_estudi_. Tenía fiebre, agitábase furioso, como si aún corriese por el
cauce de la acequia cazando al hombre, y sus gritos asustaban á los
pequeños y á las dos mujeres, que pasaron la noche de claro en claro,
sentadas junto al lecho, ofreciéndole á cada instante agua azucarada,
único remedio casero que lograron inventar.
Al día siguiente la barraca tuvo entornada su puerta toda la mañana. El
herido parecía estar mejor; los chicos, con los ojos enrojecidos por el
insomnio, permanecían inmóviles en el corral, sentados sobre el
estiércol, siguiendo con atención estúpida todos los movimientos de los
animales encerrados allí.
Teresa atisbaba la vega por la puerta entreabierta, volviendo después al
lado de Batiste.... ¡Cuánta gente! Todos los del contorno pasaban por
el camino con dirección á la barraca de _Pimentó_. Se veía en torno de
ella un hormiguero de hombres... y todos con la cara fosca, hablando á
gritos, entre enérgicos manoteos, lanzando tal vez desde lejos miradas
de odio á la antigua barraca de _Barret_.
Su marido acogía con gruñidos estas noticias. Algo le escarabajeaba en
el pecho causándole hondo daño. Este movimiento de la huerta hacia la
barraca de su enemigo era una prueba de que _Pimentó_ se hallaba grave.
Tal vez iba á morir. Estaba seguro de que las dos balas de su escopeta
las tenía aún en el cuerpo.
Y ahora, ¿qué iba á pasar?... ¿Moriría él en presidio, como el pobre tío
_Barret_?... No; se continuarían las costumbres de la huerta, el respeto
á la justicia por mano propia. Se callaría el agonizante, dejando á sus
amigos, los _Terreròla_ ú otros, el encargo de vengarle. Y Batiste no
sabía qué temer más, si la justicia de la ciudad ó la de la huerta.
Empezaba á caer la tarde, cuando el herido, despreciando las protestas
y ruegos de las dos mujeres, saltó de su camón.
Se ahogaba; su cuerpo de atleta, habituado á la fatiga, no podía
resistir tantas horas de inmovilidad. La pesadez del hombro le impulsaba
á cambiar de posición, como si esto pudiera librarle del dolor.
Con paso vacilante, entumecido por el reposo, salió de la barraca,
sentándose bajo el emparrado, en un banco de ladrillos.
La tarde era desapacible; soplaba un viento demasiado fresco para la
estación. Nubarrones morados cubrían el sol, y por bajo de ellos
desplomábase la luz, cerrando el horizonte como un telón de oro pálido.
Miró Batiste vagamente hacia la parte de la ciudad, volviendo su espalda
á la barraca de _Pimentó_, que ahora se veía claramente, al quedar
despojados los campos de las cortinas de mies que la ocultaban antes de
la siega.
Sentía el herido á un mismo tiempo el impulso de la curiosidad y el
miedo á ver demasiado; pero al fin volvió lentamente los ojos hacia la
casa de su adversario.
Sí; mucha gente se agrupaba ante la puerta: hombres, mujeres, niños;
toda la vega, que corría ansiosa á visitar á su vencido libertador.
¡Cómo debían odiarle aquellas gentes!... Estaban lejos, y no obstante
adivinaba su nombre sonando en todas las bocas. En el zumbar de sus
oídos, en el latir de sus sienes ardorosas por la fiebre, creyó percibir
el susurro amenazante de aquel avispero.
Y sin embargo, bien sabía Dios que él no había hecho mas que defenderse;
que sólo deseaba mantener á los suyos sin causar daño á nadie. ¿Qué
culpa tenía de encontrarse en pugna con unas gentes que, como decía don
Joaquín el maestro, eran muy buenas, pero muy bestias?...
Terminaba la tarde; el crepúsculo cernía sobre la vega una luz gris y
triste. El viento, cada vez más fuerte, trajo hasta la barraca un lejano
eco de lamentos y voces furiosas.
Batiste vió arremolinarse la gente en la puerta de la barraca lejana, y
luego muchos brazos levantados con expresión de dolor, manos crispadas
que se arrancaban el pañuelo de la cabeza para arrojarlo con rabia al
suelo.
Sintió el herido que toda su sangre afluía á su corazón, que éste se
detenía como paralizado algunos instantes, para después latir con más
fuerza, arrojando á su rostro una oleada roja y ardiente.
Adivinaba lo ocurrido allá lejos; se lo decía el corazón: _Pimentó_
acababa de morir.
Tembló Batiste de frío y de miedo; fué una sensación de debilidad, como
si de repente le abandonaran sus fuerzas, y se metió en su barraca, no
respirando normalmente hasta que vió la puerta con el cerrojo echado y
encendido el candil.
La velada fué lúgubre. El sueño abrumaba á la familia, rendida de
cansancio por la vigilia de la noche anterior. Apenas si cenaron, y
antes de las nueve ya estaban todos en la cama.
Batiste sentíase mejor de su herida. El peso en el hombro había
disminuido; ya no le dominaba la fiebre; pero ahora le atormentaba un
dolor extraño en el corazón.
En la obscuridad del _estudi_ y todavía despierto, vió surgir una figura
pálida, indeterminada, que poco á poco fué tomando contorno y colores,
hasta ser _Pimentó_ tal como le había visto en los últimos días, con la
cabeza entrapajada y su gesto amenazante de terco vengativo.
Molestábale esta visión, y cerró los ojos para dormir. Obscuridad
absoluta; el sueño iba apoderándose de él.... Pero los cerrados ojos
empezaron á poblar su densa lobreguez de puntos ígneos, que se
agrandaban formando manchas de varios colores; y las manchas, después de
flotar caprichosamente, se buscaban, se amalgamaban, y otra vez veía á
_Pimentó_ aproximándose á él lentamente, con la cautela feroz de una
mala bestia que fascina á su víctima.
Batiste hizo esfuerzos por librarse de esta pesadilla.
No dormía, no: escuchaba los ronquidos de su mujer, acostada junto á él,
y de sus hijos, abrumados por el cansancio; pero los oía cada vez más
hondos, como si una fuerza misteriosa se llevase lejos, muy lejos, la
barraca, y él, sin embargo, permaneciese allí, inerte, sin poder moverse
por más esfuerzos que intentaba, viendo la cara de _Pimentó_ junto á la
suya, sintiendo en su rostro la cálida respiración de su enemigo.
Pero ¿no había muerto?... Su embotado pensamiento formulaba esta
pregunta, y tras muchos esfuerzos se contestaba á sí mismo que _Pimentó_
había muerto. Ya no tenía, como antes, la cabeza rota; ahora mostraba el
cuerpo rasgado por dos heridas, que Batiste no podía apreciar en qué
lugar estaban; pero dos heridas eran, que abrían sus labios amoratados
como inagotables fuentes de sangre. Los dos escopetazos: cosa
indiscutible. Él no era de los tiradores que marran.
Y el fantasma, envolviéndole el rostro con su respiración ardiente,
dejaba caer sobre Batiste una mirada que parecía agujerearle los ojos y
descendía y descendía hasta arañarle las entrañas.
--_¡Perdónam, Pimentó!_--gemía el herido con voz infantil, aterrado por
la pesadilla.
Sí; debía perdonarle. Lo había matado, era verdad; pero él había sido el
primero en buscarlo. ¡Vamos: los hombres que son hombres deben mostrarse
razonables! Él tenía la culpa de todo lo ocurrido.
Pero los muertos no entienden razones, y el espectro, procediendo como
un bandido, sonreía ferozmente, y de un salto se subía á la cama,
sentándose sobre él, oprimiéndole la herida del hombro con todo su peso.
Gimió Batiste de dolor, sin poder moverse para repeler esta mole.
Intentaba enternecerlo llamándole Tòni, con familiar cariño, en vez de
designarle por su apodo.
--_Tòni, me fas mal_[29].
[29]--Tòni, me haces daño.
Eso es lo que deseaba el fantasma, hacerle daño. Y pareciéndole aún
poco, con sólo su mirada arrebató los trapos y vendajes de su herida,
que volaron y se esparcieron. Luego hundió sus uñas crueles en el
desgarrón de la carne y tiró de los bordes, haciéndole rugir:
--_¡Ay! ¡ay!... ¡«Pimentó», perdónam!_
Tal era su dolor, que los estremecimientos, subiendo á lo largo de su
espalda hasta la cabeza, erizaban sus rapados cabellos, haciéndolos
crecer y enroscarse con la contracción de la angustia; hasta
convertirse en horrible madeja de serpientes.
Entonces ocurrió una cosa horrible. El fantasma, agarrándole de su
extraña cabellera, hablaba por fin.
--_Vine... vine_[30]--decía tirando de él.
[30]--Ven... ven.
Le arrastraba con sobrehumana ligereza, lo llevaba volando ó nadando--no
lo sabía él con certeza--, á través de un elemento ligero y resbaladizo,
y así iban los dos vertiginosamente, deslizándose en la sombra, hacia
una mancha roja que se marcaba lejos, muy lejos.
La mancha se agrandaba, tenía una forma parecida á la puerta de su
_estudi_, y salía por ella un humo denso, nauseabundo, un hedor de paja
quemada que le impedía respirar.
Debía ser la boca del infierno: allí le arrojaría _Pimentó_, en la
inmensa hoguera, cuyo resplandor inflamaba la puerta. El miedo venció su
parálisis. Dió un espantoso grito, movió al fin sus brazos, y de un
terrible revés envió lejos de sí á _Pimentó_ y su extraña cabellera.
Tenía los ojos bien abiertos y no vió más al fantasma. Había soñado; era
sin duda una pesadilla de la fiebre; ahora volvía á verse en la cama con
la pobre Teresa, que, vestida aún, roncaba fatigosamente á su lado.
Pero no; el delirio continuaba todavía. ¿Qué luz deslumbrante iluminaba
su _estudi_? Aún veía la boca del infierno, que era igual á la puerta de
su cuarto, arrojando humo y rojizo resplandor. ¿Estaría dormido?... Se
restregó los ojos, movió los brazos, se incorporó en la cama.... No;
despierto y bien despierto.
La puerta estaba cada vez más roja, el humo era más denso. Oyó sordos
crujidos como de cañas que estallan lamidas por la llama, y hasta vió
danzar las chispas agarrándose como moscas de fuego á la cortina de
cretona que cerraba el cuarto. Sonó un ladrido desesperado,
interminable, como un esquilón sonando á rebato.
¡Recristo!... La convicción de la realidad, asaltándole de pronto,
pareció enloquecerle.
--_¡Teresa! ¡Teresa!... ¡Amunt!_[31]
[31]--¡Teresa! ¡Teresa!... ¡Arriba!
Y del primer empujón la echó fuera de la cama. Después corrió al cuarto
de los chicos, y á golpes y gritos los sacó en camisa, como un rebaño
idiota y medroso que corre ante el palo, sin saber adónde va. Ya ardía
el techo de su cuarto, arrojando sobre la cama un ramillete de chispas.
Cegado por el humo y contando los minutos como siglos, abrió Batiste la
puerta, y por ella salió enloquecida de terror toda la familia en paños
menores, corriendo hasta el camino.
Allí, un poco más serenos, se contaron.
Todos: estaban todos, hasta el pobre perro, que aullaba melancólicamente
mirando la barraca incendiada.
Teresa abrazó á su hija, que, olvidando el peligro, estremecíase de
vergüenza al verse en camisa en medio de la huerta, y se sentaba en un
ribazo, apelotonándose con la preocupación del pudor, apoyando la barba
en las rodillas y tirando del blanco lienzo para que le cubriera los
pies.
Los dos pequeños refugiábanse amedrentados en los brazos de su hermano
mayor, y el padre agitábase como un demente, rugiendo maldiciones.
_¡Recordóns!_ ¡Y qué bien habían sabido hacerlo!... Habían prendido
fuego á la barraca por sus cuatro costados; toda ella ardía de golpe.
Hasta el corral, con su cuadra y sus sombrajos, estaba coronado de
llamas.
Partían de él relinchos desesperados, cacareos de terror, gruñidos
feroces; pero la barraca, insensible á los lamentos de los que se
tostaban en sus entrañas, seguía arrojando curvas lenguas de fuego por
las puertas y las ventanas. De su incendiada cubierta elevábase una
espiral enorme de humo blanco, que con el reflejo del incendio tomaba
transparencias de rosa.
Había cambiado el tiempo; la noche era tranquila, no soplaba ninguna
brisa, y el azul del cielo sólo estaba empañado por la columna de humo,
entre cuyos blancos vellones asomaban curiosas las estrellas.
Teresa luchaba con el marido, que, repuesto de su dolorosa sorpresa y
aguijoneado por el interés, que hace cometer locuras, quería meterse en
aquel infierno. Un instante nada más: lo indispensable para sacar del
_estudi_ el saquito de plata, producto de la cosecha.
¡Ah, buena Teresa! No era necesario que contuviese al marido, sufriendo
sus recios empujones. Una barraca arde pronto; la paja y las cañas aman
el fuego. La techumbre se vino abajo estruendosamente, aquella erguida
techumbre que los vecinos miraban como un insulto, y del enorme brasero
subió una columna espantosa de chispas, á cuya incierta y vacilante luz
parecía gesticular la huerta con fantásticas muecas.
Las paredes del corral temblaban sordamente, cual si dentro de ellas se
agitase dando golpes una legión de demonios. Como ramilletes de fuego
saltaban las aves, é intentaban volar ardiendo vivas.
Se desplomó un trozo del muro hecho de barro y estacas, y por la negra
brecha salió como una centella un monstruo espantable. Arrojaba humo por
las narices, agitando su melena de chispas, batiendo desesperadamente
su rabo como una escoba de fuego, que esparcía hedor de pelos quemados.
Era el rocín. Pasó con prodigioso salto por encima de la familia,
galopando furiosamente á través de los campos. Iba instintivamente en
busca de la acequia, y cayó en ella con un chirrido de hierro que se
apaga.
Tras él, arrastrándose cual un demonio ebrio y lanzando espantables
gruñidos, salió otro espectro de fuego, el cerdo, que se desplomó en
medio del campo, ardiendo como una antorcha de grasa.
Ya sólo quedaban en pie las paredes y la parra, con sus sarmientos
retorcidos por el incendio y las pilastras que se destacaban como barras
de tinta sobre un fondo rojo.
Batistet, con el ansia de salvar algo, corría desaforado por las sendas,
gritando, aporreando las puertas de las barracas inmediatas, que
parecían parpadear con el reflejo del incendio.
--_¡Socorro! ¡socorro!... ¡A fòc! ¡á fòc!_[32]
[32] ¡Fuego! ¡Fuego!
Sus voces se perdían, levantando el eco inútil de las ruinas y los
cementerios.
Su padre sonrió cruelmente. En vano llamaba. La huerta era sorda para
ellos. Dentro de las blancas barracas había ojos que atisbaban curiosos
por las rendijas, tal vez bocas que reían con un gozo infernal, pero ni
una voz que dijera: «¡Aquí estoy!»
¡El pan!... ¡Cuánto cuesta ganarlo! ¡Y cuán malos hace á los hombres!
En una barraca brillaba una luz pálida, amarillenta, triste. Teresa,
atolondrada por el peligro, quiso ir á ella á implorar socorro, con la
esperanza que infunde el ajeno auxilio, con la ilusión de algo milagroso
que se ansia en la desgracia.
Su marido la detuvo con una expresión de terror. No: allí no. A todas
partes, menos allí.
Y como hombre que ha caído tan hondo, tan hondo que ya no puede sentir
remordimientos, apartó su vista del incendio para fijarla en aquella luz
macilenta; luz de cirios que arden sin brillo, como alimentados por una
atmósfera en la que se percibe aún el revoloteo de la muerte.
¡Adiós, _Pimentó!_ Bien servido te alejas del mundo. La barraca y la
fortuna del odiado intruso alumbrarán tu cadáver mejor que los cirios
comprados por la desolada Pepeta, amarillentas lágrimas de luz.
Batistet regresó desesperado de su inútil correría. Nadie contestaba.
La vega, silenciosa y ceñuda, les despedía para siempre.
Estaban más solos que en medio de un desierto; el vacío del odio era mil
veces peor que el de la Naturaleza.
Huirían de allí para empezar otra vida, sintiendo el hambre detrás de
ellos pisándoles los talones; dejarían á sus espaldas la ruina de su
trabajo y el cuerpecito de uno de los suyos, del pobre _albaet_, que se
pudría en las entrañas de aquella tierra como víctima inocente de una
batalla implacable.
Y todos, con resignación oriental, sentáronse en el ribazo, y allí
aguardaron el amanecer, con la espalda transida de frío, tostados de
frente por el brasero que teñía sus rostros con reflejos de sangre,
siguiendo con la pasividad del fatalismo el curso del fuego, que iba
devorando todos sus esfuerzos y los convertía en pavesas tan deleznables
y tenues como sus antiguas ilusiones de paz y trabajo.
FIN
Valencia.--Octubre-Diciembre 1898.
LA NOVELA LITERARIA
LOS MEJORES NOVELISTAS-LAS MEJORES OBRAS _Director: VICENTE BLASCO
IBÁÑEZ_
* * * * *
Además de dirigirla personalmente Blasco Ibáñez, eligiendo las novelas y
examinando la traducción, ha escrito un extenso prefacio, estudio
biográfico y crítico del autor de la obra.
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PAUL ADAM
El año de Clarisa.
El rebaño de Clarisa.
El trust (2 tomos).
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Al servicio de Alemania.--Colette Baudoche. (2 novelas en un tomo)
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sou los protagonistas de las novelas de London, que hacen desfilar ante
los ojos del lector un mundo completamente nuevo. Países desconocidos
sirven de fondo a estas narraciones y las hacen más originales: las
llanuras nevadas de Alaska, país misterioso del oro; las remotas islas
del Pacifico, con sus costumbres pintorescas; la vida en el mar durante
las travesías peligrosas y audaces. Todo lo ha vivido y lo ha observado
intensamente London para llevarlo lleno de emoción á sus libros con la
exactitud de la visión directa.
Hay además en la obra de London una gran novedad literaria, la novela
llamada «animalista», en la que las aventuras y hazañas de un animal, el
perro generalmente, son, como en los apólogos, el asunto principal del
libro. Uno de los aciertos definitivos del original escritor.
Hemos comenzado la publicación de sus obras con la titulada _Antes de
Adán_, la novela de las cavernas, donde el hombre prehistórico y
semiarbóreo que acaba de bajar de la copa de los árboles, atraviesa, en
los rudos comienzos de la humanidad, los mayores peligros, luchando con
las fieras, contra el medio hostil y con sus semejantes más avanzados,
los Hombres del Fuego. Contribuye á lo extraordinario de este libro la
forma de la narración, puesta en labios de un niño moderno que durante
sus sueños recuerda su vida anterior en la caverna prehistórica.
Ha seguido la publicación de _La llamada de la selva_, novela
animalista, y las no menos interesantes tituladas _Aventura, La Peste
Escarlata, La expedición del pirata, Jerry el de las Islas, Tres
corazones, Cuentos de los mares del Sur, Valor holandés, El lobo de mar,
Miguel, hermano de Jerry, Aurora espléndida, La damita de la Casa
Grande_ y _El Ídolo Rojo_.
Tres pesetas volumen en rústica