Emprendería el viaje, ¿sí o no? Ya lo había anunciado, primero a
Rosarito, sin saber bien lo que se decía, por decir algo, o más bien
como un pretexto para preguntarle si le acompañaría en él, y luego
a doña Ermelinda, para probarle... ¿qué? ¿qué es lo que pretendió
probarle con aquello de que iba a emprender un viaje? ¡Lo que fuese!
Mas era el caso que había soltado por dos veces prenda, que había
dicho que iba a emprender un viaje largo y lejano y él era hombre de
carácter, él era él; ¿tenía que ser hombre de palabra?
Los hombres de palabra primero dicen una cosa y después la piensan, y
por último la hacen, resulte bien o mal luego de pensada; los hombres
de palabra no se rectifican ni se vuelven atrás de lo que una vez han
dicho. Y él dijo que iba a emprender un viaje largo y lejano.
¡Un viaje largo y lejano! ¿Por qué? ¿para qué? ¿cómo? ¿adónde?
Anunciáronle que una señorita deseaba verle. «¿Una señorita?»
«Sí—dijo Liduvina—, me parece que es... ¡la pianista!» «¡Eugenia!»
«La misma.» Quedóse suspenso. Como un relámpago de mareo pasóle por
la mente la idea de despacharla, de que la dijeran que no estaba en
casa. «Viene a conquistarme, a jugar conmigo como con un muñeco—se
dijo—, a que la haga el juego, a que sustituya al otro...» Luego lo
pensó mejor. «¡No, hay que mostrarse fuerte!»
—Dile que ahora voy.
Le tenía absorto la intrepidez de aquella mujer. «Hay que confesar
que es toda una mujer, que es todo un carácter, ¡vaya un arrojo!
¡vaya una resolución! ¡vaya unos ojos!; pero ¡no, no, no, no me
doblega! ¡no me conquista!»
Cuando entró Augusto en la sala Eugenia estaba de pie. Hízole una
seña de que se sentara, mas ella, antes de hacerlo, exclamó: «¡A
usted, don Augusto, le han engañado lo mismo que me han engañado a
mí!» Con lo que se sintió el pobre hombre desarmado y sin saber qué
decir. Sentáronse los dos, y se siguió un brevísimo silencio.
—Pues sí, lo dicho, don Augusto, a usted le han engañado respecto a
mí y a mí me han engañado respecto a usted; esto es todo.
—Pero ¡si hemos hablado uno con otro, Eugenia!
—No haga usted caso de lo que le dije. ¡Lo pasado, pasado!
—Sí, siempre es lo pasado pasado, ni puede ser de otra manera.
—Usted me entiende. Y yo quiero que no dé a mi aceptación de su
generoso donativo otro sentido que el que tiene.
—Como yo deseo, señorita, que no dé a mi donativo otra significación
que la que tiene.
—Así, lealtad por lealtad. Y ahora, como debemos de hablar claro,
he de decirle que después de todo lo pasado y de cuanto le dije, no
podría yo, aunque quisiera, pretender pagarle esa generosa donación
de otra manera que con mi más puro agradecimiento. Así como usted por
su parte, creo...
—En efecto, señorita, por mi parte yo, después de lo pasado, de lo
que usted me dijo en nuestra última entrevista, de lo que me contó
su señora tía y de lo que adivino no podría, aunque lo deseara,
pretender cotizar mi generosidad...
—¿Estamos, pues, de acuerdo?
—De perfecto acuerdo, señorita.
—Y así, ¿podremos volver a ser amigos, buenos amigos, verdaderos
amigos?
—Podremos.
Le tendió a Eugenia su fina mano, blanca y fría como la nieve, de
ahusados dedos hechos a dominar teclados, y la estrechó en la suya,
que en aquel momento temblaba.
—Seremos, pues, amigo don Augusto, buenos amigos, aunque esta amistad
a mí...
—¿Qué?
—Acaso ante el público...
—¿Qué? ¡Hable! ¡hable!
—Pero, en fin, después de dolorosas experiencias recientes he
renunciado ya a ciertas cosas...
—Explíquese usted más claro, señorita. No vale decir las cosas a
medias.
—Pues bien, don Augusto, las cosas claras, muy claras. ¿Cree usted
que es fácil que después de lo pasado y sabiendo, como ya se
sabe entre nuestros conocimientos, que usted ha deshipotecado mi
patrimonio regalándomelo así, es fácil que haya quien se dirija a mí
con ciertas pretensiones?
«¡Esta mujer es diabólica!», pensó Augusto y bajó la cabeza mirando
al suelo sin saber qué contestar. Cuando, al instante, la levantó vio
que Eugenia se enjugaba una furtiva lágrima.
—¡Eugenia!—exclamó, y le temblaba la voz.
—¡Augusto!—susurró rendidamente ella.
—Pero ¿y qué quieres que hagamos?
—Oh, no, es la fatalidad, no es más que la fatalidad; somos juguete
de ella. ¡Es una desgracia!
Augusto fué dejando su butaca, a sentarse en el sofá, al lado de
Eugenia.
—¡Mira, Eugenia, por Dios, que no juegues así conmigo! La fatalidad
eres tú; aquí no hay más fatalidad que tú. Eres tú que me traes y
me llevas y me haces dar vueltas como un argandillo; eres tú que
me vuelves loco; eres tú que me haces quebrantar mis más firmes
propósitos; eres tú que haces que yo no sea yo...
Y le echó el brazo al cuello, la atrajo a sí y la apretó contra su
seno. Y ella tranquilamente se quitó el sombrero.
—Sí, Augusto, es la fatalidad la que nos ha traído a esto. Ni...
ni tú ni yo podemos ser infieles, desleales a nosotros mismos; ni
tú puedes aparecer queriéndome comprar como yo en un momento de
ofuscación te dije, ni yo puedo aparecer haciendo de ti un sustituto,
un vice, un plato de segunda mesa, como a mi tía le dijiste, y
queriendo no más que premiar tu generosidad...
—Pero ¿y qué nos importa, Eugenia mía, el aparecer de un modo o de
otro? ¿a qué ojos?
—¡A los mismos nuestros!
—Y qué, Eugenia mía...
Volvió a apretarla a sí y empezó a llenarle de besos la frente y los
ojos. Se oía la respiración de ambos.
—¡Déjame! ¡déjame!—dijo ella, mientras se arreglaba y componía el
pelo.
—No, tú... tú... tú... Eugenia... tú...
—No, yo no, no puede ser...
—¿Es que no me quieres?
—Eso de querer... ¿quién sabe lo que es querer? No sé... no sé... no
estoy segura de ello...
—¿Y esto entonces?
—¡Esto es una... una fatalidad del momento! producto de
arrepentimiento... qué sé yo... estas cosas hay que ponerlas a
prueba... Y además, ¿no habíamos quedado, Augusto, en que seríamos
amigos, buenos amigos, pero nada más que amigos?
—Sí, pero... ¿Y aquello de tu sacrificio? ¿Aquello de que por haber
aceptado mi dádiva, por ser amiga, nada más que amiga mía, no va ya a
haber quien te pretenda?
—¡Ah, eso no importa; tengo tomada mi resolución!
—¿Acaso después de aquella ruptura...?
—Acaso...
—¡Eugenia! ¡Eugenia!
En este momento se oyó llamar a la puerta, y Augusto, tembloroso,
encendido de rostro, exclamó con voz seca: ¿qué hay?
—¡La Rosario que espera!—dijo la voz de Liduvina.
Augusto cambió de color poniéndose lívido.
—¡Ah!—exclamó Eugenia—, aquí estorbo ya. Es la... Rosario que le
espera a usted. ¿Ve usted cómo no podemos ser más que amigos, buenos
amigos, muy buenos amigos?
—Pero Eugenia...
—Que espera la Rosario...
—Y si me rechazaste, Eugenia, como me rechazaste, diciéndome que te
quería comprar y en rigor porque tenías otro, ¿qué iba a hacer yo
luego que al verte aprendí a querer? ¿No sabes acaso lo que es el
despecho, lo que es el cariño desnidado?
—Vaya, Augusto, venga esa mano; volveremos a vernos, pero conste que
lo pasado, pasado.
—No, no, lo pasado pasado ¡no! ¡no! ¡no!
—Bien, bien, que espera la Rosario...
—Por Dios, Eugenia...
—No, si nada de extraño tiene; también a mí me esperaba en un tiempo
el... Mauricio. Volveremos a vernos. Y seamos serios y leales a
nosotros mismos.
Púsose el sombrero, tendió su mano a Augusto que, cojiéndosela se
la llevó a los labios y la cubrió de besos, y salió, acompañándole
él hasta la puerta. La miró un rato bajar las escaleras garbosa y
con pie firme. Desde un descansillo de abajo alzó ella sus ojos y
le saludó con la mirada y con la mano. Volvióse Augusto, entró al
gabinete, y al ver a Rosario allí de pie, con la cesta de la plancha,
le dijo bruscamente:
—¿Qué hay?
—Me parece, don Augusto, que esa mujer le está engañando a usted...
—Y a ti, ¿qué te importa?
—Me importa todo lo de usted.
—Lo que quieres decir es que te estoy engañando...
—Eso es lo que no me importa.
—¿Me vas a hacer creer que después de las esperanzas que te he hecho
concebir no estás celosa?
—Si usted supiera, don Augusto, cómo me he criado y en qué familia,
comprendería que aunque soy una chiquilla estoy ya fuera de esas
cosas de celos. Nosotras, las de mi posición...
—¡Cállate!
—Como usted quiera. Pero le repito que esa mujer le está a usted
engañando. Si no fuera así y si usted la quiere y es ese su gusto,
¿qué más quisiera yo sino que usted se casase con ella?
—Pero ¿dices todo eso de verdad?
—De verdad.
—¿Cuántos años tienes?
—Diez y nueve.
—Ven acá—y cojiéndola con sus dos manos de los sendos hombros la puso
cara a cara consigo y se le quedó mirando a los ojos.
Y fué Augusto quien se demudó de color, no ella.
—La verdad es, chiquilla, que no te entiendo.
—Lo creo.
—Yo no sé qué es esto, si inocencia, malicia, burla, precoz
perversidad...
—Esto no es más que cariño.
—¿Cariño? ¿y por qué?
—¿Quiere usted saber por qué? ¿no se ofenderá si se lo digo? ¿me
promete no ofenderse?
—Anda, dímelo.
—Pues bien, por... por... porque es usted un infeliz, un pobre
hombre...
—¿También tú?
—Como usted quiera. Pero fíese de esta chiquilla; fíese de... la
Rosario. Más leal a usted... ¡ni Orfeo!
—¿Siempre?
—¡Siempre!
—¿Pase lo que pase?
—Sí, pase lo que pase.
—Tú, tú eres la verdadera...—y fué a cojerla.
—No, ahora no, cuando esté usted más tranquilo. Y cuando no...
—Basta, te entiendo.
Y se despidieron.
Y al quedarse solo se decía Augusto: «entre una y otra me van a
volver loco de atar... yo ya no soy yo...»
—Me parece que el señorito debía dedicarse a la política o a algo así
por el estilo—le dijo Liduvina mientras le servía la comida—; eso le
distraería.
—¿Y como se te ha ocurrido eso, mujer de Dios?
—Porque es mejor que se distraiga uno a no que le distraigan y... ¡ya
ve usted!
—Bueno, pues llama ahora a tu marido, a Domingo, en cuanto acabe de
comer, y dile que quiero echar con él una partida de tute... que me
distraiga.
Y cuando la estaba jugando dejó de pronto Augusto la baraja sobre la
mesa y preguntó:
—Di, Domingo, cuando un hombre está enamorado de dos o más mujeres a
la vez, ¿qué debe hacer?
—¡Según y conforme!
—¿Cómo según y conforme?
—¡Sí! Si tiene mucho dinero y muchas agallas casarse con todas ellas,
y si no, no casarse con ninguna.
—Pero ¡hombre, eso primero no es posible!
—¡En teniendo mucho dinero todo es posible!
—¿Y si ellas se enteran?
—Eso a ellas no les importa.
—¿Pues no ha de importarle, hombre, a una mujer el que otra le quite
parte del cariño de su marido?
—Se contenta con su parte, señorito, si no se le pone tasa al dinero
que gasta. Lo que le molesta a una mujer es que su hombre le ponga a
ración de comer, de vestir, de todo lo demás así, del lujo; pero si
le deja gastar lo que quiera... Ahora, si tiene hijos de él...
—Si tiene hijos, ¿qué?
—Que los verdaderos celos vienen de ahí, señorito, de los hijos. Es
una madre que no tolera otra madre o que puede serlo, es una madre
que no tolera que se les merme a sus hijos para otros hijos o para
otra mujer. Pero si no tiene hijos y no le tasan el comedero y el
vestidero, y la pompa y la fanfarria, ¡bah!, hasta le ahorran así
molestias... Si uno tiene además de una mujer que le cueste otra
que no le cueste nada, aquella que le cuesta apenas si siente celos
de esta otra que no le cuesta, y si además de no costarle nada le
produce encima... si lleva a una mujer dinero que de otra saca,
entonces...
—Entonces, ¿qué?
—Que todo marcha a pedir de boca. Créame usted, señorito, no hay
Otelas...
—Ni Desdémonos.
—¡Puede ser...!
—Pero qué cosas dices...
—Es que antes de haberme casado con Liduvina y venir a servir a casa
del señorito había servido yo en muchas casas de señorones... me han
salido los dientes en ellas...
—¿Y en vuestra clase?
—¿En nuestra clase? ¡bah!, nosotros no nos permitimos ciertos lujos...
—¿Y a qué llamas lujos?
—A esas cosas que se ve en los teatros y se lee en las novelas...
—¡Pues, hombre, pocos crímenes de esos que llaman pasionales, por
celos, se ven en vuestra clase...!
—¡Bah!, eso es porque esos... chulos van al teatro y leen novelas,
que si no.
—Si no, ¿qué?
—Que a todos nos gusta, señorito, hacer papel y nadie es el que es,
sino el que le hacen los demás.
—Filósofo estás...
—Así me llamaba el último amo que tuve antes. Pero yo creo lo que le
ha dicho mi Liduvina, que usted debe dedicarse a la política.