--Estas entrevistas, que por lo mismo que sólo se consiguen venciendo

gravísimos obstáculos no pueden tener fácil repetición, son horribles,

porque exasperan nuestros legítimos deseos de comunicarnos a todas

horas... Piensa que el tiempo corre velozmente, que muy pronto llegará

el instante cruel de la separación... ¿Qué será, entonces, de nosotros?

¿A qué nuevos ardides apelaremos para vernos?

--Sí... ¡tienes razón!...

Sus ojos se llenaron de llanto. Roberto prosiguió acariciándola mientras

hablaba.

--Si hablases con mi padre... diciéndole la verdad... toda la

verdad--exclamó ella.

--¡Oh!... tu padre es muy orgulloso; además estará justamente irritado

conmigo por la solapada conducta que seguí en este asunto, y su

contestación sería negativa.

--¡Es cierto!...

A ella también le repugnaba aquel procedimiento que tenía algo de

confesión y de súplica; por otra parte, su genio revolucionario

experimentaba ante toda legalidad ese malestar que sufren los espíritus

desequilibrados en los caminos anchos y perfectamente rectos.

--Quiéreme mucho, deposita en mí tu confianza, abandónate a mis

consejos...--murmuró el actor.

Se lo decía muy quedamente, al oído, como para no asustarla, y rozando

su piel sonrosada con sus labios ardientes. Mercedes temblaba, midiendo

el perverso alcance de aquellas marrullerías insidiosas.

--Como ya te dije la tarde memorable de nuestra riña--añadió Alcalá--,

necesito recibir de tu amor una prueba muy grande.

--Muy grande... ¡Oh! si no fuese más que muy grande, te la daría... Pero

exiges de mí un imposible.

--¡Imposible!... Una palabra odiosa que los verdaderos amantes han

borrado con sus locuras del santo diccionario de las pasiones...

Mercedes le miraba absorta con los ojos muy abiertos, atraída por ese

abismo en cuyo fondo los gnomos de la tentación cantan con voces

irresistibles de sirena. De pronto se rehizo.

--¡Nunca, eso... no sucederá jamás!... Todo me lo prohibe: mi deber, mi

decoro, mi apellido... ¡ah, no puedo mancillar tan infamemente el

apellido de mi padre!...

Roberto Alcalá repuso con su voz suave, aquella voz fascinadora que tan

hábilmente sabía modular en los grandes momentos dramáticos.

--¿No es cierto que me quieres?...

--¡Sí; te quiero más que a nadie!...

--Ése es tu error... Te quieres a ti misma más que a mí, pues me

sacrificas cruelmente a tu deseo y a tu deber... Dos conceptos que

tiranizan tu espíritu, que son tus verdaderos amantes, los verdaderos

señores de tu albedrío... Ellos gobiernan tu alma y tu cuerpo; a mí sólo

me otorgas lo que ellos permiten que me des... Y es necesario que entre

nosotros ocurra algo irremediable... que nos una para siempre a despecho

de los hombres y de la ley.

--No quiero... no quiero oír... ¡Me vuelves loca!

Hablaron mucho, dirimiendo la eterna cuestión hacia donde convergen las

ilusiones y los deseos de todos los amantes: Roberto razonaba

pausadamente, luciendo la serena confianza de los fuertes; Mercedes

respondía con monosílabos, pensando que su vencimiento era algo

inevitable, que tarde o temprano había de llegar.

--¿Por qué los hombres--murmuró--sólo pueden querer así?...

--Porque el amor que no desea es pasión incompleta y deforme: es

amistad, es simpatía... ¡todo!... menos verdadero amor. ¡Desconfía de

los cariños que el crimen asusta!

De repente se levantó; en el reloj de la Universidad acababan de sonar

las cinco y media.

--¡Qué horror!--exclamó--; me voy.

--No, no te vayas aún... espera...

--Imposible, necesito llegar a mi casa antes que mi madre.

El actor se había puesto en pie, abriendo los brazos, y la joven se

precipitó en ellos.

--Adiós, Roberto, adiós... no me olvides...

Él la besaba enternecido; ella, vencida por su pasión y la triste

solemnidad de aquella despedida, le besaba también.

--Adiós--dijo--, escríbeme, consuélame asegurándome que esta entrevista

no será la última.

--¿Y te marchas así, sin prometerme lo que tanto deseo?...

Ella procuró desasirse; él la retenía por un brazo: así, forcejeando,

llegaron a la puerta. Allí volvió a estrecharla contra su pecho

apasionado, besándola en la nuca, detrás de las orejas, sobre los

párpados... Mercedes desfallecía.

--¡Oh, déjame!

--¿Consientes?

--No puede ser.

--¿Nunca?...

--¡No!... ¡Jamás!...

--¿Por qué?...

--Porque... ¡Quién sabe! No hay ocasión.

Lo dijo irreflexivamente, por no disgustarle con una negativa rotunda.

--No importa--repuso el actor--; yo la buscaré. Ahora habla... Mercedes,

¿es cierto lo que dices?... ¿No me engañas?

Sus ojos relampagueaban de felicidad, y el deseo, ese deseo todopoderoso

que amasó con carne humana las entrañas del globo, agitaba sus labios

convulsivamente. La muy Deseada, temblando de miedo, huyó del salón, y

Roberto, que la tenía sujeta por un brazo, la siguió casi a rastra. En

la calle se despidieron.

--Vete tranquila--dijo Alcalá--; pronto nos veremos; yo inventaré un

medio... no sé cuál... ¡uno!... Adiós.

--Adiós, sí... no me olvides.

Permanecieron algunos instantes perplejos, mirándose a los ojos,

oprimiéndose mutuamente las manos, hasta lastimarse. Luego se separaron,

de golpe, para abreviar la duración de aquel martirio.

--Acuérdate de mí, de lo que me has prometido...--murmuró Roberto.

--Sí, sí... adiós...

Y se fué satisfecha de dejarle contento, pero segura de que la terrible

ocasión en que el actor pudiese reclamarla el cumplimiento de lo

prometido, no llegaría nunca.

Poco después de volver Mercedes a su casa, llegó doña Balbina; parecía

muy fatigada y muy triste, y aquella noche la joven oyó que su madre se

levantaba varias veces, con propósitos, sin duda, de sorprenderla

hablando con Roberto por la mirilla de la escalera. Era, pues, indudable

que Balbina Nobos, a pesar del chasco sufrido en la iglesia de Antón

Martín, continuaba creyendo en la verdad del anónimo.

Paulatinamente el recuerdo de aquel incidente fue borrándose; doña

Balbina se convencía de que la autora de la terrible carta acusatoria se

equivocó o mintió al escribirla, y la dulce tranquilidad de los

caracteres pacíficos reapareció en sus ojos. Los días se deslizaban sin

emociones: días monótonos, tediosos, desdibujados, que huían sin dejar

recuerdos. Mercedes iba por las mañanas al Conservatorio, algunas tardes

recibía la visita de Nicasia y de Carmen Vallejo, y las cartas que, por

mediación de sus primas, la enviaba Roberto; y aunque su existencia no

había variado, parecía más alegre que antes, más resignada con su

suerte, cual si presintiese la curación inminente de todos sus pesares.

Roberto, entre tanto, la escribía asiduamente, procurando que en

Mercedes la ausencia no resfriase el fuego del amor. Algunas de sus

cartas eran muy concisas, como para obligarla a desear en aquel

estudiado laconismo la llegada de otras mayores y más dulces; a veces

pulsaba la cuerda apasionada de los juramentos, bordando un porvenir de

placeres sin guarismo: él se retiraría del teatro para estar más libre y

andarían siempre juntos viviendo, a despecho del matrimonio, la

existencia incongruente y desigual de los amancebados; otras pulsaba el

plectro voluptuoso de los recuerdos, hablándola de su pasado, de sus ya

lejanas alegrías, de sus riñas olvidadas con besos, de sus paseos

nocturnos a través de Madrid; el bullicioso Madrid de las siete de la

tarde, con sus esquinas invadidas por obrerillas y estudiantes

enamorados que se saludan... Y siempre concluía recomendando que no le

olvidase y tuviera la seguridad de que habían de unirse muy pronto.

Una tarde llegó Carmen Vallejo a casa de Mercedes más temprano que de

costumbre; llevaba el semblante risueño y en los ojos la expresión

zaragatera y feliz de quien es portador de buenas noticias. Balbina

Nobos salió a recibirla, y Carmen la saludó y besuqueó con inusitado

apasionamiento.

--Doña Balbina--dijo la joven--, vengo en representación de mi madre y

de Nicasia, a solicitar de usted un favor.

--¿De mí?--repuso la anciana; y su rostro revelaba la admiración del que

jamás se creyó investido de potestad alguna.

--Sí, señora, de usted...

--Usted dirá.

--Que deje usted ir a Mercedes al teatro mañana, domingo, por la tarde.

Doña Balbina palideció, luego sus mejillas se colorearon fuertemente,

acusando esa terrible lucha interior que experimentan los débiles

constreñidos a responder negativamente a lo que de ellos se solicita.

--Eso es imposible--repuso bajando los ojos--, usted lo sabe: ni Pedro

ni yo queremos que Mercedes vaya sola a ninguna parte...

Carmen Vallejo la interrumpió:

--¡Pero si no saldría sola... vendría usted con ella!...

--¡Oh, eso ya es diferente!

--Vamos mi madre, Nicasia, usted, Mercedes y yo...

--Siendo así, no hay inconveniente... Mercedes decidirá.

La joven, que vislumbró en todo aquello la mano de Roberto, aceptó la

idea con entusiasmo.

--¿A qué teatro iremos?--preguntó.

--A la Zarzuela. Representan _Marina_. Las entradas las ha regalada

Mariano Cortés. ¿Le conoces?...

--No.

--Un muchacho periodista, amigo nuestro. Nos dió cinco billetes,

sobraban dos y nos acordamos de ustedes...

Hablaba de prisa, con la volubilidad de quien se halla bajo el influjo

de una gran emoción.

--¿No te sientas?--preguntó Mercedes.

--No, vuelvo a casa, tengo mucho que estudiar y que coser... ya ves lo

que traigo; el vestidillo de todos los días... Vaya, abur.

Balbina Nobos, muy ufana del satisfactorio desenlace de aquel incidente,

sonreía esforzándose en borrar el disgusto que su anterior negativa

hubiese causado a la joven.

--Usted dispensará--decía--; pero como Pedro es así... tiene un

carácter... Yo deploro...

--Calle usted, doña Balbina, lo que usted dice está muy en razón. Todas

las madres, en el lugar de usted, harían otro tanto...

Mercedes y su madre acompañaron a Carmen hasta el recibimiento.

--La función--dijo la joven--empieza a las cuatro y media: nosotras

vendremos por ustedes a las cuatro.

--¿Aquí?--preguntó Mercedes.

--Aquí o en otro sitio.

--Mi hija dice bien--repuso la anciana--; preferible sería que nos

citásemos en la calle... Pedro, ¿comprende usted?... es así, tan

caprichoso... Lo más insignificante le incomoda...

Y añadió:

--Si supiese que habíamos ido al teatro solas y a entrada general...

¡nos mataba!

--Entonces--dijo Carmen--nos reuniremos a las cuatro en punto, en el

Pasaje del Comercio, que es lugar poco transitado.

--Bien.

--Y si algo imprevisto las impidiese a ustedes salir, tengan la

precaución de avisarnos.

Ya de acuerdo, se separaron. Cuando Mercedes y su madre volvieron al

gabinete, doña Balbina exclamó:

--Creo haber hecho bien admitiendo la invitación de Carmen; realmente,

no había motivo para rechazarla... Sin embargo, temo decírselo a tu

padre; como ha sucedido lo que ya sabemos... ¿qué opinas tú?

--Que no debe usted decirle nada--repuso Mercedes resueltamente--; papá

es muy raro; según el estado de sus nervios, el proyecto puede gustarle

o enfurecerle, y encuentro humillante y ridículo renunciar a una tarde

agradable por obedecer un capricho estúpido. ¿Es censurable lo que vamos

a hacer?... No: pues obremos con arreglo a lo que, según nuestro

criterio, es legal y discreto.

--Bueno, bueno--contestó la anciana pensativa--, no diremos nada...

Sin embargo, su carácter refractario al disimulo, débil y acostumbrado a

obedecer durante treinta años de matrimonio, no podía aceptar la

responsabilidad de ninguna determinación: lo desconocido la infundía

horror: temía que hubiese fuego en el teatro, o que un coche la

atropellara al salir del espectáculo, o que ocurriese cualquier otro

desdichado accidente por el cual don Pedro averiguase que ella se

propasó a hacer algo sin pedirle antes opinión y consejo. Esto le

parecía imperdonable y, conforme el tiempo pasaba, más crueles eran las

mordeduras de su conciencia y más apremiante su necesidad de confesarle

a Gómez-Urquijo cuanto tenía pensado y dispuesto. Durante la cena doña

Balbina, aunque con gran trabajo pudo reprimirse: Mercedes la observaba

con inquietud y ella evitaba sus miradas, comprendiendo que su delito

era tanto mayor cuanto más tardase en descubrirlo. Después de comer,

Mercedes se retiró a su habitación y Gómez-Urquijo y doña Balbina al

despacho. Don Pedro leyó algunos periódicos y luego se puso a escribir;

la anciana le atisbaba desde un rincón, no sabiendo cómo componérselas

para echar fuera de una vez lo que tan indigestado traía. De pronto se

atrevió:

--Tengo sueño--dijo--; voy a dormir... Hasta mañana...

--Adiós--repuso don Pedro sin levantar los ojos.

Al llegar a la puerta, Balbina Nobos se detuvo y volvió sobre sus pasos,

exclamando con aire ingenuo:

--¡Ah, ya olvidaba lo que más presente tenía!... ¿Sabes, Pedro, que

mañana por la tarde Merceditas y yo iremos a la Zarzuela?... Nos han

invitado.

Gómez-Urquijo irguió su poderosa cabeza y miró a la anciana con ojos

penetrantes. El recuerdo de Roberto Alcalá había pasado como un

relámpago por su frente.

--¿Quién?--dijo.

Balbina Nobos comprendió que si no disfrazaba la verdad don Pedro no la

concedería el permiso deseado, y replicó suavemente:

--Me ha invitado doña Inés, la madre de Carmen Vallejo. Hoy, cuando salí

a comprar unas trencillas que necesitaba, la encontré. Estuvimos

charlando tonterías, me dió muchos recuerdos para ti y me dijo que la

habían regalado cinco billetes para la Zarzuela... que si quería ir.

Creo que representan _Marina_. Su invitación fue tan espontánea que la

acepté.

--¿Quiénes van?

--Ella y sus dos hijas, Mercedes y yo.

--No me gusta esa familia.

--A mí tampoco... Mas como sólo se trata de ir al teatro... ¿Qué te

parece?...

--Bueno--repuso don Pedro--, que vayas...--Y siguió escribiendo,

arrastrado por el vértigo de su concepción, facilitando con sus

distracciones de artista los designios fatales del Destino.

Al día siguiente, domingo, a las cuatro de la tarde, Mercedes y su madre

llegaron al Pasaje del Comercio casi al mismo tiempo que doña Inés y

sus hijas.

--Por mi gusto--dijo Nicasia--ya estaríamos zancajeando por las calles

desde hace una hora, pero, imposible... Mi madre, a pesar de sus años,

tarda en emperejilarse más que una coqueta.

Doña Inés sonreía: era una mujer de mediana estatura, muy gruesa, con

ojos azules que debieron de ser hermosos y que ogaño miraban

trabajosamente bajo sus párpados caídos, y un semblante fofo, marchitado

por el hastío. Después, las cinco mujeres echaron a andar, bajando la

cuesta de la calle Montera: las dos ancianas iban detrás; delante

caminaban las hermanas Vallejo, llevando en medio a Mercedes.

--¿Qué te parece esto?--preguntó Carmen en voz muy baja.

--Hasta ahora--repuso Mercedes--me parece bien, pero no lo comprendo.

--Más te gustará cuando lo entiendas.

--¿Y Roberto?

--Esperándonos.

--¿Dónde?

--En la Zarzuela. Él, que según la inventiva que va despuntando parece

un escritor de novelones por entregas, es único autor de este enredijo,

del cual Nicasia y yo somos simples ejecutoras...

Nicasia reía a carcajadas; su hermana la ordenó severamente que bajase

la voz.

--No seas estúpida--dijo--, la menor indiscreción puede echar por tierra

todas nuestras cábalas.

Y añadió dirigiéndose a Mercedes:

--Mi primo, que no ese Mariano Cortés de que antes hablé, es quien me ha

dado los billetes para la función de esta tarde. De las cinco entradas,

¡fíjate bien!... tres son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro

platea. No se lo he dicho a doña Balbina por no alarmarla... El plan de

mi primo se reduce a que nuestras madres y una de nosotras ocupen los

asientos de anfiteatro principal, y tú y yo, verbigracia, los de platea.

De este modo, durante los entreactos, las cinco estaremos reunidas, pero

en cuanto empiece la representación, como ellas no pueden vernos, yo me

quedo en mi localidad y tú y Roberto os vais a charlar por donde bien os

parezca; siempre que vuelvas a mi lado antes de que baje el telón, para

que el enredo no se descubra...

Mercedes se había quedado un poco triste.

--Todo eso es muy bonito--dijo--, pero el desenlace no es seguro; porque

si mi madre no quiere separarse de mí...

--Nada es inevitable, pero abrigo esperanzas muy verosímiles de no

equivocarme. Tu madre y la mía se entienden perfectamente y charlan, sin

aburrirse, de sus achaques y de «sus tiempos...» Además, yo demostraré

deseos de estar contigo, si advierto en ella alguna repugnancia

insistiré, suplicaré, y ya sabes que doña Balbina no sabe negar ningún

favor. Tengo también la evidencia de que mi madre, inocentemente, nos

ayudará; y, últimamente, si la tuya se obstina en perseguirte durante el

primer acto, puede cambiar de opinión al segundo o al tercero... Cuatro

mujeres pidiendo lo mismo, molestan mucho.

Cuando llegaron a la Zarzuela, ya las puertas del coliseo estaban

abiertas y por ellas iba entrando ese público numeroso, abigarrado y

vocinglero que acude a los teatros los domingos por la tarde. Las tres

jóvenes se detuvieron esperando a que sus madres se acercasen.

--¿Quién tiene los billetes?--preguntó doña Inés.

--Yo--repuso Carmen--: síganme ustedes...

Entraron abriéndose paso a través de la multitud. Al llegar al

vestíbulo, Carmen se detuvo.

--Advierto a ustedes--dijo--que nuestros asientos no están juntos: tres

son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro platea.

Balbina Nobos no comprendía bien, presa del aturdimiento que acomete a

los espíritus tímidos cuando penetran en un sitio público. Carmen tuvo

que repetir el nombre y distribución de los asientos.

--¿Entonces, cómo vamos a repartirnos?--preguntó su madre.

--Muy fácilmente: usted, doña Balbina y Nicasia, por ejemplo, ocupan las

localidades de principal, y Mercedes y yo las de platea...

El público que seguía entrando, las empujaba de un lado a otro,

magullándolas, impidiéndolas hablar.

--¡Cuánto siento que estemos separadas!--dijo doña Balbina.

--Es cierto; pero en los entreactos nos reuniremos... Yo había

advertido este inconveniente, pero como los billetes son de favor, no

quise decirle nada al pobre muchacho que me los dió.

Y añadió, haciendo con la cabeza un ademán expresivo:

--Conque, ¿vamos?...

Todas la siguieron, sumergiéndose entre aquella multitud que subía por

las escaleras, oscilando, retorciéndose sobre sí misma en los peldaños,

como una enorme serpiente de carne humana, todos los espectadores

avanzaban empujándose, agarrándose unos a otros, sosteniéndose

mutuamente, hombro con hombro, pecho con espaldas, en virtud de un

equilibrio inexplicable. Los peldaños retemblaban bajo el peso de tantos

pies, el humo lanzado por los fumadores infestaba el ambiente, el calor

asfixiaba, excitando, y los hombres aprovechaban aquellas apreturas para

pellizcar a las mujeres: algunas se defendían gritando; otras se

abandonaban, arqueando las caderas, ofreciéndose espontáneamente al

voluptuoso martirio... Y era imponente el sentimiento magnético animador

de tantos cuerpos que se buscaban sin conocerse, estrujándose,

lastimándose, y que luego seguían direcciones diversas sin conservar de

aquellas fugitivas uniones ningún recuerdo. Mercedes acercó sus labios

al oído de Carmen Vallejo.

--¿Y Roberto?--preguntó.

--No sé, por ahí andará.

--Por más que miro, no le veo...

Cuando llegaron al anfiteatro principal, Carmen entregó a su madre los

tres billetes de sus asientos.

--Ahora--dijo--, Mercedes y yo vamos a platea.

Doña Balbina quiso detenerlas.

--Esperen ustedes, aún es temprano.

--No lo crea usted, han tocado el primer aviso.

Habían entrado en el anfiteatro y la joven se acercó a la delantera.

--¿Ve usted?--añadió--, los músicos ya ocupan sus sitios; esto empezará

en seguida. Ea, adiós...

Un acomodador se acercó exclamando:

--¡Tengan ustedes la bondad de dejar libre el paso!

Balbina Nobos comprendió que era preciso ceder: el director de orquesta

acababa de sentarse en su silla.

--Bueno--repuso--, que vuelvan ustedes en seguida...

--Sí, sí... hasta luego.

--¡Cuidado con salir del teatro!...

--Quede usted tranquila...

Carmen echó a correr, arrastrando a Mercedes que no había osado

desplegar los labios temiendo decir alguna candidez que descompusiese la

maquiavélica urdimbre de todo aquel plan. Cuando las dos jóvenes

llegaban al pasillo de butacas, encontraron a Roberto. Estaba muy

pálido, con los ojos inquietos y azorados del luchador que va venciendo,

pero que aun duda de la victoria.

--¡Todo ha salido a pedir de boca!--dijo Carmen; y agregó, señalando a

Mercedes con un gesto--: ahí la tienes...

--Gracias--contestó Alcalá--, hasta después; volveremos a buscarte en

seguida, antes de que caiga el telón.

Y salió precipitadamente, llevándose a Mercedes asida de un brazo,

temeroso de volver a perderla. Atravesaron el vestíbulo y empezaron a

subir las escaleras.

--¿Dónde vamos?--preguntó ella.

--Ahora lo verás.

Mercedes, instintivamente, sintió una violenta conmoción de terror.

Llegaron al anfiteatro segundo.

--Al fin--murmuró el actor--, y por primera vez, vamos a estar solos,

completamente solos tú y yo.

La arrastraba a lo largo de un pasillo obscuro, con un brazo vigoroso,

amenazador, como el brazo irresistible de la fatalidad.

--¡Oh!... pero, ¿dónde me llevas?--exclamó Mercedes angustiada--; estoy

ignorante de todo, Carmen nada me ha dicho.

--¡Naturalmente!... Porque Carmen no sabe que yo he comprado un palco

para ti.

En el fondo del carrejo, un pasadizo sobre cuyo piso de tabla las

pisadas retumbaban medrosamente, había un acomodador apoyado contra la

pared, leyendo un periódico a la luz de una lamparilla eléctrica.

Roberto Alcalá llegóse a él, presentando un billete.

--Palco proscenio, número...

--Sí, señor; éste es.

Y abrió una puertecilla, que los dos amantes franquearon sin detenerse y

que luego el actor cerró por dentro. Mercedes de pronto, sin comprender

apenas cómo pudo llegar allí, se encontró en un espacioso antepalco,

especie de habitación rectangular, tapizada de rojo, e iluminada por un

foco eléctrico. Al frente, separándoles del salón, había un pesado

cortinaje de terciopelo, a través del cual penetraban el confuso

murmullo de la muchedumbre que invadía el teatro y los acordes de la

orquesta, que empezaba a ejecutar los primeros compases de la overtura;

todo ello repercutía en los ángulos del antepalco revuelto, caótico, con

un estruendo calenturiento. Pasada la primera impresión, Mercedes reparó

algunos detalles: la alfombra era vieja, en la paredes había fechas y

letreros obscenos que enrojecían las mejillas; a un lado aparecía un

diván tentador, ancho y muelle. La joven tuvo la intuición neta de que

allí estaba su perdición.

--Yo no puedo estar aquí, no debo estar aquí--murmuró dirigiéndose a la

puerta--; vámonos.

--Roberto la contuvo suavemente.

--No temas--dijo--ninguna celada. He ideado este medio para que podamos

charlar tranquilamente. Eso es todo.

Mercedes tiritaba de emoción y de frío.

--Pero pueden vernos... y venir.

--Aquí no puede venir nadie, y menos entrar sin permiso nuestro.

Después, como quien es muy dueño de sí mismo y no tiene prisa en

extremar sus caricias, añadió:

--Desde el palco, que es muy hondo, veremos a tu madre y a mis primas,

sin peligro de ser vistos. Acércate por aquí...

Y apartó el lado del cortinaje más inmediato a la pared. Mercedes

obedeció.

--¿Ves?--dijo Roberto extendiendo el brazo--allí están.

--¿Dónde?...

--Allí, a la izquierda de la tercera columna, junto al pasillo...

Una multitud compacta invadía el salón: en los anfiteatros había

centenares de cabezas que miraban fijamente al escenario. Los ojos de

Mercedes iban de un punto a otro buscando vagamente el sitio indicado

por el actor, mareados por aquella aglomeración de semblantes

desconocidos. Luego ahogó un pequeño grito; acababa de ver...

--Sí, sí--murmuró--, tienes razón...

Incesto: novela original · 第 8 / 10 段