A los dos días de esto anunciáronle a Augusto que una señora deseaba
verle y hablarle. Salió a recibirla y se encontró con doña Ermelinda,
que al: «¿usted por aquí?» de Augusto, contestó con un: «¡como no ha
querido volver a vernos...!»
—Usted comprende, señora—contestó Augusto—, que después de lo que me
ha pasado en su casa las dos últimas veces que he ido, la una con
Eugenia a solas y la otra cuando no quiso verme, no debía volver. Yo
me atengo en lo hecho y lo dicho, pero no puedo volver por allí...
—Pues traigo una misión para usted de parte de Eugenia...
—¿De ella?
—Sí, de ella. Yo no sé qué ha podido ocurrirle con el novio, pero
no quiere oir hablar de él, está contra él furiosa, y el otro día,
al volver a casa, se encerró en su cuarto y se negó a cenar. Tenía
los ojos encendidos de haber llorado, pero con esas lágrimas que
escaldan, ¿sabe usted?, las de rabia...
—¡Ah!, pero ¿es que hay diferentes clases de lágrimas?
—Naturalmente; hay lágrimas que refrescan y desahogan y lágrimas que
encienden y sofocan más. Había llorado y no quiso cenar. Y me estuvo
repitiendo su estribillo de que los hombres son ustedes todos unos
brutos y nada más que unos brutos. Y ha estado estos días de morro,
con un humor de todos los diablos. Hasta que ayer me llamó, me dijo
que estaba arrepentida de cuanto le había dicho a usted, que se
excedió y fué con usted injusta, que reconoce la rectitud y nobleza
de las intenciones de usted y que quiere no ya que usted le perdone
aquello que le dijo de que la quería comprar, sino que no cree
semejante cosa. Es en esto en lo que hizo más hincapié. Dice que ante
todo quiere que usted la crea que si dijo aquello fué por excitación,
por despecho, pero que no lo cree...
—Y creo que no lo crea.
—Después... después me encargó que averiguase yo de usted con
diplomacia...
—Y la mejor diplomacia, señora, es no tenerla, y sobre todo conmigo...
—Después me rogó que averiguase si le molestaría a usted el que ella
aceptase, sin compromiso alguno, el regalo que usted le ha hecho de
su propia casa...
—¿Cómo sin compromiso?
—Vamos, sí, el que acepte el regalo como tal regalo.
—Si como tal se lo doy, ¿cómo ha de aceptarlo?
—Porque dice que sí, que está dispuesta, para demostrarle su buena
voluntad y lo sincero de su arrepentimiento por lo que le dijo, a
aceptar su generosa donación, pero sin que eso implique...
—¡Basta, señora, basta! Ahora parece que sin darse cuenta vuelven a
ofenderme...
—Será sin intención...
—Hay ocasiones en que las peores ofensas son esas que se infligen sin
intención, según se dice.
—Pues no lo entiendo...
—Y es, sin embargo, cosa muy clara. Una vez entré en una reunión y
uno que allí había y me conocía ni me saludó siquiera. Al salir me
quejé de ello a un amigo y éste me dijo: «No le extrañe a usted,
no lo ha hecho a posta; es que no se ha percatado siquiera de la
presencia de usted». Y le contesté: «Pues ahí está la grosería mayor;
no en que no me haya saludado, sino en que no se haya dado cuenta
de mi presencia». «Eso es en él involuntario; es un distraído...»,
me replicó. Y yo a mi vez: «Las mayores groserías son las llamadas
involuntarias, y la grosería de las groserías distraerse delante
de personas. Es, señora, como eso que llaman neciamente olvidos
involuntarios, como si cupiese olvidarse voluntariamente de algo. El
olvido involuntario suele ser una grosería».
—Y a qué viene esto...
—Esto viene, señora doña Ermelinda, a que después de haberme pedido
perdón por aquella especie ofensiva de que con mi donativo buscaba
comprarla forzando su agradecimiento, no sé bien a qué viene
aceptarlo pero haciendo constar que sin compromiso. ¿Qué compromiso,
vamos, qué compromiso?
—¡No se exalte usted así, don Augusto...!
—¡Pues no he de exaltarme, señora, pues no he de exaltarme! ¿Es que
esa... muchacha se va a burlar de mí y va a querer jugar conmigo?—y
al decir esto se acordaba de Rosarito.
—¡Por Dios, don Augusto, por Dios...!
—Ya tengo dicho que la hipoteca se deshizo, que la he cancelado, y
que si ella no se hace cargo de su casa yo nada tengo que ver con
ella. ¡Y que me lo agradezca o no, ya no me importa!
—Pero, don Augusto, ¡no se ponga así! ¡Si lo que ella quiere es hacer
las paces con usted, que vuelvan a ser amigos...!
—Sí, ahora que ha roto la guerra con el otro, ¿no es eso? Antes era
yo el otro; ahora soy el uno, ¿no es eso? Ahora se trata de pescarme,
¿eh?
—Pero ¡si no he dicho tal cosa...!
—No, pero lo adivino.
—Pues se equivoca usted de medio a medio. Porque precisamente después
de haberme mi sobrina dicho todo lo que acabo de repetirle a usted,
al insinuarle yo y aconsejarle que pues ha reñido con el gandul de su
novio procurase ganar a usted como tal, vamos, usted me entiende...
—Sí, que me reconquistase...
—¡Eso! Pues bien, al aconsejarle esto, me dijo una y cien veces que
eso no y que no y que no; que le estimaba y apreciaba a usted para
amigo y como tal, pero que no le gustaba como marido, que no quería
casarse sino con un hombre de quien estuviese enamorada...
—Y que de mí no podrá llegar a estarlo, ¿no es eso?
—No, tanto como eso no dijo...
—Vamos, sí, que esto también es diplomacia...
—¿Cómo?
—Sí, que viene usted no sólo a que yo perdone a esa... muchacha, sino
a ver si accedo a pretenderla para mujer, ¿no es eso? Cosa convenida,
¿eh?, y ella se resignará...
—Le juro a usted, don Augusto, le juro por la santa memoria de mi
santa madre que esté en gloria, le juro...
—El segundo, no jurar...
—Pues le juro que es usted el que ahora se olvida, involuntariamente
por supuesto, de quién soy yo, de quién es Ermelinda Ruiz y Ruiz.
—Si así fuese...
—Sí, así es, así—y pronunció estas palabras con tal acento que no
dejaba lugar a duda.
—Pues entonces... entonces... diga a su sobrina que acepto sus
explicaciones, que se las agradezco profundamente, que seguiré siendo
su amigo, un amigo leal y noble, pero sólo amigo, ¿eh?, nada más
que amigo, sólo amigo... Y no le diga que yo no soy un piano en que
se puede tocar a todo antojo, que no soy un hombre de hoy te dejo y
luego te tomo, que no soy sustituto ni vicenovio, que no soy plato de
segunda mesa...
—¡No se exalte usted así!
—¡No, si no me exalto! Pues bien, que sigo siendo su amigo...
—¿E irá usted pronto a vernos?
—Eso...
—Mire que si no la pobrecilla no me va creer, va a sentirlo...
—Es que pienso emprender un viaje largo y lejano...
—Antes, de despedida...
—Bueno, veremos...
Separáronse. Cuando doña Ermelinda llegó a casa y contó a su sobrina
la conversación con Augusto, Eugenia se dijo: «Aquí hay otra, no me
cabe duda; ahora sí que le reconquisto».
Augusto, por su parte, al quedarse solo púsose a pasearse por
la estancia diciéndose: «Quiere jugar conmigo, como si yo fuese
un piano... me deja, me toma, me volverá a dejar... Yo estaba
de reserva... Diga lo que quiera, anda buscando que yo vuelva a
solicitarla, acaso para vengarse, tal vez para dar celos al otro y
volverle al retortero... Como si yo fuese un muñeco, un ente, un don
nadie... ¡Y yo tengo mi carácter, vaya si le tengo, yo soy yo! Sí,
¡yo soy yo! ¡yo soy yo! Le debo a ella, a Eugenia, ¿cómo negarlo?,
el que haya despertado mi facultad amorosa; pero una vez que me la
despertó y suscitó no necesito ya de ella; lo que sobran son mujeres.
Al llegar a esto no pudo por menos que sonreírse, y es que se acordó
de aquella frase de Víctor cuando anunciándoles Gervasio, recién
casado, que se iba con su mujer a pasar una temporadita en París,
le dijo: «¿A París y con mujer? ¡Eso es como ir con un bacalao a
Escocia!» Lo que le hizo muchísima gracia a Augusto.
Y siguió diciéndose: «Lo que sobran son mujeres. ¡Y qué encanto
la inocencia maliciosa, la malicia inocente de Rosarito, esta
nueva edición de la eterna Eva! ¡qué encanto de chiquilla! Ella,
Eugenia, me ha bajado del abstracto al concreto, pero ella me llevó
al genérico, y hay tantas mujeres apetitosas, tantas... ¡tantas
Eugenias! ¡tantas Rosarios! No, no, con mí no juega nadie, y menos
una mujer. ¡Yo soy yo! ¡Mi alma será pequeña, pero es mía!» Y
sintiendo en esta exaltación de su yo, como si éste se le fuera
hinchando, hinchando y la casa le viniera estrecha, salió a la calle
para darle espacio y desahogo.
Apenas pisó la calle y se encontró con el cielo sobre la cabeza y las
gentes que iban y venían, cada cual a su negocio o a su gusto y que
no se fijaban en él, involuntariamente por supuesto, ni le hacían
caso, por no conocerle sin duda, sintió que su yo, aquel yo del «¡yo
soy yo!» se le iba achicando, achicando y se le replegaba en el
cuerpo y aun dentro de éste buscaba un rinconcito en que acurrucarse
y que no se le viera. La calle era un cinematógrafo y él sentíase
cinematográfico, una sombra, un fantasma. Y es que siempre un baño
en muchedumbre humana, un perderse en la masa de hombres que iban y
venían sin conocerle ni percatarse de él, le produjo el efecto mismo
de un baño en naturaleza abierta a cielo abierto, y a la rosa de los
vientos.
Sólo a solas se sentía él: sólo a solas podía decirse a sí mismo,
tal vez para convencerse, «¡yo soy yo!»; ante los demás, metido en la
muchedumbre atareada o distraída, no se sentía a sí mismo.
Así llegó a aquel recatado jardinillo que había en la solitaria plaza
del retirado barrio en que vivía. Era la plaza un remanso de quietud
donde siempre jugaban algunos niños, pues no circulaban por allí
tranvías ni apenas coches, e iban algunos ancianos a tomar el sol
en las tardecitas dulces del otoño, cuando las hojas de la docena
de castaños de Indias que allí vivían recluidos, después de haber
temblado al cierzo, rodaban por el enlosado o cubrían los asientos
de aquellos bancos de madera siempre pintada de verde, del color de
la hoja fresca. Aquellos árboles domésticos, urbanos, en correcta
formación, que recibían riego a horas fijas, cuando no llovía, por
una reguera y que extendían sus raíces bajo el enlosado de la plaza;
aquellos árboles presos que esperaban ver salir y ponerse el sol
sobre los tejados de las casas; aquellos árboles enjaulados, que
tal vez añoraban la remota selva, atraíanle con un misterioso tiro.
En sus copas cantaban algunos pájaros urbanos también, de esos que
aprenden a huir de los niños y alguna vez a acercarse a los ancianos
que les ofrecen unas migas de pan.
¡Cuántas veces sentado solo y solitario en uno de los bancos verdes
de aquella plazuela vio el incendio del ocaso sobre un tejado y
alguna vez destacarse sobre el oro en fuego del espléndido arrebol el
contorno de un gato negro sobre la chimenea de una casa! Y en tanto,
en otoño, llovían hojas amarillas, anchas hojas como de vid, a modo
de manos momificadas, laminadas, sobre los jardincillos del centro
con sus arriates y sus macetas de flores. Y jugaban los niños entre
las hojas secas, jugaban acaso a recojerlas, sin darse cuenta del
encendido ocaso.
Cuando llegó aquel día a la tranquila plaza y se sentó en el banco,
no sin antes haber despejado su asiento de las hojas secas que lo
cubrían—pues era otoño—, jugaban allí cerca, como de ordinario, unos
chiquillos. Y uno de ellos, poniéndole a otro junto al tronco de
uno de los castaños de Indias, bien arrimadito a él, le decía: «Tú
estabas ahí preso, te tenían unos ladrones...» «Es que yo...»—empezó
malhumorado el otro, y el primero le replicó: «No, tú no eras tú...»
Augusto no quiso oir más; levantóse y se fué a otro banco. Y se dijo:
«Así jugamos también los mayores; ¡tú no eres tú! ¡yo no soy yo! Y
estos pobres árboles, ¿son ellos? Se les cae la hoja antes, mucho
antes que a sus hermanos del monte, y se quedan en esqueleto, y estos
esqueletos proyectan su recortada sombra sobre los empedrados al
resplandor de los reverberos de luz eléctrica. ¡Un árbol iluminado
por la luz eléctrica! ¡Qué extraña, qué fantástica apariencia la
de su copa en primavera cuando el arco voltaico ese le da aquella
apariencia metálica! ¡Y aquí que las brisas no los mecen...! ¡Pobres
árboles que no pueden gozar de una de esas negras noches del campo,
de esas noches sin luna, con su manto de estrellas palpitantes!
Parece que al plantar a cada uno de estos árboles en este sitio les
ha dicho el hombre: “¡Tú no eres tú!”, y para que no lo olviden le
han dado esa iluminación nocturna por luz eléctrica... para que no
se duerman... ¡Pobres árboles trasnochadores! ¡No, no, conmigo no se
juega como con vosotros!»
Levantóse y empezó a recorrer calles como un sonámbulo.