sin decidirse por ninguno de los dos, pues se sentía desorientado por la
inversión de sus trajes. Cuando el recién llegado, hombre ó mujer,
estaba todavía á unos cuantos pasos, Edwin puso una mano en el suelo
para que montase en ella, y así lo hizo el pigmeo. Llevaba la cara
envuelta en velos, pero al quedar cerca de los ojos del coloso descubrió
su rostro.
Experimentó Gillespie una sorpresa que no por haberse repetido muchas
veces resultaba menos intensa. «¡Miss Margaret Haynes!...» Luego tuvo
que pensar, como siempre, que miss Margaret, aunque pequeña, grácil y
delicada, no era tan diminuta, y que esta beldad pigmea sólo podía ser
Popito.
Vió una Popito llorosa y humilde, que en nada hacía recordar al doctor
juvenil y seguro de sí mismo conocido días antes.
--¡Gentleman--gimió--, van á matar á Ra-Ra!
Y fué contando rápidamente todo lo que había ocurrido el día anterior en
la Ciudad-Paraíso de las Mujeres.
Los hombres de la capital se habían mostrado menos audaces que los de
otros Estados. Tal vez influía en ello la proximidad del gobierno y de
los grandes medios defensivos acumulados por éste. Además, dicha
vecindad resultaba corruptora. La mayoría de los varones, en vez de
seguir á los que peleaban por la emancipación de su sexo, habían
preferido ayudar al gobierno de las mujeres.
--Esto no es extraordinario, gentleman. También creo que en el mundo de
los Hombres-Montañas las gentes dan su sangre y mueren por intereses
completamente opuestos á sus propios intereses. Los pobres, vestidos con
un uniforme, pelean por conservar á los ricos su riqueza; los soldados,
cuando terminan las guerras, viven en la miseria, mientras los que se
quedaron tranquilos en sus casas se reparten las cosas conquistadas; las
mujeres ignorantes apoyan á los hombres que se oponen á las
reivindicaciones del sexo femenino. Así son los absurdos de la vida.
El gigante asintió con un movimiento de cabeza, mientras Popito
continuaba su relato.
La insurrección había tenido que retrasarse un día, hasta que, al fin,
en la mañana anterior, Ra-Ra, con unos cuantos miles de esclavos y
llevando como oficiales á muchos jóvenes de los clubs «varonistas», se
lanzó al asalto de la Universidad para apoderarse de las armas
depositadas en el Museo Histórico. Se creían seguros de obtener la
victoria gracias á las máquinas productoras de una coraza vaporosa que
neutralizaba el efecto de los rayos negros. Una ligera interrupción
ocurrida á última hora en el mecanismo de estas máquinas había
ocasionado el retraso del movimiento insurreccional.
Pero el gobierno estaba advertido de él, y un batallón de muchachas de
la Guardia defendía la Universidad. Muchas de éstas se lanzaron
espontáneamente á manejar las armas antiguas, inventadas por los
hombres, siguiendo los consejos de un profesor que creía haber adivinado
su uso leyendo libros rancios.
La mayor parte de los fusiles no funcionaron. En otros se rompieron los
cañones, matando á las amazonas que los manejaban. Pero los muy contados
que por casualidad pudieron enviar sus proyectiles contra los asaltantes
pusieron á éstos en dispersión. Además, los hombres, que no habían
escuchado nunca el estrépito de las armas de fuego, sufrieron el
sobresalto propio de la falta de costumbre.
El resto de la Guardia atacó á flechazos á los insurrectos tenaces que
no querían huir, y Ra-Ra, con muchos de sus oficiales, cayó prisionero.
--Hoy lo juzgan, gentleman, y es seguro que lo condenarán á muerte. Sólo
usted puede salvarlo. No desoiga mi ruego.
Gillespie quedó mirando á Popito con una fijeza dolorosa. La pobre
muchacha gemía, sin apartar de él sus ojos lacrimosos, como si fuese una
divinidad en la que ponía todas sus esperanzas. Empezó á sentir la
cólera de un celoso al ver que miss Margaret Haynes se preocupaba tanto
de Ra-Ra y lloraba por su suerte.
--Yo seré su esclava--decía la joven--; pero sálvelo. Que él viva,
aunque yo pierda mi libertad para siempre.
Luego pensó que Ra-Ra era una reducción de su persona, y esto le hizo
encontrar más lógica la conducta de miss Margaret, ó sea de Popito. Pero
¿qué podía hacer él, pobre gigante, para salvarse á sí mismo?... Quedó
pensativo, mientras la joven, imaginándose que aún intentaba resistirse
á sus ruegos, los repetía con una expresión trágicamente desesperada.
--Le suplico, miss Margaret--dijo Edwin--, que calle un momento y me
deje pensar.
Al oirse llamar así, creyó Popito que verdaderamente sus lamentos
distraían al gigante, y permaneció silenciosa.
Por un fenómeno mental debido á la influencia irresistible de su
egoísmo, Gillespie empezó á pensar, contra su voluntad, en el antiguo
traductor convertido en guerrero. No le había enviado el almuerzo y
seguramente tampoco le enviaría la comida. Los pigmeos, ocupados en su
guerra de sexos, no se acordaban de él, y le dejarían morir de hambre.
El Hombre-Montaña, después de llamar tanto la atención, había pasado de
moda, como esos artistas viejos que hicieron correr las muchedumbres
hacia su persona y acaban muriendo en un hospital. Además, el capitán
Flimnap, arrogante y fanfarrón, parecía una persona diferente de aquel
profesor Flimnap bondadoso y simple que había conocido. Entusiasmado por
sus ridículas tareas militares, permanecería ausente, sin comprobar la
exacta ejecución de sus órdenes. Nadie se cuidaba de su alimentación, y
él necesitaba comer.
--¡Salve usted á Ra-Ra!--volvió á repetir Popito, considerando, sin
duda, demasiado largas las reflexiones del gigante.
Este grito le hizo pensar de nuevo en el pigmeo revolucionario que era
él mismo. ¿Podía dejarlo abandonado á la venganza de las mujeres?... ¿No
equivalía esto á un suicidio?...
Además, miss Margaret estaba allí, arrodillada en la palma de su mano,
tendiendo los brazos en actitud implorante, y no es correcto que un
gentleman se deje rogar por una señorita que pide protección, y más si
esta señorita es su novia.
Miró hacia el puerto, que dominaba en gran parte con su vista. Luego
volvió los ojos hacia la cumbre de la colina ocupada por la Galería de
la Industria.
--Miss Margaret--digo con inflexiones cariñosas de voz--, haré lo que
usted me mande.
Pero reconociendo su error, se rectificó, añadiendo:
--Doctor Popito, salvaremos á Ra-Ra y nos iremos de este país, que va
resultando poco agradable.
Luego hizo preguntas á la joven para conocer las últimas noticias de la
revolución, y, sobre todo, si eran muchas las fuerzas militares que
habían quedado en la capital. Popito, satisfecha de las promesas del
gigante, habló con más tranquilidad.
Las nuevas recién llegadas eran malas para el gobierno. Los hombres
habían suprimido la dominación de las mujeres en catorce Estados; la
agitación iba en aumento en toda la República.
--Sin embargo, gentleman, yo no tengo el entusiasmo ciego de Ra-Ra, y
veo más claramente que unos y otros. La revolución de los hombres ha
fracasado. Su primera condición de éxito era la sorpresa, y ésta ha
dejado de ser posible. Los hombres ya no pueden vencer en unos cuantos
minutos, como vencieron las mujeres gracias á los rayos negros. Esto no
es una revolución, es una guerra, y una guerra larguísima, igual á todas
las del pasado. Se sabe que empieza ahora, pero nadie puede decir cuándo
terminará. El invento de la coraza vaporosa hecho por los hombres les ha
servido para poder utilizar las armas antiguas; pero estas armas son
viejísimas, y aunque las ha conservado mucho la limpieza de los museos,
estallan y revientan frecuentemente, por no poder resistir su ancianidad
las funciones ordinarias de la juventud.
»Además, las municiones son tan antiguas como las armas, y los
explosivos que duermen hace tantos años en el ataúd metálico de las
cápsulas se inflaman de una manera caprichosa ó insisten en seguir
silenciosos para siempre. De cada cien tiros sale uno. Las mujeres, por
su parte, al ver la impotencia de los rayos negros, apelan á las armas
de los hombres, aunque las manejan peor que éstos. El gobierno quiere
fabricar nuevas municiones, y todas las universitarias dedicadas á la
ciencia estudian desde hace dos días incesantemente para resucitar los
secretos malignos y destructores de los varones, que voluntariamente
fueron olvidados.
»Pero aunque los descubran, ¿cómo aprenderán las mujeres el manejo de
tanta cosa peligrosa y mortífera? Las próximas batallas, ó tal vez las
que se están dando en este momento, serán con armas blancas. Unos y
otros apelarán á la espada, á la lanza, á la saeta, como antes que
Eulame trajese los inventos de los Hombres-Montañas, y en esta lucha de
músculos y de agresividad feroz, el hombre va á acabar por vencer á la
mujer. ¡Pero esto tardará tanto!... Antes de que la guerra termine serán
muchas las víctimas, muchísimas; entre las primeras figurará Ra-Ra, si
usted no lo remedia ... y yo moriré.
Esto último no podía tolerarlo Edwin Gillespie.
--¿Morir usted, miss Margaret ... digo Popito?
Únicamente podría ocurrir una cosa tan absurda después que él hubiese
muerto.
--¡Sálvelo usted!--insistió la joven--. Llévenos lejos de aquí. Este es
un país donde no queda sitio para nosotros.
De la misma opinión era el gigante. Volvió á mirar en torno de él, y vió
la playa desierta. Ni un solo carro de avituallamiento, ni un emisario
que le trajese explicaciones acerca de su futura alimentación.
Decididamente, le habían olvidado.
Gillespie, ruborizándose un poco, empezó á hablar con cierta dificultad,
como si abordase un tema algo inconveniente:
--Miss, los compatriotas de usted me han dejado en un traje poco
presentable. Verdaderamente, mi facha no es para acompañar á una
señorita. Usted va á venir conmigo, y yo no sé dónde meterla, pues las
ropas ligeras que me cubren en este momento carecen de bolsillos.
Quedó en actitud reflexiva, acariciándose la mandíbula inferior con la
mano que tenía libre, mientras sostenía á la joven en la palma de la
mano opuesta.
--¿Se siente usted capaz de viajar montada en mi cabeza?
Popito, á pesar de sus tristes preocupaciones, contestó con una pálida
sonrisa.
Ella estaba dispuesta á seguir al gigante, arrostrando los mayores
peligros, para salvar á Ra-Ra. Debía tratarla como á un camarada, sin
miramiento alguno.
--Instálese usted ahí como pueda.
Y al decir esto, el gigante levantó su mano derecha, colocándola al
nivel de la cúspide de su cráneo. Popito saltó entre los negros
matorrales de la cabellera, buscando un lugar á propósito para sentarse.
--Agárrese con fuerza á un mechón--dijo Gillespie--. No tema hacerme
daño. Todo lo que venga de usted es para mí una caricia.
Después de estas palabras galantes, añadió:
--Viajará usted un poco sacudida, pero la primera parte de nuestra
expedición conviene que sea rápida. Vamos ahora, miss Margaret, á mi
antigua vivienda. Necesito mi traje y otra cosa que guardo allá, sin la
cual reconozco que valgo muy poco. Creo recordar el camino, pero, si me
extravío, adviértamelo inmediatamente. Nos conviene llegar antes de que
nuestros enemigos hayan adivinado mi intención.
Y empezó á marchar á grandes zancadas, procurando mantener rígido su
cuello; pero esto no libró á la joven de un vaivén igual al de un navío
en un mar tormentoso. Agarrada á dos mechones de cabellos y contrayendo
sus brazos, se defendió de este rudo movimiento, á la vez que seguía con
mirada atenta la marcha de su gigantesco portador.
--Muy bien, gentleman. Eso es. ¡A la derecha!... Ahora siempre de
frente.
Habían llegado al puerto, y Gillespie, marchando por una avenida
exterior de la ciudad, avanzó hacia la colina en cuya cúspide se elevaba
su antigua vivienda. Las gentes del puerto, que estaban ayudando al
embarque de material de guerra para las islas amenazadas de sublevación,
se esparcieron por las calles gritando la terrible noticia.
--¡El Hombre-Montaña se ha escapado!... ¡El gigante se marcha de la
capital!...
Y todos, al oir esto, pensaban lo mismo. El coloso era hombre, y por
solidaridad de sexo iba indudablemente á unirse con los revolucionarios.
Los pesimistas levantaban las manos hacia el cielo, exclamando:
--¡Sólo nos faltaba esta nueva calamidad!...
Cuando llegó la noticia al palacio del gobierno, ya pisaba Gillespie la
cúspide de la colina. Al entrar en su antigua vivienda notó
inmediatamente los efectos del abandono. Todo lo perteneciente á él
estaba en la misma situación que lo dejó al salir de allí. Únicamente,
en los extremos del edificio, las cocinas y la despensa mostraban un
desorden semejante al de una ciudad entregada al saqueo. La servidumbre,
antes de marcharse, lo había robado todo.
Sonrió el gigante al ver en el suelo sus pantalones y su chaqueta. Pero
su satisfacción aún fué más grande al encontrar apoyado en la mesa el
enorme tronco arrancado por él de la selva de los emperadores.
Se llevó una mano á la cabeza, buscando entre los mechones de su
cabellera á Pepito, y ésta le gritó varias veces: «¡Estoy aquí!», para
que su voz sirviese de guía á los dedos. El Gentleman-Montaña la dejó
cuidadosamente sobre la mesa cubierta de polvo, diciendo con voz
suplicante:
--Vuélvase de espaldas, miss. Siento mucho tener que vestirme en su
presencia, pero nuestra situación no es para entretenernos en escrúpulos
de buena crianza. Termino en un momento.
Y el gigante, levantando sus ropas del suelo, se vistió apresuradamente.
Luego, al empuñar con su diestra la enorme cachiporra, le pareció que se
habían doblado su estatura y su vigor, sintiéndose capaz de suprimir de
un golpe á cuantos pigmeos intentasen cerrarle el paso.
--Ahora va usted á viajar con más comodidad--dijo, tomando á Popito
entre dos dedos y elevándola sobre la mesa.
La introdujo en el bolsillo superior de su chaqueta, donde otras veces
había guardado á Ra-Ra. Ya no necesitaba mantener su cuello rígido ni
marchar con cierta precaución, temiendo que Popito cayese desde la
inmensa altura de la selva capilar que cubría su cráneo. Ahora podría
moverse y correr cuanto quisiera, sin otro inconveniente que el de
sacudir un poco á la joven dentro de su encierro.
Se lanzó fuera del edificio, en dirección á la ciudad, pero al dar los
primeros pasos por la pendiente de la colina vió que se cruzaba en su
camino una máquina rodante con cabeza de tigre, ocupada por militares.
El Hombre-Montaña levantó su garrote con intención de aplastar al
vehículo y los que iban en él. Bastaba para esto un simple golpe dado
con la parte gruesa del tronco. Pero reconoció al capitán Flimnap, que
le gritaba, abriendo los brazos:
--¡Deténgase, gentleman! ¿Adonde va?... Le pido perdón por el olvido de
que ha sido objeto. Los culpables son esas gentes de la administración
del ejército, que, como no están acostumbradas al nuevo servicio,
equivocaron mis órdenes. Pero vámonos á la playa; deben haber llegado ya
doce furgones llenos de víveres. Tiene usted preparada una comida
magnífica.
El gigante se encogió de hombros, como si no reconociese á su antiguo
traductor.
Luego pasó sus pies por encima de la máquina rodante, con cierta
lentitud para no aplastarla, y continuó marchando hacia la capital, sin
hacer caso de los gritos que lanzaba Flimnap al verse abandonado.
XV
Que trata de muchos sucesos interesantes, como podrá apreciarlo el
curioso lector
Inclinó la cabeza para hablar á Popito, que se había asomado á la
abertura del bolsillo.
--Sepa usted, miss--dijo--, que vamos en busca de Ra-Ra. Dígame dónde lo
tienen preso; guíe mis pasos.
Le fué indicando la joven las avenidas que debía seguir por las afueras
de la ciudad. Marchaban entre grandes edificios levantados cuando la
capital se ensanchó á consecuencia de la Verdadera Revolución.
La cárcel donde guardaban á Ra-Ra era un antiguo cuartel que las tropas
femeninas habían abandonado por insalubre.
--Aquí--dijo Popito.
Y le señaló con sus gritos y sus manoteos un edificio de paredes
sombrías, con las ventanas cerradas.
Ante el paso del gigante huían las gentes dando gritos. Sus pies sólo
encontraban un desierto repentino, mientras á sus espaldas se iba
levantando un bullicio enorme, pues el público se arremolinaba para
seguirle entre vaivenes de audacia y de pavor.
Aquella cárcel estaba guardada por una tropa numerosa, compuesta de
mujeres flecheras y hombres barbudos de la policía montada. Al ver
aproximarse al gigante por el extremo de la avenida, ó sea á una
distancia que habíese exigido de cualquier pigmeo mil pasos para
correrla, todas estas tropas acudieron á las armas. Nadie pensó en huir.
Las explosiones de entusiasmo y los cantos patrióticos de los días
anteriores habían infundido á todos una audacia heroica.
Con sólo media docena de zancadas llegó el coloso á la puerta de la
prisión, hundiendo sus pies en la muchedumbre armada. Las amazonas
enviaron á lo alto una nube de flechas contra su pecho y su cabeza,
mientras los jinetes de las cimitarras intentaban herirle en las
pantorrillas. Pero él, con un golpe de su garrote, abrió anchísimo surco
en la masa de enemigos, enviando por el aire docenas de éstos, y á
continuación le bastaron varias patadas para desbaratar el resto de la
tropa. Todos los que aún se mantenían de pie huyeron, dejando el suelo
cubierto de camaradas inertes ó gimeantes.
Gillespie acometió inmediatamente á puntapiés, la gran puerta del
edificio, y finalmente hizo de su cachiporra una catapulta, derribando á
los primeros embates las dos hojas chapadas de acero.
--¡Ra-Ra, hijo mío--gritó á toda voz--, la salida está libre; huye y no
perdamos tiempo!
Saltando sobre las hojas rotas de la puerta aparecieron bajo su arco
varios hombres que parecían asombrados de su buena suerte y miraban en
torno, no sabiendo por dónde escapar. Debían ser los compañeros de
Ra-Ra. Éste apareció al fin, y al ver al gigante con su arma aplastadora
y todo el suelo en torno de él cubierto de enemigos, gritó con
entusiasmo:
--¡Victoria!... Marchemos inmediatamente contra el palacio y acabaremos
en un instante con el gobierno de las mujeres. ¡Viva la emancipación
masculina!...
Pero Edwin se había inclinado sobre él, tomándole con sus dedos, y lo
elevó hasta el mismo bolsillo donde estaba oculta Popito. Al hacer este
movimiento cayeron de su pecho muchas flechas que habían quedado medio
clavadas en el paño de la chaqueta.
--Lo que vas á hacer, querido Ra-Ra--dijo--, es quedarte quietecito
dentro de este bolsillo, donde encontrarás una agradable sorpresa.
¿Crees que voy á perder el tiempo mezclándome en esta ridícula guerra
entre hombres y mujeres?... ¡A callar! Es inútil que protestes, porque
no te oiré. Ahora ya no necesito guías; puedo moverme solo.
Y como su estatura le permitía ver por encima de los tejados, se dirigió
hacia el puerto por el camino más corto.
Ra-Ra, luego de quedar sumido en el fondo del bolsillo, se asomó á su
abertura, braceando entre gritos de desesperación. Pero el gigante no
quiso escuchar lo que juzgaba protestas políticas del revolucionario y
le dió un golpe en la cabeza con uno de sus dedos, enviándolo otra vez
al fondo del bolsillo.
Llegó Gillespie al puerto, teniendo siempre ante sus pies un ancho
espacio de terreno libre de gentío. Todos huían á ambos lados de él,
pero era para juntarse luego que había pasado, profiriendo gritos de
alarma y amenazas.
A la cabeza de esta muchedumbre rodaba el automóvil-tigre de Flimnap. El
profesor, puesto de pie sobre el vehículo, iba arengando al gentío.
--¡No le hagan daño!--decía--. Se ha vuelto loco; no puede ser otra
cosa; pero tratándolo con dulzura acabará por someterse.
Unos le escuchaban sin hacerle caso; otros, que habían visto de lejos el
exterminio realizado por el gigante ante la cárcel, gritaban venganza.
Esta masa enorme y alborotada, sin organización alguna, en la que se
confundían militares y civiles, mujeres y hombres, avanzaba cada vez más
rápidamente, hasta que se detuvo de pronto con un movimiento de
retroceso que se extendió hasta el centro de la ciudad, esparciendo la
alarma en las calles transversales. El gigante se había detenido al
llegar al puerto, y la muchedumbre que le seguía se detuvo igualmente.
Al ver llegar al Hombre-Montaña huyeron todos los que trabajaban en los
muelles trasladando á varios buques mercantes los víveres amontonados
para el avituallamiento del ejército y de la flota. El gigante avanzó
por uno de estos muelles, anchísimo para los pigmeos, pero en el cual
tenía que colocar sus pies con precaución, como si marchase por lo alto
de una pared.
La muchedumbre lanzó un grito de sorpresa y de rabia al darse cuenta de
la dirección que seguía. Junto á este muelle se hallaba anclado el bote
que le había traído de su remoto país.
--¡El Hombre-Montaña va á escaparse!--gritaron miles de voces.
Otros se alegraron de esto, aceptándolo como una solución beneficiosa
para el país, ahora que necesitaba concentrar todas sus actividades en
la guerra contra los hombres.
Todos vieron cómo se inclinaba sobre los peñascos que defendían el lado
exterior del muelle formando una línea de rompeolas. Con una roca en
cada mano, levantó la cabeza, mirando en torno de él inquietamente.
Desde el principio de su fuga le preocupaban más los ruidos del aire que
las agresiones de los enemigos que marchaban sobre la tierra. Una
flotilla de máquinas voladoras representaba para él un peligro temible.
Sonó un zumbido de avión cerca de sus orejas y se puso en guardia; pero
al ver que sólo era una máquina la que flotaba en el aire, sonrió
satisfecho.
En aquel mismo momento los señores del Consejo Ejecutivo y sus ministros
deploraban haber enviado contra los hombres sublevados todas las fuerzas
aéreas existentes en la capital, y les ordenaban por medio de ondas
atmosféricas que volviesen con toda rapidez para exterminar al gigante.
Sólo había quedado un aparato volador, algo antiguo, para los servicios
extraordinarios, y su tripulación estaba compuesta de señoras maduras,
movilizadas por la guerra, que habían permanecido largos años sin
ejercer sus habilidades de guerreras del aire.
La máquina, que tenía la forma de una paloma, no osó aproximarse mucho
al Hombre-Montaña. Los aviadores que le aprisionaron durante su sueño al
desembarcar en el país tampoco se habrían atrevido á pasar ahora cerca
de su cabeza, como lo hicieron entonces. Había que temer un golpe de
aquel árbol que le servía de bastón.
Gillespie oyó un silbido, viendo al mismo tiempo ondular en el espacio
un serpenteo luminoso semejante á un relámpago blanco. Acababan de
arrojar sobre él uno de aquellos cables de platino de los cuales no
podía defenderse. Pero echó atrás la cabeza, y el brillante hilo pasó
sin tocarle, retorciéndose y doblando su extremo hacia arriba, como una
serpiente furiosa.
Las matronas de la máquina volante, que veían debajo de ellas á todo el
vecindario de la capital admirándolas, como si de su esfuerzo dependiese
la suerte de la República, quisieron no marrar su segundo ataque, y para
ello hicieron descender la máquina más cerca del gigante, aunque
manteniéndola á tal altura que no pudiera alcanzarla con su garrote.
El Hombre-Montaña levantó una mano y, antes de que los aviadores
lograsen enviar de nuevo su lazo metálico, asestó á la máquina una
pedrada certera. El ave mecánica se desplomó herida, flotando algunos
momentos sobre la copa azul del puerto, mientras las matronas
reservistas se salvaban á nado. Al fin se acostó sobre una de sus
aletas, desapareciendo entre los círculos concéntricos que había abierto
en el agua.
Como Gillespie no veía otros enemigos aéreos, saltó dentro de su bote,
lo que produjo en el puerto una enorme ondulación que hizo danzar sobre
sus amarras á todos los buques de los pigmeos.
Rápidamente, el coloso había amontonado con ambas manos varias rocas de
la escollera, arrojándolas en el fondo de su barca. Vió con placer que
la marinería de la escuadra del Sol Naciente había dejado en su
embarcación dos remos antiguos, así como una cesta, una paleta para
achicar el agua y otros objetos de menos valor. Todo lo demás, víveres y
ropas, se lo habían llevado el primer día de su llegada para exhibirlo
ante el gobierno y guardarlo, finalmente, en los arsenales de la ciudad.