misteriosas, con la esperanza de que al despertar conocería detalles más
interesantes sobre la existencia privada de tan célebres personajes.
Ninguno de los dos había podido hablar hasta el presente. Al poeta se lo
prohibían los módicos hasta que recobrase su perdido vigor. Momaren,
aislado en su palacio, no era accesible á las averiguaciones de los
periodistas.... Pero al día siguiente todo este misterio iba á
desvanecerse, como ocurre en los grandes sucesos que interesan al
público.
Sin embargo, al despertar ocho horas después los habitantes de la
ciudad, ni uno solo se acordó del poeta célebre ni del Padre de los
Maestros. Un suceso inaudito llenaba las páginas de los periódicos, y
tal era su novedad, que paralizó la vida corriente, aglomerando á todos
los habitantes en las plazas y calles céntricas. Un temblor de tierra,
la erupción de un nuevo volcán, un gran naufragio ó una catástrofe aérea
no hubiesen acaparado tanto la atención. Lo que ocurría era aún más
extraordinario.
Después de tantos años de paz, cuando nadie se acordaba de la existencia
de las antiguas guerras, acababa de surgir una guerra.
En Balmuff, uno de los Estados más lejanos y pobres, se habían sublevado
el día anterior todos los hombres contra el gobierno de la
Confederación, dirigidos por algunos jóvenes excéntricos de los que
figuraban en el partido masculista. Su primer acto había sido constituir
un gobierno provisional, todo de varones, que redactó un manifiesto
dirigido al pueblo. En él se decretaba para siempre la abolición de la
supremacía de las mujeres, declarando que éstas debían ser por el
momento inferiores al hombre, y tal vez más adelante, cuando hubiesen
perdido su presente orgullo, se accedería á que fuesen sus iguales.
La noticia de tal sublevación, así como el manifiesto de sus jefes, hizo
reir mucho al público femenino. Algunos caricaturistas habían
improvisado á última hora dibujos para los periódicos, representando las
tropas revolucionarias compuestas de hombres todos con faldas y con
velos, llevando además lanzas y espadas. Las esposas masculinas de los
individuos del gobierno y de sus altos empleados, así como las
pertenecientes á las familias ricas de la capital, eran las que más se
indignaban contra esta sublevación de sus compañeros de sexo.
--El hombre--decían--debe permanecer quieto en su casa, ocupándose de
los hijos y de la fortuna conyugal. Eso de gobernar es oficio de las
mujeres. ¿Adonde iríamos á parar si nosotros, con nuestra inexperiencia,
nos metiésemos á dirigir las cosas públicas?...
Y los que pedían más crueles castigos para la revolución de los hombres
eran los hombres. En cambio, había mujeres que permanecían en silencio,
como si temiesen hacer pública su opinión sobre este suceso. Pero se
notaba en su mutismo algo que hacía recordar la doctrina de Popito
acerca de la armonía entre los dos sexos.
Se sucedían con rapidez las noticias de Balmuff. Las transmisiones
aéreas hacían vibrar el espacio incesantemente, y cada media hora
descendía una máquina voladora sobre el palacio del gobierno, viniendo
de los últimos confines del mundo conocido.
Los curiosos ya no reían de la grotesca revolución de los hombres.
Lanzaban los periódicos edición tras edición para contar la historia de
este suceso, el más inaudito é inesperado desde que las mujeres
constituyeron los Estados Unidos de la Felicidad. Los insurgentes de
Balmuff se habían lanzado con piedras y palos sobre la Universidad de su
capital, apoderándose de ella sin más esfuerzo que repartir unos cuantos
garrotazos entre los profesores femeninos y otros empleados de igual
sexo que dependían del lejano y omnipotente Momaren. Luego se habían
esparcido por el Museo Histórico, apoderándose de los fusiles y cañones
que figuraban en sus salas. Precisamente el gobierno de la
Confederación, para satisfacer sin gasto alguno la vanidad de las
mujeres patriotas de este Estado remoto, había enviado, poco después del
triunfo femenil, enormes cantidades del antiguo material de guerra de
los hombres, para que con esta ferretería inútil adornasen su palacio
universitario.
El jefe militar de Balmuff era una amazona membruda y de labios
bigotudos, desterrada de la capital á causa de sus costumbres demasiado
libres. Este guerrero rió al saber que la canalla masculina--que hacía
sus delicias en secreto--se armaba con los artefactos inútiles del
pasado, y se limitó á ir en su busca con unas cuantas máquinas
expeledoras de rayos negros. De este modo no necesitaría que sus
amazonas persiguiesen á los insurrectos á flechazos. Ellos mismos iban á
matarse, pues los rayos prodigiosos harían estallar entre sus manos las
máquinas anticuadas que acababan de adquirir ilegalmente.
Pero al dirigir contra los revolucionarios los rayos negros, siempre
poderosos, quedó absorto viendo su ineficacia. De los grupos rebeldes no
surgió ninguna explosión. Además, estos grupos eran casi invisibles,
pues en torno de ellos se notaba la existencia de una neblina gris, un
halo denso, que los envolvía y los acompañaba como una armadura aérea.
En cambio, de la masa insurrecta surgió de pronto el trac-trac de las
ametralladoras, semejante al ruido de las antiguas máquinas de coser, el
largo y ruidoso desgarrón de las descargas de fusilería, el puñetazo
seco y continuo de los cañones de tiro rápido, y en unos segundos
quedaron en el suelo la mayor parte de las tropas del gobierno, huyendo
las restantes con un pánico irresistible.
Las gentes de la capital, al leer esto, se miraban aterradas, no
encontrando en su atolondramiento palabras capaces de expresar su
asombro. Los más locuaces sólo sabían decir:
--¿Será posible?... ¿Será posible todo eso?
La actitud del gobierno les hacía ver que era posible eso y aun algo
más, que no decían los periódicos, pero que las gentes se comunicaban en
voz baja.
Ya no era Balmuff el único país ganado por la revolución. Los hombres de
otras regiones inmediatas se habían sublevado igualmente, y parecían
contar con el mismo invento de la coraza vaporosa repeledora de los
rayos negros. Todos ellos se pertrechaban á estilo antiguo en los
museos, venciendo instantáneamente con sus armas de repetición á las
tropas gubernamentales. Indudablemente algún hombre dedicado á la
ciencia había hecho en favor de los de su sexo un invento semejante al
de aquella sabia mujer venerada en el templo de los rayos negros.
Ahora las máquinas voladoras que iban llegando al palacio del gobierno
procedían de los más diversos extremos de la República. En casi todas
las provincias acababan de sublevarse los hombres. En unas habían
vencido, en otras habían fracasado, porque las autoridades supieron
guardar y defender á tiempo los depósitos de armamento antiguo.
Poco antes de cerrar la noche, los altos señores del gobierno, de
acuerdo con las instituciones parlamentarias, declararon en estado de
guerra á toda la República. Al mismo tiempo decretaron la movilización
de las mujeres menores de cuarenta años, para que tomasen las armas, y
el alistamiento voluntario de los hombres que quisieran trabajar en los
servicios auxiliares y en los hospitales.
En el Senado, el público lloró de emoción escuchando á Gurdilo el más
desinteresado y sublime de sus discursos. Todo lo olvidaba ante la
inminencia del peligro común. Besó y abrazó á los señores del Consejo
Ejecutivo, odiados por él hasta un día antes. Ya no resultaban oportunos
los rencores políticos; todos eran mujeres y tenían el deber de morir
defendiendo el orden social, puesto en peligro por las utopías
anárquicas de unos cuantos varones ambiciosos ó locos, olvidados de las
virtudes, respetos y jerarquías que forman la base de un país
sólidamente constituído.
El gran orador fué breve y luminoso en su arenga, repleta de consejos
para los gobernantes. Ya que un nuevo invento masculino hacía inútiles
por el momento los salvadores rayos negros, las mujeres sabrían valerse
igualmente del antiguo material de guerra de los hombres olvidado en las
universidades. También sabrían inventar y fabricar nuevas armas más
poderosas, apelando á la colaboración de las mujeres científicas y de
las que dirigían la industria.
¡Antes la guerra, una guerra larga y sangrienta como las de Eulame, que
verse vencidas y esclavizadas por el hombre, lo mismo que en otros
siglos!
La muchedumbre aglomerada ante el palacio rugió de entusiasmo al ver en
un balcón al siempre descontento tribuno sonriendo á los señores del
gobierno y abrazándose con ellos.
Bajo el resplandor sonrosado de las iluminaciones nocturnas desfilaron
todas las tropas de la capital. El entusiasmo femenino estalló en gritos
estridentes al ver pasar los batallones de muchachas arrogantes
acompañadas por el centelleo de sus espadas, de sus casquetes y de sus
uniformes cubiertos de escamas metálicas. ¿Cómo los hombres, groseros y
cortos de inteligencia, iban á poder resistir el empuje de estas
amazonas robustas, esbeltas y de ligero paso?... Después, las hembras
más rabiosas rectificaban sus opiniones para aplaudir igualmente al sexo
enemigo.
No todos los hombres eran dignos de abominación. Los jinetes de la
policía, aquellos barbudos de la cimitarra, tan odiados por el pueblo,
desfilaban igualmente. Todos habían pedido que los enviasen á combatir á
los insurrectos. Y detrás de ellos pasaron miles y miles de voluntarios
que acababan de alistarse: atletas semidesnudos, máquinas de trabajo que
habían vivido hasta entonces en una pasividad estúpida y parecían
despertar á una nueva existencia con la aparición de la guerra. Las
mujeres los admiraban ahora como si fuesen unos seres completamente
diferentes de los siervos que habían conocido horas antes.
--¡Viva el gobierno! ¡Viva la Verdadera Revolución! ¡Vivan las
mujeres!--gritaban al pasar entre el gentío.
Y sus gritos los lanzaban de buena fe, sin ninguna ironía. Lo importante
para ellos era hacer la guerra, no parándose en averiguar contra quién
la hacían. Marchaban á combatir á los hombres porque estaban en la
capital; de haberse encontrado en Balmuff, hubiesen ido á combatir á las
mujeres, profiriendo gritos radicalmente contrarios con el mismo
entusiasmo y la misma voluntad de ser héroes.
El Hombre-Montaña adivinó desde las primeras horas del día que algo
extraordinario estaba ocurriendo en la Ciudad-Paraíso de las Mujeres.
Los constructores de la escollera le ordenaron, valiéndose de gestos,
que suspendiese el trabajo de acarrear grandes piedras. Los obreros que
las acoplaban se habían marchado, y el universitario que traducía las
órdenes no apareció en todo el día.
Los buques de guerra que navegaban siguiendo la costa para impedir que
el gigante se lanzase mar adentro se metieron en el puerto ó se alejaron
á toda máquina, perdiéndose en la línea del horizonte, como si se les
acabase de ordenar un rápido viaje. Los aparatos aéreos emprendieron el
vuelo, desapareciendo igualmente, y sólo quedó uno flotando en el
espacio, con el pico vuelto hacia la ciudad, pues á sus tripulantes
parecía interesarles más lo que pasaba en ella que la vigilancia del
Hombre-Montaña.
También había disminuído considerablemente el número de los esclavos
encargados de su cuidado y vigilancia. Sólo quedaban los más viejos, y
fué para él una fortuna que hubiesen traído al amanecer la diaria
provisión de pescado. Gracias á esto, los servidores pudieron preparar
el caldero, y Gillespie, al cerrar la noche, encontró algo que comer, á
pesar del abandono que notaba en torno á su persona.
Pasó una gran parte de la noche de pie, mirando hacia la ciudad. Su
estatura le permitía abarcar con los ojos la mayoría de sus barrios. El
halo rojo de la iluminación duró hasta altas horas de la noche. Llegaba
á sus oídos el vocerío de la inmensa muchedumbre, sus aclamaciones
entusiásticas, las canciones patrióticas entonadas á coro y el estruendo
enardecedor de las músicas militares. Al mismo tiempo surcaban el
espacio, como si fuesen cometas de distintos colores, los ojos de las
máquinas voladoras con sus largas colas de luz. Abajo, en la obscuridad
del mar, se deslizaban igualmente otras estrellas con todos los fulgores
del iris. Por el aire y por el agua, un movimiento continuo y
extraordinario iba llevándose fuera de la capital miles y miles de
seres.
Sus servidores le gritaban de vez en cuando una palabra en el idioma del
país, que él no podía entender. Le dió, sin embargo, dos significados
semejantes, y estaba casi seguro de no equivocarse. Aquellos hombres
querían decir «guerra» ó «revolución».
Indudablemente había surgido el movimiento insurreccional que venía
preparando Ra-Ra. ¿Qué sería de Popito?...
Acabó por acostarse en la arena para dormir el resto de la noche,
diciéndose que al día siguiente tendría noticias más exactas de lo
ocurrido. No le iban á dejar olvidado en aquella playa. Fuesen los
vencedores unos ú otros, se acordarían de él para tributarle honores
casi divinos, como lo prometía Ra-Ra, ó para obligarle á trabajar y
darle mal de comer, como venía haciéndolo el gobierno de las mujeres.
Al despertar en la mañana siguiente, se vió completamente solo. Todos
sus acompañantes habían huído. Esta soledad inquietó al Hombre-Montaña.
Nadie iba á traerle el pescado para el diario alimento, ni el agua
necesaria, ni la leña para hacerle hervir el caldero. Lo único que le
tranquilizó, dándole la seguridad de no morir de hambre, fué ver que no
quedaba nadie en torno de él capaz de cortarle el paso.
El destacamento de soldados que vivaqueaba antes entre el puerto y la
playa había desaparecido. Sobre su cabeza no vió una sola máquina
voladora ni sus ojos encontraron ningún buque enfrente de él. Salían de
la ciudad verdaderas nubes de aviones, algunos de ellos enormes hasta el
punto de poder transportar varios centenares de pasajeros. Pero todos se
alejaban en dirección opuesta, y lo mismo hacían las escuadras de buques
que abandonaban el puerto.
Llevaba una hora de pie, mirando hacia la ciudad, espiando las amplias
avenidas que alcanzaba á ver entre los aleros, y en las cuales
hormigueaba un público continuamente renovado, cuando sintió con
insistencia un cosquilleo en uno de sus tobillos. Al volver sus ojos
hacia el suelo, vió erguido en la arena, sobre las puntas de sus botas
para hacerse más visible y moviendo los brazos, á un pigmeo, mejor
dicho, á un soldado, con casco de aletas y espada al cinto, el cual daba
gritos para llamar su atención. Un poco más allá vió también una máquina
rodante en figura de tigre, que había traído sin duda á este guerrero, y
era guiada por otro de la misma clase, aunque de aspecto más modesto.
El gigante se sentó en la arena lentamente, para no dañar con el
movimiento de su cuerpo al enviado del gobierno. Porque Gillespie sólo
podía imaginar que fuese un emisario del Consejo Ejecutivo este oficial
que brillaba al sol como si fuese todo él vestido de vidrio y además
llegaba montado en un vehículo automóvil de aspecto tan fiero.
Puso sobre la arena una de sus manos, y el militar montó en la palma con
cierta torpeza, que hizo sonreir al coloso. Para ser una mujer de
guerra, estaba demasiado gruesa y tenía los pies inseguros. Fué subiendo
la mano poco á poco para que el emisario no sufriese rudos balanceos, y
al tenerla junto á sus ojos lanzó una exclamación de sorpresa.
--¡Profesor Flimnap!
La traductora saludó quitándose el casquete alado, mientras apoyaba su
mano izquierda en la empuñadura de su espada.
Iba vestida con un traje de escamas metálicas muy ajustado á sus formas
exuberantes, y pareció satisfecha del asombro del gentleman, viendo en
él un homenaje á su nueva categoría y al embellecimiento que le
proporcionaba el uniforme. Con una concisión verdaderamente guerrera,
dió cuenta á Gillespie de todo lo ocurrido.
El gobierno acababa de decretar la movilización contra los hombres
insurrectos, y ella, aunque por su carácter universitario estaba libre
del servicio de las armas, había sido de las primeras en ofrecerse para
pelear por la buena causa. Consideraba esto un deber ineludible, por ser
nieta de una de las heroínas de la Verdadera Revolución. Pero Gurdilo,
su ilustre amigo, que mandaba ahora tanto como los altos señores del
gobierno, se había negado á permitir que un profesor de sus méritos
fuese simple soldado y lo había nombrado capitán, aunque en realidad no
mandaba tropa alguna.
Su obligación militar iba á consistir en permanecer jauto al gobierno
escribiendo la crónica de la guerra y revisando las proclamas dirigidas
al país, por si era posible agregarles nuevos toques de retórica.
--Venceremos, gentleman--dijo con entusiasmo--. Desde anoche están
saliendo tropas para los Estados donde se han sublevado los hombres. Ya
le he dicho que éstos disponen de una invención, de una especie de nube
que los pone á cubierto de los rayos negros; pero aunque esto parezca de
gran importancia á ciertos varones ilusos, influirá poco en el resultado
final. Si ellos pueden valerse, gracias á su descubrimiento, de las
armas antiguas que inventaron los hombres, nosotros también podemos
hacer uso de ellas, y las guardamos en mayores cantidades. Esta mañana
hemos extraído de los archivos de la Universidad Central una estadística
de todos los depósitos que existen en las otras universidades y se
hallan en poder del gobierno. Por cierto que esto me ha permitido
adquirir noticias sobre el Padre de los Maestros, que está enfermo de
gravedad, lo que originó ayer muchos comentarios.
Y con serena indiferencia, como si hablase de algo ocurrido muchos años
antes, relató á Gillespie la misteriosa aparición del poeta Golbasto
tendido en la arena de la playa y medio ahogado, así como la dolencia
extraña de Momaren y las murmuraciones de los que afirmaban que á la
misma hora lo habían llevado inánime á su palacio unos desconocidos.
Parpadeó el gigante oyendo estas noticias, pero sin pronunciar una
palabra de comentario. No hubiera podido tampoco decirla aunque tal
fuese su voluntad, porque el profesor siguió su relato de la sublevación
de los hombres.
--Los derrotaremos, gentleman. Hay que someter á esa canalla que
pretende resucitar las vergüenzas y los crímenes de otros siglos. Lo que
ellos quieren es que volvamos á la guerra y al militarismo.
Y al decir esto se irguió, acariciándose con una mano las melenas
mientras apoyaba la otra en la empuñadura de su espada, cuya hoja se
extendía horizontalmente más allá de sus exuberancias dorsales.
--Yo siento expresarme así--continuó--porque usted es un hombre. Pero
hay hombres de distintas clases. Hubiese usted sentido orgullo anoche y
esta mañana al ver cómo desfilaban miles y miles de varones que han
abrazado nuestra causa y desean morir en defensa del beneficioso régimen
organizado por las mujeres.
El flamante capitán se interrumpió para mirar abajo, extrañándose de la
soledad de la playa. Todos los servidores habían desaparecido.
--Esto no puede seguir así--dijo con autoridad--. Afortunadamente, yo
vuelvo á ser alguien en los presentes momentos, y remediaré tal
desorden. No le prometo volverle hoy mismo á la Galería de la Industria,
donde usted se encontraba tan bien. Sería demasiado rápido el cambio y
los señores del Consejo Ejecutivo podrían ofenderse. Pero yo hablaré a
mi ilustre jefe Gurdilo, y es casi seguro que dentro de unos días
ocupará usted su antigua vivienda. Mientras tanto, cuidaré directamente
de su alimentación. Ahora manda su amigo Flimnap, y no morirá usted de
hambre.
Sonrió el profesor al acordarse de sus preocupaciones pecuniarias
algunos días antes, cuando intentaba ayudar á la alimentación del
gentleman con sus modestos recursos.
Como era un guerrero influyente, podía regalar hasta la saciedad á su
adorado gigante distrayendo una parte mínima de los grandes depósitos de
materias nutritivas requisadas por el gobierno para las necesidades del
ejército.
--Va usted á comer mejor que en los últimos días--dijo con el tono
maternal que emplea toda mujer cuando se ocupa de la alimentación del
hombre que adora--. ¿Le siguen gustando á usted los bueyes asados?...
¿Cuántos quiere para hoy, dos ó media docena?
Iba á contestar el coloso, cuando un ruido extraordinario vino del lado
de la ciudad. Para el oído de Gillespie no era gran cosa: hubiese
equivalido en el mundo de los seres de su estatura al ruido que produce
el choque de dos guijarros, ó al de varias bolas de espuma de jabón
cuando estallan. Pero el capitán Flimnap, que tenía más limitadas y por
lo mismo más sensibles sus facultades auditivas, se estremeció de los
pies á la cabeza, vacilando sobre la mano del gigante.
Escuchaba por primera vez estos ruidos pavorosos, y aunque había leído
en las crónicas antiguas muchas descripciones del estruendo de las armas
inventadas por los hombres, nunca pudo suponerlo tal como era en la
realidad.
--¡Grandes dioses!--gritó--. ¡Son tiros! ¡Disparos de armas de fuego!...
¡Y suenan cerca de la Universidad!... Adivino lo que ocurre. También se
han sublevado los hombres en la capital, intentando apoderarse de
nuestro Museo Histórico. Pero el gobierno ha previsto el caso, y los
sublevados, en vez de llevarse las llamadas armas de fuego, son
recibidos en este momento por nuestras tropas, que emplean contra ellos
las mismas armas.... ¡Otra vez disparos! ¡Gentleman, déjeme en el suelo
inmediatamente! Necesito ir allá.... Allá no; al palacio del gobierno,
donde me buscan tal vez á estas horas para pedirme datos.
Y era tal su nerviosidad, que el gigante temió que se arrojase desde lo
alto de su mano. Dejó al profesor-guerrero en la arena, y vió cómo
corría hacia su automóvil-tigre y cómo escapaba éste á toda velocidad
hacia el puerto.
--¡Con tal que no olvide su promesa!--pensó el Hombre-Montaña, que
empezaba á sentir el tormento del hambre.
El enamorado capitán era incapaz de abandonar un instante el recuerdo de
su protegido, y á la caída de la tarde, cuando ya desesperaba éste de
satisfacer su apetito, empezando á calcular la posibilidad de una
invasión de la capital en busca de comida, vió cómo avanzaban por la
playa unas cuantas máquinas rodantes, negras y sin adornos, de las que
servían para el avituallamiento del ejército. Sostenido por dos de ellas
reconoció un plato enorme, de los empleados en su servicio allá en la
Galería de la Industria. Sobre este plato se elevaban, formando
pirámide, cuatro bueyes asados. En los otros vehículos llegaban montañas
de panes--cada uno de ellos del tamaño de un grano de maíz ante los ojos
del gigante--, pirámides de frutas enormes para los pigmeos, pero que
venían á ser del volumen de un cañamón, y montones de quesos. Una
sección de atletas agregados al ejército traía en varios vagones una
docena de toneles de agua.
Cuando toda esta gente se marchó, anunciando que volvería al día
siguiente con nuevos víveres, el gigante, sentado en la arena, pudo
saciar su hambre con holgura. Hacía mucho tiempo que no había saboreado
una comida igual. Hasta encontró agradable la existencia á la
intemperie, siempre que Flimnap cuidase de su alimentación. Luego pensó
que su enamorado capitán acabaría por volverle á la Galería de la
Industria, apreciada ahora por él como un palacio maravilloso.
Pasó la noche en un sueño profundo, á pesar de que llegaban hasta la
playa los rumores de la ciudad en continuo movimiento.
--Mañana--pensó--á primera hora, cuando me traigan el almuerzo, se
presentará Flimnap con nuevas noticias.
Pero transcurrieron muchas horas de la mañana sin que llegase el
almuerzo ni el amable capitán. Pasado mediodía, cuando el coloso, mal
acostumbrado por las abundancias de la noche anterior, empezaba á sentir
el tormento del hambre, vió avanzar á través de la playa solitaria á un
pigmeo que, sin duda, venía en su busca.
No llevaba uniforme militar ni le seguía vehículo alguno. Su vestidura
estaba compuesta de túnica y velo, como la de todos los hombres que no
eran esclavos.