman debe al cadáver de la mujer amada algo más

que una dolorosa contemplación.

Pensó en los cementerios de su América, verdes, rumorosos, abundantes en

flores y mariposas, verdaderos jardines que sirven de lugar de cita á

los enamorados y asoman sus tumbas entre frescas arboledas al borde de

riachuelos que se deslizan bajo puentes rústicos. De estar allá,

construiría en uno de estos paseos, que con su sonrisa primaveral

parecen burlarse del miedo á la muerte, un gracioso monumento para

depositar á Popito, y la visitaría todas las tardes llevándola un ramo

de flores. ¡Pero aquí, en medio del mar, tan lejos de las tierras

habitadas por los hombres de su especie!...

Creyó ver que el adorable cuerpo de miss Margaret empezaba á

descomponerse. Tal vez era ilusión de sus ojos, pero el mármol de su

palidez parecía haber tomado un tono verdinegro, con estrías que

denunciaban la podredumbre interior. Resultaba preferible no presenciar

la desagregación material y desesperante de este cuerpo adorado. Además,

su deber era darle sepultura inmediata en el mar, ya que no podía

hacerlo en tierra.

Tomó á un mismo tiempo con sus dedos el cadáver de Popito y el cuerpo de

Ra-Ra, depositándolos de nuevo sobre la chaqueta. Luego hizo una rebusca

entre los objetos amontonados en la barca después del registro realizado

por la marinería de la escuadra del Sol Naciente, y encontró una pequeña

caja de cigarros que él había tomado en su camarote al ocurrir la

voladura del paquebote. Los pigmeos la habían dejado vacía después de

llevarse las seis columnas de hierba prensada, obscura y picante que

contenía su interior, tan altas como sus cuerpos. Esta caja iba á ser el

féretro de la dulce Popito.

Empezaba á ponerse el sol, cuando Gillespie pasó á la popa con la cajita

en su diestra. Ra-Ra, como si presintiese el peligro, se puso de pie, y

al fijarse en la mano del gigante adivinó su intención, gritando con voz

desesperada:

--¡No quiero!... ¡No quiero!

Luego, comprendiendo que su resistencia resultaría inútil ante las

fuerzas del coloso, apeló á la súplica:

--Déjela aquí, gentleman. ¿Por qué me la arrebata? Esa tumba que quiere

darle es tan enorme, ¡es tan fría!... Usted es bueno, gentleman; usted

me ha protegido siempre. Atienda mis ruegos.

Pero el gigante le hizo retroceder con el dorso de una de sus manos,

tomando después el cadáver para depositarlo en la cajita.

Iba á cerrar su tapa, cuando Ra-Ra se abalanzó sobre ella.

--Métame á mí también--dijo--. Donde Popito vaya debo ir yo. Nos lo

hemos jurado muchas veces. ¿Por qué se empeña en separarnos?...

La mano del gigante volvió á repelerle, mientras dos lágrimas se

desplomaban de los ojos de Gillespie, cayendo en el interior de la

cajita.

Cerró lentamente la tapa, volviendo con una presión de sus dedos á hacer

penetrar las tachuelas en sus antiguos orificios.

Ya se había ocultado el sol, dejando en el horizonte una barra roja

entre vapores flotantes de oro mortecino.

Otras dos gotas enormes de llanto vinieron á caer sobre la cubierta del

improvisado ataúd.

Mientras tanto, Ra-Ra lanzaba continuos lamentos, iguales á los aullidos

de una bestezuela herida muy lejos ... muy lejos....

--¡Adiós, Margaret!--murmuró Edwin.

Y sacando un brazo fuera del bote, dejó caer la caja de cigarros.

Flotó sobre el agua unos instantes, y luego se fué al fondo bajo el peso

de alguien que acababa de arrojarse sobre ella.

Era Ra-Ra, que había saltado fuera de la embarcación para abrazarse al

féretro, desapareciendo con él.

Y Edwin Gillespie, como si temiera quedarse solo, obedeciendo á una

voluntad superior y misteriosa que le empujaba con fuerza irresistible,

imitó á Ra-Ra, lanzándose también de cabeza en el mar.

XVI

Donde el Hombre-Montaña deja de ser gigante y da por terminado su viaje

Se vió envuelto en pegajosa obscuridad. Una fuerza voraz tiraba de él,

absorbiéndole. Así fué descendiendo á las regiones inferiores, donde las

tinieblas eran aún más densas.

Braceó desesperadamente al sentir las primeras angustias de la asfixia,

dando al mismo tiempo furiosas patadas en el ambiente líquido. Tenía la

certeza de que iba á morir ahogado, y esto mismo comunicaba á sus

fuerzas un nuevo vigor.

--¡No quiero morir, no debo morir!--se decía Edwin.

El paraiso de las mujeres Novela · 第 21 / 22 段