Por la tarde aún fueron más numerosas las visitas. Las mujeres llegaban

con el traje de los días de fiesta, puestas de mantilla para asistir al

entierro; las muchachas disputábanse con tenacidad ser de las cuatro que

habían de llevar al pobre _albaet_ hasta el cementerio.

Andando lentamente por el borde del camino y huyendo del polvo como de

un peligro mortal, llegó una gran visita: don Joaquín y doña Pepa, el

maestro y su «señora». Aquella tarde, con motivo del «infausto

suceso»--palabras de él--, no había escuela. Bien se adivinaba viendo la

turba de muchachos atrevidos y pegajosos que se iban colando en la

barraca, y cansados de contemplar, hurgándose las narices, el cadáver de

su compañero, salían á perseguirse por el camino inmediato ó á saltar

las acequias.

Doña Josefa, con un vestido algo raído de lana y gran mantilla de un

negro ya amarillento, entró solemnemente en la barraca, y después de

algunas frases vistosas pilladas al vuelo á su marido, aposentó su

robusta humanidad en un sillón de cuerda y allí se quedó, muda y como

soñolienta, contemplando el ataúd. La buena mujer, habituada á oir y

admirar á su esposo, no podía seguir una conversación.

El maestro, que lucía su casaquilla verdosa de los días de gran

ceremonia y su corbata de mayor tamaño, tomó asiento fuera, al lado del

padre. Sus manazas de cultivador las llevaba enfundadas en unos guantes

negros que habían encanecido con los años, quedando de color de ala de

mosca, y las movía continuamente, deseoso de atraer la atención sobre

sus prendas de las grandes solemnidades.

Para Batiste sacaba también lo más florido y sonoro de su estilo. Era su

mejor cliente: ni un sábado había dejado de entregar á sus hijos los dos

cuartos para la escuela.

--Este es el mundo, señor Bautista; ¡hay que resignarse! Nunca sabemos

cuáles son los designios de Dios, y muchas veces, del mal saca el bien

para las criaturas.

Interrumpiendo su ristra de lugares comunes, dichos campanudamente, como

si estuviera en la escuela, añadió en voz baja, guiñando maliciosamente

los ojos:

--¿Se ha fijado, señor Bautista, en toda esta gente?... Ayer hablaban

pestes de usted y su familia, y bien sabe Dios que en muchas ocasiones

les he censurado esa maldad. Hoy entran en esta casa con la misma

confianza que en la suya y les abruman bajo tantas muestras de cariño.

La desgracia les hace olvidar, les aproxima á ustedes.

Y tras una pausa, en la que permaneció cabizbajo, dijo golpeándose el

pecho:

--Créame á mí, que los conozco bien: en el fondo son buena gente. Muy

brutos, eso sí, capaces de las mayores barbaridades, pero con un corazón

que se conmueve ante el infortunio y les hace ocultar las garras...

¡Pobre gente! ¿Qué culpa tienen si nacieron para vivir como bestias y

nadie les saca de su condición?

Calló un buen rato, añadiendo luego, con el fervor de un comerciante que

ensalza su mercancía:

--Aquí lo que se necesita es instrucción, mucha instrucción. Templos del

saber que difundan la luz de la ciencia por esta vega, antorchas que...

que... En fin, si vinieran más chicos á mi templo, digo, á mi escuela,

y si los padres, en vez de emborracharse, pagasen puntualmente como

usted, señor Bautista, de otro modo andaría esto. Y no digo más, porque

no me gusta ofender.

De ello corría peligro, pues cerca de su persona andaban muchos padres

de los que le enviaban discípulos sin el lastre de los dos cuartos.

Otros labriegos, que habían mostrado gran hostilidad contra la familia,

no osaban llegar hasta la barraca y permanecían en el camino, formando

corro. Por allí andaba _Pimentó_, que acababa de llegar de la taberna

con cinco músicos, tranquila la conciencia después de haber estado

durante algunas horas junto al mostrador de _Copa_.

Afluía cada vez más gente á la barraca. No había espacio libre dentro de

ella, y las mujeres y los niños sentábanse en los bancos de ladrillos,

bajo el emparrado, ó en los ribazos, esperando el momento del entierro.

Dentro sonaban lamentos, consejos dichos con voz enérgica, un rumor de

lucha. Era Pepeta queriendo separar á Teresa del cadáver de su hijo.

Vamos... había que ser razonable: el _albat_ no podía quedar allí para

siempre; se hacía tarde, y los malos tragos pasarlos pronto.

Y pugnaba con la madre por apartarla del ataúd, por obligarla á que

entrase en el _estudi_ y no presenciase el terrible momento de la

salida, cuando el _albat_, levantado en hombros, alzase el vuelo con las

blancas alas de su mortaja para no volver más.

--_¡Fill meu!... ¡rey de sa mare!_[21]--gemía la pobre Teresa.

[21]--¡Hijo mío!... ¡rey de su madre!

Ya no lo vería más: un beso... otro. Y la cabeza, cada vez más fría y

lívida á pesar del colorete, movíase de un lado á otro de la almohada,

agitando su diadema de flores, entre las manos ansiosas de la madre y de

la hermana, que se disputaban el último beso.

A la salida del pueblo estaba aguardando el señor vicario con el

sacristán y los monaguillos: no era caso de hacerlos esperar. Pepeta se

impacientaba. «¡Adentro, adentro!» Y ayudada por otras mujeres, Teresa y

su hija fueron metidas casi á viva fuerza en el _estudi_, revolviéndose

desgreñadas, rojos los ojos por el llanto, el pecho palpitante á

impulsos de una protesta dolorosa, que ya no gemía, sino aullaba.

Cuatro muchachas con hueca falda, mantilla de seda caída sobre sus ojos

y aire pudoroso y monjil, agarraron las patas de la mesilla, levantando

todo el blanco catafalco. Como el disparo que saluda á la bandera que

se iza, sonó un gemido extraño, prolongado, horripilante, algo que hizo

correr frío por muchas espaldas. Era el perro despidiendo al pobre

_albaet_, lanzando un quejido interminable, con los ojos lacrimosos y

las patas estiradas, cual si quisiera prolongar el cuerpo hasta donde

llegaba su lamento.

Fuera, don Joaquín daba palmadas de atención: «¡A ver!... ¡Que forme

toda la escuela!» La gente del camino se había aproximado á la barraca.

_Pimentó_ capitaneaba á sus amigos los músicos; preparaban éstos sus

instrumentos para saludar al _albaet_ apenas transpusiese la puerta, y

entre el desorden y el griterío con que se iba formando la procesión

gorjeaba el clarinete, hacía escalas el cornetín y el trombón bufaba

como un viejo gordo y asmático.

Emprendieron la marcha los chicuelos, llevando en alto grandes ramos de

albahaca. Don Joaquín sabía hacer bien las cosas. Después, rompiendo el

gentío, aparecieron las cuatro doncellas sosteniendo el blanco y ligero

altar sobre el cual iba el pobre _albaet_, acostado en su ataúd,

moviendo la cabeza con ligero vaivén, como si se despidiese de la

barraca.

Los músicos rompieron á tocar un vals juguetón y alegre, colocándose

detrás del féretro, y después de ellos abalanzáronse por el camino,

formando apretados grupos, todos los curiosos.

La barraca, vomitando lejos de ella su digestión de gentío, quedó muda,

sombría, con ese ambiente lúgubre de los lugares por donde acaba de

pasar la desgracia.

Batiste, solo bajo la parra, sin abandonar su postura de oriental

impasible, mordía su cigarro, siguiendo con los ojos la marcha de la

procesión. Ésta comenzaba á ondular por el camino grande, marcándose el

ataúd y su catafalco como una enorme paloma blanca entre el desfile de

ropas negras y ramos verdes.

¡Bien emprendía el pobre _albaet_ el camino del cielo de los inocentes!

La vega, desperezándose voluptuosa bajo el beso del sol primaveral,

envolvía al muertecito con su aliento oloroso, lo acompañaba hasta la

tumba, cubriéndolo con impalpable mortaja de perfumes. Los viejos

árboles, que germinaban con una savia de resurrección, parecían saludar

al pequeño cadáver agitando bajo la brisa sus ramas cargadas de flores.

Nunca la muerte pasó sobre la tierra con disfraz tan hermoso.

Desmelenadas y rugientes como locas, moviendo con furia sus brazos,

aparecieron en la puerta de la barraca las dos infelices mujeres. Sus

voces prolongábanse como un gemido interminable en la tranquila

atmósfera de la vega, impregnada de dulce luz.

--_¡Fill meu!... ¡Anima mehua!_[22]--gemían la pobre Teresa y su hija.

[22]--¡Hijo mío!... ¡Alma mía!

--_¡Adiós, Pascualet!... ¡adiós!_--gritaban los pequeños sorbiéndose las

lágrimas.

--_¡Auuu! ¡auuu!_--aullaba el perro, tendiendo el hocico con un quejido

interminable que crispaba los nervios y parecía agitar la vega bajo un

escalofrío fúnebre.

Y de lejos, por entre el ramaje, arrastrándose sobre las verdes olas de

los campos, contestaban los ecos del vals que iba acompañando al pobre

_albaet_ hacia la eternidad, balanceándose en su barquilla blanca

galoneada de oro. Las escalas enrevesadas del cornetín, sus cabriolas

diabólicas, parecían una carcajada metálica de la muerte, que con el

niño en sus brazos se alejaba á través de los esplendores de la vega.

A la caída de la tarde fueron regresando los del cortejo.

Los pequeños, faltos de sueño por las agitaciones de la noche anterior,

en que les había visitado la muerte, dormían sobre las sillas. Teresa y

su hija, rendidas por el llanto, agotada la energía después de tantas

noches de insomnio, habían acabado por quedar inertes, cayendo sobre

aquella cama que aún conservaba la huella del pobre niño. Batistet

roncaba en la cuadra, cerca del caballo enfermo.

El padre, siempre silencioso é impasible, recibía las visitas,

estrechaba manos, agradecía con movimientos de cabeza los ofrecimientos

y las frases de consuelo.

Al cerrar la noche no quedaba nadie. La barraca estaba obscura,

silenciosa. Por la puerta abierta y lóbrega llegaba como un lejano

susurro la respiración cansada de la familia, todos caídos, como

muertos de la batalla con el dolor.

Batiste, siempre inmóvil, miraba como un idiota las estrellas que

parpadeaban en el azul obscuro de la noche.

La soledad le reanimó. Empezaba á darse cuenta exacta de su situación.

La vega tenía el aspecto de siempre, pero á él le parecía más hermosa,

más «tranquilizadora», como un rostro ceñudo que se desarruga y sonríe.

Las gentes, cuyos gritos sonaban á lo lejos, en las puertas de las

barracas, ya no le odiaban, ya no perseguirían á los suyos. Habían

estado bajo su techo, borrando con sus pasos la maldición que pesaba

sobre las tierras del tío _Barret_. Iba á empezar una nueva vida. ¡Pero

á qué precio!...

Y al tener de repente la visión clara de su desgracia, al pensar en el

pobre Pascualet, que á tales horas estaba aplastado por una masa de

tierra húmeda y hedionda, rozando su blanca envoltura con la corrupción

de otros cuerpos, acechado por el gusano inmundo, él, tan hermoso, con

aquella piel fina por la que resbalaba su callosa mano, con sus pelos

rubios que tantas veces había acariciado, sintió como una oleada de

plomo que subía y subía desde el estómago á su garganta.

Los grillos que cantaban en el vecino ribazo callaron, espantados por un

extraño hipo que rasgó el silencio y sonó en la obscuridad gran parte de

la noche, como el estertor de una bestia herida.

IX

Había llegado San Juan, la mejor época del año: el tiempo de la

recolección y la abundancia.

El espacio vibraba de luz y de calor. Un sol africano lanzaba torrentes

de oro sobre la tierra, resquebrajándola con sus ardorosas caricias. Sus

flechas de oro deslizábanse entre el follaje, toldo de verdura bajo el

cual cobijaba la vega sus rumorosas acequias y sus húmedos surcos, como

temerosa del calor que hacía germinar la vida por todas partes.

Los árboles mostraban sus ramas cargadas de frutos. Doblegábanse los

nispereros con el peso de los amarillos racimos cubiertos de barnizadas

hojas; asomaban los albaricoques entre el follaje como rosadas mejillas

de niño; registraban los muchachos con impaciencia las corpulentas

higueras, buscando codiciosos las brevas primerizas, y en los jardines,

por encima de las tapias, exhalaban los jazmines su fragancia azucarada,

y las magnolias, como incensarios de marfil, esparcían su perfume en el

ambiente ardoroso impregnado de olor de mies.

Las hoces relampagueantes iban tonsurando los campos, echando abajo las

rubias cabelleras de trigo, las gruesas espigas, que, apopléticas de

vida, buscaban el suelo, doblando tras ellas las delgadas cañas.

En las eras amontonábase la paja formando colillas de oro que reflejaban

la luz del sol; aventábase el trigo entre remolinos de polvo, y en los

campos desmochados, á lo largo de los rastrojos, saltaban los gorriones

buscando los granos perdidos.

Todo era alegría y trabajo gozoso. Chirriaban carretas en los caminos;

bandas de muchachos correteaban por los campos ó daban cabriolas en las

eras, pensando en las tortas de trigo nuevo, en la vida de abundancia y

satisfacción que empezaba en las barracas al llenarse el granero; y

hasta los viejos rocines mostraban los ojos alegres, marchando con

mayor desembarazo, como fortalecidos por el olor de los montes de paja

que, lentamente, como un río de oro, iban á deslizarse por sus pesebres

en el curso del año.

El dinero, cautivo en los _estudis_ durante el invierno, oculto en el

arca ó en el fondo de una media, comenzaba á circular por la vega. A la

caída de la tarde llenábanse las tabernas de hombres enrojecidos y

barnizados por el sol, con la recia camisa sudosa, que hablaban de la

cosecha y de la paga de San Juan, el semestre que había que entregar á

los amos de la tierra.

También la abundancia había hecho renacer la alegría en la barraca de

Batiste. La cosecha hacía olvidar al _albaet_. Únicamente la madre

delataba con repentinas lágrimas y algún profundo suspiro el fugaz

recuerdo del pequeño.

El trigo, los sacos repletos que Batiste y su hijo subían al granero y

al caer de sus espaldas hacían temblar el piso, conmoviendo toda la

barraca, era lo que interesaba á la familia.

Comenzaba para todos ellos la buena época. Tan extremada como había sido

hasta poco antes la desgracia, era ahora la fortuna. Deslizábanse los

días en santa calma, trabajando mucho, pero sin que un leve contratiempo

viniera á turbar la monotonía de una existencia laboriosa.

Algo se había enfriado el afecto que mostraron todos los vecinos al

enterrar al pequeño. Según se amortiguaba el recuerdo de aquella

desgracia, la gente parecía arrepentirse de su impulso de ternura, y se

acordaba otra vez de la catástrofe del tío _Barret_ y la llegada de los

intrusos.

Pero la paz ajustada espontáneamente ante el blanco ataúd del pequeño no

llegaba á turbarse. Algo fríos y recelosos, eso sí, pero todos cambiaban

su saludo con la familia. Los hijos podían ir por la vega sin ser

hostilizados, y hasta _Pimentó_, cuando encontraba á Batiste, movía la

cabeza amistosamente, rumiando algo que era como contestación á su

saludo.... En fin, que si no los querían les dejaban tranquilos, que era

todo lo que podían desear.

En el interior de la barraca, ¡qué abundancia! ¡qué paz!... Batiste se

mostraba admirado de su cosecha. Las tierras, descansadas, vírgenes de

cultivo en mucho tiempo, parecían haber soltado de una vez toda la vida

acumulada en sus entrañas durante diez años de reposo. El grano era

grueso y abundante, y según las noticias que circulaban por la vega, iba

á alcanzar buen precio. Había algo mejor--y esto lo pensaba Batiste

sonriendo--: él no debía partir el producto satisfaciendo arrendamiento

alguno, pues tenía franquicia por dos años. Bien había pagado esta

ventaja con largos meses de alarma y de coraje y con la muerte del pobre

Pascualet.

La prosperidad de la familia parecía reflejarse en la barraca, limpia y

brillante como nunca. Vista de lejos, destacábase de las viviendas

vecinas, como revelando que había en ella más prosperidad. Nadie hubiera

reconocido la trágica barraca del tío _Barret_. Los ladrillos rojos del

pavimento frente á la puerta brillaban bruñidos por las diarias

frotaciones; los macizos de albahacas y dompedros y las enredaderas

formaban pabellones floridos, por encima de los cuales recortábase

sobre el cielo el frontón triangular y agudo de la barraca, de

inmaculada blancura. En su interior notábase inmediatamente el revoloteo

de las planchadas cortinas cubriendo las puertas de los _estudis_, los

vasares con pilas de platos y con fuentes cóncavas apoyadas en la pared,

exhibiendo pajarracos fantásticos y flores como tomates pintadas en su

fondo, y sobre la cantarera, semejante á un altar de azulejos,

mostrábanse, como divinidades contra la sed, los panzudos y charolados

cántaros, y los jarros de loza y de cristal verdoso pendientes en fila

de los clavos.

Los muebles viejos y maltrechos, recuerdo perenne de las antiguas

peregrinaciones huyendo de la miseria, comenzaban á desaparecer, dejando

sitio libre á otros que la hacendosa Teresa adquiría en sus viajes á la

ciudad. El dinero producto de la recolección invertíase en reparar las

brechas abiertas en el ajuar de la barraca por los meses de espera.

Algunas veces sonreía la familia recordando las amenazadoras palabras de

_Pimentó_. Aquel trigo que, según el valentón, nadie llegaría á segar,

empezaba á embellecer á la familia. Roseta tenía dos faldas más y

Batistet y los pequeños se pavoneaban los domingos vestidos de nuevo de

cabeza á pies.

Atravesando la vega en las horas de más sol, cuando ardía la atmósfera y

moscas y abejorros zumbaban pesadamente, sentíase una impresión de

bienestar ante esta barraca limpia y fresca. El corral delataba, á

través de sus bardas de barro y estacas, la vida contenida en él.

Cloqueaban las gallinas, cantaba el gallo, saltaban los conejos por las

sinuosidades de un gran montón de leña tierna, y vigilados por los dos

hijos pequeños de Teresa, flotaban los ánades en la vecina acequia y

correteaban las manadas de polluelos por los rastrojos, piando

incesantemente, moviendo sus cuerpecillos sonrosados, cubiertos apenas

de fino plumón.

Todo esto sin contar que Teresa, más de una vez, se encerraba en su

_estudi_, y abriendo un cajón de la cómoda, desliaba pañuelos sobre

pañuelos para extasiarse ante un montoncillo de monedas de plata, el

primer dinero que su marido había hecho sudar á las tierras. Todo exige

un principio, y si los tiempos eran buenos, á este dinero se uniría otro

y otro, y ¡quién sabe si al llegar los chicos á la edad de las quintas

podría librarlos con sus ahorros de ir á servir al rey como soldados!

La reconcentrada y silenciosa alegría de la madre notábase también en

Batiste. Había que verle un domingo por la tarde, fumando una tagarnina

de á cuarto en honor á la festividad, paseando ante la barraca y mirando

sus campos amorosamente. Dos días antes había plantado en ellos maíz y

judías, como muchos de sus vecinos, pues á la tierra no hay que dejarla

descansar.

Apenas si podía él llevar adelante los dos campos que había roturado y

cultivado. Pero, lo mismo que el difunto tío _Barret_, sentía la

embriaguez de la tierra; cada vez deseaba abarcar más con su trabajo, y

aunque era algo pasada la sazón, pensaba remover al día siguiente la

parte de terreno que permanecía inculta á espaldas de la barraca, para

plantar en ella melones, cosecha inmejorable, á la que su mujer sacaría

muy buen producto llevándolos, como otras, al Mercado de Valencia.

Había que dar gracias á Dios, que le permitía al fin vivir tranquilo en

aquel paraíso. ¡Qué tierras las de la vega!... Por algo, según las

historias, lloraban los moros al ser arrojados de allí.

La siega había limpiado el paisaje, echando abajo las masas de trigo

matizadas de amapolas que cerraban la vista por todos lados como

murallas de oro. Ahora la vega parecía mucho más grande, infinita, y

extendía hasta perderse de vista los grandes cuadros de tierra roja,

cortados por sendas y acequias.

En todas las casas se observaba rigurosamente la fiesta del domingo, y

como había cosecha reciente y no poco dinero, nadie pensaba en

contravenir el precepto. No se veía un solo hombre trabajando en los

campos, ni una caballería en los caminos. Pasaban las viejas por las

sendas con la reluciente mantilla sobre los ojos y una silleta en un

brazo, como si tirase de ellas la campana que volteaba lejos, muy lejos,

sobre los tejados del pueblo. En una encrucijada chillaba

persiguiéndose un grupo numeroso de niños; sobre el verde de los ribazos

destacábanse los pantalones rojos de algunos soldaditos que aprovechaban

la fiesta para pasar una hora en sus casas. Sonaban á lo lejos, como una

tela que se rasga, los escopetazos contra las bandas de golondrinas que

volaban á un lado y á otro en contradanza caprichosa, silbando

agudamente, como si rayasen con sus alas el cristal azul del cielo;

zumbaban sobre las acequias las nubes de mosquitos casi invisibles, y en

una alquería verde, bajo el añoso emparrado, agitábanse como una

amalgama de colores faldas floreadas, pañuelos vistosos. La dormilona

cadencia de las guitarras parecía arrullar á un cornetín chillón que iba

lanzando á todos los extremos de la vega, dormida bajo el sol, los

morunos sones de la jota valenciana.

Este tranquilo paisaje era la idealización de una Arcadia laboriosa y

feliz. Allí no podía existir gente mala. Batiste desperezábase con

voluptuosidad, dominado por el bienestar tranquilo de que parecía

impregnado el ambiente. Roseta, con los chicos, se había ido al baile

de la alquería; su mujer dormitaba bajo el sombrajo, y él se paseaba

desde su vivienda al camino, por el pedazo de tierra inculta que daba

entrada al carro.

De pie en el puentecito, iba contestando á los saludos de los vecinos,

que pasaban riendo como si fuesen á presenciar un espectáculo

graciosísimo.

Se dirigían todos á casa de _Copa_, para ver de cerca la famosa «porfía»

de _Pimentó_ con los hermanos _Terreròla_, dos malas cabezas lo mismo

que el marido de Pepeta, que habían jurado igualmente odio al trabajo y

pasaban el día entero en la taberna. Surgían entre ellos numerosas

rivalidades y apuestas, especialmente en esta época, que era cuando

aumentaba la concurrencia del establecimiento. Los tres valentones

pujaban en brutalidad, ansioso cada uno de alcanzar renombre sobre los

otros.

Batiste había oído hablar de esta apuesta que hacía ir las gentes á la

famosa taberna como en jubileo.

Se trataba de permanecer sentados jugando al truque, y sin beber más

líquido que aguardiente, hasta ver quién era el último que caía.

Empezaron el viernes al anochecer, y aún estaban los tres en sus

silletas de cuerda el domingo por la tarde, jugando la centésima partida

de truque, con el jarro de aguardiente sobre la mesilla de cinc, dejando

sólo las cartas para tragarse las sabrosas morcillas que daban gran fama

al tabernero _Copa_ por lo bien que sabía conservarlas en aceite.

La noticia, esparciéndose por la vega, hacía venir como en procesión á

todas las gentes de una legua á la redonda. Los tres guapos no quedaban

solos un momento. Tenían sus apasionados, que se encargaban de ocupar el

cuarto sitio en la partida, y al llegar la noche, cuando la masa de

espectadores se retiraba á sus barracas, quedábanse allí viendo cómo

jugaban á la luz de un candil colgado de un chopo, pues _Copa_ era

hombre de malas pulgas, incapaz de aguantar la pesada monotonía de esta

apuesta, y así que llegaba la hora de dormir cerraba su puerta, dejando

en la plazoleta á los jugadores después de renovar su provisión de

aguardiente.

Muchos fingían indignación ante la brutalidad de esta «porfía», pero en

el fondo de su ánimo escarabeajaba cierto orgullo por el hecho de ser

tales hombres sus vecinos. ¡Vaya unos mozos de hierro que cría la

huerta! El aguardiente pasaba por sus cuerpos como si fuese agua.

Todo el contorno parecía tener la vista fija en la taberna,

esparciéndose con celeridad prodigiosa las noticias sobre el curso de la

apuesta. Ya se habían bebido dos cántaros, y como si nada.... Ya iban

tres... y tan firmes. _Copa_ llevaba la cuenta de lo bebido. Y la

gente, según su predilección, apostaba por alguno de los tres

contendientes.

Esta lucha, que durante dos días apasionaba á toda la vega y no parecía

aún próxima á su fin, había llegado á oídos de Batiste. Él, hombre

sobrio, incapaz de beber alcohol sin sentir náuseas y dolores de cabeza,

no podía ocultar un asombro muy cercano á la admiración ante estos

brutos, que, según sus suposiciones, debían tener el estómago forrado de

hoja de lata.

La Barraca · 第 10 / 13 段