tropel bullicioso. Pausa. Valentina coge de Rita, que lo saca de la
segunda derecha, un cuadro de la Virgen de la Paloma, pone el mantón
de Manila sobre la cómoda, coloca el cuadro en ella y ante él dos
velas encendidas y un vaso con los claveles que se quita del pecho._)
¡Virgen de la Paloma, una mirá de compasión pa esos pobres hombres que
van a jugarse la vida por un cacho de pan!... (_Se arrodilla; se limpia
una lágrima. Asoma por la puerta derecha el señor Bernabé, se quita el
castoreño y dice:_)
BERNABÉ.—¡Bendita seas! (_Pausa; pasa hacia la puerta de la calle.
Mutis al buen juicio del actor. Se escuchan ya muy lejanos los alegres
sones de la charanga y el bullicio de la gente. Telón de cuadro. Música
en la orquesta._)
=Mutación=
CUADRO TERCERO
Lugar donde se encuentra situada la Plaza de Toros de Tetuán, cuya
fachada se ve al foro, unida al Merendero de «El Cubanito».
Son practicables la puerta de la plaza, la del patio de caballos y
la del merendero, en cuya terraza habrá algunas mesas rodeadas de
banquetas.
Es por la tarde, una tarde radiante de primavera, en la que se
celebra una corrida, cuyo anuncio se verá pegado en las paredes de
la plaza.
ESCENA PRIMERA
_Al levantarse el telón aparecen cuatro golfos mirando por las rendijas
de la puerta de la plaza._
_Uno de rodillas, otro empinándose sobre las puntas de los pies, otro
de pie, y el último tumbado mirando por debajo de la puerta. Dos
cocheros sentados ante una de las mesas del merendero, toman unos
quinces. Una vendedora junto a un pequeño tabanque con “cacahuets” y
naranjas, dormita tristemente._
_De la plaza, de vez en cuando, sale un griterío infernal de
indignación, con que el público castiga la torpeza de un torero._
_Suenan palmas de chunga, monótonas, acompasadas, burlonas; sobresalen
voces agudas_: “¡Al corral! ¡Maleta! ¡Asesino! ¡Pincha ratas!” _Todo
el público, con voces acompasadas:_ “¡Al corral! ¡Al corral!” _Vuelven
a escucharse silbidos, suenan trompetillas infamantes, un cencerro
golpeado con un palo. Risas, voces atipladas_: “¡Ay, qué miedo!... ¡que
se mude!... ¡Fenómeno!”
_En un silencio, La Josefa sale por la izquierda, se acerca a la plaza,
escucha, mira también por las rendijas de la puerta, y oyendo los
denuestos y los gritos del público contra el pobre matador, sonríe y se
aleja. Desaparece por el fondo._
=Música=
SOLE (_Aparece por la puerta de los corrales, demudada, temblorosa,
con un mantoncito de crespón negro y con dos o tres claveles
cayéndosele del pelo. Trae en la mano un par de banderillas adornadas
con muy mal gusto. Dos corchos van clavados en los arponcillos.
Lloriquea, y, a cada grito que se oye en la plaza da un salto
cómicamente atemorizada. Grito en la plaza y susto._)—
¡Ay!... Santa María
por poco me muero.
Ese hombre no sirve
para torear.
Catorce estocadas
le atizó al primero,
y al segundo toro
veinte mal contás.
Al tercero, ahora,
lo estaba pinchando,
y al treinta pinchazo
le dijo una voz:
“Oiga, _cocinero_,
¿le está usté mechando,
o es que va a dejarle
para colador?”
Ese mismo toro
le dió una embestida,
y subió tan alto
que me figuré,
que si San Antonio
le ve, le convida,
ya que estaba un paso,
a tomar café.
(_Grito en la plaza._)
——
¡Ay!... Y luego un tío,
con una trompeta,
daba unas notitas
que... ¡vaya con Dios!
Y otro le decía:
“Deja la muleta,
que pa cuando salgas
necesitas dos.”
Yo traje a la plaza
estas banderillas
pa que se luciera
poniendo un buen par;
y ahora estoy con ellas
que... tengo cosquillas,
y por no pincharme
no me puó rascar.
(_Nuevos gritos en la plaza._)
¡Ay!... Ahora dan voces.
¿Qué dicen? “Cabestros”.
¿Es a él o es al toro
pa echarle al corral?
Yo llevo rezados
dos mil padrenuestros.
(_Grito y susto._)
¡Ay!... ¡Ahora le llaman!...
¡Le llaman morral!
(_Grandes gritos en la plaza. Echando a correr asustadísima hace
mutis por donde salió._)
ESCENA II
_Se abre la puerta de la plaza y salen el_ SEÑOR TOBÍAS, _descompuesto,
con la corbata deshecha, despeinado, el sombrero en la mano. Le trae
sujeto por un brazo un joven_ POLICÍA; _le siguen dos_ GUARDIAS _de
seguridad y tres o cuatro_ INDIVIDUOS _con la cabeza vendada, dos_,
MUJERES _y un_ HOMBRE. _Salen vociferando todos._
=Hablado=
VENDADOS.—¡A la cárcel!
MUJERES.—¡Granuja!... ¡Fuera!
POLICÍA.—¡Eche usté adelante!
TOBÍAS (_Golpeando el suelo con el bastón._)—¡Pero por qué me se
detiene a mí, que me se especifique!
POLICÍA.—Porque ha golpeado usté a la gente.
TOBÍAS.—No, señor. ¿De dónde? Lo que hay es que aquí, los denunciantes,
han dirigido a la familia del matador, que es amiga mía, un insulto
con música del _Ven y ven_, y eso no se lo aguanta un servidor ni al
alcalde de barrio.
POLICÍA.—¡A la Comisaría!
TOBÍAS.—Pero, señor; si yo no he faltao a nadie; y si no que lo diga
aquí la señora pareja, que ha sido testiga del cuplé.
GUARDIA 1.º—¡Usté ha agredido al señor!
TOBÍAS.—¿Servidor? ¡Miopía es lo que se padece, guardia! Que yo estaba
quieto; pero aquí, la parte contraproducente, se ha puesto de una forma
que si yo no les agredo, me agreden, y a mí no hay quien me agreda.
POLICÍA.—Eche adelante y menos música.
TOBÍAS.—Güeno, después de tóo estoy satisfecho. Me llevo una rondalla.
¡Has ejercido, palasán! (_Vanse izquierda. Se escucha dentro una bronca
definitiva. Gritos, insultos, ruidos de cencerro. Cesa poco a poco el
escándalo. Empieza a salir la gente por las puertas de la plaza, que
se abren. La charanga ejecuta un pasodoble._)
ESPECTADOR 1.º—¡Que se l’han echao al corral, pobre chico!
ESPECTADOR 2.º—¡Bien hecho!
ESPECTADOR 3.º—¡Si eso es una torera!... (_Siguen._)
ESPECTADOR 4.º—¡Anda y que lo maten! (_Salen dos chulas con el mantón
al hombro y comiendo cacahués._)
CHULA 1.ª—¡Amos, miá que habernos traído pa esto!
CHULA 2.ª—Paecéis de pueblo.
HORTERA 1.º—Pos a mí me habían dicho que era un torero que se comía los
toros.
CHULA 1.ª—Por medios kilos. (_Sigue saliendo gente._)
CHULA 2.ª—Si no me gustan los _torraés_, hago la tarde. (_Vanse por la
izquierda._)
ESCENA III
BERNABÉ _y_ VIGUDÍ. _El último sale cojeando por la puerta de caballos_.
BERNABÉ.—Oye, Vigudí, tú que eres el único que has quedao en
condiciones de moverte haz el favor de decirle al chico del merendero
que nos busque un coche y que arrimen, que hasta la jardinera se nos ha
ido.
VIGUDÍ.—¡Qué Labullitas, señor Bernabé! ¡Maldita sea su casta!
BERNABÉ.—¡Anda, hijo! (_Sacan en hombros por la puerta principal a un
torero. La gente le aplaude._)
Vigudí.—Y sacan al Herrerito en hombros; ¿oye usté?
BERNABÉ.—Déjalo. Es nuestra desgracia. Anda. (_Vase Vigudí por el fondo
izquierda. Cesa la música y acaba de desfilar el público._)
ESCENA IV
BERNABÉ _y_ VALENTINA, _que sale por la puerta de la plaza_
VALENTINA (_Con ansiedad._)—¡Bernabé, Bernabé!
BERNABÉ.—¡Valentina!
VALENTINA.—¿Cómo está Paco?
BERNABÉ.—¿Cómo quiés que _estea_?... Magullao, sofocao, llorando.
¡Hecho una lástima por dentro y por fuera! La Virgen de la Paloma no ha
querío oirte.
VALENTINA.—¿Pero crees tú que por un Padrenuestro tenemos derecho a que
nos lo arreglen tóo?... No es poco milagro que salga vivo. Confórmate.
BERNABÉ.—Pué que digas la verdá. ¡Qué tardecita! Calla, ahí lo sacan.
VALENTINA.—¡Pobre chico! ¡Qué compasión!
ESCENA V
DICHOS, PACO, TELARAÑA, _el_ ZIPILÍN, SOLE. (_Puerta de caballos_). _Al
final_ VIGUDÍ.
_Sale Paco apoyado en los hombros del Telaraña y el Zipilín. Detrás la
Sole. Paco trae todo el calzón roto, la corbata deshecha, la pechera
desgarrada, despeinado, la coleta suelta, las medias sucias de tierra.
Además lleva vendada la pantorrilla derecha. Cojea. Los compañeros de
cuadrilla vienen poco más o menos que él._
BERNABÉ.—¿Cómo estás, hijo?
PACO (_Abrazándole y llorando amargamente._)—¡Ay, padre de mi alma, qué
mal he quedao!
BERNABÉ.—¡Amos, hijo; por Dios, no te apures!
PACO (_Abrazando a su compañero._)—¡Ay, Zipilín de mi vida, qué mal he
quedao!
ZIPILÍN.—Consólate, que ya me verás en casa la región glútea.
PACO.—¿Por qué habré salío yo esta tarde de lila, padre?
VALENTINA.—¡Pero qué tié que ver la ropa!
PACO.—¡Sí, señora, sí; que hay colores sombrones... y siempre que he
salío de lila me han catao!
BERNABÉ.—No hagas caso. Ya ves, éste va de verde manzana y de poco le
mondan.
PACO (_Llorando y mordiéndose los dedos de ira._)—¡Echarme a mí un toro
al corral!... ¿A mí?... ¡Maldita sea! ¡Yo no aguanto esta vergüenza!
¡Yo me quiero cortar la coleta! ¡Darme unas tijeras!
VALENTINA.—Amos, Paco; ten reflexión y serénate, caray, que ahora no
estás pa cortarte nada.
PACO (_Abrazándola._)—¡Ay, señá Valentina, qué mal he quedao!
VALENTINA.—Has quedao entero, que no es poco. Lo demás ya se arreglará.
Árnica y reflexión.
BERNABÉ.—No pués tener más que un consuelo, hijo; que toas las veces
has entrao por derecho, y hasta cuando te ha cogido el toro y te ha
zamarreao rompiéndote la taleguilla de arriba abajo, el público te ha
hecho una ovación. Algo habrá visto el público.
SOLE.—¡Ya lo creo que ha visto! ¡Como que dende donde yo estaba, toas
las señoras nos hemos tenío que tapar los ojos!
ZIPILÍN.—Y el torito ese te lo han echao al corral porque no me has
hecho a mí caso; si no, ¿de dónde?
PACO.—Pero, ¿qué iba yo a hacer?
ZIPILÍN.—¿Pero no oíste cuando yo te dije: anda vivo, que ese toro se
acuesta?
PACO.—¡Yo que había de oirte! ¿Crees tú que con un toro con el que
llevo media hora de faena, si yo veo que se acuesta, no le canto hasta
la nana, hombre?
BERNABÉ.—A más que el chico ya no sabía lo que se hacía.
PACO.—El público me ha vuelto loco, padre.
BERNABÉ.—Tóos gritándole: “Mójate los dátiles”; “Entra por uvas, melón,
que es una pera”.
PACO.—Dátiles, uvas, melón y tirándome naranjas. Que si no hubiese sido
más que fruta nominal, menos mal.
BERNABÉ (_Con amargura._)—¡En fin, l’han lograo! ¡Qué se le va a hacer!
VALENTINA.—Déjalos. Triste alegría.
VIGUDÍ (_Que vuelve._)—Ya está ahí el coche.
BERNABÉ.—Amos, hijo, despacito. (_Lo llevan con precaución._)
ESCENA VI
DICHOS _y_ ENCARNA, _primera izquierda_
ENCARNA (_Saliendo._)—¡Paco! ¡Paco!
PACO.—¡Encarna!
ENCARNA.—¡Paco de mi alma! (_Se abrazan._)
PACO (_Llorando._)—¡Ay, Encarna de mi vida, qué mal he quedao!...
VALENTINA.—Pero, ¿cómo estás aquí? ¿Qué has hecho, Encarna?
ENCARNA.—Escaparme de con mi padre. Correr a vuestro lao. ¿Qué tienes,
Paco? ¿Estás herido?
PACO.—No... Seis esquimosis, dos frazturas conminutas y un puntazo...
ENCARNA.—¿Grave?
PACO.—No; lo voy a tener que pasar de pie.
ENCARNA.—Pero, ¿dónde lo tienes?
PACO.—¿No te digo que lo voy a tener que pasar de pie?
BERNABÉ.—¡Pero, oye, Encarna, márchate, por Dios!... Que si te
encontraran aquí, creerían que nosotros...
ENCARNA.—Que crean lo que quieran, señor Bernabé. Yo sin Paco, sin
Valentina, sin ustés, me muero de tristeza. ¡Yo no vuelvo a mi casa!
ESCENA VII
DICHOS, HILARIO, AQUILINO, COSME, _fondo izquierda_
HILARIO (_Con indignación._)—¿Veis? ¡Lo que yo decía! ¡aquí con
ellos!... ¡Maldita siá!
ENCARNA (_Adelantando valientemente._)—¡Sí, padre; aquí... con ellos!
HILARIO.—¿Quién te ha mandao venir aquí?
ENCARNA.—Mi corazón.
HILARIO.—Pero ¿qué te han dao esa gente?
ENCARNA.—Alegría, cariño, ilusión pa vivir. Eso me han dao.
HILARIO.—Amos a casa. (_Cogiéndola de un brazo._)
ENCARNA.—¡Sin ellos, en jamás! (_Soltándose._)
HILARIO.—Pero, ¿es que los prefieres a tu padre?
ENCARNA.—No, señor; los prefiero a tóos juntos, como estábamos antes
que la envidia nos hubiese envenenao la felicidad. ¡La envidia negra,
la envidia triste!
HILARIO.—¡No ha sío la envidia, ha sío la verdá!
BERNABÉ y VALENTINA (_A un tiempo y con igual energía._)—Ha sío la
envidia.
HILARIO.—¡La verdá!
LOS DOS.—¡La envidia! (_Cuando Bernabé e Hilario están a punto de
acometerse, se interpone Sole, llorosa, temblando._)
SOLE.—¡Señor Hilario, por Dios, no se pongan ustés así! Y, vaya: yo no
sé si hago bien u hago mal, pero yo le voy a decir a usté una cosa que
me la arrancan del corazón, pero yo se la digo.
HILARIO.—¿Qué me vas a decir?
SOLE.—Que sí, señor; que tóo lo que ha pasao ha sío una ceguera de la
envidia. (_Baja avergonzada la cabeza._)
HILARIO.—¿Qué estás diciendo?
SOLE.—Cuando yo se lo digo a usté... (_Se arrodilla a sus pies._)
VALENTINA.—¿Lo oyes? ¿Lo estás oyendo?
HILARIO.—Pero tú...
SOLE (_Con tristeza._)—No me hagan ustés hablar más.
VALENTINA.—Basta. Levanta, hija; no hace falta que pa defendernos
acuses a la persona que más tiés que querer.
SOLE (_Enternecida._)—¡Señá Valentina!
VALENTINA.—No hay nada que defienda a la gente mejor que la verdá.
HILARIO.—Y si tóo era mentira, ¿por qué no has venío tú a defenderte?
VALENTINA.—Porque no me hacía falta. Honrada he sido siempre. Creerme
honrada es hacerme justicia. Si tú no me la quiés hacer, no me la
hagas. Las mujeres como yo, esa justicia no la piden de limosna.
HILARIO.—Eso es orgullo.
VALENTINA.—No sé lo que será.
HILARIO.—¿Y quién me prueba que tóo era mentira?
VALENTINA.—Lo que acabas de oir a esta criatura. Mi vida siempre clara,
el cariño de tu hija.
ENCARNA.—Si yo hubiese visto en ella lo más mínimo contra mi padre,
¿cómo la iba a haber querido?
AQUILINO.—Hilario, son veinticinco años de afezto. ¿Quiés creerme,
aunque soy municipal?
HILARIO.—¿Qué me vas a decir?
AQUILINO.—Que abras los ojos a la luz.
ENCARNA.—Sí, padre; toavía pué arreglarse tóo.
PACO.—Tóo menos mi reputación.
SOLE.—¡Señor Hilario!... (_Suplicante._)
COSME.—Amos, ¡un rasgo, Hilario!
HILARIO.—Que haga lo que guste... Que venga. Ya hablaremos.
VALENTINA.—Voy o no voy. Lo que tú quieras.
HILARIO.—Cuando no he querido, es de tanto que he querido. Ya lo sabes.
ENCARNA.—¡Padre!... (_Los abraza y los aproxima._)
BERNABÉ (_Con amargura._)—Bueno; ustés s’han arreglao. Está mu bien.
Pero nosotros estamos de más. Que lo de los Labullas lo tengo yo
clavao en el corazón. (_Paco da un suspiro muy hondo._) Ámonos,
monumento malograo.
AQUILINO.—Perdónalo, Bernabé. Ha tenío una venda en los ojos.
PACO.—Sí; pero por tener él una venda, fíjese usté la que tengo yo.
(_Enseñando la de la pierna._)
BERNABÉ.—Doce metros. (_Inician el mutis._)
VALENTINA.—¡Alto! ¡Quietos aquí! A obedecerme. Y oye una condición,
Hilario.
HILARIO.—Tú dirás.
VALENTINA.—Que mañana tóo el mundo a casa. Aquel arroz que quedó en
pie, se comerá, si Dios quiere. Tú torearás Bobadillas, y si entonces
quedas mal, a seguir en tu oficio. Luego os casaréis. Nosotros al
trabajo, al cariño; tóo como antes. No le cedo a la envidia ni el canto
de un duro.
SOLE.—Y a mí no me echarán ustés del lavadero, ¿verdá, señá Valentina?
VALENTINA.—¡Quiá hija, ni lo sueñes! Soy buena, pero no tanto. Tú tiés
que ganarte allí una peseta pa llevársela a tu madre. Que no hay peor
castigo pa un envidioso que tener que vivir del bien que ha querido
destrozar.
BERNABÉ.—¡Olé, eres Agustina de Aragón y Cascorro tóo en una pieza!
VALENTINA.—¡Soy una madrileña honrada, dilo de una vez!
VIGUDÍ (_A Hilario._)—¿Convidará usté a árnica?
HILARIO.—Y a más os doy un duro por cada chichón.
PACO.—Se arruina.
VALENTINA (_Al público._)—
Y al fin vencida la envidia,
quien de ella triunfó, os demanda
que al terminar el sainete
perdonéis sus muchas faltas.
TELÓN
LOS POBRES
Almas piadosas, corazones magnánimos, que cedéis ante la demanda
plañidera del mendigo que os tiende en la calle la mano escuálida,
seguidme. Venid conmigo a los inmundos rincones de un Madrid
lamentable y mísero, artimañoso y agenciero, que, por fortuna
desconocéis, y escuchad estos edificantes y verídicos diálogos.
Estamos en el Campillo de Gilimón. Es una tarde clara y fría, de
cielo azul y sol espléndido.
Dos vecinas, la _señá Gala_ y _Petra la Bizca_, acaban de dirimir
sus diferencias a mordiscos, golpes y arañazos, entre injurias
soeces, ante un público desarrapado y jubiloso. Terminado el jollín
se retiran las beligerantes, seguidas de sus partidarios, a reparar
desperfectos. Va cesando poco a poco el tumulto.
Junto a la tapia del hospital de la Orden Tercera quedan
acurrucadas, tomando el sol, dos viejas andrajosas, la _señá
Librada_ y la _señá Justa_; próximo a ellas, el _señor Celipe el
Chinas_, viejo también, sentado en un cajón, deshace unas colillas
y lía un cigarro. El _Pendingue_ (afilador) se ocupa en buir unas
cuchillas de zapatero. Algo más lejos, unos chiquillos juegan con
gran alboroto.
——
JUSTA.—¿Y por qué ha sío la zurra?
LIBRADA.—Y diga usté que muy bien da que ha estao.
JUSTA.—Pero, ¿tenía motivos la Bizca?
LIBRADA.—¡Digo!... como que la Gala la debe dos quincenas del alquiler
de los chicos. Un abuso.
JUSTA.—¡Ah! ¿Pero le tenía alquilás las creaturas?
LIBRADA.—Hace mes y medio. Por seis reales diarios. Una peseta el
mayorcito y cinco gordas el chavea. Que es regalao, porque hay que ver
lo que vale ese niño pa pedir.
JUSTA.—Tengo oído que es una alhaja.
LIBRADA.—Como que no hay noche que no se retire con sus tres pesetas
corridas. Pero se lo merece; es un lince. Le suelta usté en la cá
Alcalá, ve a una señorita de esas muy _antravés_ con un señorón de
_levosa_, y ya le tiene usté agarrao a los faldones diciéndole al
caballero: “Señorito, una limosna, por la salú de la señorita, que es
muy guapa. Ya la podía usté comprar un coche, con esos ojos que tiene.
Cómpreselo usté, ande usté.” Hasta que le miran; se echan a reir; el
señorito dice: “¡Qué granuja!...” La señorita: “¡Es muy mono!” Y no hay
pareja que no le apoquine de dos a tres perras.
JUSTA.—¡Vaya un vivales de creatura!
LIBRADA.—¡Pos y el mayorcito!
JUSTA.—¿El jorobeta?
LIBRADA.—Jorobeta y tóo lo que usté quiera, hija, pero es un portento.
Ese coge una cestita, una botella vacía, se para en una esquina de
tránsito, se echa al suelo, rompe a llorar amargamente que su alma
se la arrancan, y cuando tiene corro hay que oirle: “¡Ay, mi pobre
madre!... ¡Ay, después de cuarenta y ocho horas que no comemos!...
¡Ella, que va y me da dos pesetas pa traer aceite, y voy y las pierdo!
¡Ay, que yo no vuelvo a mi casa, con mi pobre padre enfermo como
está!... ¡Ay, un día que podía alimentarse!...” Y misté, la gente se
conmove de oir a la creatura aquellos lamentos, hacen una _porrata_...
y no hay llorera que no le suba al chaval de cinco a seis reales.
JUSTA.—Pos diga usté que esos dos niños son dos minitas.
LIBRADA.—Dan más que una casa empeños. ¿Y sabe usté de mendigantas la
que también se saca lo suyo?
JUSTA.—¿Cuála?
LIBRADA.—Doña Encarnación, la de la cae San Bernabé.
JUSTA.—Doña Encarnación..., doña Encarnación... No caigo.
LIBRADA.—Hija, paece usté tonta. Esa que pide de luto, con manto largo,
que lleva la cara tapá, que paece que la sale la voz de una cisterna.
JUSTA.—¡Ah, sí!... ¿Y esa dice usté que saca?...
LIBRADA.—Como que no se deja cortar un deo por seis mil pesetas.
JUSTA.—Bueno; pero es que esa he sentío decir que tira al gran mundo.
LIBRADA.—Pide na más que en las iglesias de señorío, a las salidas
de los _vermuses_ u en los _cines_ y _fives cloques_ de moda. Su
martinganla es que en cuantito que ve a una señora se arrima y la dice
con voz que lo oiga toa la gente de alrededor: “Señora marquesa, me
hallo famélica; agradecería a vuecencia un pequeño óbolo.”
JUSTA.—¿Qué es óbolo?
LIBRADA.—No sé; pero debe ser una cosa cara, porque siempre que lo dice
la dan más de veinte céntimos.
JUSTA.—¿Y cómo conoce a los títulos?
LIBRADA.—No, si lo de marquesa lo dice al tuntún; pos ahí está la
gracia. A lo mejor le llama vuecencia a un ama de cría.
JUSTA.—Hija, lo que saben algunas.
LIBRADA.—Esa lo trae de casta. Ha sío una señorona en sus prencipios.
Diga usté que no se emborrachara, y ya quisieran más de cuatro sus
modales. A mí me tié dicho que es hija de un hacendao de Chinchón.
JUSTA.—Por lo menos, a eso huele toas las mañanas.
LIBRADA.—Tié un habla mu fina; siempre que me ve me llama _escuálida_,
que no sé lo que es.
JUSTA.—Algo delicao será.
LIBRADA.—Seguro. Cuando ella lo dice...
JUSTA.—¿Y usté ya no pide en San Ginés, señá Librada?
LIBRADA.—No, señora; tuve unas palabras con el _sacris_, y no he
güelto. Iba mucha gentuza. Ahora me he conchavao con la Pelitos y nos
hemos hecho vergonzantas.
JUSTA.—¿Y las va a ustés bien?
LIBRADA.—Pos, hija, pa como están las cosas, se va tirandillo. Sino
que es mucho aperreo. Porque, un supongamos, viene la vesita de San
Vicente a mi casa; pos ya me tié usté pasando tó el _mobilario_ a cá
la Pelitos. Me quedo con un jergón, el baúl viejo, media vela en una
botella y una silla inválida; acostamos a Casimiro, el chico de la
Onofra, que es una especialidad en toses y quejidos, y presentamos un
cuadro que es pa caérsele el corazón a una pantera. Que, otro suponer,
va la vesita _domicilaria_ a cáa la Pelitos: pos me pasa a mí tóos sus
trastos, se echa en una manta el señor Cosme, que hace el moribundo que
asusta de bien, y raro es el día que no nos dejan, a más del donativo
semanal, tres u cuatro pesetas de su _motu_.
JUSTA.—Así se están ustés poniendo el cuerpo de ensalás de escabeche y
frascos de vino.
LIBRADA.—¿Y no se lo gana una con lo que tié una que lidiar con esas
tías de señoronas, que le piden a usté recibo hasta de una perra
chica...?
EL SEÑOR CELIPE. (_Terciando en la conversación._)—Y que lo digas...
¡Que hay que ver lo de mala fe que se ha puesto la caridá hoy en día!
Un asco. ¡Amos!; la otra tarde, que salí a pedir, me hizo a mí una
señorita una ación, que si no hay gente la pego.
JUSTA.—Pues ¿qué le hizo a usté?
SEÑOR CELIPE.—Náa, que le digo en un tono que era pa partir grava de
dolorido, y quitándome la gorra y todo: “Señorita, por la salú de sus
hijos, deme usté pa un panecillo, que hace cuarenta y ocho horas que no
lo pruebo.” Se hace la _magoya_ y aprieta el paso. “Señorita, que tengo
mucha nesecidá. Si no se fía usté, allí hay una tahona. Cómpremelo usté
misma.” Y va y dice: “Bueno, venga usté conmigo.” Y vamos y me compra
una libreta, salimos a la calle y, ¡pasmarse!..., me la parte por la
metá antes de dármela.
LIBRADA.—¡Qué pécora!
JUSTA.—Pa quitarte de revenderla.
SEÑOR CELIPE.—Claro, como que es lo que yo pensaba hacer si no me la
mutila. ¡Serán sinvergonzonas!
LIBRADA.—Haberla pegao, so primo.
SEÑOR CELIPE.—Déjate, que ya la conozco.
JUSTA.—¿Y _lo del pañuelo_, va cundiendo, señor Celipe?
SEÑOR CELIPE.—Es lo más produtivo, pero ya va en baja.
LIBRADA.—¿Y qué es _lo del pañuelo_?
SEÑOR CELIPE.—Pues náa, un truco que se le ha ocurrío al señor _Quintín
el Bolas_, que es un diantre pa inventar. Nos ha reclutao a siete
u ocho conocidos de la Cuesta e las Descargas: nos carateriza de
albañiles con un poco de yeso, que paece talmente que acabamos de bajar
del andamio, nos lleva a Recoletos, tiende un pañuelo de hierbas en
metá del paseo y le dice, señalándonos, a tóo el que pasa: “Grupo de
obreros sin trabajo.”
LIBRADA.—¿Y sacaban ustés mucho?
SEÑOR CELIPE.—Ha habido día que hemos _porrateao_ a seis ochenta por
barba, descontá la cena, vino y puros. Pero la otra tarde, que íbamos
decisiete, tendimos el moquero en la Castellana, y... _ñascas_. Ni
quince céntimos..., y eso que pasó el Presidente del Consejo, que no es
que nos diera na, pero animó bastante.
EL PENDINGUE. (_Cargándose a cuestas el artefacto._)—¡Amos, estoy
oyéndoles a ustés y me paece mentira que haiga primos que trabajemos
entavía!...
SEÑOR CELIPE.—¿Qué te pasa, Pendingue?
PENDINGUE.—¡Valiente mano de sinvergüenzas! Hacen pero que muy bien en
recogerlos a ustés y meterlos en los asilos.
SEÑOR CELIPE.—¡Recogernos... jay... jay! ¡Pos no lo han intentao
veces!... ¡Si se creerá el alcalde que es hacer compota!...
LIBRADA.—A más, que si no diesen no pediríamos.
JUSTA.—Esa es la fija. De forma que si quién acabar con la mendicidaz y
quieren recoger, que no recojan a los pobres que piden, que recojan a
los tontos que dan, que son los culpables.
SEÑOR CELIPE.—¡Aplastante!
PENDINGUE.—¡Oye, pues eso es verdá! Si me lo tropiezo, se lo digo al
alcalde. (_Vase._)
SEÑOR CELIPE.—Y dale dulces... recuerdos.
TELÓN
LA RISA DEL PUEBLO
Pasadas las Ventas, en la carretera de Alcalá, antes de encontrar
el camino del Este, sobre un altozano, hay una casa humilde, taller
de cantería, donde se trabaja para el inmediato cementerio.
Es la tarde de un domingo. Los sillares yacen silenciosos al pie
de los sombrajos. No golpea sobre ellos con su son alegre el
pico de los canteros. Unas cuantas gallinas escarban afanosas en
el estiércol, y varios chiquillos juegan y alborotan dejándose
resbalar por la cuesta de un desmonte próximo.