Y seguía con mirada de envidia á todos los que marchaban hacia la

taberna. ¿Por qué no había de ir él adonde iban los otros?... Nunca

había entrado en casa de _Copa_, el antro en otro tiempo de sus

enemigos; pero ahora justificaba su presencia lo extraordinario del

suceso.... Además, ¡qué demonio! después de tanto trabajo y tan buena

cosecha, bien podía un hombre honrado permitirse un poco de expansión.

Y dando un grito á su dormida mujer para avisarla que se iba, emprendió

el camino de la taberna.

Era como un hormigueo humano la masa de gente que llenaba la plazoleta

frente á casa de _Copa_. Allí estaban, en cuerpo de camisa, con

pantalones de pana, ventruda faja negra y pañuelo á la cabeza en forma

de mitra, todos los hombres del contorno. Los viejos se apoyaban en

gruesos cayados de Liria, amarillos y con arabescos negros; la gente

joven mostraba arremangados los brazos nervudos y rojizos, y como

contraste movía delgadas varitas de fresno entre sus dedos enormes y

callosos. Los enormes chopos que rodeaban la taberna daban sombra á los

animados grupos.

Batiste se fijó por primera vez detenidamente en la famosa taberna, con

sus paredes blancas, sus ventanas pintadas de azul y los quicios

chapados con vistosos azulejos de Manises.

Tenía dos puertas. Una era la de la bodega, y por entre sus hojas

abiertas veíanse las dos filas de toneles enormes que llegaban hasta el

techo, los montones de pellejos vacíos y arrugados, los grandes embudos

y las medidas de cinc teñidas de rojo por el continuo resbalar del

líquido. En el fondo de la pieza estaba el pesado carro que rodaba hasta

los últimos límites de la provincia para traer las compras de vino. Esta

habitación obscura y húmeda exhalaba un vaho de alcohol, un perfume de

mosto, que embriagaba el olfato y turbaba la vista, haciendo pensar que

la tierra entera iba á quedar cubierta por una inundación de vino.

Allí estaban los tesoros de _Copa_, de los cuales hablaban con unción y

respeto todos los borrachos de la huerta. Él solo conocía el secreto de

sus toneles; atravesando con su vista las viejas duelas, apreciaba la

calidad de la sangre que contenían; era el sumo sacerdote de este templo

del alcohol, y al querer obsequiar á alguien, sacaba, con tanta devoción

como si llevase entre las manos la custodia, un vaso en el que

centelleaba el líquido color de topacio con irisada corona de

brillantes.

La otra puerta era la de la taberna, la que estaba abierta desde una

hora antes de apuntar el día y por las noches hasta las diez, marcando

sobre el negro camino como un gran rectángulo rojo la luz de la lámpara

de petróleo colgada sobre el mostrador.

Tenían las paredes zócalos de ladrillos rojos y barnizados, á la altura

de un hombre, con una orla terminal de floreados azulejos. Desde allí

hasta el techo todas las paredes estaban dedicadas al sublime arte de la

pintura, pues _Copa_, aunque parecía hombre burdo, atento únicamente á

que por la noche estuviese lleno el cajón de su mostrador, era un

verdadero Mecenas. Había traído un pintor de la ciudad, manteniéndolo

allí más de una semana, y este capricho de magnate protector de las

artes le había costado, según declaraba él, unos cinco duros, peseta más

que menos.

Bien era verdad que no podía volverse la vista á ningún lado sin

tropezar con alguna obra maestra, cuyos rabiosos colores parecían

alegrar á los parroquianos, animándoles á beber. Arboles azules sobre

campos morados, horizontes amarillos, casas más grandes que los árboles

y personas más grandes que las casas; cazadores con escopetas que

parecían escobas y majos andaluces, con el trabuco sobre las piernas,

montados en briosos corceles que tenían aspecto de ratas. Un portento de

originalidad que entusiasmaba á los bebedores. Y sobre las puertas de

los cuartos, el artista, aludiendo discretamente al establecimiento,

había pintado asombrosos «bodegones»: granadas como hígados abiertos y

ensangrentados, sandías que parecían enormes pimientos, ovillos de

estambre rojo que intentaban pasar por melocotones.

Muchos sostenían que la preponderancia de la casa sobre las otras

tabernas de la huerta se debía á estos asombrosos adornos, y _Copa_

maldecía las moscas que empañaban tanta hermosura con el negro punteado

de sus desahogos.

Junto á la puerta principal estaba el mostrador, mugriento y pegajoso;

detrás de él, la triple fila de pequeños toneles, coronada por almenas

de botellas conteniendo los diversos é innumerables líquidos del

establecimiento. De las vigas, como bambalinas grasientas, colgaban

pabellones de longanizas y morcillas, ó ristras de pequeños pimientos

rojos y puntiagudos como dedos de diablo, y rompiendo la monotonía de

tal decorado, algún jamón rojo y borlones majestuosos de chorizos.

El regalo para los paladares delicados estaba en un armario de turbios

cristales junto al mostrador. Allí las estrellas de pastaflora, las

tortas de pasas, los rollos escarchados de azúcar, las magdalenas, todo

con cierto tonillo obscuro y motas sospechosas que denunciaban

antigüedad, y el queso de Murviedro, tierno, fresco, de suave blancura,

en piezas como panes, destilando todavía suero.

Además, contaba _Copa_ con su cuarto-despensa, donde estaban en tinajas

grandes como monumentos las verdes aceitunas partidas y las morcillas de

cebolla conservadas en aceite: artículos de mayor despacho. Al final de

la taberna abríase la puerta del corral, enorme, espacioso, con su media

docena de fogones para guisar las _paellas_. Las pilastras blancas

sostenían una parra vetusta, que daba sombra á tan vasto espacio, y

apilados á lo largo de un lienzo de pared, taburetes y mesitas de cinc,

en tan prodigiosa cantidad, que parecía haber previsto _Copa_ la

invasión de su casa por la vega entera.

Batiste, escudriñando la taberna, se fijó en el dueño, hombrón

despechugado, pero con una gorra de orejeras encasquetada en pleno estío

sobre su rostro enorme, mofletudo, amoratado. Era el primer parroquiano

de su establecimiento: jamás se acostaba satisfecho si no había bebido

en sus tres comidas medio cántaro de vino.

Por ello, sin duda, apenas si llamaba su atención esta apuesta que tan

alborotada traía á la vega entera.

Su mostrador era una atalaya desde la cual, como experto conocedor,

vigilaba la borrachera de sus parroquianos. Que nadie alardease de guapo

dentro de su casa, pues antes de hablar ya había echado mano él á una

porra que tenía bajo el mostrador, especie de as de bastos, al que le

temblaban _Pimentó_ y todos los valentones del contorno... En su casa,

nada de reyertas. ¡A matarse, al camino! Y cuando se abrían las navajas

y se enarbolaban taburetes, en noche de domingo, _Copa_, sin hablar

palabra ni perder la calma, surgía entre los combatientes, agarraba del

brazo á los más bravos, los llevaba en vilo hasta la carretera, y

atrancando la puerta por dentro, empezaba á contar tranquilamente el

dinero del cajón antes de acostarse, mientras afuera sonaban los golpes

y los lamentos de la riña reanudada. Todo era asunto de cerrar una hora

antes la taberna; pero dentro de ella jamás tendría la justicia quehacer

alguno mientras estuviese él detrás del mostrador.

Batiste, después de mirar furtivamente desde la puerta al tabernero, que

con la ayuda de su mujer y un criado despachaba á los parroquianos,

volvió á la plazoleta. Allí se agregó á un corrillo de viejos que

discutían sobre cuál de los tres sostenedores de la apuesta se mostraba

más sereno.

Muchos labradores, cansados de admirar á los tres guapos, jugaban por su

cuenta ó merendaban formando corro alrededor de las mesillas. Circulaba

el porrón, soltando su rojo chorrillo que levantaba un tenue glu-glu al

caer en las abiertas bocas; obsequiábanse unos á otros con puñados da

cacahuetes y altramuces. En platos cóncavos de loza servían las criadas

da la taberna las negras y aceitosas morcillas, el queso fresco, las

aceitunas partidas, con su caldo en el que flotaban olorosas hierbas; y

sobre las mesas veíase el pan de trigo nuevo, los rollos de rubia

corteza, mostrando en su interior la miga morena y suculenta de la

gruesa harina de la huerta.

Toda esta gente, comiendo, bebiendo y gesticulando, levantaba el mismo

rumor que si la plazoleta estuviese ocupada por un avispero enorme, y en

el ambiente flotaban vapores de alcohol, un vaho asfixiante de aceite

frito y el penetrante olor del mosto, mezclándose con el perfume de los

campos vecinos.

Batiste se aproximó finalmente al gran corro que rodeaba á los de la

apuesta.

Al principio no vió nada; pero lentamente, empujado por la curiosidad de

los que estaban detrás de él, fué abriéndose paso entre los cuerpos

sudorosos y apretados, hasta verse en primera fila. Algunos espectadores

estaban sentados en el suelo, con la mandíbula apoyada en ambas manos,

la nariz sobre el borde de la mesilla y la vista fija en los jugadores,

para no perder detalle del famoso suceso. Allí era donde más intolerable

resultaba el olor de alcohol. Parecían impregnados de él los alientos y

la ropa de toda la gente.

Vió Batiste á _Pimentó_ y á sus contrincantes sentados en taburetes de

fuerte madera de algarrobo, con los naipes ante los ojos, el jarro de

aguardiente al alcance de una mano y sobre el cinc el montoncito de

granos de maíz que equivalía á los tantos del juego. A cada jugada,

alguno de los tres agarraba el jarro, bebía en él reposadamente y lo

pasaba á los compañeros, que lo iban empinando igualmente con no menos

ceremonia.

Los espectadores más inmediatos miraban los naipes á cada uno por encima

del hombro para convencerse de que jugaba bien. No había cuidado: las

cabezas estaban sólidas; como si allí no se bebiese mas que agua, nadie

incurría en descuido ni hacía jugadas torpes.

Y seguía la partida, sin que por ello los de la apuesta dejasen de

hablar con los amigos, bromeando sobre el final de la lucha.

_Pimentó_, al ver á Batiste, masculló un «¡Hola!» que pretendía ser un

saludo, y volvió la vista á sus cartas.

Sereno, podría estarlo; pero tenía los ojos enrojecidos, brillaba en sus

pupilas una chispa azulada é indecisa, semejante á la llama del alcohol,

y su cara iba adquiriendo por momentos una palidez mate. Los otros no

estaban mejor; pero todos reían. Los espectadores, contagiados por los

del juego, se pasaban de mano en mano los jarros pagados á escote, y era

aquello una verdadera inundación de aguardiente, que, desbordándose

fuera de la taberna, bajaba como oleada de fuego á todos los estómagos.

Hasta Batiste tuvo que beber, apremiado por los del corro. No le

gustaba, pero un hombre debe probar todas las cosas, y volvió á animarse

con las mismas reflexiones que le habían llevado hasta la taberna.

Cuando un padre de familia ha trabajado y tiene en el granero la

cosecha, bien puede permitirse su poquito de locura.

Sintió calor en el estómago y en la cabeza una deliciosa turbación.

Comenzaba á acostumbrarse á la atmósfera de la taberna, encontrando cada

vez más graciosa la «porfía».

Hasta _Pimentó_ le resultaba un hombre notable... á su modo.

Los jugadores habían terminado la partida número... (nadie sabía

cuántos) y discutían con sus amigos sobre la próxima cena. Uno de los

_Terreròla_ perdía terreno visiblemente. Dos días de aguardiente á todo

pasto, con sus dos noches pasadas en turbio, empezaban á pesar sobre él.

Se iban cerrando sus ojos y dejaba caer pesadamente la cabeza sobre su

hermano, el cual pretendía reanimarle con tremendos puñetazos en los

ijares, dados en sordina por debajo de la mesa.

_Pimentó_ sonreía socarronamente ante este triunfo. Ya tenía uno en el

suelo. Y discutía la cena con sus admiradores. Debía ser espléndida, sin

miedo al gasto: de todos modos, él no había de pagarla. Una cena que

fuese digno final de la hazaña, pues en la misma noche seguramente

quedaría terminada la apuesta venciendo al otro hermano.

Y cual trompeta gloriosa que anunciaba por anticipado el triunfo de

_Pimentó_, empezaron á sonar los ronquidos de _Terreròla_ el pequeño,

caído de bruces sobre la mesa y próximo á desplomarse del taburete, como

si todo el aguardiente que llevaba en el estómago buscase el suelo por

ley de gravedad.

Su hermano hablaba de despertarle á bofetadas; pero _Pimentó_ intervino

bondadosamente, como un vencedor magnánimo. Ya le despertarían á la hora

de cenar. Y afectando dar poca importancia á la porfía y á su propia

fortaleza, habló de su falta de apetito como de una gran desgracia,

después de haberse pasado dos días en aquel sitio devorando y bebiendo

brutalmente.

Un amigo corrió á la taberna para traer una larga ristra de guindillas.

Esto le devolvería el apetito. La bufonada provocó grandes risotadas, y

_Pimentó_, para asombrar más á sus admiradores, ofreció el manjar

infernal al _Terreròla_ que aún se sostenía firme, mientras él, por su

parte, lo iba devorando con la misma indiferencia que si fuese pan.

Un murmullo de admiración circuló por el corro. Por cada guindilla que

se comía el otro, el marido de Pepeta se zampaba tres, y así dieron fin

á la ristra, verdadero rosario de demonios colorados. Este bruto debía

tener coraza en el estómago.

Y seguía firme, impasible, cada vez más pálido, con los ojos entumecidos

y rojos, preguntando si _Copa_ había ya matado un par de pollos para la

cena y dando instrucciones sobre el modo de guisarlos.

Batiste le miraba con asombro y al mismo tiempo sentía un vago deseo de

irse. Comenzaba á caer la tarde; en la plazoleta subían de tono las

voces; se iniciaba el escándalo de todas las noches de domingo. Además,

_Pimentó_ le miraba con demasiada frecuencia, con sus ojos molestos y

extraños de borracho firme. Pero sin saber por qué, permanecía allí,

como si este espectáculo tan nuevo para él pudiese más que su voluntad.

Los amigos del valentón le daban broma al ver que después de las

guindillas daba tientos al jarro, sin cuidarse de si su enemigo le

imitaba. «No debía beber tanto: iba á perder, y le faltaría dinero para

pagar. Ahora ya no era tan rico como en los años anteriores, cuando la

dueña de sus tierras se conformaba con no cobrarle el arrendamiento.»

Un imprudente dijo esto sin darse cuenta del valor de sus palabras, y se

hizo un silencio doloroso, como en la alcoba de un enfermo cuando se

pone al descubierto la parte dañada.

¡Hablar de arrendamientos y de pagas en aquel sitio, cuando entre

actores y espectadores se había consumido el aguardiente á cántaros!...

Batiste se sintió inquieto. Le pareció que pasaba de pronto por el

ambiente algo hostil, amenazador. Sin gran esfuerzo hubiera echado á

correr; pero se quedó, creyendo que todos le miraban á hurtadillas.

Temió, si huía, anticipar la agresión, ser detenido por el insulto; y

con la esperanza de pasar inadvertido, permaneció inmóvil, como

subyugado por una impresión que no era de miedo, pero sí de algo más que

prudencia.

Los admiradores de _Pimentó_ le hacían repetir el procedimiento de que

se valía todos los años para no pagar á la dueña de sus tierras, y lo

celebraban con grandes risotadas, con estremecimientos de maligna

alegría, como esclavos que se regocijan con las desgracias de su señor.

El valentón relataba modestamente sus glorias. Todos los años, por

Navidad y por San Juan, emprendía el camino de Valencia, _tòle, tòle_,

para ver á la propietaria de sus tierras. Otros llevaban el buen par de

pollos, la cesta de tortas, la banasta de frutas, para enternecer á los

señores, para que aceptasen la paga incompleta, lloriqueando y

prometiendo redondear la suma más adelante. Él sólo llevaba palabras, y

no muchas.

Su ama, una señorona majestuosa, lo recibía en el comedor de su casa.

Por allí cerca andaban las hijas, unas señoritingas siempre llenas de

lazos y colorines.

Doña Manuela echaba mano á la libreta para recordar los semestres que

_Pimentó_ llevaba atrasados.... «Venía á pagar, ¿eh?...» Y el socarrón,

al oir la pregunta de la señora de Pajares, siempre contestaba lo mismo:

«No, señora; no podía pagar porque estaba sin un cuarto. Sabía que con

esto se acreditaba de pillo. Ya lo decía su abuelo, que era persona de

mucho saber: ¿Para quién se han hecho las cadenas? Para los hombres.

¿Pagas? Eres buena persona. ¿No pagas? Eres un pillo.» Y después de este

curso breve de filosofía rústica, apelaba al segundo argumento, que era

sacar de su faja una tagarnina de tabaco negro, con una navaja enorme, y

comenzaba á picarla para liar un cigarrillo.

La vista de la navaja daba escalofríos á la señora, la ponía nerviosa,

y por eso mismo el socarrón cortaba el tabaco con lentitud y tardaba en

guardársela, repitiendo siempre los mismos argumentos del abuelo para

explicar su retraso en el pago.

Las niñas de los lacitos le apodaban «el de las cadenas»; la mamá

sentíase inquieta con la presencia de este bárbaro de negra fama, que

olía á vino y hablaba accionando con la navaja; y convencida al fin de

que nada había de sacar de él, indicábale que se fuese; pero él

experimentaba un hondo gozo siendo modesto y procuraba prolongar la

entrevista. Hasta le llegaron á decir que ya que no pagaba podía ahorrar

sus visitas. La señora se olvidaría de la existencia de sus tierras.

¡Ah, no, doña Manuela! _Pimentó_ era exacto cumplidor de sus deberes, y

como arrendatario debía visitar á su ama en Navidad y en San Juan, para

demostrarle que si no pagaba no por eso dejaba de ser su humilde

servidor.

Y allá iba dos veces al año, para manchar el piso con sus alpargatas

cubiertas de barro y repetir que las cadenas son para los hombres,

haciendo molinetes con la navaja. Era una venganza de esclavo, el

amargo placer del mendigo que comparece con sus pestilentes andrajos en

medio de una fiesta de ricos.

Todos los labriegos reían, comentando la conducta de _Pimentó_ para con

su ama.

Y el valentón apoyaba con razones su conducta. ¿Por qué había de pagar

él? Vamos á ver, ¿por qué?... Sus tierras ya las cultivaba su abuelo. A

la muerte de su padre se las habían repartido los hermanos á su gusto,

siguiendo la costumbre de la huerta, sin consultar para nada al

propietario. Ellos eran los que las trabajaban, los que las hacían

producir, los que dejaban poco á poco la vida sobre sus terrones.

_Pimentó_, hablando con vehemencia de su trabajo, mostraba tal impudor,

que algunos sonreían.... Bueno; él no trabajaba mucho, porque era listo

y había conocido la farsa de la vida. Pero alguna vez trabajaba, de

tarde en tarde, y esto era bastante para que las tierras fuesen con más

justicia de él que de aquella señorona gorda de Valencia. Que viniera

ella á trabajarlas; que fuese agarrada al arado con todas sus arrobas

de carne, y las dos chicas de los lacitos uncidas y tirando de él, y

entonces sería su legítima dueña.

Las bromas groseras del valentón hacían rugir de risa á la concurrencia.

A toda aquella gente, que aún guardaba el mal sabor de la paga de San

Juan, le hacía mucha gracia ver tratados á sus amos tan cruelmente. ¡Ah!

Lo del arado era muy chistoso; y cada cual se imaginaba ver á su amo, al

panzudo y meticuloso rentista ó á la señora vieja y altiva, enganchados

á la reja, tirando y tirando para abrir el surco, mientras ellos, los de

abajo, los labradores, chasqueaban el látigo.

Y todos se guiñaban un ojo, reían, se daban palmadas para expresar su

contento. ¡Oh! Se estaba muy bien en casa de _Copa_ oyendo á este

hombre. ¡Qué cosas se le ocurrían!...

Pero el marido de Pepeta se mostró sombrío, y muchos advirtieron en él

la mirada de través, aquella mirada de homicida que conocían de antiguo

en la taberna, como signo indudable de inmediata agresión. Su voz

tornóse fosca, como si todo el alcohol que hinchaba su estómago hubiese

subido en oleada ardiente á su garganta.

Podían reir sus amigos hasta reventar, pero tales risas serían las

últimas. La huerta ya no era la misma que había sido durante diez años.

Los amos, conejos miedosos, se habían vuelto ahora lobos intratables. Ya

sacaban los dientes, como en otro tiempo. Hasta su ama se atrevía con

él--¡con él, que era el terror de todos los propietarios de la

huerta!--, y en su visita de San Juan habíase burlado de su dicho de las

cadenas y hasta de la navaja, anunciándole que se preparase á dejar las

tierras ó pagar el arrendamiento, sin olvidar los atrasos.

¿Y por qué se crecían de tal modo? Porque ya no les tenían miedo.... ¿Y

por qué no les tenían miedo? ¡Cristo! Porque ya no estaban abandonadas é

incultas las tierras de _Barret_, aquel espantajo de desolación, que

aterraba á los amos y les hacía ser dulces y transigentes. Se había roto

el encanto. Desde que un ladrón «muerto de hambre» había logrado

imponerse á todos ellos, los propietarios se reían, y para vengarse de

diez años de forzada mansedumbre, se hacían más malos que el famoso don

Salvador.

--_Veritat... veritat_[23]--decían en todo el corro, apoyando las

razones de _Pimentó_ con furiosas cabezadas.

[23]--Verdad... verdad.

Todos reconocían que sus amos habían cambiado al recordar los detalles

de su última entrevista con ellos: las amenazas de desahucio, la

negativa á aceptar la paga incompleta, la expresión irónica con que les

habían hablado de las tierras del tío _Barret_, otra vez cultivadas á

pesar del odio de toda la huerta. Y ahora, repentinamente, después de la

dulce flojedad de diez años de triunfo, con la rienda á la espalda y el

amo á los pies, venía el cruel tirón, la vuelta á otros tiempos, el

encontrar amargo el pan y el vino más áspero pensando en el maldito

semestre, y todo por culpa de un forastero, de un piojoso que ni

siquiera había nacido en la huerta, descolgándose entre ellos para

embrollar su negocio y hacerles más difícil la vida. ¿Y aún vivía ese

tunante? ¿Es que en la huerta no quedaban hombres?...

¡Adiós amistades recientes, respetos nacidos junto al ataúd de un pobre

niño! Toda la consideración creada por la desgracia veníase abajo como

torre de naipes, desvanecíase como tenue nube, reapareciendo de golpe el

antiguo odio, la solidaridad de toda la huerta, que al combatir al

intruso defendía su propia existencia.

¡Y en qué momento resurgía esta animosidad! Brillaban los ojos, fijos en

él con el fuego del odio; las cabezas, turbadas por el alcohol, parecían

sentir el escarabajeo de la tentación homicida; instintivamente iban

todos hacia Batiste, y éste comenzó á sentirse empujado por todos lados,

como si el círculo se estrechase para devorarle.

Estaba arrepentido de haberse quedado junto á los jugadores. No tenía

miedo, pero maldecía la hora en que se le ocurrió entrar en la taberna,

sitio extraño que parecía robarle su energía. Aquí había perdido aquella

entereza que le animaba cuando sentía bajo sus plantas las tierras

cultivadas á costa de tantos sacrificios y en cuya defensa estaba

pronto á perder su vida.

_Pimentó_, rodando por la pendiente de su cólera, sintió caer de un

golpe sobre su cerebro todo el aguardiente bebido en dos días. Había

perdido su serenidad de ebrio inquebrantable, y al levantarse,

tambaleando, tuvo que hacer un esfuerzo para sostenerse sobre sus

piernas. Sus ojos estaban inflamados, como si fuesen á manar sangre; su

voz era trabajosa, cual si tirasen de ella, no dejándola salir el

alcohol y la cólera.

--_¡Vesten!_--dijo con imperio á Batiste, avanzando una mano amenazante

hasta rozar su rostro--. _¡Vesten ó te mate!_[24].

[24]--¡Vete!.. ¡Vete ó te mato!

¡Irse!... Esto es lo que deseaba Batiste, cada vez más pálido, más

arrepentido de verse allí. Pero bien adivinaba el significado de aquel

imperioso «¡Vete!» del valentón, apoyado por las muestras de

asentimiento de todos.

No le exigían que se fuese de la taberna, librándolos de su presencia

odiosa; le ordenaban con amenaza de muerte que abandonase sus tierras,

que eran como la carne de su cuerpo; que perdiese para siempre la

barraca donde había muerto su chiquitín, y en la cual cada rincón

guardaba un recuerdo de las luchas y alegrías de la familia en su

batalla con la miseria. Y rápidamente se vió otra vez con todos sus

muebles sobre el carro, errante por los caminos, en busca de lo

desconocido, para crearse otra existencia, llevando como tétrica escolta

la fea hambre, que iría pisándole los talones.... ¡No! El rehuía las

cuestiones, pero que no le tocasen el pan de los suyos.

Ya no sentía inquietud. La imagen de su familia hambrienta y sin hogar

le dió una agresividad colérica. Hasta sintió deseos de acometer á

aquella gente sólo por haberle exigido tal monstruosidad.

--_¿T'en vas? ¿t'en vas?_[25]--preguntaba _Pimentó_, cada vez más fosco

y amenazante.

[25]--¿Te vas? ¿te vas?

La Barraca · 第 11 / 13 段