»Hoy necesito hablar de otra cosa que considero de gran urgencia, pues

equivale á un escándalo intolerable que pone en peligro el orden del

Estado y los fundamentos de nuestra sociedad, haciendo completamente

inútiles la sabiduría de aquella gran mujer que inventó los rayos

libertadores y el heroísmo de las valerosas jóvenes que combatieron en

la tierra y en el aire por el triunfo de la Verdadera Revolución.

»Yo mismo no comprendo cómo el ilustre Senado, la Cámara de diputados y

los demás organismos nacionales no fijaron su atención en el aspecto

subversivo que nos ofrece ese gigante desde que llegó. Tampoco puedo

explicarme cómo los periódicos, que atisban el menor de nuestros

defectos para publicarlo inmediatamente permanecen ciegos para el

Hombre-Montaña.... Debo confesar, sin embargo, que yo también he vivido

en esta ceguera inexplicable, y sólo anoche vi la realidad, gracias á la

sugestión de un poeta eminente, el más grande de todos los poetas que

hoy existen, y después de esto casi resulta inútil que os diga su

nombre. Todos habéis adivinado que es Golbasto.... Con razón llaman á

los poetas _videntes_. Golbasto ha _visto_ lo que ninguno de nosotros

había logrado ver.

Se hizo un silencio profundo en toda la asamblea. Lo mismo los senadores

que el público de las tribunas, esperaban anhelantes la revelación del

gran descubrimiento del poeta, transmitido por el más temible de los

oradores. Más de mil pechos jadeaban oprimidos por la emoción; el

interés hacía respirar á todos con dificultad. Nadie apartaba sus ojos

del tribuno, que parecía haber crecido repentinamente. Al fin, después

de una larga pausa dramática, su voz resonó en el majestuoso silencio.

--Fíjese bien el honorable Senado en lo que representa el espectáculo

antisocial y subversivo que presenció ayer el vecindario de nuestra

ciudad. El Hombre-Montaña es un hombre, como lo indica su título.... ¡y,

sin embargo, usa pantalones!

Una exclamación ahogada de todos los oyentes saludó este descubrimiento.

--¡Es verdad!... ¡Es verdad!--murmuraron los senadores y el público con

asombro, como si pasase ante sus ojos un relámpago deslumbrante.

--Imagínese el ilustre Senado--continuó Gurdilo--qué efecto tan

desastroso habrá producido ayer en el pueblo, y sobre todo en la

juventud estudiosa de los colegios, ver á un hombre vestido de un modo

que parece desafiar á la moral y á las conveniencias. Hace muchos años

que en nuestras calles no se ha visto nada tan indecente.

»Bien sabido es que en el seno de nuestra sociedad algunos jóvenes

insensatos y mal aconsejados pretenden trastornar el orden social con la

utopía ridícula de que los hombres puedan sustituir á las mujeres en la

dirección de los negocios públicos. Estos locos, enemigos de lo

existente, deben haber gozado mucho ayer viendo á un hombre con

pantalones, y los hombres prudentes y virtuosos de nuestras familias se

habrán escandalizado con harto motivo al contemplar á uno de su sexo sin

la túnica y sin los velos que corresponden á una matrona virtuosa. El

traje de ese Hombre-Montaña significa el «varonismo» en acción, que

desafía á todas nuestras leyes y costumbres, á todo nuestro glorioso

pasado, á todas las hazañas y sacrificios de nuestros antecesores.

»Si se deja continuar este espectáculo subversivo, si no se le pone

remedio, el llamado «partido masculista», insignificante y ridículo en

el presente, crecerá hasta convertirse en una gran fuerza; los hombres

querrán llevar pantalones, y nosotros, las mujeres que somos senadores,

guerreros, funcionarios, en una palabra, todos los que desempeñamos un

cargo público ó contribuímos á la buena marcha del Estado, todos los que

somos cabeza de una familia, tendremos que vestirnos con faldas.

La suposición de que las mujeres pudieran alguna vez llevar faldas

resultaba tan extravagante é inaudita, que todo el respetable Senado

empezó á reir, y, animados por su hilaridad, los ocupantes de las

tribunas lanzaron igualmente grandes carcajadas.

Hasta algunas señoras masculinas que, envueltas pudorosamente en sus

velos, ocupaban la tribuna destinada á las esposas de los senadores

encontraron muy original la paradoja de Gurdilo, celebrándola con

discretas risas.

El orador continuó su discurso con arrogancia, seguro ya de que la

asamblea en masa iba á apoyarle con sus votos.

Por el momento, no pedía nada contra el Consejo Ejecutivo. Su

responsabilidad sería objeto de otro discurso. Lo que él solicitaba,

como patriota, era que cesase cuanto antes el escándalo y el peligro

para las buenas costumbres que significaba el modo de vestir del

gigante. Los pantalones correspondían á las mujeres, y era un atentado

contra las conquistas heredadas de la Verdadera Revolución que este

intruso, siendo un hombre, se empeñase en vestir de modo diferente á

todos los de su especie.

--Pido al Senado--terminó diciendo el orador--que le quiten al

Hombre-Montaña lo que no le corresponde usar y que se envíe al Consejo

Ejecutivo una ley para que mañana mismo lo vista con el recato y la

decencia que exige su sexo.

La ovación al tribuno fué larga. El presidente tuvo que hacer sonar

varias veces la sirena eléctrica de su mesa para conseguir que se

restableciese el silencio.

--¿Acuerda el Senado--preguntó--que el Hombre-Montaña sea vestido como

corresponde á su sexo inferior?

Algunos senadores rutinarios que veneraban el reglamento hablaron de

votación, pero los más se opusieron, considerando que era inútil cuando

todas las opiniones se mostraban unánimes. Y levantando una mano,

votaron todos por aclamación la urgencia de quitarle los pantalones al

Hombre-Montaña.

Flimnap abandonó la tribuna con el ánimo desorientado, no sabiendo

ciertamente si debía entristecerse ó alegrarse por lo que acababa de

oir. La intervención de Gurdilo le había hecho sospechar en el primer

momento que tenía por objeto pedir la muerta de Gillespie. Pero al

convencerse de que el senador sólo deseaba cambiar su vestidura, sin

hablar para nada de hacerle perder la existencia, casi sintió gratitud

hacia él. Le importaba poco que Gurdilo le hubiera llamado pedante y le

aludiese con otras frases despectivas, sin hacerle el honor de citar su

nombre. Los enamorados son capaces de los más grandes sacrificios á

cambio de que la persona amada no sufra. Para él lo interesante era

saber que el gentleman no iba á morir. Hasta pensó que ofrecería un

aspecto más gracioso vestido con arreglo á las indicaciones del tribuno.

Siempre le había causado un malestar indefinible verlo con pantalones,

lo mismo que una mujer, contra todas las conveniencias establecidas por

las costumbres y la gloriosa historia del país.

Al caer la tarde se dirigió á la vivienda del Gentleman Montaña. Después

de salir del Senado había pretendido sin éxito alguno hablar con el

presidente del Consejo Ejecutivo. Su personalidad gloriosa parecía

disolverse así como iba decreciendo la curiosidad simpática por el

gigante. Las gentes volvían á no conocerle. Varios periodistas pasaron

junto á él sin pedirle su opinión. Los que antes le detenían en la calle

haciéndole preguntas sobre el Hombre-Montaña casi lo atropellaban ahora

con sus máquinas terrestres. La mujer de negocios que le había propuesto

un viaje triunfal por toda la República dando conferencias en compañía

del coloso volvió la cabeza al cruzarse con él.

En los salones de espera del jefe del Consejo aguardó inútilmente unas

dos horas. Los empleados le ignoraban voluntariamente. Vió á Momaren que

salía del despacho del presidente. Al cruzarse con el profesor, que le

saludó con una profunda reverencia, el Padre de los Maestros sólo tuvo

para él una mirada fría y un murmullo ininteligible. Al fin, Flimnap,

convencido de que había pasado su período de gloria y de influencia,

salió del palacio del gobierno.

Cerca de la altura en cuya cumbre estaba la Galería de la Industria,

notó un movimiento extraordinario. Llegaban por diversas avenidas

batallones de mujeres armadas con arcos y lanzas. Vió presentarse además

un escuadrón de la Guardia gubernamental y numerosos destacamentos de la

policía masculina y barbuda, que abandonaban la vigilancia de las calles

para acudir á esta concentración guerrera.

Su corazón se oprimió con el presentimiento de que todo este aparato

bélico era á causa de alguna otra inconveniencia cometida por el

gigante. Sobre la cumbre de la colina flotaban varias máquinas

voladoras. Otras iban aproximándose á toda fuerza de sus motores,

viniendo de distintos puntos del horizonte. Una alarma reciente había

puesto, sin duda, sobre las armas á todas las tropas que guarnecían la

capital.

Flimnap consideró una gran suerte su encuentro con varios individuos del

gobierno municipal que le habían acompañado el día anterior en la fiesta

de los rayos negros. Todos estaban aún bajo la influencia de su triunfo

oratorio, y le saludaron con afabilidad. Hasta parecieron alegrarse del

encuentro.

--Es el Hombre-Montaña, que se ha vuelto loco--dijo uno de ellos--. Ha

atacado á un destacamento de policía que fué esta tarde á registrar su

vivienda en busca de un terrible criminal y ha matado á no sé cuántos

con un tronco de árbol. Usted, doctor, puede hablarle; tal vez le haga

caso. Si no le atiende, la guarnición dará un asalto á su vivienda.

Correrá mucha sangre, pero le mataremos.... ¡Un gigante que parecía tan

simpático!...

El profesor se adelantó al ejército, que ascendía poco á poco, con

grandes precauciones, conservando su organización táctica para poder dar

la batalla al coloso, y á los pocos momentos llegó á la Galería á todo

correr del automóvil en que iba sentado.

Fuera del edificio estaba toda la servidumbre, aterrada aún por la

tempestuosa explosión de cólera del Hombre-Montaña. Muchos de los

atletas semidesnudos se aproximaron á Flimnap con los brazos en alto.

--¡No entre, doctor!--gritaban--.¡Le va á matar!

Vió también á un grupo de hembras membrudas y malencaradas,

reconociéndolas como pertenecientes á la policía. Eran los agentes que

habían intentado examinar los bolsillos del gigante después de haber

registrado toda la Galería en busca de Ra-Ra.

Algunas de ellas tenían manchas de sangre en el rostro y en las ropas;

otras, sentadas en el suelo, se quejaban de tremendos dolores en sus

miembros. Pero estos dolores, así como la sangre, eran una consecuencia

de las caídas que habían dado al huir del gigante. Su inmenso garrote,

al chocar contra el suelo, esparcía un temblor igual al de un terremoto.

Flimnap, después de muchas preguntas, sacó la conclusión de que el

gigante no había matado á ninguno de los que consideraba sus enemigos.

Felizmente para éstos, su pequeñez les había hecho escapar del único

golpe que el gigante tiró con su árbol contra el grupo de policías.

Éstos, aterrados aún, repitieron la misma súplica de los servidores.

--No entre, doctor. Deje que llegue el ejército. Él sabrá dar á ese loco

lo que merece.

Pero el doctor se lanzó dentro de la Galería con la confianza del amante

que no puede temer á la persona amada, aunque la vea en un estado de

ferocidad.

Gillespie, cansado de permanecer derecho, con la cachiporra en una mano,

junto á la puerta de la Galería, había vuelto á ocupar su asiento ante

la mesa, pero sin perder de vista la abertura de entrada. Al ver á

Flimnap echó mano instintivamente al tronco enorme que le servía de

bastón.

--¡Soy yo, gentleman!--gritó el profesor con voz temblona.

Y el gigante, al reconocerle, volvió á su actitud tranquila.

Fué para Flimnap una gran desgracia que los atletas de la servidumbre

hubiesen abandonado la grúa monta-platos, pues se vió obligado á

ascender por una de aquellas terribles rampas que le infundían pavor.

Para mayor infortunio suyo, el gigante, al levantarse y empuñar su

garrote contra la policía, había hecho esto con tal violencia, que una

de sus rodillas, chocando contra una pata de la mesa, dejó medio rota y

casi colgante la espiral arrollada en torno de ella.

El doctor, que remontaba, bufando de angustia, esta rampa interminable,

sintió de pronto que crujía bajo sus pies é iba á romperse

definitivamente, haciéndole caer de una altura igual á doce ó quince

veces la longitud de su cuerpo. El terror le hizo pedir socorro con

chillidos de angustia. Fuera del local, los servidores y los maltrechos

policías se miraron con una expresión de inteligencia:

--¡Ya lo mata!... Le está bien, por no haber querido oir nuestros

consejos.

Avisado por los gritos del profesor, Gillespie bajó su cabeza hasta el

nivel de su asiento, sacándole con dos dedos de la espiral cimbreante.

Luego, colocándolo en la palma de la otra mano, lo fué subiendo hasta

cerca de su rostro.

--¿Qué ha hecho usted, gentleman?--preguntaba

Flimnap durante su ascensión, como si intentase reconvenirle.

Pero la cólera del gentleman duraba aún, y el profesor se asustó al ver

la expresión de sus ojos.

Fué contando Gillespie todo lo ocurrido, que era igual, con ligeras

variantes, al relato escuchado por el profesor al pie de la colina.

--Lo que siento--terminó diciendo el gigante--es no haber aplastado á

toda esa canalla que pretendía registrarme. Pero otros llegarán; les

espero, y van á tener peor suerte.

--¿Y Ra-Ra?--dijo el profesor.

Esta pregunta amenguó un poco la cólera de Gillespie. Después de haber

hecho huir á los policías, y mientras su servidumbre medrosa escapaba

también fuera de la vivienda, Ra-Ra le habló desde el fondo del bolsillo

que le servía de refugio. Consideraba prudente no quedarse allí. Ya

había hecho bastante el gigante para defenderle de sus enemigos. Debía

dejarlo escapar antes de que llegasen fuerzas más considerables.

Necesitaba mantenerse libre para la continuación de sus trabajos.

Y el Gentleman-Montaña, convencido por sus razones, le había dejado en

el suelo para que huyese, aprovechando la confusión que reinaba en torno

de la Galería.

Flimnap se abstuvo de recriminaciones. Lo urgente era evitar un combate

entre el ejército asaltante y el coloso, todavía irritado. Y empezó á

contar á éste lo que había visto.

De pronto, Gillespie, que escuchaba ceñudo las palabras del profesor,

lanzó una ruidosa carcajada. Fué el relato del discurso de Gurdilo en el

Senado lo que le hizo pasar sin transición de la cólera á la hilaridad.

La idea de que toda la República confederada de los pigmeos se estaba

ocupando de sus pantalones como de una manifestación subversiva y la

seguridad de que iban á ponerle faldas iguales á las de Ra-Ra, hicieron

que su risa se prolongase mucho tiempo.

Los grupos de afuera se imaginaron que el coloso feroz estaba saludando

con carcajadas el cadáver del sabio.

Mientras tanto, Flimnap se esforzaba por que el gentleman le admitiese

como mediador.

--Por fortuna, usted no ha matado á nadie, y los señores del gobierno

municipal, que están abajo, me atenderán si yo les pido la paz en su

nombre. ¿Qué es lo que usted deseaba? ¿Salvar á Ra-Ra?... Éste se ha

ido, librando á usted del compromiso de protegerlo. Ahora lo interesante

es conseguir que no le miren á usted como un rebelde. ¿Me autoriza para

que trate en su nombre?...

El Gentleman-Montaña contestó con un gesto indiferente, y Flimnap quiso

aceptarlo como si fuese de aprobación. Luego suplicó á su poderoso amigo

que bajase la mano lentamente hasta depositarlo en el suelo, y salió

corriendo de la Galería.

Cuando las gentes que estaban en las inmediaciones le vieron avanzar

hacia ellas, mostraron el mismo asombro que si contemplasen un

aparecido. ¡No lo había matado el gigante!...

El profesor siguió corriendo ladera abajo en busca de los señores del

gobierno municipal. No tuvo que ir muy lejos. Las tropas habían formado

un círculo en torno á la colina y ascendían, estrechando cada vez más su

anillo para que el enemigo no pudiera escapar.

Los del gobierno municipal acogieron al profesor con frialdad. Debían

haber recibido órdenes superiores durante su ausencia, cambiando de

opinión respecto á su persona. Sin embargo, cuando Flimnap les dijo que

el gigante ya no haría resistencia, dejándose registrar y obedeciendo á

cuanto quisieran ordenarle las autoridades, todos se mostraron algo más

efusivos con el mediador, agradeciendo sus buenos oficios.

Por indicación de Flimnap, el ejército cesó en su movimiento ascendente,

manteniéndose lejos de la Galería. Su presencia podía excitar de nuevo

la irritabilidad del coloso.

Un simple destacamento de la Guardia acompañó á las autoridades y al

profesor cuando se aproximaron al edificio. Flimnap empezó á dar gritos

á la servidumbre para que volviesen todos á ocupar sus puestos, como si

no hubiese ocurrido nada. Detrás del rebaño doméstico entró él con sus

ilustres acompañantes y la escolta.

Obedeciendo sus indicaciones, un grupo de atletas había corrido á lo

alto de la mesa para manejar la grúa que subía los alimentos. Ocupando

su plato-ascensor pudo llegar á la vasta planicie de madera, sin

necesidad de trotar por las fatigosas espirales. Los del gobierno

municipal le acompañaron en su ascensión, mientras toda la escolta

avanzaba por las tres patas de la mesa que se mantenían intactas.

Flimnap presentó sus acompañantes á Gillespie; y como éstos no entendían

el inglés, le pudo recomendar al mismo tiempo que fuese prudente.

--Estos señores se contentan con que permita usted el registro de sus

bolsillos.

Accedió el coloso, sonriendo al pensar en la inutilidad de dicho

registro. Además, el catedrático quiso hacerle admitir como un gran

honor el hecho de que iban á ser las hermosas muchachas de la Guardia

las que huronearían en sus bolsillos, en vez de aquellas hembras feas de

la policía á las que había hecho pasar un mal rato.

Cuando los apuestos guerreros de la Guardia hubieron dado fin á su

infructuoso registro, los del gobierno municipal se retiraron con una

expresión de ambigüedad inquietante.

--Que todo continúe aquí lo mismo--dijo uno de ellos al profesor--.

Mañana veremos qué es lo que dispone el Consejo Ejecutivo.

Este «mañana» inquietaba á Flimnap. Creyó prudente pasar la noche bajo

el mismo techo que su amado gentleman, como si con ello pudiese apartar

los peligros todavía indeterminados que le anunciaban sus

presentimientos.

Dió órdenes á la servidumbre para que el gigante cenase como todas las

noches. El desorden originado por la visita de los perseguidores de

Ra-Ra no debía notarse en la buena marcha del servicio doméstico. Luego,

cuando el gentleman iba á acostarse, Flimnap fingió que regresaba á la

Universidad, despidiéndose de él hasta el día siguiente, pero se dispuso

á pasar la noche en la cama del administrador del almacén de víveres,

aunque estaba seguro de no dormir.

--¡Mañana!--pensaba--. ¿Qué pasará mañana?

Fuera de aquel enorme edificio se estaba condensando una nube de

hostilidad que iba á estallar al día siguiente sobre la cabeza del

gigante. Gran parte de las tropas habían quedado al pie de la colina

vivaqueando. En lo alto permanecía inmóvil una escuadrilla de máquinas

voladoras.

Durante la noche vió, al asomarse por tres veces, la fila circular de

hogueras en torno de las cuales dormían los soldados, y sobre la

techumbre del edificio los aviones, que abrían de vez en cuando sus ojos

enormes, paseando sobre la tierra mangas de luz.

Poco después de amanecer, cuando el gigante estaba aún en su cama, se

presentó un empleado del Consejo Ejecutivo, al que seguían varias

mujeres que, á juzgar por sus trajes, pertenecían á la clase industrial

de la ciudad. El funcionario manifestó á Flimnap que venía para

notificar al Hombre-Montaña el acuerdo del gobierno obligándole á

cambiar de traje inmediatamente. Luego presentó á los que le

acompañaban, que eran media docena de sastres encargados de confeccionar

los uniformes del ejército.

Declaró el profesor innecesaria la notificación, pues su gigantesco

amigo había sido advertido por él de las decisiones del gobierno.

--En cuanto á lo del traje--continuó--, estos señores tendrán que

esperar á que el Hombre-Montaña se haya levantado, si es que no

prefieren tomarle medida mientras está tendido en su cama.

Uno del grupo, que parecía ejercer cierta autoridad sobre sus compañeros

de oficio, acogió tal proposición con un gesto despectivo, expresando

luego su extrañeza de que un hombre tan sabio como el profesor Flimnap

creyese aún que los sastres geómetras tomaban medida á sus clientes como

en los tiempos remotos.

--Nos bastará conocer el diámetro de uno de sus tobillos y de una de sus

muñecas. Después, gracias á nuestros cálculos aritméticos, descubriremos

las proporciones del resto de su cuerpo, cortándole un traje exacto.

Además, esto no va á ser un uniforme ajustado, como el que usan los

guerreros de la Guardia; es simplemente un vestido de hombre, con falda

y velo.

Gillespie, que estaba en los postreros momentos de su sueño, cuando

empiezan á despertar confusamente los sentidos mientras el resto del

organismo yace sin voluntad, creyó que un insecto le estaba

cosquilleando un tobillo y largó una patada, de la que se salvaron

milagrosamente los dos sastres ocupados en tomarle medida.

--¡Quieto, gentleman!--dijo el profesor inclinándose sobre una de sus

orejas--. Son los maestros cortadores, que se preparan á confeccionar

ese nuevo vestido que tanto le divierte.

La comisión de sastres había traído todo lo necesario para hacer sin

pérdida de tiempo el traje femenil del gigante. Tenían orden de no

volver á la capital sin haber cumplido su encargo, y fuera de la Galería

les esperaban varias carretas cargadas de piezas de tela, así como una

numerosa tropa de costureros.

En el vasto declive comprendido entre el edificio y el cordón de tropas

acampado abajo fueron desplegando dichas piezas de tela, que sus

ayudantes cosieron rápidamente gracias á unas máquinas portátiles de

vertiginosa celeridad. Así quedó formada una pieza única y enorme, que

cubría todo un lado de la colina, y el más viejo de los maestros,

consultando un cuaderno cuyas hojas llenaba de cálculos matemáticos,

trazó con un pincel blanco sobre la tela las líneas que debían seguir

los cortadores. Así como iban quedando separadas las diversas piezas del

traje se apoderaban de ellas los ayudantes, haciendo trabajar de nuevo

sus máquinas de coser. Todos los costureros eran hombres, pues las

labores de aguja únicamente se consideraban compatibles con la debilidad

del sexo masculino. En cambio, los maestros cortadores eran mujeres, así

como los empleados del gobierno que vigilaban la operación.

Después de almorzar, Gillespie se asomó á la entrada de la Galería para

ver este trabajo extraordinario. Pero desoyendo las instancias del

profesor, no quiso salir completamente del edificio. Parecía que

presintiese un peligro. Se consideraba más seguro teniendo sobre su

cabeza el techo de la Galería y frente á sus ojos aquella entrada, por

la que tenían que pasar forzosamente los que avanzasen en busca suya.

A media tarde quedó terminado el vestido. La noticia había circulado por

la capital, y más allá de la línea de soldados se fué extendiendo una

muchedumbre de curiosos. Éstos ya no mostraban la alegría ruidosa y

protectora de la mañana en que los barberos de la capital afeitaron al

gigante y le cortaron el pelo.

Circulaban entre los grupos noticias confusas y hasta contradictorias

acerca del Hombre-Montaña; pero todas ellas estaban acordes en

presentarlo como un insolente, enemigo del país que le había dado

hospitalidad y escarnecedor de sus buenas costumbres. Algunos hasta

afirmaban haberle oído horribles blasfemias contra la nación y contra el

sexo que la gobernaba, como si fuesen capaces de entender su idioma.

Cada vez que en el curso del día apareció el coloso junto á la entrada

de su vivienda, no fué saludado por la muchedumbre con alegres

aclamaciones y echando sus gorras en alto, como otras veces. Un silencio

hostil acogía su presencia. Por encima de las cabezas sólo se veían

pasar piedras, y los que las habían arrojado se lamentaban de que éstas

no pudiesen llegar hasta el ser á quien iban dedicadas.

Gillespie adivinó instintivamente la agresividad contra él que parecía

diluida en el espacio. Por esto no quiso escuchar en los primeros

momentos los consejos conciliadores que le daba el profesor.

El paraiso de las mujeres Novela · 第 15 / 22 段