La madre lanzaba gemidos desesperados, aullidos de fiera enfurecida. Su

hija, llorando silenciosamente, tenía necesidad de contenerla, de

sujetarla, para que no se arrojase sobre el pequeño ó se estrellara la

cabeza contra la pared. Fuera lloriqueaban los pequeños sin atreverse á

entrar, como si les infundieran terror los lamentos de su madre; y junto

á la cama estaba Batiste, absorto, apretando los puños, mordiéndose los

labios, con la vista fija en aquel cuerpecito, al que tantas angustias y

estremecimientos costaba soltar la vida. La falsa calma del hombretón,

sus ojos secos agitados por nervioso parpadeo, la frente inclinada sobre

su hijo, ofrecían una expresión aún más dolorosa que los lamentos de la

madre.

De pronto se fijó en que Batistet estaba junto á él. Le había seguido,

alarmado por los gritos de su madre. Batiste se enfadó al saber que

dejaba abandonado el caballo en medio del campo, y el muchacho,

enjugándose las lágrimas, salió corriendo para traer la bestia al

establo.

Al poco rato nuevos gritos sacaron á Batiste de su doloroso estupor.

--_¡Pare!... ¡pare!_

Era Batistet llamándole desde la puerta de la barraca. El padre,

presintiendo una nueva desgracia, corrió tras él, sin comprender sus

atropelladas palabras. «El caballo... el pobre _Blanco_... estaba en

el suelo... sangre...»

Y á los pocos pasos lo vió caído sobre sus ancas, enganchado aún al

arado, pero intentando en vano levantarse, tendiendo su cuello,

relinchando dolorosamente, mientras de su costado, junto á una pata

delantera, manaba lentamente un líquido negruzco, del que se iban

empapando los surcos recién abiertos.

Se lo habían herido; tal vez iba á morir. ¡Recristo! Un animal tan

necesario para él como la propia vida y que le había costado empeñarse

con el amo....

Miró en torno, buscando al criminal. Nadie. En la vega, que azuleaba

bajo el crepúsculo, no se oía mas que un ruido lejano de carros, el

susurro de los cañares y los gritos con que se llamaban de una barraca á

otra. En los caminos inmediatos, en las sendas, ni una persona.

Batistet intentó disculparse ante su padre de este descuido. Cuando

corría hacia la barraca, asustado por los gritos de su madre, había

visto venir por el camino un grupo de hombres, gente alegre que reía y

cantaba, regresando sin duda de la taberna. Tal vez eran ellos.

El padre no quiso oir más... _¡Pimentó!_ ¿quién otro podía ser? El

odio de la huerta le asesinaba un hijo, y ahora aquel ladrón le mataba

su caballería, adivinando lo necesaria que era para su existencia.

¡Cristo! ¿No había ya bastante para que un cristiano se perdiese?...

Y no razonó más. Sin saber lo que hacía, regresó á la barraca, cogió su

escopeta detrás de la puerta, y salió corriendo, mientras

instintivamente abría la recámara de su arma para ver si los dos cañones

estaban cargados.

Batistet se quedó junto al caballo, intentando restañarle la sangre con

su pañuelo de la cabeza.

Sintió miedo viendo á su padre correr por el camino con la escopeta

preparada, ansioso de dar desahogo á su furor matando.

Era terrible el aspecto de aquel hombretón siempre tranquilo y

cachazudo. Despertaba la fiera en él, cansado de que lo hostigasen un

día y otro día. En sus ojos inyectados de sangre brillaba la fiebre del

asesinato; todo su cuerpo se estremecía de cólera, esa terrible cólera

del pacífico, que cuando rebasa el límite de la mansedumbre es para

caer en la ferocidad.

Como un jabalí furioso se entró por los campos, pisoteando las plantas,

saltando las arterias regadoras, tronchando cañares. Si abandonó el

camino, fué por llegar antes á la barraca de _Pimentó_.

Alguien estaba en la puerta. La ceguera de la cólera y la penumbra

crepuscular no le permitieron distinguir si era hombre ó mujer, pero vio

cómo de un salto se metía dentro y cerraba la puerta de golpe, asustado

por aquella aparición próxima á echarse la escopeta á la cara.

Batiste se detuvo ante la barraca cerrada.

--_¡Pimentó!... ¡Lladre! ¡asómat!_[18].

[18]--_¡Pimentó!_... ¡Ladrón! ¡asómate!

Y su propia voz le causaba extrañeza, como si fuera de otro. Era una voz

trémula y aflautada por la sofocación de la cólera.

Nadie contestó. La puerta seguía cerrada: cerradas las ventanas y las

tres aspilleras del remate de la fachada que daban luz al piso alto, á

la _cambra_, donde eran guardadas las cosechas.

El bandido le estaría mirando tal vez por algún agujero; tal vez

preparaba su escopeta para dispararla traidoramente desde uno de los

ventanillos altos; ó instintivamente, con esa previsión moruna atenta á

suponer en el enemigo toda clase de malas artes, resguardó su cuerpo con

el tronco de una higuera gigantesca que sombreaba la barraca de

_Pimentó_.

El nombre de éste sonaba sin cesar en el silencio del crepúsculo,

acompañado de toda clase de insultos.

--_¡Baixa, cobarde! ¡Asómat, morral!_[19].

[19]--¡Baja, cobarde! ¡Asómate, morral!

Y la barraca permanecía silenciosa y cerrada, como si la hubiesen

abandonado.

Creyó Batiste oir gritos ahogados de mujer, choque de muebles, algo que

le hizo adivinar una lucha de la pobre Pepeta deteniendo á _Pimentó_, el

cual quería salir para dar respuesta á sus insultos. Después no oyó

nada, y sus improperios siguieron sonando en un silencio desesperante.

Esto le enfurecía más aún que si el enemigo se hubiera presentado.

Parecíale que la muda barraca se burlaba da él; y abandonando su

escondrijo, se arrojó contra la puerta, golpeándola á culatazos.

Las maderas se estremecieron con este martilleo loco. Quería saciar su

rabia en la vivienda, ya que no podía hacer añicos al dueño, y tan

pronto aporreaba la puerta como daba de culatazos á las paredes,

arrancando enormes yesones. Hasta se echó varias veces la escopeta á la

cara, queriendo disparar los dos tiros contra las ventanillas de la

_cambra_, deteniéndole únicamente el miedo á quedar desarmado.

Su cólera iba en aumento: rugía los insultos; sus ojos inyectados ya no

podían ver; se tambaleaba como si estuviera ebrio. Iba á caer al suelo,

apoplético, agonizante de cólera, asfixiado por la rabia; pero se salvó,

pues de repente, las nubes rojas que la envolvían se rasgaron, al furor

sucedió la debilidad, y viendo toda su desgracia, se sintió anonadado.

Su cólera, quebrantada al fin por tan horrible tensión, empezó á

desvanecerse, y Batiste, repitiendo su rosario de insultos, sintió de

pronto que su voz se ahogaba hasta convertirse en un gemido. Al fin

rompió á llorar.

Ya no injurió más al matón. Fué poco á poco retrocediendo hasta llegar

al camino y se sentó en un ribazo con la escopeta á sus pies. Allí lloró

y lloró, sintiendo con esto un gran alivio, acariciado por las sombras

de la noche, que parecían tomar parte en su pena, pues cada vez se

hacían más densas, ocultando su llanto infantil.

¡Cuan desgraciado era! ¡Solo contra todos!... Al pequeñín lo encontraría

muerto al volver á su barraca; el caballo, que era su vida, inutilizado

por aquellos traidores; el mal llegando á él de todas partes, surgiendo

de los caminos, de las casas, de los cañares, aprovechando todas las

ocasiones para herir á los suyos; y él, inerme, sin poder defenderse de

aquel enemigo que se desvanecía apenas intentaba revolverse contra él,

cansado de sufrir.

¡Gran Dios! ¿qué había hecho él para padecer tanto? ¿No era un hombre

bueno?...

Sintióse cada vez más anonadado por el dolor. Allí se quedaría clavado

en el ribazo; podían venir sus enemigos: no tenía fuerzas para coger la

escopeta caída á sus pies.

Resonó en el camino un lento campanilleo, poblando la obscuridad de

misteriosas vibraciones. Batiste pensó en su pequeño, en el pobre

_Obispo_, que ya habría muerto. Tal vez este sonido tan dulce era de los

ángeles que habían bajado para llevárselo, y revoloteaban por la huerta

no encontrando su pobre barraca. ¡Ay, si no quedasen los otros... los

que necesitaban sus brazos para vivir!... El pobre hombre ansiaba su

anonadamiento. Pensó en la felicidad de dejar allí mismo, junto á un

ribazo, aquel corpachón cuyo sostenimiento tanto le costaba, y agarrado

á la almita de su hijo, de aquel inocente, volar, volar como los

bienaventurados que él había visto conducidos por ángeles en los cuadros

de las iglesias.

El melancólico campanilleo sonaba ahora junto á él, y empezaron á pasar

por el camino bultos informes que su vista turbia por las lágrimas no

acertaba á definir. Sintió que le tocaban con la punta de un palo; y

levantando la cabeza, vio una escueta figura, una especie de espectro

que se inclinaba hacia él.

Reconoció al tío _Tomba_: el único de la huerta á quien no debía ningún

pesar.

El pastor, tenido por brujo, poseía la adivinación asombrosa de los

ciegos. Apenas reconoció á Batiste pareció comprender toda su desgracia.

Tentó con el palo la escopeta que estaba á sus pies, y volvió la cabeza,

como si buscase en la obscuridad la barraca de _Pimentó_.

Hablaba con lentitud, con una tristeza reposada, como hombre

acostumbrado á las miserias de un mundo del que pronto había de salir.

Adivinó el llanto de Batiste.

--_¡Fill meu!... ¡fill meu!_...

Todo lo que ocurría ahora lo esperaba él ¡hijo mío! Ya se lo había dicho

el primer día que le encontró instalado en las tierras malditas: «¡Le

traerían desgracia!...»

Acababa de pasar frente á su barraca y había visto luces por la puerta

abierta... Luego había oído gritos de desesperación; el perro

aullaba.... El pequeño había muerto, ¿verdad? Y el padre allí, creyendo

estar sentado en un ribazo, cuando en realidad donde estaba era con un

pie en el presidio. Así se pierden los hombres y se disuelven las

familias. Acabaría matando tontamente como el pobre _Barret_, y muriendo

como él, en perpetuo encierro. Era algo fatal: aquellas tierras habían

sido maldecidas por los pobres, y no podían dar mas que frutos de

maldición.

Y mascullando sus terribles profecías, el pastor se alejó detrás de sus

ovejas, camino del pueblo, mientras aconsejaba al pobre Batiste que se

marchase también, pero lejos, muy lejos, donde no tuviera que ganar el

pan luchando contra el odio de tantas miserias coligadas.

Invisible ya, hundido en las sombras, Batiste escuchó todavía su voz

lenta y triste:

--_Creume, fill meu: ¡te portarán desgrasia!_

VIII

Batiste y su familia no se dieron cuenta de cómo se inició el suceso

inaudito, inesperado; quién fué el primero que se decidió á pasar el

puentecillo que unía el camino con los odiados campos.

No estaban en la barraca para fijarse en tales pormenores. Agobiados por

el dolor, vieron que la huerta venía repentinamente hacia ellos; y no

protestaron, porque la desgracia necesita consuelo, pero tampoco

agradecieron el inesperado movimiento de aproximación.

La muerte del pequeño se había transmitido rápidamente por todo el

contorno, gracias á la extraña velocidad con que circulan en la huerta

las noticias, saltando de barraca en barraca en alas del chismorreo, el

más rápido de los telégrafos.

Aquella noche, muchos durmieron mal. Parecía que el pequeñín, al irse

del mundo, hubiese dejado clavada una espina en la conciencia de los

vecinos. Más de una mujer revolvióse en la cama, turbando con su

inquietud el sueño de su marido, que protestaba indignado. «¡Pero

maldita! ¿no pensaba en dormir?...» «No; no podía: aquel niño turbaba su

sueño. ¡Pobrecito! ¿Qué le contaría al Señor cuando entrase en el

cielo?...»

A todos alcanzaba algo de responsabilidad en esta muerte; pero cada uno,

con hipócrita egoísmo, atribuía al vecino la principal culpa de la

enconada persecución, cuyas consecuencias habían caído sobre el pequeño;

cada comadre inventaba una responsabilidad para la que tenía por

enemiga. Y al fin, dormíanse con el propósito de deshacer al día

siguiente todo el mal causado, de ir por la mañana á ofrecerse á la

familia, á llorar sobre el pobre niño; y entre las nieblas del sueño

creían ver á Pascualet, blanco y luminoso como un ángel, mirando con

ojos de reproche á los que tan duros habían sido con él y su familia.

Todos los vecinos se levantaron rumiando mentalmente la forma de

acercarse á la barraca de Batiste y entrar en ella. Era un examen de

conciencia, una explosión de arrepentimiento que afluía á la pobre

vivienda de todos los extremos de la vega.

Cuando apenas acababa de amanecer, ya se colaron en la barraca dos

viejas, que vivían en una alquería vecina. La familia, consternada,

apenas si mostró extrañeza por la presentación de estas dos mujeres en

aquella casa donde nadie había entrado durante seis meses. Querían ver

el niño, el pobre _albaet_; y entrando en el _estudi_, le contemplaron

todavía en la cama, el embozo de la sábana hasta el cuello, marcando

apenas el bulto de su cuerpo bajo la cubierta, con la cabeza rubia

inerte sobre el almohadón. La madre no sabía mas que llorar, metida en

un ángulo del cuarto, encogida, apelotonada, pequeña como una niña, como

si se esforzase por anularse y desaparecer.

Después de estas mujeres entraron otras y otras. Era un rosario de

comadres llorosas que iban llegando de todos los lados de la huerta, y

rodeaban la cama, besaban el pequeño cadáver y parecían apoderarse de

él como si fuera cosa suya, dejando á un lado á Teresa y su hija. Éstas,

rendidas por el insomnio y el llanto, parecían idiotas, descansando

sobre el pecho la cara enrojecida y escaldada por las lágrimas.

Batiste, sentado en una silleta de esparto en medio de la barraca,

miraba con expresión estúpida el desfile de estas gentes que tanto lo

habían maltratado. No las odiaba, pero tampoco sentía gratitud. De la

crisis de la víspera había salido anonadado, y miraba todo esto con

indiferencia, como si la barraca no le perteneciese ni el pobrecito que

estaba en la cama fuese su hijo.

Únicamente el perro, enroscado á sus pies, parecía conservar recuerdos y

sentir odio. Hociqueaba con hostilidad toda la procesión de faldas

entrante y saliente, y gruñía como si deseara morder, conteniéndose por

no dar un disgusto á sus amos.

La gente menuda participaba del enfurruñamiento del perro. Batistet

ponía mal gesto á todas aquellas «tías» que tantas veces se burlaron de

él cuando pasaba ante sus barracas, y acabó por refugiarse en la

cuadra, para no perder de vista al pobre caballo y continuar curándole

con arreglo á las instrucciones del veterinario, llamado en la noche

anterior. Mucho quería á su hermanito; pero la muerte no tiene remedio,

y lo que ahora le preocupaba á él era que el caballo no quedase cojo.

Los dos pequeños, satisfechos en el fondo de una desgracia que atraía

sobre la barraca la atención de toda la vega, guardaban la puerta,

cerrando el paso á los chicos que, como bandadas de gorriones, llegaban

por caminos y sendas con la malsana y excitada curiosidad de ver al

muertecito. Ahora llegaba la suya: ahora eran los amos. Y con el valor

del que está en su casa, amenazaban y despedían á unos, dejaban entrar á

otros, concediéndoles su protección según les habían tratado en las

sangrientas y accidentadas peregrinaciones por el camino de la

escuela.... ¡Pillos! Hasta los había que se empeñaban en entrar después

de haber sido de la riña en la que el pobre Pascualet cayó en la

acequia, pillando su enfermedad mortal.

La aparición de una mujercilla débil y pálida pareció animar con una

ráfaga de penosos recuerdos á toda la familia. Era Pepeta, la mujer de

_Pimentó_. ¡Hasta esta venía!...

Hubo en Batiste y su mujer un intento de rebelión; pero su voluntad no

tenía fuerzas... ¿Para qué? Bien venida, y si entraba para gozarse en

su desgracia, podía reir cuanto quisiera. Allí estaban ellos inertes,

aplastados por el dolor. Dios, que lo ve todo, ya daría á cada cual lo

suyo.

Pero Pepeta se fué rectamente á la cama, apartando á las otras mujeres.

Llevaba en los brazos un enorme haz de flores y hojas, que esparció

sobre el lecho. Los primeros perfumes de la naciente primavera se

extendieron por el cuarto, que olía á medicinas, y cuyo ambiente

pesadísimo parecía cargado de insomnio y suspiros.

Pepeta, la pobre bestia de trabajo, muerta para la maternidad y casada

sin la esperanza de ser madre, perdió su calma á la vista de aquella

cabecita de marfil orlada por la revuelta cabellera como un nimbo de

oro.

--_¡Fill meu!... ¡Pobret meu!_...[20]

[20]--¡Hijo mío!... ¡Pobrecito mío!...

Y lloró con toda su alma, inclinándose sobre el muertecito, rozando

apenas con sus labios la frente pálida y fría, como si temiese

despertarle.

Al oir sus sollozos, Batiste y su mujer levantaron la cabeza como

asombrados. Ya sabían que era una buena mujer; el marido era el malo. Y

la gratitud paternal brillaba en sus miradas.

Batiste hasta se estremeció viendo cómo la pobre Pepeta abrazaba á

Teresa y su hija, confundiendo sus lágrimas con las de éstas. No; allí

no había doblez: era una víctima; por eso sabía comprender la desgracia

de ellos, que eran víctimas también.

La mujercita se enjugó las lágrimas. Reapareció en ella la hembra

animosa y fuerte, acostumbrada á un trabajo brutal para mantener su

casa. Miró asombrada en torno. Aquello no podía quedar así; ¡el niño en

la cama y todo desarreglado! Había que acicalar al _albat_ para su

último viaje, vestirle de blanco, puro y resplandeciente como el alba,

de la que llevaba el nombre.

Y con un instinto de ser superior nacido para el mando y que sabe

imponer la obediencia, comenzó á dar órdenes á todas las mujeres, que

rivalizaban por servir á la familia antes odiada.

Ella iría á la ciudad con dos compañeras, para comprar la mortaja y el

ataúd; otras fueron al pueblo ó se esparcieron por las barracas

inmediatas, buscando los objetos encargados por Pepeta.

Hasta el odioso _Pimentó_, que permanecía invisible, tuvo que trabajar

en tales preparativos. Su mujer, al encontrarle en el camino, le ordenó

que buscase músicos para la tarde. Eran, como él, vagos y borrachines;

seguramente los encontraría en casa de _Copa_. Y el matón, que aquel día

se mostraba pensativo, oyó á su mujer sin réplica alguna y sufrió el

tono imperioso con que le hablaba, mirando al mismo tiempo el suelo,

como avergonzado.

Desde la noche anterior se sentía otro. Aquel hombre que le había

desafiado, insultándole impunemente mientras le tenía metido en su

barraca como una gallina; su mujer que por primera vez le imponía su

voluntad, quitándole la escopeta; su falta de valor para colocarse

frente á la víctima cargada de razón: todo eran motivos para que se

sintiese confuso y atolondrado.

Ya no era el _Pimentó_ de otros tiempos; empezaba á conocerse. Hasta

llegó á sospechar si todo lo que llevaba hecho contra Batiste y su

familia era un crimen. Hubo un momento en que llegó á despreciarse.

¡Vaya una hazaña de hombre la suya!... Todas las perrerías de él y los

demás vecinos sólo habían servido para quitar la vida á un pobre

chicuelo. Y siguiendo su costumbre en los días negros, cuando alguna

inquietud fruncía su entrecejo, se fué á la taberna, buscando los

consuelos que guardaba _Copa_ en su famosa bota del rincón.

A las diez de la mañana, cuando Pepeta con sus dos compañeras regresó de

Valencia, estaba la barraca llena de gente.

Algunos hombres de los más cachazudos, «hombres de su casa», que apenas

habían tomado parte en la cruzada contra los forasteros, formaban corro

con Batiste en la puerta de la barraca: unos en cuclillas, á lo moro,

otros sentados en silletas de esparto, fumando y hablando lentamente del

tiempo y las cosechas.

Dentro, mujeres y más mujeres estrujándose en torno á la cama, abrumando

á la madre con su charla, hablando algunas de los hijos que babían

perdido, instaladas otras en los rincones como en su propia casa,

repitiendo todas las murmuraciones de la vecindad. Aquel día era

extraordinario; no importaba que sus barracas estuviesen sucias y la

comida por hacer: había excusa; y las criaturas, agarradas á sus faldas,

lloraban y aturdían con sus gritos, queriendo unas volver á casa,

pidiendo otras que les enseñasen el _albaet_.

Algunas viejas se habían apoderado de la alacena, y á cada momento

preparaban grandes vasos de agua con vino y azúcar, ofreciéndolos á

Teresa y á su hija para que llorasen con más «desahogo». Y cuando las

pobres, hinchadas ya por esta inundación azucarada, se negaban á beber,

las oficiosas comadres iban por turno echándose al gaznate los

refrescos, pues también necesitaban que les pasase el disgusto.

Pepeta comenzó á dar gritos queriendo imponer su autoridad en esta

confusión. «¡Gente afuera! En vez de estar molestando, lo que debían

hacer era llevarse á las dos pobres mujeres, extenuadas por el dolor,

idiotas por tanto ruido.»

Teresa se resistió á abandonar á su hijo aunque sólo fuera por breve

rato: pronto dejaría de verlo; que no la robasen el tiempo que le

quedaba de contemplar á su tesoro. Y prorrumpiendo en lamentos más

fuertes, se abalanzó sobre el frío cadáver, queriendo abrazarle.

Pero los ruegos de su hija y la voluntad de Pepeta pudieron más, y

escoltada por muchas mujeres, salió de la barraca con el delantal en la

cara, gimiendo, tambaleándose, sin prestar atención á las que tiraban de

ella disputándose el llevarla cada una á su casa.

Comenzó Pepeta el arreglo de la fúnebre pompa. Primeramente colocó en el

centro de la entrada la mesita blanca de pino en que comía la familia,

cubriéndola con una sábana y clavando los extremos con alfileres.

Encima tendió una colcha de almidonadas randas, y puso sobre ella el

pequeño ataúd traído de Valencia, una monada, que admiraban todas las

vecinas: un estuche blanco galoneado de oro, mullido en su interior como

una cuna.

Pepeta sacó de un envoltorio las últimas galas del muertecito: un hábito

de gasa tejida con hebras de plata, unas sandalias, una guirnalda de

flores, todo blanco, de rizada nieve, como la luz del alba, cuya pureza

simbolizaba la del pobrecito _albat_.

Lentamente, con mimo maternal, fué amortajando el cadáver. Oprimía el

cuerpecillo frío contra su pecho con arrebatos de estéril pasión,

introducía en la mortaja los rígidos bracitos con escrupuloso cuidado,

como fragmentos de vidrio que podían quebrarse al menor golpe, y besaba

sus pies de hielo antes de acoplarlos á tirones en las sandalias.

Sobre sus brazos, como una paloma blanca yerta de frío, trasladó al

pobre Pascualet á la caja, á aquel altar levantado en medio de la

barraca, ante el cual iba á pasar toda la huerta atraída por la

curiosidad.

Aún no estaba todo; faltaba lo mejor: la guirnalda, un bonete de flores

blancas con colgantes que pendían sobre las orejas; un adorno de

salvaje, igual á los de los indios de teatro. La piadosa mano de Pepeta,

empeñada en tenaz batalla con la muerte, tiñó las pálidas mejillas con

rosado colorete; la boca del muertecito, ennegrecida, se reanimó bajo

una capa de encendido bermellón; pero en vano pugnó la sencilla

labradora por abrir desmesuradamente sus flojos párpados. Volvían á

caer, cubriendo los ojos mates, entelados, sin reflejo, con la tristeza

gris de la muerte.

¡Pobre Pascualet!... ¡Infeliz _Obispillo!_ Con su guirnalda extravagante

y su cara pintada estaba hecho un mamarracho. Más ternura dolorosa

inspiraba su cabecita pálida, con el verdor de la muerte, caída en la

almohada de su madre, sin más adornos que sus cabellos rubios.

Pero todo esto no impedía que las buenas huertanas se entusiasmasen ante

su obra. «¡Miradlo!... ¡Si parecía dormido! ¡Tan hermoso! ¡tan

sonrosado!...» Jamás se había visto un _albaet_ como este.

Y llenaban de flores los huecos de su caja: flores sobre la blanca

vestidura, flores esparcidas en la mesa, apiladas, formando ramos en los

extremos. Era la vega entera abrazando el cuerpo de aquel niño que

tantas veces había visto saltar por sus senderos como un pájaro,

extendiendo sobre su frío cuerpo una oleada de perfumes y colores.

Los dos hermanos pequeños contemplaban á Pascualet asombrados, con

devoción, como un ser superior que iba á levantar el vuelo de un momento

á otro. El perro rondaba el fúnebre catafalco, estirando el hocico,

queriendo lamer las frías manecitas de cera, y prorrumpía en un lamento

casi humano, un gemido de desesperación, que ponía nerviosas á las

mujeres y hacía que persiguiesen á patadas á la pobre bestia.

Al mediodía, Teresa, escapándose casi á viva fuerza del cautiverio en

que la guardaban las vecinas, volvió á la barraca. Su cariño de madre la

hizo sentir una viva satisfacción ante los atavíos del pequeño. Le besó

en la pintada boca, y redobló sus gemidos.

Era la hora de comer. Batistet y los hermanos pequeños, en los cuales el

dolor no lograba acallar el estómago, devoraron un mendrugo ocultos en

los rincones. Teresa y su hija no pensaron en comer. El padre, siempre

sentado en una silleta de esparto bajo el emparrado de la puerta, fumaba

cigarro tras cigarro, impasible como un oriental, volviendo la espalda á

su vivienda, cual si temiera ver el blanco catafalco que servía de altar

al cadáver de su hijo.

La Barraca · 第 9 / 13 段