La presencia de Gómez-Urquijo le producía desasosiego invencible e iba a

verle muchas veces, so pretexto de llevarle un vaso de agua o de

arreglarle el quinqué; por su gusto hubiese estado siempre junto a él, a

sus pies, apoyada de codos sobre sus rodillas, viéndole trabajar: pero

se contenía temiendo distraerle y procuraba dominar su nerviosa

inquietud en menudas labores, esperando que llegase la hora de cenar,

única ocasión en que podía tener con don Pedro algunos momentos de

conversación tranquila y sabrosa.

Mercedes, a despecho de su niñez, comprendía aquellas sensaciones que

dejaron en su memoria una impresión que los años limadores no pudieron

borrar.

Recordaba muy bien la distribución y ornamento de la pobre casita donde

nació: con sus suelos sin alfombrar, sus ventanas sin visillos y sus

paredes desnudas. Aquellas ventanas, por cuyos limpios cristales se veía

en los días invernosos un gran pedazo de cielo gris y vastos solares

cubiertos de nieve, iluminaban el interior de las habitaciones con una

luz cruda y triste: eran habitaciones muy grandes que reforzaban con su

vacuidad el vigor de los ruidos y en las cuales la falta de muebles

movía inconscientemente a hablar en voz baja.

En medio de tan lastimosa estrechez, Mercedes era feliz, y profesaba un

afecto especial a cada uno de los muebles que componían aquel modesto

ajuar. Su madre la había enseñado a quererlos con un amor sencillo,

firme y apasionado de fetiquista, cual si fuesen una prolongación de la

familia, una especie de seres inferiores, semiconscientes, que les

acompañaban y servían viviendo una existencia inexplicable. En aquel

hogar la voluntad del cabeza de familia era omnipotente, y como todo

procedía de él, todo también, y en justa compensación, debía servir para

su regalo y agasajo. La cocina, con sus rimeros de platos y sus bruñidas

cacerolas, el comedor con su mesita de nogal, su media docena de sillas

y su espejo, un magnífico espejo adquirido milagrosamente en una

almoneda, resto ostentoso de un opulento mobiliario deshecho; el

dormitorio, con su amplio lecho matrimonial y su cunita de hierro; la

casa, en fin, toda ella, con sus luces y su autoridad de hogar honrado,

eran obra de Gómez-Urquijo, y las mismas doña Balbina y Mercedes, dos

ruedas más de aquel andamiaje que don Pedro sostenía con su esfuerzo.

Esta idea de su inferioridad y dependencia la aprendió Mercedes de su

madre; ambas se consideraban débiles, pequeñitas, desprovistas de

personalidad; don Pedro, todopoderoso y omnisciente, las autorizaba, y

ellas eran algo infinitesimal que crecía al arrimo de algo muy fuerte...

El carácter extraordinario de Gómez-Urquijo, su imaginación ardiente

siempre propicia al trabajo y su voluntad insensible a la fatiga,

triunfaban en todos los momentos, y no tardó en sojuzgar el albedrío de

la hija, como antes había rendido el espíritu de la madre. Y cuando por

las noches, desde la cama, una y otra veían el resplandor de la luz que

Gómez-Urquijo tenía encendida en su despacho, Mercedes se quedaba

dormida bajo la molesta impresión de que su padre, tan bueno, tan

batallador y tan sabio, estaba trabajando para ellas, labrando su

porvenir, sufriendo por las dos.

Conforme Mercedes iba creciendo, su carácter fué complicándose y

ofreciendo puntos de vista muy curiosos. Había heredado de su padre los

rasgos físicos y los perfiles morales más sobresalientes: el talle largo

y esbelto, la nariz aguileña, el mentón pronunciado que caracteriza a

los fuertes de voluntad; y luego aquella imaginación inquieta, aquel

cerebro de artista idolátrico adorador de la quimera, y las neurosis,

apasionamientos irreflexivos y demás refinados desequilibrios de las

sensibilidades exquisitas; y represando esta complexión batalladora que

hacía de Gómez-Urquijo un luchador infatigable, tenía Mercedes el

carácter retraído y sumiso de su madre; tan silenciosa, tan pronta a

ceder ante el menor obstáculo. Había, no obstante, entre madre e hija

diferencias notabilísimas.

Doña Balbina era un espíritu sin dobleces, de ésos que se conocen a la

primera ojeada. Si hablaba poco era porque en su tranquila cabecita de

mujer casera raras veces brotaba un concepto nuevo; y si se amoldaba

fácilmente a las circunstancias era porque estaba segura de su poquedad

y no se reconocía ánimos para rebelarse e imponer su capricho; y por eso

vivía sin luchas, empequeñecida y como eclipsada por el genio dominador,

absorbente, irresistible, del hombre a quien eligió por esposo,

queriendo lo que él mandaba, pensando como él; su misión quedó reducida

a acompañarle, a seguirle a todas partes, a esperarle días enteros sin

sentir la horrible soledad que la rodeaba, y a recibirle siempre

abnegada y cariñosa, confortándole cuando triste, aplacándole cuando

irritado.

Mercedes no era así: su aislamiento, el ejemplo constante de su madre y

el rostro grave y siempre pensativo de don Pedro, a quien veía reír

contadas veces, domeñaron, pero sin rendir, la ingénita acometividad de

su carácter expansivo. Había en ella una especie de doble naturaleza.

Fantaseaba mucho y quería intensamente; pero el temor de hablar fuera de

sazón o de no realizar sus deseos, la condenaban a eterna pasividad y a

perpetuo mutismo; doña Balbina callaba y obedecía sin trabajo, porque no

tenía nada que decir, ni albedrío que oponer a los acontecimientos

adversos, y Mercedes callaba y cedía también, aunque por opuestos

motivos, constreñida por un exceso inverosímil de amor propio; callaba

porque temía expresarse mal, y obedecía sin protestas, recelando tener

que atacar por fuerza lo que podía aparentar recibir de grado. Esta

reconcentración producía en ella una superabundancia extraordinaria de

voliciones y de ideas; ideas que no se concretaban en palabras, deseos

que jamás tuvieron forma imperativa; sus facultades, por ende,

conservaban toda su salvaje entereza; su orgullo no había padecido

humillaciones, ni su voluntad sufrió directamente ningún mandato que

mermase su brío y acerado temple: era, pues, el suyo, un carácter

varonil que dormitaba representando su simpático papel de hija sumisa,

más por cálculos de orgullo que por propia y natural condición, y que

sólo necesitaba un pretexto para rebelarse, irreflexivo y batallador,

oponiendo a las humillantes imposiciones del deber sus duras aristas de

diamante.

Mercedes tenía un espíritu pagano. Siendo muy niña, su madre la enseñó

las oraciones más sencillas, y por doña Balbina supo que hay un infierno

reservado a los malos y un cielo muy bonito, con mucha luz y nubes de

púrpura y turquí, entre las que revolotean traviesas comparsas de

angelitos cantores; y que hay un Dios infinitamente misericordioso y

justiciero, omnisciente, dispensador de beneficios, sensible a los

ruegos, muy amigo de los niños y que se halla en todas partes... Y

Mercedes amó a Dios; pues aunque su corazón, limpio de penas, no

necesitaba los consuelos de la fe, la sedujo aquel cuadro místico, con

el trono del Todopoderoso en lo alto, asentado sobre nubes de esmeralda,

topacio y carmín, por las que pasaban aleteando y con regocijada

algarabía racimos de cefirillos desnudos. Por las noches, madre e hija

rezaban juntas, cada cual desde su lecho.

--Reza, Mercedes--decía doña Balbina--, pídele a Dios por nosotros,

especialmente por tu padre y por ti... Dile que nos conceda muchos años

de vida y muy buena salud...

Y esto lo suplicaba Balbina Nobos con tanto afán, porque creía

firmemente que todas las oraciones infantiles llegan al cielo.

Mercedes, en efecto, rezaba, mas no poseída de la íntima emoción con que

los ejercicios litúrgicos encienden el ánimo de los verdaderos

creyentes, sino fríamente, de modo profano, sin otro fin que el de

proporcionarse a sí misma el recreo de entrometerse por aquel cielo tan

hermoso, poblado de colores y de majestuosas armonías, como la

deslumbradora apoteosis final de una comedia de magia. Con los años,

esta visión paradisíaca fué desdibujándose y perdiéndose, y más tarde,

cuando Mercedes comenzaba a sentir esas soñarreras invencibles que

anuncian en las vírgenes la llegada de la pubertad, concluyó por

desaparecer completamente.

Aquella primavera, Mercedes cumplía trece años, y doña Balbina no

comprendía que las noches de junio tienen opio para las niñas que van a

ser mujeres. Después de cenar, delante de la ventana abierta por donde

penetraban bocanadas de aire tibio, Mercedes se dormía fatalmente, bajo

una especie de imperativo categórico, inevitable; se dormía en las

sillas, en la mesa, con los brazos apoyados sobre el plato del postre;

era preciso llevarla al lecho a puñados, con súplicas, con gritos de

amenaza. Doña Balbina se desesperaba.

--Niña, reza. Reza, Mercedes... ¡Mercedes, no te duermas!...

Y medio minuto después repetía:

--Niña, reza...

Mercedes contestaba entre sueños, muy despacio, con la voz emperezada y

casi ininteligible de los noctámbulos:

--Ya voy...

Y seguía durmiendo.

Algunas veces, Gómez-Urquijo, aburrido de oír a doña Balbina repetir

siempre el mismo consejo, gritaba desde su despacho:

--¡Cállate, mujer; y reza tú sola!...

La voz colérica de don Pedro retumbaba en las habitaciones desamuebladas

como un trueno, y doña Balbina, avergonzada y medrosa, no respondía;

pero continuaba murmurando al oído de Mercedes con porfía de verdadero

creyente:

--Reza, niña; si no rezas, Dios se enfadará contigo y tendrás sobre la

conciencia el remordimiento de habernos perdido a todos.

Esto lo repetía una vez y otra, siempre en voz baja, zarandeándola por

un brazo con una crueldad que apenas podía disculpar la santidad de sus

propósitos; y Mercedes, al fin, rezaba:

«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado...» pero entre

dientes, separando las sílabas con el trabajo con que lanza sus últimos

acordes la cajita de música que va quedándose sin cuerda.

Una noche, Mercedes, asustada por las ideas de eterna condenación con

que su madre la amenazaba, rezó pidiendo al Cielo cuanto la era

menester, aunque de un modo abreviado y compendioso:

--Señor: dales a mis padres mucha salud; otórgales largos años de vida,

haz que me regalen una muñeca bonita y aparta de mí toda ruin

tentación...

Así rezó Mercedes aquella vez, discurriendo, con esa lógica irrefutable

de los niños, que pues Dios es omnisciente, no precisa pedirle

circunstanciadamente y con lujo de galas retóricas, lo que Él ya sabe y

conoce de antemano; y como este modo de discurrir halagaba su falta de

fe y su sobra de sueño, la joven devota se dió con aquella media docena

de frases, que casi recitaba maquinalmente, por muy tranquila y bien

quista del Cielo.

Hasta que otra noche, en que su pereza era mayor y muy grandes sus

deseos de concluir pronto sus oraciones de ritual, compendió cuantas

súplicas hasta allí había expresado detalladamente, en una sola,

inteligible, desde luego, para Dios, toda aguda perspicacia y sabiduría:

--Señor: tú ya sabes lo que yo deseo...

Y no dijo más, encomendando a la penetración y benevolencia divina el

cuidado de deslindar y satisfacer con toda justicia sus honestos deseos.

Esta nueva costumbre ganó sin trabajo el espíritu gentílico de Mercedes:

cansada de las inacabables oraciones que su madre la enseñó, reasumió

tan enojosos jesuseos en una frase que la permitía armonizar su devoción

con su modorra; más tarde compuso otras abreviaturas, luego rezó menos

aún, después nada... Y hasta ella misma se admiró de la tranquilidad con

que una noche, haciendo examen de conciencia, descubrió que hacía más de

cuatro días que no rezaba...

Al desarrollo y exaltación de estas impías propensiones, coadyuvó

eficazmente el estudio de la música.

Todas las tardes recibía Mercedes la visita de Mme. Relder, su profesora

de piano. Una mujer alta, fea, pero muy elegante; siempre metida en un

largo abrigo de terciopelo, con un gran sombrero negro y la sonrisa

amable y triste y la mirada humilde de los criados que temen ser

despedidos: llegaba, invariablemente, a la misma hora, llevando un rollo

de papeles en la mano, alegre pero con un regocijo postizo y frío de

diplomático, y dejando tras sí un fuerte olor a violetas.

El piano lo habían colocado en el gabinete; una de aquellas habitaciones

desamuebladas y sin alfombrar, cuyo vacío tanto reforzaba la intensidad

de los ruidos. Durante los primeros meses de aprendizaje Mercedes sufrió

mucho; nunca sabía la lección, sus dedos torpes aporraceaban las teclas

sin arrancar sonidos agradables, y llegó a odiar el gabinete donde

estudiaba, con sus paredes desnudas y su ventana sin visillos, por cuyos

cristales se descubrían vastos solares incultos y un gran retazo de

cielo plomizo; y odió al piano, con sus destempladas notas de

instrumento alquilado, y a Mme. Relder, angulosa y engabanada, sonriendo

siempre y obligándola a repetir una vez y otra la misma lección.

Aquella antipatía, no obstante, fué declinando porque la música, como

dijo Goncourt, es el haschisch de las mujeres. Mercedes,

insensiblemente, iba rindiéndose al encanto filarmónico: los sencillos

ejercicios calcados sobre los principales motivos de las grandes óperas,

los aires populares de una sencillez y apasionamiento inexplicables,

todo la divertía y emocionaba profundamente. En poco tiempo realizó

progresos extraordinarios; pasaba muchas horas delante del piano,

repasando cuidadosamente lo aprendido, venciendo dificultades nuevas,

abandonando su alma inquieta al misterioso vaivén pasional de las

melodías más dulces, sintiendo que todo ello evocaba en su interior el

presentimiento de algo muy grande que había de llenar su vida.

La música es un arte de quintaesenciada excelsitud que emociona

igualmente a los jóvenes y a los viejos: a los primeros hablándoles con

la voz engatusadora de las promesas, porque todo lo ignoran; y a los

ancianos que vivieron mucho y ya nada esperan, cantándoles el

melancólico _de profundis_ de los recuerdos; a veces es un arte triste,

desengañado, escéptico, como un don Juan decrépito; otras modula acordes

alegres, mefistofélicos, de una seducción irresistible, que arrastran a

la orgía: como el dios Jano del paganismo, tiene dos caras; es el arte

contemporáneo de todas las épocas, evocador de todas las remembranzas,

allegador de todas las ilusiones, intérprete de todos los deseos; el

arte que llora con Margarita, que muere con Traviata, que ama con Romeo,

que despierta el patriotismo con Guillermo Tell, que se despide del

mundo con Fernando, en _La Favorita_, que duda con Hamleto, que mata con

Otello...

Mercedes, como las grandes apasionadas, sentía, a despecho de su candor,

algo de todo esto. Los nocturnos de Chopín y las sinfonías de Beethoven

sometían sus nervios a emociones contradictorias: unas veces la

acometían deseos de llorar por dolores desconocidos que parecían cruzar

aleteando, como aves fatídicas, muy cerca de ella; otras, ganas de reír,

de moverse, con movimientos y esguinces desordenados de bayadera

lasciva, y generalmente establecía prodigiosas conexiones entre los

términos y conceptos más disparejos: así, por ejemplo, oyendo un tango,

recomponía un cuadro de escenas andaluzas que Gómez-Urquijo tenía en su

despacho; mientras los valses, ese baile favorito de los salones

aristocráticos, la recordaban una copa de Champagne, desportillada e

inútil, que su madre conservaba desde tiempo inmemorial en un vasar de

la cocina, como trofeo melancólico de antiguos festines. Al año

siguiente Mercedes ingresó en el Conservatorio y Mme. Relder, que

confesó noblemente haber enseñado a su joven discípula cuanto sabía, fué

despedida.

Todas las tardes salían doña Balbina y su hija llevando en una gran

cartera de dibujo los papeles de música, cogidas del brazo como

amparándose mutuamente contra los coches y transeuntes que a su lado

pasaban, seguían por la calle Jacometrezo y luego atravesaban la plaza

de Santo Domingo, dirigiéndose hacia el teatro Real. Doña Balbina

acompañaba a Mercedes hasta la puerta del Conservatorio y después se iba

para volver una hora más tarde, a la salida de clase.

Aquellos paseos cotidianos, aunque obligatorios, sirvieron a Mercedes de

gran distracción y recreo. Caminaba de prisa, taconeando recio, con las

manos metidas en los bolillos de su elegante gabancito gris,

comprendiendo que la leve sombra proyectada por el ala de su sombrero

redondo favorecía mucho la interesante palidez hebraica de su rostro y

la negrura de sus ojos, contentísima de tener una ocupación que la

forzase a salir diariamente, mirando a los hombres de soslayo y

orgullosa de advertir que ellos también reparaban en ella...

Bien pronto trabó amistad Mercedes con algunas de sus condiscípulas,

especialmente con Carmen, y Nicasia Vallejo, hijas de una pobre viuda

conocida de doña Balbina; y tanto por esta circunstancia, como por

vivir Carmen y su hermana en la calle Mesonero Romanos, casi esquina a

la de Jacometrezo, Mercedes y sus dos improvisadas amiguitas, siempre

salían juntas de clase. El cariño que desde los primeros momentos atrajo

a las tres jóvenes, creció rápidamente. Carmen era la mayor, Nicasia la

más pequeña, y aunque una contaba cinco años más que la otra, ambas

tenían el mismo carácter, idéntico geniecillo ocurrente y risotero: eran

dos cuerpos muy gallardos, gobernados por dos cabecitas muy locas.

Carmen y Nicasia iban solas al Conservatorio. Cuando volvían de clase,

Mercedes y sus dos condiscípulas subían en grupo por la cuesta de Santo

Domingo, hablando de música o comentando algún sabroso incidente que

hubiese ocurrido durante la lección; doña Balbina las seguía con los

ejercicios de Kalkbrenner y de Clementi debajo del brazo.

Durante aquellos paseos, las tres amigas se referían los proyectos y

aspiraciones que pensaban realizar en lo porvenir.

--Yo dedicarme al teatro--decía Carmen.

--Yo también--añadió Nicasia.

--¡Cómo!--exclamó Mercedes--: ¿vais a dedicaros al teatro?... ¿Y

tendréis valor para salir a escena?...

--¿Por qué no?--repuso Nicasia riendo--; las actrices viven muy bien,

ganan mucho... y además, la vida del teatro es muy alegre.

--Aunque así no fuese--dijo Carmen--, la renta que nuestro buen padre

nos dejó al morir, es exigua, los gastos que tenemos muy grandes, y

cuando hay la obligación de sostener una familia, urge trabajar... ¡Tú

no sabes lo que es eso!...

Hablaba seriamente, con autoridad de mujer experimentada, y Mercedes la

miraba sorprendida de verla tan reflexiva y previsora.

--¿Y tú--preguntó Carmen--, qué piensas hacer?

Mercedes se encogió de hombros, con la despreocupación del niño que aún

tiene muchos años por delante.

--No sé...--dijo.

--¿Esperas casarte?

--Sí...

Carmen hizo un gesto vago y sonrió. Las mujeres predispuestas a caer,

siempre se empeñan en afirmar que los hombres son incasables.

--Eso es difícil--dijo.

--¿Difícil?... ¿Por qué?...

--¡Oh!... ¡Qué sé yo!... ¿Tienes novio?

--No...

--¡Bah!...--interrumpió Nicasia--; si no buscas novio, ¿cómo vas a

casarte?...

Mercedes se puso muy colorada: tenía reparo en confesar que no la

dejaban salir sola a la calle y que jamás había hablado con un hombre.

--Nosotras--agregó Nicasia con esa despreocupación que infunde la

inocencia de las niñas o la impudicia de las cortesanas--hemos tenido

muchos novios...

Los progresos musicales de Mercedes eran tan rápidos, que bien pronto

figuró entre las alumnas más aventajadas de la clase. Carmen Vallejo,

que no era envidiosa, le aconsejaba:

--Tú debías seguir nuestro ejemplo y dedicarte al teatro. Tienes muy

bonita voz, eres guapa... Yo, el año próximo, ingresaré en la clase de

declamación...

Mercedes movía la cabeza tristemente.

--A mí también me gustaría ser actriz.

--Entonces...

--¡Oh, no puedo!

--¿Por qué?

--Porque... no me dejarían mis padres.

--Tonta... a tu madre la convences en seguida, y a tu padre... ¡quién

sabe!... sobre todo, los verdaderos artistas, los artistas de corazón,

no deben acatar más dueño que su propio instinto, y seguir resueltamente

por donde ese instinto les dirija...

--¿Y a ti, te dejan?--preguntó Mercedes preocupada.

--Sí. Mi madre no aplaude nuestra determinación, pero tampoco se opone a

ella. Además, contamos con la protección de un pariente, que es actor.

--¡Ah!

--Sí, un primo nuestro, Roberto Alcalá... de quien tal vez has oído

hablar...

--En efecto...--dijo Mercedes--, creo que estuvo un día en casa,

hablando con mi padre...

Cuando se tienen pocos años, se intima pronto. Pocos meses después de

conocerse, la tres amigas parecían hermanas; se lo habían dicho todo,

sus secretillos más recónditos, sus esperanzas más atrevidas. Mercedes

estuvo en casa de Carmen y de Nicasia, éstas no tardaron en devolver la

visita, y doña Balbina y la viuda de Vallejo tuvieron, con este motivo,

ocasión de renovar su antigua amistad. Todo ello contribuyó a reforzar

el cariño que unía a las tres jóvenes y, como eran casi vecinas, siempre

estaban las unas en casa de la otra o viceversa, repasándose las

lecciones de música o enseñándose bordados o labores en marquetería, a

las que Carmen, especialmente, era muy aficionada.

Todo esto ocurría a espaldas de Gómez-Urquijo, que vivía apartado de la

realidad, sumido en el mundo fantasmagórico de sus quimeras

novelescas... Y así Mercedes, insensiblemente, sin procurarlo, iba

dejando el buen camino, empujada por la mano omnipotente del Destino

impenetrable...

Una tarde, saliendo del Conservatorio, doña Balbina, contra su

costumbre, se quejó de que «las niñas» caminaban muy de prisa.

--Más despacio, más despacito--repetía--; no puedo seguiros...

Mercedes hizo un gesto de disgusto y no respondió.

--¿Por qué no sales sola?--preguntó Carmen bajando la voz.

--No me dejan.

--¿Lo has intentado alguna vez?

--No.

--Pues importa que lo procures; Nicasia y yo te ayudaremos... ¡Qué

diablo!... Las madres, cuándo van siendo viejas, suelen ponerse muy

cargantes...

Pocos días después, las dos hermanas fueron a visitar a Mercedes: iban

con la pretensión de llevársela a su casa para que viese una mantelería

que estaban bordando.

--Volvemos en seguida--dijo Carmen a doña Balbina--; Mercedes puede

venir así, conforme está: ya ve usted que nosotras, como vivimos tan

cerquita, tampoco nos hemos vestido...

La anciana no supo qué responder; Gómez-Urquijo había salido...

--Bueno--dijo--, id pronto y volved en seguida. Ya sabéis que os estaré

mirando desde el balcón...

Y, en efecto, Mercedes se fué. Era la primera vez que salía sola a la

calle. Tenía veintiún años. La joven continuaba estudiando el piano

asiduamente, y cuantos más progresos realizaba, mayores encantos

musicales descubría, y más grandes eran las perplejidades y los

conturbadores anhelos de su espíritu.

Esta peligrosa epifanía sentimental que inicia la música, la remató la

literatura poco después. Mercedes nunca había reparado en que llevaba el

apellido de un gran hombre; desde muy pequeñita estaba acostumbrada a

ver artículos de su padre en todos los periódicos y revistas ilustradas,

que publicaban el retrato de Gómez-Urquijo, juzgándole de distinto modo

y estudiando extensamente sus novelas y sus triunfos escénicos; aquello,

siendo tanto, le parecía insignificante y vulgar, como todo lo

cotidiano; y por esto, sin duda, jamás tuvo el antojo de leer los libros

de su padre hasta que un día...

Gómez-Urquijo y su mujer habían salido dejando a Mercedes sola, junto al

piano, que despertaba en ella tantas aspiraciones vagas, tantos deseos

sin nombre. Por aquella época la posición económica de don Pedro había

mejorado notablemente, y el infatigable escritor ocupaba un pisito

tercero en la calle Jacometrezo, con tres balcones desde donde se veía

un trozo de la Red de San Luis, con su alegre baraúnda de transeuntes y

de vehículos, y por los cuales se entraban, con las bocanadas del

viento, los alegres murmullos de la gran ciudad.

Incesto: novela original · 第 2 / 10 段