Transcurrieron dos días sin que recibiese una nueva visita. Llevó

piedras, como siempre, de la orilla del mar á la escollera, y vigiló el

hervor de su caldero para no verse robado como en la noche que le visitó

Popito. Conocía ahora á los hombres bigotudos, que parecían ejercer

sobre sus camaradas la superioridad arrogante y cruel del matón. Con uno

de ellos, el más alto y musculoso, se permitió una broma digna de su

fuerza.

Al ver cómo rondaba por cerca del caldero, aproximó su mano derecha á

este valentón, manteniendo encorvado el dedo índice y sostenido por el

pulgar. De repente el dedo encorvado se disparó para quedar rígido,

pillando por en medio al bigotudo jayán, y lo envió á través del aire,

haciéndolo caer de cabeza en la hoguera. Sus camaradas tuvieron que

sacarlo de entre los tizones tirando de sus pies, mientras otros corrían

hacia el mar para echarle agua en los mostachos y la cabellera

humeantes.

Cuando en la tarde siguiente empezaba la playa á obscurecerse, Gillespie

vió la llegada de otro hombre con faldas y velos. Debía ser Popito, que

le traía más noticias. Lo mismo que la vez anterior, dió varias vueltas

en torno de él con la cara oculta. Al fin se decidió á subir á una de

las piernas extendidas del coloso. Entonces pudo darse cuenta de que el

visitante era más grueso que Popito y se balanceaba á cada paso.

Consiguió con dificultad subirse sobre un tobillo, pero al avanzar

lentamente y titubeando por la arista huesosa de la pantorrilla, perdió

pie, cayendo de cabeza en la arena. Gillespie tuvo lástima de él y

extendió una mano para tomarlo con los dedos, subiéndole hasta la altura

de su pecho. Daba gritos de susto por su caída, y al quedar sentado en

la mano del gigante tampoco se consideró seguro, agarrándose á uno de

sus dedos. Al fin pareció serenarse, echando atrás el velo que cubría su

rostro para poder hablar.

--Sólo por usted soy capaz de arrostrar tantos peligros. Pero todo lo

doy por bien empleado á cambio del placer de verle.

Esta vez el asombro de Gillespie fué risueño.

--¡El profesor Flimnap!... ¡Y vestido de mujer!

Comprendió el catedrático el asombro que sus ropas inspiraban al

gigante.

--Verdaderamente, de toda mi aventura lo más estupendo es haberme

vestido con el traje que llevaban antes las mujeres como una librea de

esclavitud. ¡Qué dirían mis discípulos si me viesen!...

Pero después de esta lamentación, su coquetería amorosa le hizo

explicarse para excusar los defectos que pudiera tener su vestido.

--Me lo ha prestado la esposa de mi colega el profesor de Física. Sé

bien que es de forma algo anticuada. Hay muchos hombres que visten

mejor. Pero debe usted tener en cuenta que mi compañero de la Facultad

de Ciencias Físicas raro es el año que no tiene un hijo, y como su

hombre se pasa todo el tiempo en la cama con el recién nacido ó cuidando

de su nutrición, no le queda tiempo para seguir las modas.

Luego el profesor miró con unos ojos admirativos y tristes al mismo

tiempo á su amado gigante.

--¡Qué cambios en nuestra existencia--dijo--. Pero no hablemos de esto,

no perdamos el tiempo en lamentaciones. Necesito irme cuanto antes;

siento miedo, gentleman.... Para venir aquí he tenido que pasar cerca de

un grupo de soldados, que han empezado á decirme cosas atrevidas,

creyendo que yo era un hombre. ¡Imagínese si descubriesen al profesor

Flimnap vestido con estas ropas! Ahora, según parece, soy mal mirado por

el gobierno, y el Padre de los Maestros desea quitarme mi cátedra para

dársela á ese intrigantuelo cruel que le sirve á usted de traductor....

»Pero no hablemos de mí. Estoy dispuesto á aceptar como un placer todo

lo que sufra por usted. Ya conoce mis sentimientos. Hablemos de su

persona, pues para eso he venido.

Miró á un lado y á otro, á pesar de que no había nadie cerca del

gigante, y añadió con voz tenue:

--Gentleman, le amenazan grandes peligros y vengo á anunciárselos,

aunque ignoro, por desgracia, cómo podré defenderle de ellos.

Su amigo el profesor de Física le había llevado aquella mañana á lo más

apartado y profundo de su laboratorio para confiarle un gran secreto. El

Padre de los Maestros acababa de llamarle para saber si tenía siempre

lista la máquina que había servido para dar inyecciones soporíferas al

Hombre-Montaña la noche que llegó al país. Y como el físico le

contestase afirmativamente, volvió á preguntar si era posible la

fabricación en pocas horas--de acuerdo con la sección de Química--de la

cantidad necesaria de veneno para darle una inyección al gigante,

dejándolo muerto sin señales escandalosas de intoxicación.

El profesor había contestado que no podía encargarse de este servicio

sin una orden expresa del gobierno, y el jefe se la había prometido para

más adelante, dejando el asunto en tal estado.

--La promesa de una orden del gobierno es falsa, gentleman--añadió

Flimnap--. Ningún señor del Consejo Ejecutivo osará firmarla. Yo, por el

deseo de defender á usted, ando ahora mezclado en las cosas de la

política y me honro con la amistad del elocuente Gurdilo. El gobierno

sabe que el tribuno se interesa por el Hombre-Montaña, y como teme á su

palabra vengadora, se cuidará bien de autorizar tal crimen.

No obstante su confianza en el miedo de los gobernantes, dudaba de que

Momaren abandonase sus malos propósitos.

--Desea su muerte, gentleman, y si no puede organizar lo de la inyección

venenosa, buscará otro medio. Debe ayudarle en estos planes el vanidoso

Golbasto. Ya no creo que el tal Golbasto sea un gran poeta, ni mediano

siquiera. La otra noche quise releer sus versos, y me parecieron

despreciables. ¡Ay, no poder permanecer yo á su lado, gentleman, para

seguir su misma suerte!...

La consideración de su impotencia casi le hizo llorar. Influenciado por

su nueva amistad con Gurdilo, sólo veía en este personaje el remedio de

sus preocupaciones.

--¡Si ocupase el gobierno nuestro gran orador!...

A continuación se mostraba pesimista.

--El gobierno actual es más fuerte que nunca. ¿Quién puede derribarlo?

No será ciertamente Ra-Ra y los dementes que le siguen. Las mujeres que

nos dirigen en el presente momento son enemigos nuestros, pero hay que

reconocer que nunca gobierno alguno se consideró tan sólido. Hasta

parece, según dice mi ilustre amigo Gurdilo, que proyectan celebrar una

gran Exposición, como la de hace años, de la que es un recuerdo la

Galería que habitó usted. Tal vez con motivo de esta solemnidad

universal consigamos su indulto, y usted podrá presenciar todas nuestras

fiestas.

Pero el profesor abandonó repentinamente este ensueño optimista. Vió con

la imaginación á su amado gigante tendido en la playa, inerte como un

cadáver, las carnes verdosas y descompuestas por el veneno y

revoloteando sobre su rostro, en fúnebre espiral, miles y miles de

cuervos.

--Cuídese, gentleman--dijo con ansiedad--; desconfíe de todos; piense

que pueden echarle veneno en sus alimentos. No coma sin que antes haya

probado su comida esa gentuza que le rodea.

El gigante acogió con una risa sonora la última recomendación. Era

innecesaria. Y miró hacia la hoguera que calentaba el caldero, en torno

de la cual se iban agrupando sus acompañantes para aprovecharse de su

distracción.

--Sobre todo, gentleman, tenga cuidado mientras duerme. También le

pueden matar durante su sueño.

El gigante celebró otra vez con risas la simpleza de este consejo. ¿Cómo

iba á guardarse á sí mismo mientras dormía?

--Es verdad, es verdad--gimió angustiado el profesor--. ¡Dioses

poderosos! ¡Y no poder estar yo al lado de usted para defenderle durante

su sueño! ¿Qué hacer?...

Se preguntó esto varias veces, convenciéndose al fin de que lo primero

que debía hacer era marcharse, pues el miedo le hacía insufrible su

permanencia allí. Temía ser sorprendida en su regreso á la capital si

dejaba que cerrase la noche.

--Debo ser prudente, gentleman; el gobierno tal vez me vigila. Fíjese:

¡amigo de usted y amigo de Gurdilo!... Hay más de lo necesario para que

me encierren en una prisión. Pero volveré; yo le traeré noticias. Cuente

con que mi amigo el profesor de Física no hará nada contra usted aunque

se lo mande el gobierno. Pero ¡ay! sus enemigos no cejarán por esto....

Baje la mano, gentleman; póngame en el suelo. Necesito irme.... Cuente

con que pienso en usted á todas horas y me preocupo de su suerte.

Gillespie dejó al profesor en la arena, para no prolongar más el

tormento de su inquietud. Luego le vió correr, balanceando sus formas

abultadas y reteniendo sus velos, que el viento marítimo parecía querer

arrebatarle.

Transcurrieron varios días de trabajo, de cansancio y de hambre, sin que

el coloso recibiese nuevas visitas. Un anochecer, estando sentado en la

arena, vió que un hombre saltaba ágilmente sobre una de sus rodillas,

corriendo después á lo largo del muslo. Este no llevaba falda ni toca

mujeriles. Iba casi desnudo, como los hombres condenados al trabajo, con

una tela arrollada á los riñones por toda vestidura y mostrando los

musculosos relieves de un cuerpo armoniosamente formado.

Antes de reconocerlo con sus ojos, sintió el gigante que un instinto

fraternal despertaba en su interior para avisarle quién era.

--¡Oh, Ra-Ra!--dijo con voz tenue--. ¡Cómo deseaba verte!

Adivinando los propósitos de su visitante, lo puso sobre la palma de su

mano derecha, elevándole después hasta su rostro.

Ra-Ra se tendió sobre esta meseta de carne y hueso, y apoyando su cara

en ambas manos, habló al Gentleman-Montaña:

--Popito le avisó á usted hace días que algunos de estos hombres que le

rodean proyectan asesinarlo. Hasta ayer sólo tenía vagas noticias de

ello; ahora puedo darle un aviso concreto. Creo que es mañana cuando

intentarán el golpe contra usted, gentleman. En cuanto á los

instigadores del crimen, tengo formada mi convicción y nadie me hará

desistir de ella. Son Momaren y Golbasto los que desean su exterminio, y

ya que no han podido lograr que el gobierno favoreciese sus deseos, se

valen de esta chusma que rodea á usted.

Siguió hablando Ra-Ra, y algunas de sus revelaciones vinieron á

corroborar las que le había hecho el profesor.

--Al principio, estos dos personajes proyectaron matarle á usted por

medio de una inyección venenosa. Ignoro cómo pensaban realizarlo, pero

de su intención no me cabe ninguna duda. Deseaban que usted apareciese

muerto un amanecer, aquí en la playa, y que la gente creyese en un

fallecimiento ordinario. Pero como no han podido realizar este plan

hipócrita de venganza, apelan ahora al asesinato. Ya lo sabe, gentleman;

esta noche y la siguiente no duerma usted. Yo creo que el golpe lo

intentarán mañana, pero le aconsejo que, de todos modos, se guarde esta

noche, pues bien podrían haber adelantado la fecha de su crimen.

Ra-Ra sacó la cabeza fuera de la mano del gigante para buscar abajo con

su mirada los grupos de gente sospechosa.

--Los que le rodean, gentleman, son personas de malos antecedentes, pero

no creo que todos ellos vayan á intervenir en el crimen. Según mis

informes, los únicos que han tomado algún dinero para ejecutarlo y

desean ganar el resto de la cantidad son esos bigotudos de Blefuscú, que

tan orgullosos se muestran de su fuerza. No los pierda nunca de vista,

pues en ellos está el peligro.

Gillespie se resistía á comprender cómo varios pigmeos podían matarle

durante su sueño no disponiendo de una máquina inyectora como aquella de

que le había hablado Flimnap.

--Mis amigos--contestó Ra-Ra--han podido adivinar, gracias á algunas

palabras de estos hombres, cómo se proponen matarle durante su sueño.

Treparán cautelosamente hasta lo alto de su pecho, pues han observado

que usted duerme de espaldas; pegarán su oído á la curva de su tronco,

para guiarse por las palpitaciones del corazón, y cuando sientan bajo

sus pies estos latidos, cinco ó seis de ellos empuñarán una barra enorme

de acero terriblemente aguzada, clavándola todos á un tiempo en su

carne, hasta que le traspasen el corazón y salten en torno de su arma

caños de sangre. Momaren y Golbasto deben haberles proporcionado la

barra, dándoles, además, lecciones para que asesten el golpe en el lugar

preciso.

Aún hablaron los dos un largo rato. El gigante acabó por olvidar los

propios asuntos para que Ra-Ra le contase sus planes revolucionarios y

sus esperanzas en el próximo triunfo.

Ya no podía fijar el joven la fecha del movimiento insurreccional contra

la República de las mujeres. Todos los preparativos estaban terminados y

las órdenes transmitidas á las diferentes ciudades. Sólo faltaba que se

iniciase el movimiento en un Estado lejano, el más favorable para

emplear aquel descubrimiento que debía vencer á los famosos rayos

negros.

Esto iba á ocurrir de un momento á otro; tal vez fuese al día siguiente;

tal vez había sido ya y lo ignoraban en la capital.

--Le quedan á usted muy pocos días de esclavitud, gentleman--añadió el

joven--, y por lo mismo sería lamentable que esos malvados le matasen

aprovechando los últimos momentos de la tiranía femenina.... No tema

usted las consecuencias: castigue con dureza á esos asesinos en el

momento que intenten el golpe. ¡Ojalá estuviesen entre ellos sus

instigadores!...

Ra-Ra no podía prolongar mucho esta entrevista. Temía que los que

acompañaban al gigante se hubiesen fijado en su llegada. Pensó también

en las precauciones que debía tomar para que no le sorprendiesen durante

su regreso. Un destacamento de soldados estaba acampado en la playa,

cerca del puerto, para impedir que los curiosos se aproximasen al

gigante.

Como veía próximo el momento de la victoria, se mostraba más prudente

que antes, evitando incurrir en sus antiguas audacias. Si le descubrían

y apresaban á última hora, podía quedar frustrado el levantamiento de

los hombres en la capital, dejando sin respuesta las sublevaciones de

las demás ciudades.

--Va usted á ver grandes cosas--siguió diciendo--, ¡Quién sabe si será

esta misma noche cuando nos sublevemos contra la tiranía femenil y

vendremos á libertarle!... Y si no esta noche, será en breve plazo.

Se fué Ra-Ra, y el gigante, después de comer, quedó tendido en la arena,

como todas las noches. No quiso dormir, manteniéndose en una fingida

tranquilidad, con los ojos entornados y vigilando las idas y venidas de

algunos pigmeos que aún no se habían acostado. Al fin el silencio del

sueño se fué extendiendo sobre la playa, y Gillespie, convencido de que

no intentarían aquella noche nada contra él, acabó por entregarse al

descanso.

Al día siguiente, cuando llevaba piedras al extremo de la escollera, vió

á un hombrecillo en una pequeña barca, que fingía pescar y se colocaba

siempre cerca de su paso, sin asustarse de los remolinos que abrían en

las aguas las piernas gigantescas al cortarlas ruidosamente. La

insistencia del pescador acabó por atraer la atención de Gillespie. Miró

verticalmente la barquita del pigmeo, que se mantenía junto á una de sus

pantorrillas, y reconoció á Ra-Ra. Este, puesto de pie y con las dos

manos en torno de su boca formando bocina, se limitó á gritar:

--Va á ser esta noche; lo sé con certeza.... Y ahora continúe su

trabajo. No me hable.

Efectivamente, la voz del gigante, sonando como un trueno desde lo alto,

hubiese llamado la atención de todos sus guardianes y hasta de las

tripulaciones de los buques de guerra que evolucionaban en plena mar

vigilándole.

Continuó el gigante su viaje con una roca en cada mano, y el pescador,

recobrando sus remos, se alejó hacia el puerto.

Apenas hubo cerrado la noche, se fué dando cuenta Gillespie, por ciertos

preparativos, de que el aviso de Ra-Ra era cierto. Vió cómo los atletas

bigotudos y malencarados se echaban á la espalda sus mochilas,

despidiéndose de sus compañeros. Esto último lo presintió únicamente por

sus gestos; pero así era en realidad. El grupo de valentones se volvía á

Blefuscú, anunciando su partida en la primera máquina voladora que

saliese al amanecer para su país. Los que se quedaban no podían ocultar

su satisfacción al verse libres de unos matones que tanto abusaban de

ellos.

Gillespie consideró este viaje repentino, preparado con ostentación,

como una certeza de que el golpe contra él sería aquella misma noche.

Se tendió en la playa, como siempre, colocándose á poca distancia de la

hoguera, que empezaba á disminuir sus llamas. Poco á poco se fueron

retirando sus acompañantes para dormir detrás de las dunas ó al abrigo

de los cañares. Transcurrieron largas horas de silencio. La obscuridad

era cortada de tarde en tarde por los rayos de colores que llegaban de

las máquinas aéreas. Pero en la presente noche estas iluminaciones

resultaban menos numerosas, como si alguien hubiese influido para que

sus guardianes le vigilasen menos. En los largos períodos de obscuridad,

las palpitaciones de la hoguera poblaban la noche de repentinos fulgores

de incendio, seguidos de largas y profundas tinieblas.

Permanecía el gigante en voluntaria inmovilidad, con los ojos entornados

y lanzando una respiración ruidosa. De pronto creyó oir un ligerísimo

susurro semejante al de unos insectos arrastrándose sobre la arena.

--Ya están aquí--dijo mentalmente.

La camiseta que cubría su pecho se agitó con un leve tirón. Era uno de

los asaltantes, el más ágil de todos, que se había agarrado al tejido,

encaramándose por él hasta llegar á lo más alto de su tórax. Desde allí

arrojó una cuerda á los que esperaban abajo, y uno tras otro fueron

subiendo cinco hombres, con grandes precauciones, procurando evitar un

roce demasiado fuerte al deslizarse por la curva del pecho gigantesco.

El Hombre-Montaña seguía respirando ruidosamente, y sus ojos apenas

entreabiertos podían ver lo que ocurría alrededor de él, aunque de un

modo vago. Distinguió cómo se movían sobre la arena obscura de la playa

algunos animales todavía más obscuros. Sin duda eran compañeros de los

asesinos, que se quedaban abajo para dar la señal en caso de peligro.

Los seis hombres que estaban sobre su pecho tiraron de la cuerda con un

esfuerzo regular y prudente para evitar que él despertase. Sintió que lo

que subían no era un ser animado, sino algo largo y de una rigidez

metálica.

--La barra de acero que desean clavarme en el corazón--pensó el

gigante.

No se equivocaba. A través de sus párpados entornados vió cómo el grupo

de hombres iba desatando la barra mortífera, poniéndola en posición

horizontal. Su tamaño era doble que la estatura de ellos.

Sonó abajo un leve silbido, y volvieron á echar la cuerda. El hombre que

subía ahora carecía de agilidad, hundiendo pesadamente sus pies entre

las costillas del gigante, como si temiera caerse.

Gillespie no alcanzaba á verle bien, pero sospechó que era una mujer.

Esta mujer, tendiéndose sobre su pecho, se fué arrastrando con el oído

pegado á la piel, sirviéndole de guía el ruidoso bombeo de la sangre á

través del enorme corazón.

Al fin el director femenino se irguió, señalando con un dedo á sus pies,

como si dijese: «Aquí».

Inmediatamente acudieron los seis bandoleros con su barra. Mientras unos

la mantenían verticalmente, otros se frotaban las manos y escupían en

ellas, preparándose para el gran esfuerzo común.

Cuando todos estuvieron listos, la mujer levantó un brazo para dar la

señal, y los seis elevaron al mismo tiempo el gran hierro de punta

aguda. Sólo esperaban la voz de su jefe para dejarlo caer; pero antes de

que esto ocurriese, una catástrofe los anonadó, como si se hubiesen

desatado sobre ellos todas las fuerzas crueles y ciegas de la

Naturaleza, como si las montañas que cerraban el horizonte se hubieran

desplomado sobre sus cabezas formando una cascada de tierra y de

piedras, como si el mar hubiera abandonado su lecho levantando una ola

única para barrerlos.

El gigante había movido un brazo para colocarlo al nivel de su cuello, y

á continuación hizo con él un rudo movimiento á lo largo del pecho, que

anonadó y se llevó rodando cuanto pudo encontrar.

Los seis hombres, con su barra, así como la misteriosa mujer que los

dirigía, salieron disparados por el aire.

Y no fué esto lo peor para ellos, pues el Hombre-Montaña se levantó á

continuación, de un salto, y empezó á dar patadas en el suelo,

persiguiendo á las figurillas negras, que huían aterradas en todas

direcciones lanzando chillidos. Cada puntapié dado por el gigante

levantaba nubes de arena, y en ellas se veía flotar siempre algún

pigmeo, los brazos y las piernas abiertos lo mismo que las ranas, unas

veces con la cabeza arriba, otras con la cabeza abajo.

La cólera del coloso no encontró á los pocos momentos enemigos que

perseguir. Todos habían huído. Los inmediatos cañaverales se estremecían

agitados por la carrera medrosa de los hombrecillos. Gillespie iba á

tenderse otra vez en la arena, convencido de que nadie osaría ya

atacarle, cuando sintió que algo se agitaba debajo de uno de sus pies.

Era una cosa blanda que se retorcía lanzando ahogados chillidos,

aprisionada por la arena y el arco de puente que formaban sus zapatos

entre la planta y el tacón. Se inclinó hasta tocar el suelo y,

levantando el pie, extrajo aquella cosa animada de su dolorosa

esclavitud.

Vió que eran dos hombrecillos sobre los que había puesto su pie sin

saberlo. Milagrosamente se habían librado de morir aplastados al

incrustarse entre la arena y el arco del zapato.

Daban gemidos como si hubiesen sufrido graves lesiones interiores, pero

el susto era en ellos tal vez más grande que las heridas.

Gillespie, que había tomado estos dos animalejos entre sus dedos, los

subió á su rostro, colocándoselos entre ambos ojos. Pero la obscuridad

no le permitió reconocerlos. Únicamente pudo ver que eran mujeres.

Uno de estos pigmeos debía ser el que había seguido los latidos de su

corazón para marcar á los asesinos el emplazamiento más favorable para

el golpe.

Pensó si serían Golbasto y Momaren, vanidosos personajes implacables en

su venganza y directores de su asesinato, como creía Ra-Ra. Lamentaba

que las máquinas aéreas no le enviasen un rayo de luz para poder

reconocerlos.

Su primer impulso fué oprimirlos entre sus dedos, aplastándolos como

insectos dañinos. Pero le faltó la voluntad para darles este género de

muerte....

Como deseaba al mismo tiempo desembarazarse de ellos, se dirigió á la

orilla del mar y, echando atrás su brazo para que el impulso fuese más

grande, los arrojó en el vacío.

Lo mismo que dos piedras atravesaron la obscuridad, perdiéndose sus

lamentos en el sonoro chapoteo de su caída.

XIV

Lo que hizo el Gentleman-Montaña para que Popito no llorase más

Al día siguiente los periódicos lanzaron en sus ediciones de la tarde la

noticia de un suceso que interesó mucho al público.

Golbasto, el gran poeta nacional, había sido encontrado por unos

pescadores, poco antes de la salida del sol, tendido en la playa sobre

la línea divisoria del agua y la arena. Lo habían conducido moribundo á

su vivienda, pero á la hora en que aparecieron dichas ediciones los

médicos mostraban esperanzas de salvarle la vida.

Cada uno comentó la noticia según la repulsión ó la simpatía que le

inspiraba el poeta. Los hubo que hablaron de un exceso de inspiración

que, haciéndole olvidar la realidad, le había impulsado á arrojarse al

agua. Otros, más malignos, suponían un suicidio por decepciones

amorosas.

Muchos pretendieron establecer una relación entre esta noticia,

anunciada con grandes rótulos de plana entera, y otra más humilde, sin

grandes títulos, que había que buscar en la última página de los

diarios, haciendo saber que el Padre de los Maestros estaba en cama

gravemente enfermo.

Como un vago rumor empezó á circular la murmuración de que también á

Momaren lo habían llevado á su casa, en las primeras horas de la mañana,

unos hombres que lo encontraron cerca del puerto. Pero como se trataba

de un personaje oficial, fué imposible conocer la verdad. Nadie pudo

encontrar á los empleados universitarios que habían cometido la

indiscreción de contar la llegada de Momaren conducido en brazos por

unos marineros. Al contrario, todos declaraban que esta noticia era

absurda, pues el jefe de la Universidad estaba en cama desde tres días

antes.

Pero esto no evitó que la murmuración siguiese haciendo su camino, y los

noveleros empezaron á afirmar que la misteriosa enfermedad del poeta era

igual á la del Padre de los Maestros, teniendo ambas el mismo origen. El

senador Gurdilo, ansioso de venganza, insinuó á los periodistas que

Momaren y Golbasto se habían batido de noche en la playa por alguna

rivalidad amorosa, pues los dos, á pesar de su exterior solemne, eran

unos hipócritas de perversas costumbres y tal vez se disputaban el

monopolio de algún esclavo atlético.

El paraiso de las mujeres Novela · 第 18 / 22 段