Eran los barberos y sus servidores, que, una vez terminados los

preparativos de la operación, querían empezarla cuanto antes. Algunos

tenían tienda abierta en la capital, y deseaban volver pronto á sus

establecimientos, donde les aguardaban los clientes. Estos trabajos

extraordinarios y patrióticos por orden del gobierno no eran dignos de

aprecio, pues se pagaban tarde y mal.

Gillespie habló rápidamente al joven vestido de mujer, para convencerse

de que vivía cerca de él, en el mismo edificio.

--Cuando terminen de afeitarme--le ordenó--suba á mi mesa y

conversaremos solos. Me inspira usted cierto interés y quiero

preguntarle algunas cosas.

Suavemente bajó la mano, no hasta su rodilla, sino hasta el mismo suelo,

procurando, que el joven no sufriese rudos vaivenes en tal descenso.

Luego se entregó á los barberos que invadían su cuerpo. Flimnap no iba á

venir, y era inútil retardar la operación.

Sintió cómo aquellos hombrecillos subían á la conquista de su rostro lo

mismo que un enjambre de insectos trepadores. Tenía ahora una escala

apoyada en cada una de sus rodillas; sobre los muslos se alzaban otras

escalas más grandes, cuyo remate venía á apoyarse en sus hombros, y por

todas ellas se desarrollaba un continuo subir y bajar de seres

diminutos, agitándose como marineros que preparan una maniobra.

En cada uno de sus hombros se colocó un grupo de aquellos siervos medio

desnudos que se dedicaban á los trabajos de fuerza. Manteniéndose sobre

estos lomos, curvos, resbaladizos y cubiertos de tela en la que hundían

sus pies, fueron desenvolviendo dos rollos de cable. Partieron de abajo

unos silbidos de aviso, y poco á poco izaron, á fuerza de bíceps, una

enorme lona cuadrada, que servía de toldo en el patio del palacio del

gobierno cuando se celebraban fiestas oficiales durante el verano. Esta

tela, gruesa y pesada como la vela mayor de uno de los antiguos navíos

de línea, la subieron lentamente, hasta que sus dos puntas quedaron

sobre los hombros del gigante, uniéndolas por detrás con varias espadas

que hacían oficio de alfileres. De este modo las ropas del

Hombre-Montaña quedaban á cubierto de toda mancha durante la laboriosa

operación.

Los barberos eran mujeres y pasaban de una docena. El más antiguo de

ellos, de pie en uno de los hombros y rodeado de sus camaradas, daba

órdenes como un arquitecto que, montado en un andamio, examina y dispone

la reparación de una catedral.

Empezaron los hombres de fuerza á tirar de otras cuerdas para subir al

extremo de ellas grandes cubos llenos de un líquido blanco y espeso. Al

mismo tiempo, por las escalas ascendían nuevos servidores llevando unas

escobas de crin sostenidas por mangos larguísimos. Estas escobas fueron

metidas en los cubos desbordantes de jabón líquido, y los servidores

empezaron á embadurnar con ellas las mejillas del gigante, consiguiendo,

después de una enérgica rotación, dejarlas cubiertas de colinas de

espuma.

La muchedumbre rió al ver la cara del coloso adornada con estas vedijas

blancas, y tal fué su entusiasmo, que, rompiendo con irresistible empuje

la línea de jinetes, llegó hasta muy cerca de los enormes pies.

Mientras tanto, los maestros barberos empuñaban dos largos palos

rematados por hojas férreas, á modo de guadañas bien afiladas, que iban

á limpiar el rostro del gigante de su dura vegetación. Cada uno de los

aparatos era manejado por tres barberos, que rascaban con energía este

cutis humano más grueso que el de un elefante del país, llevándose una

gruesa ola de espuma, con las cañas negras de los pelos cortadas al

mismo tiempo.

Abajo, en torno de las piernas del Hombre-Montaña, el desorden iba en

aumento. Los jinetes eran escasos para contener la creciente muchedumbre

de curiosos. Además hacían mayor la confusión muchas familias de la alta

sociedad, que, al enterarse por los periódicos de un espectáculo tan

inesperado, llegaban ansiosamente sobre sus rápidos vehículos. Estas

gentes privilegiadas se iban colocando junto al coloso, sin que los

oficiales de la policía se atreviesen á hacerles retroceder.

Los barberos que trabajaban en una de las mejillas de Edwin, viendo su

guadaña completamente cubierta de espuma, creyeron necesario limpiarla

con un palo antes de continuar su labor.

--¡Atención los de abajo!--gritó el más prudente.

Y desde la considerable altura de los hombros del gigante se desplomó

una bola espesa de jabón del tamaño de dos ó tres pigmeos. Este

proyectil atravesó el espacio como un bólido semilíquido, cayendo

precisamente sobre uno de aquellos jinetes barbudos y de voz atiplada

que movían su alfanje para que retrocediese la muchedumbre. ¡¡Chap!!...

El caballo dobló sus rodillas bajo el choque, para volver á levantarse

encabritado, emprendiéndola á coces con los curiosos más próximos.

Mientras tanto, el guerrero vestido de mujer hacía esfuerzos por

librarse de aquella envoltura pegajosa, en la que flotaban unos cañones

duros, negros y cortos.

En el lado opuesto ocurría al mismo tiempo una catástrofe semejante.

Acababa de llegar en su litera, llevada por cuatro esclavos, la esposa

masculina del Gran Tesorero de la República: un varón bajo de estatura,

cuadrado de espaldas, barrigudo, y que asomaba su barba de pelos recios

entre blancas tocas.

--¡Ojo con lo que cae!--gritó otro barbero al limpiar su guadaña.

Y la nube de jabón vino á desplomarse precisamente sobre la litera de Su

Excelencia, que se volcó bajo el golpe, derribando á dos de sus

portadores.

Tales incidentes obligaron á los jinetes de la policía á dar una carga,

haciendo retroceder á la muchedumbre. Volvió á abrirse un ancho espacio

en torno al coloso, y sólo quedaron en este lugar descubierto los

vehículos de las gentes distinguidas.

Así pudieron los barberos continuar tranquilamente el rasuramiento de

Edwin, dejando caer sus proyectiles de espuma densa, que al esparcirse

sobre la tierra hacían saltar inquietos y asustados á los corceles de

los guardias. Cuando dieron por terminada esta operación, se dedicaron

al corte de los cabellos del gigante, trabajo más rudo y peligroso.

Armados de un sable corvo que llevaban sostenido entre los dientes, iban

trepando por las laderas del cráneo, agarrándose á los haces de cabellos

como si fuesen los matorrales de una montaña. Luego, apoyándose

solamente en una mano y blandiendo la cimitarra con la otra, daban

golpes á diestro y siniestro en la espesa vegetación. Este trabajo

divirtió más al público que el anterior, á causa de la destreza de los

trepadores y del peligro que arrostraban. Podían matarse si perdían pie

á tan enorme altura.

Un gran personaje distrajo momentáneamente la atención de los curiosos.

Se abrió ancho camino en la muchedumbre para dejar paso hasta el espacio

descubierto á un carruajito de dos ruedas, en figura de concha, tirado

por tres esclavos melancólicos que llevaban por toda vestidura un trapo

en torno á sus vientres. Estas bestias humanas iban guiadas por una

mujer, seca de cuerpo, con nariz aquilina, ojos imperiosos y un látigo

en la diestra. La corona de laurel que adornaba sus sienes sirvió para

que la reconociesen hasta aquellos que habían llegado recientemente á la

capital.

--Es Golbasto; es el poeta--decían todos mirándola con admiración.

Ella atravesó el gentío sonriendo protectoramente como un dios, pasó

igualmente entre los oficiales hembras, que la saludaban como á una

gloria nacional, y consideró que debía colocarse por su rango á la

cabeza de todos los vehículos privilegiados, ó sea junto á las piernas

del gigante.

Las gentes distinguidas dejaron de mirar al Hombre-Montaña para fijarse

en el gran poeta, y esto hizo que Golbasto creyese necesario murmurar

algunas palabras, como si fueran dirigidas á ella misma, para

corresponder al homenaje mudo de sus admiradores. Sus ojos,

acostumbrados á las vertiginosas alturas de la sublimidad ideal, se

remontaron por los perfiles de la masa grosera del gigante hasta llegar

á la cúspide donde trabajaban los barberos hembras.

--¡Qué audacia! ¡Qué seguridad!--dijo con una voz cantante que parecía

exigir acompañamiento de liras--. Únicamente las mujeres son capaces de

realizar un trabajo tan arriesgado.

Así como los barberos iban cortando la vegetación capilar, la

amontonaban en haces, atando éstos con un cabello suelto, lo mismo que

si fuesen gavillas de trigo. Ya eran tantos, que los segadores se movían

con dificultad, y uno de ellos empujó involuntariamente uno de los

haces, haciéndolo rodar por las laderas del cráneo.

Gritó, agitando su sable, para avisar el peligro; pero la pesada gavilla

fué más rápida que su voz, y vino á caer sobre la poetisa, doblándola

bajo su fardo asfixiante. Corrieron á salvarla los oficiales que habían

echado pie á tierra y muchos de los curiosos privilegiados. La gloriosa

mujer daba chillidos creyéndose herida de muerte, y la muchedumbre, á

pesar de su admiración, acabó por reir de ella con alegre irreverencia.

Al verse sentada otra vez en su carruaje, libre de aquella avalancha

fustigadora, igual á un haz enorme de cañas, el susto que había sufrido

se convirtió en orgullosa cólera.

--¡Animal grosero!--gritó enseñando el puño á Gillespie, como si éste

fuese el autor del atentado contra su divina persona--.

¡Hipopótamo-Montaña!... ¡Hombre habías de ser!... ¡Y pensar que un gran

pueblo se interesa por ti!...

Enardeciéndose con sus propias palabras, dió un fuerte latigazo á una de

las pantorrillas del gigante. Después envolvió en otro latigazo á sus

tres corceles humanos, y éstos, que conocían el idioma de la

flagelación, salieron al trote, haciendo pasar el carruajito entre la

muchedumbre.

La agresividad de la poetisa casi originó una catástrofe.

El Hombre-Montaña, al sentir el escozor del latigazo en una pantorrilla,

se llevó á ella ambas manos, inclinándose. Los que trabajaban en la

cúspide de su cráneo perdieron el equilibrio, agarrándose á tiempo á las

fuertes malezas capilares para no derrumbarse de una altura mortal. Dos

hombres forzudos que estaban sobre un hombro cayeron de cabeza, y se

hubieran hecho pedazos en el suelo de no quedar detenidos por un pliegue

de la enorme lona que cubría el pecho del gigante.

La escala apoyada en una de sus rodillas perdió el equilibrio,

derribando de sus corceles á tres de los jinetes barbudos y dejándoles

mal heridos. Varios de sus compañeros desmontaron para llevarlos al

hospital más próximo.

Descendieron los barberos de la cabeza del gigante, declarando terminada

la operación. La caballería dió una carga para ensanchar el trozo de

terreno libre y que el Hombre-Montaña pudiera levantarse, volviendo á su

vivienda sin aplastar á los curiosos.

Así terminó el trabajo barberil, y la muchedumbre empezó á retirarse

satisfecha de lo que había visto y proponiéndose volver á presenciarlo

tan pronto como lo anunciasen los periódicos.

Comió Gillespie á mediodía, sin que el profesor Flimnap apareciese sobre

su mesa. Varias veces giró su vista en torno, buscando al hombrecito de

vestiduras femeniles que tan semejante era á él. Alcanzó á distinguir en

diversos lugares de la Galería, entre los esclavos ligeros de ropas que

formaban su servidumbre, otros varones encargados de labores menos rudas

y que iban con trajes de mujer, lo mismo que el protegido del profesor

Flimnap. Pero sentado á la mesa como estaba, por más que puso la lente

aumentadora ante uno de sus ojos, no pudo reconocer al tal joven en

ninguno de los hombres envueltos en velos que pasaban por cerca de él,

ni tampoco entre los que se movían en el fondo del edificio, donde

estaban las enormes despensas para su manutención.

Deseoso de verle, empezó á gritar lo mismo que en la mañana, seguro de

que el traductor vendría en su auxilio.

--¡Profesor Flimnap!... ¡Que busquen al profesor Flimnap!

Los numerosos pigmeos se miraron inquietos al oir este trueno que hacía

temblar el techo, profiriendo palabras incomprensibles. Al fin, por uno

de los cuatro escotillones que daban salida á los caminos en rampa

arrollados en torno á las patas de la mesa, vió aparecer al mismo

hombrecillo que le había hablado horas antes.

Llegaba con el rostro oculto por sus tocas, y sin esperar á que

Gillespie le preguntase, explicó á gritos la larga ausencia de Flimnap.

Este había tenido que salir en las primeras horas de la mañana para la

antigua capital de Blefuscú, pero volvería al día siguiente. Con las

máquinas voladoras era fácil dicho viaje, que en otras épocas exigía

mucho tiempo. El gobierno municipal de la citada ciudad le había llamado

urgentemente para que diese una conferencia sobre el Hombre-Montaña,

explicando sus costumbres y sus ideas.

--Esta conferencia--terminó diciendo el pigmeo--se la pagan

espléndidamente, y como el doctor es pobre, no ha creído sensato

rechazar la invitación. Parece que en otras ciudades importantes desean

oirle también, y le retribuirán con no menos generosidad. Celebro que el

ilustre profesor gane con esto más dinero que con sus libros. ¡Es tan

bueno y merece tanto que la fortuna le proteja!...

Pero Gillespie no sentía en este momento ningún interés por su primitivo

traductor. Lo que le preocupaba era enterarse de la verdadera

personalidad del hombrecillo que tenía ante él.

Como si adivinase sus deseos, apartó el joven los velos que le cubrían

el rostro, y Gillespie se llevó inmediatamente á un ojo la lente

regalada por Flimnap.

Pudo ver entonces con dimensiones agrandadas, casi del tamaño de un

hombre de su especie, á este pigmeo tan interesante para él. Era,

efectivamente, un Edwin Gillespie igual al que meses antes vivía en

California, pero grotescamente disfrazado con vestiduras femeniles. El

gigante, después de contemplar tan maravillosa semejanza, dejó sobre su

mesa la gran rodaja de cristal y puso un gesto severo, como si

pretendiese intimidar al hombrecillo.

--¿Se ha fijado usted--le dijo--en la semejanza que existe entre

nosotros dos?

--Sí, gentleman; al principio fué para mí un presentimiento más que una

realidad. Las facciones de usted resultan tan enormes para nuestra

vista, que la tal semejanza parecía diluirse en el espacio, y mis ojos

no llegaban á abarcarla. Pero el doctor Flimnap tuvo la atención de

prestarme una mañana la lente que usa, y pude apreciar el rostro de

usted como si fuese el de un hombre de mi especie. Le confieso que

nuestro parecido me causó un asombro igual al que usted muestra ahora.

Gillespie, que después de su primera extrañeza empezaba á sentirse algo

ofendido por el hecho de que este animalejo humano se atreviese á

parecerse á él, dijo con brusquedad:

--¿Quién es usted?... ¿Cómo se llama?...

--Mi nombre es Ra-Ra, y en cuanto á familia, tuve una en otro tiempo y

fué de las más ilustres de este país; pero ahora me conviene no

acordarme de ella.

Hubo tal expresión de melancolía en la voz del pigmeo al decir esto, que

Gillespie no se atrevió á insistir acerca de su familia, y dió otro

curso á su curiosidad.

--¿Cómo sabe usted el inglés? ¿Se lo ha enseñado el profesor Flimnap?

--No; me lo enseñó mi madre, que lo hablaba tan bien como el doctor. En

mi familia era tradicional el conocimiento de esta lengua. El profesor

Flimnap se interesa por mí porque conoció á mi madre y á otros de mi

casa. Pero como el hecho de haber sido amigo de los míos casi representa

un delito, el doctor me protege ocultamente y nunca habla de mis padres.

Calló un instante, como si las tristezas de su vida anterior le

impusieran silencio. Pero vió tal curiosidad en las pupilas del coloso,

que al fin siguió hablando.

--Yo vivía oculto: mi existencia era azarosa; de un momento á otro iba á

caer en manos de los enemigos implacables de mi familia, y en tal

situación llegó usted á este país. El profesor Flimnap se ha convertido,

desde entonces, en un personaje que puede emplear á mucha gente en el

servicio del Gentleman-Montaña, y me llamó, dándome la dirección de los

hombres encargados del lecho y la despensa de usted. En este edificio,

que sólo depende del profesor y del Comité presidido por él, me

considero más seguro que si viviese en el Paraíso de las Mujeres.

Gillespie seguía mostrando la misma curiosidad en sus ojos, pues las

palabras del pigmeo no llegaban á satisfacerla.

--¿Y por qué lo persiguen á usted?--preguntó--. ¿Quiénes son sus

enemigos?

--Ya le he dicho que me llamo Ra-Ra, pero este nombre significa muy poco

para el que no conozca la historia de nuestro país. El generalísimo

Ra-Ra fué el más importante de los caudillos del emperador Eulame. A él

debió éste sus mayores victorias. El generalísimo Ra-Ra fué mi abuelo.

Cuando las mujeres hicieron lo que ellas llaman la Verdadera Revolución,

mi glorioso ascendiente, á pesar da su vejez y de su historia heroica,

fué desterrado á una isla desierta, cerca de la gran barrera de rocas y

espumas, creada por los dioses, que nadie se atreve á pasar. Allí murió

al poco tiempo.

Mi padre, que también era general, anduvo vagabundo por toda la

República, ocultando su nombre y dedicándose á los más bajos oficios

para poder vivir. En esa época de miseria, la madre del profesor Flimnap

y el mismo profesor, que sólo tiene diez años más que yo, protegieron á

mi madre. Abreviaré el relato de nuestras desventuras. Mi padre murió,

mi madre murió también poco después, y yo, gracias al profesor, conseguí

que no me dedicasen á los trabajos forzosos, como tantos otros

desdichados de mi sexo.

No quise ser una máquina de músculos, pero tampoco me plegué á lo que

exigía de mí el nuevo régimen para convertirme más adelante en la esposa

masculina de cualquiera de las mujeres triunfadoras. Flimnap me llevó á

vivir con él por algún tiempo, asegurando que yo era sobrino suyo.

¡Ojalá no hubiese entrado nunca en la Universidad Central!... Hice allí

amistades que sólo han servido para complicar mi vida, dándola mayor

tristeza.... Pero no; me arrepiento de lo que acabo de decir. La única

satisfacción de mi existencia, la sola razón de que aún siga viviendo,

proceden de una amistad que contraje durante mi época universitaria.

Luego mi conducta causó muchos disgustos al bondadoso Flimnap, y me

obligó á huir de su lado. Yo sabía lo que un hombre no debe saber en

este país. Conozco cosas que el gobierno de las mujeres necesita

mantener secretas y que representan un peligro de muerte para aquel que

las aprende.

Calló Ra-Ra, como si le turbasen los pavorosos recuerdos de su vida de

perseguido; pero el gigante tenía los ojos fijos en él, animándole á que

continuase su historia.

--Con usted, gentleman, me atrevo á hablar de lo que no hablaría con

ninguno de mi especie. Este parecido inexplicable que nos une, á mí tan

pequeño y á usted tan enorme y poderoso, me inspira confianza. Además,

¿qué interés puede tener usted en perderme? Los dos pertenecemos al

mismo sexo; usted es hombre, y no creo que encuentre muy aceptable el

gobierno de las mujeres.

Ya conocerá usted más adelante lo que es ese gobierno. Todas ellas aman

lo nuevo, y como la llegada de usted está reciente, encuentran todavía

cierto interés á su persona. Pero cuando transcurra algún tiempo, ¡quién

sabe si su suerte será peor que la mía!...

A pesar de todo lo que le cuente el bondadoso y entusiasta Flimnap, este

gobierno se muestra cruel con frecuencia, y el pueblo femenil es más

inconstante que el de los hombres en sus entusiasmos y sus adoraciones.

Yo soy de los pocos que conocen la verdad, y por lo mismo veo la tiranía

femenina tal como es.

Se interrumpió un momento para mirar con inquietud en torno de él. No

vió á nadie en la vasta planicie da la mesa; pero, á pesar de esto, le

molestaba tener que expresarse á gritos para que le entendiese el

gigante.

Ninguno de la servidumbre hablaba inglés, pero temió que anduviese por

debajo de la mesa algún universitario vagamente conocedor del idioma y

se apresurase á llevar una delación al Comité encargado de suprimir

todos los recuerdos del viejo régimen.

El gigante, para tranquilizarle, lo tomó de nuevo sobre la palma de una

mano, subiéndolo hasta la altura de sus ojos. Allí, Ra-Ra, á caballo en

un dedo y con las piernas colgantes, pudo continuar su relato.

--Yo supe la verdad sobre los tiempos anteriores al gobierno de las

mujeres por los documentos de mi familia. Mi padre dejó á mi madre un

cuaderno en el que había descrito cómo era la vida antes de lo que

llaman la Verdadera Revolución, y cómo el mundo, gobernado por los

hombres, resultaba mejor y más noble que el mundo actual.

El cuaderno estaba redactado en inglés, que era la lengua sabia en los

tiempos de Eulame, la que empleaban sus generales para los estudios

secretos, la que mi abuelo había enseñado á mi padre y éste y mi madre

me enseñaron á mí. Gracias á estar escrito en un idioma sagrado no

pudieron enterarse de su contenido las gentes ordinarias entre las

cuales pasó mi padre sus últimos años.

Mi madre nunca quiso dejármelo leer. La pobre adivinaba que su lectura

acabaría con mi tranquilidad, haciéndome infeliz por todo el resto de

mis años. Al morir ella lo recogí como única herencia, y sin saber por

qué, á impulsos de un confuso instinto, no quise enseñárselo al profesor

Flimnap.

Recuerdo aún las impresiones que experimenté cuando, viviendo al lado

del doctor, leí por primera vez sus páginas. La verdad me deslumbró: un

mundo nuevo fué abriéndose ante mis ojos. Era mentira que las mujeres

hubiesen gobernado siempre el mundo; su triunfo databa de algunos años

nada más. En cambio, ¡qué historia tan enorme y tan gloriosa la de la

dominación masculina!...

A partir de aquel momento mostré la terrible franqueza de los neófitos.

Como poseía la verdad, consideraba necesario proclamarla á gritos, y

bastó que un día, conversando con varios estudiantes hembras, dijera

solamente una pequeña parte de lo que yo sabía, para que cayese sobre mí

una serie de persecuciones que aún no ha terminado.

Momaren, el Padre de los Maestros, habló indudablemente del nieto de

Ra-Ra al _Comité de supresión del antiguo régimen._ Es un Consejo

secreto, que desde los tiempos de mi padre persigue todo aquello que

puede hacer recordar las épocas pasadas, anulándolo con una crueldad

fría ó implacable.

Tuve que huir, y he llevado hasta el presente una existencia vagabunda y

aventurera. De vez en cuando la bondad de Flimnap me ha protegido. En

los últimos días mi situación era angustiosa. El temible Consejo había

averiguado por sus espías que yo estaba de vuelta en Mildendo, ó sea lo

que llaman las triunfadoras Ciudad-Paraíso de las Mujeres. Varias veces

estuve á punto de caer en manos de sus agentes. Si esto ocurre alguna

vez, me llevarán á morir en un islote inmediato á la gran barrera, como

murió mi abuelo. Pero la intervención de Flimnap sirvió, como ya dije,

para que yo encontrase un refugio aquí, donde me considero casi seguro.

Tal vez se preguntará usted, gentleman, por qué razón vuelvo á la

capital y me empeño en vivir en ella, estando aquí el terrible Consejo

que me persigue. Nuestra vida nunca es rectilínea ni la gobierna la

lógica. En el país de los Hombres Montañas es posible que ocurra lo

mismo. Los hombres tenemos un corazón que es á la vez el origen de

nuestras desdichas y de nuestras felicidades. No podemos existir sin la

mujer, y vamos allá donde ella vive, aunque esto equivalga á marchar al

encuentro del peligro.

Gillespie miró con nuevo interés al pigmeo. ¡Quién podía sospechar que

este animalejo tuviese unos sentimientos iguales á los suyos!... Le

pareció verse á sí mismo cuando se lamentaba á solas en Los Ángeles,

después de la desaparición de miss Margaret.

La melancolía de Ra-Ra se transmitió á él. La imagen de su novia

americana pasó por su recuerdo con tal intensidad, que hasta creyó verla

corporalmente, aspirando su perfume. Pero á continuación cayó en una

tristeza desesperada al contemplarse en este país inverosímil, sometido

á una esclavitud ridícula, sujeto á los caprichos de una humanidad

inferior.

Le tembló la mano á causa de tales emociones, y Ra-Ra tuvo que apretar

sus piernas sobre el dedo que le servía de asiento y agarrarse á él para

no caer.

Como Gillespie deseaba olvidar su propia situación, siguió haciendo

preguntas para conocer toda la historia del pigmeo.

--¿Y cómo ha podido usted seguir vagando por esta tierra sin caer en

manos de sus enemigos?... ¿Cómo logró mantenerse sin trabajar?

El paraiso de las mujeres Novela · 第 9 / 22 段