INCESTO
BIBLIOTECA SOPENA
EDUARDO ZAMACOIS
INCESTO
NOVELA ORIGINAL
[Illustration: colofón]
BARCELONA
RAMÓN SOPENA, EDITOR
PROVENZA, 93 A 97
Derechos reservados.
Ramón Sopena, impresor y editor; Provenza, 93 a 97.--Barcelona
INCESTO
I
Mercedes dió las buenas noches y salió: iba triste, algo pálida, con las
ojeras violáceas y la mirada errabunda y brillante de las mujeres
nerviosas a quienes el tósigo de una obsesión impide dormir tranquilas;
y los dos viejecitos permanecieron sentados, contemplándose con aire
melancólico.
Él ocupaba un cómodo sillón canonjil de ancho y sólido respaldar. Era un
anciano como de sesenta años, envuelto en una bata obscura que caía a lo
largo de su cuerpo alto y enjuto formando pliegues de majestuosa
severidad sacerdotal; el pecho era angosto, el busto débil se encorvaba
hacia adelante, obedeciendo a esa viciosa propensión física de las
personas que envejecieron sentadas, y sus manos, bajo cuya piel rugosa
serpeaban grandes venas azules, asían los brazos del sillón con afilados
y amarillentos dedos de convaleciente.
Aquel cuerpo blandengue, enfermizo y tan para poco, contrastaba
poderosamente con la cabeza; una cabeza apostólica que recordaba la de
Ernesto Renán en sus últimos tiempos, y en la que aparecían acopladas la
noble majestad de la vejez y la bizarra gallardía y el vivir heroico de
la juventud.
Tenía la frente de los grandes pensadores, alta, bombeada y prolijamente
surcada por el pliegue vertical de la reflexión y las arrugas
horizontales que trazan paralelamente los largos esfuerzos imaginativos.
Aquella frente entristecida por la ancianidad era una confesión, la
novela de un hombre muy vivido, la página más conmovedora y elocuente de
una obra maestra: frente serena y grave que seguramente concibió
peregrinos pensamientos, que sintió muy hondo y padeció decepciones
crueles recorriendo la dolorosa lira de las sensaciones: la ambición,
enemiga del sueño, el odio mortal hacia el vulgo, adorador estúpido de
esas medianías a quienes un caprichoso vaivén de la suerte colocó en el
cenit de una popularidad inmerecida; las zozobras que preceden a los
grandes combates artísticos, el inexpresable contento de las esperanzas
realizadas, el torcedor recuerdo de las ilusiones perdidas... y que,
tras largos años de trabajo cruel, aparecía rugosa y marchita, como el
vientre de las mujeres fecundas que parieron mucho. Las cejas eran
blancas, fuertes y pobladas; los ojos azules y hermosos, tenían el mirar
inmóvil, firme y soñador de los espíritus retraídos entregados a
interminables soliloquios; la nariz aguileña, los labios finos y
nerviosamente cerrados, el rostro dantesco, seco y enjuto, sin pelo de
barba ni resquicio de bigote, y sobre las orejas se abarquillaban los
cabellos sedosos y blancos, simulando con bastante exactitud la forma de
las antiguas pelucas palaciegas. Así aparecía don Pedro Gómez-Urquijo,
el narrador inimitable de los amores sensuales: apoltronado en su recio
sillón de trabajo, envuelto en su bata, con su rostro enérgico, sus
ojos buídos y ardientes de antiguo apasionado, sus largas y marfileñas
manos de convaleciente y su busto angosto que parecía soportar
trabajosamente el peso de la cabeza, demasiado grande, tal vez.
Sentada delante de él, Balbina Nobos, su mujer, le miraba atentamente,
como quien se dispone a escuchar interesantes revelaciones. Era una
viejecita regordetilla y simpática, vestida de negro, que ponía gran
esmero en el aliño y afeite de su persona, y en cubrir sus años
valiéndose de la feliz capacidad que tienen para ello las mujeres
pequeñas.
Hubo un momento de silencio, durante el cual Gómez-Urquijo pareció
abismarse en retorcidas cavilaciones.
Luego dijo:
--¿Dónde va Mercedes?
--A su cuarto, a dormir--repuso Balbina clavando sus ojos lagoteros de
mujer sumisa en los profundos y graves de don Pedro, y añadió:
--¿Por qué lo decías?
--Porque cuando salió de aquí llevaba un libro.
--Sí, tal vez...
--¿Lo viste tú?
--No... pero casi todas las noches suele dormirse leyendo.
--¡Ah!
Ella frunció ligeramente el sobrecejo, presintiendo la confesión de algo
muy importante. Él prosiguió:
--Debías habérmelo dicho.
--Pues... no he pensado en ello... ¿Hice mal?...
Gómez-Urquijo no respondió.
--Yo ignoraba que las lecturas nocturnas fuesen perjudiciales--agregó
Balbina--; Mercedes tampoco lo sabe. Se lo advertiré mañana... o
luego...
Hablando así aproximó su sillita al sillón, fijando siempre en don Pedro
sus ojos preguntones y solícitos de hembra complaciente. Balbina no
adivinaba lo que el anciano quería decir.
--¿Son malos los libros?--murmuró.
--Sí--repuso él con voz profunda--; sí... muy malos; y cuanto mejor
escritos, más funestos, más ponzoñosos, para la impresionable juventud
que lleva los inquietos sentidos abiertos al pecado.
De pronto, cual si un ladino y sutil ingenio de psicólogo práctico
hallase relaciones entre ciertos pormenores reales y las lecturas de
Mercedes, agregó:
--Dime: ¿Carmen y Nicasia vienen mucho por aquí?
--Sí, muy a menudo.
--Y de Roberto Alcalá, ¿qué sabes?
--Nada... ¿qué puedo saber?
El rostro de la sencilla anciana reflejaba curiosidad y estupor supinos
y, aunque nada comprendía, continuaba observando el semblante
impenetrable de don Pedro con ese prolijo afán con que los ajedrecistas
de buena cepa estudian el tablero.
--¿Es cierto--prosiguió él--que Carmen y Roberto tienen relaciones?
--No lo creo: yo les he visto juntos muchas veces y no me parecen
novios. Él la dice galanteos y ternezas que ella, a fuer de coquetuela,
acepta riendo... pero no hay nada serio, nada formal.
--¿Y si Carmen y Nicasia fuesen el pretexto o la pantalla que Roberto y
Mercedes emplean para comunicarse sin empacho?
Balbina se irguió en su asiento, arqueando las cejas y abriendo los ojos
admirada.
--¡Cómo! ¡Imposible!... ¿Crees tú?... Yo nada he sorprendido.
--¡Oh, quién sabe!... Tú eres una inocente, una estatua que mira sin
ver. Anda, entérate de si Mercedes se acostó, y vuelve...
Ella salió consternada, andando de puntillas, con el sigilo inconsciente
de la mujer que en treinta años de vida conyugal se acostumbró a no
interrumpir nunca el silencio que su marido exigía para trabajar.
Gómez-Urquijo quedó inmóvil, con el rostro apoyado en la palma de la
mano, absorto en la contemplación de algo siniestro.
La habitación donde estaba era un vasto despacho rectangular, en cuyos
testeros había grandes armarios-bibliotecas con puertas de cristales,
tras los que aparecían centenares de libros, unos encuadernados, otros
en rústica, y todos hacinados en caótico revoltijo, cual si estuviesen
contagiados de la impaciencia de la mano febril que los manejaba. A un
lado, junto al balcón, estaba la mesa en que Gómez-Urquijo escribía: una
legítima mesa de trabajo, grande y sólida, sobre la cual no había
tinteros de plata, estatuillas de Sevres ni ninguna otra mala especie
de chucherías inútiles, y sí gruesos rimeros de cuartillas y libros a
medio abrir; y junto a un quinqué de bronce con pantalla verde, una copa
llena de tinta. De allí había sacado Gómez-Urquijo toda su gloria
artística: su _Eva_ y su _Cabeza de mujer_, los dos libros que le
granjearon un puesto de honor entre los primeros novelistas de su época.
La luz del quinqué derramaba sus suaves efluvios verdosos sobre aquella
mesa donde los papeles escritos, las cuartillas en blanco, los libros
con las márgenes salpicadas de obeliscos y de signos misteriosos,
comprensibles únicamente para su autor, yacían amontonados y en
desorden, como los muertos en campo de combate; y luego se esparcía por
el resto de la habitación, alumbrando débilmente los cuadros y los
retratos prendidos entre los mimbres de elegantes esterillas japonesas,
reflejándose en la cristalería de los armarios y batallando tímidamente
con las sombras que invadían los ángulos extremas, mientras el borde
superior del tubo recortaba en el techo un círculo luminoso, semejante
al nimbo que rodea la cabeza de los santos que adornan las páginas de
los libros místicos. Frente a la mesa, colgado de la pared, había un
reloj, en cuyas entrañas de acero resonaba el isócrono y angustioso
tic-tac del tiempo en marcha.
Gómez-Urquijo continuaba meditando con el mentón apoyado sobre la palma
de una mano, y la dramática contracción del entrecejo daba tirantez y
tersura a la frente, que brillaba en la sombra con este color
amarillento de los huesos viejos. En tales momentos su imaginación,
recorriendo intrincados caminos, procuraba avenir ideas que, juzgadas
someramente, no podían guardar conexión alguna, y que, sin embargo,
implicaban lazos alarmantes entre las lecturas nocturnas de Mercedes y
aquel Roberto Alcalá, a quien sus agudas suspicacias de viejo mundano y
de padre, suponían recuestando el corazón de la joven. Cuando Balbina
reapareció, andando, como siempre, de puntillas, el anciano la interrogó
con los ojos.
--Sí--repuso ella--, se ha acostado, duerme... Podemos charlar sin
embarazo.
Había tornado a sentarse en la sillita baja, apoyada de codos sobre las
rodillas de don Pedro, con los ojos muy abiertos por la curiosidad y la
cabeza caída hacia atrás, en la actitud del niño que espera oír una
narración interesante.
--Te hablaré--comenzó diciendo Gómez-Urquijo--como si me dirigiese a un
compañero de profesión; o, mejor que a un literato, a un amigo íntimo, a
un hermano... puesto que el acendrado amor que nos une pondrá
seguramente tus alcances a la altura de mi discurso. Yo, querida mía,
entregado como estoy a mi absorbente tarea de sempiterno componedor de
argumentos, vivo algo fuera de la realidad, en desequilibrio perpetuo, y
tardo mucho en apercibirme aun de los hechos más evidentes y
triviales... Y cuenta que otro tanto ocurre también en ti, aunque por
opuestos motivos; pues yo no acierto a servirme cuerdamente de mis ojos,
por tenerlos empleados en la contemplación íntima de dilatados
horizontes, y tú, por exceso de candor (la inocencia es una miopía del
entendimiento), tampoco sabes darle útil empleo a los tuyos. No
obstante, días pasados tuve un momento de lucidez, de vulgaridad, si tú
quieres, que me ha revelado la pista de un gran secreto. Cierta noche,
al entrar en el comedor, sorprendí a Mercedes apoyada de codos sobre la
mesa, leyendo un libro, devorándolo... Al verme, lo cerró violentamente
y procuró ocultarlo echando sobre él su pañuelo. Aquella turbación
descubría un pecado. Entonces, sin embargo, no dije nada... porque nada
se me ocurrió; pero salí llevándome grabada en la memoria la imagen de
lo que había visto: a Mercedes, con los ojos abrillantados por la
emoción leyendo un libro, soñando con él... ¡Caso extraño! Yo, que en
nada reparo, porque tengo un carácter despreocupado, insensible a los
pequeños acontecimientos de la vida vulgar, recomponía continuamente
aquella escena, tan insignificante al parecer, y poco a poco, cuando
mejor la examinaba, mayor gravedad revestía. De nada de esto hablé
contigo, por no alarmarte; pero durante varios días la imagen de
Mercedes leyendo me robó muchas horas de trabajo. Veía el comedor, con
sus muebles, sus cuadros, y a nuestra hija bajo el torrente que
proyectaba la lámpara suspendida en el comedio de la habitación, con los
codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos, cuyos blancos dedos
parecían mesar nerviosamente los negros rizos de su crespa cabellera de
apasionada; inmóvil, devorando una historia de amor, convertida, tal vez
ella misma, en heroína novelesca. ¿Comprendes?... Aquello me perseguía,
me obsesionaba; era un recuerdo ineluctable, pertinaz, torturador, como
una pesadilla...
Calló un instante para sumar alientos, y en el silencio de la habitación
resonaron las diez campanadas del reloj, que luego prosiguió tic-tac,
tic-tac, cumpliendo su fatídica tarea de restarle segundos a la vida.
Balbina permaneció suspensa y boquiabierta, sin vislumbrar aún el
verdadero fin a que iba enderezado todo aquel discurso, y con un rostro
sobre el cual las palabras del anciano habían estereotipado los rasgos
de una estupefacción suprema.
Don Pedro continuó:
--En los días sucesivos me dediqué a observar a Mercedes minuciosamente.
Créeme, los grandes novelistas, y yo que he triunfado puedo clasificarme
entre ellos, poseemos extraordinarias facultades de observación. No
vaciles, por tanto, en admitir mis sospechas como rigurosamente
valederas. Mercedes tiene un secreto... La vi pálida, cabizbaja, con el
semblante marchito por el recóndito y fiero trajín de las ideas fijas, y
reconocí que algún grave cataclismo se operaba en su alma. Entonces,
recordando que mis libros ofrecen mujeres aquejadas de ilusiones
inasequibles y de sensuales desvaríos, y que tal vez mi hija fuese una
de tantas románticas enfermas, pensé en Roberto Alcalá, como pude pensar
en otro hombre cualquiera, y temí el influjo que las novelas célebres y
cuantos libros atienden más al recreo y esparcimiento del ánimo que a la
edificación de las conciencias, ejercen sobre las imaginaciones
inquietas. ¿Comprendes ahora?
La anciana, en efecto, empezaba a comprender.
--Sí, sí--dijo--, quizá aciertes... Sin embargo, yo, que voy con
Mercedes a todas partes y conozco a ese Roberto, nada he visto.
--¡Oh, naturalmente! Tú eres un espíritu candoroso, sencillísimo, que no
sabe leer entre líneas, y esa ceguera tuya redobla mi inquietud...
--¿Qué temes, pues?
--¡Oh, temo muchas cosas!... Temo que Mercedes se enamore de quien no lo
merece, y de que el miserable explote en beneficio propio el corazón de
nuestra hija, bastardeado por las enseñanzas de malos autores.
Se había retrepado colérico en su asiento, descargando una sonora
palmada sobre el brazo del sillón; una ola de sangre arreboló sus
mejillas, coloreadas habitualmente por el esfuerzo mental, y, bajo el
doble arco de sus cejas blancas, los ojos brillaron iracundos.
--¿Quién niega--exclamó--, que Mercedes, excitada por la lectura de
libros perversos, no codicie esos paraísos artificiales que finge la
voluptuosa imaginación de las vírgenes ardientes, y pasiones y locuras y
deleites sin guarismo?... Yo, que dediqué mi existencia a los libros,
les tengo miedo. La influencia de las lecturas es más trascendental en
la mujer que en el hombre, porque vuestra constitución es más delicada y
más propicia por tanto, a asimilarse las ideas del autor. La virgen,
ayuna, como se halla de toda impresión bastarda, lee ávidamente al azar,
codiciosa de sorprender los secretos de una sociedad cuyo alegre rumor
percibe a través de las puertas que la guardan. Aquel libro es el fruto
prohibido, el mágico amuleto revelador de los secretos venusiacos que su
inquieta doncellez vislumbra a despecho de los albos trampantojos de la
inocencia, la llavecilla del mundo ignorado que habitan los risoteros
gnomos de la felicidad y del deleite...
Gómez-Urquijo se detuvo.
Balbina continuaba pendiente de sus labios, mirándole fijamente, sin
parpadear, como si en aquellos momentos solemnes las pupilas la
sirviesen también para oír, fascinada por ese mismo recogimiento que
inspiran a sus mujeres los grandes hombres. Aquello no era un diálogo;
era un monólogo, una meditación en voz alta.
Urquijo prosiguió:
--La virgen lee y lee... sorbiendo el veneno de la realidad por sus ojos
dilatados; unos capítulos suceden a otros, las escenas se multiplican.
Allí aprende prematuramente las socaliñas de que las mujeres se valen
para interesar el tornadizo corazón de los hombres, y los ardides que
los conquistadores sagaces emplean para rendir la virtud de las
mujeres; allí descubren que no siempre las esposas son fieles a sus
juramentos y que hay innumerables artimañas para burlar la vigilancia de
los maridos celosos; allí conocen el placer de las citas, los viciosos
discreteos de los salones, los misterios de la alcoba, las artes de que
han de servirse para acrecentar su hermosura y ser más apetecibles;
allí, en suma, pierden el candor del espíritu, y sus imaginaciones
tempranas envejecen rápidamente escuchando la voz enervante de la
experiencia desencantada... Y ¡ah!... yo no permito que Mercedes, la
hija de mi alma, sea una de tantas...
Habló largo rato, repitiendo las mismas ideas con porfía incansable.
--Sobre todo--agregó--, no quiero que lea ningún libro mío; ¡ninguno!
Balbina se estremeció. ¿Por qué? ¿Eran perjudiciales aquellos libros tan
interesantes, tan apasionados y tan conmovedores que ella no pudo leer
nunca sin llorar?
--Lo haré como tú mandas--dijo bajando la cabeza--; ¡pero todo lo que
has escrito es tan sugestivo, tan admirable, tan hermoso!...
Durante treinta años, había asistido hora tras hora, a la concepción,
planeamiento y ordenado desarrollo de aquellos volúmenes, base y escudo
de la gloriosa reputación de Gómez-Urquijo. La idea primitiva, el
concepto matriz de cada libro lo concibió Urquijo en el lecho, junto a
ella, en noches interminables de vigilia cruel, durante las cuales el
cerebro del artista trabajaba ayudado por las tinieblas del dormitorio,
y sucesivamente fué viendo cómo aquella idea crecía y se perfeccionaba
adquiriendo mayor nitidez y ramificándose con otras, y cómo el novelista
bautizaba y movía los diversos personajes, intercalando en la narración
sabrosos episodios y avanzando hacia el desenlace derechamente. Ella, en
fin, mera espectadora de aquellas creaciones, las pensó y sintió tanto
como su mismo autor, y luego había llorado de emoción repasando las
cuartillas salpicadas de tachaduras y llenas de renglones trazados
rápidamente, con esa letra gruesa y desigual de los hombres de acción y
ayudado a la corrección de pruebas; y más tarde gustó, cual si fuesen
suyos propios, los aplausos conquistados por el libro. En aquellos
volúmenes había pedazos de su cerebro y túrdigas de su alma; los había
visto nacer y desarrollarse, tal vez los inspiró... De suerte que al oír
que Gómez-Urquijo abominaba de ellos, se atrevió a repetir varias veces
y con los ojos bajos, a guisa de suave protesta:
--¡Como quieras, claro... eso nadie mejor que tú puede decirlo!... ¡Pero
son tan hermosos, tan bonitos!...
--Sí, lo sé.
--Entonces...
--Por lo mismo que son muy hermosos, muy sugestivos, muy arrobadores...
no quiero que los lea.
Ella repuso en voz muy baja, con una mansedumbre de sierva enamorada:
--No entiendo bien...
--¡Pero me entiendo yo... y basta!
Iba exaltándose, irritándose progresivamente en virtud de una idea que
rebrinqueteaba vigorosamente por sus profundos y que no quería confesar.
Era el gran secreto de su vida artística, la duda cruel que aheleó sus
mayores triunfos, un misterio profesional incomunicable del cual se
había preocupado pocas veces, y que entonces resurgía de improviso
exigiendo una resolución definitiva y perentoria: el eterno combate
entre lo moral y lo artístico, entre lo bueno y lo bello. Urquijo se
frotaba las manos impaciente, nervioso; Balbina continuaba escrutándole
atentamente, esperando una contestación.
--Pero di--añadió pasado un largo intervalo de silencio--; aclara mis
dudas: ¿es que tus libros son malos?
El rostro venerable de Pedro Gómez-Urquijo expresó una angustia suprema,
como si el íntimo combate que en momentos tales libraban el hombre y el
escritor le desgarrase alguna fibra muy delicada, muy sensible. Pasados
los primeros instantes de vacilación, el hombre y el padre vencieron al
artista.
--Sí--repuso con voz apenas perceptible--; mis libros son malos, son
libros funestos.
--¡Ah!
--Como autor, lo aplaudo y estimo dignos de parangonarse con los
mejores; pero, como hombre que tiene hijas... ¿quieres que sea
franco?... Pues, como padre... ¡palabra de honor!... los condeno.
--Entonces, ¿por qué los escribiste?
Formuló su pregunta, esa pregunta a la que tan pocos artistas geniales
sabrían contestar, inocentemente, con la terrible ingenuidad del niño
que dispara jugando sobre su hermano un arma de fuego. Urquijo se
encogió de hombros, anonadado.
--¡Qué sé yo por qué los escribí!... Los artistas producimos fatalmente,
obedeciendo a un exceso de vitalidad que bulle en nosotros, y
experimentando al producir placer inmenso, mas sin tener conciencia
exacta de la condición benéfica o perjudicial, útil o perversa de
nuestra obra.
Hablaba balbuceando, no sabiendo cómo disculpar la nefanda labor de toda
su vida: y conforme su aturrullamiento y desconcierto de ánimo
aumentaban, Balbina, obedeciendo a un fenómeno inverso, se sentía por
momentos más locuaz y batalladora.
--Tú sostuviste repetidas veces--dijo--que tus libros eran muy buenos,
¿recuerdas?
--Sí.
--Muy morales.
--¿Morales?... Sí, seguramente son morales... ¿Acaso hay en la ética
algún principio incontrovertible?
Gómez-Urquijo titubeaba, disimulando su pensamiento con respuestas
ambiguas, oscilando como el equilibrista que corre sobre una maroma;
mientras la anciana, para quien la vida del gran hombre no tenía
secretos, continuaba acorralándole entre líneas paralelas de sólidos e
incontestables argumentos.
--Yo recuerdo--prosiguió--que antes de casarnos publicaste _Eva_, tu
libro más leído...
--Precisamente.
--Y luego, _Cabeza de mujer_... que fué atacado sañudamente por los
críticos.
--Sí.
--Te llamaban libertino, anarquista... Y tú escribías, en todos los
periódicos, terribles artículos, defendiéndote.
Don Pedro hizo con la cabeza un leve signo de asentimiento.
--Mas, por lo visto, argumentabas con sofismas y no con razones de buena
ley, ya que ahora reconoces que tus enemigos tenían razón. ¿Cómo, Pedro?
¿En qué pensabas cuando firmaste obras de las que ahora reniegas?
Gómez-Urquijo se había levantado y vuelto a sentar, encogiéndose de
hombros, arqueando las cejas, moviendo febrilmente sus finos labios de
hombre nervioso.
--En mis libros--dijo--consigné lo que he visto, lo vivido... ¡Es
natural! Los viejos parecemos libros de historia; sólo acertamos a
hablar de lo que fué... También reconozco que soy un escritor pagano y
que mis novelas forman una especie de oración admirable en loor de la
carne omnipotente... Mas, ¿para qué defender la castidad cuando es una
negación del deseo fecundo, una virtud estéril, como la mayor parte de
las mal llamadas virtudes?... Miserables envidiosos me atacaron... ¿y
qué?... El mérito de los artistas, como la belleza de las mujeres, se
mide por los malos deseos que enciende... ¡Guerra, pues! ¡Hay que dudar
del valimiento del escritor que no fué combatido, como debemos discutir
la hermosura de la mujer que nunca fué deseada!...
Y exclamó, agarrándose desesperadamente a este sofisma, más propio de un
especulador que de un artista:
--Esos libros son buenos; sí, son buenos... Puesto que se vendieron por
millares, conquistando el abrigo y el pan de toda nuestra vida.
--Sí, es cierto--repuso Balbina con los ojos arrasados en lágrimas--;
¡se han vendido! pero, al escribirlos... ¿no pensaste que tu hija podría
leerlos alguna vez?
Continuaron hablando más de una hora, que fué para Gómez-Urquijo de
cruel martirio. De pronto había descubierto el espantoso vacío moral que
informaba la labor literaria de su vida; sus libros eran malvados, tenía
miedo de su obra, porque fué la obra de un pagano enamorado únicamente
de la belleza y de la forma. Lo que no había comprendido en treinta años
de combates artísticos, sostenidos desde el periódico y desde la cátedra
del Ateneo, acababa de vislumbrarlo de sopetón viendo a Mercedes triste
y empalidecida por el vaho venenoso emanado de novelas perversas. Él
quiso castigar rudamente a los hombres libertinos enervados en brazos
del deleite, sin ambiciones, sin ideales, indiferentes al progreso
social, como ruedecillas inútiles que nada significan en los
complicados engranajes del dinamismo humano; y a las mujeres adúlteras
que destruyen con sus torpes liviandades el santo concierto del
matrimonio, base inamovible de la sociedad; y a los ricos que explotan
la juventud del proletariado, amasando sus fortunas con el dinero
arrancado cruelmente a la miseria de los demás; y a los próceres
avillanados que arrastran sus pergaminos por el fango del arroyo, y a
los jueces venales y a los escritores cobardes y a los prohombres que
ponen su influencia a merced de las mujeres bonitas... Tal fué la misión
nobilísima a que Gómez-Urquijo dedicó sus afanes: combatió todas las
ruindades, todas las intransigencias, todos los fanatismos, y luchó por
cuanto estimó bueno y justo ciegamente, con ahinco y tenacidad
admirables.
Pero el camino que eligió para la realización de tan altos fines no era
bueno. Para fustigar a los jueces que se venden, a los aristócratas
emplebeyecidos y a los libertinos desnudos de toda virtud, hubo de
pintar en sus novelas jueces sobornables y próceres vagabundos y
calaveras contumaces y mujeres de las más diversas categorías y
temperamentos... Y estos personajes, obedeciendo a la idiosincrasia
pagana del autor, no llegaron a encarnar el pensamiento de
Gómez-Urquijo: todas sus mujeres eran hermosas, adorables, viciosas y
ardientes, pero con un vicio extraño, que parecía causa y resultado
inseparables de su belleza misma, y que, lejos de rebajarlas, las
magnificaba y disculpaba; y todos sus hombres, si eran criminales,
licenciosos y perjuros, lo fueron por motivos de tal magnitud y
consideración, que sus liviandades encontraban desde luego fácil escudo
y defensa. Aquellas figuras, lejos de inspirar repugnancia, cautivaban,
atraían, seduciendo y encadenando el ánimo del lector con hechizos de un
sutil y quintaesenciado sensualismo; era imposible odiar a aquellos
galanes tan bizarros, tan gentiles y limpios de toda ruin levadura, que
vivían lejos del mundo, enmollecidos sobre el regazo de sus amadas; ni a
aquellas mujeres, divinas dispensadoras del sumo bien, tan discretas,
tan alegres, que desfilaban por las páginas de los libros con un
embelesador clamoreo de carcajadas juveniles. Don Pedro Gómez-Urquijo se
había equivocado; quiso hacer una obra y compuso otra completamente
distinta: era imposible arrancar de la lira voluptuosa de Tíbulo los
duros acentos regeneradores de Juvenal; y él, que pretendió enmendar
equivocaciones y corregir defectos, era también, por temperamento, un
corruptor, un gran libertino, un gran escéptico, un gran voluptuoso. Y
esto el autor de _Eva_ y de _Cabeza de Mujer_ lo había descubierto
repentinamente, evocando el recuerdo de aquella escena que tan profunda
emoción causó en su ánimo: a Mercedes apoyada de codos sobre la mesa del
comedor, con su cabellera corta y áspera, su rostro pálido y sus ojos
enigmáticos y negros de apasionada: inmóvil, absorta, leyendo una
historia de amor, soñando con ella.
--El daño es irreparable--murmuró tristemente--, pues, aunque yo podría
echar por tierra de un solo plumazo el monumento literario de mi vida,
¿dónde hallar valor y abnegación suficientes para perpetrar tan cruel
suicidio?...
Balbina Nobos, enternecida, lloraba abriendo mucho los párpados y sin
estremecer un solo músculo de su rostro, y las lágrimas rodaban
pausadamente una tras otra por sus mejillas pálidas y fofas de
burguesilla honesta que envejeció a la sombra.
--En fin--añadió don Pedro, deseando concluir aquella conversación
dolorosa--, no hablemos más de esto; te lo dije todo, lo he confesado
todo, puesto que mi vida de artista no guarda misterios para ti. Ahora
te aconsejo que cuides mucho a Mercedes, que avizores ladinamente todos
sus quehaceres, que nunca la dejes salir sola a la calle. Vive alerta y
con la barba sobre el hombro, Balbina mía, porque la tentación es
demonio taimado para quien no hay conciencia inaccesible, ni sueño
tranquilo, ni alcoba bien cerrada. Procura sondear su ánimo,
infundiéndola confianza para que, sin empacho, te abra el cofrecillo
sellado de sus secretos; participa de sus deseos, siente con ella,
háblala de amores: si acaso notases que desea un aliado, finge ponerte
incondicionalmente de su lado y en contra mía, para engañarme. Repítele
aquello de: «A tu padre no se le pueden decir ciertas cosas, porque los
hombres, etc...» Y si por un momento lograses hacerla olvidar que es
hija tuya, veríamos logrados nuestros deseos; en el terreno de la
confianza, los amigos suelen tener sobre los padres grandes ventajas.
Hazlo así; yo no puedo ocuparme de todo...
Ella arqueaba las cejas con expresión dubitativa de persona a quien
encomiendan una empresa muy superior a sus alcances. Gómez-Urquijo se
había levantado, y mientras arrastraba lentamente su sillón hasta su
mesa de trabajo, añadió:
--La tranquilidad de nuestra vejez descansa en el porvenir de Mercedes;
los hijos son una prolongación de nosotros mismos. Mercedes es mi mejor
obra; procuremos tú y yo que la posteridad no murmure de ella. Sería
imperdonable que yo, que fuí víctima de mis libros, consintiera que la
hija de mi alma lo fuese también.
Después, sentado delante de la mesa, consultó rápidamente un libro,
cogió un puñado de cuartillas y púsose a escribir con esa letra ancha y
gruesa de los espíritus vigorosos. Escribía sin vacilaciones, tachando
muy poco, y mientras su mano derecha iba encerrando las ideas en
rosarios interminables de palabras, los dedos de la siniestra mano
oprimían nerviosamente las cuartillas, maltratándolas, como despechados
de no poder servir para más altos menesteres. La pantalla verde del
quinqué reconcentraba su luz sobre la mesa, y en la penumbra, agobiando
el angosto tórax de Gómez-Urquijo, surgía su admirable cabeza
apostólica, con su frente bombeada de pensador, sus grandes ojos azules
abrillantados por el fulgor enfermizo de la inspiración, su nariz
aguileña, sus finos labios de hombre nervioso, violentamente contraídos,
y sus mejillas arreboladas por la sangre que el esfuerzo mental atraía
al cerebro.
Balbina continuó acurrucada en su sillita, abstraída en la contemplación
indecisa de esas imágenes incoloras y desligadas de toda noción de
espacio y tiempo, que mecen el espíritu de los irresolutos. Luego,
aburrida de sí misma y de la estéril vaguedad de su preocupación, se
levantó y fué a sentarse junto a la mesa, deslizando sin ruido sus
zapatillas sobre el suelo alfombrado. En seguida, tímidamente,
murmurando un: «¿No te molesto?...» que no obtuvo contestación de don
Pedro, alargó su mano, una mano plebeya, gruesa y salpicada de
hoyuelos, y cogió un libro, uno cualquiera, que abrió por cualquier
parte... La lectura le interesaba muy poco: lo importante era acompañar
al anciano, al pobre compañero de su vida, que estaba allí, amarrado al
ingrato sillón del trabajo, escribiendo para ganar el abrigo y el
indispensable regalo de todos. Durante treinta años, Balbina Nobos había
hecho lo mismo. Todas las noches, después de cenar, en cuanto
Gómez-Urquijo ponía manos a su absorbente labor de emborronar
cuartillas, ella iba a acompañarle, esperando la llegada del sueño, que
no solía tardar. A veces el anciano levantaba maquinalmente la cabeza, y
al encontrar la mirada de Balbina, preguntaba con acento breve:
--¿Qué haces ahí?...
Ella, cual si la hubiesen sorprendido en el momento de cometer una grave
falta, respondía:
--Nada... estoy viéndote...
--¿Por qué no te acuestas?
--Luego, cuando acabe de leer...
Aquello era un pretexto; ella no leía, no hubiera podido leer, por más
empeño que en ello hubiese puesto. Su espíritu candoroso de niña
enamorada eternamente, permanecía embebecido en la contemplación
idolátrica del hombre amado. Seis lustros de vida conyugal no bastaron a
destruir el hechizo de aquella pasión. Mientras Gómez-Urquijo trabajaba,
Balbina le ceñía en una mirada triste y de indefinible dulzura: los
años, más tenaces en su obra demoledora que los gusanillos que
destruyeron el puente de Milán, fueron modificando insensiblemente la
expresión de aquellos ojos, que al principio miraban con afán inquieto
de mujer celosa y más tarde declinaron empequeñeciéndose un poco
conforme se marchitaban, y escondiéndose en el fondo de sus cuencas,
desde donde observaban el mundo con una mirada dulce y melancólica de
abuela. Gómez-Urquijo nunca llegó a darse cuenta exacta de aquella
veneración que le tributaban, ni de aquellos ojos que le escrutaban,
detallando las arrugas de su frente y los febriles movimientos de su
mano; aquellos ojos que se secaron mirándole y bajo los cuales pudo
decir, sin resquicio de hipérbole, que había encanecido. Balbina no
tardaba en recibir el asalto del sueño que llegaba dominándola en
seguida, con esa fuerza con que el cansancio se impone a la débil
constitución de los viejos y de los niños: entonces cerraba el libro y
se acercaba a don Pedro, ofreciéndole el beso de despedida; se lo daba
en la mejilla o en la nuca, pero ligeramente y como a hurtadillas, para
no distraerle; y luego salía dirigiéndose hacia la puerta con pasos
silenciosos de enfermera.
Aquella noche Balbina, preocupada por las advertencias de Gómez-Urquijo,
miró a su marido menos que otras veces. Pensaba incesantemente en la
difícil comisión que acababan de encomendarla, y no sabía por dónde
empezar ni cómo conducirse: aquello de captarse la confianza de
Mercedes, hablarla de amores y fingirla protección y ayuda para así
llegar más fácilmente a conocer la verdadera orientación de sus
sentimientos... todo esto que el espíritu zahorí de don Pedro encontraba
tan llano y accesible, a Balbina la parecía una quimera inejecutable,
como la de tender un puente sobre un abismo. Interrumpiendo el silencio
de la habitación sólo resonaba el tic-tac desesperante del reloj, y el
vigoroso ir y venir de la pluma que corría sobre las cuartillas.
De pronto Gómez-Urquijo que, a pesar de su trabajo, había de estar
pensando en las mismas ideas que a su mujer atormentaban, levantó la
cabeza preguntando con repentino sobresalto:
--¿Harás lo que te dije?
--Sí.
--¿Pronto?
--En seguida.
--Desde mañana mismo...
--Sí, desde mañana; en cuanto me levante... veremos... Tú me ayudarás...
--Sí, yo te ayudaré; pero no te abandones fiándolo todo en mí...
Reanudó su tarea para interrumpirla momentos después.
--Infórmate bien--dijo--del carácter de sus amigas, de si tiene
amores... apodérate bien de su ánimo; no pongas al alcance de su mano
ningún libro que yo no conozca; y, especialmente, apártala de los
míos... ¡No digo más!... Cuida mucho a Mercedes, presérvala de devaneos,
siempre perjudiciales al recato y buen nombre de una doncella; líbrala
de las malas amistades, del pernicioso contagio de los malos libros...
y, a todo trance, cueste lo que cueste, guárdala de mí. Acuérdate,
Balbina, que el peor enemigo de nuestra hija soy yo...
No dijo más, ni Balbina Nobos osó tampoco replicar palabra, y en el
ámbito del despacho volvieron a resonar simultáneamente, con porfía
incansable, como queriendo sobrepujarse el uno al otro, el rasgueo
febril de la pluma, divina ejecutora de todo lo que queda,
escarabajeando sobre las cuartillas, y el sempiterno tic-tac del reloj,
abominable aparato contador de todo lo que huye.
Aquel combate se prolongó durante muchas horas: la pluma batallando por
perpetuar el recuerdo de una vida, la gloria de un hombre; y el reloj
fatídico negándolo todo, burlándose de todo, triturando la vida y la
gloria entre las dos sílabas de su negación eterna: tic-tac, tic-tac...
II
El paternal ¡alerta! de Gómez-Urquijo llegaba tarde. Mientras los dos
ancianos discutían los ocultos motivos que desde hacía poco tiempo iban
trocando en mustio y retraído el antes expansivo y decidor carácter de
Mercedes, la joven entró en su cuarto, encendió una luz y empezó a
desnudarse prestamente, quitándose sus vestidos con una especie de
horror: las enaguas cayeron delante de la mesilla de noche; el cuello de
pieles y el corsé fueron arrojados sobre un sillón, y las medias
enrolladas quedaron olvidadas sobre la alfombra, como anillos de una
enorme serpiente rota...
Ya en el lecho, ese fiel encubridor de los grandes secretos femeninos,
Mercedes sacó del seno un papelito plegado en varios dobleces, aproximó
la luz para ver mejor y apoyada sobre un brazo con orientalesco
abandono, púsose a leer, alargando el hociquillo, frunciendo el
entrecejo y haciendo otros hechiceros mohines de mujer que no entiende
bien lo que va leyendo. Aquel billetito era de Roberto Alcalá, quien la
citaba para el día siguiente.
«Mañana, a las tres de la tarde, te aguardo en la plaza de Oriente, bajo
los arcos del Teatro Real. Carmen o Nicasia irán a buscarte. No faltes.
Te quiero con toda el alma. Recibe sobre los párpados mis mejores
besos...»
Unos cuantos renglones compuestos de frases banales, escritos con lápiz
sobre la margen de un periódico, y que no obstante encerraban todo un
poema de pasión ardiente, las palabras más dulces del vocabulario
amoroso, los compases más tiernos, más arrobadores del eterno vals de
los deseos... Mercedes besó rápidamente la firma, avergonzada de
reconocerse aquella tan grande debilidad pasional, y tornó a leer el
billetito apreciando bien los pormenores de la cita.
«A las tres de la tarde... en la plaza de Oriente, bajo los arcos del
Teatro Real.»
Y esto lo repitió varias veces, procurando grabarlo en su cerebro
profundamente, recelando la posibilidad de que la amorosa esquelita se
perdiese. De pronto, oyendo que doña Balbina iba acercándose por el
carrejo con sus mesurados pasitos de enfermera, la joven extendió el
brazo y apagó la luz, para que la creyesen dormida. Después sintió que
empujaban la puerta suavemente y en la penumbra indecisa, recortada por
el marco, apareció la silueta de la anciana, que alargaba la cabeza,
conteniendo la respiración:
--Niña... Mercedes...--murmuró--; ¿duermes?
Ella no contestó, permaneciendo inmóvil y doblada sobre sí misma, hecha
un ovillo. Balbina repitió bajando la voz:
--¿Duermes?...
La joven sonreía silenciosamente, recreándose con pueril ufanía en el
engaño de su madre y comprendiendo que con aquel mutismo se ahorraba una
conversación, por lo intempestiva, enojosa; pero muy luego dejó de reír,
temiendo que delatasen su insonoro contento sus blancos dientecillos de
lobezna, brillando en la obscuridad bajo la acción de aquel tímido
resplandor lejano que recortaba el perfil de doña Balbina sobre la
borrosa claridad del pasillo. En el silencio del dormitorio susurraba su
respiración, suave y rítmica como la de quien se acostó muy cansado: y
cuando la anciana, sin maliciar la superchería de que era objeto, cerró
la puerta y echó de nuevo pasillos adelante buscando el despacho,
andando siempre con sus cautelosos pasos de mujer tímida, Mercedes
volvió a sonreír estremeciéndose toda ella de cabeza a pies, con una
nerviosa sensación de regocijo y frío.
Durante algunos momentos estúvose queda, prestando oído atento,
convenciéndose de que estaba sola y de que nadie volvería a quebrar el
hilo de sus meditaciones. Pensó en Roberto, en los incidentes de la
última cita, en los que acaso habían de salpimentar y embellecer la
entrevista próxima...
El prodigioso secreto de abultar las cosas más insignificantes y restar
importancia a lo realmente considerable y digno de ser tenido en mucho;
el saber imprimir interés, novedad y pique novelesco a lo trivial,
mientras se permanece en las situaciones extremas brazo sobre brazo,
sonriendo a la muerte con esa tranquilidad admirable que infunde la
inconsciencia del peligro; eso de olvidar lo repugnante, lo deforme,
para mejor aquilatar la parte bella de los hechos, o de dulzurar las
pesadumbres arropándolas en las consoladoras medias tintas de una suave
poesía melancólica; esas sutiles metamorfosis psicológicas, esos
trueques de sentimientos de tristes en regocijados y de alegres en
nostálgicos; pero con una nostalgia que tiene algo de convencional,
puesto que sólo produce una voluptuosa sensación de sufrimiento que
nunca llega a la cruel mordedura del verdadero dolor; todo eso, tan
delicado, tan altamente artístico, forma la felicidad inimitable de los
veinte años. Cuando la inocente niñez deja de sonreír entristecida por
los primeros balbuceos pasionales de la ardiente mocedad, el mundo se
transforma y una nueva existencia saturada de perfumes jamás aspirados,
de lejanías nunca vistas y de tiernos arrullos no escuchados, surge de
la vacía existencia infantil. La retozona pubertad acaricia los nervios
con lúbricos cosquilleos, la sangre corre bajo la piel inspirando una
necesidad perentoria de luchar, de emplearse en algo; por las noches, en
el silencioso recogimiento de los dormitorios que abrigaron la desvalida
niñez, que acaba de pasar, se oye el recio bataneo cardíaco y los oídos
zumban, aturdiendo el cerebro del adolescente con murmujeos extraños,
cual si aquella sensación, puramente física, fuese el eco con que
responden las alcobas honradas al lejano desconcierto de las pasiones...
Y entonces es cuando por primera vez reconoce el joven que hay bajo el
virtuoso techo del hogar paterno algo inexpresable que ahoga. El sol
agostador del Deseo asciende lentamente, vistiendo el porvenir de
púrpura y recamando el cielo añilado de la esperanza con cirrus que
fingen caderas y voluptuosos contornos de mujeres desnudas; el vaho de
las pasiones represadas sobajea la piel con efluvios magnéticos, la
brisa susurra entre el boscaje vecino cantos de amor. Todo vibra en
nosotros, todo conmueve intensamente, hablándonos un lenguaje sólo para
nosotros comprensible: la alondra que trina en el espacio saludando los
risueños resplandores del amanecer, la campana de la ermita que dobla,
recordando con sus místicas vibraciones la celebración de la primera
misa; las cigarras que cantan bajo los hierbajos durante las horas
abrasadoras de la siesta; el búho que interrumpe con su grito fatídico
el silencio hierático de los bosques; y de igual modo y aun en los
momentos más diversos; los acordes de una música, la lectura de unos
versos que responden a cierto estado de nuestro espíritu, el perfume que
esparcen tras sí los vestidos de una mujer que pasa... todo interesa, y
las impresiones resuenan dentro del alma con eco solemne, como retumban
los ruidos del mundo en los ámbitos de las majestuosas catedrales
antiguas.
Ésta era la turbulenta crisis psicológica porque atravesaba el espíritu
de Mercedes.
Su niñez se había deslizado tranquilamente, sin hermanos con quienes
jugar, sin amiguitas, siempre encerrada en casa, libre de esos menudos
divertimientos que llenan la amariposada existencia de los niños. Al
colegio no fué nunca; doña Balbina la enseñó a rezar, luego aprendió
con su padre a leer, escribir, un poquito de geografía y de historia,
con algo de aritmética y de ciencias naturales; y mucho más tarde
estudió el piano con una profesora francesa que daba lecciones a
domicilio. Los primeros años de su vida dejaron en Mercedes muy pocos
recuerdos: siempre veía la misma escena, el mismo cuadro, silencioso y
tranquilo; a Gómez-Urquijo encerrado en la modesta habitación que le
servía de despacho, sentado delante de una mesita, escribiendo con los
ojos muy abiertos y la mirada inmóvil del hombre que mira cosas
distantes; y a doña Balbina trajinando por la cocina, ora encendiendo la
lumbre, ora fregando cacerolas y platos, o bien en el comedor, repasando
la ropa blanca que iba sacando de un gran cesto. Del semblante que
entonces tenía doña Balbina, Mercedes no recordaba, sin duda, porque
jamás hubo en él un rasgo vigoroso; pero sí conservaba, aunque
vagamente, la imagen de su padre, con su larga melena de trovador, su
nariz aguileña y su ancha frente, autorizada por el profundo pliegue
vertical de la reflexión y de la cólera.
Don Pedro permanecía en su casa poco tiempo, eran muchas las noches que
no dormía en ella, y algunas veces estaba ausente tres y cuatro días.
Aquellos alejamientos los soportaba doña Balbina con admirable
resignación de mártir, y en su rostro amargado por un gesto de
conformidad y de melancolía imborrables, jamás llegó a traslucirse
ningún sentimiento anormal de impaciencia o despecho. Se levantaba
temprano, preparaba el desayuno, iba y venía por las habitaciones
barriendo, sacudiendo el polvo de los muebles, charloteando con su hija
que la seguía a todas partes, hablando siempre una conversación infantil
de mujer sencilla que sólo está separada de la niñez por los años. Todas
estas operaciones de la mecánica casera las ejecutaba doña Balbina sin
reír, sin levantar nunca la voz, silenciosamente, cual si hubiese algún
enfermo grave muy cerca de allí; obedeciendo, tal vez inconscientemente,
a la inveterada costumbre que tenía de no interrumpir a don Pedro en sus
horas de trabajo. Por las tardes, doña Balbina se sentaba en el comedor
a repasar las ropas que lo habían menester, o a leer; y si allí no
había bastante luz, se trasladaba a la cocina que era muy clara, o al
gabinete, pero nunca al despacho, cual si temiese profanar con su
presencia la majestad del santuario donde su marido escribía. Después de
cenar aquella joven, envejecida prematuramente por dentro, sentaba a su
hija sobre sus rodillas y rezaban juntas; luego se acostaban. Algunas
veces la niña preguntaba:
--¿Y papá?
Doña Balbina respondía invariablemente con su cristiana mansedumbre de
cordera:
--Trabajando, hija mía; trabajando para nosotras...
Y se dormían la una en brazos de la otra, como queriendo consolarse
mutuamente de la soledad en que vivían. Entonces tenía Mercedes siete
años.
Cuando Gómez-Urquijo volvía, hija y madre acudían a recibirle. Él
abrazaba a Balbina, besándola apasionadamente sobre los labios, deseando
compensarla en un instante de sus tristezas y desamparo: luego aupaba a
Merceditas, chillándola y zarandeándola hasta conseguir ponerla de mal
humor. Balbina preguntaba:
--¿Dónde has estado?
--Por ahí... mujer, trabajando; ya sabes... La brega eterna. Anoche
pensé venir, pero a última hora fuí a la redacción y luego me llamaron
por teléfono desde la imprenta, para la corrección de unas pruebas...
¡Ah!... Los ensayos de mi drama han vuelto a interrumpirse: creo que la
noche del estreno no llegará nunca...
Doña Balbina, olvidando completamente sus propias pesadumbres, murmuraba
enternecida, besándole:
--¡Pobrecito, cuánto trabajas!...
--Sí, hija mía... mucho... Diríase que mi trabajo es de los que se pagan
por horas.
Y no mentía: la palidez de sus mejillas y de su frente, el pliegue
desdeñoso de sus labios, el círculo violáceo que rodeaba sus grandes
ojos azules, traicionaban ese agotamiento íntimo del hombre que
discurrió febrilmente durante muchas horas. Luego, como artista que
antes de volverse al mundo de sus quimeras quiere conocer rápidamente la
realidad donde vive, preguntaba:
--¿Cómo te encuentras?
--Bien.
--¿Y la niña?
--Ya la ves, hecha un torito...
--¿Ha venido alguien?...
Generalmente la respuesta era negativa, porque Gómez-Urquijo, para
ocultar la modestísima estrechez en que vivía, cuidaba de no descubrir a
nadie las señas de su domicilio. Después de aquel breve interrogatorio,
don Pedro solía sacar del bolsillo un periódico que entregaba a su
mujer:
--Toma y no lo pierdas...
--¿Qué es?...
--Poca cosa; un envidioso que habla mal de mí... Un artículo sangriento.
Guárdalo; de todo eso necesito vengarme cruelmente cuando suene para mí,
con la hora del triunfo, la hora divina de las represalias.
Después, sin perder minuto, se encerraba en su despacho, a escribir, y
la casa volvía a sepultarse en su melancólico silencio de sacramental.
Aunque sujeto a la mesa del trabajo, el espíritu de Gómez-Urquijo
llenaba todas las habitaciones. Doña Balbina parecía más animosa y sus
ojos reflejaban el fulgor de un íntimo contento, había más graciosa
soltura en sus ademanes, sus dedos manejaban la aguja con más facilidad;
a cada momento salía del comedor y entraba en la cocina, inspeccionando
la lumbre, destapando las cazuelas, para cerciorarse del buen estado de
los guisos; y si Mercedes empezaba a cantar, la imponía silencio
mansamente, llevándose el índice a los labios.
--¡Chist!--decía--calla... no molestemos a papá...