con el traje de los días de fiesta, puestas de mantilla para asistir al
entierro; las muchachas disputábanse con tenacidad ser de las cuatro que
habían de llevar al pobre _albaet_ hasta el cementerio.
Andando lentamente por el borde del camino y huyendo del polvo como de
un peligro mortal, llegó una gran visita: don Joaquín y doña Pepa, el
maestro y su «señora». Aquella tarde, con motivo del «infausto
suceso»--palabras de él--, no había escuela. Bien se adivinaba viendo la
turba de muchachos atrevidos y pegajosos que se iban colando en la
barraca, y cansados de contemplar, hurgándose las narices, el cadáver de
su compañero, salían á perseguirse por el camino inmediato ó á saltar
las acequias.
Doña Josefa, con un vestido algo raído de lana y gran mantilla de un
negro ya amarillento, entró solemnemente en la barraca, y después de
algunas frases vistosas pilladas al vuelo á su marido, aposentó su
robusta humanidad en un sillón de cuerda y allí se quedó, muda y como
soñolienta, contemplando el ataúd. La buena mujer, habituada á oir y
admirar á su esposo, no podía seguir una conversación.
El maestro, que lucía su casaquilla verdosa de los días de gran
ceremonia y su corbata de mayor tamaño, tomó asiento fuera, al lado del
padre. Sus manazas de cultivador las llevaba enfundadas en unos guantes
negros que habían encanecido con los años, quedando de color de ala de
mosca, y las movía continuamente, deseoso de atraer la atención sobre
sus prendas de las grandes solemnidades.
Para Batiste sacaba también lo más florido y sonoro de su estilo. Era su
mejor cliente: ni un sábado había dejado de entregar á sus hijos los dos
cuartos para la escuela.
--Este es el mundo, señor Bautista; ¡hay que resignarse! Nunca sabemos
cuáles son los designios de Dios, y muchas veces, del mal saca el bien
para las criaturas.
Interrumpiendo su ristra de lugares comunes, dichos campanudamente, como
si estuviera en la escuela, añadió en voz baja, guiñando maliciosamente
los ojos:
--¿Se ha fijado, señor Bautista, en toda esta gente?... Ayer hablaban
pestes de usted y su familia, y bien sabe Dios que en muchas ocasiones
les he censurado esa maldad. Hoy entran en esta casa con la misma
confianza que en la suya y les abruman bajo tantas muestras de cariño.
La desgracia les hace olvidar, les aproxima á ustedes.
Y tras una pausa, en la que permaneció cabizbajo, dijo golpeándose el
pecho:
--Créame á mí, que los conozco bien: en el fondo son buena gente. Muy
brutos, eso sí, capaces de las mayores barbaridades, pero con un corazón
que se conmueve ante el infortunio y les hace ocultar las garras...
¡Pobre gente! ¿Qué culpa tienen si nacieron para vivir como bestias y
nadie les saca de su condición?
Calló un buen rato, añadiendo luego, con el fervor de un comerciante que
ensalza su mercancía:
--Aquí lo que se necesita es instrucción, mucha instrucción. Templos del
saber que difundan la luz de la ciencia por esta vega, antorchas que...
que... En fin, si vinieran más chicos á mi templo, digo, á mi escuela,
y si los padres, en vez de emborracharse, pagasen puntualmente como
usted, señor Bautista, de otro modo andaría esto. Y no digo más, porque
no me gusta ofender.
De ello corría peligro, pues cerca de su persona andaban muchos padres
de los que le enviaban discípulos sin el lastre de los dos cuartos.
Otros labriegos, que habían mostrado gran hostilidad contra la familia,
no osaban llegar hasta la barraca y permanecían en el camino, formando
corro. Por allí andaba _Pimentó_, que acababa de llegar de la taberna
con cinco músicos, tranquila la conciencia después de haber estado
durante algunas horas junto al mostrador de _Copa_.
Afluía cada vez más gente á la barraca. No había espacio libre dentro de
ella, y las mujeres y los niños sentábanse en los bancos de ladrillos,
bajo el emparrado, ó en los ribazos, esperando el momento del entierro.
Dentro sonaban lamentos, consejos dichos con voz enérgica, un rumor de
lucha. Era Pepeta queriendo separar á Teresa del cadáver de su hijo.
Vamos... había que ser razonable: el _albat_ no podía quedar allí para
siempre; se hacía tarde, y los malos tragos pasarlos pronto.
Y pugnaba con la madre por apartarla del ataúd, por obligarla á que
entrase en el _estudi_ y no presenciase el terrible momento de la
salida, cuando el _albat_, levantado en hombros, alzase el vuelo con las
blancas alas de su mortaja para no volver más.
--_¡Fill meu!... ¡rey de sa mare!_[21]--gemía la pobre Teresa.
[21]--¡Hijo mío!... ¡rey de su madre!
Ya no lo vería más: un beso... otro. Y la cabeza, cada vez más fría y
lívida á pesar del colorete, movíase de un lado á otro de la almohada,
agitando su diadema de flores, entre las manos ansiosas de la madre y de
la hermana, que se disputaban el último beso.
A la salida del pueblo estaba aguardando el señor vicario con el
sacristán y los monaguillos: no era caso de hacerlos esperar. Pepeta se
impacientaba. «¡Adentro, adentro!» Y ayudada por otras mujeres, Teresa y
su hija fueron metidas casi á viva fuerza en el _estudi_, revolviéndose
desgreñadas, rojos los ojos por el llanto, el pecho palpitante á
impulsos de una protesta dolorosa, que ya no gemía, sino aullaba.
Cuatro muchachas con hueca falda, mantilla de seda caída sobre sus ojos
y aire pudoroso y monjil, agarraron las patas de la mesilla, levantando
todo el blanco catafalco. Como el disparo que saluda á la bandera que
se iza, sonó un gemido extraño, prolongado, horripilante, algo que hizo
correr frío por muchas espaldas. Era el perro despidiendo al pobre
_albaet_, lanzando un quejido interminable, con los ojos lacrimosos y
las patas estiradas, cual si quisiera prolongar el cuerpo hasta donde
llegaba su lamento.
Fuera, don Joaquín daba palmadas de atención: «¡A ver!... ¡Que forme
toda la escuela!» La gente del camino se había aproximado á la barraca.
_Pimentó_ capitaneaba á sus amigos los músicos; preparaban éstos sus
instrumentos para saludar al _albaet_ apenas transpusiese la puerta, y
entre el desorden y el griterío con que se iba formando la procesión
gorjeaba el clarinete, hacía escalas el cornetín y el trombón bufaba
como un viejo gordo y asmático.
Emprendieron la marcha los chicuelos, llevando en alto grandes ramos de
albahaca. Don Joaquín sabía hacer bien las cosas. Después, rompiendo el
gentío, aparecieron las cuatro doncellas sosteniendo el blanco y ligero
altar sobre el cual iba el pobre _albaet_, acostado en su ataúd,
moviendo la cabeza con ligero vaivén, como si se despidiese de la
barraca.
Los músicos rompieron á tocar un vals juguetón y alegre, colocándose
detrás del féretro, y después de ellos abalanzáronse por el camino,
formando apretados grupos, todos los curiosos.
La barraca, vomitando lejos de ella su digestión de gentío, quedó muda,
sombría, con ese ambiente lúgubre de los lugares por donde acaba de
pasar la desgracia.
Batiste, solo bajo la parra, sin abandonar su postura de oriental
impasible, mordía su cigarro, siguiendo con los ojos la marcha de la
procesión. Ésta comenzaba á ondular por el camino grande, marcándose el
ataúd y su catafalco como una enorme paloma blanca entre el desfile de
ropas negras y ramos verdes.
¡Bien emprendía el pobre _albaet_ el camino del cielo de los inocentes!
La vega, desperezándose voluptuosa bajo el beso del sol primaveral,
envolvía al muertecito con su aliento oloroso, lo acompañaba hasta la
tumba, cubriéndolo con impalpable mortaja de perfumes. Los viejos
árboles, que germinaban con una savia de resurrección, parecían saludar
al pequeño cadáver agitando bajo la brisa sus ramas cargadas de flores.
Nunca la muerte pasó sobre la tierra con disfraz tan hermoso.
Desmelenadas y rugientes como locas, moviendo con furia sus brazos,
aparecieron en la puerta de la barraca las dos infelices mujeres. Sus
voces prolongábanse como un gemido interminable en la tranquila
atmósfera de la vega, impregnada de dulce luz.
--_¡Fill meu!... ¡Anima mehua!_[22]--gemían la pobre Teresa y su hija.
[22]--¡Hijo mío!... ¡Alma mía!
--_¡Adiós, Pascualet!... ¡adiós!_--gritaban los pequeños sorbiéndose las
lágrimas.
--_¡Auuu! ¡auuu!_--aullaba el perro, tendiendo el hocico con un quejido
interminable que crispaba los nervios y parecía agitar la vega bajo un
escalofrío fúnebre.
Y de lejos, por entre el ramaje, arrastrándose sobre las verdes olas de
los campos, contestaban los ecos del vals que iba acompañando al pobre
_albaet_ hacia la eternidad, balanceándose en su barquilla blanca
galoneada de oro. Las escalas enrevesadas del cornetín, sus cabriolas
diabólicas, parecían una carcajada metálica de la muerte, que con el
niño en sus brazos se alejaba á través de los esplendores de la vega.
A la caída de la tarde fueron regresando los del cortejo.
Los pequeños, faltos de sueño por las agitaciones de la noche anterior,
en que les había visitado la muerte, dormían sobre las sillas. Teresa y
su hija, rendidas por el llanto, agotada la energía después de tantas
noches de insomnio, habían acabado por quedar inertes, cayendo sobre
aquella cama que aún conservaba la huella del pobre niño. Batistet
roncaba en la cuadra, cerca del caballo enfermo.
El padre, siempre silencioso é impasible, recibía las visitas,
estrechaba manos, agradecía con movimientos de cabeza los ofrecimientos
y las frases de consuelo.
Al cerrar la noche no quedaba nadie. La barraca estaba obscura,
silenciosa. Por la puerta abierta y lóbrega llegaba como un lejano
susurro la respiración cansada de la familia, todos caídos, como
muertos de la batalla con el dolor.
Batiste, siempre inmóvil, miraba como un idiota las estrellas que
parpadeaban en el azul obscuro de la noche.
La soledad le reanimó. Empezaba á darse cuenta exacta de su situación.
La vega tenía el aspecto de siempre, pero á él le parecía más hermosa,
más «tranquilizadora», como un rostro ceñudo que se desarruga y sonríe.
Las gentes, cuyos gritos sonaban á lo lejos, en las puertas de las
barracas, ya no le odiaban, ya no perseguirían á los suyos. Habían
estado bajo su techo, borrando con sus pasos la maldición que pesaba
sobre las tierras del tío _Barret_. Iba á empezar una nueva vida. ¡Pero
á qué precio!...
Y al tener de repente la visión clara de su desgracia, al pensar en el
pobre Pascualet, que á tales horas estaba aplastado por una masa de
tierra húmeda y hedionda, rozando su blanca envoltura con la corrupción
de otros cuerpos, acechado por el gusano inmundo, él, tan hermoso, con
aquella piel fina por la que resbalaba su callosa mano, con sus pelos
rubios que tantas veces había acariciado, sintió como una oleada de
plomo que subía y subía desde el estómago á su garganta.
Los grillos que cantaban en el vecino ribazo callaron, espantados por un
extraño hipo que rasgó el silencio y sonó en la obscuridad gran parte de
la noche, como el estertor de una bestia herida.
IX
Había llegado San Juan, la mejor época del año: el tiempo de la
recolección y la abundancia.
El espacio vibraba de luz y de calor. Un sol africano lanzaba torrentes
de oro sobre la tierra, resquebrajándola con sus ardorosas caricias. Sus
flechas de oro deslizábanse entre el follaje, toldo de verdura bajo el
cual cobijaba la vega sus rumorosas acequias y sus húmedos surcos, como
temerosa del calor que hacía germinar la vida por todas partes.
Los árboles mostraban sus ramas cargadas de frutos. Doblegábanse los
nispereros con el peso de los amarillos racimos cubiertos de barnizadas
hojas; asomaban los albaricoques entre el follaje como rosadas mejillas
de niño; registraban los muchachos con impaciencia las corpulentas
higueras, buscando codiciosos las brevas primerizas, y en los jardines,
por encima de las tapias, exhalaban los jazmines su fragancia azucarada,
y las magnolias, como incensarios de marfil, esparcían su perfume en el
ambiente ardoroso impregnado de olor de mies.
Las hoces relampagueantes iban tonsurando los campos, echando abajo las
rubias cabelleras de trigo, las gruesas espigas, que, apopléticas de
vida, buscaban el suelo, doblando tras ellas las delgadas cañas.
En las eras amontonábase la paja formando colillas de oro que reflejaban
la luz del sol; aventábase el trigo entre remolinos de polvo, y en los
campos desmochados, á lo largo de los rastrojos, saltaban los gorriones
buscando los granos perdidos.
Todo era alegría y trabajo gozoso. Chirriaban carretas en los caminos;
bandas de muchachos correteaban por los campos ó daban cabriolas en las
eras, pensando en las tortas de trigo nuevo, en la vida de abundancia y
satisfacción que empezaba en las barracas al llenarse el granero; y
hasta los viejos rocines mostraban los ojos alegres, marchando con
mayor desembarazo, como fortalecidos por el olor de los montes de paja
que, lentamente, como un río de oro, iban á deslizarse por sus pesebres
en el curso del año.
El dinero, cautivo en los _estudis_ durante el invierno, oculto en el
arca ó en el fondo de una media, comenzaba á circular por la vega. A la
caída de la tarde llenábanse las tabernas de hombres enrojecidos y
barnizados por el sol, con la recia camisa sudosa, que hablaban de la
cosecha y de la paga de San Juan, el semestre que había que entregar á
los amos de la tierra.
También la abundancia había hecho renacer la alegría en la barraca de
Batiste. La cosecha hacía olvidar al _albaet_. Únicamente la madre
delataba con repentinas lágrimas y algún profundo suspiro el fugaz
recuerdo del pequeño.
El trigo, los sacos repletos que Batiste y su hijo subían al granero y
al caer de sus espaldas hacían temblar el piso, conmoviendo toda la
barraca, era lo que interesaba á la familia.
Comenzaba para todos ellos la buena época. Tan extremada como había sido
hasta poco antes la desgracia, era ahora la fortuna. Deslizábanse los
días en santa calma, trabajando mucho, pero sin que un leve contratiempo
viniera á turbar la monotonía de una existencia laboriosa.
Algo se había enfriado el afecto que mostraron todos los vecinos al
enterrar al pequeño. Según se amortiguaba el recuerdo de aquella
desgracia, la gente parecía arrepentirse de su impulso de ternura, y se
acordaba otra vez de la catástrofe del tío _Barret_ y la llegada de los
intrusos.
Pero la paz ajustada espontáneamente ante el blanco ataúd del pequeño no
llegaba á turbarse. Algo fríos y recelosos, eso sí, pero todos cambiaban
su saludo con la familia. Los hijos podían ir por la vega sin ser
hostilizados, y hasta _Pimentó_, cuando encontraba á Batiste, movía la
cabeza amistosamente, rumiando algo que era como contestación á su
saludo.... En fin, que si no los querían les dejaban tranquilos, que era
todo lo que podían desear.
En el interior de la barraca, ¡qué abundancia! ¡qué paz!... Batiste se
mostraba admirado de su cosecha. Las tierras, descansadas, vírgenes de
cultivo en mucho tiempo, parecían haber soltado de una vez toda la vida
acumulada en sus entrañas durante diez años de reposo. El grano era
grueso y abundante, y según las noticias que circulaban por la vega, iba
á alcanzar buen precio. Había algo mejor--y esto lo pensaba Batiste
sonriendo--: él no debía partir el producto satisfaciendo arrendamiento
alguno, pues tenía franquicia por dos años. Bien había pagado esta
ventaja con largos meses de alarma y de coraje y con la muerte del pobre
Pascualet.
La prosperidad de la familia parecía reflejarse en la barraca, limpia y
brillante como nunca. Vista de lejos, destacábase de las viviendas
vecinas, como revelando que había en ella más prosperidad. Nadie hubiera
reconocido la trágica barraca del tío _Barret_. Los ladrillos rojos del
pavimento frente á la puerta brillaban bruñidos por las diarias
frotaciones; los macizos de albahacas y dompedros y las enredaderas
formaban pabellones floridos, por encima de los cuales recortábase
sobre el cielo el frontón triangular y agudo de la barraca, de
inmaculada blancura. En su interior notábase inmediatamente el revoloteo
de las planchadas cortinas cubriendo las puertas de los _estudis_, los
vasares con pilas de platos y con fuentes cóncavas apoyadas en la pared,
exhibiendo pajarracos fantásticos y flores como tomates pintadas en su
fondo, y sobre la cantarera, semejante á un altar de azulejos,
mostrábanse, como divinidades contra la sed, los panzudos y charolados
cántaros, y los jarros de loza y de cristal verdoso pendientes en fila
de los clavos.
Los muebles viejos y maltrechos, recuerdo perenne de las antiguas
peregrinaciones huyendo de la miseria, comenzaban á desaparecer, dejando
sitio libre á otros que la hacendosa Teresa adquiría en sus viajes á la
ciudad. El dinero producto de la recolección invertíase en reparar las
brechas abiertas en el ajuar de la barraca por los meses de espera.
Algunas veces sonreía la familia recordando las amenazadoras palabras de
_Pimentó_. Aquel trigo que, según el valentón, nadie llegaría á segar,
empezaba á embellecer á la familia. Roseta tenía dos faldas más y
Batistet y los pequeños se pavoneaban los domingos vestidos de nuevo de
cabeza á pies.
Atravesando la vega en las horas de más sol, cuando ardía la atmósfera y
moscas y abejorros zumbaban pesadamente, sentíase una impresión de
bienestar ante esta barraca limpia y fresca. El corral delataba, á
través de sus bardas de barro y estacas, la vida contenida en él.
Cloqueaban las gallinas, cantaba el gallo, saltaban los conejos por las
sinuosidades de un gran montón de leña tierna, y vigilados por los dos
hijos pequeños de Teresa, flotaban los ánades en la vecina acequia y
correteaban las manadas de polluelos por los rastrojos, piando
incesantemente, moviendo sus cuerpecillos sonrosados, cubiertos apenas
de fino plumón.
Todo esto sin contar que Teresa, más de una vez, se encerraba en su
_estudi_, y abriendo un cajón de la cómoda, desliaba pañuelos sobre
pañuelos para extasiarse ante un montoncillo de monedas de plata, el
primer dinero que su marido había hecho sudar á las tierras. Todo exige
un principio, y si los tiempos eran buenos, á este dinero se uniría otro
y otro, y ¡quién sabe si al llegar los chicos á la edad de las quintas
podría librarlos con sus ahorros de ir á servir al rey como soldados!
La reconcentrada y silenciosa alegría de la madre notábase también en
Batiste. Había que verle un domingo por la tarde, fumando una tagarnina
de á cuarto en honor á la festividad, paseando ante la barraca y mirando
sus campos amorosamente. Dos días antes había plantado en ellos maíz y
judías, como muchos de sus vecinos, pues á la tierra no hay que dejarla
descansar.
Apenas si podía él llevar adelante los dos campos que había roturado y
cultivado. Pero, lo mismo que el difunto tío _Barret_, sentía la
embriaguez de la tierra; cada vez deseaba abarcar más con su trabajo, y
aunque era algo pasada la sazón, pensaba remover al día siguiente la
parte de terreno que permanecía inculta á espaldas de la barraca, para
plantar en ella melones, cosecha inmejorable, á la que su mujer sacaría
muy buen producto llevándolos, como otras, al Mercado de Valencia.
Había que dar gracias á Dios, que le permitía al fin vivir tranquilo en
aquel paraíso. ¡Qué tierras las de la vega!... Por algo, según las
historias, lloraban los moros al ser arrojados de allí.
La siega había limpiado el paisaje, echando abajo las masas de trigo
matizadas de amapolas que cerraban la vista por todos lados como
murallas de oro. Ahora la vega parecía mucho más grande, infinita, y
extendía hasta perderse de vista los grandes cuadros de tierra roja,
cortados por sendas y acequias.
En todas las casas se observaba rigurosamente la fiesta del domingo, y
como había cosecha reciente y no poco dinero, nadie pensaba en
contravenir el precepto. No se veía un solo hombre trabajando en los
campos, ni una caballería en los caminos. Pasaban las viejas por las
sendas con la reluciente mantilla sobre los ojos y una silleta en un
brazo, como si tirase de ellas la campana que volteaba lejos, muy lejos,
sobre los tejados del pueblo. En una encrucijada chillaba
persiguiéndose un grupo numeroso de niños; sobre el verde de los ribazos
destacábanse los pantalones rojos de algunos soldaditos que aprovechaban
la fiesta para pasar una hora en sus casas. Sonaban á lo lejos, como una
tela que se rasga, los escopetazos contra las bandas de golondrinas que
volaban á un lado y á otro en contradanza caprichosa, silbando
agudamente, como si rayasen con sus alas el cristal azul del cielo;
zumbaban sobre las acequias las nubes de mosquitos casi invisibles, y en
una alquería verde, bajo el añoso emparrado, agitábanse como una
amalgama de colores faldas floreadas, pañuelos vistosos. La dormilona
cadencia de las guitarras parecía arrullar á un cornetín chillón que iba
lanzando á todos los extremos de la vega, dormida bajo el sol, los
morunos sones de la jota valenciana.
Este tranquilo paisaje era la idealización de una Arcadia laboriosa y
feliz. Allí no podía existir gente mala. Batiste desperezábase con
voluptuosidad, dominado por el bienestar tranquilo de que parecía
impregnado el ambiente. Roseta, con los chicos, se había ido al baile
de la alquería; su mujer dormitaba bajo el sombrajo, y él se paseaba
desde su vivienda al camino, por el pedazo de tierra inculta que daba
entrada al carro.
De pie en el puentecito, iba contestando á los saludos de los vecinos,
que pasaban riendo como si fuesen á presenciar un espectáculo
graciosísimo.
Se dirigían todos á casa de _Copa_, para ver de cerca la famosa «porfía»
de _Pimentó_ con los hermanos _Terreròla_, dos malas cabezas lo mismo
que el marido de Pepeta, que habían jurado igualmente odio al trabajo y
pasaban el día entero en la taberna. Surgían entre ellos numerosas
rivalidades y apuestas, especialmente en esta época, que era cuando
aumentaba la concurrencia del establecimiento. Los tres valentones
pujaban en brutalidad, ansioso cada uno de alcanzar renombre sobre los
otros.
Batiste había oído hablar de esta apuesta que hacía ir las gentes á la
famosa taberna como en jubileo.
Se trataba de permanecer sentados jugando al truque, y sin beber más
líquido que aguardiente, hasta ver quién era el último que caía.
Empezaron el viernes al anochecer, y aún estaban los tres en sus
silletas de cuerda el domingo por la tarde, jugando la centésima partida
de truque, con el jarro de aguardiente sobre la mesilla de cinc, dejando
sólo las cartas para tragarse las sabrosas morcillas que daban gran fama
al tabernero _Copa_ por lo bien que sabía conservarlas en aceite.
La noticia, esparciéndose por la vega, hacía venir como en procesión á
todas las gentes de una legua á la redonda. Los tres guapos no quedaban
solos un momento. Tenían sus apasionados, que se encargaban de ocupar el
cuarto sitio en la partida, y al llegar la noche, cuando la masa de
espectadores se retiraba á sus barracas, quedábanse allí viendo cómo
jugaban á la luz de un candil colgado de un chopo, pues _Copa_ era
hombre de malas pulgas, incapaz de aguantar la pesada monotonía de esta
apuesta, y así que llegaba la hora de dormir cerraba su puerta, dejando
en la plazoleta á los jugadores después de renovar su provisión de
aguardiente.
Muchos fingían indignación ante la brutalidad de esta «porfía», pero en
el fondo de su ánimo escarabeajaba cierto orgullo por el hecho de ser
tales hombres sus vecinos. ¡Vaya unos mozos de hierro que cría la
huerta! El aguardiente pasaba por sus cuerpos como si fuese agua.
Todo el contorno parecía tener la vista fija en la taberna,
esparciéndose con celeridad prodigiosa las noticias sobre el curso de la
apuesta. Ya se habían bebido dos cántaros, y como si nada.... Ya iban
tres... y tan firmes. _Copa_ llevaba la cuenta de lo bebido. Y la
gente, según su predilección, apostaba por alguno de los tres
contendientes.
Esta lucha, que durante dos días apasionaba á toda la vega y no parecía
aún próxima á su fin, había llegado á oídos de Batiste. Él, hombre
sobrio, incapaz de beber alcohol sin sentir náuseas y dolores de cabeza,
no podía ocultar un asombro muy cercano á la admiración ante estos
brutos, que, según sus suposiciones, debían tener el estómago forrado de
hoja de lata.