No, no se iba. Lo dijo con la cabeza, con su sonrisa de desprecio, con

una mirada de firmeza y de reto que fijó en todo el corro.

--_¡Granuja!_--rugió el matón, al mismo tiempo que caía una de sus manos

sobre la cara de Batiste, sonando una terrible bofetada.

Como animado por tal agresión, todo el corro se lanzó contra el odiado

intruso; pero encima de la línea de cabezas empezó á moverse un brazo

nervudo empuñando un taburete con asiento de esparto, el mismo tal vez

en que estuvo hasta poco antes _Pimentó_.

Para el forzudo Batiste era un arma terrible este asiento de fuertes

travesaños y gruesas patas de algarrobo, con aristas pulidas por el uso.

Rodaron jarros y mesillas; la gente se hizo atrás instintivamente,

aterrada por el ademán agresivo de este hombre siempre pacífico, que

parecía ahora agigantado por la rabia; y antes de que pudieran todos

retroceder un nuevo paso, «¡plaf!», sonó un ruido de puchero que estalla

y cayó _Pimentó_ con la cabeza rota de un taburetazo.

En la plazoleta se produjo una confusión indescriptible.

_Copa_, que desde su cubil parecía no fijarse en nada y era el primero

en husmear las reyertas, así que vio el taburete por el aire, tiró del

as de bastos oculto bajo el mostrador, y á porrada seca limpió en un

santiamén la taberna de parroquianos, cerrando inmediatamente la puerta,

según su sana costumbre.

Quedó revuelta la gente en la plazoleta, rodaron las mesas,

enarboláronse varas y garrotes, poniéndose cada uno en guardia contra el

vecino, por lo que pudiera ocurrir; y mientras tanto, el causante de

toda la zambra, Batiste, permanecía inmóvil, con los brazos caídos,

empuñando todavía el taburete con manchas de sangre, asustado de lo que

acababa de hacer.

_Pimentó_, de bruces en el suelo, se quejaba con lamentos que parecían

ronquidos, saliendo á borbotones la sangre de su rota cabeza.

Con la fraternidad del ebrio, acudió _Terreròla_ el mayor en auxilio de

su rival, mirando hostilmente á Batiste. Le insultaba, buscando en su

faja un arma para herirle.

Los más pacíficos huían por las sendas, volviendo atrás la cabeza con

malsana curiosidad; los demás seguían inmóviles, puestos á la defensiva,

capaz cada uno de despedazar al vecino sin saber por qué, pero no

queriendo ser el primero en la agresión. Los palos seguían en alto,

relucían las navajas en los grupos, pero nadie se aproximaba á Batiste,

y éste retrocedió lentamente de espaldas, enarbolando el ensangrentado

taburete.

Así salió de la plazoleta, mirando con ojos de reto al grupo que rodeaba

al caído _Pimentó_. Eran todos gente brava, pero parecían dominados por

la fuerza de este hombre.

Viéndose en el camino, á cierta distancia de la taberna, echó á correr,

y cerca ya de su barraca arrojó en una acequia el pesado taburete,

mirando con horror las manchas negruzcas de la sangre ya seca.

X

Batiste perdió toda esperanza de vivir tranquilo en sus tierras.

La huerta entera volvía á levantarse contra él. Otra vez tuvo que

aislarse en la barraca con su familia, vivir en perpetuo vacío, como un

apestado, como una fiera enjaulada á la que todos enseñaban el puño

desde lejos.

Su mujer le había contado al día siguiente cómo fué conducido á su

barraca el herido valentón. El mismo, desde su vivienda, había oído los

gritos y las amenazas de toda la gente que acompañaba solícita al

magullado _Pimentó_.... Una verdadera manifestación. Las mujeres,

sabedoras de lo ocurrido gracias á la pasmosa rapidez con que en la

huerta se transmiten las noticias, salían al camino para ver de cerca al

bravo marido de Pepeta y compadecerle como á un héroe sacrificado por

el interés de todos.

Las mismas que horas antes hablaban pestes de él, escandalizadas por su

apuesta de borracho, le compadecían, se enteraban de si su herida era

grave, y clamaban venganza contra aquel «muerto de hambre», aquel

ladrón, que, no contento con apoderarse de lo que no era suyo, todavía

intentaba imponerse por el terror atacando á los hombres de bien.

_Pimentó_ se mostraba magnífico. Mucho le dolía el golpe, andaba apoyado

en sus amigos, con la cabeza entrapajada, hecho un _Ecce homo_, según

afirmaban las indignadas comadres; pero hacía esfuerzos para sonreir, y

á cada excitación de venganza contestaba con un gesto arrogante,

afirmando que corría de su cuenta el castigar al enemigo.

Batiste no dudó que aquellas gentes se vengarían. Conocía los

procedimientos usuales en la huerta. Para aquella tierra no se había

hecho la justicia de la ciudad; el presidio era poca cosa tratándose de

satisfacer un resentimiento. ¿Para qué necesitaba un hombre jueces ni

Guardia civil, teniendo buen ojo y una escopeta en su barraca? Las cosas

de los hombres deben resolverlas los hombres mismos.

Y como toda la huerta pensaba así, en vano al día siguiente de la riña

pasaron y repasaron por las sendas dos charolados tricornios, yendo de

casa de _Copa_ á la barraca de _Pimentó_ para hacer preguntas insidiosas

á la gente que estaba en los campos. Nadie había visto nada, nadie sabía

nada; _Pimentó_ contaba con risotadas brutales cómo se había roto él

mismo la cabeza volviendo de la taberna, á consecuencia de su apuesta,

que le hizo andar con paso vacilante, chocando contra los árboles del

camino; y los dos guardias civiles tuvieron que volverse á su

cuartelillo de Alboraya, sin sacar nada en claro de los vagos rumores de

riña y sangre que habían llegado hasta ellos.

Esta magnanimidad de la víctima y de sus amigos alarmaba á Batiste,

haciéndole vivir en perpetua defensiva.

La familia, como medroso caracol, se replegó dentro de la vivienda,

huyendo del contacto con la huerta.

Los pequeños ya no asistieron á la escuela, Roseta dejó de ir á la

fábrica y Batistet no daba un paso más allá de sus campos. El padre era

el único que salía, mostrándose tan confiado y tranquilo por su

seguridad, como cuidadoso y prudente era para con los suyos.

Pero no hacía ningún viaje á Valencia sin llevar consigo la escopeta,

que dejaba confiada á un amigo de los arrabales. Vivía en continuo

contacto con su arma, la pieza más moderna de su casa, siempre limpia,

brillante y acariciada con ese cariño de moro que el labrador valenciano

siente por su escopeta.

Teresa estaba tan triste como al morir el pequeñuelo. Cada vez que veía

á su marido limpiando los dos cañones del arma, cambiando los cartuchos

ó haciendo jugar la palanca para convencerse de que se abría con

suavidad, pasaba por su memoria la imagen del presidio y la terrible

historia del tío _Barret_. Veía sangre, y maldecía la hora en que se les

ocurrió establecerse sobre estas tierras malditas. Y después venían las

horas de inquietud por la ausencia de su marido, unas tardes

interminables, de angustia, esperando al hombre que nunca regresaba,

saliendo á la puerta de la barraca para explorar el camino,

estremeciéndose cada vez que sonaba á lo lejos algún disparo de los

cazadores de golondrinas, creyéndolo el principio de una tragedia, el

tiro que destrozaba la cabeza del jefe de la familia ó que le abría las

puertas del presidio. Y cuando, finalmente, aparecía Batiste, gritaban

los pequeños de alegría, sonreía Teresa limpiándose los ojos, salía la

hija á abrazar al _pare_, y hasta el perro saltaba junto á él,

husmeándolo con inquietud, como si olfatease en su persona el peligro

que acababa de arrostrar.

Y Batiste, sereno, firme, sin arrogancia, reía de la inquietud de su

familia, mostrándose cada vez más atrevido según iba transcurriendo el

tiempo desde la famosa riña.

Se consideraba seguro. Mientras llevase pendiente del brazo el magnífico

«pájaro de dos voces», como él llamaba á su escopeta, podía marchar con

tranquilidad por toda la huerta. Yendo en tan buena compañía, sus

enemigos fingían no conocerle. Hasta algunas veces había visto de lejos

á _Pimentó_, que paseaba por la huerta como bandera de venganza su

cabeza entrapajada, y el valentón, á pesar de que estaba repuesto del

golpe, huía, temiendo el encuentro tal vez más que Batiste.

Todos le miraban de reojo, pero jamás oyó desde los campos cercanos al

camino una palabra de insulto. Le volvían la espalda con desprecio, se

inclinaban sobre la tierra y trabajaban febrilmente hasta perderle de

vista.

El único que le hablaba era el tío _Tomba_, el pastor loco, que le

reconocía con sus ojos sin luz, como si oliese en torno de Batiste el

ambiente de la catástrofe. Y siempre lo mismo.... ¿No quería abandonar

las tierras malditas?

--_Fas mal, fill meu; te portarán desgrasia_[26].

[26]--Haces mal, hijo mío; te traerán desgracia.

Batiste acogía con una sonrisa la cantilena del viejo.

Familiarizado con el peligro, nunca lo había temido menos que ahora.

Hasta sentía cierto goce secreto provocándolo, marchando rectamente

hacia él. Su hazaña de la taberna había modificado su carácter, antes

pacífico y sufrido, despertando en su interior una brutalidad agresora.

Quería demostrar á toda aquella gente que no la temía, y así como le

había abierto la cabeza á _Pimentó_, era capaz de andar á tiros con toda

la huerta. Ya que le empujaban á ello, sería valentón y jactancioso por

algún tiempo, para que le respetasen, dejándole después vivir

tranquilamente.

Metido en tan peligroso empeño, hasta abandonó sus campos, pasando los

días en los senderos de la huerta con pretexto de cazar, pero en

realidad para exhibir su escopeta y su gesto de pocos amigos.

Una tarde, tirando á las golondrinas en el barranco de Carraixet, le

sorprendió el crepúsculo.

Los pájaros tejían con su inquieto vuelo una caprichosa contradanza,

reflejada por las tranquilas charcas con orlas de juncos. Este barranco,

que cortaba la huerta como una grieta profunda, sombrío, de aguas

estancadas y putrefactas, con orillas fangosas junto á las cuales se

agitaba alguna piragua medio podrida, era de un aspecto desolado y

salvaje. Nadie hubiera sospechado que detrás de los altos ribazos, más

allá de los juncos y los cañares, estaba la vega con su ambiente risueño

y sus verdes perspectivas. Hasta la luz del sol parecía lúgubre bajando

al fondo de este barranco tamizada por una áspera vegetación y

reflejándose pálidamente en las aguas muertas.

Batiste pasó la tarde tirando. En su faja quedaban ya pocos cartuchos, y

á sus pies, como montón de plumas ensangrentadas, tenía hasta dos

docenas de pájaros. ¡La gran cena!... ¡Cómo se alegraría su familia!

Empezó á anochecer en el profundo barranco; de las charcas surgió un

hálito hediondo, la respiración venenosa de la fiebre palúdica. Las

ranas cantaban á miles, como si saludasen á las primeras estrellas,

contentas de no oir ya los tiros que interrumpían su croqueo y las

obligaba á arrojarse medrosamente de cabeza, rompiendo el terso cristal

de los estanques putrefactos.

Recogió Batiste los manojos de pájaros, colgándolos de su faja, y con

sólo dos saltos subió el ribazo, emprendiendo por las sendas el regreso

á su barraca.

El cielo, impregnado aún de la débil luz del crepúsculo, tenía un tono

dulce de violeta; brillaban las estrellas, y en la inmensa huerta

sonaban los mil ruidos de la vida campestre antes de extinguirse con la

llegada de la noche. Pasaban por las sendas las muchachas que regresaban

de la ciudad, los hombres que volvían del campo, las cansadas

caballerías arrastrando el pesado carro, y Batiste contestaba al «_¡Bòna

nit!_» de todos los que transitaban junto á él, gente de Alboraya que no

le conocía ó no tenía los motivos que sus convecinos para odiarle.

Dejó atrás el pueblo, y según avanzaba Batiste hacia su barraca

marcábase cada vez más la hostilidad. La gente tropezaba con él en las

sendas sin darle las buenas noches.

Entraba en tierra extranjera, y como soldado que se prepara á combatir

apenas cruza la frontera enemiga, Batiste buscó en su faja las

municiones de guerra, dos cartuchos con bala y postas fabricados por él

mismo, y cargó su escopeta.

El hombretón rió después de hacer esto. Buena rociada de plomo iba á

recibir todo el que intentase cortarle el paso.

Caminaba sin prisa, tranquilamente, gozándose en respirar la frescura de

aquella noche de verano. Pero esta calma no le impedía ir pensando en lo

aventurado que era recorrer la huerta á tales horas teniendo enemigos.

Su oído sutil de campesino percibió un ruido á su espalda. Volvióse

rápidamente, y á la difusa luz de las estrellas creyó ver un bulto negro

saliendo del camino con silencioso salto y ocultándose detrás de un

ribazo.

Batiste requirió su escopeta, y montando las llaves se aproximó

cautelosamente á dicho sitio. Nadie.... Únicamente á alguna distancia le

pareció que las plantas ondulaban en la obscuridad, como si un cuerpo se

arrastrase entre ellas.

Le venían siguiendo: alguien intentaba sorprenderle traidoramente por la

espalda. Pero esta sospecha duró poco. Tal vez fuese algún perro

vagabundo que huía al sentir su aproximación.

En fin: lo cierto era que alguien huía de él, fuese quien fuese, y nada

tenía que hacer allí.

Siguió adelante por el lóbrego camino, andando silenciosamente, como

hombre que conoce el terreno á ciegas y por prudencia desea no llamar la

atención. Según se aproximaba á su barraca sentía mayor inquietud. Este

era su distrito, pero en él estaban sus más tenaces enemigos.

Algunos minutos antes de llegar á su vivienda, cerca de la alquería azul

donde las muchachas bailaban los domingos, el camino se estrangulaba,

formando varias curvas. A un lado, un ribazo alto coronado por doble

fila de viejas moreras; al otro, una ancha acequia, cuyos bordes en

pendiente estaban cubiertos por espesos y altos cañares.

Esta vegetación parecía en la obscuridad un bosque indiano, una bóveda

de bambúes cimbreándose sobre el camino negro. La masa de cañas,

estremecida por el vientecillo de la noche, lanzaba un quejido lúgubre;

parecía olerse la traición en este lugar, tan fresco y agradable durante

las horas de sol.

Batiste, para burlarse de su propia inquietud, exageraba el peligro

mentalmente. ¡Magnífico lugar para soltarle un escopetazo seguro! Si

_Pimentó_ anduviese por allí, no despreciaría tan hermosa ocasión.

Y apenas se dijo esto, salió de entre las cañas una recta y fugaz lengua

de fuego, una flecha roja, que al disolverse produjo un estampido, y

algo pasó silbando junto á una oreja de Batiste. Tiraban contra él....

Instintivamente se agachó, queriendo confundirse con la lobreguez del

suelo, no presentar blanco al enemigo. Y en el mismo momento brilló un

segundo fogonazo, sonó otra detonación, confundiéndose con los ecos aún

vivos de la primera, y Batiste sintió en el hombro izquierdo un dolor de

desgarramiento, algo así como una uña de acero arañándole

superficialmente.

Apenas si paró en ello su atención. Sentía una alegría salvaje. Dos

tiros... el enemigo estaba desarmado.

--_¡Cristo! ¡Ara't pille!_ [27]

[27]--¡Cristo! ¡Ahora te pillo!

Se lanzó por entre las cañas, bajó casi rodando la pendiente de una de

las orillas de la acequia, y se vio metido en el agua hasta la cintura,

los pies en el barro y los brazos altos, muy altos, para impedir que se

le mojase la escopeta, guardando avaramente los dos tiros hasta el

momento de dispararlos con toda seguridad.

Ante sus ojos cruzábanse las cañas, formando apretada bóveda, casi al

ras del agua. Delante de él iba sonando en la lobreguez un chapoteo

sordo, como si un perro huyese acequia abajo.... Allí estaba el enemigo:

¡á él!

Y empezó una carrera loca en el profundo cauce, andando á tientas en la

sombra, dejando perdidas las alpargatas en el légamo del lecho, con los

pantalones pegados á la carne, tirantes, pesados, dificultando los

movimientos, recibiendo en el rostro el bofetón de las cañas tronchadas,

los arañazos de las hojas rígidas y cortantes.

Hubo un momento en que Batiste creyó ver algo negro que se agarraba á

las cañas pugnando por remontar el ribazo. Pretendía escaparse...

¡fuego! Sus manos, que sentían la comezón del homicidio, echaron la

escopeta á su cara; partió el gatillo... sonó el disparo, y cayó el

bulto en la acequia entre una lluvia de hojas y cañas rotas.

¡A él! ¡á él!... Otra vez volvió Batiste á oir aquel chapoteo de perro

fugitivo; pero ahora con más fuerza, como si extremara la huída

espoleado por la desesperación.

Fué un vértigo esta carrera á través de la obscuridad, de la vegetación

y del agua. Resbalaban los dos en el blanducho suelo, sin poder

agarrarse á las cañas por no soltar la escopeta; arremolinábase el agua,

batida por la furiosa carrera, y Batiste, que cayó de rodillas varias

veces, sólo pensó en estirar los brazos para mantener su arma fuera de

la superficie, salvando el tiro de reserva.

Y así continuó la cacería humana, á tientas, en la obscuridad profunda,

hasta que en una revuelta de la acequia salieron á un espacio despejado,

con los ribazos limpios de cañas.

Los ojos de Batiste, habituados á la lobreguez de la bóveda vegetal,

vieron con toda claridad á un hombre que, apoyándose en la escopeta,

salía tambaleándose de la acequia, moviendo con dificultad sus piernas

cargadas de barro.

Era él... ¡él! ¡El de siempre!

--_¡Lladre... lladre: no t'escaparás!_[28]--rugió Batiste, disparando

su segundo tiro desde el fondo de la acequia con la seguridad del

tirador que puede apuntar bien y sabe que «hace carne».

[28]--¡Ladrón... ladrón: no te escaparás!

Le vió caer de bruces pesadamente sobre el ribazo y gatear luego para no

rodar hasta el agua. Batiste quiso alcanzarle, pero con tanta

precipitación, que fué él quien, dando un paso en falso, cayó cuan largo

era en el fondo de la acequia.

Su cabeza se hundió en el barro, tragando el líquido terroso y rojizo;

creyó morir, quedar enterrado en aquel lecho de fango, y al fin, con un

esfuerzo poderoso, consiguió enderezarse, sacando fuera del agua sus

ojos ciegos por el limo, su boca que aspiraba anhelante el viento de la

noche.

Apenas recobró la vista, buscó á su enemigo. Había desaparecido.

Chorreando barro y agua, salió de la acequia, subió la pendiente por el

mismo sitio que su adversario; pero al llegar arriba no le vió.

En la tierra seca se marcaban algunas manchas negruzcas, y las tocó con

las manos. Olían á sangre. Bien sabía él que no había errado el tiro.

Pero en vano buscó al contrario, con el deseo de contemplar su cadáver.

Aquel _Pimentó_ tenía el pellejo duro, y arrojando sangre y barro iba

tal vez á rastras hasta su barraca. De él debía proceder un vago roce

que creyó percibir en los inmediatos campos semejante al de una gran

culebra arrastrándose por los surcos; por él ladraban todos los perros

de la huerta con desesperados aullidos. Le había oído arrastrarse del

mismo modo un cuarto de hora antes, cuando intentaba sin duda matarle

por la espalda, y al verse descubierto huyó á gatas del camino para

apostarse más allá, en el frondoso cañar, y acecharlo sin riesgo.

Batiste sintió miedo de pronto. Estaba solo, en medio de la vega,

completamente desarmado; su escopeta, falta de cartuchos, no era ya mas

que una débil maza. _Pimentó_ no podía retornar contra él, pero tenía

amigos. Y dominado por súbito terror, echó á correr, buscando á través

de los campos el camino que conducía á su barraca.

La vega se estremecía de alarma. Los cuatro tiros en medio de la noche

habían puesto en conmoción á todo el contorno. Ladraban los perros, cada

vez más furiosos; entreabríanse las puertas de alquerías y barracas,

arrojando negras siluetas que ciertamente no salían con las manos

vacías.

Con silbidos y gritos entendíanse los convecinos á grandes distancias.

Tiros de noche podían ser una señal de incendio, de ladrones, ¡quién

sabe de qué!... seguramente de nada bueno; y los hombres salían de sus

casas dispuestos á todo, con la abnegación y la solidaridad de los que

viven en pleno campo.

Asustado por este movimiento, corrió Batiste hacia su barraca,

encorvándose muchas veces para pasar inadvertido al amparo de los

ribazos ó de los grandes montones de paja.

Ya veía su vivienda, con la puerta abierta é iluminada y en el centro

del rojo cuadro los bultos negros de su familia.

El perro le olfateó y fué el primero en saludarle. Teresa y Roseta

dieron un grito de regocijo.

--_Batiste, ¿eres tú_?

--_¡Pare! ¡pare!_...

Y todos se abalanzaron á él, en la entrada de la barraca, bajo la

vetusta parra, á través de cuyos pámpanos brillaban las estrellas como

gusanos de luz.

La madre, con su fino oído de mujer inquieta y alarmada por la tardanza

del marido, había oído lejos, muy lejos, los cuatro tiros, y el corazón

le dió un vuelco, como ella decía. Toda la familia se había lanzado á la

puerta, devorando ansiosa el obscuro horizonte, convencida de que las

detonaciones que alarmaban la vega tenían alguna relación con la

ausencia del padre.

Locos de alegría al verle y al oir sus palabras, no se fijaban en su

cara manchada de barro, en sus pies descalzos, en la ropa sucia y

chorreando fango.

Le empujaron hacia dentro. Roseta se colgaba de su cuello, suspirando

amorosamente, con los ojos todavía húmedos:

--_¡Pare! ¡pare!_...

Pero el _pare_ no pudo contener una mueca de sufrimiento, un «¡ay!»

ahogado y doloroso. Un brazo de Roseta se había apoyado en su hombro

izquierdo, en el mismo sitio donde sufrió el desgarrón de la uña de

acero, y en el que ahora sentía un peso cada vez más abrumador.

Al entrar en la barraca y darle de lleno la luz del candil, las mujeres

y los chicos lanzaron un grito de asombro. Vieron la camisa

ensangrentada... y además su facha de forajido, como si acabara de

escaparse de un presidio saliendo por la letrina.

Roseta y su madre prorrumpieron en gemidos. «¡Reina Santísima!...

¡Señora y soberana! ¿Le habían matado?...»

Pero Batiste, que sentía en el hombro un dolor cada vez más insufrible,

las sacó de sus lamentaciones ordenando con gesto hosco que viesen

pronto lo que tenía.

Roseta, más animosa, rasgó la gruesa y áspera camisa hasta dejar el

hombro al descubierto... ¡Cuánta sangre! La muchacha palideció,

haciendo esfuerzos para no desmayarse. Batistet y los pequeños empezaron

á llorar y Teresa continuó los alaridos como si su esposo se hallase en

la agonía.

Pero el herido no estaba para sufrir lamentaciones y protestó con

rudeza. Menos lloros: aquello era poca cosa; la prueba estaba en que

podía mover el brazo, aunque cada vez sentía mayor peso en el hombro.

Era un rasguño, una rozadura de bala y nada más. Sentíase demasiado

fuerte para que aquella herida fuese grave. ¡A ver!... agua, trapos,

hilas, la botella de árnica que Teresa guardaba como milagroso remedio

en su _estudi_... ¡moverse! el caso no era para estar todos mirándole

con la boca abierta.

Revolvió Teresa todo su cuarto, buscando en el fondo de las arcas,

rasgando lienzos, desliando vendas, mientras la muchacha lavaba y volvía

á lavar los labios de aquella hendidura sangrienta que partía como un

sablazo el carnoso hombro.

Las dos mujeres atajaron como pudieron la hemorragia, vendaron la

herida, y Batiste respiró con satisfacción, como si ya estuviese curado.

Peores golpes habían caído sobre él en su vida.

Y se dedicó á sermonear á los pequeños para que fuesen prudentes. De

todo lo que habían visto, ni una palabra á nadie. Eran asuntos que

convenía olvidarlos. Y lo mismo repitió á su mujer, que hablaba de

avisar al médico. Valía esto tanto como llamar la atención de la

justicia. Ya iría curándose él solo; su pellejo hacía milagros. Lo que

importaba era que nadie se mezclase en lo ocurrido allá abajo. ¡Quién

sabe cómo estaría á tales horas... el otro!

Mientras su mujer le ayudaba á cambiar de ropas y preparaba la cama,

Batiste le contó lo ocurrido. La buena mujer abría los ojos con

expresión de espanto, suspiraba pensando en el peligro arrostrado por su

marido y lanzaba miradas inquietas á la cerrada puerta de la barraca,

como si por ella fuese á filtrarse la Guardia civil.

Batistet, en tanto, con una prudencia precoz, cogía la escopeta y á la

luz del candil la secaba, limpiando sus cañones, esforzándose en borrar

de ella toda señal de uso reciente, por lo que pudiera ocurrir.

La Barraca · 第 12 / 13 段