—Sí, tiene usted razón—le decía don Antonio a Augusto aquella tarde,
en el Casino, hablando a solas, en un rinconcito—, tiene usted razón,
hay un misterio doloroso, dolorosísimo en mi vida. Usted ha adivinado
algo. Pocas veces ha visitado usted mi pobre hogar... ¿hogar?, pero
habrá notado...
—Sí, algo extraño, yo no sé qué tristeza flotante que me atraía a
él...
—A pesar de mis hijos, de mis pobres hijos, usted le habrá parecido
un hogar sin hijos, acaso sin esposos...
—No sé... no sé...
—Vinimos de lejos, de muy lejos, huyendo, pero hay cosas que van
siempre con uno, que le rodean y envuelven como un ámbito misterioso.
Mi pobre mujer...
—Sí, en el rostro de su señora se adivina toda una vida de...
—De martirio, dígalo usted. Pues bien, amigo don Augusto, usted ha
sido, no sé bien por qué, por una cierta oculta simpatía, quien
mayor afecto, más compasión acaso nos ha mostrado, y yo, para
figurarme una vez más que me libro de un peso, voy a confiarle mis
desdichas. Esa mujer, la madre de mis hijos, no es mi mujer.
—Me lo suponía; pero si es ella la madre de sus hijos, si con usted
vive como su mujer, lo es.
—No, yo tengo otra mujer... legítima, según se la llama. Estoy
casado, pero no con la que usted conoce. Y ésta, la madre de mis
hijos, está casada también, pero no conmigo.
—Ah, un doble...
—No, un cuádruple, como va usted a verlo. Yo me casé loco, pero
enteramente loco de amor, con una mujercita reservada y callandrona,
que hablaba poco y parecía querer decir siempre mucho más de lo que
decía, con unos ojos garzos dulces, dulces, dulces, que parecían
dormidos y sólo se despertaban de tarde en tarde, pero era entonces
para chispear fuego. Y ella era toda así. Su corazón, su alma toda,
todo su cuerpo, que parecían de ordinario dormidos, despertaban
de pronto como en sobresalto, pero era para volver a dormirse muy
pronto, pasado el relámpago de vida, ¡y de qué vida!, y luego como
si nada hubiese sido, como si se hubiese olvidado de todo lo que
pasó. Era como si estuviésemos siempre recomenzando la vida, como si
la estuviese reconquistando de continuo. Me admitió de novio como
en un ataque epiléptico y creo que en otro ataque me dio el sí ante
el altar. Y nunca pude conseguir que me dijese si me quería o no.
Cuantas veces se lo pregunté, antes y después de casarnos, siempre
me contestó: eso no se pregunta; es una tontería. Otras veces decía
que el verbo amar ya no se usa sino en el teatro y los libros, y que
si yo le hubiese escrito: ¡te amo!, me habría despedido al punto.
Vivimos más de dos años de casados de una extraña manera, reanudando
yo cada día la conquista de aquella esfinge. No tuvimos hijos. Un día
faltó a casa por la noche, me puse como loco, la anduve buscando por
todas partes, y al siguiente día supe por una carta muy seca y muy
breve que se había ido lejos, muy lejos, con otro hombre...
—Y no sospechó usted nada antes, no lo barruntó...
—¡Nada! Mi mujer salía sola de casa con bastante frecuencia, a casa
de su madre, de unas amigas, y su misma extraña frialdad la defendía
ante mí de toda sospecha. ¡Y nada adiviné nunca en aquella esfinge!
El hombre con quien huyó era un hombre casado, que no sólo dejó a su
mujer y a una pequeña niña para irse con la mía, sino que se llevó la
fortuna toda de la suya, que era regular, después de haberla manejado
a su antojo. Es decir, que no sólo abandonó a su esposa, sino que la
arruinó robándole lo suyo. Y en aquella seca y breve y fría carta
que recibí se hacía alusión al estado en que la pobre mujer del
raptor de la mía se quedaba. ¡Raptor o raptado... no lo sé! En unos
días ni dormí, ni comí, ni descansé; no hacía sino pasear por los
más apartados barrios de mi ciudad. Y estuve a punto de dar en los
vicios más bajos y más viles. Y cuando empezó a asentárseme el dolor,
a convertírseme en pensamiento, me acordé de aquella otra pobre
víctima, de aquella mujer que se quedaba sin amparo, robada de su
cariño y de su fortuna. Creí un caso de conciencia, pues que mi mujer
era la causa de su desgracia, ir a ofrecerla mi ayuda pecuniaria, ya
que Dios me dio fortuna.
—Adivino el resto, don Antonio.
—No importa. La fuí a ver. Figúrese usted aquella nuestra primera
entrevista. Lloramos nuestras sendas desgracias, que eran una
desgracia común. Yo me decía: «¿y es por mi mujer por la que ha
dejado a ésta ese hombre?», y sentía, ¿por qué no he de confesarle la
verdad?, una cierta íntima satisfacción, algo inexplicable, como si
yo hubiese sabido escojer mejor que él y él lo reconociese. Y ella,
su mujer, se hacía una reflexión análoga, aunque invertida, según
después me ha declarado. Le ofrecí mi ayuda pecuniaria, lo que de mi
fortuna necesitase, y empezó rechazándomelo. «Trabajaré para vivir y
mantener a mi hija», me dijo. Pero insistí y tanto insistí que acabó
aceptándomelo. La ofrecí hacerla mi ama de llaves, que se viniese a
vivir conmigo, claro que viniéndonos muy lejos de nuestra patria, y
después de mucho pensarlo lo aceptó también.
—Y es claro, al irse a vivir juntos...
—No, eso tardó, tardó algo. Fué cosa de la convivencia, de un cierto
sentimiento de venganza, de despecho, de qué sé yo... Me prendé no
ya de ella, sino de su hija, de la desdichada hija del amante de mi
mujer; la cobré un amor de padre, un violento amor de padre, como
el que hoy se lo tengo, pues la quiero tanto, tanto, sí, cuando no
más, que a mis propios hijos. La cojía en mis brazos, la apretaba a
mi pecho, la envolvía en besos, y lloraba, lloraba sobre ella. Y la
pobre niña me decía: «¿por qué lloras, papá?», pues le hacía que me
llamase así y por tal me tuviera. Y su pobre madre al verme llorar
así lloraba también y alguna vez mezclamos nuestras lágrimas sobre la
rubia cabecita de la hija del amante de mi mujer, del ladrón de mi
dicha.
Un día supe—prosiguió—que mi mujer había tenido un hijo de su amante
y aquel día todas mis entrañas se sublevaron, sufrí como nunca había
sufrido y creí volverme loco y quitarme la vida. Los celos, lo más
brutal de los celos, no lo sentí hasta entonces. La herida de mi
alma, que parecía cicatrizada, se abrió y sangraba... ¡sangraba
fuego! Más de dos años había vivido con mi mujer, con mi propia
mujer, y ¡nada! ¡y ahora aquel ladrón...! Me imaginé que mi mujer
habría despertado del todo y que vivía en pura brasa. La otra, la que
vivía conmigo, conoció algo y me preguntó: «¿qué te pasa?» Habíamos
convenido en tutearnos, por la niña. «¡Déjame!», le contesté. Pero
acabé confesándoselo todo, y ella al oírmelo temblaba. Y creo que le
contagié de mis furiosos celos...
—Y claro, después de eso...
—No, vino algo después y por otro camino. Y fué que un día estando
los dos con la niña, la tenía yo sobre mis rodillas y estaba
contándola cuentos y besándola y diciéndole bobadas, se acercó su
madre y empezó a acariciarla también. Y entonces ella, ¡pobrecilla!,
me puso una de sus manitas sobre el hombro y la otra sobre el de su
madre, y nos dijo: «papaíto... mamaíta... ¿por qué no me traéis un
hermanito para que juegue conmigo, como le tienen otras niñas, y
no que estoy sola...?» Nos pusimos lívidos, nos miramos a los ojos
con una de esas miradas que desnudan las almas, nos vimos éstas al
desnudo, y luego, para no avergonzarnos, nos pusimos a besuquear a la
niña, y alguno de estos besos cambió de rumbo. Aquella noche, entre
lágrimas y furores de celos, engendramos al primer hermanito de la
hija del ladrón de mi dicha.
—¡Extraña historia!
—Y fueron nuestros amores, si es que así quiere usted llamarlos,
unos amores secos y mudos, hechos de fuego y rabia, sin ternezas de
palabra. Mi mujer, la madre de mis hijos quiero decir, porque ésta y
no otra es mi mujer, mi mujer es, como usted habrá visto, una mujer
agraciada, tal vez hermosa, pero a mí nunca me inspiró ardor de
deseos, y esto a pesar de la convivencia. Y aun después que acabamos
en lo que le digo me figuré no estar en exceso enamorado de ella,
hasta que pude convencerme de lo contrario. Y es que una vez, después
de uno de sus partos, después del nacimiento del cuarto de nuestros
hijos, se me puso tan mal, tan mal, que creí que se me moría. Perdió
la más de la sangre de sus venas, se quedó como la cera de blanca,
se le cerraban los párpados... Creí perderla. Y me puse como loco,
blanco yo también como la cera, la sangre se me helaba. Y fuí a un
rincón de la casa, donde nadie me viese y me arrodillé y pedí a
Dios que me matara antes que dejase morir a aquella santa mujer. Y
lloré y me pellizqué y me arañé el pecho hasta sacarme sangre. Y
comprendí con cuán fuerte atadura estaba mi corazón atado al corazón
de la madre de mis hijos. Y cuando ésta se repuso algo y recobró
conocimiento y salió de peligro, acerqué mi boca a su oído, según
ella sonreía a la vida renaciente tendida en la cama, y le dije lo
que nunca le había dicho y nunca la he vuelto, de la misma manera, a
decir. Y allí sonreía, sonreía, sonreía mirando al techo. Y puse mi
boca sobre su boca, y me enlacé con sus desnudos brazos el cuello,
y acabé llorando de mis ojos sobre sus ojos. Y me dijo: «gracias,
Antonio, gracias, por mí, por nuestros hijos, por nuestros hijos
todos... todos... todos... por ella, por Rita...» Rita es nuestra
hija mayor, la hija del ladrón... no, no, nuestra hija, mi hija. La
del ladrón es la otra, es la de que se llamó mi mujer en un tiempo.
¿Lo comprende usted ahora todo?
—Sí, y mucho más, don Antonio.
—¿Mucho más?
—¡Más, sí! De modo que usted tiene dos mujeres, don Antonio.
—No, no, no tengo más que una, una sola, la madre de mis hijos. La
otra no es mi mujer, no sé si lo es del padre de su hija.
—Y esa tristeza...
—La ley es siempre triste, don Augusto. Y es más triste un amor
que nace y se cría sobre la tumba de otro y como una planta que
se alimenta, como de mantillo, de la podredumbre de otra planta.
Crímenes, sí, crímenes ajenos nos han juntado, ¿y es nuestra unión
acaso crimen? Ellos rompieron lo que no debe romperse, ¿por qué no
habíamos nosotros de anudar los cabos sueltos?
—Y no han vuelto a saber...
—No hemos querido volver a saber. Y luego nuestra Rita es una
mujercita ya; el mejor día se nos casa... Con mi nombre, por
supuesto, con mi nombre, y haga luego la ley lo que quiera. Es mi
hija y no del ladrón; yo la he criado.