Ra-Ra, á pesar de la altura inaccesible en que se hallaba, bajó aún más

la voz para decir misteriosamente:

--No soy yo el único que en este país conoce la verdad. Flimnap le contó

el otro día, según creo, que los hombres ya no se muestran tan cobardes

como al principio de la dominación femenina. Se sublevan contra el

despotismo de las mujeres; quieren una existencia propia; desean «vivir

su vida», como dicen los muchachos más rebeldes. Hasta hace poco tiempo

esto era un simple anhelo de emancipación, indeterminado y declamatorio,

que únicamente producía conflictos dentro de las familias. Los

periódicos lo llaman el «varonismo», riéndose de él.

Pero yo, en los últimos años, he ido de ciudad en ciudad visitando los

clubs de hombres y otras asociaciones secretas del «partido masculista».

En mis conferencias les he hecho conocer el cuaderno que dejó mi padre.

Reproducido por prensas clandestinas circula hoy ocultamente, y es leído

como el libro sagrado del porvenir.

Miles y miles de hombres entusiastas, entre los cuales hay muchos que

son esposas é hijas de altos funcionarios, se han encargado de

mantenerme y ocultarme en mis excursiones de propaganda. Mi deber me

ordena continuar estos viajes, pero los hombres nos dejamos esclavizar

por el amor mucho más que las hembras, le concedemos mayor importancia,

y yo hago traición á mi causa para vivir en esta capital, completamente

inactivo durante algunas semanas, con la esperanza de poder hablar á una

mujer.

Como si necesitase buscar una excusa á sus actos, Ra-Ra añadió:

--Pero aunque yo permanezca sin hacer nada, no por esto descansan mis

compañeros. Hay entre nosotros hombres de ciencia que se dedican á

peligrosos estudios; jóvenes abnegados que visitan los barrios populares

para hablar á los embrutecidos siervos que ayudan con sus músculos á

esta sociedad y conseguir que despierte en sus confusas inteligencias el

orgullo del sexo. Contamos, además, con varones respetables y de gran

talento que organizan silenciosamente las fuerzas de una rebelión

futura.

Gillespie quedó asombrado por estas revelaciones.

--Comprendo, amigo Ra-Ra, que le busquen con tanto ahinco las señoras

del Consejo secreto. Resulta usted más terrible de lo que parece con su

túnica y sus velos de mujer. Ya le veo siendo llevado á morir en un

peñón, sin agua y sin comida, cerca de la gran barrera de los dioses, si

es que yo no le oculto antes en uno de mis bolsillos. Pero ¿por qué se

muestran ustedes tan adversarios del gobierno femenil?... Según dice el

profesor Flimnap, ya no hay guerras ni puede haberlas; las mujeres

administran la fortuna pública con economía; no se nota la miseria ni la

mortalidad de otros tiempos; tampoco hay gobernantes ladrones. ¿Qué más

pueden desear los hombres?...

Ra-Ra, cediendo á sus hábitos de propagandista, se puso de pie sobre la

mano del gigante para hablar con un ardor de tribuno.

--Queremos la libertad; queremos una vida interesante; la embriaguez del

peligro; en una palabra, la gloria.

Deseo ser justo con mis enemigos y reconozco como verdad todo lo dicho

por el profesor. Las mujeres administran bien, su gobierno es el de una

buena dueña de casa que toma con exactitud la cuenta á su cocinera. Las

gentes tal vez comen mejor y viven más tranquilas que en otras épocas;

ya no hay guerras.... Estamos de acuerdo.

Pero el mundo se aburre de un modo mortal. No ocurre nada, nadie sueña,

nadie aspira á cosas imposibles, nadie comete imprudencias. La vida se

extiende ante los ojos como un inmenso campo de plantas alimenticias, en

el que no hay una flor que resulte inútil ni un pájaro que deje de ser

comestible.

Nosotros queremos que el mundo vuelva á su antigua existencia. La vida

es monótona sin aventuras, sin héroes, y no vale la pena de ser vivida

si le falta el condimento del peligro. La amenaza de una muerte

inmediata da mayor sabor á los deleites presentes. Queremos la guerra,

con sus acciones esforzadas y sus abnegaciones sublimes entre compañeros

de armas; queremos la resurrección de las virtudes grandiosas y crueles

que forman el heroísmo.

Usted debe reconocer como yo, gentleman, que únicamente las mujeres

pueden aceptar esta vida de ave de corral, en la que el deseo de vivir

en paz ahoga todo sentimiento noble y elevado, en la que los cacareos

domésticos constituyen la función intelectual de la mayoría. No;

nosotros deseamos conocer, como los hombres de otros tiempos, el vino y

la guerra, los dos placeres divinos de los humanos; queremos vivir en un

minuto todo un siglo de angustias y de orgullos.

¿Quién puede conformarse con esta sociedad que todos los días vive del

mismo modo y al que tiene sed le ofrece agua ó leche?... Venga á

nosotros el alcohol, que hace soñar cosas grandes y es padre del

heroísmo. Venga á nosotros la guerra, madre de las esforzadas

acciones....

En cuanto á mí, gentleman, lo que deseo con más vehemencia es poder

meterle por la cabeza á Momaren, Padre de los Maestros, esta túnica y

estos velos que ahora me cubren, arrebatándole á él para siempre los

pantalones.

VIII

En el que el Padre de los Maestros visita al Hombre-Montaña

Cuando el profesor Flimnap regresó de su viaje á la antigua capital de

Blefuscú, fué sin pérdida de tiempo á visitar al gigante para darle

excusas por su ausencia.

Vivía en perpetuo asombro á causa de la enorme gloria que había caído

sobre él, con acompañamiento de ganancias no presentidas ni aun en sus

momentos de mayor ilusión. De todas las grandes ciudades le llegaban

proposiciones para que fuese á relatar ante auditorios de muchos miles

de personas sus pláticas con el Hombre-Montaña y lo que había podido

averiguar acerca de las costumbres del remoto país de los gigantes.

Los libreros, que nunca habían querido vender sus pesados volúmenes

sobre problemas filológicos é históricos, le pedían ahora que los

enviase en grandes fardos, aprovechando la primera máquina voladora que

saliese para el lugar de su establecimiento.

Hasta los más grandes diarios, siempre ignorantes de la existencia de

Flimnap, pues se abstenían sistemáticamente de publicar su nombre, le

solicitaban ahora como colaborador, dejando á su arbitrio el fijar la

retribución por sus escritos.

--Todo esto lo debo á usted, gentleman--decía con entusiasmo, mirándole

á través de su lente--.¡Si hubiese visto anoche con qué interés

escucharon la descripción que hice de su persona más de veinte mil

mujeres!...

Y para que olvidase su abandono del día anterior iba describiéndole el

aspecto del enorme público y las salvas de aplausos con que fueron

acogidos sus períodos más elocuentes.

--Gracias á usted--continuaba--soy célebre y tal vez sea rico. ¡Quién

sabe si usted se enriquecerá también, como nunca lo hubiese conseguido

allá en su país!

El buen profesor sentía despierta ahora su ambición, viéndolo todo con

proporciones exageradas. Una mujer de negocios de la capital le había

hablado aquella mañana de una empresa de ganancias fabulosas. Si el

Consejo Ejecutivo dejaba en libertad por algunos meses al

Hombre-Montaña, ésta y el profesor podían realizar una excursión por

toda la República dando conferencias. Flimnap haría un relato de cuanto

supiera sobre el pasado y las costumbres de su gigantesco amigo, y éste

se mantendría á su lado para contestar con reverencias á las

aclamaciones de la muchedumbre. La financiera prometía una verdadera

fortuna para los dos como resultado del viaje.

Estaba tan seguro el profesor de una ganancia pronta y considerable, que

hasta había encargado para él una máquina terrestre en forma de lechuza,

aunque más pequeña que la que le prestó en diversas ocasiones el Padre

de los Maestros.

A la mañana siguiente de su vuelta de la antigua capital de Blefuscú se

presentó con un nuevo regalo para el coloso. Su amigo el profesor de

Física, que apenas si se acordaba ya del accidente maternal de pocos

días antes, le había fabricado un aparato para que Gillespie pudiese

escuchar considerablemente agrandados los ruidos que resultan ordinarios

en la vida de los pigmeos.

Era un cilindro de cristal no más grande que una uña del Hombre-Montaña.

Al penetrar en la oreja aumentaba considerablemente su capacidad

auditiva, haciendo oir la voz de los hombrecillos aunque éstos hablasen

quedamente.

Apenas lo puso Gillespie en el pabellón de uno de sus oídos, la Galería,

que ordinariamente estaba en silencio para él, se pobló de murmullos y

gritos. Ya no vió agitarse á los pigmeos en torno de sus extremidades,

como si fuesen mudos y sólo hablasen por señas; hasta de los términos

más apartados del edificio le llegaron olas rumorosas semejantes á los

murmullos que agitan los bosques, distinguiendo en ellas las palabras

ininteligibles que profería su numerosa servidumbre.

--De este modo, gentleman--dijo el profesor--, podré conversar con usted

sin tener que levantar mucho la voz, lo mismo que si hablase con un ser

de mi especie. A veces siento el deseo de comunicarle cosas muy

importantes para mí, cosas íntimas, cosas tiernas de la amistad, y no me

atrevo. ¿Quién sabe si algún universitario conocedor de nuestro idioma

vaga por debajo de la mesa y puede oirnos?... Ahora, como podré hablar

en voz discreta, tal vez me atreva á decir lo que pienso con algo más de

libertad.

El profesor dijo las últimas palabras mostrando una timidez de muchacha,

lo que dió á su respetable persona cierto aspecto grotesco. Pero tuvo

que abandonar pronto esta actitud para ocuparse de un asunto más

importante que motivaba su visita matinal. Si lo había olvidado al

principio, era á causa de la emoción que sentía siempre al hablar á

solas con el gigante.

--Gentleman--dijo--, tengo que darle una buena noticia. El Padre de los

Maestros, que rara vez se digna visitar á los personajes más importantes

de nuestra República, vendrá esta tarde á verle. No habla bien nuestro

idioma y lo lee también con cierta vacilación; pero yo estaré presente

para servir de traductor entre los dos. Quiso en el primer momento que

la entrevista fuese en la Universidad, y para ello habría tenido usted

que entrar en el edificio pasando una pierna por encima de los tejados,

y después la segunda pierna, hasta quedar de pie en el patio central.

Pero el arquitecto universitario se ha opuesto, temiendo por la

integridad de los techos, que son algo viejos. Seguramente se habría

llevado usted con sus rodillas algunos aleros, y en este momento la

Universidad no está para nuevos gastos. Como Momaren es amigo del

gobierno, el implacable Gurdilo se opone en el Senado á todo proyecto de

aumento de nuestra subvención. Además, yo he demostrado al Padre de los

Maestros que es mucho más cómodo subir en su litera hasta lo alto de

esta mesa, donde podrá conversar con el Gentleman-Montaña horas enteras.

También resulta mejor para usted que obligarle á permanecer encogido en

un patio, sin atreverse á hacer el más leve movimiento por miedo á

irrogar perjuicios costosos.

Gillespie aceptó con gusto la visita. Había oído hablar tantas veces á

su traductor de la influencia omnipotente del Padre de los Maestros y de

su inmensa sabiduría, que consideró interesante conocer á tan alto

personaje. Además se acordó de Ra-Ra y del odio concentrado y misterioso

que mostraba contra el ilustre Momaren.

--Debe usted no olvidar--continuó Flimnap--que nuestro jefe es un gran

poeta, el segundo poeta nacional, el que figura después de Golbasto,

aunque este versificador sublime, cuando sufre algún apuro pecuniario ó

desea un empleo para alguna amiga suya, no tiene inconveniente en

declarar á gritos que Momaren es mil veces superior. Yo di á leer al

Padre de les Maestros las poesías inglesas que encontré en su cuaderno

de bolsillo. Las traduje á nuestro idioma, y creo que no resultan mal.

Si lo dudase, me hubiese convencido anteanoche de que la traducción es

buena viendo el entusiasmo con que acogió su lectura el inmenso público

de mi conferencia.

Ahora, gentleman, en justa reciprocidad, espero que usted se dignará

leer otra traducción que he hecho de las poesías de mi eminente jefe

pasándolas del idioma nacional al inglés.

En vista de la conformidad del gigante, el catedrático fué hasta el

borde de la mesa dando órdenes á gritos, y los atletas que maniobraban

la grúa para subir los alimentos pusieron en actividad otra vez el plato

que servía de ascensor. Una vez llegado éste arriba, seis de los hombres

forzudos cargaron con un libro del mismo tamaño que el cuaderno empleado

por Gillespie para sus notas.

Tenía el volumen unas tapas multicolores, cubiertas de diversas piezas

de cuero formando mosaico. Sus hojas eran de triple pergamino, y las

traducciones de Flimnap habían sido trazadas con brochas gordas, dando á

cada letra el tamaño de la cabeza de un habitante del país.

Gillespie, poniéndose la rodaja de cristal sobre uno de sus ojos, empezó

á leer. Los atletas sostenían abierto el libro con visible esfuerzo,

pues resultaba este trabajo una empresa digna de su vigor. Mientras

tanto, Flimnap iba pasando las hojas y daba explicaciones para que su

amigo no tuviese la menor duda sobre el texto.

--¿Qué le parecen estos versos, gentleman?--preguntó cuando estaban ya

en la mitad del volumen.

Hizo Gillespie un gesto evasivo. Machas de las imágenes del poeta no

podía comprenderlas, aun después de las aclaraciones del traductor.

Otras le parecían extravagantes, y tuvo que hacer esfuerzos para no

saludarlas con una carcajada. Pero temiendo molestar al buen Flimnap, se

apresuró á decir:

--Me parecen excelentes. Lo único que me extraña es ver en la mayor

parte da estos versos algo así como una decepción amorosa, una

melancolía de pasión sin esperanza. ¡Quién hubiese creído que el

respetable Padre de los Maestros fuera capaz de tan frívolos

sentimientos!...

El profesor sonrió levemente.

--Ha acertado usted, gentleman. El ilustre Momaren ha sido joven, como

todos, y guarda la tristeza de un gran desengaño amatorio. Por eso

muchos considerarnos á Golbasto como el primero de nuestros poetas

heroicos y á Momaren como el más exquisito de nuestros poetas de

amor.... Yo quisiera que usted le manifestase esta tarde la admiración y

el entusiasmo que ha sentido al leer sus versos. Piense que es mi jefe;

piense que tan poderoso personaje ha ordenado la producción de este

hermoso volumen sólo por serle grato, haciendo trabajar en él durante

cuatro días á todos los pintores y encuadernadores que dependen de la

Universidad, y piense finalmente que el Padre de los Maestros es quien

puede influir sobre los altos señores del Consejo Ejecutivo para que le

permitan viajar por toda la República acompañándome en mis conferencias,

medio seguro de que los dos ganemos riquezas enormes.

Prometió Edwin á su traductor cumplir exactamente tales recomendaciones,

y después de la comida de mediodía aguardó, con los codos en la mesa y

la cabeza entre las manos, la llegada del jefe de la Universidad y su

cortejo.

Durante tan larga espera se entretuvo escuchando, gracias á su aparato

auditivo, los gritos y las canciones de los servidores, que se movían

como insectos en el fondo de la Galería. Después que toda esta gente

hubo comido cerca de las cocinas, el estrépito fué en aumento,

cortándose de vez en cuando el vocerío de los pigmeos con las órdenes

que gritaban sus diversos jefes. Al fin se cansó de este zumbido de

colmena en desorden, y sacándose de la oreja el microfónico aparato,

quedó envuelto en un dulce silencio, estremecido apenas por lejanos é

indefinibles murmullos.

Se iba adormeciendo Gillespie, cuando le estremeció un gran ruido de

muchedumbre, haciéndole volver á la realidad.

Vió cómo una masa de curiosos formaba semicírculo en torno á la fachada

de cristal del edificio, completamente abierta, que le servía á él para

entrar y salir.

Numerosos jinetes contenían á estos curiosos para que dejasen paso

franco al ilustre visitante.

Avanzó primeramente un grupo de doctores jóvenes, que eran muchachas en

traje masculino, llevando como único emblema de su grado el gorro

universitario. Algunas de ellas, esbeltas y gallardas, tenían un andar

marcial que revelaba su afición á los deportes, pero las más mostraban

cierto parentesco físico con el doctor Flimnap. Las había enjutas de

cuerpo, con un gesto ácidamente triste, como si el fuego del saber

hubiese consumido en su interior toda gracia femenina. Otras eran

gruesas, pesadas y miopes, contemplándolo todo con asombro infantil, lo

mismo que si hubiesen caído en un mundo extraño al levantar su cabeza de

los libros.

Detrás de este escuadrón estudioso apareció la litera en forma de

lechuza, dentro de la cual iba el ilustre Momaren. El profesor Flimnap

marchaba junto á la portezuela de la derecha, conversando con su ilustre

jefe, honor público gozado por primera vez, que le hacía caminar

titubeante, con el rostro empalidecido por la emoción. Cerraban la

marcha graves matronas universitarias, con togas negras. Todas ellas

ostentaban en sus birretes los varios colores de las catorce Facultades

que clasifican la sabiduría entre los pigmeos.

El cortejo fué desapareciendo lentamente bajo la mesa. Sintió el gigante

una ruidosa agitación junto á sus pies, pero hizo esfuerzos por

mantenerlos inmóviles, temiendo provocar una catástrofe. La avalancha de

visitantes se había fraccionado para tomar los cuatro caminos en espiral

arrollados á las patas de la mesa.

Gillespie vió surgir por los escotillones á muchos servidores suyos,

hombres y mujeres, que se colocaron en uno de los lados de la planicie

de madera, esperando órdenes. Luego fueron saliendo de dos en dos los

doctores jóvenes, yendo á situarse en el borde de la mesa, frente al

gigante. Muchos de ellos llevaban lentes de disminución para examinarlo

detenidamente. Otros, los más gallardos y de buen ver, reían y se

empujaban con el codo, mirando á ojos simples la cara de Gillespie y

haciendo suposiciones sobre sus enormidades ocultas, que provocaban el

escándalo y la protesta de sus compañeras más graves y virtuosas.

Apareció, al fin, la litera del Padre de los Maestros, sostenida por

ocho universitarios jóvenes, que jadeaban sudorosos después de esta

ascensión en espiral. Se abrió la portezuela de la caja portátil y salió

Momaren, con su birrete de cuatro borlas y una toga de cola larguísima,

que se apresuraron á sostener dos aprendices de profesor.

Fué avanzando solemnemente sobre la mesa, y detrás de sus pasos todo el

acompañamiento final de graves doctores, que no ocultaban las arrugas y

las canas de sus rostros matroniles.

El profesor Flimnap corrió á colocar en el centro de la mesa un sillón,

que era el mismo que él había ocupado al dar al gigante su lección de

Historia. El alto personaje se sentó en él, teniendo á un lado al

obsequioso traductor. Todo el cortejo universitario permaneció detrás,

rígido y en profundo silencio, esperando que sonase la voz autorizada

del maestro de los maestros. Hasta los doctores revoltosos cesaron en

sus risas juveniles y sus atrevidos comentarios al sentarse Momaren.

Este se llevó á un ojo la lente facilitada por Flimnap, y al ver de

cerca el rostro del gigante, reducido casi á las proporciones de un ser

de su misma especie, no pudo reprimir un movimiento de sorpresa. Quedó

contemplándole con una expresión reflexiva que revelaba intenso trabajo

mental. Al fin murmuró, dirigiéndose á Flimnap, pero sin apartar su

mirada del gigante:

--¿A quien se le parece, profesor?... Yo he visto esta cara en alguna

parte.... No puedo recordar con exactitud, pero es absolutamente igual á

una persona que he visto muchas veces.... ¿Quién será?

Flimnap murmuró palabras vagas para excusar su ignorancia. Lamentaba no

poder ayudar á su ilustre jefe en este trabajo de la memoria. Pero

aunque su voz era reposada y su gesto tranquilo, la inquietud hizo

correr por su cuerpo ondas nerviosas de diversas temperaturas. Sabía

perfectamente á quién se asemejaba el gigantesco gentleman, pero tuvo

buen cuidado de no revelarlo al Padre de los Maestros.

Por su parte, Gillespie se mostraba tan impresionado como el traductor.

Al ver que el poderoso visitante se ponía un vidrio ante un ojo para

conocerle con más exactitud, él creyó del caso hacer lo mismo, por

cortés reciprocidad.

Tomó la gran redondela de cristal que estaba sobre la mesa, y al

colocarla en uno de sus ojos fué tal su emoción, que faltó muy poco para

que el disco duro y transparente cayese como un proyectil, matando á

varios doctores del cortejo.

--Debo estar soñando--se dijo el ingeniero--. Esto no puede ser.

Resultan demasiadas sorpresas juntas para que yo acepte como realidad lo

que veo en este momento.

Dos días antes se había contemplado á sí mismo en forma de pigmeo y

vestido de mujer. Aquel Ra-Ra era otro Edwin Gillespie; tan exacta

resultaba la semejanza. Y ahora....

--No hay duda; estoy durmiendo--volvió á decirse--. Esto es imposible.

Pero no necesitó de largas reflexiones para dar por falsa la idea del

ensueño. Había que aceptar todos los caprichos de una realidad que

parecía complacerse en provocar su asombro, ofreciéndole maravillosas

semejanzas.

Al convencerse de que estaba despierto y bien despierto, encontró cierto

placer en examinar todos los detalles físicos del ilustre Momaren, que

hacían de su persona una reproducción exacta, aunque en escala

reducidísima, de otra persona existente en el mundo de los gigantes

humanos.

El Padre de los Maestros era mistress Augusta Haynes, la madre de

Margaret.

Gillespie se imaginó verla, á través de unos gemelos puestos del revés,

vestida con un traje de doctor estrafalario y magnífico para asistir á

un baile de máscaras. Las dos tenían la misma majestad dura y áspera, un

perfil idéntico de ave de presa, igual volumen y una solemnidad

orgullosa en las palabras y los gestos.

Edwin creyó durante algunos momentos que aquella miniatura de mistress

Augusta Haynes iba á erguirse en su sillón para negarle por segunda vez

la mano de Margaret, afirmando que ella no podía transigir con los

hombres de espíritu novelesco que ignoran el medio de hacer dinero. Pero

la voz del profesor Flimnap le arrancó de su asombro.

--Gentleman--dijo el traductor--: nuestro ilustre Padre de los Maestros

se ha dignado venir á visitarle á causa del gran interés que siente por

su persona. Si desea conocerle no es por la curiosidad que inspira al

vulgo la grandeza material, sino porque sabe que usted ha sido en su

patria un hombre de Universidad, un poeta, y considera deber de

compañerismo darle la bienvenida á su llegada á este gran país gobernado

por el más inteligente de los sexos.

Siguió el profesor hablando en tono de conferencista, pues todo su

auditorio entendía el inglés con más ó menos facilidad y era capaz de

apreciar las florescencias de su estilo.

Cuando terminó la enumeración de los méritos de Momaren, de las glorias

del gobierno femenil y de los grandes adelantos intelectuales de su

raza, el gigante contestó á su vez con otro discurso, agradeciendo las

atenciones de que había sido objeto desde su llegada involuntaria á esta

República y las que esperaba recibir en adelante, pero aludiendo de paso

con suavidad al disimulado encierro en que le tenían.

Luego, levantando una mano, que pasó como la sombra de una nube sobre

los birretes de los doctores, señaló el libro multicolor traído por

Flimnap en la mañana, y que estaba ahora caído sobre la mesa. Hizo un

elogio vehemente de las poesías de su ilustre visitante, declarando que

jamás en su existencia había conocido nada comparable á ellas, y que

ninguno de los poetas de su país podría igualarse con Momaren.

Aunque el Padre de los Maestros no era muy fuerte en el idioma sagrado

de los hombres de ciencia y entendía con dificultad el inglés articulado

por aquella voz de trueno, comprendió perfectamente la última afirmación

del gigante, que le hizo agitarse de emoción en su asiento.

--Dígale--apuntó por lo bajo á Flimnap--que sus poesías también son

magníficas y me gustaron mucho cuando las leí traducidas por usted.

El paraiso de las mujeres Novela · 第 10 / 22 段