Allí, en efecto, estaban Balbina Nobos, doña Inés y su hija, embelesadas

mirando el espectáculo; por sus labios vagaba una sonrisa de

satisfacción y de júbilo, que demostraba cuan grandes eran su

tranquilidad y su contento. Hacía calor: un vaho asfixiante formado por

la unión de tantas personas respirando a la vez, ascendía del fondo de

la sala como un eructo; en los palcos muchas mujeres se abanicaban

balanceando suavemente sus abanicos de plumas; en los anfiteatros la

muchedumbre ofrecía un aspecto barroco y chillón: sombreros, boinas,

toquillas azules, capas con embozos amarillos, blancos y rojos, pañuelos

multicolores... todo desordenado y en montón, como las prendas expuestas

en el escaparate de un baratillo provinciano. En todas partes resonaban

ruidos de pasos y murmullos de conversaciones sostenidas en voz baja, y

que llenaban los ámbitos del salón con un amenazador zumbido de

enjambre. Los violoncelos lanzaban al espacio sus notas melancólicas,

largas y dolientes como gemidos. En el escenario Marina cantaba:

Brilla el mar engalanado

con su manto de bonanza

Dios sus olas ha pintado

del color de la esperanza...

--Ven--dijo Roberto empujando a Mercedes hacia el antepalco--;

aprovechemos los instantes... ¡Te quiero mucho!...

De pie, junto al diván hondo y muelle como un lecho de recién casados,

los dos amantes se abrazaron estrechamente, uniendo sus rodillas y sus

labios.

--Roberto...

--¡Querida de mi alma!

El llanto anegaba los ojos de la joven; el actor, idiotizado

repentinamente por la inesperada posesión de bien tan cumplido, no podía

hablar y continuaba besándola los párpados, en la nuca, detrás de las

orejas... hundiendo su rostro entre los cabellos enguedejados y aromosos

de la muy Deseada.

Se habían sentado en el diván: ella pensativa, triste, la vista fija en

el suelo y las manos cruzadas sobre la falda; él a su lado, muy cerca,

rodeándola el talle con un brazo calenturiento que ardía.

--Tantas zozobras, tantas angustias--suspiró Mercedes--, y ¿para qué?...

para separarnos dentro de un momento...

--¡Oh, de eso trataremos ahora--repuso el actor con arrebato--, de unir

para siempre nuestros destinos!...

Empezó a hablar lentamente y con esa voz insinuante y queda que el

espíritu de los artistas elige para sus grandes revelaciones, y

alentando sobre el rostro de la Deseada como para aturdirla también con

los viciosos cosquilleos de su aliento...

--Por fin estamos juntos y puedo decirte lo que tan guardado traigo en

el pecho... lo que jamás hubieran podido decirte mis cartas...

Un dulce quebranto, una laxitud orientalesca iba apoderándose de

Mercedes, relajando el vigor de sus músculos y emperezando sus

facultades; veía los objetos rodeados de un nimbo neblinoso, los ruidos

parecían llegar a su espíritu desde muy lejos, quebrando un ensueño. A

su lado la voz de Roberto susurraba blandamente, como un aleteo de

mariposa, destacándose del revuelto clamoreo de voces y de músicas que

ascendían del escenario con ruidos ensordecedores de tempestad, y de

aquel sempiterno murmujeo humano que llenaba la oquedad del teatro con

un furioso zumbido de colmena.

Roberto hablaba recorriendo discretamente diversos momentos

sentimentales, y lo hacía sin advertirlo, espontáneamente, impulsado por

el arrebato de su pasión, que en tales momentos era grande y leal.

--¿Te acuerdas, vida mía, de nuestras primeras emociones?... ¡Ah!...

¿Por qué aquellos días venturosos no duraron siempre?... ¿Por qué no

habíamos de vivir tú y yo, eternamentos juntos, según nuestros

deseos?... Acércate, Mercedes; más, más... mucho más... que yo te sienta

muy cerca de mí...

Ella desfallecía sofocada por el imán de la pasión, por aquel ambiente

cálido saturado de perfumes y de olores acres, que atravesaba los

cortinajes del antepalco, y por la extraña sensación de vértigo que en

su ánimo causaba la lamparilla eléctrica derramando su luz lechosa sobre

aquel siniestro rincón tapizado de rojo. De pronto sus nervios vibraron

con sacudimiento histérico, recordando aquella alfombra raída, hollada

por tantos pies, y aquel diván, innoble como un lecho de mancebía, sobre

el cual, acaso, se habrían entregado muchas mujeres.

--¡Ah... me ahogo!--murmuró--¡déjame!...

Se puso de pie. Roberto Alcalá también se levantó.

--¿Cómo?... ¿Dejarte marchar cuando tantos trabajos me costó traerte

hasta aquí?...

En su voz, insinuante y acariciadora, había un dejo colérico casi

imperceptible, un leve acento duro, metálico, que inútilmente procuraba

ocultar.

--Sí, déjame--repuso Mercedes--, tengo miedo de que mi madre nos

sorprenda. Vámonos...

--Luego, cuando concluya el primer acto. Ahora no debemos temer ningún

peligro, y para mayor seguridad tuya, asómate al palco y mira...

Mercedes entreabrió las cortinas, recibiendo en pleno semblante un

bofetón de calor y de escándalo. Allá, muy lejos, entre un plantío de

cabezas, vió a su madre, a doña Inés y a Nicasia, que miraban al

escenario embobecidas. Después, como obedeciendo la orden de algún

poderoso hechicero, hubo un momento de silencio, que precede a los

interesantes momentos musicales, y en el espacio vibró la voz del

tenor...

Al ver en la inmensa

llanura del mar...

La voz animosa, vibrante, del desterrado que vuelve...

Mercedes dejó caer la cortina y se dirigió hacia Roberto, que la

esperaba sentado en el diván. La joven, poseída súbitamente de

inexplicable emoción, dejóse caer a su lado, sollozando.

--¡Oh, qué notas tan tristes!--dijo--; ¡cuánto daño me hace esa

música!...

Aquella música, que recordaba haber oído cuando niña, despertó en su

alma una turbulenta marejada de recuerdos: evocó sus primeras

sensaciones, la casa donde nació, con sus habitaciones desamuebladas,

tan tristes, tan pobres, y sus ventanas sin visillos, desde las cuales

se oteaban vastos solares nevados, extendiéndose en suaves ondulaciones

bajo un cielo de invierno; y vió a Mme. Relder, alta, engabanada,

llegando siempre a la misma hora, y dejando tras sí un fuerte olor a

violetas... Y experimentó de nuevo les emociones musicales de aquel

lejano entonces, los valses libertinos de Waldteufel que han rimado el

loco regocijo de tantas bacanales carnavalescas; las melodías de

Donizetti y de Verdi, los dos grandes hechiceros que aprisionaron en el

pentagrama el espíritu doliente, supersticioso y quimérico del pueblo

latino; y los nocturnos de Chopín, vagos, soñolientos, compendiando las

armonías y los misterios del crepúsculo.

Roberto peroraba enardecido, soliviantando los nervios de la muy

Deseada.

--Te necesito--murmuraba--, necesito de tu cuerpo para seguir

viviendo... Calma, vida mía, con tus caricias, el incendio que tu

belleza puso en mi sangre; dulcifica, con la miel de tus labios, el

mortal amargor de los míos... Ven; no te defiendas, ven... ¡que te

deseo!... Ven, ¡tengo sed de ti!...

Pero ella no le oía; soñaba... Aquello era la repetición exacta de lo

que los libros de su padre la enseñaron; Roberto era el hombre, el amor

mismo, que pide y suplica y se arrastra, ofreciendo cuanto tiene por

alcanzar de la mujer amada el supremo bien; Roberto no mentía; su pasión

relampagueaba en sus ojos, se estremecía febril en sus manos, tremolaba

en su voz; Roberto era el bien amado por quien ella suspiró tanto

tiempo, el hombre desdibujado y anodino con quien bailaba

inconscientemente cuando niña escuchando los valses de Waldteufel, el

galán que suspiraba con Donizetti y con Verdi, el amador misterioso

entre cuyos brazos se adormecía escuchando los voluptuosos nocturnos de

Chopín, cargados de sombras crepusculares... Y era también el actor que

vió en el teatro rindiendo la virtuosa altivez de tantas mujeres, y que

en aquel supremo instante representaba en honor suyo cuanto ella había

leído y deseado; el amante irresistible que arrastró a Eva y a Matilde

por la pendiente de la tentación, y que Gómez-Urquijo, el prodigioso

novelador de los amores sensuales, la enseñó a querer...

Roberto Alcalá continuaba hablando con creciente arrebato.

--Los años pasan, Mercedes de mi alma, la juventud no vuelve... No

consientas que tu pasión exclame: «Basta»... cuando la mía repite

«¡Siempre, siempre!»... Yo quiero ser feliz... ¡Ayúdame tú!...

¡Quiero ser feliz!... Aquel grito, aquel amor a la vida sugerido por el

horror que inspira la muerte, es el grito eterno de la humanidad

renegando de la fatídica maldición que la condena a encanecer y

sucumbir, el mismo sentimiento que Mercedes había invocado algunos meses

antes, discutiendo con su padre, cuando éste quería negarle su derecho a

ser dichosa.

--Yo también quiero ser feliz--exclamó la joven--, vivir consagrada a

ti, morir amándote... es la pesadilla ineluctable de todas mis horas...

--Cede, pues... ven...

--No... nunca.

--Me lo prometiste.

--Lo sé, pero... estaba loca... ignoro lo que dije... ¡Déjame!...

--Luego--repuso el actor con voz agonizante--; espera aún...

Y otra vez reanudó su discurso, esa peroración tierna, ardiente,

argumento único de eterno poema de todos los amores. De nuevo sintió

Mercedes que las fuerzas la abandonaban: Roberto era el galán invencible

de todos los dramas, el seductor irresistible de todas las novelas; el

iniciador...

--Yo pagaré con pródiga largueza tus favores--murmuró el

actor--enloqueciéndote sobre mi pecho al revelarte el hito de las

voluptuosidades supremas... Ven... ¿Para qué resistes si al fin has de

pertenecerme?...

Una voz varonil cantaba desde el escenario:

Tú mañana serás mía,

tú serás mi eterno amor...

Aquello era una conflagración irresistible de tentaciones; la virtud de

Mercedes agonizaba; Roberto seguía hablando, acariciándola, besándola

los párpados, la nuca... El ambiente del antepalco llegó a ser

sofocante, la joven se ahogaba... El actor la cogió por las muñecas...

En aquel momento resonó en el salón una tempestad atronadora de

aplausos, y por los pasillos del teatro voces y pasos de gentes que

salían en tropel. Había terminado el primer acto. Mercedes, vuelta a la

realidad bruscamente, se levantó.

--Vámonos--dijo--, vámonos en seguida, corre... mi madre está

esperándome.

--Aguarda.

--No... ¡imposible!... ¡Tú quieres perderme!...

Corrió hacia la puerta, pero el actor, viendo el inminente fracaso de

sus planes, la cerró el paso.

--No te dejo salir--dijo--, porque si tú sales... no vuelves.

--Sí, vuelvo... te lo prometo, te lo juro.

--No, no vuelves... y entonces te he perdido para siempre.

Mercedes rompió a llorar, desesperada de ser tan débil. Luego dirigióse

hacia la parte anterior del palco, levantó los cortinajes y miró: gran

parte del público había salido dejando grandes hileras de asientos

vacíos; doña Balbina no estaba... La joven se volvió hacia Roberto

mirándole con ojos que lucían con el siniestro fulgor de las

desesperaciones infinitas.

--Se ha marchado--dijo.

--¿Qué te importa nadie?--repuso Alcalá--; piensa en mí, en mí solo; yo

debo ser tu amor y tu rey...

Ella avanzó hacia la puerta, él la sujetó por los brazos y empezaron a

forcejear.

--Cobarde, cobarde--repetía la Deseada--, abusas de mí...

Luchando, cayeron sentados sobre el diván, y Roberto, que no había

perdido ni un momento su sangre fría, empezó otra vez a hablar con nuevo

ardimiento y ternura. Ella le escuchaba jadeando, casi vencida, pensando

en que las heroínas novelescas no suelen resistirse tanto...

Paulatinamente, aquel ruido de pasos que iban y venían por los pasillos

del teatro fue disminuyendo, conforme aumentaba en el salón la bullente

batahola de conversaciones y de gritos; las puertecillas de algunos

palcos fueron cerradas violentamente; los espectadores se apresuraban a

recobrar sus localidades: el segundo acto iba a empezar.

--El daño ya está hecho y es irreparable--decía Roberto--: hazte cuenta

de que rompiste para siempre con el mundo y que me perteneces.

--¡Oh, esto es horrible!...

--No tanto como supones.

--¡Sí, es espantoso!... Pobre madre; ahora, creyéndome perdida, estará

llorando por mí... ¡Madre mía, madre mía!...

--¡Ah!... Compadeces sin razón a tu madre y no te apiadas de mí, que

sufro tanto.

--Ella es vieja... una pobre vieja que todo lo esperaba de mí...

--Y tú una ilusa, que sacrificas al yerto pasado de tu madre el

brillante porvenir de tu juventud...

El teatro, de repente, había quedado silencioso: la representación

continuaba. Roberto siguió hablando, ora ponderando briosamente sus

anhelos de ser dichoso, ora discurriendo melancólicamente acerca de lo

irremediable, de lo que no vuelve...

--Quiéreme, Mercedes--repetía--, quiéreme que la vida es corta...

--¿Y después?

--¿Después?... ¡Siempre igual!... Los dos unidos... tú, viviendo para

mí... yo, para ti... en un abrazo eterno.

Ella había reclinado su cabeza en el hombro de Alcalá, recibiendo sobre

sus rojos labios entreabiertos los besos del actor...

--Quiéreme, amada mía, ya que atravesamos la edad de los ensueños y del

amor, de todo eso tan exquisito y que huyo tan prestamente...

Hasta ellos llegaba la voz clara, fresca, vibrante, magnética, del

tenor, que cantaba:

¡Adonde vais huyendo

las ilusiones!...

Roberto y Mercedes se miraron con ansia infinita, comprendiéndose,

sintiendo que sus almas acababan de besarse enajenadas por el mismo

encanto musical. Aquél era el grito eterno, desgarrador, de la juventud

que se despide. La muy Deseada entornó sus párpados... El tenor cantaba

con voz doliente como un sollozo:

A beber, a beber, a hogar

el grito del dolor...

Y el coro respondía briosamente:

A beber, a beber, a apurar

la copa del licor...

En todo aquello había amores, celos, esperanzas marchitas, despecho,

lágrimas, algo eléctrico que flagelaba la espalda, produciendo una

sensación de frío en la raíz de los cabellos...

--Ven, ven--murmuraba Roberto--, soy yo quien te llama...

Mercedes languidecía abandonándose entre los brazos del actor, todo se

confabulaba en contra suya: la música, la atmósfera asfixiante del

antepalco, el papel rojo que cubría las paredes, la blandura de aquel

diván provocador de tantos obscuros vencimientos... La joven no hallaba

ninguna razón firme a que asirse; los libros la enseñaron a ser frágil;

Roberto consumaba el incesto monstruoso que comenzó Gómez-Urquijo...

--¡No puedo más!--murmuró--. ¡No puedo más!...

El público palmoteaba electrizado, pidiendo la repetición de la última

escena.

--Ven, ven...--repitió Roberto.

En la oquedad del salón silencioso volvió a resonar la voz del tenor,

lanzando aquel grito enervante, desgarrador, de la juventud que se

despide:

¡Adónde váis huyendo

las ilusiones...!

* * * * *

Y fué...

V

Aquella noche Mercedes la pasó delirando: su frente y sus manos ardían,

tenía los labios secos y los ojos abrillantados por la fiebre; poseída

de una terrible exaltación nerviosa, se revolcaba sobre el lecho

destapándose, buscando la frescura de las sábanas, barbotando un

monólogo disparatado que revelaba el incoherente trajín de su cerebro.

--Palco... esa puerta... déjame... ¡Oh, qué ruído, qué calor, cuánta

gente!... ¡Me ahogo, me ahogo... abrir la puerta!...

Doña Balbina, sentada en un sillón, junto al lecho, la escuchaba sin

responder, para no aumentar su exitación, según Gómez-Urquijo la había

aconsejado. Luego, merced a unos pediluvios de agua hirviendo, la

enferma se recobró mucho, dejó de hablar, y momentos después dormía

tranquilamente. A la mañana siguiente despertó bien, extrañando que la

hubiesen oído soñar en voz alta.

Los días desfilaban uniformes, tediosos, borrando los unos el desabrido

recuerdo que dejaron los otros, trayendo idénticas desdibujadas

emociones; largos, soporíferos, como modulaciones de un mismo bostezo...

Balbina Nobos nada llegó a saber de lo ocurrido en la Zarzuela, el

delirio de Mercedes lo achacó el médico a un enfriamiento, y aquel

incidente, como tantos otros, fué olvidándose. Todas las mañanas

Mercedes iba con su madre al Conservatorio y por las tardes recibía a

Carmen Vallejo, quien siempre era portadora de una carta de Roberto;

cartas apasionadísimas, desesperadas, terribles, que quemaban los dedos.

Pasaron quince días.

La tarde de un sábado, víspera de Carnaval, doña Balbina se hallaba en

el comedor, cosiendo junto a la ventana, aprovechando las postreras

claridades del crepúsculo; Mercedes estaba en el despacho copiando una

lección de música; Gómez-Urquijo y Felipa habían salido; un reposo

triste pesaba sobre las habitaciones silenciosas, con sus muebles

obscuros y sus puertas cubiertas por cortinajes inmóviles; la lluvia

porraceaba sobre los cristales, y en el cañón de las chimeneas el viento

gemía con estentóreos lamentos y agudos ronquidos de gigante moribundo.

De pronto la casa retembló sacudida por un violento portazo. Balbina

Nobos levantó la cabeza y escuchó... La lluvia, impulsada por el viento,

repiqueteaba furiosa sobre los cristales; el reloj del comedor proseguía

impasible, tic-tac, tic-tac...

--No será aquí--pensó; y siguió cosiendo.

Luego, por efecto de una misteriosa concatenación de ideas, recordó los

amores de Mercedes, sus tristezas, el anónimo que una mano desconocida

escribió prometiendo revelarla secretos gravísimos... y de nuevo volvió

a preocuparla aquel portazo que continuaba resonando dentro de su

cráneo. Alarmada repentinamente, se levantó y fue al despacho: Mercedes

no estaba allí: sobre la mesa y por el suelo, como arrojados en un

acceso de coraje, yacían varios papeles de música; la anciana

inspeccionó el dormitorio de la joven y recorrió todas las habitaciones

repitiendo angustiada: «¡Niña, niña!»... Y volvió a encontrarse en el

recibimiento, delante de aquella puerta que tan violentamente habían

cerrado momentos antes.

--No está...--murmuró Balbina.

Su tímido corazón se resistía a admitir la posibilidad de una gran

desgracia: su hija volvería...

--Habrá ido a casa de Carmen...

Aquello fué para ella un rayo confortable de esperanza, y admitió

complacida lo mismo que en otra ocasión la hubiese disgustado.

--Pero, ¿cómo no me lo habrá dicho?...--agregó.

Permanecía inmóvil en medio del recibimiento, temblando ante el pavoroso

misterio de aquella puerta cerrada. Era inconcebible que Mercedes

hubiera salido exponiéndose a que Gómez-Urquijo la sorprendiera; por la

memoria de Balbina Nobos pasaron revueltos nombres de personas y

recuerdos de episodios ya olvidados: Roberto Alcalá, la representación

de _Marina_ y las palabras incoherentes que Mercedes pronunció durante

su delirio... «Palco, déjame, esa puerta...»

De repente la anciana sintió frío, frío de cuartana y miedo de hallarse

sola en aquella casa, con sus muebles obscuros y sus puertas adornadas

por severos cortinajes inmóviles; miedo de la lluvia que repiqueteaba en

los cristales y de aquel viento gemebundo que aullaba en las chimeneas

con estertores agónicos, y de aquel viejo reloj que marcó la hora de su

casamiento treinta y dos años antes y que había devorado su vida...

Balbina Nobos volvió al comedor, sentóse junto a la ventana y esperó. La

noche había cerrado completamente; en el hogar de la cocina el carbón

crujía lanzando chispas que derramaban sobre las bruñidas cacerolas

fugaces reflejos sangrientos...

Pasó más de una hora. Felipa no venía, Mercedes tampoco. ¿Qué

significaba aquello?...

De repente, el timbre de la puerta vibró.

--¡Ahí está!...--exclamó Balbina Nobos, pensando en su hija y corriendo

hacía el recibimiento--: ¡Ahí está; es ella!...

Abrió. Era Gómez-Urquijo.

--¿Vienes solo?...--dijo.

Había tantas lágrimas en sus ojos y tanta emoción en su voz, que don

Pedro experimentó el vago presentimiento de algo terrible.

--Sí, solo...--repuso--: pues, ¿a quién esperas? ¿Y Mercedes?

--No está--murmuró la anciana desfalleciendo.

--¡No está!...--repitió don Pedro, pálido.

--No; ha salido.

--¡Ha salido!...

--Sí...

--¿Dónde?

--No sé.

--¡Es raro!...

--Sí... sí... en efecto...

Y agregó, temiendo que el anciano se enfureciese:

--Pero... volverá pronto... habrá ido a casa de Carmen...

Callaron, temblando bajo la repentina intuición de una desgracia.

--¡¡Mentira!!--gritó de pronto don Pedro--: tú nada sabes... ella nada

te ha dicho, ¡no mientas!...

La había cogido por las muñecas arrastrándola hacia el salón.

--¿Dónde estabas tú?--repetía--: ¿cómo ha salido Mercedes de aquí?...

¡Habla! ¡Imbécil, imbécil!...

Tenía la convicción inquebrantable de que Mercedes se había fugado, y

ante aquel mazazo brutal que sobre su vejez descargaba la fatalidad, su

rostro adquirió la expresión angustiosa, horrible de esos colosos de

piedra condenados, por caprichos del arquitecto, a soportar sobre sus

frentes un peso enorme.

Balbina Nobos lo refirió todo: ella estaba en el comedor, cosiendo; de

pronto oyó un portazo que parecía haber resonado en el piso inferior;

luego se levantó y registró la casa sin hallar a Mercedes. No sabía

más...

--Pero... ¿a qué viene eso?...--exclamó--, crees que nuestra hija...

--¡Sí, sí... lo creo... lo creo!...

--¡¡Pedro!!

--Creo que nuestra hija se ha ido... ¡para siempre!...

Ella dió un grito.

Gómez-Urquijo corrió hacia el recibimiento, enloquecido, queriendo salir

a la calle para pedir socorro... Pero se detuvo.

--¿Cuánto tiempo hace de eso?--preguntó.

--¡Oh, bastante... más de una hora!...

--¡Una hora!...

Volvió a la sala retorciéndose los brazos, mesándose el cabello,

maldiciendo de sí mismo. Después avanzó sobre su mujer con el puño

levantado, poseído de salvaje frenesí, abofeteándola con aquella misma

mano que trabajó para alimentarla y vestirla durante tantos años.

--¡Imbécil, imbécil!--repetía.

Luego, anonadado por la catástrofe que destruía de golpe la mejor

ilusión de su vida, sintió que aquel bárbaro coraje se revolvía contra

sí mismo.

--¡Oh ambición... quimera torturadora de mi alma!... ¡Gloria maldita que

convertiste mi existencia en delirio inacabable de triunfos efímeros y

de pesadumbres sin cuento!... Tú me arrebataste todo: juventud,

descanso, porvenir, familia... ¡Todo lo di por ti, que eres humo; todo

por nada!...

Balbina Nobos le oía, llorando hilo a hilo: las lágrimas son el

lenguaje favorito de las mujeres sencillas que no saben hablar y sienten

mucho. Gómez-Urquijo siguió perorando: el desdichado se reconocía autor

principal de aquella gran tragedia; él había corrompido, a su hija, él

poseyó su alma, y aquel incesto abominable lo continuaba otro hombre...

--¡Yo fuí, yo fuí!--repetía.

Inconscientemente los dos ancianos, movidos por el deseo de ver el

último sitio donde Mercedes estuvo, penetraron en el despacho. Buscaban

un rayo de luz que los orientase; acaso un consuelo... Sobre la mesa, y

como fruto nefando de todo cuanto en ella se escribió, había una carta.

Doña Balbina lanzó un grito. Gómez-Urquijo rasgó el sobre y acercándose

a la ventana vió unos renglones horribles que compendiaban toda la

filosofía de sus libros.

«Querido padre...»

Hubo una pausa. La carta iba dirigida a su verdadero autor.

--Yo no puedo leer--murmuró el anciano cuyos cabellos parecían más

blancos--: me ahogo; lee tú...

Y doña Balbina, más curiosa, leyó:

«Querido padre: Causas de las cuales no es usted responsable, me obligan

a separarme de su lado. Perdone usted el daño que le causo y procure

olvidarme. Yo le dejo a usted como usted abandonó a mis abuelos; es una

ley cruel contra la que es inútil rebelarse. La vida, usted lo ha dicho,

es una novela que se escribe; permítame usted, por tanto, redactar la

mía. Quiero aprovechar las ilusiones, la juventud, todo eso tan hermoso

que no vuelve; ¡quiero ser feliz, padre mío...! Dele usted un beso a mi

madre. Adiós...»

Barcelona.--Abril, 1900.

FIN

* * * * *

BIBLIOTECA SOPENA

TOMOS PUBLICADOS

1.--=La Gloria de don Ramiro=, por Enrique Larreta.

2.--=La Ginesa=, por Carlos María Ocantos.

3.--=Guzmán de Alfarache= (tomo 1.º), por Mateo Alemán.

4.--=Guzmán de Alfarache= (tomo 2.º).

5.--=El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha=, por Miguel de

Cervantes Saavedra.

6.--=Novelas Ejemplares= (tomo 1.º), por Miguel de Cervantes Saavedra.

7.--=Novelas Ejemplares= (tomo 2.º).

8.--=La Galatea=, por Miguel de Cervantes Saavedra.

9.--=Los Trabajos de Persiles y Segismunda=, por Miguel de Cervantes

Saavedra.

10.--=La Caravana=, por Eduardo Marquina.

11.--=León Zaldívar=, por Carlos María Ocantos.

12.--=El Quijote Apócrifo=, por Alonso Fernández de Avellaneda.

13.--=Como un sueño=, por A. G. Barrili.

14.--=Los Lobos y el Cordero=, por J. S. Fletcher.

15.--=Historia de la vida del buscón llamado don Pablos=, por Francisco de

Quevedo y Villegas.

Incesto: novela original · 第 9 / 10 段