Gillespie pensó inmediatamente que tal vez era Ra-Ra ó Popito, aunque

sin decidirse por ninguno de los dos, pues se sentía desorientado por la

inversión de sus trajes. Cuando el recién llegado, hombre ó mujer,

estaba todavía á unos cuantos pasos, Edwin puso una mano en el suelo

para que montase en ella, y así lo hizo el pigmeo. Llevaba la cara

envuelta en velos, pero al quedar cerca de los ojos del coloso descubrió

su rostro.

Experimentó Gillespie una sorpresa que no por haberse repetido muchas

veces resultaba menos intensa. «¡Miss Margaret Haynes!...» Luego tuvo

que pensar, como siempre, que miss Margaret, aunque pequeña, grácil y

delicada, no era tan diminuta, y que esta beldad pigmea sólo podía ser

Popito.

Vió una Popito llorosa y humilde, que en nada hacía recordar al doctor

juvenil y seguro de sí mismo conocido días antes.

--¡Gentleman--gimió--, van á matar á Ra-Ra!

Y fué contando rápidamente todo lo que había ocurrido el día anterior en

la Ciudad-Paraíso de las Mujeres.

Los hombres de la capital se habían mostrado menos audaces que los de

otros Estados. Tal vez influía en ello la proximidad del gobierno y de

los grandes medios defensivos acumulados por éste. Además, dicha

vecindad resultaba corruptora. La mayoría de los varones, en vez de

seguir á los que peleaban por la emancipación de su sexo, habían

preferido ayudar al gobierno de las mujeres.

--Esto no es extraordinario, gentleman. También creo que en el mundo de

los Hombres-Montañas las gentes dan su sangre y mueren por intereses

completamente opuestos á sus propios intereses. Los pobres, vestidos con

un uniforme, pelean por conservar á los ricos su riqueza; los soldados,

cuando terminan las guerras, viven en la miseria, mientras los que se

quedaron tranquilos en sus casas se reparten las cosas conquistadas; las

mujeres ignorantes apoyan á los hombres que se oponen á las

reivindicaciones del sexo femenino. Así son los absurdos de la vida.

El gigante asintió con un movimiento de cabeza, mientras Popito

continuaba su relato.

La insurrección había tenido que retrasarse un día, hasta que, al fin,

en la mañana anterior, Ra-Ra, con unos cuantos miles de esclavos y

llevando como oficiales á muchos jóvenes de los clubs «varonistas», se

lanzó al asalto de la Universidad para apoderarse de las armas

depositadas en el Museo Histórico. Se creían seguros de obtener la

victoria gracias á las máquinas productoras de una coraza vaporosa que

neutralizaba el efecto de los rayos negros. Una ligera interrupción

ocurrida á última hora en el mecanismo de estas máquinas había

ocasionado el retraso del movimiento insurreccional.

Pero el gobierno estaba advertido de él, y un batallón de muchachas de

la Guardia defendía la Universidad. Muchas de éstas se lanzaron

espontáneamente á manejar las armas antiguas, inventadas por los

hombres, siguiendo los consejos de un profesor que creía haber adivinado

su uso leyendo libros rancios.

La mayor parte de los fusiles no funcionaron. En otros se rompieron los

cañones, matando á las amazonas que los manejaban. Pero los muy contados

que por casualidad pudieron enviar sus proyectiles contra los asaltantes

pusieron á éstos en dispersión. Además, los hombres, que no habían

escuchado nunca el estrépito de las armas de fuego, sufrieron el

sobresalto propio de la falta de costumbre.

El resto de la Guardia atacó á flechazos á los insurrectos tenaces que

no querían huir, y Ra-Ra, con muchos de sus oficiales, cayó prisionero.

--Hoy lo juzgan, gentleman, y es seguro que lo condenarán á muerte. Sólo

usted puede salvarlo. No desoiga mi ruego.

Gillespie quedó mirando á Popito con una fijeza dolorosa. La pobre

muchacha gemía, sin apartar de él sus ojos lacrimosos, como si fuese una

divinidad en la que ponía todas sus esperanzas. Empezó á sentir la

cólera de un celoso al ver que miss Margaret Haynes se preocupaba tanto

de Ra-Ra y lloraba por su suerte.

--Yo seré su esclava--decía la joven--; pero sálvelo. Que él viva,

aunque yo pierda mi libertad para siempre.

Luego pensó que Ra-Ra era una reducción de su persona, y esto le hizo

encontrar más lógica la conducta de miss Margaret, ó sea de Popito. Pero

¿qué podía hacer él, pobre gigante, para salvarse á sí mismo?... Quedó

pensativo, mientras la joven, imaginándose que aún intentaba resistirse

á sus ruegos, los repetía con una expresión trágicamente desesperada.

--Le suplico, miss Margaret--dijo Edwin--, que calle un momento y me

deje pensar.

Al oirse llamar así, creyó Popito que verdaderamente sus lamentos

distraían al gigante, y permaneció silenciosa.

Por un fenómeno mental debido á la influencia irresistible de su

egoísmo, Gillespie empezó á pensar, contra su voluntad, en el antiguo

traductor convertido en guerrero. No le había enviado el almuerzo y

seguramente tampoco le enviaría la comida. Los pigmeos, ocupados en su

guerra de sexos, no se acordaban de él, y le dejarían morir de hambre.

El Hombre-Montaña, después de llamar tanto la atención, había pasado de

moda, como esos artistas viejos que hicieron correr las muchedumbres

hacia su persona y acaban muriendo en un hospital. Además, el capitán

Flimnap, arrogante y fanfarrón, parecía una persona diferente de aquel

profesor Flimnap bondadoso y simple que había conocido. Entusiasmado por

sus ridículas tareas militares, permanecería ausente, sin comprobar la

exacta ejecución de sus órdenes. Nadie se cuidaba de su alimentación, y

él necesitaba comer.

--¡Salve usted á Ra-Ra!--volvió á repetir Popito, considerando, sin

duda, demasiado largas las reflexiones del gigante.

Este grito le hizo pensar de nuevo en el pigmeo revolucionario que era

él mismo. ¿Podía dejarlo abandonado á la venganza de las mujeres?... ¿No

equivalía esto á un suicidio?...

Además, miss Margaret estaba allí, arrodillada en la palma de su mano,

tendiendo los brazos en actitud implorante, y no es correcto que un

gentleman se deje rogar por una señorita que pide protección, y más si

esta señorita es su novia.

Miró hacia el puerto, que dominaba en gran parte con su vista. Luego

volvió los ojos hacia la cumbre de la colina ocupada por la Galería de

la Industria.

--Miss Margaret--digo con inflexiones cariñosas de voz--, haré lo que

usted me mande.

Pero reconociendo su error, se rectificó, añadiendo:

--Doctor Popito, salvaremos á Ra-Ra y nos iremos de este país, que va

resultando poco agradable.

Luego hizo preguntas á la joven para conocer las últimas noticias de la

revolución, y, sobre todo, si eran muchas las fuerzas militares que

habían quedado en la capital. Popito, satisfecha de las promesas del

gigante, habló con más tranquilidad.

Las nuevas recién llegadas eran malas para el gobierno. Los hombres

habían suprimido la dominación de las mujeres en catorce Estados; la

agitación iba en aumento en toda la República.

--Sin embargo, gentleman, yo no tengo el entusiasmo ciego de Ra-Ra, y

veo más claramente que unos y otros. La revolución de los hombres ha

fracasado. Su primera condición de éxito era la sorpresa, y ésta ha

dejado de ser posible. Los hombres ya no pueden vencer en unos cuantos

minutos, como vencieron las mujeres gracias á los rayos negros. Esto no

es una revolución, es una guerra, y una guerra larguísima, igual á todas

las del pasado. Se sabe que empieza ahora, pero nadie puede decir cuándo

terminará. El invento de la coraza vaporosa hecho por los hombres les ha

servido para poder utilizar las armas antiguas; pero estas armas son

viejísimas, y aunque las ha conservado mucho la limpieza de los museos,

estallan y revientan frecuentemente, por no poder resistir su ancianidad

las funciones ordinarias de la juventud.

»Además, las municiones son tan antiguas como las armas, y los

explosivos que duermen hace tantos años en el ataúd metálico de las

cápsulas se inflaman de una manera caprichosa ó insisten en seguir

silenciosos para siempre. De cada cien tiros sale uno. Las mujeres, por

su parte, al ver la impotencia de los rayos negros, apelan á las armas

de los hombres, aunque las manejan peor que éstos. El gobierno quiere

fabricar nuevas municiones, y todas las universitarias dedicadas á la

ciencia estudian desde hace dos días incesantemente para resucitar los

secretos malignos y destructores de los varones, que voluntariamente

fueron olvidados.

»Pero aunque los descubran, ¿cómo aprenderán las mujeres el manejo de

tanta cosa peligrosa y mortífera? Las próximas batallas, ó tal vez las

que se están dando en este momento, serán con armas blancas. Unos y

otros apelarán á la espada, á la lanza, á la saeta, como antes que

Eulame trajese los inventos de los Hombres-Montañas, y en esta lucha de

músculos y de agresividad feroz, el hombre va á acabar por vencer á la

mujer. ¡Pero esto tardará tanto!... Antes de que la guerra termine serán

muchas las víctimas, muchísimas; entre las primeras figurará Ra-Ra, si

usted no lo remedia ... y yo moriré.

Esto último no podía tolerarlo Edwin Gillespie.

--¿Morir usted, miss Margaret ... digo Popito?

Únicamente podría ocurrir una cosa tan absurda después que él hubiese

muerto.

--¡Sálvelo usted!--insistió la joven--. Llévenos lejos de aquí. Este es

un país donde no queda sitio para nosotros.

De la misma opinión era el gigante. Volvió á mirar en torno de él, y vió

la playa desierta. Ni un solo carro de avituallamiento, ni un emisario

que le trajese explicaciones acerca de su futura alimentación.

Decididamente, le habían olvidado.

Gillespie, ruborizándose un poco, empezó á hablar con cierta dificultad,

como si abordase un tema algo inconveniente:

--Miss, los compatriotas de usted me han dejado en un traje poco

presentable. Verdaderamente, mi facha no es para acompañar á una

señorita. Usted va á venir conmigo, y yo no sé dónde meterla, pues las

ropas ligeras que me cubren en este momento carecen de bolsillos.

Quedó en actitud reflexiva, acariciándose la mandíbula inferior con la

mano que tenía libre, mientras sostenía á la joven en la palma de la

mano opuesta.

--¿Se siente usted capaz de viajar montada en mi cabeza?

Popito, á pesar de sus tristes preocupaciones, contestó con una pálida

sonrisa.

Ella estaba dispuesta á seguir al gigante, arrostrando los mayores

peligros, para salvar á Ra-Ra. Debía tratarla como á un camarada, sin

miramiento alguno.

--Instálese usted ahí como pueda.

Y al decir esto, el gigante levantó su mano derecha, colocándola al

nivel de la cúspide de su cráneo. Popito saltó entre los negros

matorrales de la cabellera, buscando un lugar á propósito para sentarse.

--Agárrese con fuerza á un mechón--dijo Gillespie--. No tema hacerme

daño. Todo lo que venga de usted es para mí una caricia.

Después de estas palabras galantes, añadió:

--Viajará usted un poco sacudida, pero la primera parte de nuestra

expedición conviene que sea rápida. Vamos ahora, miss Margaret, á mi

antigua vivienda. Necesito mi traje y otra cosa que guardo allá, sin la

cual reconozco que valgo muy poco. Creo recordar el camino, pero, si me

extravío, adviértamelo inmediatamente. Nos conviene llegar antes de que

nuestros enemigos hayan adivinado mi intención.

Y empezó á marchar á grandes zancadas, procurando mantener rígido su

cuello; pero esto no libró á la joven de un vaivén igual al de un navío

en un mar tormentoso. Agarrada á dos mechones de cabellos y contrayendo

sus brazos, se defendió de este rudo movimiento, á la vez que seguía con

mirada atenta la marcha de su gigantesco portador.

--Muy bien, gentleman. Eso es. ¡A la derecha!... Ahora siempre de

frente.

Habían llegado al puerto, y Gillespie, marchando por una avenida

exterior de la ciudad, avanzó hacia la colina en cuya cúspide se elevaba

su antigua vivienda. Las gentes del puerto, que estaban ayudando al

embarque de material de guerra para las islas amenazadas de sublevación,

se esparcieron por las calles gritando la terrible noticia.

--¡El Hombre-Montaña se ha escapado!... ¡El gigante se marcha de la

capital!...

Y todos, al oir esto, pensaban lo mismo. El coloso era hombre, y por

solidaridad de sexo iba indudablemente á unirse con los revolucionarios.

Los pesimistas levantaban las manos hacia el cielo, exclamando:

--¡Sólo nos faltaba esta nueva calamidad!...

Cuando llegó la noticia al palacio del gobierno, ya pisaba Gillespie la

cúspide de la colina. Al entrar en su antigua vivienda notó

inmediatamente los efectos del abandono. Todo lo perteneciente á él

estaba en la misma situación que lo dejó al salir de allí. Únicamente,

en los extremos del edificio, las cocinas y la despensa mostraban un

desorden semejante al de una ciudad entregada al saqueo. La servidumbre,

antes de marcharse, lo había robado todo.

Sonrió el gigante al ver en el suelo sus pantalones y su chaqueta. Pero

su satisfacción aún fué más grande al encontrar apoyado en la mesa el

enorme tronco arrancado por él de la selva de los emperadores.

Se llevó una mano á la cabeza, buscando entre los mechones de su

cabellera á Pepito, y ésta le gritó varias veces: «¡Estoy aquí!», para

que su voz sirviese de guía á los dedos. El Gentleman-Montaña la dejó

cuidadosamente sobre la mesa cubierta de polvo, diciendo con voz

suplicante:

--Vuélvase de espaldas, miss. Siento mucho tener que vestirme en su

presencia, pero nuestra situación no es para entretenernos en escrúpulos

de buena crianza. Termino en un momento.

Y el gigante, levantando sus ropas del suelo, se vistió apresuradamente.

Luego, al empuñar con su diestra la enorme cachiporra, le pareció que se

habían doblado su estatura y su vigor, sintiéndose capaz de suprimir de

un golpe á cuantos pigmeos intentasen cerrarle el paso.

--Ahora va usted á viajar con más comodidad--dijo, tomando á Popito

entre dos dedos y elevándola sobre la mesa.

La introdujo en el bolsillo superior de su chaqueta, donde otras veces

había guardado á Ra-Ra. Ya no necesitaba mantener su cuello rígido ni

marchar con cierta precaución, temiendo que Popito cayese desde la

inmensa altura de la selva capilar que cubría su cráneo. Ahora podría

moverse y correr cuanto quisiera, sin otro inconveniente que el de

sacudir un poco á la joven dentro de su encierro.

Se lanzó fuera del edificio, en dirección á la ciudad, pero al dar los

primeros pasos por la pendiente de la colina vió que se cruzaba en su

camino una máquina rodante con cabeza de tigre, ocupada por militares.

El Hombre-Montaña levantó su garrote con intención de aplastar al

vehículo y los que iban en él. Bastaba para esto un simple golpe dado

con la parte gruesa del tronco. Pero reconoció al capitán Flimnap, que

le gritaba, abriendo los brazos:

--¡Deténgase, gentleman! ¿Adonde va?... Le pido perdón por el olvido de

que ha sido objeto. Los culpables son esas gentes de la administración

del ejército, que, como no están acostumbradas al nuevo servicio,

equivocaron mis órdenes. Pero vámonos á la playa; deben haber llegado ya

doce furgones llenos de víveres. Tiene usted preparada una comida

magnífica.

El gigante se encogió de hombros, como si no reconociese á su antiguo

traductor.

Luego pasó sus pies por encima de la máquina rodante, con cierta

lentitud para no aplastarla, y continuó marchando hacia la capital, sin

hacer caso de los gritos que lanzaba Flimnap al verse abandonado.

XV

Que trata de muchos sucesos interesantes, como podrá apreciarlo el

curioso lector

Inclinó la cabeza para hablar á Popito, que se había asomado á la

abertura del bolsillo.

--Sepa usted, miss--dijo--, que vamos en busca de Ra-Ra. Dígame dónde lo

tienen preso; guíe mis pasos.

Le fué indicando la joven las avenidas que debía seguir por las afueras

de la ciudad. Marchaban entre grandes edificios levantados cuando la

capital se ensanchó á consecuencia de la Verdadera Revolución.

La cárcel donde guardaban á Ra-Ra era un antiguo cuartel que las tropas

femeninas habían abandonado por insalubre.

--Aquí--dijo Popito.

Y le señaló con sus gritos y sus manoteos un edificio de paredes

sombrías, con las ventanas cerradas.

Ante el paso del gigante huían las gentes dando gritos. Sus pies sólo

encontraban un desierto repentino, mientras á sus espaldas se iba

levantando un bullicio enorme, pues el público se arremolinaba para

seguirle entre vaivenes de audacia y de pavor.

Aquella cárcel estaba guardada por una tropa numerosa, compuesta de

mujeres flecheras y hombres barbudos de la policía montada. Al ver

aproximarse al gigante por el extremo de la avenida, ó sea á una

distancia que habíese exigido de cualquier pigmeo mil pasos para

correrla, todas estas tropas acudieron á las armas. Nadie pensó en huir.

Las explosiones de entusiasmo y los cantos patrióticos de los días

anteriores habían infundido á todos una audacia heroica.

Con sólo media docena de zancadas llegó el coloso á la puerta de la

prisión, hundiendo sus pies en la muchedumbre armada. Las amazonas

enviaron á lo alto una nube de flechas contra su pecho y su cabeza,

mientras los jinetes de las cimitarras intentaban herirle en las

pantorrillas. Pero él, con un golpe de su garrote, abrió anchísimo surco

en la masa de enemigos, enviando por el aire docenas de éstos, y á

continuación le bastaron varias patadas para desbaratar el resto de la

tropa. Todos los que aún se mantenían de pie huyeron, dejando el suelo

cubierto de camaradas inertes ó gimeantes.

Gillespie acometió inmediatamente á puntapiés, la gran puerta del

edificio, y finalmente hizo de su cachiporra una catapulta, derribando á

los primeros embates las dos hojas chapadas de acero.

--¡Ra-Ra, hijo mío--gritó á toda voz--, la salida está libre; huye y no

perdamos tiempo!

Saltando sobre las hojas rotas de la puerta aparecieron bajo su arco

varios hombres que parecían asombrados de su buena suerte y miraban en

torno, no sabiendo por dónde escapar. Debían ser los compañeros de

Ra-Ra. Éste apareció al fin, y al ver al gigante con su arma aplastadora

y todo el suelo en torno de él cubierto de enemigos, gritó con

entusiasmo:

--¡Victoria!... Marchemos inmediatamente contra el palacio y acabaremos

en un instante con el gobierno de las mujeres. ¡Viva la emancipación

masculina!...

Pero Edwin se había inclinado sobre él, tomándole con sus dedos, y lo

elevó hasta el mismo bolsillo donde estaba oculta Popito. Al hacer este

movimiento cayeron de su pecho muchas flechas que habían quedado medio

clavadas en el paño de la chaqueta.

--Lo que vas á hacer, querido Ra-Ra--dijo--, es quedarte quietecito

dentro de este bolsillo, donde encontrarás una agradable sorpresa.

¿Crees que voy á perder el tiempo mezclándome en esta ridícula guerra

entre hombres y mujeres?... ¡A callar! Es inútil que protestes, porque

no te oiré. Ahora ya no necesito guías; puedo moverme solo.

Y como su estatura le permitía ver por encima de los tejados, se dirigió

hacia el puerto por el camino más corto.

Ra-Ra, luego de quedar sumido en el fondo del bolsillo, se asomó á su

abertura, braceando entre gritos de desesperación. Pero el gigante no

quiso escuchar lo que juzgaba protestas políticas del revolucionario y

le dió un golpe en la cabeza con uno de sus dedos, enviándolo otra vez

al fondo del bolsillo.

Llegó Gillespie al puerto, teniendo siempre ante sus pies un ancho

espacio de terreno libre de gentío. Todos huían á ambos lados de él,

pero era para juntarse luego que había pasado, profiriendo gritos de

alarma y amenazas.

A la cabeza de esta muchedumbre rodaba el automóvil-tigre de Flimnap. El

profesor, puesto de pie sobre el vehículo, iba arengando al gentío.

--¡No le hagan daño!--decía--. Se ha vuelto loco; no puede ser otra

cosa; pero tratándolo con dulzura acabará por someterse.

Unos le escuchaban sin hacerle caso; otros, que habían visto de lejos el

exterminio realizado por el gigante ante la cárcel, gritaban venganza.

Esta masa enorme y alborotada, sin organización alguna, en la que se

confundían militares y civiles, mujeres y hombres, avanzaba cada vez más

rápidamente, hasta que se detuvo de pronto con un movimiento de

retroceso que se extendió hasta el centro de la ciudad, esparciendo la

alarma en las calles transversales. El gigante se había detenido al

llegar al puerto, y la muchedumbre que le seguía se detuvo igualmente.

Al ver llegar al Hombre-Montaña huyeron todos los que trabajaban en los

muelles trasladando á varios buques mercantes los víveres amontonados

para el avituallamiento del ejército y de la flota. El gigante avanzó

por uno de estos muelles, anchísimo para los pigmeos, pero en el cual

tenía que colocar sus pies con precaución, como si marchase por lo alto

de una pared.

La muchedumbre lanzó un grito de sorpresa y de rabia al darse cuenta de

la dirección que seguía. Junto á este muelle se hallaba anclado el bote

que le había traído de su remoto país.

--¡El Hombre-Montaña va á escaparse!--gritaron miles de voces.

Otros se alegraron de esto, aceptándolo como una solución beneficiosa

para el país, ahora que necesitaba concentrar todas sus actividades en

la guerra contra los hombres.

Todos vieron cómo se inclinaba sobre los peñascos que defendían el lado

exterior del muelle formando una línea de rompeolas. Con una roca en

cada mano, levantó la cabeza, mirando en torno de él inquietamente.

Desde el principio de su fuga le preocupaban más los ruidos del aire que

las agresiones de los enemigos que marchaban sobre la tierra. Una

flotilla de máquinas voladoras representaba para él un peligro temible.

Sonó un zumbido de avión cerca de sus orejas y se puso en guardia; pero

al ver que sólo era una máquina la que flotaba en el aire, sonrió

satisfecho.

En aquel mismo momento los señores del Consejo Ejecutivo y sus ministros

deploraban haber enviado contra los hombres sublevados todas las fuerzas

aéreas existentes en la capital, y les ordenaban por medio de ondas

atmosféricas que volviesen con toda rapidez para exterminar al gigante.

Sólo había quedado un aparato volador, algo antiguo, para los servicios

extraordinarios, y su tripulación estaba compuesta de señoras maduras,

movilizadas por la guerra, que habían permanecido largos años sin

ejercer sus habilidades de guerreras del aire.

La máquina, que tenía la forma de una paloma, no osó aproximarse mucho

al Hombre-Montaña. Los aviadores que le aprisionaron durante su sueño al

desembarcar en el país tampoco se habrían atrevido á pasar ahora cerca

de su cabeza, como lo hicieron entonces. Había que temer un golpe de

aquel árbol que le servía de bastón.

Gillespie oyó un silbido, viendo al mismo tiempo ondular en el espacio

un serpenteo luminoso semejante á un relámpago blanco. Acababan de

arrojar sobre él uno de aquellos cables de platino de los cuales no

podía defenderse. Pero echó atrás la cabeza, y el brillante hilo pasó

sin tocarle, retorciéndose y doblando su extremo hacia arriba, como una

serpiente furiosa.

Las matronas de la máquina volante, que veían debajo de ellas á todo el

vecindario de la capital admirándolas, como si de su esfuerzo dependiese

la suerte de la República, quisieron no marrar su segundo ataque, y para

ello hicieron descender la máquina más cerca del gigante, aunque

manteniéndola á tal altura que no pudiera alcanzarla con su garrote.

El Hombre-Montaña levantó una mano y, antes de que los aviadores

lograsen enviar de nuevo su lazo metálico, asestó á la máquina una

pedrada certera. El ave mecánica se desplomó herida, flotando algunos

momentos sobre la copa azul del puerto, mientras las matronas

reservistas se salvaban á nado. Al fin se acostó sobre una de sus

aletas, desapareciendo entre los círculos concéntricos que había abierto

en el agua.

Como Gillespie no veía otros enemigos aéreos, saltó dentro de su bote,

lo que produjo en el puerto una enorme ondulación que hizo danzar sobre

sus amarras á todos los buques de los pigmeos.

Rápidamente, el coloso había amontonado con ambas manos varias rocas de

la escollera, arrojándolas en el fondo de su barca. Vió con placer que

la marinería de la escuadra del Sol Naciente había dejado en su

embarcación dos remos antiguos, así como una cesta, una paleta para

achicar el agua y otros objetos de menos valor. Todo lo demás, víveres y

ropas, se lo habían llevado el primer día de su llegada para exhibirlo

ante el gobierno y guardarlo, finalmente, en los arsenales de la ciudad.

El paraiso de las mujeres Novela · 第 20 / 22 段