sentimentales de poco antes. Ya no se acordaba de la dulce Popito ni de
Ra-Ra, suicida por amor. Este pigmeo podía matarse, era dueño de su
vida, y él no pensaba negarle el derecho á disponer de ella. Pero el
Gentleman-Montaña no alcanzaba á comprender en virtud de qué razones
debía imitar al otro, solamente porque se parecían, como una persona se
asemeja á un retrato suyo en miniatura.
Como el joven americano deseaba prolongar su vida, agitó brazos y
piernas, no sabiendo en realidad si el abismo seguía absorbiéndolo ó si
lograba remontarse poco á poco hacia la superficie.
Su deseo era terminar lo más pronto que fuese posible esta vida flotante
y anormal, en la que su cuerpo tenía que luchar contra las leyes
físicas, trabajando desesperadamente por libertarse de los tirones de la
gravitación. Sólo aspiraba á encontrar un punto de apoyo, algo sólido
que poder asir con sus manos.
Tan vehemente era este deseo, que no tenía en cuenta la magnitud del
objeto. Una botella cerrada, un simple tapón flotante, bastarían para
sostener todo su cuerpo. Lo esencial era encontrar donde agarrarse.
Y de pronto su mano derecha sintió el duro contacto de una madera pulida
y firme.
Se cogió á ella con la crispación del que va á morir; la oprimió como si
pretendiese incrustar sus dedos en la venosa y compacta superficie.
Después pegó á ella su otra mano, y, apoyándose en este sostén, fué
elevando todo su cuerpo.
Tan grande resultaba la violencia del esfuerzo, que la madera crujió,
esparciendo un sonido de rotura á través del ambiente líquido y
pegajoso.
Poco á poco sacó la cabeza fuera del agua y vió que había cerrado la
noche. Pero la lobreguez nocturna estaba cortada por el resplandor de un
sol rojo cuyos rayos parecían de sangre flúida.
Este sol lo tenía sobre su cabeza, é instintivamente volvió los ojos
para verlo. Era simplemente una lamparilla eléctrica resguardada por un
vidrio cóncavo.
Aturdido por tal descubrimiento, cerró los ojos para condensar sus
sentidos y poder apreciar lo que le rodeaba sin absurdos
fantasmagóricos. El hecho de que el sol se convirtiese de pronto en una
lámpara eléctrica le hizo sospechar que estaba dormido ó que el descenso
al abismo oceánico había perturbado sus facultades mentales.
Volvió á abrir los ojos, limitándose á mirar enfrente de él. Lo primero
que vió fué sus pies descansando sobre algo que estaba más alto que el
suelo; después contempló este suelo, que era de madera limpia y
brillante, con ensambladuras muy ajustadas; y más allá, como último
término, una barandilla recubierta exteriormente de lona pintada de
blanco. Sobre esta baranda se abría una obscuridad misteriosa que
parecía exhalar el aliento salitroso del infinito.
Sintió dolor en las manos á causa de la tenacidad con que estaban
agarradas al objeto providencial que le había servido de punto de apoyo
en su agonía de náufrago.
Los ojos de Gillespie, todavía mal abiertos, siguieron la longitud de
uno de sus brazos, en busca de las manos, para encontrarlas al fin
agarradas á una madera de color de manteca, pulida y brillante. Esta
madera afectaba una forma que no era desconocida para Edwin.
Después de examinarla con los titubeos de un entendimiento todavía
confuso, acabó por descubrir que era el brazo de un sillón. Una vez
hecho este descubrimiento, todo lo demás resultó fácil para él; sus
facultades despertaron instantáneamente, ayudándose unas á otras.
Se dió cuenta de que estaba sentado en un sillón, con las piernas
extendidas. Luego se incorporó, soltando el brazo de madera, que dejó
oir un nuevo quejido de quebrantamiento al verse libre de la desesperada
opresión. Rápidamente fué reconociendo el verdadero aspecto de todo lo
que le rodeaba. El sol rojo no era mas que una lámpara eléctrica de las
que alumbran el puente de paseo de un paquebote.
Gillespie tardó en reconocer el buque. ¿Qué hacía él allí?... ¿Quién le
había traído?... Quiso echar una pierna fuera del sillón, y su pie
tropezó con algo que resbalaba sobre la madera lanzando un susurro, como
de frote de papeles.
Al avanzar su cabeza vió un libro caído, que tenía el lomo en alto,
ostentando en su tapa de colores un hombre con casaca á la antigua, las
piernas en forma de compás, y pasando entre ellas un ejército de
pigmeos. La vista de este dibujo le ayudó á despertar completamente,
reanudando el funcionamiento de su memoria.
No había hecho mas que dormir, como tantos protagonistas de cuentos y
comedias, soñando con arreglo á su última lectura y viendo las escenas
de su ensueño lo mismo que si realmente transcurriesen en la realidad.
Sintió un escalofrío, y poniéndose de pie, miró su reloj. Eran las ocho.
Los pasajeros debían estar ya terminando de comer. Al extremo de la
cubierta de paseo jugueteaban tres niños vigilados por una institutriz.
Tal vez les pertenecía aquel libro que había hecho pasar á Gillespie
cuatro horas de continuos ensueños, inmóvil en un sillón, mientras por
el interior de su cráneo desfilaban las escenas de una historia tan
interesante como inverosímil.
Al verle despierto y de pie, los niños hicieron esfuerzos por ocultar
sus risas. Debían haber pasado muchas veces ante su asiento,
contemplando cómo se agitaba y hablaba en voz baja sin dejar de dormir.
La risa sofocada de los tres y de la institutriz le hizo abandonar el
puente, bajando á los salones del paquebote. El americano, después de
tanto soñar, sentía hambre, un hambre sólo comparable á la que había
sufrido cerca del puerto de la Ciudad-Paraíso de las Mujeres mientras
esperaba inútilmente el envío de víveres prometido por la enamorada
Flimnap.
Pero la evocación de esta parte material de su ensueño sirvió para
resucitar en su memoria la imagen de la dulce Popito y la escena de su
muerte.
Pepito era miss Margaret, y al recordar cómo había fallecido sobre una
de sus manos y cómo la había arrojado al agua, se sintió invadido por
los más tristes presentimientos.
Reconoció de pronto que los supersticiosos no son dignos de burla, como
él había creído siempre. Se imaginó que todo lo que llevaba visto en
sueños no era mas que una preparación para llegar á la muerte de Popito
y que esta muerte debía considerarla como un aviso de las potencias
misteriosas que rigen el curso de la vida humana.
--Miss Margaret ha muerto, estoy seguro de ello--se dijo el joven.
Y en el comedor, cada vez más solitario, pues los pasajeros abandonaban
ya las mesas, Gillespie dejó intactos todos los platos que le presentó
el camarero.
--Ha muerto, ha muerto indudablemente.
Cuando vió entrar al encargado de la telegrafía sin hilos del paquebote,
mirando á un lado y á otro, con un pequeño sobre en una mano, Edwin se
incorporó para atraer su atención.
Estaba seguro de que le buscaba á él, trayéndole la más fatal de las
noticias.
Efectivamente, el telegrafista fué hacia su mesa y le entregó el
despacho.
Gillespie abrió el sobre con mano temblorosa, buscando inmediatamente la
firma del telegrama. ¡Lo que él había pensado!... El despacho iba
suscrito por mistress Augusta Haynes.
No consideró necesario leer las líneas del texto. ¿Para qué?... Sólo un
acontecimiento terrible podía obligar á esta señora, tan enemiga suya, á
enviarle un telegrama.
--Ha muerto; efectivamente, ha muerto.
Danzaron ante sus ojos las luces del comedor; después se fueron
debilitando, como si les faltase la fuerza del fluido. Un velo acuático
acababa de correrse entre sus ojos y estas luces. Y para que los
pasajeros retardados no le viesen llorar, Edwin Gillespie inclinó la
cabeza permaneciendo así mucho tiempo.
Al fin volvió á abrir el despacho instintivamente, para leerlo línea por
línea. Sentía el deseo amargamente atractivo que nos impulsa á paladear
los grandes dolores. Necesitaba saber cómo había sido su desgracia,
conocerla detalle por detalle, rebuscando entre las palabras inmóviles y
secas del telegrama la vibración de aquella catástrofe, sin interés para
el resto de los humanos, pero la más grande que podía ocurrir en el
mundo para la madre y para él.
Se movió en su asiento nerviosamente al leer las primeras palabras.
¡Miss Margaret no había muerto!... La madre le decía simplemente que su
hija estaba enferma, muy enferma, y para que recobrase la salud, ella
rogaba á Gillespie que regresase cuanto antes á los Estados Unidos.
Quedó aturdido por el texto inesperado del despacho. Experimentó una
gran alegría, avergonzándose á continuación de ella. El desesperado
pesimismo que había sentido en los primeros momentos se reprodujo,
haciéndole buscar en el telegrama la parte más alarmante, ó sea las
primeras palabras.
¿Qué importaba que la orgullosa señora, olvidando la altivez con que
siempre le había tratado, se humillase hasta formular este
llamamiento?... Lo concreto, lo seguro, era que Margaret estaba muy
enferma. Para que mistress Augusta Haynes se decidiese á llamar al
ingeniero Gillespie--pretendiente que nunca había sido de su gusto--era
preciso que la hija estuviera en verdadero peligro de muerte. ¡Y él que
se hallaba al otro lado del mundo, separado por una navegación de varias
semanas!...
Pasó la noche sin dormir, saltando de su lecho para pasear por el puente
y volviendo á meterse en el camarote con un deseo siempre incumplido de
lograr un poco de sueño.
--¡Quién sabe si ya habrá, muerto!--pensaba tenazmente bajo el influjo
de su pesimismo--. Cuando la madre ha enviado este despacho, es
indudable que Margaret va á morir.... ¡Y yo sin poder realizar los
deseos de esa señora, que parece me espera con ansiedad!... ¡Qué idea la
mía de emprender un viaje á estas tierras remotas!
Después del amanecer subió á la última cubierta, paseando cerca del
puente de mando para poder hablar con alguno de los oficiales.
Encontró á uno que no se parecía en nada al que había visto durante su
ensueño, ocupando juntos el mismo bote cuando abandonaron el buque
próximo á hundirse.
Quiso saber los medios más seguros para regresar á los Estados Unidos
cuanto antes, y el oficial le habló de un paquebote que partiría de
Melbourne horas después de la llegada de éste en que iban ellos.
La buena noticia animó un poco á Gillespie, haciéndole pensar en la
remota posibilidad de que sus asuntos pasionales obtuviesen finalmente
una solución dichosa.
Cuando se dirigía al comedor en busca del desayuno, escuchó su nombre.
Era el empleado del telégrafo, que le buscaba para entregarle un nuevo
despacho.
Sintió que toda su sangre afluía al corazón, dejando sus miembros en una
frialdad cadavérica. Después el torrente sanguíneo refluyó con
violencia, esparciendo por todo su cuerpo una picazón cáustica.... Lo
que él había presentido durante la noche iba á realizarse. El primer
telegrama de la madre era una especie de preparación para que el dolor
lo fuese recibiendo por gradaciones. Le había anunciado que Margaret
sólo estaba enferma, para horas después enviarle un segundo telegrama
con la terrible noticia de su muerte.... Y el telegrama estaba allí al
alcance de su mano.
Pero el telegrafista, un jovenzuelo de ojos maliciosos, le miraba
sonriente, y se adivinaba en su sonrisa algo que tal vez tenía relación
con el despacho.
En el primer momento Gillespie se sintió tan irritado por esta
jovialidad, completamente en desacuerdo con su dolor, que hasta tuvo el
propósito de gratificar al joven con un puñetazo entre ambas cejas.
Después pensó que el telegrafista estaba enterado indudablemente de lo
que contenía el sobre, y era inverosímil que entregase sonriendo una
noticia de muerte.
Hasta se imaginó que su sonrisa actual era continuación de otras
sonrisas anteriores que no había podido reprimir mientras con un lápiz
en la mano y el casco de orejas metálicas en la cabeza escribía las
palabras misteriosas llegadas á través de la atmósfera.
Gillespie le arrebató el despacho para abrirlo.... ¡Oh Dios! ¡La firma
de miss Margaret!
Y después de leerlo en un silencio entrecortado por su respiración
jadeante, empezó á reir. Luego dijo en voz alta, con tono de admiración
y regocijo:
--¡Oh, las mujeres! ¿Quién podrá nunca luchar con las mujeres?
Saludó el telegrafista, asintiendo á estas palabras, y sus ojos
parecieron decir: «El gentleman tiene mucha razón.»
Luego se marchó para que Edwin pudiese volver á leer con toda calma
aquel papelillo que contenía todo un mundo de felicidad.
La dulce miss Margaret Haynes le telegrafiaba para ordenarle que
volviese cuanto antes, añadiendo que si había recibido un despacho de su
madre con la noticia de que ella estaba gravemente enferma no hiciese
caso alguno.
Su salud era mejor que nunca; pero había necesitado fingirse enferma
durante un mes, con gran abundancia de melancolías y llantos, y hasta
privarse de bailar en tanto tiempo. Esto último era lo que había
asustado más á la madre, haciéndola creer en una muerte próxima; y como
amaba mucho á su hija, la grave señora había acabado por acceder á su
matrimonio con el ingeniero.
La consideración de que Margaret había podido privarse de bailar durante
cuatro semanas para casarse con Edwin conmovió á éste profundamente.
«¡Adorable criatura!... ¡Imposible pedir mayor sacrificio!...» ¡Ay!
¡Cómo deseaba tenerla en sus brazos, de cinco á siete de la tarde, en
cualquier hotel de las riberas del Atlántico ó del Pacífico, bailando al
son de una orquesta de negros, cadenciosa y disparatada!
Su impaciencia le hizo subir otra vez al puente, en busca del mismo
oficial.
--¿Cuándo llegaremos á Melbourne?
--Dentro de tres horas.
--¿Está usted seguro de que el otro vapor sale en seguida para San
Francisco?
--Zarpará lo más tarde mañana al amanecer.... Tal vez salga hoy, y
tendrá usted que moverse mucho para obtener un buen camarote y trasladar
su equipaje.
¡Oh, Providencia, que alguna vez te acuerdas de los enamorados!...
Gillespie, después de tales noticias, bajó al camarote para preparar sus
maletas. Pero mientras cumplía este trabajo mecánico, su imaginación
empezó á galopar por los campos del futuro, creando instantáneamente las
escenas más risueñas.
Se vió unido á miss Margaret Haynes, que había pasado á ser mistress
Gillespie. Recorrió la casa que habitarían en Nueva York, improvisando
en unos segundos, sin gasto alguno y sin discusiones con los
proveedores, todas sus piezas, amuebladas con gran comodidad.
Después, dando una cabriola sobre el obstáculo de diez años, se
contempló entre varios niños hermosos, bien vestidos y de una gracia
conmovedora, iguales á los que se muestran en los escenarios de los
teatros y en el lienzo luminoso de los cinemas.
La señora Gillespie, mamá de todos ellos, estaba más bella que nunca,
con ese esplendor de verano hermoso que proporciona la maternidad y un
aterciopelamiento azucarado de fruto en plena sazón.
Pero de pronto su fantasía optimista se estremeció, dando un salto
atrás. Acababa de ver á alguien que había olvidado. La solemne mistress
Augusta Haynes pasó ante sus ojos. ¿Cómo se portaría con él?... ¿Sería
la serpiente del paraíso que acababa de crear?...
Su optimismo acabó por no tener en cuenta el aspecto imponente y duro de
la madre de Margaret. El fondo de su carácter tal vez era bondadoso,
como afirmaba la hija.
--¿Y si no lo es?... ¿Y si no lo es?...
Gillespie, ante tal duda, se sintió con un alma enérgica hasta la
crueldad.
Lo que él deseaba era que Margaret le amase siempre. Contando con el
cariño de su esposa, no había suegra que le infundiese miedo.
Nueva York y San Francisco están á orillas del mar, y él se acordó de lo
que había hecho cierta noche, estando en la playa, con el ilustre
Momaren, Padre de los Maestros y madre de la dulce Popito.
Y lo que hace un gigante puede repetirlo igualmente un simple hombre,
siempre que no le falte buena voluntad.
FIN
ÍNDICE
AL LECTOR
I.--Frente á la Tierra de Van Diemen
II.--Noche de misterios y despertar asombroso
III.--De cómo Edwin Gillespie fué llevado á la capital de la República
IV.--Las riquezas del Hombre-Montaña
V.--La lección de Historia del profesor Flimnap
VI.--Donde el profesor Flimnap termina su lección
VII.--El más grande de los asombros de Gillespie
VIII.--En el que el Padre de los Maestros visita al Hombre-Montaña
IX.--Donde el gigante va de caza y Popito expone sus ideas sobre el
gobierno de las mujeres
X.--En el que se ve cómo el Hombre-Montaña conoció al fin la
Ciudad-Paraíso de las Mujeres, y la deplorable aventura con
que terminó esta visita
XI.--Que trata del discurso pronunciado por el senador Gurdilo y de
cómo el Hombre-Montaña cambió de traje
XII.--De cómo Edwin Gillespie perdió su bienestar y le faltó muy poco
para perder su vida
XIII.--Donde se ve como unos pigmeos bigotudos intentaron asesinar al
gigante
XIV.--Lo que hizo el Gentleman-Montaña para que Popito no llorase más
XV.--Que trata de muchos sucesos interesantes, como podrá apreciarlo
el curioso lector.
XVI.--Donde el Hombre-Montaña deja de ser gigante y da por terminado
su viaje
End of Project Gutenberg's El paraiso de las mujeres, by Vicente Blasco Ibanez