Pero necesitamos mantener este ejército poco temible, porque los

pueblos, aunque vivan en paz, quieren saber que existe una fuerza

pública capaz de defenderlos. También debe tenerse en cuenta que la

juventud, necesitada de los deportes para consumir una parte de su

exceso de vida, considera la profesión militar como el más divertido y

gallardo de los juegos.

Sin ejército no sabríamos qué hacer de todas esas muchachas de veinte

años, fuertes, animosas, sanas, con una sangre rica que hace arder su

piel ó hincha sus músculos. Andarían sueltas por ahí, perturbando la

tranquilidad de la República; molestarían á los hombres tímidos,

inclinados á la modestia y el recogimiento, y ¡quién sabe si acabarían

por raptarlos!... Con el ejército, estas energías sueltas se canalizan

hacia la gloria militar, y aunque la tal gloria no exista, su ilusión

nos proporciona la tranquilidad. Más adelante, al entrar en años, las

muchachas de la Guardia y las del casco con aletas, como usted dice, se

hacen prudentes y mesuradas, se casan y forman una familia. ¡Pero si

usted viese lo que dan que hacer mientras tanto á sus coroneles y

capitanes, personas expertas que han tenido hijos y conocen las

exigencias de la vida!...

A lo mejor, el jefe de una legión nota el malestar de sus soldados. Se

muestran melancólicos y pálidos, parece que sueñan despiertos, aspiran

el aire como si les trajese perfumes y músicas. Esta epidemia militar es

más frecuente en la primavera que en el resto del año.

«Mañana, maniobras», ordena el jefe. Y al día siguiente salen al campo

las tropas á disparar flechas y tirar lanzazos al aire; marchan

larguísimas jornadas, duermen á la intemperie sobre el duro suelo, pasan

ríos á nado, comen mal, y al fin, toda esta hermosa juventud vuelve

abrumada de cansancio, pero sana de pensamiento y curada por algunos

meses de su inquieta y misteriosa enfermedad.

Nosotros, gentleman, sostenemos un ejército por exigencias de la moral:

para que no se perturben las abstinencias virtuosas que debe guardar la

juventud.

--Pero yo--dijo el gigante--he visto hombres en ese ejército: atletas

barbudos con traje de mujer y grandes cimitarras, que iban á caballo y

eran mandados por oficiales hembras.

--Cierto--contestó el profesor--; pero esos hombres, en realidad, no

pertenecen al ejército; más bien son esclavos, como los atletas que se

dedican á los rudos trabajos de fuerza. Nuestro ejército es á modo de

una aristocracia femenil, y no puede encargarse de las funciones de

policía, que considera faltas de gloria.

Necesitábamos una fuerza pública que velase por la seguridad individual,

que persiguiese á los ladrones y los homicidas, y hemos dedicado al

hombre á esta función demasiado ordinaria. Además, cuando hay algún

motín en las calles por causas frívolas de nuestra vida económica, esa

tropa es la que restablece el orden entre silbidos y pedradas, lo que

proporciona el resultado saludable de que los hombres sean nuevamente

odiados por las mujeres.

--¿Y no sufre la vanidad femenil al verse dominada en la calle por un

hombre á caballo y con armas, lo mismo que en los tiempos de la tiranía

masculina?

--¡Oh, gentleman!--dijo el profesor con acento de reproche--. En la vida

no puede ser todo perfecto y lógico. También entre ustedes, según he

leído, hubo pueblos que encargaron su policía á gentes de otros países,

y el extranjero podía perseguir y pegar al nacional en nombre del orden.

Igualmente, en la tierra de los gigantes, cuando ocurran choques

sociales, el rico no guarda con sus brazos la propia riqueza, puesta en

peligro por la envidia revolucionaria de los pobres, sino que paga á

otros pobres vestidos con un uniforme para que repelan y maten á sus

compañeros de miseria.

Gillespie, desconcertado por esta lógica, quedó silencioso por algunos

momentos. Luego añadió, con un deseo de tomar el desquite:

--Pero los guerreros masculinos están mandados por oficiales hembras,

sin duda para mantener los privilegios del sexo. ¿No temen ustedes que

esos atletas brutales falten al respeto á sus jefes y atenten contra

ellos?

El profesor Flimnap se ruborizó y dijo con apresuramiento:

--No tema eso, gentleman. Ya le he hablado de nuestra ciencia, y con la

misma ligereza que extirpa la voluntad y la memoria á los esclavos

forzudos, puede extirpar también otras cosas. Crea usted que esos

hombres de la cimitarra, á pesar de su aspecto terrible, sólo piensan en

comer y en conservar su caballo limpio y brillante.

--Usted me ha hablado, profesor, de su flota, compuesta de buques que

navegan sobre el agua y debajo del agua. Recuerdo que la escuadra del

Sol Naciente remolcó mi bote hasta el puerto.

--Así es--contestó el catedrático--. Los Estados Unidos de la Felicidad

tienen una flota numerosa, dividida en tres escuadras: la del Sol

Naciente, que navega á lo largo de estas costas; la del Sol Poniente,

que guarda el otro lado del mar, y la de las Islas. Los nuevos buques

son un resultado del triunfo de la Verdadera Revolución. Al quedar

suprimidos los cañones y los torpedos por los «rayos negros», nuestros

navíos, cuando están sobre el agua, emplean las flechas, las piedras y

otras armas arrojadizas de los tiempos remotos. Si pudiesen existir

guerras bajo nuestro gobierno, éstas se desarrollarían en las

profundidades submarinas, y para tales combates nuestros buques cuentan

con un aparato poderoso, un cable metálico en forma de lazo, que se

mueve á través de las aguas con la agilidad de una serpiente, subiendo,

bajando, retorciéndose, hasta que envuelve al barco enemigo en sus

anillos y lo inmoviliza, arrastrándolo prisionero.

Como todo buque tiene la misma arma agresiva, un combate naval es á modo

de una lucha de pulpos en los abismos marítimos, entrelazando la maraña

de sus patas metálicas, tirando el uno del otro, hasta que el más hábil

ó el más forzudo consigue paralizar al adversario. Además, los navíos

están armados con unos aparatos que hacen oficio de tijeras para cortar

los cables metálicos del enemigo.

Adivino sus nuevas preguntas, gentleman. Quiere usted saber para qué

sirve nuestra flota, y yo le diré que para lo mismo que sirve nuestro

ejército. La juventud entusiasta, que no gusta de los uniformes de las

tropas terrestres y desea viajes y aventuras, entra á prestar sus

servicios en las tres escuadras de nuestra Federación ó en la flota

aérea.

Si pregunta usted lo mismo á uno de nuestros gobernantes, le dirá que

todos esos buques sirven para mantener la libertad de los mares. Pero yo

me río un poco de ello. Cuando triunfó la Verdadera Revolución y los

«rayos negros» volaron los navíos de guerra de entonces ó los

acorralaron en los puertos, existió la libertad de los mares, á pesar de

la falta de buques armados, lo mismo que ahora que mantenemos tres

escuadras.

La supresión del armamento moderno ha acabado con las guerras, pero no

con la profesión militar. Si no hubiese ejércitos, mucha gente joven se

encontraría desorientada, no sabiendo qué hacer de sus actividades.

Sería difícil viajar entonces por los caminos. Los que nacieron para

héroes, cuando no pueden ser héroes acaban dedicándose á ladrones de

carretera.

Hubo un largo silencio. Gillespie estaba pensativo, y al fin preguntó:

--¿Y nadie guarda memoria de cómo fueron los poderosos medios

destructivos antes del triunfo de las mujeres?...

El profesor pareció dudar, pero al fin dijo con entereza:

--Nadie. Y si alguno lo supiera, aparte de nosotros los estudiosos,

procuraría olvidarlo, por ser un secreto cuya revelación acarrea la

muerte. No todos los armamentos fueron destruidos por los «rayos

negros». Era tan enorme el material de guerra, que permanecieron

intactas grandes cantidades en muchas poblaciones de la República. Estos

cañones, fusiles, ametralladoras y demás herramientas mortíferas, así

como grandes montañas de proyectiles, están guardados en los vastos

gabinetes históricos de las universidades, y únicamente nosotros los

conocemos.

Algunos gobernantes tímidos hablaron diversas veces de destruir todo

esto, pero desistieron al fin, pensando que van transcurridos cincuenta

años y la explosión é inutilización de tales materiales serviría para

despertar la curiosidad de las gentes de ahora, que no tienen la menor

idea de su existencia. Usted no sabe lo bien que ha trabajado nuestra

instrucción pública para borrar el pasado.

Yo creo además que no representa peligro alguno la conservación de dicho

armamento. ¿Qué podrían hacer con él los que intentasen utilizarlo? Dos

mujeres con un pequeño aparato de «rayos negros» bastarían para destruir

todas las armas antiguas, y con ellas á los imprudentes que pretendiesen

usarlas.

El gigante todavía quiso saber algo más.

--¿Y los hombres se resignarán eternamente á su decadencia? ¿No temen

ustedes que algún día surja entre ellos otro Eulame que los lleve á la

reconquista de su antigua superioridad?...

Le parecieron tan disparatadas estas preguntas al profesor, que las

acogió con grandes risas.

--Imposible, gentleman--dijo al fin--. Sólo puede emitir esa hipótesis

el que no conozca cómo hemos organizado nuestra sociedad después de la

Verdadera Revolución. Todos los malvados principios inventados por el

egoísmo de los varones, cuando éstos dominaban á las hembras, los hemos

resucitado nosotras ahora para su esclavitud moral. Las mujeres

intelectuales que influyen en la organización presente (nuestros poetas,

nuestros filósofos, nuestros moralistas) se muestran acordes en absoluto

al enumerar y definir las virtudes masculinas. Un hombre honesto y de

buena familia debe salir poco de casa, preocuparse únicamente de su

administración, educar á los hijos pequeños, oir en silencio á su esposo

femenino, sin contradecirle nunca; evitar las conversaciones sobre cosas

públicas, que corresponden únicamente á las mujeres.

Así son los hombres de nuestras familias distinguidas, únicos varones

que resultan temibles porque conservan íntegra su inteligencia. Dos

generaciones educadas con arreglo á nuestro sistema han bastado para que

los hombres no guarden el menor recuerdo de lo que fué su dominación en

otros tiempos y se resignen á su estado actual, encontrando dulces

placeres dentro de la vida doméstica y una felicidad pasiva en sentirse

dirigidos por la mujer....

No le ocultaré, gentleman, que recientemente se nota cierta

transformación en los hombres. Hay una juventud masculina que se burla

de la mansedumbre de sus padres, de su falta de aspiraciones, de su

esclavitud doméstica. Estos muchachos pretenden ir solos por las calles

y miran á las mujeres audazmente, sin bajar los ojos ni cubrirse con el

manto. Carecen de recato y de modestia. Los hay que hasta dan citas á

los oficiales de la Guardia y pasean con ellos por las afueras de las

ciudades.

Ahora empiezan á fundar círculos hombrunos, en los que discuten sobre su

estado presente y forjan planes de emancipación, hablando pestes contra

las mujeres. Ya existen dos clubs de esta clase, sólidamente

constituidos uno de solteros y otro de casados.

Hasta hay jóvenes que escriben, usurpando la pluma a las mujeres. Esto

indigna á nuestros venerables personajes del tiempo de la Verdadera

Revolución que aún no han muerto, los cuales son partidarios del método

antiguo y proclaman la necesidad de que el hombre, para ser virtuoso,

debe vivir metido en su casa y no saber leer.

Algunos jovenzuelos audaces forman agrupaciones con el nombre de Partido

Masculista. Su doctrina la titulan el Varonismo. Pero debo añadir que

las mujeres se ríen de esto, y los diarios lo aprovechan como un tema de

burlas é ironías para divertir á sus lectores.

Dentro de las casas la rebelión de los «varonistas» suele tener más

importancia. A veces, la mujer, dueña absoluta del hogar, como lo exigen

las buenas costumbres, se ve obligada á poner mal gesto y á infundir un

poco de miedo á su compañero masculino, pues éste pretende usurparle sus

funciones y grita que no quiere ser esclavo.

Me dirá usted que así empezaron las mujeres antes de la Verdadera

Revolución; pero el caso no es el mismo. Solamente puede soñar con la

conquista del poder quien posea las armas, y mientras los «rayos negros»

hagan su trabajo destructor, nuestros antiguos déspotas no llegarán á

conseguir que renazca el pasado.

VII

El más grande de los asombros de Gillespie

Siempre que el doctor Flimnap se presentaba con algún retraso en el

alojamiento del gigante, creía necesario explicar el motivo de su

tardanza.

--Esta mañana no pude venir, gentleman, porque asistí á una reunión de

autores de la _Gran Historia de las Mujeres Célebres._ Necesitaba dar

cuenta del estado actual del tomo cincuenta y cuatro, de cuya redacción

estoy encargado. Falta poco para que lo termine, pero con la llegada de

usted tuve que suspender tan importante trabajo.

Y como Gillespie mostrase cierta curiosidad por la enorme obra, el

profesor le dió explicaciones sobre su carácter y sus tendencias.

Era el Padre de los Maestros el que la había ideado, con la noble

ambición de hacer olvidar hasta los más remotos vestigios de la soberbia

masculina. Momaren consideraba necesario demostrar al mundo actual que

los grandes benefactores de la humanidad y del progreso habían sido

siempre mujeres. Los creadores de religiones, los filósofos, los santos,

los inventores, todos habían pertenecido al género femenino; pero los

hombres, para apropiarse su gloria, falseaban las viejas crónicas,

incorporando á su sexo estas hembras gloriosas.

Gracias á la revisión histórica ideada por Momaren, todo iba á quedar en

su verdadero lugar, y las generaciones futuras se enterarían de que en

ningún tiempo había existido un hombre verdaderamente célebre, pues los

que aparecían en la Historia como tales eran mujeres que los varones

habían cambiado de sexo.

Edwin, al oir mencionar al Padre de los Maestros, quiso saber por qué

razón su máquina rodante y su litera tenían la forma de una lechuza.

--En nuestro país, gentleman--continuó el profesor--, procuramos dar á

todos los objetos una forma artística y simbólica, de acuerdo con los

gustos ó la profesión de sus dueños. La lechuza es el emblema de nuestra

ciencia. A semejanza de este animal nocturno, el sabio vela mientras los

demás seres duermen.

Flimnap quiso hacer un regalo á su protegido. Del mismo modo que ella

gustaba de contemplar á Gillespie á través de una lente de disminución,

deseó que éste emplease una lente de aumento para verla.

--Temo, gentleman, que sus ojos, acostumbrados á abarcar únicamente las

cosas enormes, no lleguen á distinguir los detalles y delicadezas de una

mujer pequeña como yo.

Y el profesor, al decir esto, se ruborizaba, bajando los ojos.

Al fin, una tarde, al salir del plato-ascensor, recomendó á dos

servidores que cargasen con un disco de cristal llegado con ella. Era

del tamaño de una rueda de carreta, y había sido labrado en el Palacio

de Ciencias Físicas de la Universidad Central. Flimnap se excusó de

traer con retraso esta lente, que había prometido para el día anterior.

--No es mía la culpa, gentleman. El profesor de Física tuvo esta mañana

un hijo, y esto le ha hecho retrasar unas cuantas horas la entrega del

cristal.

Aprovechó la ocasión Gillespie para preguntar algo que le traía

preocupado desde que supo la gran victoria de las mujeres. ¿Cómo habían

conseguido las vencedoras, dedicadas la mayor parte del tiempo á los

asuntos públicos, emanciparse de la servidumbre de la maternidad?

--¡Oh, gentleman!--dijo Flimnap--. Eso podía ser un problema en otra

época, cuando la ciencia estaba aún en sus descubrimientos elementales.

La maternidad entre nosotros no representa ya mas que una corta

molestia. Un simple resfriado da más que hacer y obliga á mayores

pérdidas de tiempo. Este progreso de la ciencia es el que más ha

favorecido nuestra emancipación. Las mujeres sólo tienen que preocuparse

por unas horas del acto maternal, é inmediatamente vuelven á sus

trabajos, sin guardar huella alguna del accidente. Mi colega el profesor

de Física debe estar á estas horas trabajando en su laboratorio.

--Pero ¿quién cuida á los hijos?--preguntó el gigante.

--Les cuidan los varones, como es su deber. Antes de venir aquí he

visitado á la esposa masculina de mi colega el profesor de Física, que

estaba en la cama con su pequeño. Son los hombres los que se acuestan

para dar calor al recién nacido, mientras las mujeres vuelven á sus

funciones, momentáneamente interrumpidas, para ganar el dinero que

necesita la familia.

El gigante lanzó una carcajada que hizo temblar el techo de la Galería,

levantando un eco tempestuoso. Después, al serenarse, contó al profesor

que muchos pueblos salvajes, allá en la tierra de los gigantes, habían

seguido la misma costumbre.

--Es que esas pobres gentes--dijo el sabio con sequedad--presentían sin

saberlo el triunfo de las mujeres.

Su enfado por las risas del Gentleman-Montaña no duró mucho. Además,

Gillespie, queriendo desenojarla, se colocó bajo una ceja la lente que

le había regalado para que la contemplase. El enorme cristal estaba

pulido con una perfección digna de los ojos de los pigmeos, los cuales

podían distinguir las más leves irregularidades de su concavidad.

Vió Edwin á su amiga, á través del nítido redondel, considerablemente

agrandada. A pesar de su obesidad era relativamente joven, sin una

arruga en el plácido rostro ni una cana en la corta melena. Gillespie,

que la creía de edad madura, no le dió ahora más de treinta años, y

acabó por sonreir, agradeciendo la mirada de simpatía y admiración que

el profesor le enviaba á través de sus anteojos de miope.

Luego se dió cuenta de que el profesor, á pesar de la severidad de su

traje, llevaba sobre su pecho un gran ramillete de flores. Flimnap acabó

por depositarlo en una mano del gigante, acompañando esta ofrenda con

una nueva mirada de ternura.

Lo único que turbaba su dulce entusiasmo era ver que la cara del coloso

se hacía más fea por momentos. Aquellas lanzas de hierro que iban

surgiendo de los orificios epidérmicos tenían ya la longitud de la mitad

de uno de sus brazos. Había dirigido en las últimas veinticuatro horas

dos memoriales al Consejo que gobernaba la ciudad pidiendo que le

facilitase una orden de movilización para reunir á todos los barberos y

hacerles trabajar en el servicio de la patria. Pensaba dividirlos en

varias secciones que diariamente cuidasen de la limpieza del rostro del

Gentleman-Montaña, así como de la corta del bosque de sus cabellos.

Al fin su tenacidad había vencido la pereza tradicional de las distintas

oficinas por las que tuvo que pasar su demanda.

--Mañana, gentleman, vendrán á afeitarle y á cortarle el pelo. ¿Dónde

quiere usted que se realice la operación?...

El prisionero prefirió el aire libre. Era un pretexto para permanecer

más tiempo fuera de aquel local, cuyo techo parecía agobiarle, á pesar

de que se levantaba un metro por encima de su cabeza. Flimnap dió

órdenes para la gran operación del día siguiente, poniendo en movimiento

á la servidumbre del gigante. Pero estas órdenes, aunque el profesor

recomendó á su gente el mayor secreto, circularon por la ciudad.

Cuando los carpinteros, poco después de la salida del sol, colocaron el

taburete del Hombre-Montaña en medio de la meseta, al pie de la cual se

extendía el caserío de la Ciudad-Paraíso de las Mujeres, una muchedumbre

llenaba ya todo el declive, avanzando poco á poco hacia lo alto, á pesar

de los jinetes que intentaban mantenerla inmóvil y á cierta distancia.

Los periodistas, siempre á caza de novedades, habían averiguado en la

noche anterior las disposiciones de Flimnap, y todos los diarios de la

capital anunciaron por la mañana el primer rasuramiento y la primera

corta de cabellos del gigante después de su llegada á las costas de la

República, lo que hizo que los desocupados acudiesen en grandes masas

para presenciar tan curioso espectáculo.

Gillespie mostró extrañeza al salir de su alojamiento y ver á esta

muchedumbre inesperada. Pero el día era hermoso, dentro de su encierro

había una penumbra glacial, y creyó preferible sentarse al sol, teniendo

en torno á su taburete un espacio completamente libre de gente.

El alarido con que le saludó la muchedumbre extendida colina abajo fué á

modo de un saludo risueño. Sobre los miles de cabezas empezó á subir y

bajar una nube de gorras echadas en alto.

--¡Excelente y simpático pueblo!--dijo Gillespie, saludándole con una

mano.

Y mientras una nueva ovación acogía estas palabras, ruidosas como un

trueno é incomprensibles para el público, el gigante fué á sentarse en

su escabel.

La divertía contemplar cómo aquellos jinetes masculinos, barbudos y con

cimitarra, mandados por oficiales hembras, repelían á la muchedumbre

para que no avanzase hasta las puntas de sus zapatos. A un lado del gran

espacio completamente libre vió Gillespie un grupo de hombres que iba

descargando de cinco carretas varios cubos llenos de una materia blanca,

así como ciertos aparatos misteriosos envueltos en fundas y una gran

tela arrollada lo mismo que un toldo. Debía ser el primer grupo de

barberos que entraba á prestar sus servicios.

Gillespie se sintió inquieto al darse cuenta de que el universitario no

había llegado aún, á pesar de las promesas hechas el día anterior.

--¡Profesor Flimnap!--gritó varias veces.

La muchedumbre pretendió imitar su voz, lanzando varios rugidos

acompañados de risas. El bondadoso traductor permanecía invisible.

Gillespie, irritado por esta ausencia, empezó á agitarse con una

nerviosidad amenazante para los pigmeos que se hallaban cerca de él.

De pronto se tranquilizó al ver que un hombre de larga túnica y envuelto

en velos, que había permanecido hasta entonces inmóvil en la puerta de

la Galería, se aproximaba á su asiento. Cuatro esclavos le seguían,

llevando á hombros una larga escala de madera. La aplicaron á una

rodilla del gigante, y el hombre subió sus peldaños con agilidad, á

pesar de las embarazosas vestiduras, procurando que los velos

conservasen oculto su rostro.

Al quedar de pie sobre un muslo del Hombre-Montaña, indicó con gestos su

deseo de colocarse más en alto para hablarle. El gigante lo tomó

entonces con dos dedos de su mano izquierda, lo depositó en la palma

abierta de su mano derecha y lo fué subiendo lentamente, hasta muy cerca

de su rostro. Esta ascensión desordenó las envolturas del hombre velado,

quedando su rostro al descubierto.

--Gentleman--dijo en un inglés tan perfecto como el del profesor--, yo

pertenezco á su servidumbre, y creo que de todos los presentes soy el

único que conoce su idioma. No sé dónde está el doctor Flimnap; también

me extraña su tardanza. Pero si el gentleman desea algo, aquí estoy para

traducir sus deseos.

El hombrecito de los velos blancos tuvo que callar repentinamente para

afirmarse sobre sus pies y no caer de una altura tan enorme.

La mano de Gillespie había temblado con la emoción de la sorpresa. El

pigmeo que tenía junto á sus ojos presentaba una rara semejanza con su

propia persona. Era un Edwin Gillespie considerablemente disminuido; sus

mismos ojos, su mismo rostro, igual estatura dentro de las proporciones

de su pequeñez. Hasta creyó que su voz tenía el mismo timbre,

considerablemente debilitado. Parecía que era él mismo quien hablaba

desde una larga distancia.

De todas las maravillas que había visto en la República de los pigmeos,

ésta era la más asombrosa. Lamentó haber dejado dentro de la Galería,

sobre su mesa, la lente de aumento regalo del profesor.

--¿Quién es usted?--preguntó el gigante--. ¿Cómo se llama? ¿A qué

familia pertenece?...

El hombrecillo, á pesar de que estaba en las alturas, miró en torno con

cierta inquietud, temiendo que alguien pudiese escucharle.

--Son demasiadas preguntas, gentleman, para que las conteste aquí--dijo

con una voz extremadamente débil, persistiendo en su miedo de ser

oído--. Bástele saber que mi protector es Flimnap, y que él me colocó

entre sus servidores después de haberle prometido yo que nadie vería mi

rostro. Únicamente al notar la impaciencia del gentleman, y con el deseo

de serle útil, me he atrevido á faltar á mi promesa. Le suplico que no

cuente nunca al profesor que me ha visto sin velos.

Iba á hablarle Gillespie, cuando llegaron á sus oídos los gritos de un

grupo de pigmeos que se agitaba junto á sus pies, mientras otros subían

ya por la escala de madera hasta una de sus rodillas.

El paraiso de las mujeres Novela · 第 8 / 22 段