Gómez-Urquijo miraba a su hija sin pestañear, presa de estupefacción

supina y cual si nunca hubiese reparado bien en ella. Mercedes tenía el

carácter y hasta los mismos rasgos fisonómicos de sus hermanas _Eva_ y

_Matilde_. Era la mujer que él soñó, con su cabellera negra y crespa,

sus ojos profundos, su nariz aguileña de alas inquietas, sus labios

finos y su semblante místico, enjuto y pálido; y luego el cuerpo,

nervioso, flexible, de talle largo y de caderas poderosas... La mujer,

ardiente, veleidosa, simoníaca, que cree y duda y sueña con viajes y

amoríos fantásticos; la mujer que va de aquí para allá, según las

oscilaciones del capricho, corriendo siempre hacia lo ignorado, como

insaciable mariposa enamorada del misterio, y que cruza por el mundo

riendo y cantando, borracha de alegría, prodigando sus encantos, cual

una bacante que, por equivocación del Destino, hubiese nacido en

occidente, muchos siglos después de extinguirse los últimos cánticos

entonados en loor de las retozonas deidades del gentilismo...

Mercedes continuó hablando, defendiéndose gallardamente con los

argumentos que aprendió en los libros de su padre, sofocando a

Gómez-Urquijo quien, convertido en crítico de sí mismo, la acometía

tibiamente. Mercedes era irresistible; don Pedro se batía en retirada,

desconcertado, huyendo ante aquella hija, engendro demoledor de su carne

y de su fantasía.

--¡Oh padre mío!--exclamaba la joven--; ¿es creíble que usted, autor de

tantas mujeres iguales a mí, no me comprenda?... Usted ha dicho que la

vida es una novela que se escribe... ¡No sea usted cruel! Deje usted que

la novela de mi vida la escriba yo a mi gusto...

Hablando, hablando, arrebatada por el fuego de su inspiración, Mercedes

abrió su alma. Ella amaba todo: las escenas campestres, con sus

amaneceres primaverales, recortando sobre un cielo de púrpura las copas

de esmeralda de los árboles cubiertos de rocío; sus praderas salpicadas

de flores odorantes; sus misteriosas espesuras habitadas por ruiseñores

que trinan saludando la aparición del lucero vespertino: y sus

arroyuelos corriendo por entre una doble hilera de espadañas y juncos;

reflejando sobre su temblequeante superficie la luz de los astros y

acariciando las orillas con un suave glu-glu somnífero: y amaba también

la existencia febril de esas ciudades populosas que exigen del individuo

derroches continuos de energías y en donde se envejece muy de prisa;

Madrid, París, Londres... con sus bailes, sus teatros, sus hipódromos y

sus casinos devoradores de fortunas; esos pueblos modernos, grandes por

sus industrias, su cultura y sus vicios, en los cuales las cortesanas

van por las tardes en coche a buscar a los agiotistas gananciosos que

salen de la Bolsa; que tienen capitalistas que ponen una fortuna en la

cola de un caballo, y príncipes que se suicidan por bailarinas, y

hetarias que han devorado millones; pueblos gigantescos que, vistos

desde lejos, aparecen a los ojos de la imaginación como algo

fantasmagórico, incongruente, disparatado, como una pesadilla...

Mercedes soñaba con estas múltiples y abigarradas fases de la vida, y

las quería de un modo intuitivo, infinitamente más tentador y peligroso

que el conocimiento personal y directo de la misma realidad.

--Todo eso--replicó don Pedro con voz grave--es literatura... literatura

malsana. Yo quiero que seas buena.

--Yo también.

--Honrada.

--¿Y qué?

--Fiel, limpia, hacendosa y sin tacha, como tu madre lo ha sido.

--¡Como mi madre!...

Su acento fue insultante; Gómez-Urquijo la miró de un modo terrible.

--Nadie mejor que usted sabe--añadió la joven--que mi pobre madre es una

mujer vulgar. ¡Yo no soy así... no puedo serlo!... ¡Llevo sangre de

usted!...

Hubo una pausa.

--No importa--repuso don Pedro vencido--; procura imitarla; la virtud

nunca es vulgar. De lo contrario seré capaz de recurrir, para

castigarte, a los procedimientos más duros: a la reclusión, al

destierro...

--¿Y mi felicidad?

--¡Loca!... Búscala en un pacífico término medio. Las mujeres de mis

libros sólo hubieran podido ser fieles y dichosas casándose con hombres

como yo, superiores... ¡Y es muy difícil hallar hombres así!...

--Necesito ser feliz--repitió la joven obstinadamente--, lo necesito

antes de llegar a vieja... ¡No lo olvide usted!

Gómez-Urquijo se cruzó de brazos, mudo, no sabiendo qué argüir contra

aquella sed implacable de placeres. Cuando don Pedro salió del

dormitorio, Mercedes quedaba muy orgullosa, convencida de haber

derrotado a su padre completamente.

Después de aquella conversación, Mercedes no volvió a salir sola: su

madre la acompañaba al Conservatorio, luego iba a buscarla y era tanta

su asiduidad y vigilancia, que hasta las ocasiones de expansionarse con

sus amigas la robaba. Al principio la joven intentó sublevarse y romper

tan odiosa tutela, pero sus esfuerzos fueron vanos, porque doña Balbina

tenía el apoyo de Gómez-Urquijo y aquella protección la autorizaba y

fortalecía.

--No soy yo quien hace esto--exclamaba cuando su tierno corazón maternal

no podía resistir las súplicas insinuantes de Mercedes--; es tu padre...

tu padre ordena y dispone; mi misión queda reducida a obedecerle

ciegamente... Háblale tú; yo no me atrevo...

Después, compadecida de tanto rigor, agregaba:

--Los viejos están aquejados de manías y tu padre tiene las suyas. Esto

pasará: ten paciencia... Por ahora hemos de conformarnos. Si supiese que

te dejaba sola un momento, era capaz de matarme. ¡Ah, qué furioso se

puso cuando te sorprendió yendo a casa de Carmen!... ¡Lo que me dijo!...

Nunca le he visto así. Creí que me pegaba...

Mercedes acabó por resignarse con su suerte; pasaba los días mano sobre

mano, sin ganas de reír ni de llorar, sumida en una embrutecedora

melancolía. Cuando iba al Conservatorio, apoyada en el brazo de su

madre, caminaba lentamente, con los ojos fijos en el suelo, segura de

que sus movimientos de convaleciente, tardos, perezosos y débiles, no

habían de llamar la atención de los hombres, y que holgaba que ella

mirase a ninguno. En pocas semanas perdió la afición hacia todo lo que

reclamase algún esfuerzo; no cosía, ni bordaba; las faenas domésticas la

inspiraban horror, los libros la aburrían y los nocturnos de Chopín

yacían olvidados, empolvándose sobre el atril del piano abierto. Siempre

tenía frío, ganas de sentarse donde hubiese poca luz, para arrebujarse

en su mantón y dormir. Diríase que en ella había muerto toda esperanza

de redención; era un pajarillo enfermo, una pobre vencida que se

entregaba... Balbina Nobos llamó la atención de don Pedro acerca de

esto, el anciano no hizo caso.

--Eso--dijo--es una crisis aguda de sentimentalismo y de mala crianza,

que desaparecerá con las primeras auras primaverales. Sigue mis

consejos: a las muchachas conviene tratarlas, según las circunstancias,

con cierto rigor...

Terminaba el mes de noviembre y llegó el invierno, con sus temporales de

granizo y nieve y sus horribles tardes cargadas de bruma. Algunas

veces, después de clase, Carmen y Nicasia Vallejo, burlando con anuencia

de doña Balbina las órdenes de Gómez-Urquijo, que había prohibido

terminantemente aquellos visiteos, iban a casa de Mercedes y éstos eran

los únicos momentos en que la joven charlaba y reía. Carmen y su hermana

solían llegar por la tarde, cuando más probabilidades tenían de no

encontrarse con don Pedro; Mercedes, que ya las esperaba, salía a

recibirlas y las tres entraban en el gabinete corriendo, empujándose,

muy ufanas de atropellar los deseos del jefe de la casa; después se

ponían a charlar junto a la chimenea, refiriendo en voz baja chistosos

secretillos que luego reían a carcajadas, pellizcándose, dándose azotes,

jugueteando como pajarillos que se espulgan bajo un rayo de sol.

Aprovechando los momentos en que doña Balbina las dejaba solas, Mercedes

y sus amigas hablaban de Roberto.

--¿Le has visto?

--Sí.

--¿Cuándo?

--Hoy por la tarde, yendo al Conservatorio.

--¿Qué dice?

--Que te quiere mucho; las dificultades acicatean su cariño y anda loco

por tus pedazos.

--¿Cómo está?

--Muy bien; tan simpático y pisaverde como siempre.

Y Carmen añadía, sacando del bolsillo una carta:

--Toma: esto me dió para ti...

Mercedes guardaba el papelito prestamente y entregaba otro a su amiga, y

de este modo, gracias a la filantrópica tercería de la futura actriz,

los dos amantes continuaban comunicándose asiduamente.

Aquellas cartas ejercían sobre Mercedes influjo extraordinario: si eran

tristes, su abatimiento aumentaba y la acometían deseos perentorios de

morir; si alegres, su corazón se entreabría a la esperanza de que sus

males obtendrían rápido y felicísimo remedio; pero sufría mucho si las

cartas eran ardientes y en ellas Roberto evocaba los dulces recuerdos de

su noviazgo: los apretones de manos, los juramentos, las íntimas

emociones que él sentía cuando ella le miraba abrasándole en el

incendio de sus ojos, los besos enterrados furtivamente bajo los

ricillos locos de su nuca perfumada... y reforzaba cada una de estas

evocaciones con un «¿te acuerdas?»... hechicero, desesperante.

En aquellas últimas semanas había aumentado la exaltación del actor.

«Necesito verte a todo trance--decía--; no puedo vivir sin ti...»

Mercedes contestaba procurando calmarle, aconsejándole que tuviese

juicio y esperanza en que pronto habían de llegar para ellos tiempos

mejores. Estas razones, no obstante, eran insuficientes: Roberto se

impacientaba, no quería esperar más.

«Si no sales a verme--decía--, iré a tu casa; las iras de tu padre no me

importan. Ten presente mi deseo y obra en consecuencia; ya sabes que no

me arredran los obstáculos y que por llegar a ti soy capaz de cometer el

disparate más peligroso.»

Mercedes, no sabiendo cómo eludir aquel tan grave compromiso, consultó a

Carmen Vallejo.

--Yo no puedo salir--dijo--, y, por otra parte, no quiero que venga; el

carácter de mi padre es muy violento, y de la conversación que Roberto

tuviese con él no había de resultar nada bueno. Por tanto, lo mejor es

inventar un pretexto que obligue a mi madre a salir, y la tenga fuera de

casa dos o tres horas.... Durante ese tiempo Roberto y yo podíamos

vernos...

--¿Dónde?

--¡Oh, en cualquier sitio!...

--Lo difícil--murmuró Carmen pensativa--es sacar a doña Balbina de aquí.

Las dos jóvenes permanecieron silenciosas, meditando. Mercedes exclamó:

--Me ocurre un idea, una invención novelesca que seguramente reportará

excelentes resultados.

Y agregó, tras un momento de vacilación, durante el cual procuró definir

y coordinar bien sus pensamientos:

--Esta misma noche puedes escribir un anónimo dirigido a doña Balbina

Nobos, diciéndola que cierta persona que la conoce muy bien y vela por

su tranquilidad y mi porvenir, la espera mañana, a las cuatro de la

tarde, en un lugar muy distante... la iglesia de Antón Martín, por

ejemplo... para confiarla revelaciones de gran interés. De este modo,

si mi madre cae en el garlito, mientras va y espera a la autora del

anónimo y vuelve, pasarán más de dos horas...

--Lo malo sería que se lo dijese a tu padre.

--No, no hay cuidado; el caso es demasiado grave para que haga nada sin

antes hablar conmigo: la conozco muy bien.

--¿Y si no traga el anzuelo?--interrumpió Carmen--; las viejas son muy

ladinas.

--Todo es posible, pero no lo creo. Eso depende también del interés que

tú sepas prestarle al anónimo. Escribe cuanto quieras y desliza entre

líneas algo muy sugestivo, muy alarmante: di que Roberto viene a

cantarme de noche mil acarameladas lindezas por la mirilla de la puerta;

o que una tarde nos vieron en cierto lugar sospechoso y que hay una

vieja que nos protege... Cuenta, en fin, lo que gustes, con tal que sea

muy verosímil. Ese pretexto es el mejor que podemos inventar, pues a mi

madre, tratándose de mí, los dedos la parecen huéspedes y anda siempre

con la barba sobre el hombro, creyendo que cualquier día, como en las

narraciones árabes acontece, voy a desaparecer por el cañón de la

chimenea en brazos de un caballero volador.

Carmen Vallejo pasó por todo.

--Bien--dijo--, lo haré según deseas, aunque no con la premura que

supones. Antes he de ver a mi primo y explicarle nuestro plan, para que

él, a su vez, me determine el día, hora y sitio en que habéis de

reuniros.

Aquella noche Mercedes se acostó feliz, columpiada por la ilusión de que

muy pronto Roberto y ella, a despecho de los obstáculos que les

separaban, podrían abrazarse. Al día siguiente supo por Carmen que todo

estaba arreglado.

--Acabo de verle--murmuró la joven--; estaba aguardándome con Luis a la

salida del Conservatorio. Dice que pasado mañana te espera, a las cuatro

de la tarde, en el Café de la Universidad.

La noticia era tan grande, tan superior a toda excelsitud que Mercedes

no comprendió bien.

--A ver, a ver--dijo--, repíteme eso, que es muy bonito...

Doña Balbina andaba trasteando por las habitaciones interiores y Carmen

pudo satisfacer las dudas de su amiga.

--El Café de la Universidad--dijo--está en la calle San Bernardo y tiene

una puertecilla a la travesía de Pozas, que es por donde debes entrar.

Mi primo espera en un saloncillo situado a la derecha de los billares:

es un rinconcito muy obscuro, muy cuco, a donde Luis me ha llevado

algunas veces. Y, a propósito de mi novio: me ha dado recuerdos para ti,

para «la prisionera», como él dice.

Mercedes sonreía conmovida y satisfecha de que las personas que andaban

por el mundo no la hubiesen olvidado.

--¿Según eso--dijo--, tú escribirás hoy el anónimo?

--Hoy, sí, en cuanto llegue a casa; y esta misma noche lo echaré al

correo.

Mercedes tenía los ojos arrasados en lágrimas. Carmen Vallejo exclamó:

--¿Ves, tontísima, cómo con ingenio y perseverancia no hay dificultad

que no se orille?... Todo lo que nos sucede es muy interesante, muy

divertido; algo que podrá referirse dentro de algunos años: ten

paciencia; considera que los que llegaron a viejos sin hacer nada

notable, no merecían el honor de haber nacido.

Al día siguiente, poco antes de almorzar, el correo trajo una carta para

doña Balbina Nobos. Aquello era extraordinario; la anciana no recibía

jamás correspondencia de ningún sitio.

--Señora--dijo Felipa--, aquí hay esto para usted...

Y la presentaba un sobre. La carta era del interior. Mercedes, para no

menoscabar con su presencia la buena impresión de su mentira, se había

retirado... Durante el almuerzo la joven miró disimuladamente a su

madre, que estaba muy ensimismada y con los ojos enrojecidos, como si

hubiese llorado. Era indudable que el anónimo había surtido efecto. A la

hora de costumbre, Gómez-Urquijo se marchó; doña Balbina estuvo largo

rato en el comedor, sentada delante de su taza de café; luego entró en

su dormitorio. Mercedes, que estaba en el salón distrayendo su

impaciencia con los valses de Waldteufel, la oía ir y venir por sus

habitaciones, hablando entre dientes y abriendo y cerrando el armario

donde guardaba sus ropas. Momentos después apareció vestida

modestamente, llevando un sencillo velo sobre la cara.

--Hasta luego--dijo.

Mercedes se volvió hacia su madre, admirándose con naturalidad pasmosa.

--¿Dónde va usted?

--A ver una amiga.

--¿Quién?...

--Esta, doña... tú no la conoces... he sabido que está enferma...

Tartamudeaba; su carácter ingenuo era refractario al fingimiento. La

joven, entre tanto, procuraba pensar en algo muy triste para no reír.

--Felipa viene conmigo--añadió doña Balbina--; tú no salgas, porque

volveré en seguida; antes de media hora...

Iban a dar las cuatro: Mercedes comprendió que su madre exageraba la

prontitud de su regreso y que si Carmen la había citado, según tenían

convenido, en la iglesia de Antón Martín, doña Balbina no podría volver

antes de las seis.

No obstante, para contestar a la recomendación de su madre, afectó un

aire muy compungido, muy indiferente:

--¿Dónde quiere usted que vaya?--murmuró.

En cuanto Balbina Nobos y Felipa salieron, la joven corrió a su cuarto y

empezó a vestirse con la celeridad de la actriz que acaba de recibir el

segundo aviso del traspunte. Las enaguas, la falda, el gabán, todo de

cualquier modo; las botitas sin abrochar, el corsé desajustado, el

corpiño abierto, dejando entrever los encajes de la camisa; el

sombrerito lo llevaba en la mano y se lo puso rápidamente al pasar por

delante de un espejo; y sin perder instante salió, cerrando la puerta de

golpe, guardóse la llave en el bolsillo y echó escaleras abajo,

recogiéndose las faldas con una mano, requiriendo con la otra los

corchetes mal prendidos.

Al llegar a la calle miró a todos lados, cerciorándose de que nadie la

espiaba, y satisfecha de su examen dirigióse resueltamente hacia la

calle de Andrés Borrego, por donde fue hasta la del Desengaño. Iba de

prisa, la vista fija en el suelo, procurando pasar desapercibida.

Con estos sobresaltos cruzó por delante de San Martín, siguió la calle

Luna y continuó por la de San Roque hacia la del Pez. Era un día frío,

triste, lloviznoso; uno de esos días en que los madrileños andan muy

despacio, deteniéndose en frente de todos los escaparates, reparando en

todas las mujeres y con los paraguas abiertos, queriendo inútilmente

preservarse de una llovizna que, por lo sutil, parece niebla, una niebla

densa que moja como un aguacero, y en que los aleros de los tejados

recortan sobre las calles húmedas grandes franjas de un cielo plomizo,

uniforme, como una bóveda de ceniza. Mercedes avanzaba velozmente, sin

advertir que tenía los pies húmedos y las faldas salpicadas de barro. Al

llegar a la calle del Pez hubo de refugiarse en un portal, esperando a

que pasase un individuo amigo de don Pedro; luego reanudó su camino

ocultándose el rostro con un pañuelo, temiendo siempre algún encuentro

desagradable, y siguió por la calle Pozas pensando que allí habían

asesinado a una cantadora, cuyo crimen oyó pregonar la última tarde que

habló con Roberto...

Al entrar en el Café de la Universidad, Mercedes tuvo un momento de

indecisión, recelando el misterio de aquel lugar que no conocía:

lentamente, sus ojos deslumbrados iban habituándose a la obscuridad:

estaba en una especie de recibimiento limitado por tabiques de madera

que medían, aproximadamente, dos metros de altitud; al frente vió una

puertecilla, a la derecha otra, en cuyas hojas había dos óvalos de

cristal esmerilado; a la izquierda y bajando algunos peldaños, estaba el

café; vasto salón rectangular, con su piano en el centro y sus largas

hileras de veladores, insinuándose tímidamente bajo el melancólico

resplandor que penetraba por algunas ventanas enrejadas.

Mercedes continuaba inmóvil, recordando las señas que Carmen la había

dado. Un camarero se acercó preguntando:

--¿Busca usted a algún caballero?

La joven sintió que una oleada de sangre refluía a sus ojos.

--Sí--balbuceó--, dijo que esperaba aquí... ignoro si ha venido o si se

habrá marchado.

Entonces el camarero abrió la puertecilla de la derecha, exclamando con

aire indiferente:

--Pase usted.

Mercedes atravesó un saloncillo rectangular, a la hila de cuyas paredes

había largos banquillos forrados de rojo, y veladores que abocetaban en

la penumbra sus formas blancas: andando casi a tientas, se aproximó a

uno de ellos y tomó asiento.

--¿Qué desea usted?...--dijo el mozo.

Ella palideció, recordando que no llevaba dinero.

--Nada... esperaré a que venga ese señor...

El camarero dió media vuelta y se marchó sin responder; era un

hombrecillo regordete, moreno, de rostro impasible, con ojuelos

inteligentes y cariñosos que inspiraban confianza. Entonces Mercedes,

algo más tranquila, pudo reparar el aspecto del saloncito en que se

hallaba: era una habitación que, ni hecha adrede, podía ofrecer mejores

condiciones de aislamiento, seguridad y misterio: el piso era de tablas;

un piso desigual, sucio, por donde pasaron seguramente muchas

generaciones de enamorados clandestinos; en el centro del local había

una especie de columna que soportaba un techo renegrido por el humo y el

polvo, y a la izquierda una ventanita arrojaba dentro del salón un

chorro de luz triste y fría.

La joven permanecía inmóvil, con las manos metidas en los bolsillos de

su gabán, extrañando que la hubiesen dejado tan sola; y su cuerpo

nervioso empezó a sentir la penetrante humedad de aquel local

desamparado. El resto del café estaba desierto, silencioso, con una

quietud somnífera de establecimiento provinciano. Pasó tiempo y Mercedes

se impacientaba, temiendo que Roberto no viniese. En el reloj de la

Universidad, un viejo reloj que tiene una campana muy triste, dieron las

cuatro y media... La joven continuaba absorta en sus cavilaciones e

hilvanando con los asuntos más trascendentales las ocurrencias más

pueriles; pensaba que su madre ya estaría aburriéndose sobre algún banco

de la iglesia de Antón Martín, y que en aquel sitio donde ella estaba,

tan malsano, y tan triste, habría muchas arañas: arañas de patas

flexibles, grandes, negras, de ésas que crecen entre la humedad de los

lugares obscuros...

De pronto Mercedes volvió la cabeza, mirando a la ventana, por donde

acababa de pasar la silueta de un hombre; luego oyó que abrían

violentamente la puertecilla del café y casi al mismo tiempo apareció

Roberto.

Mercedes se levantó, el actor corrió hacia ella y ambos se abrazaron

estrechamente, sin poder hablar, con un apasionamiento real en que la

carne no intervenía. Roberto la besaba en la nuca, embriagándose con el

suave aroma de aquellos ricillos perfumados, murmurando:

--¡Por fin, por fin!...

Ella se abandonaba entre sus brazos, trémula, perdida, sintiendo que por

sus mejillas resbalaban lágrimas ardientes como brasas. Después fueron a

sentarse en el rincón más obscuro del saloncillo y de modo que la

columna les ocultase la puerta. El camarero que acababa de servirles

café preguntó distraídamente, como por mera fórmula:

--¿Quieren ustedes que encienda el gas?...

--No--repuso Alcalá--; ya te avisaré...

El mozo se marchó, sonriendo con una risilla aburrida y triste,

recordando que todos los enamorados contestaban lo mismo.

--¡Por fin--repitió Roberto--, por fin estamos juntos!...

Ella le miró atentamente a través de sus lágrimas, queriendo orear y

robustecer con su imagen sus recuerdos.

--Has sufrido mucho--dijo--; ¡ingrato, ingrato!... ¿Cómo has podido

vivir tantas semanas sin verme?... La última vez que hablamos nos

separamos riñendo; ¿te acuerdas?...

--Sí.

--¡Cuánto he llorado!... Carmen, la pobrecita, me consolaba: es muy

generosa, muy noble... una amiga excelente a quien debemos querer

mucho...

Mientras hablaba, oprimía inconscientemente entre sus manos las manos

vigorosas del actor. Roberto, suavemente, atrajo sobre su hombro la

cabeza de la muy Deseada y empezó a besar su frente y aquellos labios

que le decían tantas ternezas y aquellos párpados que tanto habían

llorado por él...

--Juntos los dos--repetía--, otra vez...

En su anhelo de decirlo todo, Mercedes charló muchas tonterías; refirió

prolijamente cómo su madre había salido, fiada en la autenticidad del

anónimo, y cómo ella se vistió en un santiamén.

--Al entrar aquí--agregó riendo--recordé que no traía dinero... ¡Hijo,

qué apuros!...

Después, con súbito arrebato, exclamó:

--¡Ya sabes que a las seis menos cuarto, o antes, he de estar en

casa!... Avísame tú cuando deba marcharme, porque yo estoy loca...

Roberto no respondió. Continuaba acariciando las suaves manecitas de la

Deseada, besando sus párpados, aspirando su aliento, adormeciéndose con

el vaho amoroso de sus vestidos, esclavizado por el misterioso hechizo

de aquella carne joven no poseída aún. En los vasos, él café humeaba

enfriándose.

--¿Me quieres?

--Con toda mi alma...

--¡Ah, Roberto... Roberto mío... no me dejes nunca!...

En el reloj de la Universidad dieron las cinco; cinco campanadas

tristes, quejumbrosas, que repercutieron tímidamente en los ángulos del

saloncillo obscuro, advirtiéndoles a los amantes que el momento

siniestro de la separación llegaría muy pronto. Entonces el actor

pareció sacudir su dulce modorra.

--Aprovechemos los momentos--dijo--hablando seriamente.

Rápidamente, con el acierto, claridad y concisión del que ha estudiado

bien lo que va a decir, expuso la historia de sus amores y la

desesperada situación en que ambos estaban colocados. Ella enumeró los

disgustos que erizaban de espinas sus días, las sospechas y temores que

desde hacía tiempo atrás venían alarmando la curiosidad de sus padres y

la grave discusión que tuvo con don Pedro.

--¡Nos separarán!--añadió--; nos separarán... ¡y no ha de tardar mucho!

--Lo sé... lo sé...

--Y eres tú--agregó--la responsable de cuanto sucede.

--¿Yo?...

--Tú misma. Recuerda nuestra última conversación, mis súplicas... tus

negativas... ¡Oh, te juro que aquella tarde sufrí mucho y que me separé

de ti resuelto a no volver!...

Ella se estrechó contra él tiritando de emoción y de frío, feliz de

hallarse a su lado. Roberto continuó:

Incesto: novela original · 第 7 / 10 段