ve el cementerio con su enorme vastedad erizada de cruces; y más
allá diseminados en la lejanía, los barrios de Doña Carlota,
Pueblo Nuevo y Zafra; los caseríos míseros de La Elipa y Puente
de Vallecas; y más lejos aún, los tejares del Olivar de Perales.
Suburbios tristes, yermos, que circundan Madrid como mendigos que
acosan a un viejo hidalgo.
Bonifacio Menéndez, el maestro cantero, sentado a la puerta de la
casa, echa un pitillo y lee un periódico. La _señá_ Angustias, su
mujer en serio, canturrea trajinando dentro del hogar. Primitivo y
el _Sardina_, dos próceres del riñón del Avapiés, con pañuelos de
luto al cuello y las cachabas colgadas del antebrazo, bajan lentos,
tristes, silenciosos, del camino del cementerio. Al ver al señor
Bonifacio se detienen, y uno de ellos grita desde la carretera:
PRIMITIVO.—Adiós, canterito.
BONIFACIO. (_Dejando de leer y mirando por encima de las
gafas._)—¡Atiza, qué pareja de pollos! (_A su mujer._) Atiende, tú.
LA ANGUSTIAS. (_Que se asoma a la puerta._)—¡Virgen!... ¡Vaya un par de
banderillas de lujo!
BONIFACIO.—Pero, ¿de dónde salís tan enlutaos?
EL SARDINA. (_Muy serio._)—De la Negrópolis.
PRIMITIVO.—Venimos de inumanizar a Saturnino, el de la Bastiana.
LA ANGUSTIAS. (_Asombrada._)—¿S’ha muerto?
EL SARDINA.—Del todo. En cinco días. Ayer la diñó.
BONIFACIO.—¿Y qué ha sido?
PRIMITIVO.—Pos un paralís local que le cogió tó el cuerpo y parte de la
cadera.
LA ANGUSTIAS.—¡Buena estará la pobre viuda!
EL SARDINA.—¡Carcúlate!... Una chica soltera, sin costumbre de estas
cosas... pues está que no la deja un ataque que no la coja otro.
PRIMITIVO.—En la cama la hemos dejao con uno, que los gritos se oían en
la Arganzuela.
BONIFACIO.—Pero pasar si queréis, galanes.
EL SARDINA.—¿Dais algo?
LA ANGUSTIAS.—Las buenas tardes y un taburete.
PRIMITIVO.—No es pa repartir invitaciones.
EL SARDINA.—¿No tendrías un buchito de cualisquier cosa pa un dolor de
muelas que trae aquí mi _cólega_?
BONIFACIO.—¿Sus haría triple anís?
EL SARDINA.—¡Digo!... Mejor que el Polo.
BONIFACIO.—Pues adentro, pirandones.
EL SARDINA.—Hale, Primi.
(_Suben, se sientan; la Angustias saca unas copas y un frasco de
aguardiente y la visita bebe, fuma y charla._)
EL SARDINA. (_A Bonifacio._)—¿Y tú por qué eres tan pigre, que no bajas
por allá abajo de cuándo en cuándo?
BONIFACIO.—Hombre, no me apaño a ir, la verdá. Le pilla a uno un
destierro. ¡Tú sabes la distancia!
PRIMITIVO.—Como que hay que echar merienda.
BONIFACIO.—¿Y que hay de _nuvotés_ por aquellos andurriales?
EL SARDINA.—Pues que tu compadre el _Pintao_ ya no tié la taberna en la
cae del Amparo.
LA ANGUSTIAS.—¿La traspasó?
EL SARDINA.—De parte a parte. Por mil doscientas _beatas_ y un juego de
alcoba bastante viejo.
BONIFACIO.—¿Y s’ha quedao sin na?
PRIMITIVO.—Ca, hombre. Ahora ha puesto un bar en la Glorieta y lo ha
titulao el “Bar Quito”... que me creo que es un chiste.
LA ANGUSTIAS.—¡Mi madre, qué tontería!
EL SARDINA.—Dice que, al mismo tiempo que rótulo, es _retrúcano_ y
s’hará popular.
BONIFACIO.—¿Sigue tan chirigotero?
PRIMITIVO.—¡Uf... es morirse de risa entrar en aquel establecimiento!
Allí van el _Berruga_, Paco el _Chalana_, Sisto el _Curial_, Mariano el
_Pajero_... ¡la jovialidaz de Embajadores!
EL SARDINA.—¡Los amos de la gracia!
LA ANGUSTIAS.—¡Menudos peines!
BONIFACIO.—Aquello será una función cómica.
PRIMITIVO.—Más que un teatro. Entras y te esgarras a reir.
EL SARDINA.—Hay días que nos tronzamos. Cuéntale, pa que vea, el chiste
que se le ocurrió ayer al _Chalana_.
PRIMITIVO.—¡Chiquillo, nos revolquemos!
BONIFACIO.—A ver.
PRIMITIVO.—Pues nos preguntó que en qué se parecía San José a un melón
de cuelga.
LA ANGUSTIAS.—¡Mi madre, qué raro!
BONIFACIO. (_Estupefacto._)—¿Y en qué se parece?
PRIMITIVO. (_Muerto de risa._)—¡En que tiene _Pepitas_!
EL SARDINA. (_Riendo a todo reir._)—¡Pepitas!... ¡Ja, ja, ja!...
¡Fíjate!... ¡Pepitas!... Claro, San José... de Pepes, Pepitas.
BONIFACIO. (_Dudando._)—Pos no m’acaba a mí de hacer una gracia loca,
la verdá.
LA ANGUSTIAS.—¿Loca...? Ni atontolinada siquiera. Menuda gansá. Amos,
que paece mentira que padres de familia, cargaos de miseria y de hijos,
se entretengan en esas tontunas.
EL SARDINA.—Pos poquito que nos reímos.
PRIMITIVO.—Y pué que lo de anoche tampoco os haga gracia.
BONIFACIO.—¿Qué fué?
PRIMITIVO.—Na, que como enfrente del bar la calle hace mucha cuesta
y la acera es estrechita, fué el _Berruga_ y a la plancha del
alcantarillao, que es de plomo, la dió de jaboncillo, y no pasaba un
transeunte que no resbalase y se diese una costalada.
EL SARDINA.—Y no sus quiero decir ca talegazo la juerga que s’armaba en
el bar.
BONIFACIO.—¡Pero qué cachos de brutos!
PRIMITIVO.—¡Brutos porque nos divertimos!...
LA ANGUSTIAS.—¡Valiente diversión!
EL SARDINA.—No vamos a ser como vosotros, que yo no sé si de hacer
lápidas u qué, sois una familia más triste que un responso.
PRIMITIVO.—Tenéis una formalidaz que acongoja.
LA ANGUSTIAS.—¿Pos qué querías, mirarnos por detrás y encontrarte con
un chascarrillo, como en las hojas d’almanaque?
EL SARDINA.—Yo, a ti que eres de Cadalso de los Vidrios, hija de un
cochero de funeraria, hermana de un calavera, y que encima te llamas
Angustias, no te voy a pedir que seas un parque de Recreos. Pero
éste... ¡Amos, que paece mentira que haiga nacido en el Portillo de
Embajadores, que es la cuna del chirigoteo madrileñista!
PRIMITIVO.—No paeces hijo de Madrid, Bonifacio.
BONIFACIO.—¡Alto allá! ¡Yo soy más hijo de Madrid que vosotros!
EL SARDINA.—No chilles, que te se va a espantar el macho.
BONIFACIO.—Y na más. ¡Y las cosas con pruebas, que es lo que vale!
PRIMITIVO.—¡Pero si tú eres más serio que una corbata negra!...
BONIFACIO.—Yo soy como me sale del bolsillo. Lo que tiene es que ca uno
vive según los prencipios que l’han dao. Vosotros, ¿en qué sus habéis
divertido siempre? Pues yo te lo diré. De chicos, en iros por las
mañanas con los tiradores a matar pájaros a la Moncloa, por las tardes
a la pedrea y por las noches, con las estacas, a perseguir gatos por el
barrio. Total, a disfrutar haciendo daño. Luego, de mocitos, a correr
de calle en calle, atormentando a _Garibaldi_ u a cualisquiera vieja
borracha, a tocarles la chepa a los jorobaos y a burlaros de los cojos.
A gozar con el dolor del prójimo.
EL SARDINA.—Hombre, esas son cosas de la juventud.
LA ANGUSTIAS.—Cosas de cafres... Si tuviás tú un hijo con joroba, ¿te
gustaría que se rieran de él? ¿No te morirías de pena? Pues ca vez que
veas a un lisiao piensa que te está oyendo su madre.
PRIMITIVO.—Amos, Angustias, no te pongas macabra.
LA ANGUSTIAS.—¡Oye, eso de macabra se lo dices a tu suegra!
PRIMITIVO.—¡No es ningún insulto, señor!
LA ANGUSTIAS.—Por si acaso.
BONIFACIO.—Y luego, ya de hombres, ¿a qué le llamáis vosotros
diversión? Pos a ver destripar caballos en los toros. A marcharse en
patrulla armando bronca por los bailes de los merenderos; a acosar
por las calles a mujeres indefensas con pellizcos y gorrinerías; a
escandalizar en los cines y a insultar a las cupletistas. ¿Y eso es
alegría, y eso es chirigota, y eso es gracia...? Eso es barbarismo,
animalismo y bestialismo. Y hasta que los hijos del pueblo madrileño no
dejen de tomar a diversión todo lo que sea el mal de otro... hasta que
la gente no se divierta con el dolor de los demás, sino con la alegría
suya... la risa del pueblo será una cosa repugnante y despreciable.
Bonifacio Menéndez, ris ras, rubricao.
LA ANGUSTIAS.—Chócate, Boni, que has estao súper.
PRIMITIVO.—Bueno, bueno... (_Él y El Sardina se levantan._) Esta
Cuaresma te vas a las Carboneras, te pones un bonete, te encaramas al
púlpito, y el padre Calpena es un gorrión a tu lao.
BONIFACIO.—Pero ¿es que no os he convencido...?
EL SARDINA.—¡Qué nos vas a convencer!... Lo que tiene es que yo no te
desenvuelvo ahora mismo dos teorías pa pelarte al rape porque nos
están esperando; que si no...
PRIMITIVO.—Es verdá, chiquillo; no m’acordaba. (_Mirando el reloj._)
Anda, que son las cuatro y media.
BONIFACIO.—Pero ¿ande vais tan corriendo?
EL SARDINA.—Al solar de Vítor el _Mengue_, que ha organizao unas
carreras de cojos, que va a ser morirse de risa.
BONIFACIO. (_Con asombro._)—¡Carreras de cojos!...
PRIMITIVO.—Na, que ha comprometío al cojo _Tranca_, a Natalio el
_Patapalo_ y a dos u tres cojos más y hacen carreras pa batir el récor
de las dos vueltas con muletas y sin ellas. El premio son doce docenas
de pájaros fritos y seis frascos de Morapio, que sufraga Indalecio el
de la Corrala.
EL SARDINA.—¿Por qué no te vienes? Verás qué risa.
BONIFACIO. (_Sonriendo._)—Hombre, mira; ves, eso tiene gracia...
¡Carreras de cojos!... Y dices que pájaros fritos... (_Vacila._)
PRIMITIVO.—Tira pa alante. Verás qué tarde pasamos.
BONIFACIO. (_Se levanta._)—Oye, Angustias, mira, yo voy a acercarme con
éstos... No tardo.
LA ANGUSTIAS.—Pero ¿serás capaz de ir...? ¡Tú a divertirte con unos
desgraciaos!... ¡Pero no estabas diciendo que si el salvajismo, que
si!...
BONIFACIO.—Mujer, uno conoce las cosas... Pero, después de tóo, ¿qué
culpa tengo yo de que haiga cojos ni de que me gusten los pájaros
fritos...? Es el fatalismo humano. Siéntate, que no tardo.
Los tres hombres se alejan riendo. Por el desgarrón de una nube
morada brilla un rayo de sol que inunda el lejano cementerio de luz
amarilla. La mujer ve alejarse a los hombres, que ríen, y se dibuja
en sus labios una sonrisa extraña.
LA ANGUSTIAS. (_Sentándose a la puerta de su casa._)—¡Qué hombres!...
Será que la vida es así. ¡Conoce uno que no se debe de reir del mal de
otro, y como si no!... (_Encogiéndose de hombros._) Bueno.
TELÓN
LOS PASIONALES
Paco el _Metralla_, un jovenzuelo de mediana estatura, enteco,
amarillo, de mirada cínica, muy compuesto, con su traje flamante,
sus botas de caña, su corbatita de nudo y su gorrilla inglesa, va
con paso resuelto y marchoso Torrecilla del Leal abajo. A poco,
atraviesa la calle de Zurita, tuerce por la de la Fe y viene a dar
con la del Salitre, frente por frente a la iglesia de San Lorenzo,
simpática parroquia enclavada en el riñón del Madrid castizo y
jaranero.
Está anocheciendo. El chulillo detiénese en la última esquina. Sus
miradas iracundas e inquisitivas, se dirigen a un frontero obrador
de plancha, cuya luz ya se ha encendido, y en el que trabajan,
sofocadas, alegres y dicharacheras unas cuantas mocitas de garbo.
Paco pasa y repasa por delante del obrador, _dejándose ver_.
Al reparar en él, se hace un enojoso silencio entre las bulliciosas
muchachas; y una de ellas, la más desenvuelta y garbosa, dice con
sincera acritud, sacando una plancha del anafre y arrimándosela a
la mejilla:—Ya está ahí ese mosca.
—Pos ahora verás—exclama la maestra, y cierra violentamente la
puerta vidriera del obrador.—¡Miá que es pelma el niño!—añade
iracunda.—Pero ¿qué se habrá creído ese chulo de baile?
Más excitado por el incidente, retorna el bullicio entre aquella
alborotadora y femenina juventud, y la voz entonada y firme de una
mocita destaca esta copla, llena de punzante ironía:
“Me he cansao de quererte,
búscate otra,
o aguarda a San Isidro
si quieres _tontas_.”
Paco, plantado en la esquina, calcula por la indirecta la
hostilidad con que es recibido, y al terminar la copla tira con
rabia la colilla contra el suelo, haciendo estallar en chispas la
lumbre del cigarro, y masculla amenazador:—¡Maldita siá!... ¡Pa que
no vayas a la Casa de Socorro esta noche!... No tendría yo lacha.
Tú saldrás.
Pasea por la acera con paso desigual y nervioso; se estira la
visera de la gorra, se zarandea el chaleco, se afirma el pantalón.
Al fin, decidido a esperar, se recuesta en la esquina.
A poco, un nuevo _personaje_, Gumersindo, el _Chulo de Postas_,
menos joven, pero peor encarado y más cínico que el _Metralla_, le
pone la mano en el hombro cariñosamente.
——
GUMER.—¡Gachó, tú de puntalito!
PACO (_Secamente._)—Hola.
GUMER (_Mirando con guasa a lo alto._)—Oye, ¿pero es que amenaza ruina
esta medianería?
PACO (_Con ira._)—Lo que amenaza ruina es que esta noche no duermo yo
en mi casa, Gumer.
GUMER.—¿Y eso lo das como novedá?
PACO.—Es que no se lo paso; ¡mialás!... ¡Que la pincho, por mi salú!
GUMER.—Pero, ¿quiés cordinar, ninchi, a ver si te cojo el hilo?
PACO.—Na, hombre... la Nieves.
GUMER.—¿Qué t’ha hecho?
PACO.—Una tontería... ¡Pa diez años de cárcel!
GUMER.—Es una niña de pronóstico. Te lo tengo advertido. En fin, vuelca
el talego.
PACO.—Verás qué rica. Pos na: que después de ocho meses de relaciones,
que me ha tenío hecho una oveja, sacándola a paseos y _cines_ cuando
l’ha dao la gana y haciéndola el favor de llevarla a mi diestra;
después de tenerme sacrificao, que me dice “no mires a ninguna”—y tengo
que mirar de reojo;—después que me compra una corbata y me la tengo
que poner aunque no me guste... ¡y encima—y esto es lo más horrible—que
me he gastao con ella un dineral!...
GUMER.—¿Sobre cuánto?
PACO.—Pos tóo lo que me ha dao en los ocho meses pa que se lo guardara
y tres pesetas mías.
GUMER.—¡Qué bárbaro! ¡Estáis echando a perder a las mujeres!
PACO.—Bueno; pos después de esa conduzta modelo—tóo por los cuatro
cochinos duros semanales que gana, que me cuesta un triunfo
sacárselos,—la llevo el sábado al baile de Provisiones, porque me
dijo que quería perfeccionarse en el _tuesten_, y porque al entrar me
distraigo media hora en el guardarropa con la _Piñones_, va, se atufa,
se mete en el salón y se me pone a bailar con el _Petaca_.
GUMER.—¡Arrea!... ¡Con lo postinoso que es ese pa las mujeres!
PACO.—¡Carcula!
GUMER.—Te sentaría peor que el escabeche pasao.
PACO.—Como que la saqué a la calle y la pegué una bofetá que la salté
un diente.
GUMER.—¡Y pué que lo tomara a mal!
PACO.—¿Que si lo tomó?... Que me dijo que habíamos acabao.
GUMER.—¡Qué graciosas! Toas lo mismo. De seguida quién acabar... y el
hombre que ya tié arreglaos sus gastos al jornal que le gana una mujer,
que se chinche ¿verdá?
PACO.—Yo, de primeras, lo tomé por un dicho de esos de cuando una cosa
les da coraje; pero, chiquillo, que nada... que ha estao dos días
dándome esquinazo sin venir a planchar; y el jueves pos vino acompañá
de un tío municipal que tiene; que no me quise arrimar, porque yo con
el Ayuntamiento no tengo valor pa nada.
GUMER.—Haces bien.
PACO.—Y, por último, ayer, pa celebrar el santo de la maestra, se
fueron de juergueo al Partidor, al ventorro del _Cuevas_.
GUMER.—Lo he sabido.
PACO.—De que me lo noticiaron, voy y me encamino pa allí con Pepe el
_Rosca_. Lleguemos... ¡y no quiás saber!... Miro y me la encuentro
agarrá a un panoli, a la vera de un manubrio, y bailándose otro
_tuesten_.
GUMER.—¡Rediez, cuánto _tuesten_!
PACO.—¿No es pa quemarse?
GUMER.—¡Pa tener hollín!
PACO.—De que los guilé me dió un vuelco el corazón, y me voy pa ellos,
y metiéndoles así la mano por entre los dos pa detenerlos, le digo a
él: “¿Me permite usted una vuelta con la socia?” “Pa Carnaval”, me
contesta el tío, y siguen girando.
GUMER.—¡Qué boceras!
PACO.—Me quedé helao. Vuelven a pasar, secundo la petición, y me dice
que me presente a concurso. Hasta que yo, harto de chuflas, me arranco
a él de mala forma y, dándole un manotazo en el hombro, le digo: “¿Pero
es que ha heredao usté a esta joven, pollo?” “Sí, señor; me la ha dejao
un tío.” “Pues a mí me la va a dejar un primo”; y agarro del brazo a
Nieves, y tiro de ella, y va él entonces, arrima su cara a la mía y me
estornuda a un milímetro cuadrao de mis narices... y, ¡chiquillo, qué
bofetá!
GUMER.—¿Le diste?
PACO.—Viceversa.
GUMER.—¡Él a ti!
PACO.—Que me cogió la acción. Pero cómo me dejaría este carrillo de
dormido, que hasta la quinta bofetá no se me empezó a desperezar.
GUMER.—¿Te sopló leña?
PACO.—Sí: pero tú ya me has visto en pelea... ¡Me cegué, me fuí pa él,
metí mano, abrí la chaira, le tiré dos viajes!...
GUMER.—¿Y qué?
PACO.—Na, que le vi correr pa la Casa e Socorro y dije: “Le he
matao”... pero luego me enteré que es hijo del conserje, y, como
vive allí, iba por una estaca. Total, que si no se me llevan hay una
desgracia.
GUMER.—¿En tu familia?
PACO.—U en la suya. Y escuso decirte, Gumer, que desde que esa mujer me
ha hecho esa ación indecorosa yo no duermo...
GUMER.—¿No tiés dónde?
PACO.—Ni vivo... ni como.
GUMER.—Lo creo.
PACO.—Porque, claro, de repente te ves sin cariño...
GUMER.—Y sin veinte pesetas semanales. Si me ha pasao a mí la mar de
veces.
PACO.—Por eso te digo; tú ¿qué harías en mi caso, Gumer? Aconséjame.
GUMER.—Hombre, la cosa es grave; porque, claro, tú no te vas a poner a
trabajar ahora a la edaz que tienes.
PACO.—Ni lo sueñes. Voy a cumplir los veintitrés. La edad del
aprovechen.
GUMER.—Por eso te digo que el asunto es complicao; pero, en fin, te voy
a dar una leción que si me llaman a domicilio llevo cinco pesetas por
ella.
PACO.—Venga.
GUMER.—Pues atiende. La Nieves, con su proceder asqueroso, te holla dos
cosas: te holla tu pundonor y te holla el puchero.
PACO.—Que son casi tres ollas.
GUMER.—Clavao. Por lo tanto, si quiés quedar como un hombrito, la
aguardas esta noche, y de que salga la llamas y la planteas el
_poblema_ en esta forma: “Apreciable nincha: U sigues las relaciones
amorosas con un servidor, u te doy dos tajos en el rostro. A escoger.”
¿Que te dice que sí? pues, dominada ya por el miedo, haces cuenta que
te has comprao una burra; ¿que se emperra en que no? pues tiras de
navajita y la cortas la cara. Ni más ni menos.
PACO (_Con cierto estupor._)—¡Gachó! Pero, ¿y si me llevan a la cárcel?
GUMER.—¡Amos, quita, _manús_! Estás en primaria. Aquí me tiés a mí, que
he _pedricao_ con el ejemplo. Por una cosa parecida a la tuya le dí yo
dos tajos a la Enriqueta.
PACO.—Ya m’acuerdo.
GUMER.—¿Y qué me pasó?... Pues que, como era delito pasional, a los dos
meses _asolvido_.
PACO.—Pero aquello fué la suerte que tú tienes.
GUMER.—Y la de todos. Por un arrebato pasional le quitas el reló a un
amigo y es atenuante.
PACO.—¿Estás seguro?
GUMER.—¿Cómo seguro?... Acuérdate de lo mío.
PACO.—Pero tú estuviste en la cárcel.
GUMER.—Porque se diztó indebidamente auto de prisión. El juez que me
atropelló con el auto.
PACO.—Lo que pasa con todos los autos.
GUMER.—Pero, muchacho, se vió la vista causa, y como la seda. ¡Me tocó
un Jurao!...
PACO.—¿Bueno?
GUMER.—Ni escogido. El señor Pepe, el _Bocas_; Quintín, el _Churrero_;
el señor Serapio, el _Orejas_; Custodio el de la Leoncia; Valentín el
_Zapa_... tóos amigos.
PACO.—Pero, ¿cómo estaban allí esos tíos?
GUMER.—Sí, hombre; es que a los caballeros les gusta que haiga Jurao,
pero no quién ir, ¿sabes? y cuando les toca, pos, pa no molestarse,
delegan por las cinco pesetas en una colección de sustitutos, del
comercio de esta corte, que vagan por los pasillos de las Salesas a lo
que cae. Y, claro, yo que me vi con la mar de conocidos en el Tribunal
popular, compuesto en su mayoría de elemento vinatero, pues dije: “Sois
míos”; y alecionao por el defensor, a la primera pregunta del fiscal
empecé a llorar a lágrima viva y a decir que los celos me habían puesto
una venda sanguinolenta en los ojos, que la navaja me se había venido
sola a la mano y que al cometer el delito me pasó una cosa pasional
por el cranio, que yo no sabía si estaba jugando a la brisca o dando
puñalás.
PACO.—¡Vaya un raspa!
GUMER.—Y a tóo esto, yo, venga de sollozos, llamándole a la Enriqueta
“ser querido”, “arcángel de mi juventud”, “primer amor de mi
existencia”... y dando convulsiones y diciéndole al relator que me
hiciese el osequio de pegarme un tiro en la nuez, que yo no podía vivir
después de haber atentao contra aquella mujer “amada y fraudulenta”.
PACO.—¡Chiquillo, es que tú también te usas unas frases!
GUMER.—Hombre, la solenidá era pa ello. Resumen: que si ves el cuadro,
la hincas. El público era un puro sollozo; los juraos hicieron
charco de tanta lágrima, y el presidente del Tribunal yo creí que se
arcidentaba. Gracias que empezó a roncar.
PACO.—¿Se quedó dormido?
GUMER.—Como una rosca. Total: veredizto de inculpabilidaz, sentencia
asolutoria, la Enriqueta lisiada pa toa su vida y yo con un cartelito
entre las damas desde que salí de la cárcel, que aquí me tienes,
vestido, calzao, fumao, comido, bebido, ecétera, ecétera... Porque,
dime tú, después de aquello, ¿qué desgraciada le niega a un servidor
cinco duros, aunque tenga que sacárselos al Ayuntamiento?
PACO.—¡Gachó, qué suerte!
GUMER.—Táztica y _monocle_. (_Señalándose el ojo derecho._)
PACO.—Eres el Hizdemburge del Sombrerete.
GUMER.—Me has tañao. Por eso te digo, Paco, que sigas mis huellas con
la Nieves. U te se somete con jornal y todo, u la pinchas; no seas
primo.
PACO.—Sí, estoy resuelto. Tiés razón. (_Mirando hacia el obrador._)
Calla, que salen.
GUMER.—¡Camará, cuántas vienen!
PACO.—La rodean las compañeras.
GUMER.—Que se han maliciao algo; pero no le hace. Llámala aparte y se
lo dices. Conque salú y suerte, ninchi, que yo me voy. (_Vase calle
abajo, huyendo de la quema._)
PACO (_Un poco pálido, acercándose al grupo de muchachas que ha salido
del obrador._)—Nieves.
NIEVES.—Me llamo.
PACO.—Haz el osequio de venir.
NIEVES.—No me dejan en casa.
PACO.—Nieves, que estoy ciego.
NIEVES.—Cómprate un perro.
Las risas de las compañeras excitan a Paco, que coge a Nieves de un
brazo y la hace bajar violentamente de la acera, mientras, lívido
y tembloroso, saca una navaja. Sin darle tiempo a abrirla, aquel
enjambre de mocitas bravías cae sobre él y le desarman, le tiran al
suelo y, con llaves, bolsos de mano y puños cerrados, le dan una
paliza de órdago a la grande y le dejan en tierra sangrando por
boca y narices, entre la rechifla de la gente del barrio, enterada
del suceso.
Un guardia de Orden público, que se acerca al escándalo, se lleva a
pescozones al _Metralla_.
GUARDIA.—Echa pa alante, vividor de mujeres.
PACO.—Guardia, que ha sido por celos... que soy un pasional...
GUARDIA.—¡Cállate ya, so golfo! La culpa de lo que hacéis la tié el
Jurao y na más que el Jurao. Que fuera yo el que sentenciara estas
cosas, y ya veríais... ¡¡Os echaba cinco años de presidio por granujas
y diez por pasionales!!
TELÓN
LOS ATEOS
CUADRO PRIMERO
Interior de una taberna establecida en la calle del Peñón, a dos
pasos del Campillo de Mundo Nuevo.
Es de noche. El aire de la _tasca_, enrarecido por el humo de los
cigarros, amengua la luz de las débiles bombillas, dando aspecto
siniestro a aquellas gentes famélicas y desarrapadas que llenan las
mesas.
Se huele a vino, a tabaco, a guisos fuertes.
En el velador de un rincón acaban de comerse unos _livianos_ y de
apurar unos _quinces_, previamente jugados al mus, Baldomero el
_Bizco_, Nicomedes el _Soga_, el señor Eulalio y el señor Floro.
Pepe el _Malagua_, dueño del local, les hace los honores
_osequiándoles_ con unas _limpias_ de Monóvar.
Se habla a voces de la última cogida de un _fenómeno_.
De pronto, un poco confuso, suena a lo lejos, en el silencio de
la calle, espaciado y solemne, el repiqueteo de la campanilla del
Viático. Le sigue, como ruido complementario, el lento rodar de un
coche.
En el interior de la taberna se hace un breve silencio. Todos
atienden.
El señor Eulalio, un poco indeciso, levanta la mano con disimulo y
toca levemente la visera de su gorra.
Una ruidosa carcajada, que se deshace en aspavientos, en muecas de
burla, y en soeces interjecciones, es el comentario que pone la
reunión a la inofensiva reverencia del pobre anciano.
SEÑOR FLORO (_Muerto de risa._)—¡Ja, ja, ja..., pos no se iba a quitar
la gorra! ¡Ja, ja, ja!...
SEÑOR EULALIO (_Un poco avergonzado._)—Hombre, yo...
BALDOMERO.—¡Amos, quite usté d’ahí, so beata!
SEÑOR EULALIO.—Pero, señores, el que un hombre haga una cosa porque
tenga ciertos principios, no creo yo que...
NICOMEDES.—¡Te conocíamos como peón de mano, pero como santurrona!...
¡Ja, ja, ja!...
PEPE EL MALAGUA.—¡Medio siglo haciéndonos creer que se desayunaba con
acólitos en pepitoria, y de pronto nos resulta un _cofrade_!
SEÑOR EULALIO.—¡Hombre, hacer el favor de no insultar!
SEÑOR FLORO.—Eulalio, vas camino del _jaimismo_.
SEÑOR EULALIO (_Ya amoscado._)—¡Voy camino de la venta de la... Rubia!
¡Señor... miá tú qué tendrán que ver las narices con el buen tiempo!
SEÑOR FLORO (_Dando un enérgico puñetazo sobre la mesa._)—Entonces,
¿por qué saludas ante las patrañas eclesiásticas?