donde estaba el prisionero; pero fué en busca de los periodistas que le
perseguían días antes con sus elogios y ahora le trataban con cierta
protección compasiva, como si viesen en él otra vez á un pobre profesor
algo maniático. Estos sujetos podían darle noticias del Hombre-Montaña.
Por ellos supo que una comisión de médicos había sido enviada para que
curasen al gigante las heridas de las manos y los pies producidas por
los cables metálicos. Ya estaba más tranquilo y parecía resignado á su
nueva situación. Las máquinas voladoras continuaban teniéndolo sujeto al
extremo de sus hilos, obligándole con crueles tirones á obedecer las
órdenes del jefe de la escuadrilla. El interior de su antigua vivienda
estaba ahora ocupado por las tropas. El coloso permanecía á la
intemperie día y noche, pues así sus guardianes aéreos podían hacerle
sentir más pronto sus mandatos.
Un antiguo discípulo de Flimnap, que hablaba incorrectamente y con
balbuceos el idioma del gigante, era ahora su traductor. El gobierno
había prescindido del bondadoso universitario, considerándolo poco
seguro.
Según los periodistas, el Hombre-Montaña sería conducido al puerto en la
mañana siguiente para que empezase sus trabajos.
Así fué. El desconsolado profesor le vió trabajando en la orilla del
mar, lo mismo que un esclavo. Ya no llevaba su traje nuevo, igual al que
usaban las mujeres antes de la Verdadera Revolución. Iba medio desnudo,
como los atletas embrutecidos que servían de máquinas de fuerza. Sólo
conservaba las antiguas prendas de su ropa interior.
Le vió metido en el agua azul hasta la cintura, inclinándose para
colocar dos pesados sillares que llevaba en ambas manos. Estas masas
enormes las movía con tanta soltura como un niño maneja un guijarro.
Después de tomarlas en la orilla con las puntas de sus dedos, avanzaba
mar adentro, yendo á colocarlas en el extremo de un malecón que se
estaba construyendo para el resguardo del puerto hacía muchos años. Esta
obra colosal había sufrido grandes retrasos á causa de las dificultades
que ofrecía; pero ahora, gracias á Gillespie, sus directores esperaban
terminarla con rapidez.
Flimnap tuvo que mantenerse lejos de su amigo, pues un cordón de
soldados cerraba el paso á los curiosos. Los grupos reunidos á espaldas
de la tropa comentaban con asombro la rapidez del trabajo del gigante.
En dos horas había hecho lo que antes costaba varias semanas. El malecón
crecía por momentos. Todos alababan el acuerdo del Senado. Pero el
profesor sintió deseos de llorar al ver á su amado en esta situación
envilecedora.
Sobre su cabeza flotaban continuamente unas cuantas máquinas aéreas
llevando colgantes sus cables, flácidos y muertos en apariencia. Al
menor intento de rebeldía estos hilos amenazadores podían animarse y
retorcerse, haciendo presa en el coloso. Por las inmediaciones de la
escollera iban y venían en incesante navegación dos buques de la
escuadra, interponiéndose entre el prisionero y el mar libre.
El profesor tuvo que retirarse sin poder hablar á su antiguo protegido.
Únicamente por los periodistas tuvo noticias de su nueva existencia.
Dormía sobre la arena de la playa, sin una manta que le sirviera de
lecho, sin una lona que le defendiese del rocío de la noche. ¡Cómo debía
acordarse el pobre gentleman de su cama mullida, allá en la Galería de
la Industria, que el presidente de su Comité hacía preparar todas las
noches con tanta minuciosidad!...
La comida del coloso daba motivo á nuevas lágrimas del profesor. Varios
desalmados de los que pululan en los puertos eran los que preparaban su
alimento, en una de las grandes calderas traídas de su antigua vivienda.
Esta gente inquietante y zafia reemplazaba á la selecta servidumbre que
había trabajado para él en la cumbre de la colina.
Lo alimentaban con arreglo á su trabajo. Cada piedra se la pagaban
echando un pescado más en la caldera; pero como los cocineros vivían de
la misma alimentación del gigante, ésta experimentaba considerables
mermas. Gillespie, acostumbrado á las abundancias de su primer
alojamiento, debía sufrir hambre.
--¡No poder hacer yo nada por él!--murmuraba el profesor
desesperadamente.
Los representantes de la autoridad no le dejaban aproximarse al
gentleman; pero aunque le permitieran atender á su alimentación, ¿qué
podía hacer un catedrático de tan escasa fortuna como era la suya? Los
dos bueyes que necesitaba para un solo plato costaban una cantidad igual
á la que recibía él por dos meses de cátedra; tres almuerzos del
Hombre-Montaña acabarían con todos sus ahorros.... Y convencido de que
no podía remediar su hambre, se entregó á la desesperación.
Gillespie, en realidad, era menos digno de lástima que lo imaginaba el
profesor. Convencido de que su triste situación no tenía remedio, se
había sumido en ella con una calma fatalista. El embrutecimiento del
continuo trabajo borraba todos sus conatos de rebeldía.
Después de haber sido arrastrado y maltratado por las máquinas
voladoras, ya no despreciaba á los pigmeos y tenía por menos vil la
esclavitud á que le habían sometido.
Como sólo le daban á comer parcamente, con arreglo á su trabajo, se
esforzaba por que cada día su labor resultase más grande. Era imposible
todo intento de fuga, pues ni por un momento cesaba la vigilancia en
torno de él. Al llegar á la punta de la escollera donde colocaba sus
rocas podía ver todo el puerto de la capital. El bote que le había
traído estaba en mitad de él, como un navío de dimensiones
inverosímiles, rodeado de las unidades de la escuadra del Sol Naciente.
Unos cuantos pasos en el agua le bastaban para llegar á su antigua
embarcación, y un día sintió la curiosidad de verla de cerca.
Representaba un consuelo en medio de su esclavitud tocar con sus manos
este bote, que le hacía recordar el mundo de sus semejantes.
Pero apenas intentó avanzar hacia el interior del puerto, uno de los
buques de guerra que le vigilaban forzó sus máquinas para cortarle el
paso, colocándose ante él. La tripulación de pigmeos braceaba sobre la
cubierta, gritándole para que volviese atrás, y como tardase en
obedecer, una gran flecha disparada por el buque pasó cerca de su nariz
á guisa de amenazadora advertencia.
Otro día, aburrido de la monotonía de sus continuos viajes entre la
orilla de la playa y la punta de la escollera, el Hombre Montaña quiso
permitirse una ligera diversión. Sentía el deseo de nadar un poco en
aguas más profundas, pues el mar sólo le llegaba á la cintura en sus
idas y venidas. Y después de acarrear cuatro piedras en vez de dos, se
echó de espaldas en el agua, nadando mar adentro.
Este simple juego produjo gran alarma en los buques y las máquinas
aéreas, que hasta entonces habían evolucionado mansamente. Los navíos se
lanzaron en su persecución, y al ver que el gigante se ocultaba bajo el
agua en una de sus cabriolas de nadador, como todos ellos eran
sumergibles, le imitaron, sumiéndose igualmente en las profundidades
submarinas.
Antes de que Gillespie volviese á la superficie se sintió aprisionado
por las patas de un pulpo, que le inmovilizaban, acabando por tirar de
él. Eran los cables vivientes de los sumergibles, que le habían cazado
en el seno del mar. Salió á la superficie remolcado por estos lazos, que
se clavaban en sus carnes, y para evitar su cruel mordedura hizo pie en
la arena, procurando correr hacia la costa con una velocidad igual á la
de los buques.
Su nuevo traductor, que estaba en la punta de la escollera para
transmitirle las órdenes de los constructores, le habló con la dureza de
un carcelero.
--Esclavo-Montaña--dijo--, no vuelva á repetir esos juegos de mal gusto,
so pena de morir estrangulado por las máquinas aéreas ó de que la
escuadra del Sol Naciente le rompa el cráneo enviándole una nube de
piedras con sus catapultas.
Y el Esclavo-Montaña--pues al separarse Flimnap de él había dejado de
ser gentleman--se sumió otra vez en su resignación servil.
Durante la noche tampoco podía pensar en fugarse. Las máquinas aéreas
enviaban de vez en cuando la luz de sus faros sobre el cuerpo de
Gillespie, interrumpiendo su sueño. Además, los hombres que preparaban
su comida dormían en torno de él.
Eran esclavos todos ellos, gente innoble y de mala catadura. Muchos
habían sido perseguidos por la policía y habitado los establecimientos
penitenciarios. Además, todos ignoraban el idioma del gigante, y éste
tenía que hacerse respetar empleando gestos amenazadores. Algunas noches
se veía obligado á colocarse junto á la hoguera que hacía hervir el
caldero de su comida, repeliendo con el terror de sus manos enormes á
toda la chusma voraz. Sólo así conseguía que los pescados no
desapareciesen de la vasija, quedando únicamente el caldo para él.
El primer día festivo le dejaron libre de trabajo. No fué esto por
humanidad, sino porque los obreros que sujetaban con garfios de hierro
las rocas aportadas por él exigían descanso.
Gillespie pudo vagar durante la mañana por la costa inmediata al puerto.
Un buque de guerra navegaba paralelo á la orilla para cortarle el paso
si se echaba al agua. Una máquina aérea le seguía con perezoso vuelo.
El gigante vió un edificio bajo, de paredes blancas, con extensas
columnatas, jardines y amplias escaleras de mármol que se hundían en el
agua azul. Recordó que Flimnap le había hablado de este palacio,
construído por los antiguos emperadores para sus baños de mar.
Bajo las columnatas había parterres llenos de flores. Los muros,
pintados por los más viejos artistas del país, representaban el
nacimiento y las aventuras de las divinidades marítimas. Después de su
triunfo, la República de las mujeres había regalado este palacio á las
amazonas del ejército, que acudían todos los días de fiesta á
ejercitarse en la natación.
Vió Edwin cómo algunas damas que se paseaban con sus hijas por las
terrazas del blanco palacio huían apresuradamente, cual si se acercase
un peligro. Distinguió igualmente cómo iban avanzando por la costa
varias compañías de arrogantes muchachas de la Guardia. Las matronas
masculinas apresuraron el paso, sintiendo alarmado su pudor por la
proximidad de estos guerreros, algo libres en palabras y costumbres.
Todas ellas ordenaban á sus hijas masculinas que marchasen rápidamente,
antes de que los militares se echasen al agua. No era decente permanecer
allí. Algunas mamás barbudas hasta criticaban al gobierno porque no
disponía que las tropas de la guarnición nadasen en otro lugar más
solitario de la costa.
Los grupos de hombres, pudorosos y tímidos, huyeron hacia la ciudad con
tanto apresuramiento, que detrás de sus pasos temblaban como banderas
fugitivas los extremos de velos y túnicas. Mientras tanto, varios
centenares de hembras guerreras se despojaban tranquilamente de sus
uniformes, y unas en simples calzoncillos, otras completamente desnudas,
se lanzaron al agua, haciendo alegres suertes de natación.
El gigante, atraído por sus risas y queriendo ver el espectáculo de más
cerca, se tendió de bruces en la arena, apoyándose después en ambas
manos para sacar su cabeza por encima del palacio.
Un griterío de mil voces acogió la aparición de este rostro gigantesco
que iba elevándose poco á poco sobre el palacio como surge el sol por
detrás de las montañas. Después del regocijo provocado por su presencia,
las amazonas quedaron como asombradas de la conducta impúdica del
coloso. ¡Era un hombre!... ¡Y este hombre, en vez de huir con el recato
propio de su sexo, osaba permanecer allí, contemplando á todo un
batallón desnudo!...
Ningún varón de sus familias hubiese hecho esto. Los militares más
jóvenes sacaban el cuerpo fuera del agua, como si quisieran castigar al
atrevido con la exhibición de su desnudez. Pretendían asustarlo para
despertar de este modo el olvidado pudor de su sexo; proferían palabras
de cuartel para que se ruborizase. Pero el desvergonzado gigante sonrió
placenteramente, sin pensar en huir, encontrando muy ameno el
espectáculo.
Y los militares más viejos y más expertos en la vida se asombraban al
pensar en el mundo de los Hombres-Montañas: un mundo absurdo, donde los
sexos están lamentablemente invertidos, y son los hombres los que buscan
á las mujeres, no sintiendo rubor ni deseos de huir cuando las mujeres
se muestran á ellos en toda su desnudez.
XIII
Donde se ve cómo unos pigmeos bigotudos intentaron asesinar al gigante
Un anochecer, cuando Gillespie había terminado su trabajo y, sentado en
la playa, descansaba de ciento ochenta viajes entre la orilla del mar y
la punta de la escollera, recibió una visita extraordinaria.
Estaba á esta hora vigilando el hervor del caldero, para que sus
acompañantes no metiesen en la sopa las lanzas con que extraían los
peces, y vió cómo un hombre de los que iban vestidos con túnica y velos
se aproximaba lentamente á él. Sus ropas eran pobres, remendadas y algo
sucias. Parecía por su aspecto la esposa masculina de alguna de las
mujeres empleadas en el puerto ó de alguna contramaestre de la escuadra.
Entre la gentuza que vivía alrededor del gigante se mostraban de tarde
en tarde algunos de estos seres pobremente vestidos, pero que ostentaban
el mismo indumento de los hombres de clase superior, para indicar que no
pertenecían al rebaño de los esclavos aprovechados como máquinas de
fuerza.
Este hombre de traje femenil paseó varias veces en torno del gigante,
mirándole con interés por un resquicio de sus velos. Los malhechores al
servicio del Hombre-Montaña, que formaban grupos á cierta distancia, no
extrañaron la presencia del hombre con faldas. Eran muchos los que al
conseguir un descanso en sus tareas domésticas venían solos ó en grupos
á ver de cerca al coloso.
Cuando el nuevo visitante se hubo cansado de mirar á Gillespie, medio
tendido en la arena, saltó sobre uno de sus tobillos, que eran lo más
accesible de las piernas en reposo. Luego empezó á caminar sobre la
arista huesosa de la pantorrilla, pasando la redonda plaza de la rótula,
para seguir avanzando por el lomo redondo del muslo, deteniéndose
únicamente junto al abdomen.
Ninguno de los curiosos osaba permitirse con Gillespie esta intimidad.
Le habían hecho una fama de maligno y cruel en toda la nación, y las
gentes, al insultarle ó agredirle con piedras, procuraban siempre
colocarse á gran distancia.
Sintió no tener á mano aquella lente que le había regalado Flimnap, para
poder contemplar de cerca á este pigmeo que se entregaba á él con tanta
confianza. Inclinó su rostro para verle mejor, y notó que abría sus
velos y erguía la cabeza, queriendo hablarle y temiendo al mismo tiempo
que pudieran oir su voz los grupos inmediatos.
Gillespie creyó adivinar la personalidad del recién llegado.
--Debe ser Ra-Ra--se dijo.
Pero la turbia luz del crepúsculo no le permitía reconocerlo. Además,
los movimientos de sus brazos indicaban un afán de ser levantado hasta
el rostro del gigante para poder hablarle con toda confianza. Gillespie
lo colocó sobre la palma de su diestra y lo fué elevando hasta cerca de
sus ojos.
Una agradable sorpresa le conmovió entonces de tal modo, que por
instinto hubo de tomar al pigmeo entre dos dedos de su mano izquierda
para que no se cayese de la mano derecha.... Lo que él creía un hombre
era miss Margaret Haynes que venía á visitarle.
Su rostro, único en el mundo, le sonreía encuadrado por los velos,
agradeciendo como un homenaje su extraordinaria sorpresa. Pero
inmediatamente pensó que, aunque miss Margaret no era de gran estatura,
jamás habría podido él mantenerla sobre una de sus manos, como si fuese
un objeto de bolsillo. No podía ser miss Margaret, y siguiendo una
deducción lógica, descubrió que la que tenía ante sus ojos era
simplemente Popito.
El doctor hijo del Padre de los Maestros había renunciado á su traje
universitario é iba vestido como la esposa de un menestral.
--Así, gentleman--dijo ella, como si adivinase sus pensamientos--, es
imposible que me reconozcan. ¿A quién se le puede ocurrir en nuestra
República que una mujer vaya vestida de mujer?
Y al decir esto miraba sus ropas con satisfacción, como si se encontrase
dentro de ellas mejor que cuando vestía su uniforme doctoral.
--¿Y Ra-Ra?--preguntó el gigante.
Ella bajó la voz para contar su vida de aventuras desde que se fugó de
la Universidad. Como el gobierno, influenciado por el Padre de los
Maestros, los hacía buscar en todas las ciudades de la República, habían
creído preferible no moverse de la capital.
Vivían en los barrios miserables inmediatos al puerto. Entre los hombres
envilecidos que el gobierno femenil empleaba como máquinas de trabajo
eran muchos los que habían abierto sus ojos á la verdad, pero lo
disimulaban fingiendo seguir en su antiguo embrutecimiento. Ra-Ra
contaba con el auxilio de muchos partidarios, que se encargaban de
mantenerle oculto. Del mismo modo que ella para librarse de las
persecuciones iba vestida de mujer, su amante había abandonado el traje
femenil, imitando la semidesnudez de los atletas condenados á las faenas
rudas. La suciedad propia de su estado le servía para disimular su
rostro.
Así vivían, satisfechos de su nueva situación, participando de la
pobreza y las esperanzas de todo aquel rebaño servil, que escuchaba á
Ra-Ra como á un apóstol. El doctor era el encargado de cocinar y también
de limpiar la choza en que vivían, encontrando un placer original en el
desempeño de estas funciones que habían pertenecido á su sexo en tiempos
tan remotos que ya estaban olvidados. Además se consideraba feliz porque
Ra-Ra parecía contento. La fe de éste en la victoria de los hombres
había acabado por sentirla ella igualmente, traicionando por amor los
intereses de su sexo.
--Ahora creo de un modo indiscutible, gentleman--dijo en voz baja--,
que Ra-Ra no se equivocaba al hablarnos de su triunfo.
Inclinándose hacia una oreja del gigante, murmuró los secretos del
partido masculista con el fervor de un neófito convencido hasta el
fanatismo de la bondad de la causa que acaba de abrazar.
Los nuevos tiempos estaban próximos. Ya había sido descubierto el gran
secreto que neutralizaría el poder de los rayos negros. Los días de lo
que llamaban las mujeres la Verdadera Revolución estaban contados. Sus
máquinas que habían hecho estallar las armas sostenedoras del poder de
los hombres resultaban ya inútiles. Los fusiles y los cañones sacudirían
su largo ensueño para recobrar el diabólico poder que les hacía
temibles. Los iniciados más valerosos se estaban ejercitando ya en su
manejo.
Cuando llegase el momento decisivo, los rebeldes no tendrían mas que
penetrar en los olvidados museos universitarios que guardaban cantidades
enormes de material de guerra perteneciente á una historia remota. Estos
museos de industria retrospectiva iban á convertirse en arsenales
inmediatamente, dando á sus poseedores el dominio del país, como los
rayos negros lo habían dado á las mujeres.
--Ra-Ra sólo espera un aviso de las otras ciudades para lanzarse á la
destrucción del gobierno femenino. Tal vez no sea prudente empezar la
insurrección en nuestra capital. El prodigioso invento lo han realizado
en otra ciudad, y en ella lo preparan para que pueda usarse en
abundancia y no como un descubrimiento de laboratorio.... Además, otros
Estados de nuestra Confederación guardan el viejo material de guerra en
mayores cantidades que aquí. El gobierno de las mujeres lo regaló á las
provincias de poca importancia, con irónica generosidad, para que
pudiesen llenar sus museos locales ... En resumen, gentleman, que la
revolución soñada por Ra-Ra va á realizarse, y yo creo en ella.
Calló la joven después de dar estas noticias. No quiso decir más sobre
el complot que preparaban los hombres y pasó á hablar del gigante.
Popito y Ra-Ra habían lamentado mucho su desgracia, sintiendo además
cierto remordimiento al pensar que habían contribuído á ella los dos. El
joven deseaba que la revolución de los hombres estallase cuanto antes,
para libertar al gigante de la esclavitud á que le había sometido el
gobierno femenino. Su primer acto apenas triunfase sería venir á
buscarle para llevarlo otra vez al palacio situado en la cumbre de la
colina, rodeándole de tantas comodidades y homenajes como si fuese un
dios.
--Pero mientras llega ese momento--continuó Popito--él teme por la vida
de usted, gentleman, y le recomienda que no tenga confianza en ninguno
de los que le rodean.
Como Ra-Ra vivía entre los esclavos del puerto, y éstos guardaban cierta
relación con aquella otra gente todavía más inferior que acompañaba al
gigante, había recibido ciertas confidencias sobre peligros que
amenazaban al Hombre-Montaña.
--Son noticias todavía vagas--continuó Popito--. Nuestros amigos sólo
han podido sorprender hasta ahora palabras sueltas. Hay entre esos
hombres que viven junto á usted una docena que son los peores y
proyectan matarle, no sabemos por orden de quién.
Gillespie buscó con su vista los grupos que estaban poco antes en la
orilla del mar, y no vió á ninguno. Se habían deslizado hacia el sitio
donde hervía el caldero sobre las llamas de una hoguera, para repartirse
su contenido, devorándolo. Esta noche Gillespie iba á pasar hambre. Los
bellacos parecían contentos de la visita del hombre con velos, que había
distraído la atención del coloso.
Popito siguió hablando para contar lo que sabía de estas gentes:
fugitivos de todos los países; hombres con los que no querían contar los
otros hombres, deseosos de emancipación. Entre ellos eran tenidos como
peores los de un grupo procedente de Blefuscú, fácilmente reconocibles
por sus luengas cabelleras y sus bigotes, que pendían con no menos
abundancia por ambos lados de sus bocas.
Oyendo á estos hombres era como los amigos de Ra-Ra habían sospechado
que se tramaba algo contra el coloso. Parecía que sólo esperaban recibir
su recompensa por adelantado para matar al Hombre-Montaña. Como el tal
asesinato no resultaba empresa fácil, discutían mucho los procedimientos
para conseguirlo.
--Esté usted tranquilo, gentleman--siguió diciendo la joven--. Nuestros
amigos vigilan, y nos traerán noticias más concretas.
--¿Quién puede tener interés en matarme?--repuso Gillespie
tristemente--. Los que deseaban vengarse de mí deben sentirse ya más que
satisfechos por el castigo que me han impuesto. Equivale á una muerte
lenta.
Popito siguió hablando:
--Ra-Ra cree que los personajes misteriosos que dirigen á estos bandidos
son Golbasto y Momaren, mi padre. Pero ya sabe usted, gentleman, que él
tiene la manía de atribuir al Padre de los Maestros todo lo malo que
ocurre en el país.... En fin, sea quien sea el que proyecta la muerte de
usted, nosotros lo averiguaremos.
Después de esto, Popito mostró deseos de que su interlocutor la pusiera
en el suelo para marcharse, pues acababa de cerrar la noche. Ra-Ra no
había podido ir á ver al gentleman por una ocupación inesperada y
urgente. Su grande obra le obligaba á continuas ausencias. Sólo por el
deseo de que Gillespie no viviera más tiempo confiadamente entre la
chusma que le rodeaba, había enviado á Popito; pero la próxima vez sería
él quien viniese, trayéndole una información más precisa.
La joven se marchó, y el gigante, al verse solo, se puso de pie para
aproximarse al lugar donde la hoguera acariciaba con sus últimas llamas
la panza del caldero.
No encontró como alimento mas que un caldo sucio en el que flotaban
espinas y cabezas de pescado. Dió un rugido, amenazando con sus puños á
los insolentes que acababan de devorar su comida, pero éstos huyeron,
estableciendo cierta distancia entre ellos y el coloso. Además se
sentían protegidos por las tinieblas de la noche, y contestaron con
risas y exclamaciones de burla á la protesta del Hombre-Montaña.
Éste se arrodilló y puso sus manos en la arena para reconocer á aquellos
hombres bigotudos de Blefuscú, sus presuntos matadores. Tenía el feroz
propósito de meterlos en la caldera, como un castigo previsor y
ejemplar; pero toda la servidumbre había desaparecido, ocultándose
detrás de las colinas de arena y los cañaverales de la playa.