preparativos de la operación, querían empezarla cuanto antes. Algunos
tenían tienda abierta en la capital, y deseaban volver pronto á sus
establecimientos, donde les aguardaban los clientes. Estos trabajos
extraordinarios y patrióticos por orden del gobierno no eran dignos de
aprecio, pues se pagaban tarde y mal.
Gillespie habló rápidamente al joven vestido de mujer, para convencerse
de que vivía cerca de él, en el mismo edificio.
--Cuando terminen de afeitarme--le ordenó--suba á mi mesa y
conversaremos solos. Me inspira usted cierto interés y quiero
preguntarle algunas cosas.
Suavemente bajó la mano, no hasta su rodilla, sino hasta el mismo suelo,
procurando, que el joven no sufriese rudos vaivenes en tal descenso.
Luego se entregó á los barberos que invadían su cuerpo. Flimnap no iba á
venir, y era inútil retardar la operación.
Sintió cómo aquellos hombrecillos subían á la conquista de su rostro lo
mismo que un enjambre de insectos trepadores. Tenía ahora una escala
apoyada en cada una de sus rodillas; sobre los muslos se alzaban otras
escalas más grandes, cuyo remate venía á apoyarse en sus hombros, y por
todas ellas se desarrollaba un continuo subir y bajar de seres
diminutos, agitándose como marineros que preparan una maniobra.
En cada uno de sus hombros se colocó un grupo de aquellos siervos medio
desnudos que se dedicaban á los trabajos de fuerza. Manteniéndose sobre
estos lomos, curvos, resbaladizos y cubiertos de tela en la que hundían
sus pies, fueron desenvolviendo dos rollos de cable. Partieron de abajo
unos silbidos de aviso, y poco á poco izaron, á fuerza de bíceps, una
enorme lona cuadrada, que servía de toldo en el patio del palacio del
gobierno cuando se celebraban fiestas oficiales durante el verano. Esta
tela, gruesa y pesada como la vela mayor de uno de los antiguos navíos
de línea, la subieron lentamente, hasta que sus dos puntas quedaron
sobre los hombros del gigante, uniéndolas por detrás con varias espadas
que hacían oficio de alfileres. De este modo las ropas del
Hombre-Montaña quedaban á cubierto de toda mancha durante la laboriosa
operación.
Los barberos eran mujeres y pasaban de una docena. El más antiguo de
ellos, de pie en uno de los hombros y rodeado de sus camaradas, daba
órdenes como un arquitecto que, montado en un andamio, examina y dispone
la reparación de una catedral.
Empezaron los hombres de fuerza á tirar de otras cuerdas para subir al
extremo de ellas grandes cubos llenos de un líquido blanco y espeso. Al
mismo tiempo, por las escalas ascendían nuevos servidores llevando unas
escobas de crin sostenidas por mangos larguísimos. Estas escobas fueron
metidas en los cubos desbordantes de jabón líquido, y los servidores
empezaron á embadurnar con ellas las mejillas del gigante, consiguiendo,
después de una enérgica rotación, dejarlas cubiertas de colinas de
espuma.
La muchedumbre rió al ver la cara del coloso adornada con estas vedijas
blancas, y tal fué su entusiasmo, que, rompiendo con irresistible empuje
la línea de jinetes, llegó hasta muy cerca de los enormes pies.
Mientras tanto, los maestros barberos empuñaban dos largos palos
rematados por hojas férreas, á modo de guadañas bien afiladas, que iban
á limpiar el rostro del gigante de su dura vegetación. Cada uno de los
aparatos era manejado por tres barberos, que rascaban con energía este
cutis humano más grueso que el de un elefante del país, llevándose una
gruesa ola de espuma, con las cañas negras de los pelos cortadas al
mismo tiempo.
Abajo, en torno de las piernas del Hombre-Montaña, el desorden iba en
aumento. Los jinetes eran escasos para contener la creciente muchedumbre
de curiosos. Además hacían mayor la confusión muchas familias de la alta
sociedad, que, al enterarse por los periódicos de un espectáculo tan
inesperado, llegaban ansiosamente sobre sus rápidos vehículos. Estas
gentes privilegiadas se iban colocando junto al coloso, sin que los
oficiales de la policía se atreviesen á hacerles retroceder.
Los barberos que trabajaban en una de las mejillas de Edwin, viendo su
guadaña completamente cubierta de espuma, creyeron necesario limpiarla
con un palo antes de continuar su labor.
--¡Atención los de abajo!--gritó el más prudente.
Y desde la considerable altura de los hombros del gigante se desplomó
una bola espesa de jabón del tamaño de dos ó tres pigmeos. Este
proyectil atravesó el espacio como un bólido semilíquido, cayendo
precisamente sobre uno de aquellos jinetes barbudos y de voz atiplada
que movían su alfanje para que retrocediese la muchedumbre. ¡¡Chap!!...
El caballo dobló sus rodillas bajo el choque, para volver á levantarse
encabritado, emprendiéndola á coces con los curiosos más próximos.
Mientras tanto, el guerrero vestido de mujer hacía esfuerzos por
librarse de aquella envoltura pegajosa, en la que flotaban unos cañones
duros, negros y cortos.
En el lado opuesto ocurría al mismo tiempo una catástrofe semejante.
Acababa de llegar en su litera, llevada por cuatro esclavos, la esposa
masculina del Gran Tesorero de la República: un varón bajo de estatura,
cuadrado de espaldas, barrigudo, y que asomaba su barba de pelos recios
entre blancas tocas.
--¡Ojo con lo que cae!--gritó otro barbero al limpiar su guadaña.
Y la nube de jabón vino á desplomarse precisamente sobre la litera de Su
Excelencia, que se volcó bajo el golpe, derribando á dos de sus
portadores.
Tales incidentes obligaron á los jinetes de la policía á dar una carga,
haciendo retroceder á la muchedumbre. Volvió á abrirse un ancho espacio
en torno al coloso, y sólo quedaron en este lugar descubierto los
vehículos de las gentes distinguidas.
Así pudieron los barberos continuar tranquilamente el rasuramiento de
Edwin, dejando caer sus proyectiles de espuma densa, que al esparcirse
sobre la tierra hacían saltar inquietos y asustados á los corceles de
los guardias. Cuando dieron por terminada esta operación, se dedicaron
al corte de los cabellos del gigante, trabajo más rudo y peligroso.
Armados de un sable corvo que llevaban sostenido entre los dientes, iban
trepando por las laderas del cráneo, agarrándose á los haces de cabellos
como si fuesen los matorrales de una montaña. Luego, apoyándose
solamente en una mano y blandiendo la cimitarra con la otra, daban
golpes á diestro y siniestro en la espesa vegetación. Este trabajo
divirtió más al público que el anterior, á causa de la destreza de los
trepadores y del peligro que arrostraban. Podían matarse si perdían pie
á tan enorme altura.
Un gran personaje distrajo momentáneamente la atención de los curiosos.
Se abrió ancho camino en la muchedumbre para dejar paso hasta el espacio
descubierto á un carruajito de dos ruedas, en figura de concha, tirado
por tres esclavos melancólicos que llevaban por toda vestidura un trapo
en torno á sus vientres. Estas bestias humanas iban guiadas por una
mujer, seca de cuerpo, con nariz aquilina, ojos imperiosos y un látigo
en la diestra. La corona de laurel que adornaba sus sienes sirvió para
que la reconociesen hasta aquellos que habían llegado recientemente á la
capital.
--Es Golbasto; es el poeta--decían todos mirándola con admiración.
Ella atravesó el gentío sonriendo protectoramente como un dios, pasó
igualmente entre los oficiales hembras, que la saludaban como á una
gloria nacional, y consideró que debía colocarse por su rango á la
cabeza de todos los vehículos privilegiados, ó sea junto á las piernas
del gigante.
Las gentes distinguidas dejaron de mirar al Hombre-Montaña para fijarse
en el gran poeta, y esto hizo que Golbasto creyese necesario murmurar
algunas palabras, como si fueran dirigidas á ella misma, para
corresponder al homenaje mudo de sus admiradores. Sus ojos,
acostumbrados á las vertiginosas alturas de la sublimidad ideal, se
remontaron por los perfiles de la masa grosera del gigante hasta llegar
á la cúspide donde trabajaban los barberos hembras.
--¡Qué audacia! ¡Qué seguridad!--dijo con una voz cantante que parecía
exigir acompañamiento de liras--. Únicamente las mujeres son capaces de
realizar un trabajo tan arriesgado.
Así como los barberos iban cortando la vegetación capilar, la
amontonaban en haces, atando éstos con un cabello suelto, lo mismo que
si fuesen gavillas de trigo. Ya eran tantos, que los segadores se movían
con dificultad, y uno de ellos empujó involuntariamente uno de los
haces, haciéndolo rodar por las laderas del cráneo.
Gritó, agitando su sable, para avisar el peligro; pero la pesada gavilla
fué más rápida que su voz, y vino á caer sobre la poetisa, doblándola
bajo su fardo asfixiante. Corrieron á salvarla los oficiales que habían
echado pie á tierra y muchos de los curiosos privilegiados. La gloriosa
mujer daba chillidos creyéndose herida de muerte, y la muchedumbre, á
pesar de su admiración, acabó por reir de ella con alegre irreverencia.
Al verse sentada otra vez en su carruaje, libre de aquella avalancha
fustigadora, igual á un haz enorme de cañas, el susto que había sufrido
se convirtió en orgullosa cólera.
--¡Animal grosero!--gritó enseñando el puño á Gillespie, como si éste
fuese el autor del atentado contra su divina persona--.
¡Hipopótamo-Montaña!... ¡Hombre habías de ser!... ¡Y pensar que un gran
pueblo se interesa por ti!...
Enardeciéndose con sus propias palabras, dió un fuerte latigazo á una de
las pantorrillas del gigante. Después envolvió en otro latigazo á sus
tres corceles humanos, y éstos, que conocían el idioma de la
flagelación, salieron al trote, haciendo pasar el carruajito entre la
muchedumbre.
La agresividad de la poetisa casi originó una catástrofe.
El Hombre-Montaña, al sentir el escozor del latigazo en una pantorrilla,
se llevó á ella ambas manos, inclinándose. Los que trabajaban en la
cúspide de su cráneo perdieron el equilibrio, agarrándose á tiempo á las
fuertes malezas capilares para no derrumbarse de una altura mortal. Dos
hombres forzudos que estaban sobre un hombro cayeron de cabeza, y se
hubieran hecho pedazos en el suelo de no quedar detenidos por un pliegue
de la enorme lona que cubría el pecho del gigante.
La escala apoyada en una de sus rodillas perdió el equilibrio,
derribando de sus corceles á tres de los jinetes barbudos y dejándoles
mal heridos. Varios de sus compañeros desmontaron para llevarlos al
hospital más próximo.
Descendieron los barberos de la cabeza del gigante, declarando terminada
la operación. La caballería dió una carga para ensanchar el trozo de
terreno libre y que el Hombre-Montaña pudiera levantarse, volviendo á su
vivienda sin aplastar á los curiosos.
Así terminó el trabajo barberil, y la muchedumbre empezó á retirarse
satisfecha de lo que había visto y proponiéndose volver á presenciarlo
tan pronto como lo anunciasen los periódicos.
Comió Gillespie á mediodía, sin que el profesor Flimnap apareciese sobre
su mesa. Varias veces giró su vista en torno, buscando al hombrecito de
vestiduras femeniles que tan semejante era á él. Alcanzó á distinguir en
diversos lugares de la Galería, entre los esclavos ligeros de ropas que
formaban su servidumbre, otros varones encargados de labores menos rudas
y que iban con trajes de mujer, lo mismo que el protegido del profesor
Flimnap. Pero sentado á la mesa como estaba, por más que puso la lente
aumentadora ante uno de sus ojos, no pudo reconocer al tal joven en
ninguno de los hombres envueltos en velos que pasaban por cerca de él,
ni tampoco entre los que se movían en el fondo del edificio, donde
estaban las enormes despensas para su manutención.
Deseoso de verle, empezó á gritar lo mismo que en la mañana, seguro de
que el traductor vendría en su auxilio.
--¡Profesor Flimnap!... ¡Que busquen al profesor Flimnap!
Los numerosos pigmeos se miraron inquietos al oir este trueno que hacía
temblar el techo, profiriendo palabras incomprensibles. Al fin, por uno
de los cuatro escotillones que daban salida á los caminos en rampa
arrollados en torno á las patas de la mesa, vió aparecer al mismo
hombrecillo que le había hablado horas antes.
Llegaba con el rostro oculto por sus tocas, y sin esperar á que
Gillespie le preguntase, explicó á gritos la larga ausencia de Flimnap.
Este había tenido que salir en las primeras horas de la mañana para la
antigua capital de Blefuscú, pero volvería al día siguiente. Con las
máquinas voladoras era fácil dicho viaje, que en otras épocas exigía
mucho tiempo. El gobierno municipal de la citada ciudad le había llamado
urgentemente para que diese una conferencia sobre el Hombre-Montaña,
explicando sus costumbres y sus ideas.
--Esta conferencia--terminó diciendo el pigmeo--se la pagan
espléndidamente, y como el doctor es pobre, no ha creído sensato
rechazar la invitación. Parece que en otras ciudades importantes desean
oirle también, y le retribuirán con no menos generosidad. Celebro que el
ilustre profesor gane con esto más dinero que con sus libros. ¡Es tan
bueno y merece tanto que la fortuna le proteja!...
Pero Gillespie no sentía en este momento ningún interés por su primitivo
traductor. Lo que le preocupaba era enterarse de la verdadera
personalidad del hombrecillo que tenía ante él.
Como si adivinase sus deseos, apartó el joven los velos que le cubrían
el rostro, y Gillespie se llevó inmediatamente á un ojo la lente
regalada por Flimnap.
Pudo ver entonces con dimensiones agrandadas, casi del tamaño de un
hombre de su especie, á este pigmeo tan interesante para él. Era,
efectivamente, un Edwin Gillespie igual al que meses antes vivía en
California, pero grotescamente disfrazado con vestiduras femeniles. El
gigante, después de contemplar tan maravillosa semejanza, dejó sobre su
mesa la gran rodaja de cristal y puso un gesto severo, como si
pretendiese intimidar al hombrecillo.
--¿Se ha fijado usted--le dijo--en la semejanza que existe entre
nosotros dos?
--Sí, gentleman; al principio fué para mí un presentimiento más que una
realidad. Las facciones de usted resultan tan enormes para nuestra
vista, que la tal semejanza parecía diluirse en el espacio, y mis ojos
no llegaban á abarcarla. Pero el doctor Flimnap tuvo la atención de
prestarme una mañana la lente que usa, y pude apreciar el rostro de
usted como si fuese el de un hombre de mi especie. Le confieso que
nuestro parecido me causó un asombro igual al que usted muestra ahora.
Gillespie, que después de su primera extrañeza empezaba á sentirse algo
ofendido por el hecho de que este animalejo humano se atreviese á
parecerse á él, dijo con brusquedad:
--¿Quién es usted?... ¿Cómo se llama?...
--Mi nombre es Ra-Ra, y en cuanto á familia, tuve una en otro tiempo y
fué de las más ilustres de este país; pero ahora me conviene no
acordarme de ella.
Hubo tal expresión de melancolía en la voz del pigmeo al decir esto, que
Gillespie no se atrevió á insistir acerca de su familia, y dió otro
curso á su curiosidad.
--¿Cómo sabe usted el inglés? ¿Se lo ha enseñado el profesor Flimnap?
--No; me lo enseñó mi madre, que lo hablaba tan bien como el doctor. En
mi familia era tradicional el conocimiento de esta lengua. El profesor
Flimnap se interesa por mí porque conoció á mi madre y á otros de mi
casa. Pero como el hecho de haber sido amigo de los míos casi representa
un delito, el doctor me protege ocultamente y nunca habla de mis padres.
Calló un instante, como si las tristezas de su vida anterior le
impusieran silencio. Pero vió tal curiosidad en las pupilas del coloso,
que al fin siguió hablando.
--Yo vivía oculto: mi existencia era azarosa; de un momento á otro iba á
caer en manos de los enemigos implacables de mi familia, y en tal
situación llegó usted á este país. El profesor Flimnap se ha convertido,
desde entonces, en un personaje que puede emplear á mucha gente en el
servicio del Gentleman-Montaña, y me llamó, dándome la dirección de los
hombres encargados del lecho y la despensa de usted. En este edificio,
que sólo depende del profesor y del Comité presidido por él, me
considero más seguro que si viviese en el Paraíso de las Mujeres.
Gillespie seguía mostrando la misma curiosidad en sus ojos, pues las
palabras del pigmeo no llegaban á satisfacerla.
--¿Y por qué lo persiguen á usted?--preguntó--. ¿Quiénes son sus
enemigos?
--Ya le he dicho que me llamo Ra-Ra, pero este nombre significa muy poco
para el que no conozca la historia de nuestro país. El generalísimo
Ra-Ra fué el más importante de los caudillos del emperador Eulame. A él
debió éste sus mayores victorias. El generalísimo Ra-Ra fué mi abuelo.
Cuando las mujeres hicieron lo que ellas llaman la Verdadera Revolución,
mi glorioso ascendiente, á pesar da su vejez y de su historia heroica,
fué desterrado á una isla desierta, cerca de la gran barrera de rocas y
espumas, creada por los dioses, que nadie se atreve á pasar. Allí murió
al poco tiempo.
Mi padre, que también era general, anduvo vagabundo por toda la
República, ocultando su nombre y dedicándose á los más bajos oficios
para poder vivir. En esa época de miseria, la madre del profesor Flimnap
y el mismo profesor, que sólo tiene diez años más que yo, protegieron á
mi madre. Abreviaré el relato de nuestras desventuras. Mi padre murió,
mi madre murió también poco después, y yo, gracias al profesor, conseguí
que no me dedicasen á los trabajos forzosos, como tantos otros
desdichados de mi sexo.
No quise ser una máquina de músculos, pero tampoco me plegué á lo que
exigía de mí el nuevo régimen para convertirme más adelante en la esposa
masculina de cualquiera de las mujeres triunfadoras. Flimnap me llevó á
vivir con él por algún tiempo, asegurando que yo era sobrino suyo.
¡Ojalá no hubiese entrado nunca en la Universidad Central!... Hice allí
amistades que sólo han servido para complicar mi vida, dándola mayor
tristeza.... Pero no; me arrepiento de lo que acabo de decir. La única
satisfacción de mi existencia, la sola razón de que aún siga viviendo,
proceden de una amistad que contraje durante mi época universitaria.
Luego mi conducta causó muchos disgustos al bondadoso Flimnap, y me
obligó á huir de su lado. Yo sabía lo que un hombre no debe saber en
este país. Conozco cosas que el gobierno de las mujeres necesita
mantener secretas y que representan un peligro de muerte para aquel que
las aprende.
Calló Ra-Ra, como si le turbasen los pavorosos recuerdos de su vida de
perseguido; pero el gigante tenía los ojos fijos en él, animándole á que
continuase su historia.
--Con usted, gentleman, me atrevo á hablar de lo que no hablaría con
ninguno de mi especie. Este parecido inexplicable que nos une, á mí tan
pequeño y á usted tan enorme y poderoso, me inspira confianza. Además,
¿qué interés puede tener usted en perderme? Los dos pertenecemos al
mismo sexo; usted es hombre, y no creo que encuentre muy aceptable el
gobierno de las mujeres.
Ya conocerá usted más adelante lo que es ese gobierno. Todas ellas aman
lo nuevo, y como la llegada de usted está reciente, encuentran todavía
cierto interés á su persona. Pero cuando transcurra algún tiempo, ¡quién
sabe si su suerte será peor que la mía!...
A pesar de todo lo que le cuente el bondadoso y entusiasta Flimnap, este
gobierno se muestra cruel con frecuencia, y el pueblo femenil es más
inconstante que el de los hombres en sus entusiasmos y sus adoraciones.
Yo soy de los pocos que conocen la verdad, y por lo mismo veo la tiranía
femenina tal como es.
Se interrumpió un momento para mirar con inquietud en torno de él. No
vió á nadie en la vasta planicie da la mesa; pero, á pesar de esto, le
molestaba tener que expresarse á gritos para que le entendiese el
gigante.
Ninguno de la servidumbre hablaba inglés, pero temió que anduviese por
debajo de la mesa algún universitario vagamente conocedor del idioma y
se apresurase á llevar una delación al Comité encargado de suprimir
todos los recuerdos del viejo régimen.
El gigante, para tranquilizarle, lo tomó de nuevo sobre la palma de una
mano, subiéndolo hasta la altura de sus ojos. Allí, Ra-Ra, á caballo en
un dedo y con las piernas colgantes, pudo continuar su relato.
--Yo supe la verdad sobre los tiempos anteriores al gobierno de las
mujeres por los documentos de mi familia. Mi padre dejó á mi madre un
cuaderno en el que había descrito cómo era la vida antes de lo que
llaman la Verdadera Revolución, y cómo el mundo, gobernado por los
hombres, resultaba mejor y más noble que el mundo actual.
El cuaderno estaba redactado en inglés, que era la lengua sabia en los
tiempos de Eulame, la que empleaban sus generales para los estudios
secretos, la que mi abuelo había enseñado á mi padre y éste y mi madre
me enseñaron á mí. Gracias á estar escrito en un idioma sagrado no
pudieron enterarse de su contenido las gentes ordinarias entre las
cuales pasó mi padre sus últimos años.
Mi madre nunca quiso dejármelo leer. La pobre adivinaba que su lectura
acabaría con mi tranquilidad, haciéndome infeliz por todo el resto de
mis años. Al morir ella lo recogí como única herencia, y sin saber por
qué, á impulsos de un confuso instinto, no quise enseñárselo al profesor
Flimnap.
Recuerdo aún las impresiones que experimenté cuando, viviendo al lado
del doctor, leí por primera vez sus páginas. La verdad me deslumbró: un
mundo nuevo fué abriéndose ante mis ojos. Era mentira que las mujeres
hubiesen gobernado siempre el mundo; su triunfo databa de algunos años
nada más. En cambio, ¡qué historia tan enorme y tan gloriosa la de la
dominación masculina!...
A partir de aquel momento mostré la terrible franqueza de los neófitos.
Como poseía la verdad, consideraba necesario proclamarla á gritos, y
bastó que un día, conversando con varios estudiantes hembras, dijera
solamente una pequeña parte de lo que yo sabía, para que cayese sobre mí
una serie de persecuciones que aún no ha terminado.
Momaren, el Padre de los Maestros, habló indudablemente del nieto de
Ra-Ra al _Comité de supresión del antiguo régimen._ Es un Consejo
secreto, que desde los tiempos de mi padre persigue todo aquello que
puede hacer recordar las épocas pasadas, anulándolo con una crueldad
fría ó implacable.
Tuve que huir, y he llevado hasta el presente una existencia vagabunda y
aventurera. De vez en cuando la bondad de Flimnap me ha protegido. En
los últimos días mi situación era angustiosa. El temible Consejo había
averiguado por sus espías que yo estaba de vuelta en Mildendo, ó sea lo
que llaman las triunfadoras Ciudad-Paraíso de las Mujeres. Varias veces
estuve á punto de caer en manos de sus agentes. Si esto ocurre alguna
vez, me llevarán á morir en un islote inmediato á la gran barrera, como
murió mi abuelo. Pero la intervención de Flimnap sirvió, como ya dije,
para que yo encontrase un refugio aquí, donde me considero casi seguro.
Tal vez se preguntará usted, gentleman, por qué razón vuelvo á la
capital y me empeño en vivir en ella, estando aquí el terrible Consejo
que me persigue. Nuestra vida nunca es rectilínea ni la gobierna la
lógica. En el país de los Hombres Montañas es posible que ocurra lo
mismo. Los hombres tenemos un corazón que es á la vez el origen de
nuestras desdichas y de nuestras felicidades. No podemos existir sin la
mujer, y vamos allá donde ella vive, aunque esto equivalga á marchar al
encuentro del peligro.
Gillespie miró con nuevo interés al pigmeo. ¡Quién podía sospechar que
este animalejo tuviese unos sentimientos iguales á los suyos!... Le
pareció verse á sí mismo cuando se lamentaba á solas en Los Ángeles,
después de la desaparición de miss Margaret.
La melancolía de Ra-Ra se transmitió á él. La imagen de su novia
americana pasó por su recuerdo con tal intensidad, que hasta creyó verla
corporalmente, aspirando su perfume. Pero á continuación cayó en una
tristeza desesperada al contemplarse en este país inverosímil, sometido
á una esclavitud ridícula, sujeto á los caprichos de una humanidad
inferior.
Le tembló la mano á causa de tales emociones, y Ra-Ra tuvo que apretar
sus piernas sobre el dedo que le servía de asiento y agarrarse á él para
no caer.
Como Gillespie deseaba olvidar su propia situación, siguió haciendo
preguntas para conocer toda la historia del pigmeo.
--¿Y cómo ha podido usted seguir vagando por esta tierra sin caer en
manos de sus enemigos?... ¿Cómo logró mantenerse sin trabajar?