amor propio comparables á los de este momento. Todos los que admiraban
sus versos, incluso el glorioso Golbasto, tenían voces iguales á las de
los otros humanos, y sus elogios eran siempre idénticos. Pero oirse
alabar ahora por este trueno que venía de lo alto y que en el caso de
ponerse el gigante de pie podía resonar hasta por encima de las nubes,
representaba para Momaren una glorificación casi divina.
En los primeros momentos, la semejanza de Gillespie con un ser
indeterminado y misterioso le hizo pensar en todos sus enemigos,
considerando esta semejanza hostil para él. Ahora creía, por el
contrario, que debía parecerse el gigante á algo muy superior, y hasta
llegó á pensar si su rostro sería el recuerdo de un dios entrevisto por
él en sus ensueños.
El profesor Flimnap le obedeció, dirigiendo al gigante un segundo
discurso para repetir los elogios con que el Padre de los Maestros
contestaba á las alabanzas de Gillespie. Pero éste empezó á fatigarse de
la monotonía de una entrevista en la que la vanidad literaria de Momaren
daba el tono á la conversación.
Mientras fingía escuchar el discurso de Flimnap, sus ojos vagaron de un
lado á otro examinando los diversos grupos situados sobre la planicie de
la mesa. De pronto su atención caprichosa se concentró en el lado donde
se aglomeraba la gran masa de sus servidores.
Creyó reconocer á Ra-Ra en uno de los hombres con vestidura femenil que
estaban al frente de los siervos medio desnudos. Debía ser
indudablemente el propagandista del «varonismo», el rebelde acosado,
que, oculto bajo sus velos, se daba el placer de pasar y repasar con
diversos pretextos cerca de Momaren, al que parecía tener por el mayor
de sus perseguidores.
Le siguió Gillespie con los ojos en todas sus evoluciones alrededor del
inmóvil cortejo universitario. Por un momento sospechó si se propondría
hacer algo contra el Padre de los Maestros. Luego una luz nueva pareció
extenderse por el pensamiento de Edwin.
Se explicó de pronto el motivo de que Ra-Ra odiase al severo Momaren.
Este joven resultaba una reducción exacta de su misma persona, y era
natural que se mostrase enemigo irreconciliable de aquel personaje igual
en todo á la viuda de Haynes.
Pero el gigante olvidó tales pensamientos, atraído por una nueva
evolución de Ra-Ra. Retrocedía ahora con lentitud hacia un extremo de la
mesa ocupado únicamente por gentes de baja condición: atletas de los que
manejaban la máquina monta-platos. Un doctor se fué despegando
lentamente del grupo que había precedido á la litera de Momaren y
pareció seguir de espaldas, fingiéndose distraído, la retirada de Ra-Ra.
El gigante sospechó que este universitario era la mujer amada de la que
había hablado el proscrito en varios pasajes de su historia. Tal vez no
se habían visto en muchos meses. El joven doctor acababa de adivinar
indudablemente el rostro misterioso que ocultaban aquellos velos
púdicos, y parecía conmovido por la primera sorpresa de su
descubrimiento.
Sintió Edwin una tierna conmiseración por los dos amantes, un deseo de
protegerlos, de facilitar su entrevista, y para ello dejó caer sobre la
mesa uno de sus brazos, colocándolo de modo que fuese como una barrera
entre el ángulo donde quedaba la pareja con el grupo de servidores
forzudos y todo el resto de la planicie.
Los enamorados, al verse protegidos por esta muralla de carne y de
lienzo, sin miedo ya á la curiosidad del cortejo universitario,
corrieron el uno hacia el otro. El hombre echó atrás sus velos
femeniles. Efectivamente, era Ra-Ra. Los dos se abrazaron y empezaron á
besarse, sin prestar atención al grupo de atletas, que presenciaban sus
arrebatos con impasible estupidez.
Edwin creyó ver que era el doctor quien había tomado la iniciativa, de
estas caricias, con una impetuosidad varonil. Pero esto no le produjo
extrañeza alguna. Ya estaba acostumbrado á las tergiversaciones de este
mundo dominado por las mujeres. Lo que él deseaba era conocer el rostro
de la joven universitaria y oir lo que se decían ambos, pero no
resultaba empresa fácil.
El profesor Flimnap seguía hablándole. Dulcemente, de los pálidos
elogios á sus versos ingleses había ido pasando á una segunda serie de
alabanzas para las obras de Momaren, y explicaba con profusión el rango
que correspondía á este autor en la historia literaria del país.
Gillespie movió la cabeza afirmativamente para indicar que aceptaba
todas las palabras del orador. Luego fijó en el Padre de los Maestros
una mirada de vehemente admiración, gracias á la cual pudo recobrar otra
vez su prestigio, pues Momaren parecía algo molestado por sus
distracciones anteriores.
Con el pretexto de querer oir mejor la luminosa disertación de Flimnap,
buscó sobre la mesa el aparato microfónico, introduciéndolo en uno de
sus pabellones auriculares. Inmediatamente un huracán aullador chocó
contra su tímpano. Era la voz oratoria de su amigo, en torno de la cual
parecían enroscarse como suaves lianas las dos voces prudentes y tímidas
de la pareja amorosa. Luego, fingiendo interesarse mucho por lo que
decía el conferencista, se llevó á un ojo la lente de aumento.
Vió con enormes dimensiones la cara de mistress Augusta Haynes, rematada
por su honorífico gorro, y que le sonreía protectoramente, como nunca le
había sonreído la verdadera en el lejano país de su nacimiento. Poco á
poco fué ladeando la cabeza, y desaparecieron de su redondel de vidrio
el Padre de los Maestros, el orador y los grupos universitarios. Como si
pretendiese cambiar de postura en su asiento, volvió la cabeza más á la
derecha, quedando bajo su radio visual el extremo de la plataforma donde
estaban los dos amantes.
Ahora pudo ver con claridad, considerablemente agrandado y en todos sus
detalles, al joven doctor que estaba con Ra-Ra. De haberlo descubierto
una hora antes, estaba seguro de que la lente se habría caído de su
rostro empujada por la sorpresa, siéndole imposible al mismo tiempo
contener un grito de asombro. Pero después de haber conocido
personalmente á Momaren, se consideraba á salvo de toda clase de
emociones.
Entre todas las maravillas vistas en el país de los pigmeos, el rostro
de este joven doctor representaba la más enorme y la más grata para él.
Pero existe un encadenamiento lógico entre los sucesos extraordinarios,
igual al que reúne los hechos de la vida corriente. Desde el momento que
Ra-Ra era él, y Momaren era mistress Augusta Haynes, resultaba natural
que el joven universitario sólo pudiera parecerse á una persona....
Y contempló con admiración á miss Margaret Haynes, su novia del otro
mundo, que á través de la lente amplificadora se mostraba casi con su
tamaño ordinario.
Él no había visto nunca á Margaret llevando un gorro de doctor. Tampoco
había tenido ocasión de admirarla con pantalones de hombre; pero creyó
firmemente que, de haberla visto así, ofrecería las mismas formas
esbeltas y atractivas que en el presente momento. En realidad, se sintió
satisfecho por primera vez de su viaje á este país, ya que le
proporcionaba tan agradable visión.
Le gustó menos ver cómo su novia apretaba las manos de Ra-Ra, mirándose
en sus ojos, y cómo interrumpía tan cariñosa contemplación para volver á
besarle. ¡Sufrir esto en su presencia!... Pero después de mirar con odio
á Ra-Ra se dijo que éste era otro Edwin, y los besos recibidos por el
pigmeo le correspondían á él aunque fuese de un modo indirecto.
Con la emoción del encuentro los dos amantes habían olvidado toda
prudencia, y empezaron á hablarse en el idioma del país. Luego se
fijaron en los atletas que permanecían junto á ellos, dentro del retiro
formado por el brazo del gigante, y creyeron prudente valerse de otro
lenguaje.
Gillespie oyó claramente cómo los dos seguían el diálogo en inglés.
--¡Qué alegría sentí al verte!--decía el hermoso doctor empleando el
lenguaje sagrado de la ciencia con tanta facilidad como Ra-Ra--. Te
creía lejos, en uno de esos viajes que tanto me inquietan. Ahora, al
encontrarte, me considero feliz; pero no por eso dejo de pensar en tus
enemigos. Los del _Comité de supresión del antiguo régimen_ no te
olvidan, y sus espías siguen buscándote por la capital. Al venir aquí
esta tarde, presentía confusamente que algo nuevo y grato iba á ver en
el alojamiento del Hombre-Montaña. Por eso me inspiró una simpatía
repentina este gigante. Hasta le encontró en los primeros momentos
cierta semejanza contigo. Era, sin duda, el presentimiento de que te
habías refugiado bajo su protección.... Pero ¡ay, si llegasen á
descubrirte! Cada día preocupas más á esas gentes que te odian.
--No temas, Popito; es difícil que den conmigo. Tu amor y las exigencias
de la gran causa á que he dedicado mi vida me hacen ser prudente. Sólo
cuando supe que el Padre de los Maestros venía á visitar al gigante me
decidí á subir á lo alto de esta mesa con la esperanza de que tú
figurarías en el cortejo.
--¡Y yo que no quería venir!--exclamó Popito--. Tu larga ausencia y la
falta de noticias me tenían desalentada. Prefería pasar la tarde
sumiéndome en el estudio, para no pensar en nuestra situación. Al fin,
la curiosidad de ver al Hombre-Montaña y un indefinible presentimiento
me arrastraron hasta aquí. ¡Qué desgracia si no hubiese venido!...
La suposición de esta ausencia impresionaba de tal modo á Ra-Ra, que
para consolarse volvió á repetir sus abrazos y sus besos.
--¡Oh, Popito!--murmuró con una voz de éxtasis.
Gillespie consideró prudente apartar su mirada de ellos para volverla
hacia el imponente cortejo que había venido á visitarle.
--Miss Margaret se llama ahora Popito--se dijo mentalmente--. ¡Qué
nombre extravagante!
Pero á continuación pensó que él se llamaba Ra-Ra, y la grave viuda de
Haynes era en este país el Padre de los Maestros, jefe supremo de las
universidades, y además escribía versos.
Buscó otra vez la mirada protectora de Momaren, quedando medianamente
satisfecho al ver que los ojos de éste parecían amonestarle por su
reciente distracción. Flimnap continuaba dejando correr el chorro de su
oratoria didáctica. Explicaba en estos momentos los diversos y
brillantes períodos de la literatura nacional, aproximándose con la
lentitud de un estratega prudente á la conclusión de que todo lo que
habían producido varias generaciones de escritores era simplemente para
preparar el advenimiento de Momaren. Pero aunque Gillespie hacía
esfuerzos por enterarse de la disertación, inclinaba al mismo tiempo su
cabeza del lado de los amantes, deseoso de oir su diálogo.
La voz de la invisible Popito, algo desfigurada por el aparato
microfónico, evocó en su memoria el recuerdo de la voz dulce y graciosa
de miss Margaret.
--Mi madre se opone--decía--, bien lo sé; pero yo te amo, y verás cómo
al fin triunfaremos, consiguiendo nuestra felicidad.
¡Lo mismo que la otra!... El gigante creyó estar aún en el Gran Parque
de San Francisco escuchando por última vez á miss Margaret, y al ver
bajo sus ojos á tantos ciudadanos de aquel pueblo diminuto que le tenía
sujeto á la más grotesca de las esclavitudes, impidiéndole volver á la
tierra natal, donde á lo menos le era posible admirar de lejos á la
mujer amada, sintió un deseo vehemente de levantar los puños, aplastando
con unos cuantos golpes á toda la universidad femenina.
Su propia voz saliendo de la boca de Ra-Ra le distrajo por algún tiempo.
El joven hablaba con entusiasmo, y Popito, á pesar de que vivía en la
triunfante República de las mujeres, mostraba al escucharle una
supeditación de hembra feliz que desea verse dirigida y únicamente pide
amor. Era igual á las mujeres descritas por el doctor Flimnap que vivían
en las épocas anteriores á la Verdadera Revolución.
Ra-Ra contaba las últimas aventuras de su existencia errante y sus
trabajos para destruir el despotismo femenino. Creía en un triunfo
próximo con la fe de los visionarios, que siempre colocan la victoria de
sus ideales dentro de breve plazo. Tan conmovido estaba por su
vehemencia, que hasta llegó á olvidarse del sexo de su única oyente.
Todas las abominaciones de la época actual las atribuía á las mujeres,
describiendo á continuación el período de justicia y de bienestar que
seguiría al triunfo de los hombres.
Como había sufrido mucho, su rencor de perseguido exigía venganzas. El
nombre de Momaren iba á figurar entre los primeros culpables que
castigaría la futura Revolución.
--No--protestó Popito--. Acuérdate, Ra-Ra, que el Padre de los Maestros
es mi padre.
--Di tu madre, para hablar lógicamente--repuso el joven.
--Sí, mi madre, conforme á los usos del antiguo régimen, y yo te pido
que la respetes. Momaren tiene un alma generosa. Su único defecto
consiste en ser tradicionalista y aceptar todas las ideas de su época.
Gillespie no experimentó extrañeza al oir esto. Le parecía
extremadamente lógico, y hasta se asombró de que no se le hubiera
ocurrido antes. Siendo mistress Augusta Haynes el Padre de los Maestros,
era natural que Popito fuese su hija. ¿Cómo iría á terminar toda esta
historia empezada al otro extremo de la tierra para reproducirse aquí en
proporciones de burlesca exigüidad, pero con un carácter más dramático y
peligroso?...
Un mugido gigantesco penetró por su conducto auricular, haciéndole salir
de su actitud reflexiva. El profesor Flimnap gritaba á toda voz:
--¿Qué opina usted de lo que digo, gentleman?
Había formulado tres veces la misma pregunta, sin obtener respuesta, y
los doctores jóvenes, más revoltosos, empezaban á reir del silencio del
gigante y de la confusión del conferencista.
Engañado por la fijeza de los ojos de Gillespie, el traductor había
osado dirigirle la tal pregunta convencido de que le escuchaba con
atención. Luego tuvo que repetirla dos veces más, mientras á su lado el
ilustre jefe de la Universidad se agitaba en su asiento nerviosamente,
considerando como una ofensa la actitud distraída del gigante.
--¿Qué decía usted, querido profesor?--preguntó Edwin con la expresión
de un hombre que despierta.
Estas palabras aumentaron las risas en el doctorado joven. Algunos
universitarios se encogían y achicaban para lanzar carcajadas con toda
libertad al amparo de las espaldas de sus vecinos. Querían aprovechar la
ocasión para reirse sin peligro del temible Momaren. Este, con las
mejillas enrojecidas y la nariz más encorvada que nunca, arañó los
brazos de su sillón, mientras el buen Flimnap, avergonzado por el
incidente, balbucía sus explicaciones.
--Le pregunto, gentleman, si después de haber escuchado lo que dije
sobre los diversos períodos de nuestra literatura no cree usted que el
poeta Momaren resulta el más eminente de todos en el género sentimental.
--Es indiscutible--respondió el coloso--, y sólo los ignorantes pueden
opinar lo contrario.
Esta respuesta devolvió en parte su tranquilidad al Padre de los
Maestros, pero todavía sonaron algunas risas entre la gente joven,
aunque menos audaces por ir dirigidas concretamente contra la persona
del jefe supremo.
--Vámonos, profesor--ordenó á Flimnap--. Estamos cansando con una visita
demasiado larga á este pobre gigante, que no parece de un vigor
intelectual en armonía con su estatura. Despídame de él; dígale que he
tenido mucho gusto en conocerle.
Y se puso de pie, acudiendo inmediatamente los dos aspirantes á profesor
que sostenían la cola de su toga. También corrieron los portadores de su
litera para empuñar los brazos de esta caja portátil. Todo el cortejo
universitario, que ya empezaba á fatigarse de una visita larga y sin
incidentes, se aglomeró en los escotillones para deslizarse por las
cuatro rampas arrolladas á las patas de la mesa.
Flimnap se despidió de su protegido con breves palabras:
-Vendré mañana, gentleman. El Padre de los Maestros le saluda y agradece
su atención.
Lo que el catedrático deseaba era volver al lado de Momaren. El
entrecejo de éste y su boca tirante y desdeñosa le infundían terror. Se
inclinó ante él cuando iba a entrar en su litera, y el eminente
personaje le dijo con frialdad:
-Me parece un buen hombre su Gentleman-Montaña, pero sin ningún sentido
crítico. En cuanto á sus versos, ya sabe mi opinión: muy flojos; casi
diría que son malos.
Fué á meterse en la caja portátil, pero todavía retrocedió para
comunicar á su inferior el gran descubrimiento que acababa de hacer. Una
cólera sorda y fría había registrado su memoria más profundamente que la
vanidad halagada.
-Ya sé á quién se parece su gigante: acabo de descubrirlo. Es un retrato
exacto de Ra-Ra, ese loco peligroso, nieto de aquel asesino de las
guerras antiguas que se creía un grande hombre. No es una semejanza que
haga simpático á su Gentleman-Montaña.
Y después de decir esto se metió en su litera, satisfecho de la
confusión y la alarma en que dejaba al buen profesor.
Gillespie, mientras tanto, había levantado el brazo que servía de
refugio á los dos amantes. Al ver Popito que el cortejo universitario
había abandonado ya la planicie de la mesa, se dirigió hacia uno de los
escotillones, despidiéndose antes de Ra-Ra con varios besos.
--Volveré--dijo apresuradamente, ahora que conozco tu escondrijo.
Pretextaré un deseo de estudiar de cerca el modo de vivir del gigante.
Después de tales palabras quiso correr, pero se vió detenida en mitad de
su carrera por un obstáculo. El Hombre-Montaña había colocado una de sus
manos sobre la mesa, manteniéndola en posición vertical, con el pulgar
en alto.
Tropezó la joven con los almohadillados carnosos de su palma, y al mismo
tiempo una voz enorme que se esforzaba por ser dulce llegó á sus oídos
desde lo alto:
-Doctor Popito, puede usted volver cuando quiera: el Hombre-Montaña la
invita. Si Momaren es el Padre de los Maestros, yo deseo ser el Padre de
los Enamorados.
IX
Donde el gigante va de caza y Popito expone sus ideas sobre el gobierno
de las mujeres
Cuando el bondadoso Flimnap se presentó al día siguiente, Edwin le hizo
una pregunta que tenía preparada desde la tarde anterior.
Adivinó que el profesor hembra le traía buenas noticias, a juzgar por la
expresión alegre de su rostro; pero antes de que se enfrascase en su
relato y tal vez en la manifestación de sus tiernos sentimientos, quiso
satisfacer la propia curiosidad.
-Dígame, doctor: ¿Momaren tiene una hija?
Al oir estas palabras, Flimnap perdió su alegre gesto. No se acordaba en
aquel momento del mencionado personaje, y la pregunta del gigante
resucitó en su memoria las molestias y los temores del día anterior.
-Sí, gentleman; tiene una hija, como usted dice, o como nosotros
decimos, un hijo, que pertenece á la Universidad y podría ser una de sus
mejores glorias. Pero el doctor Popito, además de proporcionar al Padre
de los Maestros abundantes molestias en el presente, le recuerda un
pasado de sucesos muy tristes.
Viendo que Flimnap callaba, el gigante indicó con un gesto su deseo de
saber algo más; pero el universitario se negó á seguir hablando si no se
colocaba antes en una oreja aquel aparato que permitía oir las voces más
tenues. Temía contar á gritos la historia de las desgracias familiares
de su poderoso jefe. Una indiscreción de tal clase aumentaría la
frialdad que le mostraba Momaren después de lo ocurrido en la tarde
anterior.
Sólo al ver que Gillespie hacía uso del micrófono, siguió diciendo en
voz baja:
--La historia del Padre de los Maestros es la historia de todas las
mujeres que concentran su felicidad y su porvenir en un hombre,
entregándose á esa pasión absorbente y martirizadora que llaman amor.
Hace veinticinco años, cuando aún no era jefe de la Universidad, pero
ocupaba un asiento por primera vez en el Senado y una cátedra de
Historia política, se enamoró de un hombre.
No crea usted, gentleman, que este hombre era un intelectual, digno del
afecto de Momaren. Por el contrario, apenas sabía leer y escribir, pero
era un buen mozo y disponía á su capricho de todas las artes que
cultivan los varones metidos en sus casas para atraer y dominar á las
pobres mujeres. Como la mujer vive preocupada por sus negocios y vuelve
á su domicilio rendida de tanto trabajar, ignora el modo de precaverse
de tan diabólicas asechanzas.
Momaren, que aspiraba á ser un asceta del estudio, dedicando á la
ciencia su vida entera, sin las preocupaciones de familia, que estorban
la concentración silenciosa del pensamiento, fué débil, y cayó vencido,
como cualquiera de esas muchachas del casco con aletas que estudian para
oficiales en nuestra Escuela militar. Durante tres años se consideró el
profesor más feliz de la República porque tenía á su lado á este hombre
seductor y diabólico.
No era aún Padre de los Maestros, pero fué padre de Popito, que nació al
año de esta unión.
El caprichoso joven no pudo acostumbrarse á la gravedad amorosa del
profesor, á la calma de su casa, y un día se fugó con una cómica,
célebre por su belleza, para vagar por los diversos Estados de nuestra
patria, llevando una existencia de aventuras y privaciones.
Debe haber muerto hace tiempo; nadie ha sabido más de él. Pero el
ilustre Momaren quedó herido para siempre después de esta traición, y
muy pocos le han visto sonreir.
El dolor es el agua que riega los jardines de la poesía y hace crecer
sus árboles más lozanos. (Esta imagen, gentleman, siempre que la uso en
una conferencia arranca murmullos de entusiasmo.) Quiero decir que la
mala acción de aquel aventurero sirvió para que Momaren produjese sus
mejores obras. Como usted notó durante la lectura de sus versos, este
gran poeta sólo canta armoniosamente al recordar sus dolores.
La educación de Popito le entretuvo durante los años de su infancia y su
adolescencia. Pero ahora Popito es una mujer completa, un doctor de gran
porvenir, y si el Padre de los Maestros puede darle órdenes como jefe en
los asuntos universitarios, no le puede imponer su voluntad dentro de la
familia.
Para Momaren, la mejor de las esperanzas era que su hijo viviese como él
no supo vivir: observando el celibato, que conviene á toda mujer de
estudios, pensando únicamente en la gloria propia y en el porvenir de la
humanidad, sin caer nunca bajo la tiranía del hombre. Un sabio que desea
ser verdaderamente fuerte necesita despreciar el amor. Pero Popito ha
resultado completamente distinta á las ilusiones de su padre. Debe tener
un alma igual á la de aquel aventurero enamoradizo y caprichoso que
abandonó al más alto de nuestros sabios para irse con una cómica. Es de
las pobres mujeres que consideran necesarios para su vida el hombre y el
amor.
De seguir los consejos de su padre, la veríamos antes de pocos años
sucederle en el alto cargo de Padre de los Maestros. Pero tiene un alma
débil y contemporizadora, como la de aquellas hembras que en los
primeros días de la Verdadera Revolución lloraban é intercedían por los
varones. Por eso desprecia la más eminente posición universitaria de
nuestro país, prefiriendo vivir con un hombre amado, en cariñosa
servidumbre, adivinando sus deseos para cumplirlos y dejándose despojar
de los derechos de superioridad que le confirió, por ser mujer, nuestra
victoria revolucionaria.
Su detuvo el profesor para añadir con timidez, bajando aún más el tono
de su voz:
--Por desgracia, gentleman, yo tengo cierta culpa de la frialdad con que
acoge Popito los sabios consejos de su padre. Esta muchacha ama á un
hombre, y yo, sin darme cuenta, hice que los dos se conociesen.
La interrumpió Gillespie con una voz que para él era casi un susurro:
--Lo sé, profesor; el hombre se llama Ra-Ra....
--¡Más bajo, gentleman!--dijo el traductor--. Ese nombre no le conviene
á nadie repetirlo en los presentes momentos. Digamos «él» simplemente, y
nos entenderemos lo mismo. ¿Cómo le ha conocido usted?
Gillespie inventó una historia para hacer creer al profesor que por un
azar había conocido á Ra-Ra, contra la voluntad de éste, llegando al fin
á ver su rostro.
--¡Imprudente!--murmuró Flimnap, refiriéndose á su protegido--. Hay que
ver cómo lo buscan por toda la capital. Muchas veces quise abandonarlo á
su suerte, en vista de sus absurdas predicaciones contra el excelente
gobierno de las mujeres, ¡pero le quiero tanto!... Lo conozco desde
niño. Además, en los últimos días ha aumentado mucho mi afecto hacia él.
¿Se ha fijado, gentleman, cómo se le parece á usted?...