cosa ninguna. Porque yo no es que pise una iglesia, que eso, Dios me
libre...; pero tampoco soy como tú, que porque un día _estarnudaste_
en la calle y te dijeron “Jesús”, tuviste un juicio de faltas. Ni soy
como ese, que no pasa un cura por su lao que no le profiera una ofensa,
bien oral, bien mímica. Yo no me persigno ni creo en esas pamplinas
de santos ni de novenas; pero, señor, una meaja de fe en algo hay que
tenerla.
SEÑOR FLORO.—¡Fe en el progreso humano!
TODO EL CONCURSO (_Que queda pendiente de la discusión._)—¡Mu bien!
SEÑOR EULALIO.—Estoy en ello; pero yo lo que te digo, Floro, es que tié
que haber un Ser superior, llámese Dios u llámese como se llámese, que
haiga formao este Universo que nos cobija.
SEÑOR FLORO.—Aquí no hay más Dios ni más ser que la Naturaleza madre y
su produzto, que es el hombre, animal soberano y libre; y tóo lo demás
que te digan, zanahorias condimentadas.
SEÑOR EULALIO.—¿De forma que tú crees que el mundo se ha hecho solo?
SEÑOR FLORO.—De un modo automóvil, sí, señor.
SEÑOR EULALIO.—¿Y de dónde ha surgido?
SEÑOR FLORO.—Del caos.
SEÑOR EULALIO (_Dudando._)—¡Qué caos ni qué cacaos!...
SEÑOR FLORO.—Ni más ni menos. ¡Del caos!
SEÑOR EULALIO.—¿Y qué es el caos, vamos a ver?
SEÑOR FLORO.—La nada flotante.
NICOMEDES (_Admirado._)—¡No le coge en una!
SEÑOR FLORO.—Y pa que te enteres de lo que no sabes, te diré que este
globo terraquio que habitamos no es ni más ni menos que una corteza
desprendida de otro planeta que se ha enfriao.
UN OYENTE.—Iría de verano.
SEÑOR FLORO (_Muy molesto._)—Al que se chufle cojo una botella y le
hago una alusión personal en las narices.
VARIOS.—Callarse, hombre. (_Silencio profundo._)
SEÑOR EULALIO.—Entonces, dime a mí, ¿qué soy yo, vamos a ver?
SEÑOR FLORO.—Un mísero gusano dedicao a la albañilería y nacido de la
putrefación terraquia.
SEÑOR EULALIO.—¡Arrea! ¿Yo gusano...? Hombre, Floro, dices unas cosas...
SEÑOR FLORO.—Chist...; aquí todo se prueba, como en las sastrerías.
Ejemplo práztico de tu gusanez. Coges un peazo de queso, lo tiras a ese
rincón, vuelves a los quince días y lo encuentras fermentao.
SEÑOR EULALIO.—Eso será si no hay ratas, porque si hay ratas no lo
encuentras.
SEÑOR FLORO.—Aquí tienen gato. Por eso he puesto el ejemplo. Pues de
la misma forma que el queso fermenta y salen gusanos u seres móviles
y vividores, lo mismo de la cáscara mundial salieron seres u gusanos,
que somos tú y yo, éste y ese, la Inacia, la Tadea y personas que nos
acompañan.
TODOS.—¡Mu bien!
UN OYENTE.—Eso no es posible, señor Floro.
SEÑOR FLORO.—¿Quién ha graznao esa negativa?
UN OYENTE.—Servidor; porque si yo creyera que una mujer con unos ojazos
y unas formas como las de su cuñada de usté era produzto de un pedazo
de queso, yo tiraba una bola. (_El auditorio ríe._)
SEÑOR FLORO (_Amoscado._)—Tiés una cabeza, mi amigo, que la incluyes
en un puesto de melones y no desmerece. Estoy filosofeando, y, por lo
tanto, hablo en sentido hipotecario, ¿estamos?
UN OYENTE.—Ah, bueno, usté disimule.
SEÑOR FLORO.—No hay de _queque_. Orejita es lo que hace falta pa saber
oir. Y voy a rematar. Por lo tanto, Eulalio, ni hay ser superior, ni
cielo, ni purgatorio, ni andróminas de esas. En este mundo no hay nada
más que este mundo, donde está todo, lo bueno, lo malo y lo entreverao.
Y el día que te mueras vuelves al seno de la tierra materna y te haces
polvo, fósforo, gaseosa... nada. ¡He dicho!
Delirantes aplausos y risas soeces acogen las últimas frases del
ateo.
El señor Eulalio, reducido al silencio por la explosiva dialéctica
de su rival, calla en un rincón.
Otra vez vuelve a oirse la campanilla del Viático, que regresa. Se
va acercando, acercando... Al fin, pasa, y, cada vez más lejana, se
pierde en el silencio de la calle desierta, seguida del lento rodar
del coche.
Aquella pobre gente, a pesar de todo, deja de reir.
=Mutación=
CUADRO SEGUNDO
Interior de una alcoba humilde en una casa pobre.
Son las dos de la madrugada.
En la obscuridad suena el tictac vigilante de un reloj.
Tendidos en una modesta cama, duermen el implacable ateo señor
Floro y la señá Felipa, su consocia.
De pronto, el pobre hombre despierta, da un grito agudo y se lleva
las manos al lado izquierdo del pecho, incorporándose, lívido y
tembloroso.
SEÑOR FLORO.—¡Ay, madre!... ¡Ay, Felipa!
SEÑÁ FELIPA (_Despertando aterrada._)—¿Qué te pasa, Floro? (_Enciende
la luz._)
SEÑOR FLORO.—¡Ay, Felipa, qué dolor! ¡Ay, que me muero!
SEÑÁ FELIPA.—Pero, ¿qué t’ha dao?
SEÑOR FLORO.—¡Ay, que no lo sé!... ¡Ay, que tengo aquí un puñal!
SEÑÁ FELIPA (_Echándose de la cama._)—Pero, ¿dónde?
SEÑOR FLORO.—¡Ay, en esta parte!... ¡Ay, que llamen a un médico, que yo
no puedo respirar! ¡Ay, Felipa, que es un dolor de costao!... ¡Ay, que
yo no sé qué tengo!
SEÑÁ FELIPA.—¡Por Dios, hombre, no te apures!
Atacado de una aguda neuralgia intercostal, el señor Floro sigue
quejándose con amargos lamentos; mientras, la señá Felipa se echa
una falda y corre a llamar a los vecinos.
A poco, el cuarto se llena de gente a medio vestir, que anda de un
lado a otro, perpleja y estuporizada.
VECINA PRIMERA.—Pero, ¿qué ha sido?
VECINO PRIMERO.—Pero, ¿qué tienes, Floro?
VECINA SEGUNDA.—Debe ser algo que le ha hecho daño.
VECINO SEGUNDO.—¿Qué cenaste anoche?
SEÑOR FLORO.—¡Ay, que no lo sé!... ¡Ay, que yo me muero!... ¡Salvarme,
por lo que más queráis!
UNO.—¡Eso ha sido la mojama!
UNA.—¡Pué que sea flato!
OTRA.—Hacerle tila.
OTRO.—Darle aceite.
VECINO PRIMERO.—Ponte boca abajo.
VECINA SEGUNDA.—Calienta una franela.
SEÑÁ FELIPA.—Matías, por Dios, vete a la Casa de Socorro y que venga un
médico.
MATÍAS.—Voy en un vuelo. (_Sale disparado._)
Dan al enfermo aguas cocidas, unturas; le aplican bayetas,
ladrillos calientes...; todo inútil. La violencia del mal no cede.
El señor Floro, en el paroxismo del dolor, da gritos desesperados
y espantosos, revolcándose en la cama.
SEÑOR FLORO.—¡Ay, que me muero!... ¡Ay, que no puedo más!... ¡Ay,
Virgen del Carmen, quítame este sufrir, por lo que más quieras!... ¡Ay,
Dios mío de mi corazón!...
La señá Escolástica, una vieja motejada de beata por la vecindad,
se acerca al lecho.
SEÑÁ ESCOLA.—Hombre, señor Floro, como tié usté esas ideas, yo no me
he atrevido a decirle a usté una cosa... Pero ahora que le oigo a usté
mentar a Dios y a la Virgen Santísima, si usté quiere, yo le daré un
remedio que se le quita ese dolor en dos segundos.
SEÑOR FLORO (_Incorporándose. La mira con ojos ávidos._)—¿En dos
segundos?... (_Abrazándose a ella._) ¡Ay, señá Escola de mi vida,
dígamelo usté por su madre, sea lo que sea antes que me muera!
SEÑÁ ESCOLA.—Pues que yo tengo unos sellitos de la Virgen de la Paloma,
¿sabe usté...? que se rebuñan un poco, se hacen como una bolita, se
tragan en un sorbito de agua, se reza con fe un “Dios te salve María” y
al menuto curao.
SEÑOR FLORO (_Mirándola con angustia._)—¡Ay, señá Escola!... ¡Ay, que
yo no puedo hacer eso!
SEÑÁ ESCOLA.—Pero, ¿por qué?
SEÑOR FLORO.—Mis ideas, que no me dejan.
SEÑÁ ESCOLA.—¡Pero no ve usté que si se muere ya no va usté a tener
ninguna idea!...
SEÑOR FLORO.—¡Ay, señá Escola, no me haga usté ajurar de mi credo, que
es no creer en náa!...
SEÑÁ ESCOLA.—¡Pues vaya un credo!
SEÑÁ FELIPA.—¡Amos, Floro, tómate el sello, que dicen que se han visto
casos milagrosos!
SEÑOR FLORO.—¡Ay, que no puedo!... ¡Todo, menos eso!
SEÑÁ ESCOLA.—Pero ¿qué le ha hecho a usté la Virgen de la Paloma?
SEÑOR FLORO.—Si no es la Virgen, es Lerroux, que me pondría como un
trapo si lo supiera.
VECINO PRIMERO.—¿Y quién se lo va a decir?
SEÑÁ ESCOLA.—Hale... traer agua... Aquí tié usté el sello bendito... A
tomárselo.
SEÑOR FLORO.—¿Pero yo...? ¡Una cosa eclesiástica!...
SEÑÁ FELIPA.—Tómatelo con fe, Floro.
SEÑOR FLORO.—¡Ay, bueno; lo tomaré porque no puedo más de dolor; pero
por Dios, no se lo digáis a Pablo Iglesias, que ya no me saludaría!
SEÑÁ ESCOLA.—Adentro.
SEÑOR FLORO (_Después de tomarse el sello._)—¡Ay, ya está...! ¡Ay,
Virgen Santa, dispénsame en lo que te haiga faltao; pero quítame esta
punzada, que me atraviesa, y en cuanto me levante te llevo un albañil
de cera...!
Da un suspiro. Los quejidos son cada vez más débiles. A poco, se
duerme. Las mujeres rezan en voz baja.
=Mutación=
CUADRO TERCERO
En la calle de la Ventosa se hallan departiendo animadamente el
señor Eulalio, insultado la noche antes por _clerical_ en la
taberna de la calle del Peñón, y el señor Dimas el _Churrero_.
El señor Eulalio refiere a su amigo el incidente del Viático, y
éste a su vez le pone en autos de la _conversión_ del señor Floro,
su vecino, con el detalle del sellito y demás pormenores.
Se despiden. El señor Eulalio sube calle arriba. Al torcer por la
de la Paloma se detiene estupefacto, viendo venir al señor Floro,
ojeroso y vacilante, camino de la iglesia. Trae un cirio en la
mano, cubierto hasta la mitad con un pedazo de papel de periódico.
SEÑOR EULALIO (_Atajándole._)—¡Adiós, Floro!
SEÑOR FLORO (_Aterrado._)—¡¡Eulalio!! (_No sabe dónde meterse el
cirio._)
SEÑOR EULALIO (_Sonriendo._)—¿Qué llevas en la manita?
SEÑOR FLORO.—Na; que, de paso que voy a la obra, unas vecinas me han
dao el encargo de que traiga esta tontería ahí, a esa estupidez de
iglesia que hay ahí en la...
SEÑOR EULALIO (_Acentuando su sonrisa._)—No te molestes... ¡lo sé
todo...!
SEÑOR FLORO.—¿Te han contao lo de mi dolor de anoche?
SEÑOR EULALIO.—Y lo del sellito.
SEÑOR FLORO (_Bajando la cabeza avergonzado._)—Chico. Eulalio, la
verdá, me hicieron hocicar; pero es que me vi negro. Creí que la
diñaba... ¡Y cuando le ve uno los zancajos a la muerte...!
SEÑOR EULALIO.—¡Qué me vas a decir, Floro...! ¡Yo era peor que tú! Yo
te podía dar veinticinco pa cincuenta en custión de ateísmo. ¡Pero
amigo, un día—tú sabes la pasión que tengo yo por mi nieta, que no
quiero otra cosa en el mundo—, pues fué el angelito y me cogió eso
que le dicen la _dizteria_, que creí que me se moría! Chiquillo... de
pensar yo que me iba a quedar sin aquel pispajo que me se agarra a las
rodillas toas las tardes cuando vuelvo de la obra, y que es mi único
consuelo... Amos, que me dió una angustia interior, por dentro, que
dije: “¡Dios mío, si me la salvas, me pongo hábito aunque sea!” ¡Y me
la salvó! Por eso anoche, en la taberna, cuando pasaba el Viático, me
quité la gorra. Hay que ser agradecido.
SEÑOR FLORO.—Tiés razón, Eulalio; dispensa las gansás que te dije.
SEÑOR EULALIO.—Quita, primo; si uno lo comprende todo. Cuando el hombre
está bueno y sano y se encuentra en la taberna rodeao de cuatro necios
que le ríen las gracias, el hombre es un valiente, que se atreve con tó
lo humano y con tó lo divino; pero cuando cambia el viento, y viene la
negra, y el dolor te mete acobardao y solo en el rincón de tu casa...
Será uno tó lo blásfemo que sea; pero yo te digo que no hay quien no
levante los ojos pa lo alto y pida misericordia.
SEÑOR FLORO.—Esa es la chipén.
SEÑOR EULALIO.—En fin, con decirte que yo ya hasta me persigno por las
noches...
SEÑOR FLORO (_Asombrado._)—¿Y te acuerdas?
SEÑOR EULALIO.—Hombre, como es lo primero que le enseña a uno su
madre... Y hago más.
SEÑOR FLORO.—¿Qué haces?
SEÑOR EULALIO.—Pues que cuando paso por delante de una iglesia, pa
saludar y que no me se burlen los compañeros, me quito la boina y me la
sacudo de yeso.
SEÑOR FLORO.—A mí me se había ocurrido levantarme la visera de la gorra
y rascarme, que también es disimulao.
SEÑOR EULALIO.—Sí, pero eso no tié novedaz.
SEÑOR FLORO.—¿Tú crees?
SEÑOR EULALIO.—Se lo he visto hacer a la mar de _ateos_.
TELÓN
ÍNDICE
_Páginas._
El santo de la Isidra. 9
La pena negra. 61
Las estrellas. 109
El amigo Melquiades o por la boca muere el pez. 161
El Chico de las Peñuelas o no hay mal como el de la envidia. 227
Los pobres. 289
La risa del pueblo. 295
Los pasionales. 301
Los ateos. 309