Padre de los Maestros. El gran Momaren no es conocido como merece serlo.
Hay muchos que se engañan con la mejor buena fe dividiendo nuestra
poesía nacional en dos reinos, uno de los cuales le atribuyen á él y
otro á mí. Esos mismos añaden que Momaren es inimitable en la poesía
amorosa y Golbasto en la poesía épica. ¡Error, enorme error! Momaren es
grande en todos los géneros, y para probarlo voy á recitar su canto
heroico á la Verdadera Revolución, obra inimitable de la que quisiera
ser autor.
Una salva de aplausos saludó la descarada adulación al jefe
universitario y la interesada modestia del gran poeta.
--Quiero recitar ese canto heroico--continuó Golbasto--para que se vea
la diferencia entre la verdadera poesía y las miserables y cínicas
falsificaciones que se sirven á nuestro pueblo, tal vez en este mismo
instante.
La alusión al joven y odiado poeta que estaba declamando su obra en el
templo de los rayos negros fué saludada con una explosión de risas
simpáticas y de gruñidos inteligentes.
Después de este triunfo preliminar, Golbasto se lanzó á la declamación
de la poesía de su amigo y protector.
El canto á la revolución triunfante de las mujeres empezaba con un
exordio, en el que el poeta rogaba al sol que acelerase su salida de
entre las espumas oceánicas para no llegar con retraso y poder
presenciar el suceso más grande de la Historia. Golbasto lanzó, con una
voz de clarín, el primer verso:
Muéstrate, ¡oh, sol! y con tus rayos de oro...
Pero en vez de mostrarse el sol, como pedía el vate, lo que llegó
inesperadamente fué la noche en plena tarde. El salón quedó
completamente á obscuras; todos los concurrentes creyeron haber perdido
repentinamente la vista; las mamás chillaron de espanto, extendiendo los
brazos instintivamente para guardar á sus hijas; los hermosos guerreros
echaron mano á sus espadas, aunque sin poder adivinar dónde se ocultaba
el enemigo.
Algunos profesores acostumbrados á no asombrarse de nada y á buscar la
razón científica de todos los hechos se dieron cuenta, pasados unos
instantes, de que esta obscuridad era debida á un desprendimiento
exterior, á dos telones macizos que habían caído sobre ambas ventanas,
interponiéndose entre sus ojos y la luz.
Momaren se arañó las muñecas en la obscuridad, preguntándose qué poder
infernal al servicio de los envidiosos de su gloria había conseguido
realizar esta catástrofe....
A ninguno se le ocurrió que el Hombre-Montaña pudiera haber empleado
como asiento el techo que tenían sobre sus cabezas. En uno de sus
desperezos de cansancio, Gillespie había juntado las dos piernas,
colocándolas casualmente, con geométrica exactitud, sobre las dos
ventanas, lo que creó repentinamente la noche en el interior del salón,
precisamente al mismo tiempo que el poeta invocaba la salida del sol.
Después del primer aturdimiento de la sorpresa, los ojos, acostumbrados
á la obscuridad, empezaron á ver débilmente, gracias á la penumbra que
llegaba de las habitaciones inmediatas. Además, el ligero movimiento de
una de las piernas de Gillespie dejó filtrar un rayo de luz, y esto
sirvió para que toda la concurrencia reconociese cuál era el origen de
la catástrofe.
Momaren quedó mudo, pues el hecho le parecía tan inaudito, que no
encontraba palabras.
Los invitados prorrumpieron en alaridos de indignación:
--¡Insolente animalucho!... ¡Qué atrevimiento el suyo!... ¡Venir á
perturbar con sus patas inmundas una fiesta de alta intelectualidad!...
Un hermoso oficial de la Guardia saltó, espada en mano, por encima de
las sillas, y aproximándose á una de las ventanas tiró una estocada á la
pierna del gigante.
Gillespie, que estaba medio dormido, despertó sobresaltadamente. Levantó
una de las piernas hasta poner la rótula á la altura da su pecho y se
rascó con ambas manos la picazón que sentía en la pantorrilla. Luego
dejó caer la pierna otra vez, y ésta, como si obedeciese á un poder
diabólico enemigo de Momaren, volvió á cerrar herméticamente la ventana.
Rugió de cólera la concurrencia, viendo en esto un nuevo insulto para
todos. El Hombre-Montaña quería burlarse de ellos.
Los militares, deseosos de mostrar su heroísmo ante los muchachos en
edad de casarse, corrieron hacia las ventanas, acribillando con sus
aceros las pantorrillas del gigante.
Golbasto y Momaren, contagiados por tan heroico ejemplo, quisieron
mostrar que servían para algo más que hacer versos, y descolgaron de una
panoplia una larga lanza.
Se mostraban enfurecidos por este incidente, que había venido á
perturbar su gloria, y empuñando la lanza á cuatro manos empezaron á dar
pinchazos en una pierna del coloso.
Esta vez el dolor hizo saltar á Gillespie, dejando libres las ventanas,
por las que entró á raudales la dorada luz de la tarde.
Todos pudieron ver como el Hombre Montaña se encogía sobre sus rodillas,
cómo se encorvaba después con el rostro crispado por el dolor, pegando
sus ojos á las dos ventanas para averiguar qué insectos malignos eran
los que la habían picado venenosamente á través de dichos agujeros.
Las señoras se asustaron al ver aquellos dos ojos enormes que las
miraban con agresiva fijeza. Pero Golbasto y Momaren, que tenían la
cólera larga é implacable de los débiles cuando sienten herida su
vanidad, continuaban manejando en colaboración su arma y tiraron un
furioso lanzazo á uno de los ojos que llenaban las ventanas.
Si no quedó tuerto Gillespie, fué porque los dos poetas, al retroceder
para que su golpe fuese más terrible, desviaron un poco la lanza,
rasgándole únicamente uno de los párpados.
El Hombre-Montaña echó atrás la cabeza, separando los ojos de las
ventanas con un pestañeo doloroso, pero inmediatamente puso su boca en
una de ellas.
Sonó un hervor del caldera, luego un ruido de catarata, y la
concurrencia, dando gritos, empezó á huir hacia las habitaciones
interiores. ¡Zas!...
Gillespie, no sabiendo cómo defenderse de aquel enjambre maligno, había
lanzado un salivazo dentro del salón.
El proyectil líquido pilló á los dos poetas y los hizo caer con su lanza
envueltos en una ola pegajosa, de la que no sabían cómo salir.
El gigante continuó disparando proyectiles de la misma especie.
Corrían las damas, levantándose las faldas para huir con más rapidez.
Otras pataleaban caídas en el suelo, pidiendo á gritos que las librasen
de esta inundación aglutinante que las había clavado sobre el pavimento.
Y las heroicas muchachas de la Guardia, no queriendo presentar sus
interesantes dorsos al enemigo, fueron retrocediendo hasta el fondo del
salón, haciendo molinetes con sus espadas para defenderse del bombardeo.
XI
Que trata del discurso pronunciado por el senador Gurdilo y de cómo el
Hombre-Montaña cambió de traje
A la, mañana siguiente, el profesor Flimnap se presentó con gran
apresuramiento en la vivienda del gigante. Jamás su rostro bondadoso
había ofrecido un aspecto igual, de alarma y azoramiento. A pesar de sus
carnes exuberantes, saltó con juvenil agilidad del plato ascensor á la
superficie de la mesa, antes de que los atletas encargados de la grúa
hubiesen terminado su maniobra.
Lejos aún de Gillespie, abrió los brazos con desesperación y juntó luego
sus manos en una actitud implorante, gritando:
--¿Qué ha hecho usted, gentleman? ¿Qué locura fué la suya de ayer? ¡Y yo
que le creía un hombre extremadamente cuerdo!...
Jamás había experimentado tantas emociones en un espacio tan corto de
tiempo. Un miedo anonadador le dominaba desde horas antes, y este miedo
obedecía á sentimientos generosos, pues pensaba más en la suerte del
Gentleman-Montaña que en la suya propia. La terrible noticia de todo lo
ocurrido en la casa del Padre de los Maestros acababa de sorprenderle en
el momento más grato de su existencia.
El día anterior había regresado muy tarde á la ciudad, después de verse
festejado y admirado durante varias horas por más de cien mil mujeres.
Su discurso en las gradas del templo de los rayos negros lo había
escuchado esta enorme multitud, interrumpiéndolo con aplausos. Su éxito
resultó tan ruidoso como el del joven poeta rival de Golbasto. Nunca
había llegado á soñar con una gloria semejante, ni aun en los tiempos de
la adolescencia, cuando, recién entrado en la vida estudiosa, su
entusiasmo le hacía aceptar la posibilidad de las más inauditas
elevaciones.
Durmió mal, pues el saboreo de su triunfo parecía repeler al sueño. Pero
cuando descendió de su habitación universitaria, apreciando de antemano
las felicitaciones de unos profesores y la envidia de otros, todo su
orgullo triunfante se deshizo ante la realidad. Oyó aterrado lo que
había hecho el gigante en la tarde anterior. Muchos de los que le
hablaron habían asistido á la tertulia de Momaren y se mostraban
congestionados aún por la indignación al recordar los proyectiles del
gigante, algunas de cuyas salpicaduras habían llegado á ellos ó á
personas de sus familias.
El Padre de los Maestros estaba en cama después de este suceso, aunque
sin enfermedad conocida. Golbasto, el gran poeta nacional, se había
retirado jurando vengarse del bárbaro intruso. Los concurrentes le
vieron con un vendaje debajo de su corona de laurel, pues se había
descalabrado al caer al suelo con Momaren bajo el disparo del gigante.
--¿Qué ha hecho usted?--volvió á repetir el profesor.
Muchos de los que presenciaron el suceso habían olvidado la insolencia
del Hombre-Montaña para preocuparse únicamente de la finalidad de otra
acción suya que les parecía misteriosa. Después que el gigante hubo
limpiado de gentío los salones de Momaren, haciendo huir á todos al
fondo de la casa para librarse de su bombardeo líquido, irguió su
estatura y fué á un determinado lugar de la fachada de la Universidad,
lanzando varios silbidos con la estridencia de un huracán.
Los doctores estudiosos que permanecían en sus habitaciones intentaron
ocultarse, creyendo que el Hombre-Montaña se había vuelto loco y deseaba
aplastarlos. Pero antes de cerrar las ventanas de sus viviendas pudieron
ver cómo corría por los tejados un hombre envuelto en velos, cómo el
gigante lo tomaba con una de sus manos, introduciéndolo en un bolsillo
de su traje, y cómo emprendía una marcha veloz, guiado por este varón
desconocido, hacia la Galería de la Industria, sin esperar á que sonasen
otra vez las trompetas y se reuniera el escuadrón que le había escoltado
en su paseo.
--¿Qué va á pasar ahora?--continuó diciendo el asustado profesor.
Los murmuradores le habían dado á entender que el Padre de los Maestros
sospechaba si este intruso ayudado por el gigante sería Ra-Ra.
--Yo temo, gentleman, que á estas horas la policía esté enterada de que,
efectivamente, el tal hombre era Ra-Ra y que, protegido por usted, entró
en nuestro palacio para ver á Popito.... ¡Usted, gentleman, mezclándose
en cosas políticas de nuestro país y apoyando de una manera tan
descarada á un propagandista del «varonismo», enemigo de la tranquilidad
del Estado! Tiemblo por usted y tiemblo por mí.
Gillespie no necesitaba oir al profesor para darse cuenta de la gravedad
de su acto. Pero renacía su cólera al acordarse de los pinchazos de
aquellos pigmeos, y creía sentir aún el dolor en sus piernas. ¿Por qué
no lo habían dejado dormir en paz?...
Sin embargo, los gestos desesperados del profesor sirvieron para hacerle
pensar que estaba á merced de aquella humanidad pigmea, despreciable
para él, pero sin la cual no podía alimentarse ni atender á otros
cuidados que necesitaba su persona.
Flimnap, creyendo ver en su rostro un reflejo de intensa cólera, le
recomendó la calma.
--No se exalte, gentleman; al contrario, debe usted mostrarse prudente y
conciliador. Creo que esto se arreglará finalmente. Puede usted
presentar sus excusas al Padre de los Maestros. Yo explicaré que todo se
debe á su desconocimiento de nuestra lengua y nuestras costumbres. Lo
que me preocupa más es lo de Ra-Ra; pero si no hay otro remedio, lo
abandonaremos y que siga su destino. El amor es egoísta, gentleman.
Antes de venir usted á esta tierra yo hubiese hecho los mayores
sacrificios por ese joven. Pero ahora no es lo mismo; ahora está usted
aquí, y más allá de su persona nada me interesa.
Parecía haber olvidado el catedrático todas las inquietudes que le
entristecían momentos antes, al saltar del plato-ascensor. Se había
puesto ante un ojo su lente de disminución para contemplar el rostro del
Gentleman-Montaña, y esto le hacía sonreir dulcemente.
--Creo llegado el momento--dijo con voz insinuante--de mostrarle mi
alma. Mientras usted vivía á cubierto de peligros, yo no me atreví á
decirle lo que siento. Me dominaba la timidez de todo el que ha pasado
su existencia entre libros, viendo de lejos á las personas. Pero después
de la locura de usted, la situación es otra. Tal vez el conflicto con
nuestro Padre de los Maestros acabe por arreglarse, pero en este momento
la situación es mala. Corre usted grandes riesgos, y por lo mismo
considero oportuno manifestarle lo que no me hubiera atrevido á decir en
una ocasión mejor. Óigame bien, gentleman, y no se ría de mí.... Yo le
quiero un poco y me intereso por su felicidad.... ¿Por qué no hablar más
claramente?... Yo le amo, gentleman, y deseo pasar el resto de mi vida
junto á usted, dedicándome en absoluto á su servicio.
A pesar de su mal humor por la aventura en la Universidad y por las
persecuciones que le podían hacer sufrir estos pigmeos, de los que era
esclavo, Gillespie no pudo contener una carcajada. Después sofocó su
risa para excusarse cortésmente:
--No crea, profesor, que me río de usted. Le estoy muy agradecido para
atreverme á tal insolencia. Mi risa es de sorpresa.... En mi país, rara
vez una mujer declara su amor al hombre.
--Pues aquí no es extraordinario--contestó Flimnap--. Acuérdese que todo
lo dirigimos las mujeres, y por lo mismo nos corresponde la iniciativa
en los asuntos de amor.
--Además--dijo Edwin--, usted olvida el obstáculo insuperable que la
Naturaleza ha establecido entre los dos al crearnos con tamaños tan
distintos. Me mira usted á través de su lente de reducción y se ilusiona
creyéndome de su talla. Contémpleme tal como soy, y se convencerá de que
por mucho que yo la amase nunca pasaría usted de ser una esposa de
bolsillo.
--¡Oh, gentleman!--interrumpió ella quejumbrosamente--. No sea usted
materialista en sus apreciaciones, no se muestre grosero en sus
sentimientos juzgando á las personas por su tamaño. ¿Por qué no pueden
amarse dos almas á través de sus envolturas completamente diferentes?...
Ahora que le conozco, gentleman, me doy cuenta de que toda mi vida he
estado esperando su llegada. Siempre mi alma sintió la atracción de las
alturas; siempre soñé con algo inmensamente grande. Mi espíritu veía con
indiferencia las pequeñeces de nuestra vida corriente. Yo sólo podía
amar á un gigante, y el gigante ha venido. ¿No le parece que un poder
superior nos ha hecho el uno para el otro?...
El Gentleman-Montaña sólo contestó á esta pregunta con un gesto ambiguo.
Pero el ardoroso profesor siguió hablando:
--Yo no le exijo que me responda inmediatamente. Confieso que esta
manifestación de mis sentimientos es un poco violenta y que usted no la
esperaba. A no ser por el peligro que le amenaza, me hubiese abstenido
de hablarle de esto en mucho tiempo. Pero, en fin, lo que yo debía decir
ya está dicho. Reflexione usted, consulte su corazón; esperaré su
respuesta. Lo que necesitaba hacerle saber cuanto antes es que no soy
para usted un simple traductor y que ansío participar de su suerte,
correr sus mismos peligros, si es que la situación se empeora.
Gillespie, conteniendo la risa que otra vez volvía á agitar su pecho,
contestó vagamente á la apasionada universitaria. Obedecería sus
indicaciones, estudiaría con detenimiento las preferencias de su alma.
Pero por el momento, lo más urgente era resolver su situación, que,
según ella, parecía angustiosa.
--Voy á dejarle, gentleman--contestó Flimnap--. Nada consigo
permaneciendo á su lado para sostener una conversación grata, pero que
resulta estéril. Necesito saber noticias. Momaren tiene poderosos amigos
y debe haber hecho algo á estas horas contra Ra-Ra. Además, hay que
temer á Golbasto. Adivino desde aquí que su cochecito tirado por los
tres hombres-caballos debe estar rodando á través de la capital desde el
principio de la mañana. ¡A saber lo que habrá tramado el temible
poeta!...
Antes de desaparecer por uno de los escotillones, todavía retrocedió
Flimnap hacia el gigante para decirle en voz baja:
--Si vienen á buscar á Ra-Ra, no se empeñe en defenderlo; sería peor
para él y para usted. Déjelo abandonado á su suerte. Nosotros sólo
debemos pensar en nuestro porvenir. Yo siempre he creído que un amor que
no es egoísta no merece el nombre de amor.
Y entornando los párpados con expresión acariciante detrás de los
vidrios de sus gafas, el profesor desapareció rampa abajo.
Sólo entonces el Hombre-Montaña bajó los ojos para mirarse á sí mismo,
fijándolos en su pecho. Por la abertura entreabierta de su bolsillo
superior veía la cabecita de Ra-Ra, encogido en el fondo de este
refugio.
--¡Buena la hiciste ayer!--dijo el gigante en voz queda, como si hablase
con él mismo--. En realidad tú eres el culpable de todo lo ocurrido, por
tu maldita idea de dejarme solo para ir á ver á Popito.... Pero no te
abandonaré por eso, como me pide la loca de Flimnap.... ¡Qué diablo será
esto del amor, que á todos nos hace cometer enormes tonterías, y hasta
da un aspecto grotesco á esa pobre mujer tan inocente y bondadosa!...
Vieron los ojos del gigante apoyada en un lado de la mesa la cachiporra
que se había fabricado durante su excursión á la selva de los
emperadores. La presencia de esta arma primitiva le hizo sonreir de un
modo inquietante para los pigmeos.
--Yo te aseguro, Ra-Ra--continuó--, que los primeros que vengan en tu
busca y nos molesten corren peligro de morir aplastados.
Pero aunque esta promesa bárbara fuese muy del gusto de Ra-Ra, éste
protestó, sacando la cabeza imprudentemente por el borde del bolsillo.
--Lo creo oportuno--dijo el pigmeo--, pero dentro de algún tiempo. Ahora
es inútil. Hay que esperar nuestra Revolución, cada vez más próxima.
Mientras tanto, Flimnap corría las calles de la capital, enterándose de
una serie de noticias muy inquietantes para él. Un profesor le anunció
que Momaren, por ciertos detalles que le habían comunicado algunos
subordinados, estaba ya convencido de que era Ra-Ra el que acompañaba al
gigante. El Padre de los Maestros, aceptando las sugestiones de su
vanidad, creía que este varonista, enemigo del orden, había sugerido al
Hombre-Montaña la idea de interrumpir su tertulia en el momento preciso
que el gran Golbasto recitaba sus versos, para quitarle así un gran
triunfo literario. A primeras horas de la mañana había tenido una
conversación violenta con Popito, la cual negó haber visto á Ra-Ra en la
parte alta del palacio universitario. Luego el influyente personaje
abandonó su cama, y estaba ahora en la presidencia del Consejo
Ejecutivo, recomendando sin duda la persecución del revolucionario
masculista.
Poco después Flimnap se encontró con un grupo de noticieros de los
grandes diarios, que le iban buscando desde horas antes. Querían conocer
su opinión sobre lo ocurrido en la tertulia del Padre de los Maestros,
pero él se expresó de un modo ambiguo. De buena gana hubiese contestado
rudamente á estos curiosos insaciables que le perseguían á todas horas;
pero la gratitud le obligaba á ser cortés. Todos los diarios hablaban
con elogios de su discurso en el templo de los rayos negros,
lamentándose de haber desconocido durante tantos años á un orador tan
eminente.
Los periodistas le dieron una noticia que resultó la peor de todas.
Gurdilo había anunciado su deseo de pronunciar un discurso en el Senado
á propósito del Hombre-Montaña apenas se abriese la sesión. Tal vez el
temible orador estaba ya hablando á estas horas.
Flimnap corrió al palacio del gobierno, entrando en el ala ocupada por
el Senado. Su amor por Gillespie le sugería las más atrevidas
resoluciones. El tímido profesor, que pocos días antes era incapaz de la
más pequeña iniciativa, se asombraba ahora de su audacia. Pensó hablar á
Gurdilo, si es que aún no había empezado su interpelación al gobierno.
No se conocían, pero él desde unos días antes era un personaje célebre,
del que se ocupaban mucho los periódicos, y bien podía permitirse la
libertad de hacer una visita á un compañero suyo de gloria. Dentro del
Senado, al preguntar por el famoso orador, se convenció de que había
llegado tarde. Gurdilo estaba ya en el salón de sesiones, y no admitía
visitas que le distrajesen cuando preparaba mentalmente sus terribles
discursos.
El catedrático subió á una de las tribunas destinadas al público, viendo
abajo, entre las matronas que formaban el Senado, al temible Gurdilo,
hacia el que convergían todas las miradas.
Nunca sufrió el pobre Flimnap una tortura igual á la de escuchar á este
personaje confundido entre el público y sin poder contestarle. Después
de su triunfo en el templo de los rayos negros, se consideraba tan
tribuno como el célebre sanador; pero aquí no era mas que un simple
oyente que podía ser encarcelado si osaba alterar con sus interrupciones
la calma de la majestuosa asamblea.
La oradora senatorial, con la faz más amarilla que nunca, la mirada
torva, la nariz encorvada y una voz silbante, atacó á Gillespie durante
mucho tiempo, procurando que sus golpes al coloso cayesen de rebote
sobre los altos señores del Consejo Ejecutivo.
Hizo la historia de todos los Hombres-Montañas que habían llegado al
país en el curso de los siglos. El primero, según el testimonio de
viejos cronistas, acabó siendo un traidor al Imperio de Liliput que le
había dado hospitalidad, pues se fué con los de Blefuscú, que eran
entonces enemigos. Además, al regresar á su monstruosa patria, publicó,
según vagas noticias traídas por Eulame, un libro en el que ponía en
ridículo á todos los liliputienses.
Los colosos que habían llegado después eran gentes bárbaras y viciosas,
sin educación universitaria y de una capacidad estomacal que acababa
causando grandes escaseces y hambres en la nación. Cometían tales
desafueros, que finalmente había que suprimirlos.
Y cuando se había aceptado como medida prudente el matar á estos
intrusos, que se presentaban de tarde en tarde, con la regularidad de
una epidemia, llegaba el último Hombre-Montaña, y el Consejo Ejecutivo,
faltando á la tradición, le concedía la vida.
Aquí Gurdilo empezó á hablar irónicamente de la enorme influencia que
unos cuantos profesores y fabricantes de versos ejercían sobre el
gobierno actual.
--Ha bastado--dijo el orador--que un pobre pedante que enseña en nuestra
Universidad la inútil lengua de los Hombres-Montañas, la cual de nada
puede servirnos; ha bastado, repito, que descubriese en un bolsillo del
tal gigante un libro del tamaño de cualquiera de nosotros, con unos
versos disparatados, propios de su enorme animalidad, para que todos los
falsos intelectuales que dominan nuestra organización universitaria, y
son retribuidos exageradamente por el gobierno, viesen una ocasión de
afirmar su influencia protegiendo á este colosal intruso como un
compañero de letras. Y los altos señores del gobierno, que antes de
ocupar sus cargos no conocían otra lectura que la del diario todas las
mañanas, han aprovechado la ocasión para darse una falsa importancia de
intelectuales, obedeciendo las indicaciones de sus protegidos que
monopolizan la Universidad.
»No quiero hablar al ilustre Senado de los gastos que ha originado el
Hombre-Montaña desde que vive entre nosotros. Esto será objeto de un
discurso que pronunciaré otro día, cuando tenga completos los datos
estadísticos que estoy reuniendo. Necesito saber con certeza cuántos
bueyes come cada día, cuántas docenas de gallinas, así como las
toneladas de pescado y de pan que lleva devoradas. No insisto en esto;
pronto apreciará el Senado de qué manera el Consejo Ejecutivo derrocha
el dinero de la nación, á pesar de que el gobierno de nuestro sexo
ostenta el espíritu de economía como la mayor de las ventajas sobre
todos los gobiernos anteriores.