grandísimo pillo! Ahora comprendía él por qué olvidaba sus deberes, por
qué perdía las tardes vagando por la huerta como un gitano. El señor se
permitía tener novia, como si fuese un hombre capaz de mantenerla. ¡Y
qué novia, Santo Dios! No había mas que oir á los parroquianos cuando
parloteaban ante su mesa. Todos decían lo mismo: se extrañaban de que un
hombre como él, religioso, honrado y sin otro defecto que robar algo en
el peso, permitiera que su criado acompañase á la hija del enemigo de la
huerta, de un hombre malo, del cual se afirmaba que había estado en
presidio.
Y como todo esto, en concepto del ventrudo patrón, era una deshonra para
su establecimiento, al escuchar las murmuraciones de las comadres volvía
á enfurecerse, amenazando con su cuchilla al tímido criado, ó increpaba
al tío _Tomba_ para que corrigiese al pillete de su nieto.
Total: que el carnicero despidió al muchacho, y su abuelo le buscó
colocación en Valencia en casa de otro cortante, rogando que no le
concediesen libertad ni aun en días de fiesta, para que no volviera á
esperar en el camino á la hija de Batiste.
Tonet partió sumiso, con los ojos húmedos, como uno de los borregos que
tantas veces había llevado á rastras hasta el cuchillo de su amo. No
volvería más á la huerta. En la barraca quedaba la pobre muchacha
ocultándose en su _estudi_ para gemir, haciendo esfuerzos por no mostrar
su dolor ante la madre, que, irritada por tantas contrariedades, se
mostraba intratable, y ante el padre, que hablaba de hacerla pedazos si
volvía á tener novio y daba que hablar con ello á los enemigos del
contorno.
Al pobre Batiste, tan severo y amenazador, lo que más le dolía de todas
sus desgracias era el desconsuelo de la pobre muchacha, falta de
apetito, amarillenta, ojerosa, haciendo esfuerzos por mostrarse
indiferente, sin dormir apenas, lo que no impedía que todas las mañanas
marchase puntualmente á la fábrica, con una vaguedad en las pupilas
reveladora de que su pensamiento rodaba lejos, de que estaba soñando por
dentro á todas horas.
¿Eran posibles más desgracias?... Sí, aún quedaban otras. En aquella
barraca, ni las bestias se libraban de la atmósfera envenenada de odio
que parecía flotar sobre su techumbre. Al que no lo atropellaban le
hacían sin duda mal de ojo, y por eso su pobre _Morrut_, el caballo
viejo, un animal que era como de la familia, que había arrastrado por
los caminos el pobre ajuar y los chicos en las peregrinaciones de
miseria, se iba debilitando poco á poco en el establo nuevo, el mejor
alojamiento durante su larga vida de trabajo.
Se portó como persona honrada en la época peor, cuando, recién
establecida la familia en la barraca, había que arar la tierra maldita,
petrificada por diez años de abandono; cuando había que hacer continuos
viajes á Valencia en busca del cascote de los derribos y las maderas
viejas; cuando el pasto no era mucho y el trabajo abrumante. Y ahora que
frente al ventanuco de la cuadra se extendía un gran campo de hierba
fresca, erguida, ondeante, toda para él; ahora que tenía la mesa puesta,
con aquel verde y jugoso mantel que olía á gloria; ahora que engordaba,
se redondeaban sus ancas puntiagudas y su dorso nudoso, moría de
repente, sin saber de qué, tal vez en uso de su perfecto derecho al
descanso, después de sacar á flote la familia.
Se acostó un día sobre la paja, negándose á salir, mirando á Bastiste
con ojos vidriosos y amarillentos que hacían expirar en los labios del
amo los votos y amenazas de la indignación. Parecía una persona el pobre
_Morrut_; Batiste, al recordar su mirada, sentía muchas veces deseos de
llorar. La barraca sufrió una conmoción, y tal desgracia hasta hizo que
la familia olvidase momentáneamente al pobre Pascualet; que temblaba de
fiebre en la cama.
Lloró la mujer de Batiste. Aquel animal alargando su manso hocico había
visto venir al mundo á casi todos sus hijos. Aún recordaba ella, como si
fuera ayer, cuando lo compraron en el mercado de Sagunto, pequeño,
sucio, lleno de costras y asquerosidades, como un jaco de desecho. Era
alguien de la familia que se iba. Y cuando unos tíos repugnantes
llegaron en un carro para llevarse su caballo á la «Caldera»[16], donde
convertirían su esqueleto en hueso de pulida brillantez y sus carnes en
abono fecundizante, lloraban los chicos, gritando desde la puerta un
adiós interminable al pobre _Morrut_, que se alejaba con las patas
rígidas y la cabeza balanceante, mientras la madre, como si tuviese un
horrible presentimiento, se arrojaba con los brazos abiertos sobre el
enfermito.
[16] Lugar donde son incinerados los animales muertos para aprovechar
sus huesos.
Recordaba á sus hijos cuando se introducían en la cuadra para tirar de
la cola al _Morrut_, el cual aguantaba con dulce pasividad todos los
juegos de los chicos. Veía al pequeñín cuando lo colocaba su padre sobre
la dura espina del animal, golpeando con sus piececitos los lustrosos
flancos y gritando «¡arre! ¡arre!» con infantil balbuceo. Con la muerte
de esta pobre bestia creía Teresa que iba á quedar abierta una brecha en
la familia por donde se irían otros. ¡Señor, que la engañasen sus
presentimientos de madre dolorosa; que fuese sólo este sufrido animal
el que se iba; que no se llevase sobre sus lomos al pobre chiquitín
camino del cielo, como en otros tiempos le llevaba por las sendas de la
huerta agarrado á sus crines, á paso lento, para no derribarlo!
Y el pobre Batiste, con el pensamiento ocupado por tantas desgracias,
barajando en su imaginación el niño enfermo, el caballo muerto, el hijo
descalabrado y la hija con su reconcentrado pesar, llegó á los arrabales
de la ciudad y pasó el puente de Serranos.
Al extremo del puente, en una planicie entre dos jardines, frente á las
ochavadas torres que asomaban sobre la arboleda sus arcadas ojivales,
sus barbacanas y la corona de sus almenas, se detuvo Batiste, pasándose
las manos por el rostro. Tenía que visitar á los amos, los hijos de don
Salvador, y pedirles á préstamo un piquillo para completar la cantidad
que iba á costarle la compra de un rocín que sustituyese al _Morrut_. Y
como el aseo es el lujo del pobre, se sentó en un banco de piedra,
esperando que le llegara el turno para limpiarse de unas barbas de dos
semanas, punzantes y duras como púas, que ennegrecían su cara.
A la sombra de los altos plátanos funcionaban las peluquerías de la
gente huertana, los barberos de «_cara al sol_». Un par de sillones con
asiento de esparto y brazos pulidos por el uso, un anafe en el que
hervía el puchero del agua, los paños de dudoso color y unas navajas
melladas, que arañaban el duro cutis de los parroquianos con rascones
espeluznantes, constituían toda la fortuna de estos establecimientos al
aire libre.
Muchachos cerriles que aspiraban á ser mancebos en las barberías de la
ciudad hacían allí sus primeras armas; y mientras se amaestraban
infiriendo cortes ó poblando las cabezas da trasquilones y peladuras, el
amo daba conversación á los parroquianos sentados en el banco del paseo,
ó leía en alta voz un periódico á este auditorio, que, con la quijada en
ambas manos, escuchaba impasible.
A los que se sentaban en el sillón de los tormentos pasábanles un pedazo
de jabón de piedra por las mejillas, y frota que frota, hasta que
levantaba espuma. Después venía el navajeo cruel, los cortes, que
aguantaba firmemente el cliente con la cara manchada de sangre. Un poco
más allá sonaban las enormes tijeras en continuo movimiento, pasando y
repasando sobre la redonda testa de algún mocetón presumido, que quedaba
esquilado como perro de aguas; el colmo de la elegancia: larga greña
sobre la frente y la media cabeza de atrás cuidadosamente rapada.
Batiste fué afeitado con bastante suerte, mientras escuchaba, hundido en
el sillón de esparto y teniendo los ojos entornados, la lectura del
«maestro», hecha con voz nasal y monótona, sus comentarios y glosas de
hombre experto en la cosa pública. No sacó mas que tres raspaduras y un
corte en la oreja. Otras veces había sido más. Dió su medio real, y se
metió en la ciudad por la puerta de Serranos.
Dos horas después volvió á salir, y se sentó en el banco de piedra,
entre el grupo de los parroquianos, para oír otra vez al maestro
mientras llegaba la hora del mercado.
Los amos acababan de prestarle el piquillo que le faltaba para la compra
del rocín. Ahora lo importante era tener buen ojo para escoger;
serenidad para no dejarse engañar por la astuta gitanería que pasaba
ante él con sus bestias, descendiendo luego por una rampa al cauce del
río.
Las once. El mercado debía estar en su mayor animación. Llegaba hasta
Batiste el confuso rumor de un hervidero invisible; subían los relinchos
y las voces desde el fondo del cauce. Dudaba, permanecía quieto, como el
que desea retrasar el momento de una resolución importante, y al fin se
decidió á bajar al mercado.
El cauce del Turia estaba, como siempre, casi seco. Algunas vetas de
agua, escapadas de los azudes y presas que refrescan la vega,
serpenteaban formando curvas ó islas en un suelo polvoriento, ardoroso,
desigual, que más parecía de desierto africano que lecho de un río.
A tales horas estaba todo él blanco de sol, sin la menor mancha de
sombra.
Los carros de los labriegos, con sus toldos claros, formaban un
campamento en el centro del cauce, y á lo largo de la ribera de piedra,
puestas en fila, estaban las bestias á la venta: mulas negras y
coceadoras, con rojos caparazones y ancas brillantes agitadas por
nerviosa inquietud; caballos de labor, fuertes pero tristes, cual
siervos condenados á eterna fatiga, mirando con sus ojos vidriosos á
todos los que pasaban, como si adivinasen al nuevo tirano, y pequeñas y
vivarachas jacas, hiriendo el polvo con sus cascos, tirando del ronzal
que las mantenía atadas al muro.
Junto á la rampa de bajada estaban los animales de desecho: asnos sin
orejas, de pelo sucio y asquerosas pústulas; caballos tristes, cuyo
pellejo parecía agujerearse con lo anguloso de la descarnada osamenta;
mulas cegatas, con cuello de cigüeña; toda la miseria del mercado, los
náufragos del trabajo, que, con el cuero rayado á palos, el estómago
contraído y las excoriaciones inflamadas por las moscas verdosas y
panzudas, esperaban la llegada del contratista de las corridas de toros
ó del mendigo, que aún sabrían utilizarlos.
Junto á las corrientes de agua, en el centro del cauce y en las riberas
que la humedad había cubierto de una débil capa de césped, trotaban las
manadas de potros sin domar, al aire la luenga crin, arrastrando la cola
por el suelo. Más allá de los puentes, al través de sus arcos de piedra,
veíanse los rebaños de toros, con las patas encogidas, rumiando
tranquilamente la hierba que les arrojaban los pastores, ó andando
perezosamente por el suelo abrasado, sintiendo la nostalgia de las
frescas dehesas, plantándose fieramente cada vez que los chicuelos les
silbaban desde los pretiles.
La animación del mercado iba en aumento. En torno á cada caballería cuya
venta se estaba ajustando se formaban grupos de gesticulantes y
parlanchines labriegos en mangas de camisa, con una vara de fresno en la
diestra. Los gitanos, secos, bronceados, de zancas largas y arqueadas,
zamarra con remiendos y gorra de pelo, bajo la cual brillaban sus ojos
con resplandor de fiebre, hablaban sin cesar, echando su aliento á la
cara del comprador como si quisieran hipnotizarle.
--Pero fíjese usted bien en la jaca. Repare en sus líneas... ¡si
parece una señorita!
Y el labriego, insensible á las melosidades gitanas, encerrado en sí
mismo, pensativo é incierto, miraba al suelo, miraba á la bestia, se
rascaba el cogote, y acababa diciendo con energía de testarudo:
--_Bueno; pues no done mes_[17].
[17]--Bueno; pues no doy más.
Para concertar los _chambos_ y solemnizar las ventas buscábase el amparo
de un sombrajo, bajo el cual una mujerona vendía bollos adornados por
las moscas ó llenaba pegajosas copas con el contenido de media docena de
botellas alineadas sobre una mesa de cinc.
Batiste pasó y repasó varias veces entre las bestias, sin hacer caso de
los vendedores que le asediaban adivinando su intención.
Ninguna le gustaba. ¡Ay, pobre _Morrut!_ ¡Cuán difícil era encontrarle
un sucesor! De no verse acosado por la necesidad, se hubiera ido sin
comprar; creía ofender al difunto fijando su atención en aquellas
bestias antipáticas.
Al fin se detuvo ante un rocín blanco, no muy gordo ni lustroso, con
algunas rozaduras en las piernas y cierto aire de cansancio; una bestia
de trabajo que, no obstante su aspecto de abrumamiento, parecía fuerte y
animosa.
Apenas pasó una mano por las ancas del rocín, apareció junto á éste un
gitano, obsequioso, campechanote, tratándole como si le conociese toda
su vida.
--Es un animal de perlas; bien se ve que usted conoce las buenas
bestias.... Y barato: me parece que no reñiremos.... _¡Monote!_ Sácalo
de paseo, para que vea el señor con qué garbo bracea.
Y el aludido _Monote_, un gitanillo con el trasero al aire por las
roturas del pantalón y la cara llena de costras, cogió el caballo del
ronzal y salió corriendo por los altibajos de arena seguido de la pobre
bestia, que trotaba displicente, como fatigada de una operación tantas
veces repetida.
Corrió la gente curiosa, agrupándose en torno á Batiste y el gitano, que
seguían con sus miradas la marcha del animal. Guando volvió _Monote_ con
el caballo, el labriego lo examinó detenidamente. Metió sus dedos entre
la amarillenta dentadura, pasó sus manos por las ancas, levantó sus
cascos para inspeccionarlos, lo registró cuidadosamente entre las
piernas.
--Mire usted, mire usted--decía el gitano--, que para eso está.... Más
limpio que la patena. Aquí no se engaña á nadie: todo natural. No se
arreglan los animales, como hacen otros, que desfiguran un burro en un
santiamén. Lo compré la semana pasada y ni me he cuidado de arreglarle
esas cosillas que tiene en las piernas. Ya ha visto usted con qué salero
bracea. ¿Y tirar de un carro?... Ni un elefante tiene su empuje. Ahí en
el cuello verá usted las señales.
Batiste no parecía descontento del examen, pero hizo esfuerzos por
mostrarse disgustado, valiéndose de mohines y toses. Sus infortunios
como carretero le habían hecho conocer las bestias, y se reía
interiormente de algunos curiosos que, influídos por el mal aspecto del
caballo, discutían con el gitano, diciendo que sólo era bueno para
enviarlo á la «Caldera». Su aspecto triste y cansado era el de los
animales de trabajo que obedecen con resignación mientras pueden
sostenerse.
Llegó el momento decisivo. Se quedaría con él.... ¿Cuánto?
--Por ser para usted, que es un amigo--dijo el gitano palmeándole en la
espalda--, por ser para usted, persona simpática que sabrá tratar bien á
esta prenda... lo dejaremos en cuarenta daros y trato hecho.
Batiste aguantó el disparo con calma, como hombre acostumbrado á tales
discusiones, y sonrió socarronamente:
--Bueno: _pos_ por ser tú, rebajaré poco. ¿Quieres _ventisinco_?
El gitano extendió sus brazos con teatral indignación, retrocedió
algunos pasos, se arañó la gorra de pelo ó hizo toda clase de extremos
grotescos para expresar su asombro.
--¡Mare de Dios! ¡Veinticinco duros!... ¿Pero se ha fijao usted en el
animal? Ni robao se lo podría dar á tal precio.
Pero Batiste á todas sus lamentaciones contestaba siempre lo mismo:
--_Ventisinco_... ni un _chavo_ más.
Y el gitano, apuradas sus razones, que no eran pocas, apeló al supremo
argumento:
--_Monote_... saca el animal... que el señor se fije bien.
Y allá fué _Monote_ otra vez, trotando y tirando del ronzal delante del
pobre caballo, cada vez más aburrido de tantos paseos.
--¡Qué meneo! ¿eh?--dijo el gitano--. ¡Si parece una marquesa en un
baile! ¿Y eso vale para usted veinticinco duros?...
--Ni un _chavo_ más--repitió el testarudo.
--_Monote_... vuelve. Ya hay bastante.
Y fingiendo indignación, volvió el gitano la espalda al comprador como
si diese por fracasado todo arreglo; paro al ver que Batiste se iba
verdaderamente, desapareció su seriedad.
--Vamos, señor... ¿cuál es su gracia?... ¿Batiste? ¡Ah! Pues mire
usted, señor Bautista: para que vea que le quiero y deseo que esa joya
sea suya, voy á hacer lo que no haría por nadie. ¿Conviene en treinta y
cinco duros? Vamos, que sí. Le jura por su salú que no haría esto ni por
mi pare.
Esta vez aún fué más viva y gesticulante su protesta al ver que el
labrador no se ablandaba con la rebaja y á duras penas le ofrecía dos
duros más.
--¿Pero tan poco cariño le inspira esta perla fina? ¿Es que no tiene
usté ojos para apreciarla? A ver, _Monote_: á sacarlo otra vez.
Mas no tuvo _Monote_ que echar de nuevo los bofes, pues Batiste se alejó
fingiendo haber desistido de tal compra.
Vagó por el mercado, mirando de lejos otros animales, pero vigilando
siempre con el rabillo de un ojo al gitano, el cual, fingiendo
igualmente indiferencia, le seguía, le espiaba.
Se acercó á un caballote fuerte y de pelo brillante, que no pensaba
comprar, adivinando su alto precio. Apenas le pasó la mano por las
ancas, sintió junto á sus orejas un aliento ardoroso y un murmullo:
--Treinta y tres.... Por la salú de sus pequeños, no diga que no; ya ve
que me pongo en razón.
--_Ventiocho_--dijo Batiste sin volverse.
Cuando se cansó de admirar aquella hermosa bestia siguió adelante, y por
hacer algo presenció cómo una vieja labradora regateaba un borriquillo.
El gitano había vuelto á colocarse junto á su caballo y le miraba desde
lejos, agitando la cuerda del ronzal como si le llamase. Batiste se
aproximó lentamente, simulando distracción, mirando los puentes, por
donde pasaban como cúpulas movibles de colores las abiertas sombrillas
de las mujeres de la ciudad.
Era ya mediodía. Abrasaba la arena del cauce; el aire, encajonado entre
los pretiles, no se conmovía con la más leve ráfaga. En este ambiente
cálido y pegajoso, el sol, cayendo de plano, pinchaba la piel y abrasaba
los labios.
El gitano avanzó algunos pasos hacia Batiste, ofreciéndole el extremo de
la cuerda como una toma de posesión:
--Ni lo de usted ni lo mío. Treinta, y bien sabe Dios que nada gano....
Treinta, no me diga que no, porque me muero de rabia. Vamos... choque
usted.
Batiste agarró la cuerda y tendió una mano al vendedor, que se la apretó
enérgicamente. Trato cerrado.
El labrador fué sacando de su faja toda aquella indigestión de ahorros
que le hinchaba el vientre: un billete que le había prestado el amo,
unas cuantas piezas de á duro, un puñado de plata menuda envuelta en un
cucurucho de papel; y cuando la cuenta estuvo completa no pudo librarse
de ir con el gitano al sombrajo para convidarle á una copa y dar unos
cuantos céntimos á _Monote_ por sus trotes.
--Se lleva usted la joya del mercado. Hoy es buen día para usted, señó
Bautista: se ha santiguao con la mano derecha, y la Virgen ha salió á
verle.
Aún tuvo que beber una segunda copa, obsequio del gitano, y al fin,
cortando en seco su raudal de ofrecimientos y zalamerías, cogió el
ronzal de su nuevo caballo, y con ayuda del ágil _Monote_, montó en el
desnudo lomo, saliendo á paso corto del ruidoso mercado.
Iba satisfecho del animal: no había perdido el día. Apenas si se
acordaba del pobre _Morrut_, y sintió el orgullo del propietario cuando
en el puente y en el camino volviéronse algunos de la huerta á examinar
el blanco caballejo.
Su mayor satisfacción fué al pasar frente á la casa de _Copa_. Hizo
emprender al rocín un trotecillo presuntuoso, cual si fuese un caballo
de casta, y vio cómo después de pasar él se asomaban á la puerta
_Pimentó_ y todos los vagos del distrito con ojos de asombro.
¡Miserables! Ya estarían convencidos de que era difícil hincarle el
diente, de que sabía defenderse solo. Bien podían verlo: caballo nuevo.
¡Ojalá lo que ocurría dentro de la barraca pudiera arreglarse tan
fácilmente!
Sus trigos, altos y verdes, formaban como un lago de inquietas ondas al
bordo del camino; la alfalfa mostrábase lozana, con un perfume que hizo
dilatarse las narices del caballo. No podía quejarse de sus tierras;
pero dentro de la barraca era donde temía encontrar á la desgracia,
eterna compañera de su existencia, esperándole para clavar en él sus
uñas.
Al oir el trote del rocín, salió Batistet con la cabeza cubierta de
trapos, para apoderarse del ronzal mientras su padre desmontaba. El
muchacho se mostró entusiasmado por la nueva bestia. La acarició,
metióle sus manos entre los morros, y con el ansia de tomar posesión de
ella, puso un pie sobre el corvejón, se agarró á la cola y montó por la
grupa como un moro.
Batiste entró en la barraca, blanca y pulcra como siempre, con los
azulejos luminosos y todos los muebles en su sitio, pero que parecía
envuelta en la misma tristeza de una sepultura limpia y brillante.
Su mujer salió á la puerta del cuarto con los ojos hinchados,
enrojecidos, y el pelo en desorden, revelando en su aspecto cansado
varias noches pasadas en vela.
Acababa de marcharse el médico; lo de siempre: pocas esperanzas. Después
de examinar un rato al pequeño, se había ido sin recetar nada nuevo.
Únicamente al montar en su jaca había dicho que volvería al anochecer. Y
el niño siempre igual, con una fiebre que devoraba su cuerpecillo cada
vez más extenuado.
Era lo de todos los días. Se habían acostumbrado ya á aquella desgracia:
la madre lloraba automáticamente, y los demás, con una expresión triste,
seguían dedicándose á sus habituales ocupaciones.
Después, Teresa, mujer hacendosa, preguntó á su marido por el resultado
del viaje, quiso ver el caballo, y hasta la triste Roseta olvidó sus
pesares amorosos para enterarse de la adquisición.
Todos, grandes y pequeños, fuéronse al corral para ver el caballo, que
Batistet acababa de instalar en el establo. El niño quedó abandonado en
el camón del _estudi_, revolviéndose con los ojos empañados por la
enfermedad, y balando débilmente: «_¡Mare! mare!_»
Teresa, mientras tanto, examinaba con rostro grave la compra de su
marido, calculando detenidamente si aquello valía treinta duros; la hija
buscaba diferencias entre la nueva bestia y el _Morrut_, de feliz
memoria; y los dos pequeños, con repentina confianza, tirábanle de la
cola y le acariciaban el vientre, rogando en vano al hermano mayor que
los subiera sobre su blanco lomo.
Decididamente, gustaba á todos este nuevo individuo de la familia, que
hociqueaba el pesebre con extrañeza, como si encontrase en él algún
lejano olor del compañero muerto.
Comió toda la familia, y era tal la fiebre de la novedad, el entusiasmo
por la adquisición, que varias veces Batistet y los pequeños escaparon
de la mesa para ir á echar una mirada al establo, como si temiesen que
al caballo le hubieran salido alas y ya no estuviese allí.
La tarde transcurrió sin ningún accidente. Batiste tenía que labrar una
parte del terreno que aún conservaba inculto, preparando la cosecha de
hortalizas, y él y su hijo engancharon el caballo, enorgulleciéndose al
ver la mansedumbre con que obedecía y la fuerza con que tiraba del
arado.
Al anochecer, cuando ya iban á retirarse, les llamó á grandes gritos
Teresa desde la puerta de la barraca. Era como si pidiese socorro.
--_¡Batiste! ¡Batiste!... Vine pronte_.
Y Batiste corrió á través del campo, asustado por el tono de voz de su
mujer. Luego vió que se mesaba los cabellos gimiendo.
El chico se moría: bastaba verlo para convencerse. Batiste, al entrar en
el _estudi_ é inclinarse sobre la cama, se agitó con un estremecimiento
de frío, algo así como si acabasen de soltarle un chorro de agua por la
espalda. El pobre _Obispo_ apenas si se movía: únicamente su pecho
continuaba agitándose con penoso estertor. Sus labios tomaban un tinte
violáceo; sus ojos casi cerrados dejaban entrever un globo empañado ó
inmóvil. Eran unos ojos que ya no miraban, y su morena carita parecía
ennegrecida por misteriosa lobreguez, como si sobre ella proyectasen su
sombra las alas de la muerte. Lo único que brillaba en su cabeza eran
los pelitos rubios, tendidos sobre las almohadas, y en esta madeja
rizosa quebrábase con extraña luz el resplandor del candil.