--Ya está acabado el traje, gentleman--decía Flimnap--. Hay que

ponérselo inmediatamente, y con eso quedará terminado el conflicto con

todo ese pueblo que no le conoce bien. Los empleados del gobierno

quieren que salga usted de la Galería. Le será más fácil vestirse al

aire libre, y los sastres podrán apreciar mejor su obra.

--No, no salgo--contestó Edwin enérgicamente--. El que desee verme que

entre aquí. Me siento más fuerte bajo este techo.

Y al decir esto miraba el tronco enorme apoyado en la mesa.

Los enviados del gobierno, cada vez más sombríos y parcos en palabras,

se consultaron con una mirada cuando salió Flimnap para decirles que el

Hombre-Montaña deseaba cambiar de ropas dentro de su vivienda. Al fin

aceptaron, exigiendo únicamente que el gigante saliese con su nuevo

vestido de hombre, para que la muchedumbre se convenciera de que se

habían cumplido las órdenes gubernamentales.

Una larga fila de cargadores entró en la Galería llevando á cuestas el

nuevo traje, enrollado como un gran toldo.

Rió Gillespie cuando estos atletas lo extendieron bajo su vista. La

exigencia de los pigmeos resultaba tan cómica, que ahogó en él todo

intento de indignación. Pero volvió á fruncir el ceño cuando el profesor

le pidió que se despojase de su chaqueta y sus pantalones, conservando

únicamente la ropa interior.

--No me diga que no, gentleman--suplicaba Flimnap juntando las manos--.

Siga mis consejos. Esto no es mas que una pequeña molestia, y representa

la tranquilidad para usted y para mí. Los señores del gobierno le

dejarán en paz si le ven sumiso á sus órdenes. Además, el traje viejo

quedará aquí, á su disposición; este nuevo es únicamente para cuando se

presente en público.

Gillespie, conmovido por la vehemencia del doctor, acabó accediendo á

sus deseos. Se despojó de su antiguo traje, que en realidad estaba

maltratado y con numerosas roturas, cubriéndose luego con la suelta

túnica que le habían fabricado los sastres del país. Finalmente se echó

sobre la cabeza un velo hecho de lona de la que fabricaban los pigmeos,

y que más bien parecía la vela de un antiguo navío.

--Ahora debe usted salir, para que le vea la multitud--dijo Flimnap--.

Es necesario; lo exigen así los representantes del gobierno.

--No--dijo rotundamente Gillespie.

Se convenció el profesor de que sería inútil su insistencia. Además, la

negativa del gigante parecía quebrantar su propia credulidad. ¿Sí

pretenderían engañarle á él también los enviados oficialas?... Los buscó

fuera de la Galería, volviendo con uno de ellos, que mostraba un rostro

sombrío, vacilando mucho antes de contestar á sus preguntas.

--Gentleman--gritó Flimnap--: el digno señor que me acompaña, así como

los otros representantes del gobierno, afirman que puede usted salir de

aquí sin miedo y mostrarse al público, pues su vida no corre ningún

peligro. ¿No es así, señor?--añadió, dirigiéndose á su acompañante.

Este le contestó con unas cuantas palabras en el idioma del país, y su

respuesta pareció satisfacer á Flimnap.

Al fin, el gigante, aburrido de tantas mediaciones y no queriendo que

los pigmeos le creyeran miedoso de su poder, accedió á salir de la

Galería.

Un zumbido inmenso se levantó del suelo saludando su presencia. La

muchedumbre lanzó aclamaciones, pero éstas no iban dirigidas á la

persona del Hombre-Montaña, como días antes, sino á su nuevo traje, en

el que veían un símbolo de abdicación y de esclavitud.

Adivinando otra vez la hostilidad que le rodeaba, Gillespie quiso

retroceder hacia su vivienda, pero un leve abejorreo sonó en torno á su

cabeza. Al levantar los ojos, pudo ver las sombras fugaces que

proyectaba en su evolución circular toda una escuadrilla de máquinas

voladoras. Sintió un agudo latigazo en una muñeca y luego otro igual en

la muñeca opuesta. A continuación, una especie de lombriz metálica, fría

y cortante, se arrolló á su cuello. Los aviones arrojaban sus cables

metálicos animados por una vida eléctrica, y éstos iban reptando sobre

su cuerpo, enroscándose á todas las partes salientes en las que podían

hacer presa sus anillos. En un instante se sintió prisionero é

inmovilizado por este manojo de serpientes atmosféricas. Sintió que su

cólera le daba una fuerza sobrehumana, y quiso retroceder para meterse

en la Galería, tirando de sus adversarios aéreos.

Su primer movimiento hacia atrás hizo vacilar á las máquinas inmóviles

en el aire; pero éstas, pasada la sorpresa, tiraron todas á la vez en

dirección opuesta. El pobre gigante no pudo resistirse á las energías

mecánicas conjuradas contra él; se sintió empujado brutalmente, hasta

caer al suelo, y luego arrastrado un largo espacio, derramando sobre la

huella que dejaba su cuerpo dos regueros de sangre. Los hilos metálicos

partían sus carnes como el filo de un cuchillo.

Otra vez quedaron inmóviles en el espacio las máquinas voladoras al ver

al coloso tendido en mitad de la ladera, cerca ya del cordón de tropas.

No quisieron continuar su arrastre y aflojaron los cables para que

sintiese menos su cortante tirantez.

Reconociendo la inutilidad de sus esfuerzos y humillado por su caída,

Gillespie sólo supo llorar. La muchedumbre, al ver sus lágrimas,

prorrumpió en una carcajada sonora. Nunca le había parecido tan gracioso

el Hombre-Montaña.

El profesor, atolondrado por la caída del coloso, corrió detrás de él

dando alaridos de indignación. Luego, al ver que lloraba, lloró

igualmente; pero, á pesar de su pusilanimidad, pensó que las lágrimas no

podían resolver nada y su dolor se convirtió en indignación.

El grupo de enviados del gobierno avanzaba hacia el caído, y Flimnap lo

increpó.

--Esto es una infamia. Ustedes me han dado palabra de que el

Gentleman-Montaña no corría ningún peligro.

Pero el más viejo repuso fríamente:

--El gobierno no puede dejarlo en libertad, para que se permita nuevas

insolencias. Hemos cumplido las órdenes de nuestros superiores.

Otro representante, el más joven de todos, rió de las lágrimas de

Flimnap.

--Creo, doctor--dijo--, que mañana mismo se verá usted libre del cuidado

que le da el Hombre-Montaña. Según parece, los altos señores del Consejo

Ejecutivo piensan suprimirlo, para que no se burle más de nosotros.

XII

De cómo Edwin Gillespie perdió su bienestar y le faltó muy poco para

perder la vida

Flimnap pasó una segunda noche sin dormir. Tenía ante sus ojos á todas

horas el rostro doloroso del gigante caído. Contemplaba sus manos

cubiertas de sangre, su cuello surcado por dos profundos arañazos, su

gesto de cólera impotente, que hacía recordar la desesperación pueril de

un niño abandonado.

--¡Morir así!--murmuraba el vencido--. ¡Acabar á manos de este

hormiguero de hombres-insectos!...

En medio de su desorientación, el profesor había encontrado una idea que

consideraba salvadora. Los gestos y las palabras de aquellos enviados

del gobierno le hicieron creer que la muerte del Hombre-Montaña era cosa

decidida por el Consejo Ejecutivo. Veía agitarse á Momaren como una

potencia irresistible que suprimiría todo movimiento de piedad en favor

del gigante. ¿Por qué permanecer al lado del caído sin hacer nada? El

gobierno tenía enemigos y el Padre de los Maestros también. Cuando todos

perseguían al Hombre-Montaña, era conveniente buscar una nueva

protección, explotando los rencores que separaban á unos de otros.

Había abandonado á Gillespie al cerrar la noche para correr á la capital

en busca de Gurdilo. Pronto averiguó su domicilio. El famoso senador

hacía alarde de una vida austera, procurando que todos conociesen la

pobre casa que habitaba.

Flimnap fué recibido por él cuando estaba terminando, con una

ostentación virtuosa, su cena frugal, en presencia de varios

admiradores, todos femeninos. El áspero senador evitaba el trato con los

hombres, acordándose de las desdichas de Momaren y otros personajes. Sus

amistades íntimas eran siempre con gente de su sexo.

Cuando Flimnap quedó á solas con Gurdilo, en una pieza modestamente

amueblada, se apresuró á hacer su propia presentación.

--Senador, yo soy el pedante de que habló usted ayer; el encargado de

guardar al Hombre-Montaña.

El tribuno hizo un gesto despectivo al oir el nombre del coloso. Su

opinión sobre él estaba formada, y todo lo referente á su persona lo

tenía guardado en una carpeta llena de papeles puesta sobre una mesa

próxima. Allí estaban los célebres datos estadísticos sobre las enormes

cantidades de materias alimenticias que llevaba devoradas el intruso.

Todo esto pensaba emplearlo al día siguiente en el segundo discurso que

pronunciaría contra el Hombre-Montaña, ó mejor dicho, contra el gobierno

que le había protegido.

--Usted no hará el discurso--dijo el universitario con autoridad--.

Resulta inútil, por la razón de que mañana el gobierno va á dar muerte

al gigante.

El temible senador, que se creía dueño de sus impresiones y hábil para

ocultarlas en todo momento, casi dió un salto de sorpresa al escuchar á

Flimnap. ¿Con qué derecho se atrevía el gobierno á disponer del

Hombre-Montaña? Él consideraba al gigante como una cosa propia; se había

ocupado de su persona antes que los demás, y ahora venía el Consejo

Ejecutivo á inmiscuirse en el asunto, con el malvado propósito de

robarle un gran triunfo oratorio.

Pensó que tal vez este profesor mentía por defender á su protegido, y

dijo fríamente:

--¿Qué interés puede tener el gobierno en suprimir al Hombre-Montaña?

--El interés de servir á Momaren--contestó Flimnap--. El Padre de los

Maestros quiere vengarse del Gentleman-Montaña, no solamente por lo

ocurrido en su fiesta, sino también porque se imagina que el gigante

protege á uno de sus mayores enemigos.

El profesor sabía lo que representaba para Gurdilo esta segunda

insinuación. El ser más odiado por él en todo el país era Momaren. Desde

su juventud les separaba una rivalidad de condiscípulos. Gurdilo había

aspirado luego al alto cargo de Padre de los Maestros, y era Momaren

quien lo obtenía. También deseaba vengarse de los sarcasmos y

murmuraciones con que le había molestado este último en muchas

ocasiones. El grave Momaren, que parecía incapaz de mezclarse en asuntos

mezquinos, mostraba una malignidad extraordinaria al hablar del famoso

senador. Seguro del apoyo del gobierno, no le inspiraban miedo sus

discursos, y hasta se atrevía á criticar su existencia privada, dudando

de su aparente severidad y acusándolo de hipocresía.

--¡Ah! ¿Conque es Momaren el que desea la muerte de ese pobre gigante?

Después de proferir tales palabras, el senador se mostró dispuesto á

aceptar sin resistencia todo lo que dijese Flimnap.

Éste adivinó en su mirada una repentina simpatía por Gillespie. Bastaba

que Momaren y el gobierno deseasen la muerte del Hombre-Montaña, para

que Gurdilo mirase á éste como un cliente que nadie debía tocar.

En mucho tiempo no había sentido el senador un interés tan ardoroso como

el que mostró escuchando al catedrático. Creía conocer todo lo que

ocurría en el país, y ahora se convencía de que ignoraba lo más

importante.

Flimnap le contó los amores de Pepito con Ra-Ra; cómo éste, valiéndose

de una astucia todavía ignorada, conseguía entrar al servicio del

gigante, y cómo el tal gigante, desconocedor de las costumbres del país,

se había dejado engañar por el joven, sin suponer sus maquinaciones

contra el orden social. Al no poder vengarse Momaren del revolucionario

Ra-Ra, que andaba fugitivo, quería saciar ahora su odio en el pobre

Hombre-Montaña. Además, su vanidad de autor atribuía una intención

malévola al pobre gigante, el cual, por simple torpeza, había

interrumpido su fiesta literaria.

Cuando Flimnap describió, con arreglo á sus informes, el momento en que

Momaren y Golbasto cayeron al suelo bajo el salivazo gigantesco, el

senador empezó á reir como un niño, pidiendo que le relatase por segunda

vez la graciosa escena.

Ignoraba que Golbasto tuviera tal motivo para odiar al Hombre-Montaña.

--Ese poeta--dijo--es un intrigante. Le conozco hace mucho tiempo, y no

sé cómo me dejé influenciar por sus palabras el otro día, cuando

preparaba mi primer discurso contra el pobre coloso. Pero aún queda

tiempo para hacer justicia, y Momaren no verá cumplidos sus deseos.

Venga usted mañana al Senado y verá cómo el senador Gurdilo es el de

siempre: un defensor de la inocencia y un enemigo de los hombres malos.

Los hombres malos eran Momaren y los señores del gobierno. La mejor

prueba para Gurdilo de la inocencia de Gillespie consistía en verlo

perseguido por ellos.

Quedó tan satisfecho de la visita de Flimnap, que hasta quiso borrar la

mala impresión que podían haber dejado en él ciertas palabras de su

último discurso.

--Lo de pedante y otras expresiones parecidas--dijo--no debe usted

aceptarlo como verdades indiscutibles. Son libertades oratorias, hijas

de la improvisación, que yo mismo empiezo por no creer. Los oradores

somos así. Ahora que le conozco, querido profesor, declaro que es usted

hombre de ingenio y que me ha hecho pasar un rato muy agradable. Hasta

mañana.

Flimnap, contento de esta entrevista, que le proporcionaba un poderoso

apoyo, pasó, sin embargo, la noche en dolorosa incertidumbre, sin poder

apartar de su memoria al vencido gigante.

En las primeras horas de la mañana quiso verle, y se dirigió á la

Galería de la Industria. Su vehículo, al llegar á la mitad de la colina,

donde estaban acampadas las tropas, fué detenido por un delegado

gubernamental, que se negó á dejarle pasar. En vano dió su nombre.

--Le conozco, doctor--dijo el funcionario--; pero el gigante está preso

y nadie puede verlo sin una orden del gobierno.

--Soy el presidente del Comité encargado del Hombre-Montaña. Los altos

señores del Consejo me designaron para ocupar dicho sitio.

--El Comité ha sido disuelto esta mañana, por ser ya

innecesario--contestó el otro--. Puede usted leerlo en los periódicos.

Tuvo que retroceder Flimnap á la capital, paseando por sus principales

avenidas mientras esperaba con impaciencia la hora de la sesión del

Senado. El despego que le mostraban las gentes había ido en aumento,

convirtiéndose en franca impopularidad. Los que el día anterior fingían

no verle le miraban ahora con una fijeza hostil. Su decadencia iba unida

á la del pobre Hombre-Montaña.

Los envidiosos de su antigua gloria se aproximaban únicamente para darle

noticias alarmantes sobre la suerte de su protegido. Un compañero de

Universidad le hizo saber que el gobierno enviaría un mensaje al Senado,

al principio de la sesión, pidiendo permiso para matar al coloso

inmediatamente.

Otro profesor que era verdaderamente amigo suyo le detuvo para

comunicarle algo referente á la vida íntima universitaria. Popito había

desaparecido, sin que el Padre de los Maestros encontrase el más leve

rastro de su paradero. Todos presentían que esta fuga había sido para

reunirse con el rebelde Ra-Ra. Momaren se hallaba á estas horas en el

palacio del gobierno hablando con el ministro de Policía, y los aparatos

de transmisión aérea enviaban órdenes por toda la República para la

detención de los fugitivos.

No se interesó Flimnap por el paradero de Popito. Lo que á él le

preocupaba era la suerte de su gigante.

Apenas se abrieron las puertas del Senado, el profesor corrió á sentarse

en la primera fila de una tribuna. Sus ojos buscaron á Gurdilo entre los

senadores. ¡Simpático personaje! El orador, enjuto, verdoso y de torva

mirada, le parecía ahora de una belleza extraordinaria.

Ordenó el presidente la lectura de una comunicación enviada por el

Consejo Ejecutivo. Era, como esperaba Flimnap, una solicitud para poder

suprimir al Hombre-Montaña, fundándose en su falta de adaptación á las

costumbres del país y en los enormes gastos que exigía su cuidado y su

sustento.

Gurdilo pidió inmediatamente la palabra. Después de su último discurso,

todos creyeron adivinar lo que iba á decir contra el gigante. Por

primera vez el jefe de la oposición y el gobierno se mostrarían acordes.

Y como esto significaba un suceso nunca visto, los senadores y el

público avanzaron sus cabezas, deseosos de no perder una sílaba.

Flimnap, que era el único que sabía lo que el orador pensaba decir, se

estremeció considerando lo difícil que resultaba su trabajo. ¿Llegaría á

exponer con habilidad, y sin que el público protestase, todo lo

contrario de lo que había afirmado dos días antes?...

Su confianza renació al ver la calma con que empezaba á hablar Gurdilo.

El orador no había sido nunca amigo del Hombre-Montaña; lo hacía constar

desde el principio de su discurso. Si el mismo día de la llegada del

gigante al país se hubiese acordado su muerte, el acto le habría

parecido muy oportuno é inspirado en una verdadera prudencia política,

mereciendo su completa aprobación.

--Pero como estamos dirigidos por un gobierno inconsciente--continuó--,

por un gobierno que no tiene opiniones propias y cada día obra de

distinta manera, según los consejos del favorito que está de moda, se ha

procedido en este asunto del Hombre-Montaña con una torpeza que hace

inoportuna y perjudicial la petición que ahora nos dirige el Consejo

Ejecutivo y que yo no aceptaré nunca.

El orador, después de indicar con estas palabras el nuevo rumbo que iba

á emprender, se dedicó á la descripción de todos los gastos que llevaba

hechos el gobierno para el sostenimiento del intruso. Al enumerar el

considerable personal instalado en la Galería de la Industria para la

vigilancia y manutención del Hombre-Montaña, aludió al Comité encargado

de dirigir este servicio costoso y á su presidente Flimnap. Pero ahora

no le llamó pedante, sino digno profesor y notable sabio, que merecía

ser empleado en servicios más útiles á la patria.

Después abrió una cartera llena de papeles. Allí tenía almacenados todos

los datos estadísticos sobre el costo de la alimentación del gigante.

Leerlos equivalía á apoyar al gobierno, que solicitaba precisamente la

destrucción del coloso por razones económicas. Pero el tribuno no estaba

dispuesto á renunciar al regocijo que su lectura provocaría en el

público; era duro para él privarse de un gran éxito de hilaridad, y

empezó á dar á conocer los citados datos, confiando en sus habilidades

oratorias, que le permitirían emplear después esta misma lectura como un

arma contra los gobernantes.

Los senadores y el público lanzaron grandes carcajadas mientras él iba

detallando su estadística alimenticia. El Hombre-Montaña devoraba cuatro

bueyes cada día, dos por la mañana y dos por la noche, además de enormes

cantidades de aves, pescados y frutas.

--Con una de sus comidas á mediodía--comentaba Gurdilo--podría

mantenerse la guarnición entera de nuestra capital; con una de sus cenas

habría bastante para la alimentación de toda la escuadra del Sol

Naciente. Y el gobierno, que ha dispuesto este despilfarro monstruoso,

nos pide ahora, de repente, la muerte de su antiguo protegido. ¿Qué

secreto hay en el fondo de tal petición?... Todavía estaría derrochando

el dinero del país para sostener al gigantesco intruso, si éste, por su

bestialidad nativa y su ignorancia, no hubiese molestado

inconscientemente á ciertos personajes, especialmente á uno que es el

consejero secreto del gobierno y el verdadero autor de los errores que

comete.

Aquí Gurdilo se lanzó rencorosamente contra Momaren, describiéndolo sin

dar su nombre, relatando sus desgracias domésticas, su lucha con Popito,

su odio contra el gigante, por creerle cómplice de Ra-Ra. Hasta los

senadores más amigos del Padre de los Maestros rieron francamente cuando

el senador fué relatando, con una cómica exageración, todo lo ocurrido

en la tertulia literaria. La imagen de los dos poetas cayendo envueltos

por el salivazo del gigante provocó risas tan enormes, que el orador se

vió obligado á una larga pausa. Fueron muchos los que empezaron á ver en

aquel coloso, tenido por estúpido, una bestia chusca, graciosa por sus

brusquedades y merecedora de cierta piedad.

Gurdilo terminó declarando que él no podía admitir la petición del

gobierno, y rogó al Senado que votase contra ella. Admitirla equivalía á

servir una venganza particular. Podía haberse aceptado esta resolución

en el primer momento de la llegada del Hombre-Montaña, cuando el Estado

no había hecho aún ningún gasto; pero resultaba incongruente matarlo

ahora, después de haber costado al país tan enormes sumas.

Una parte de la asamblea aceptó la opinión de Gurdilo; pero esta vez el

orador no consiguió apoderarse de la voluntad de todos los senadores, y

varios amigos de los altos señores del Consejo se levantaron á

contestarle.

Después de una larga discusión, la asamblea quedó dividida en dos

grupos: unos, con Gurdilo, pedían que no se matase al Hombre-Montaña,

pues esto representaba el derroche inútil de las sumas empleadas en su

manutención; otros defendían al gobierno, demostrando que tan enormes

gastos eran la prueba mejor de la necesidad de suprimir al costoso

intruso para realizar economías.

Flimnap tembló en su asiento. Gurdilo iba á perder la victoria que se

imaginaba haber alcanzado con su discurso. Como los defensores del

gobierno hablaban de economías, la opinión se iba hacia ellos.

Vió que Gurdilo conversaba en voz baja con un viejo senador de palabra

balbuciente y aspecto caduco, el cual daba fin muchas veces á las

discusiones más intrincadas con una solución de sentido vulgar, conocida

de todos, pero que todos habían olvidado.

El anciano, después de oir al tribuno, se levantó para formular una

proposición que podía satisfacer á los dos bandos. Era oportuno no matar

al gigante, para que así no quedasen perdidas las grandes sumas que

había costado su manutención, y era conveniente también que en adelante

no comiera á costa del Estado, consiguiéndose de tal modo la economía

que buscaban los amigos del gobierno. Para esto, lo más sencillo era

obligar al Hombre-Montaña á que viviese lo mismo que los hombres

esclavos, que ganaban su subsistencia trabajando como máquinas de

fuerza.

--Ese gigante puede emplear sus brazos en las obras de ampliación de

nuestro puerto. Su enorme estatura y su vigor le permitirán colocar

grandes rocas en los fondos submarinos más aprisa que lo hacen nuestros

buzos y nuestras máquinas. De este modo su manutención puede resultarnos

gratuita, y ¡quién sabe si hasta representará un buen negocio para el

Estado!... Ese animal enorme, bajo una dirección severa y convencido de

que no comerá si no trabaja, puede dar un rendimiento mayor de lo que

creemos.

La proposición fué admitida acto seguido por los senadores que gustaban

de las soluciones de carácter utilitario. El público la encontró también

acertada. Los pigmeos se sentían halagados al pensar que iban á infligir

una existencia de crueldades y privaciones á aquel gigante capaz de

aplastarlos entre sus dedos. Esto resultaba más útil y más divertido que

darle muerte.

En vano los amigos del gobierno intentaron una última resistencia,

alegando que el Hombre-Montaña se resistirá á trabajar.

--Le obligaremos--dijo ferozmente un senador--. Si no trabaja no comerá.

Además, nuestras máquinas voladoras y nuestros buques le harán obedecer.

Esta contestación enérgica fué acogida con grandes aplausos, y después

de ella cesó toda resistencia. Gillespie se libró de la muerte, pero fué

condenado á trabajo perpetuo.

Gurdilo, medianamente satisfecho de su triunfo, miró á las tribunas,

descubriendo al doctor Flimnap. Éste bajó á un salón donde le esperaba

el célebre senador.

--No he podido hacer más--dijo--; pero en fin, algo es haberle salvado

la vida.... Afortunadamente, el gobierno no será eterno, y el día que yo

le suceda me acordaré de mejorar la suerte del pobre gigante.

Flimnap se hallaba en una situación igual á la del senador. Sentía

contento porque el amado gentleman no iba á morir, pero se aterraba al

imaginarse su nueva existencia.

El paraiso de las mujeres Novela · 第 16 / 22 段