absurda, que acabó por indisponerla consigo misma. Se fastidiaba de oír
las eternas lamentaciones de Chopín y los valses perversos de
Waldteufel, y cerró el piano; después se cansó de bordar, no acertaba a
combinar los colores de un ramillete que tenía entre manos, se pinchaba
los dedos y arrojó el bastidor a un rincón; luego, aburrida también de
ver las gentes que iban y venían por la calle, lanzó un suspiro de
despecho y de ahogo, y cerró el balcón. Todos sus pensamientos se
resumían en un «me aburro»... desesperante, que empujaba a su espíritu
hacia peligrosos horizontes desconocidos. Era «el cuarto de hora» de los
conflictos psicológicos, «la hora azul» de los grandes cataclismos
sentimentales, de las terribles revelaciones...
Mercedes abrió el despacho de su padre, aquel santuario donde ni ella ni
doña Balbina penetraban casi nunca. En los armarios aparecían
amontonados centenares de volúmenes; en las paredes había multitud de
retratos de actrices y de escritores amigos de don Pedro; sobre la mesa
yacían varios libros; uno de ellos estaba sobre la carpeta, con la
plegadera entre las hojas. Mercedes se acercó a la mesa y cogió el
libro, _Eva_, la novela más célebre de Gómez-Urquijo. Durante algunos
instantes estuvo inmóvil, hojeando el volumen con aire indeciso,
respirando el ambiente de aquella habitación impregnada de un fuerte
olor a tabaco. De súbito sus ojos chispearon, todo su cuerpo se
estremeció y sus mejillas se arrebolaron de vergüenza: acababa de llegar
al desenlace de una escena de amor cuya circunstanciada descripción
devoró rápidamente, presintiendo que a la vuelta de cada hoja iba a
descubrir algo que la revelase ese recatado misterio eleusíaco de la
vida, tormento eterno de todas las vírgenes.
Mercedes había abierto el libro por una de sus últimas páginas,
aquéllas, precisamente, que explicaban el verdadero motivo inspirador de
la narración.
_Eva_ era la leyenda perdurable de todas las mujeres; el despertar de
las pasiones, el primer amor, con sus ilusiones mal definidas y sus
locos anhelos de felicidad; el seductor ideal, guapo, decidor,
ingenioso, gaitero, ardiente; la lucha entre el deseo y el deber, entre
la carne, siempre frágil, y el honor... Y, finalmente, la caída, la
dulce y espantosa caída, con sus noches de insomnio preñadas de
terribles quimeras...
Todo esto lo releyó Mercedes con la torcida fruición del niño que hojea
por primera vez un tratado de enfermedades secretas, y aquella lectura
fué para ella un tósigo.
Gómez-Urquijo había procurado que sus obras fuesen trasunto fiel de la
realidad; describió el mundo tal como era: bueno a ratos, a veces malo,
pero, generalmente, más bien malo que bueno; y todas sus esperanzas,
todos sus excepticismos, todas las hieles de su alma, todos sus nefandos
refinamientos de hombre voluptuoso, estaban depositados allí, a guisa de
légamo funesto. Gómez-Urquijo era pesimista; creía que la tierra es un
mundo funesto, archivo de pesadumbres, manantial inagotable de
desengaños, pudridero fatal de cuanto nace. Las ilusiones, como todas
las aguas dulces, concluyen por amargar, porque unas se truecan en
desesperanzas, y otras vuelven, tarde o temprano, al mar de donde
salieron... Y a esto obedecía el criterio sombrío de don Pedro: el autor
de _Eva_ se rebelaba contra la muerte; le parecía absurdo y contrario a
la noción de un primer principio inteligente y misericordioso, eso de
nacer para seguidamente ir envejeciendo hasta desaparecer en el anónimo
desesperante de lo pretérito; y por eso, para aminorar la visión
fatídica del no ser, Gómez-Urquijo, predicaba un sensualismo triste, con
perfiles que recordaban la fúnebre filosofía de los epicúreos: amemos;
el amor es el único enemigo invencible de la muerte, el consolador
bendito de todas las penas; amemos mientras los nervios sean capaces de
sentir el opio embriagador del deseo... ¿Para qué sufrir? ¿Por qué no
enmascarar bajo poéticos fingimientos la realidad cruel?... La vida es
una novela que se escribe: hoy puede redactarse un capítulo triste,
mañana otro alegre, y siempre, o casi siempre, a gusto del autor.
La joven pasó toda la tarde grabando en su memoria las embelesadoras y
funestas enseñanzas de aquel libro; un mundo desconocido acababa de
surgir ante ella, un mundo lleno de luz y de seductores mirajes que,
como Galileo, sentía trepidar ya bajo sus plantas; y cuando la noche se
echó encima y ya no alcanzaba a distinguir las letras, encendió el
quinqué y continuó leyendo.
Todo la sorprendía; allí vió pasiones jamás presentidas por su columbino
candor de doncella y escenas de un subidísimo color naturalista que
simultáneamente la avergonzaban y seducían. La ética predicada por
Gómez-Urquijo, era una moral decadente de libertino, y su alegría, algo
triste, contrahecho y forzado, como la serenidad y regocijo que fingen
en sus últimos instantes los sentenciados a muerte. Gocemos, decía el
autor de _Eva_, apuremos de un trago todos los deleites sin dejarnos
sugestionar por las vagas incertidumbres del mañana; la melancolía es el
credo inútil, infecundo y estúpido de los vencidos... Gómez-Urquijo
entonaba en aquellas páginas del mejor de sus libros, una canción
brillantísima en honor del amor y de la risa: _Eva_ era el prototipo de
la mujer, con todas las seducciones, las voluptuosidades y los
criminales ardimientos de su sexo; una mujer extraordinaria, una
creación sobrehumana, puramente artística, bella y fecunda como la Eva
milagrosa del Génesis, que llevó en sus ovarios los gérmenes de toda la
especie humana; libertina como Semíramis, voluptuosa como Cleopatra, con
esa voluptuosidad ponzoñosa, insaciable, que atormenta las entrañas de
las mujeres meridionales; fuerte como Judit, perjura como Elena,
incestuosa como Mesalina, cruel como Herodías... y a ratos también,
esposa fiel como Artemisa y Lucrecia, y madre amantísima como Raquel...
Eva lo reasumía y abreviaba todo: las virtudes, los heroísmos, las
abyecciones; las altas cualidades y las grandes vergüenzas femeninas;
era, pues, un símbolo; símbolo admirable digno de parangonarse con las
creaciones inmortales del paganismo.
Mercedes leía ansiosamente, admirando hallar en aquella mujer
fantástica, hermana suya, puesto que también parece mediar cierto
secreto parentesco entre los hijos y los libros del mismo autor, algo
bien concreto de lo mucho y mal definido que ella sentía.
Eva era la mujer terrible, provocadora de los grandes conflictos
históricos; el hada omnipotente y dulce que caldea la inspiración de los
artistas y aprieta el nudo novelesco de todas las leyendas pasionales;
la hembra eterna, siempre gozada y siempre apetecible, que huye al
principio y luego se rinde y más tarde persigue y acosa al burlador, al
inconstante bien amado que huye; es la eterna Deseada que se ofrece en
voluptuoso miraje a la imaginación de la gozadora adolescencia,
emborrachándola con la sinfonía de sus juramentos y de sus besos y el
sabio hechizo de sus caricias; es la mujer que duda, que finge, que ama,
que olvida y que ríe... para aturdirse con el eco de su risa y tornar a
querer y a reír...
¡Amar, reír!... Gómez-Urquijo insistía continuamente sobre estos dos
conceptos con tenacidad de pagano borracho y feliz, y Mercedes, conforme
leía, iba quedándose pensativa, sospechando que sus padres, al educarla
en el austero recogimiento de la virtud, la regatearon el derecho
indiscutible que tenía a cometer locuras y a ser dichosa.
Aquella noche Mercedes durmió con la novela de su padre debajo de la
almohada, procurando que nadie la viese, con la vergüenza y el temor de
la doncella que tiene a un hombre escondido en su cuarto.
Como Mercedes no pertenecía al número de esas mujeres frías y volubles
que precisa estar reconquistando a cada momento, era incalculable el
alcance que sobre ella podían tener las sensaciones. Primero leyó _Eva_,
luego _Cabeza de mujer_, y ambos libros causaron en ella un efecto
abominable: por sus páginas conoció las hechicerías de lo vedado y la
inanidad de cuanto hasta allí estimó bueno y digno, por tanto, de
imitación; allí aprendió que el hastío es la carcoma implacable del
matrimonio; que el marido es algo monótono, insípido, como una cena
servida siempre a la misma hora, y que si las mujeres supiesen que lo
prohibido oculta la mitad más preciosa y duradera de sus encantos, no
querrían casarse nunca...
_Cabeza de mujer_ era un estudio perfecto de la psicología femenina, en
cuanto hay en ella de pequeño; las envidias, las veleidades, los
caprichos del momento, amores de salón, pasiones efímeras de coqueta que
languidece en el seno de una sociedad embustera; mientras _Eva_
reflejaba los grandes sentimientos devastadores del alma, con sus
transportes de lujuria nunca satisfecha, sus exclusivismos y sus celos
manchados de sangre. Entre ambos libros formaban un pentagrama exacto
sobre el cual la mano habilísima del novelista trazó la sinfonía
admirable y eterna de los deseos; con sus anhelos, sus dudas, sus
impaciencias, sus citas y demás misterios clásicos que forman los
adorables prolegómenos de la suprema posesión.
Mercedes sentía que la cuerda sensible de su alma vibraba, respondiendo
con estremecimientos eléctricos a los diversos matices del himno
pasional cantado por aquellas mujeres de novela, que, no obstante,
tenían su misma sangre, sus mismos nervios. Gómez-Urquijo había puesto
en todas igual temperamento, lo que no es de extrañar, pues el escritor
se refleja en sus obras y las creaciones de su pluma, como las hijas de
su carne, han de tener aficiones parecidas, temperamentos análogos.
La joven se reconoció retratada en los libros de su padre. Ella, con sus
cortos cabellos negros y fuertes, su rostro pálido, sus ojos de
obsidiana, brillantes y duros, y su cuerpo delgado y nervioso, se
parecía a _Eva_, la gran apasionada, incansable derrochadora de
placeres, que murió abandonada después de servir de embeleso a muchos
hombres; y recordaba también a Matilde, la protagonista de _Cabeza de
mujer_, aquella caprichosa incorregible que renunció a su marido y a sus
hijos por beber _champagne_ con un adorador que no la interesaba....
Aquellas dos mujeres, aunque viciosas, hipócritas y mudables,
aparecieron ante Mercedes engalanadas de fascinadores hechizos,
zalameras, graciosas, soboncitas, irresistibles, con el encanto
sojuzgador del ángel malo. Eran adúlteras porque sus esposos eran
vulgares, y viciosas porque la calidad de su sangre y la perpetua
sobreexcitación de sus nervios así lo exigían; pero siempre
interesantes, siempre adorables hasta en sus torpezas, siempre
artistas... Y Mercedes las quería y hubiese deseado emularlas, rivalizar
con ellas, ser una de tantas....
Como sus hermanas Eva y Matilde, antes de quebrantar las prescripciones
del deber y de lo honesto, Mercedes acariciaba la visión de un mundo,
escenario admirable de una perpetua bacanal. Leyendo aprendió las suaves
emociones que experimentan los amantes en el campo, a la puesta del sol,
caminando bajo los árboles y por entre los flexibles herbazales que se
enredan a sus pies, invitándoles a caer; y la voluptuosa melancolía del
crepúsculo, con sus pájaros adormilados arrullándose entre el boscaje,
sus campiñas despertando rozadas por el aleteo refrescante de la noche,
sus arroyos, cuyas aguas huyen acariciando las orillas con un suave
lamento de despedida, y sus estrellas reflejando su luz fría en la
superficie inmóvil de los pantanos... Y conocía también las emociones de
los amoríos urbanos: las citas en la iglesia, las criadas o las amigas
serviciales que ejercen tercería, ofreciéndose a llevar y traer cartas,
o poniendo su casa a disposición de los que no pueden exhibir su pasión
públicamente; las entrevistas en los cafés poco concurridos de los
arrabales, los paseos en coche... Y además las cartas, las horribles
cartas hinchadas de juramentos hiperbólicos y de promesas
soliviantadoras, los disgustos que reavivan el amor, las dudas, los
desdenes, los celos; y luego las escenas más íntimas. Aquellas tardes
invernales pasadas en el voluptuoso recogimiento de los dormitorios,
esas capillitas modernas sabiamente preparadas para el culto de la diosa
Carne, especie de abismos perfumados, donde los amantes cumplen poco a
poco la siniestra profecía de Malthus. A través de los cristales de la
ventana, se ven pasar los copos de nieve cayendo unos tras otros en
catarata inagotable desde la inmensidad del cielo gris; junto a las
paredes, los muebles abocetan tímidamente sus suaves panzas de raso o
felpa; sobre el suelo alfombrado, los cortinajes de la puerta, inmóviles
y tristes como telarañas abandonadas, arrastran sus flecos obscuros; el
ambiente, que huele a perfume y a cuerpo de mujer joven, produce una
sensación de enervamiento, de laxitud inexplicables; en el hueco de la
chimenea arde un tronco de encina que cruje y se desgrana en chispas
arrojando reflejos sanguinolentos que corren por la alfombra. En el
fondo de la habitación aparece el lecho; no como aquéllos de en tiempo
del Imperio, altos y estrechos, pues las camas pequeñas son odiosas por
parecer construídas exclusivamente para dormir o gustar el placer de
prisa y sin paladearlo, como vaso de vino que los caminantes impacientes
apuran de pie delante del mostrador; sino un lecho moderno, bajito,
amplio y mullido, sepultado bajo una colgadura de terciopelo, entre
cuyos pliegues la mundana previsión del tapicero colgó una lamparilla
eléctrica.
Todo esto lo sabía Mercedes y más aún... Conocía los detalles, los
refinamientos... El espejo puesto a los pies del lecho para acicate del
deseo cansado, las prendas de vestir arrojadas aquí y allá por la
impaciencia febril de los amantes, los encantos que prestan a la mujer
las camisas de seda, tan suaves, ciñéndose y modelando las curvas del
cuerpo, y tan vistosas, con sus encajes flamencos y sus cintajos
multicolores; las caricias de las infatigables manos varoniles, el beso
en la boca, ese beso brutal, decisivo, de la posesión; y los besos en
la nuca, tan afrodisíacos, tan excitantes, flagelando la espalda con un
cosquilleo magnético que llega a los riñones... Y luego aquellas horas
de invencible emperazamiento en que ambos amantes yacen silenciosos, con
el ánimo preso en el hechizo de quererse mucho escuchando el simultáneo
tic-tac de sus dos relojes colocados sobre la mesilla de noche; el del
hombre más grave, más lento; el de la mujer más rápido, más febril; pero
avanzando simultáneamente cual si entre ellos mediase también una
corriente simpática...
Tales lecturas causaron en el carácter de Mercedes una honda revolución
que no advirtieron en los primeros momentos ni doña Balbina ni
Gómez-Urquijo: tornóse más irritable, más desigual, más voluntariosa;
las lecturas habían prestado mayor exactitud y relieve a los deseos mal
definidos que en ella provocaron las primeras emociones musicales;
dormía poco, sus mejillas palidecieron, su mirada fué más profunda, y
pasaba largos ratos en el balcón, recapacitando en la monotonía de su
existencia de mujer honrada, mirando atentamente a los transeuntes y
pensando que todos ellos tendrían, como los hombres y las mujeres de los
libros, sus amores y su citas.
Su padre, el talentoso autor de _Eva_ y de _Cabeza de mujer_, lo había
dicho. «La vida es una novela que se escribe... siempre, o casi siempre,
a gusto del autor». Y Mercedes renegaba de que en todas las páginas de
su historia el Destino fuese escribiendo los mismos párrafos.
A ratos pensaba en imitar el ejemplo de doña Balbina, tan buena, tan
resignada con su suerte, viviendo en la obscuridad, consagrada al
cuidado de su marido y de su hija: pero otros se revelaba, creyendo que
la virtud es enemiga del amor y de la risa, y que es horrible el
porvenir de las mujeres honestas, condenadas a vivir en perpetua minoría
de edad, obedeciendo a sus padres primero, a su marido después: y
entonces el matrimonio le parecía algo absurdo, una institución
monstruosa que ayunta para siempre a dos seres que tal vez habrán de
odiarse el día de tornaboda; una especie de duelo a muerte que sólo
puede terminar con la desaparición de uno de los dos adversarios. Y
Mercedes juraba que algunas mujeres, si no tuviesen esperanza de
enviudar, no se casarían nunca.
Aquellos pensamientos determinaban en la joven un estado de perpetua
excitación: siempre, sin saber por qué, esperaba algo nuevo, anormal,
que sobrevendría fatalmente y de sopetón, en forma de ser viviente o de
noticia o de carta, pero que llegaría al fin, cuando más descuidada
estuviese, a romper el aburrimiento de su vida explayando ante su
ilusión nuevos horizontes. Este remedio prodigioso lo esperaba Mercedes
continuamente, a todas horas, de un telegrama que jamás venía, de una
carta que nunca llegaba: en cuanto sonaba el timbre de la puerta acudía
al recibimiento presurosa, queriendo recibir ella misma lo que con tanta
impaciencia aguardaba, y aunque contaba sus desengaños por días, siempre
se dormía conforme, fortalecida por su convicción inquebrantable de ser
dichosa, murmurando:
--Vendrá mañana...
Así vivía, abrazada a un ensueño sin nombre.
De algo de esto habló Mercedes con Nicasia y Carmen, una tarde al salir
del Conservatorio; mas ellas, que habían leído muy poco, no supieron qué
decir.
--En los libros--afirmó Carmen--los autores escriben muchas tontunas.
Tú, de todos modos, necesitas un novio.
Y añadió bajando la voz para que Nicasia no la oyese.
--Otro día te contaré lo que hace tiempo me sucedió con Luis...
--¿Cómo?--exclamó Mercedes sorprendida de aquella revelación que no
esperaba--¿tienes novio?
--Sí.
--¿Cómo no me lo habías dicho, hipócrita?
--¡Qué sé yo!... Es amigo de Roberto; un novio muy guapo, muy decidor,
que me da muchos besos...
Y empezó a reír estrepitosamente. Mercedes no hizo ningún gesto: aquello
le parecía muy lógico, muy corriente, pues, según ella recordaba haber
leído en las novelas de Gómez-Urquijo, todos los hombres y las mujeres
que se quieren deben dormir juntos.
Carmen, amohinada por esta impasibilidad, preguntó:
--¿No te gustaría a ti también, tener un novio que te besase?...
Y Mercedes repuso con esa inconsciencia con que sostienen los mayores
absurdos morales las mujeres que prostituyeron su alma antes de violar
la virginidad de su cuerpo:
--¡Es natural!...
Por aquella época Gómez-Urquijo recibía bastantes visitas, de literatos,
actores y artistas jóvenes y ambiciosos que iban solicitando la ayuda
del afamado novelista.
Don Pedro, que madrugaba con el sol, estaba visible únicamente por las
mañanas: sus amigos podían verle sin preámbulos, pero los desconocidos
no podían pasar sin cumplir esos requisitos sociales que son la parte
teatral que envuelve y da prodigioso realce a la vida exterior de los
grandes hombres. Primeramente tenían que presentar su tarjeta o la
cartita de recomendación que trajesen, y luego sentarse en el
recibimiento, sobre un largo banco de gutapercha donde Gómez-Urquijo les
dejaba aburrirse quince o veinte minutos, dándoles a entender con tan
larga espera que estaba muy ocupado y que aquellos momentos de
audiencia eran para él verdadero sacrificio.
Mercedes, apartando disimuladamente los cortinajes que cubrían la puerta
del comedor, procuraba atisbar, sin ser vista, a los recién llegados.
Algunos iban dos y tres veces: a éstos ya les conocía, designándolos
mentalmente por la particularidad física o por el detalle de su
indumentaria que más la impresionase, y así decía:--El hombre del bigote
rubio; el joven del gabán claro...--Pero otros, los menos afortunados,
pasaban de refilón, como sombras, para no volver. Generalmente eran
jóvenes mal vestidos, de rostros pálidos y ojos brillantes agrandados
por las emociones mentales.
Entre los individuos que más asiduamente frecuentaban la casa de
Gómez-Urquijo, estaba don Pablo Ardémiz y Roberto Alcalá, el primo de
las hermanas Vallejo; un actor joven que había estrenado varios dramas
de don Pedro y por quien éste sentía gran afecto.
Era un mozo como de treinta años, de mediana estatura, elegante y
atildado, pero sin que ni su elegancia ni su atildamiento pecasen de
ridículos; grave sin orgullo, cortés sin afectación. Llevaba el rostro
primorosamente afeitado y el negro pelo caprichosamente abullonado sobre
las sienes, lo que imprimía a la cabeza cierta originalidad artística;
sus ojos azules miraban con la imperturbable quietud del hombre corrido
que sabe y disimula muchas cosas, y por sus labios delgados vagaba la
expresión indefinible, ambigua, de los actores expertos acostumbrados a
fingir continuamente expresiones contrarias. Era, pues, muy simpático,
con una simpatía que dimanaba, principalmente, de la perfecta
ecuanimidad de su espíritu y de lo bien que se armonizaban el
comedimiento de sus palabras y la británica corrección de sus gestos.
A Roberto Alcalá y a don Pablo Ardémiz les conoció Mercedes
simultáneamente, una tarde en que Gómez-Urquijo les invitó a cenar. Era
la primera vez que la joven comía con gente extraña. Don Pedro ocupaba
la cabecera; Roberto estaba a su derecha, Ardémiz a su izquierda, y
junto a don Pablo, doña Balbina. Felipa, la criada, iba y venía desde la
cocina al comedor, algo aturdida por la presencia de los dos nuevos
invitados.
Bajo el torrente luminoso derramado por la lámpara suspendida a cierta
altura sobre la mesa, los rostros de los comensales surgían con poderoso
relieve. Don Pedro, con su ancha frente pensativa, sus ojos graves de
mirar penetrante, su nariz aguileña, de alas movibles que la inspiración
y el coraje hinchaban fácilmente, su semblante enjuto y su cabellera
blanca y artísticamente abarquillada sobre las sienes, como las
coquetonas pelucas de los antiguos cortesanos. Roberto, siempre solícito
y atento a las menores variantes de la conversación, clavando en
Gómez-Urquijo la tranquila mirada de sus ojos azules, algo ensombrecidos
por esas ojeras violáceas características de los trasnochadores
sempiternos... Mercedes lo observaba todo.
Don Pablo Ardémiz era un hombre sesentón, alto y grueso, un poco calvo,
con labios abultados y entreabiertos de viejo lascivo; su encanto
principal consistía en la voz; una vocecilla algo estropeada, quizás,
por los abusos del vino y del amor, pero afable; simpática, dulce y
dotada de una tonalidad o dejo de irresistible seducción; y hablaba
despacito y quedamente, subrayando las palabras con guiños o ademanes
elocuentísimos que le erigían en príncipe del gesto. La vida de don
Pablo era un misterio: nadie le conocía familia, ni empleo, ni bienes de
fortuna... y, no obstante, vestía bien, frecuentaba los teatros y los
salones patricios y fumaba de lo caro. ¿De qué vivía don Pablo?... Nadie
pudo averiguarlo, y cuando alguien, en tono frívolo y de gorja, apuntaba
la posibilidad de que alguna vieja rica y de gusto subvencionase las
necesidades de Ardémiz, éste sonreía, exclamando:
--¡Oh señores, nada de eso!... Yo estoy mandado retirar... ya no puedo.
Ustedes saben cuán enemigas son las mujeres de los párpados enrojecidos
y de las manos trémulas.
Esto lo decía con acento persuasivo que no daba lugar a controversia; el
acento resignado y alegre de los viejos galanes que salieron del mundo
con la orgullosa pretensión de haber apurado todos sus goces.