como del demonio cuando los veían en cuadrilla por los senderos,
posábanse con la mayor confianza en los árboles inmediatos, y hasta se
paseaban con sus saltadoras patitas frente á la puerta de la escuela,
riéndose con escandalosos gorjeos de sus fieros enemigos al verlos
enjaulados, bajo la amenaza de la caña, condenados á mirarlos de reojo,
sin poder moverse y repitiendo un canto tan fastidioso y feo.
Da vez en cuando enmudecía el coro y sonaba majestuosa la voz de don
Joaquín soltando su chorro de sabiduría.
--¿Cuántas son las obras de misericordia?...
--Dos por siete, ¿cuántas son?...
Y rara vez quedaba contento de las contestaciones.
--Son ustedes unos bestias. Me oyen como si les hablase en griego. ¡Y
pensar que les trato con toda finura, como en un colegio de la ciudad,
para que aprendan ustedes buenas formas y sepan hablar como las
personas!... En fin, tienen ustedes á quien parecerse: son tan brutos
como sus señores padres, que ladran, les sobra dinero para ir á la
taberna, é inventan mil excusas para no darme el sábado los dos cuartos
que me pertenecen.
Y paseábase indignado, especialmente al quejarse de los olvidos del
sábado. Bien se notaba en el aspecto de su persona, que parecía dividida
en dos partes.
Abajo, alpargatas rotas, siempre manchadas de barro; viejos pantalones
de pana; manos escamosas, ásperas, conservando en las grietas de la piel
la tierra de su huertecito, un cuadrado de hortalizas que tenía frente á
la barraca, y muchas veces era lo único que llenaba su puchero. Pero de
cintura arriba mostrábase el señorío, «la dignidad del sacerdote de la
instrucción», como él afirmaba; lo que le distinguía de toda la gente
de las barracas, gusarapos pegados al surco: una corbata de colores
chillones sobre la sucia pechera, bigote cano y cerdoso partiendo su
rostro mofletudo y arrebolado, y una gorra azul con visera de hule,
recuerdo de uno de los muchos empleos que había desempeñado en su
accidentada vida.
Esto era lo que le consolaba de su miseria; especialmente la corbata,
adorno que nadie llevaba en todo el contorno y él lucía cual un signo de
suprema distinción; algo así como el Toisón de Oro de la huerta.
La gente de las barracas respetaba á don Joaquín, aunque en lo
concerniente á sostener su miseria anduviese remisa y remolona. ¡Lo que
aquel hombre había visto!... ¡Lo que llevaba corrido por el mundo!...
Unas veces empleado ferroviario; otras ayudando á cobrar contribuciones
en las más apartadas provincias de España; hasta se decía que había
estado en Cuba como guardia civil. En fin, que era un pájaro gordo
venido á menos.
--Don Joaquín--decía su gruesa mujer, que era la primera en sostenerle
el tratamiento--nunca se ha visto como hoy; somos de muy buena familia.
La desgracia nos ha traído aquí, pero hemos «paleado» las onzas.
Y las comadres de la huerta, sin perjuicio de olvidarse alguno que otro
sábado de los dos cuartos de la escuela, respetaban como un ser superior
á don Joaquín, reservándose un poco de burla para la casaquilla verde
con faldones cuadrados que se endosaba los días de fiesta, cuando
cantaba en el coro de la iglesia de Alboraya durante la misa mayor.
Empujado por la miseria, había caído allí con su enorme y blanducha
mitad como podía haber caído en otra parte. Ayudaba al secretario del
pueblo cercano en los trabajos extraordinarios, preparaba con hierbas de
él tan sólo conocidas ciertos cocimientos que operaban milagros en las
barracas. Todos reconocían que «aquel tío sabía mucho», y sin título de
maestro ni miedo á que nadie se acordase de él para quitarle una escuela
que no daba ni para pan, iba logrando á fuerza de repeticiones y cañazos
que deletreasen y permanecieran inmóviles todos los pillos de cinco á
diez años que en días de fiesta apedreaban á los pájaros, robaban la
fruta y perseguían á los perros en los caminos de la huerta.
¿De dónde era el maestro? Todas las vecinas lo sabían: de muy lejos, de
allá de la _churrería_. Y en vano se pedían más explicaciones, pues para
la ciencia geográfica de la huerta todo el que no habla valenciano es de
la _churrería_.
No eran flojos los trabajos sufridos por don Joaquín para hacerse
entender de sus discípulos y que no reculasen ante el idioma castellano.
Los había de ellos que llevaban dos meses en la escuela y abrían
desmesuradamente los ojos y se rascaban el cogote sin entender lo que el
maestro quería decirles con unas palabras jamás oídas en su barraca.
¡Cómo sufría el pobre señor! ¡Él que cifraba los triunfos de la
enseñanza en su «finura», en su distinción de modales, en lo
«bienhablado» que era, según declaración de su esposa!
Cada palabra que sus discípulos pronunciaban mal--y no decían bien una
sola--le hacía dar bufidos y levantar las manos con indignación hasta
tocar el ahumado techo de su vivienda. Estaba orgulloso de la urbanidad
con que trataba á sus discípulos.
--Esta barraca humilde--decía á los treinta chicuelos que se apretaban y
empujaban en los estrechos bancos, oyéndole entre aburridos y temerosos
de la caña--la deben mirar ustedes como si fuese el templo de la
cortesía y la buena crianza. ¡Qué digo el templo! Es la antorcha que
brilla y disuelve las sombras de barbarie de esta huerta. Sin mí, ¿qué
serían ustedes? Unas bestias, y perdonen la palabra: lo mismo que sus
señores padres, á los que no quiero ofender. Pero con la ayuda de Dios,
han de salir ustedes de aquí como personas cumplidas, sabiendo
presentarse en cualquier parte, ya que han tenido la buena suerte de
encontrar un maestro como yo. ¿No es así?...
Y los muchachos contestaban con furiosas cabezadas, chocando algunos la
testa con la del vecino, y hasta su mujer, conmovida por lo del templo y
la antorcha, cesaba de hacer media y echaba atrás la silleta de
esparto, para envolver á su esposo en una mirada de admiración.
Interpelaba á toda aquella pillería roñosa, de pies descalzos y faldones
al aire, con desmesurada urbanidad.
--A ver, señor de Llopis, levántese usted.
Y el «señor de Llopis», un granuja de siete años, con el pantalón á
media pierna sostenido por un tirante, echábase del banco abajo y se
cuadraba ante el maestro, mirando de reojo la temible caña.
--Hace un rato que veo á usted hurgándose las narices y haciendo
pelotillas. Vicio feo, señor de Llopis; crea usted á su maestro. Por
esta vez pase, porque es usted aplicado y sabe la tabla de multiplicar;
pero la sabiduría es poca cosa cuando no va acompañada por la buena
crianza. No olvide usted esto, señor de Llopis.
Y el de las pelotillas lo aprobaba todo, contento con salir de la
advertencia sin cañazo, cuando otro grandullón que estaba á su lado en
el banco y debía guardar antiguos resentimientos, al verle de pie y con
las posaderas libres, le aplicó en ellas un pellizco traidor.
--_¡Ay! ¡ay!... Siñor maestro_--gritó el muchacho--, _«Morros d'aca» me
pellisca_.
¡Qué explosión de cólera la de don Joaquín! Lo que más le irritaba era
la afición de los muchachos á llamarse por los apodos de sus padres y
aun á fabricarlos nuevos.
--¿Quién es _Morros d'aca_?... El señor de Peris, querrá usted decir.
¡Qué modo de hablar, Dios mío! Parece que esto sea una taberna... ¡Si á
lo menos hubiese usted dicho _Morros de jaca!_ Descrísmese usted
enseñando á estos imbéciles. ¡Brutos!...
Y enarbolando la caña empezó á repartir sonoros golpes: al uno por el
pellizco y al otro por «impropiedad de lenguaje», como decía bufando don
Joaquín sin parar en sus cañazos. Tan á ciegas iban los golpes, que los
demás muchachos se apretaban en los bancos, se encogían, escondiendo
cada cual la cabeza en el hombro del vecino; y á un chiquitín, el hijo
pequeño de Batiste, asustado por el estrépito de la caña, se le fué el
cuerpo.
Esto amansó al profesor y le hizo recobrar su perdida majestad,
mientras el apaleado auditorio se tapaba las narices.
--Doña Pepa--dijo á su mujer--, llévese usted al señor de Borrull, que
está indispuesto, y límpielo detrás de la escuela.
Y la mujerona, que tenía cierto afecto á los tres hijos de Batiste
porque pagaban todos los sábados, agarró de una mano al «señor de
Borrull», el cual salió de la escuela balanceándose sobre las tiernas
piernecitas, llorando todavía del susto y enseñando algo más que el
faldón por la abertura trasera de los calzones.
Pasados estos incidentes volvía otra vez la lección cantada, y la
arboleda parecía estremecerse de fastidio al tamizar entre su ramaje
este monótono sonsonete.
Algunas tardes oíase un melancólico son de esquilas, y toda la escuela
se agitaba de contento. Era el rebaño del tío _Tomba_ que se aproximaba.
Todos sabían que llegando el viejo con su ganado había un par de horas
de asueto.
Si parlanchín era el pastor, no le iba en zaga el maestro. Ambos
emprendían una interminable conversación, y los discípulos abandonaban
los bancos para oirles de cerca ó iban á jugar con las ovejas que
rumiaban la hierba de los ribazos cercanos.
A don Joaquín le inspiraba gran simpatía el viejo. Había corrido mundo,
tenía la deferencia de hablarle siempre en castellano, era entendido en
hierbas medicinales, sin arrebatarle por esto sus clientes; en fin, que
resultaba la única persona de la huerta capaz de «alternar» con él.
La aparición era siempre igual. Primero llegaban las ovejas á la puerta
de la escuela, metían la cabeza, husmeaban curiosas é iban retirándose
con cierto desprecio, convencidas de que allí no había más pasto que el
intelectual y valía poco. Después se presentaba el tío _Tomba_ caminando
con seguridad por aquella tierra conocida, pero con el cayado por
delante, único auxilio de sus moribundos ojos.
Sentábase en el banco de ladrillos inmediato á la puerta, y el maestro y
el pastor hablaban, admirados en silencio por doña Josefa y los más
grandecitos de la escuela, que lentamente se iban aproximando para
formar corro.
El tío _Tomba_ que hasta por las sendas iba siempre conversando con sus
ovejas, hablaba al principio con lentitud, como hombre que teme revelar
su defecto; pero la charla del maestro iba enardeciéndole, y no tardaba
á lanzarse en el inmenso mar de sus eternas historias. Lamentábase de lo
pésimamente que «va España», repetía las noticias de los que venían de
la ciudad, abominaba de los malos gobiernos, que tienen la culpa de las
malas cosechas, y acababa por decir lo de siempre.
--Aquellos tiempos, don _Juaquín_, aquellos tiempos míos eran otros.
Usted no los ha conocido; pero también los de usted eran mejores que
éstos. Vamos cada vez peor... ¡Lo que verá toda esa gente menuda cuando
sean hombres!
Ya se sabía que esto era el exordio de su historia.
--¡Si usted nos hubiera visto á los de la partida del _Flaire!_--el
pastor nunca pudo decir fraile--. Aquéllos eran españoles; ahora sólo
hay guapos en casa de _Copa_. Yo tenía diez y ocho años, un morrión con
un águila de cobre, que le quité á un muerto, y un fusil más grande que
yo. ¡Y el _Flaire!_... ¡Qué hombre! Ahora hablan del general tal y del
cual. ¡Mentira, todo mentira! ¡Donde estaba el padre Nevot no podía
existir otro! Había que verlo con el hábito arremangado, sobre su jaca,
con sable corvo y pistolas. ¡Lo que corríamos! Unas veces aquí, otras en
la provincia de Alicante, después por cerca de Albacete: siempre nos
iban pisando los talones; pero nosotros, francés que pillábamos lo
hacíamos polvo. Aún me parece que los veo: «_¡Musiú... pardón!_» Y yo,
¡zas, zas! bayonetazo limpio.
El arrugado viejo se erguía, sus mortecinos ojos brillaban como débiles
pavesas; movía el cayado cual si aún estuviese pinchando á los enemigos.
Luego venían los consejos: detrás del viejo bondadoso levantábase el
hombre feroz, de entrañas duras, formado en una guerra sin cuartel.
Hacíanse visibles sus fieros instintos, petrificados en plena juventud é
insensibles al paso del tiempo. Hablaba en valenciano á los muchachos,
regalándoles el fruto de su experiencia. Debían creerle á él, que había
visto mucho. En la vida, paciencia para vengarse del enemigo; aguardar
la pelota, y cuando viene bien, jugarla con fuerza. Y al dar estos
consejos feroces guiñaba sus ojos, que en el fondo de las profundas
órbitas parecían estrellas moribundas próximas á extinguirse. Delataba
con su malicia senil un pasado de luchas en la huerta, de emboscadas y
astucias, un completo desprecio por la vida de sus semejantes.
El maestro, temeroso de que esto quebrantase la moral de su gente,
cambiaba el curso de la conversación hablando de Francia, el gran
recuerdo del tío _Tomba_.
Era tema para muchas horas. Conocía aquel país como si hubiese nacido en
él. Al rendirse Valencia al mariscal Suchet, le habían llevado
prisionero, con unos cuantos miles más, á una gran ciudad: Tolosa de
Francia. Y mezclaba en la conversación, horriblemente desfiguradas, las
palabras francesas que aún podía recordar después de tantos años. ¡Qué
país! Allá los hombres van con unos sombreros blancos y felpudos,
casacas de color con los cuellos hasta el cogote, botas altas como las
de la caballería; las mujeres con unas faldas como fundas de flauta,
tan estrechas, que se les marca todo lo que queda dentro. Y así seguía
hablando de los trajes y costumbres del tiempo del Imperio, imaginándose
que aún subsistía todo y la Francia de hoy era como á principios del
siglo.
Mientras detallaba sus recuerdos, el maestro y su mujer le oían
atentamente, y algunos muchachos, abusando del inesperado asueto, iban
alejándose de la barraca atraídos por las ovejas, que huían de ellos
como del demonio. Las tiraban del rabo, cogíanlas de las piernas,
obligándolas á andar con las patas delanteras, las hacían rodar por los
ribazos ó intentaban cabalgarlas colocándose de un salto sobre sus
sucios vellones. Y los pobres animales en vano protestaban con tiernos
balidos, pues no los oía el pastor, ocupado en relatar con fruición la
agonía del último francés matado por él.
--¿Y como cuántos cayeron?--preguntaba el maestro al final del relato.
--Cuestión de ciento veinte ó ciento treinta. No recuerdo bien.
El matrimonio se miraba sonriendo. Desde la última conversación había
aumentado veinte franceses. Según pasaban los años se agrandaban sus
hazañas y el número de víctimas.
Los quejidos del rebaño llamaban finalmente la atención del maestro.
--Señores míos--gritaba á los audaces discípulos al mismo tiempo que
requería la caña--, todos aquí. ¿Se imaginan que no hay mas que pasar el
día divirtiéndose?... En este centro se trabaja.
Y para demostrarlo con el ejemplo, movía la caña que era un gusto,
introduciendo á golpes en el redil de la sabiduría á todo el rebaño de
pilletes juguetones.
--Con permiso de usted, tío _Tomba_: hace más de dos horas que estamos
hablando. Tengo que continuar la lección.
Y mientras el pastor, despedido cortésmente, guiaba sus ovejas hacia el
molino, para repetir allí sus historias, empezaba de nuevo en la escuela
el canturreo de la tabla de multiplicar, que era para los discípulos de
don Joaquín el gran alarde de sabiduría.
A la caída del sol soltaban los muchachos su último cántico, dando
gracias al Señor «porque les había asistido con sus luces», y recogía
cada cual el saquillo de la comida, pues como las distancias en la
huerta no eran poca cosa, los chicos salían por la mañana de sus
barracas con provisiones para pasar el día en la escuela. Esto hacía
decir á algunos enemigos de don Joaquín que el maestro era aficionado á
castigar á sus discípulos mermándoles la ración, para subsanar de este
modo las deficiencias de la cocina de doña Pepa.
Los viernes, al salir de la escuela, oían invariablemente todos ellos el
mismo discurso:
--Señores míos: mañana es sábado; recuérdenlo ustedes á sus señoras
madres y háganlas saber que el que mañana no traiga los dos cuartos no
entrará en la escuela. A usted se lo digo especialmente, «señor de...
tal», y á usted, «señor de... cual»--y así soltaba una docena de
nombres--. Tres semanas que no traen ustedes el estipendio prometido, y
así no es posible la instrucción, ni puede procrear la ciencia, ni
combatirse con desahogo la barbarie nativa de estos campos. Yo lo pongo
todo: mi sabiduría, mis libros--y miraba las tres cartillas que iba
recogiendo su mujer cuidadosamente para guardarlas en la vieja cómoda--,
y ustedes no traen nada. Lo dicho: el que mañana llegue con las manos
vacías no pasará de esa puerta. Aviso á las señoras madres.
Formaban los muchachos por parejas, cogidos de la mano--lo mismo que en
los colegios de Valencia; ¿qué se creían algunos?--, y salían de la
barraca, besando antes la diestra escamosa de don Joaquín y repitiendo
todos de corrido al pasar junto á él:
--¡Usted lo pase bien! ¡Hasta mañana si Dios quiere!
Acompañábales el maestro hasta la plazoleta del molino, que era una
estrella de caminos y sendas, y allí deshacíase la formación en pequeños
grupos, alejándose hacia distintos puntos de la vega.
--¡Ojo, señores míos, que yo les vigilo!--gritaba don Joaquín como
última advertencia--. Cuidado con robar fruta, hacer pedreas ó saltar
acequias. Yo tengo un pájaro que todo me lo comunica; y si mañana sé
algo malo, andará la caña suelta como un demonio.
Y plantado en la plazoleta, seguía mucho rato con la vista al grupo más
numeroso, que se alejaba camino de Alboraya.
Estos discípulos eran los que pagaban mejor. Iban entre ellos los tres
hijos de Batiste, para los cuales se convertía muchas veces el camino en
una calle de Amargura.
Cogidos los tres de la mano, procuraban andar á la zaga de los otros
muchachos, que, por ser de las barracas inmediatas á la suya, sentían el
mismo odio de sus padres contra Batiste y su familia, y no perdían
ocasión de molestarles.
Los dos mayorcitos sabían defenderse, y con arañazo más ó menos, hasta
salían en ciertas ocasiones vencedores. Pero el más pequeño, Pascualet,
un chiquillo regordete y panzudo, que sólo tenía cinco años, y á quien
adoraba la madre por su dulzura y su mansedumbre, prometiéndose hacerlo
capellán, lloraba apenas veía á sus hermanos enzarzados en terrible
pelea con los otros condiscípulos.
Muchas veces los dos mayores llegaban á casa sudorosos y llenos de
polvo, como si se hubieran revolcado en el camino, con los pantalones
rotos y la camisa desgarrada. Eran las señales del combate; el pequeño
lo contaba todo llorando. Y la madre tenía que curar á alguno de los
mayores aplicándole una pieza de dos cuartos bien apretada sobre el
chichón levantado por una piedra traidora.
Alborotábase Teresa al conocer los atentados de que eran objeto sus
hijos, y como mujer ruda y valerosa nacida en el campo, sólo se
tranquilizaba oyendo que los suyos habían sabido defenderse, dejando al
enemigo malparado.
¡Por Dios, que cuidasen de Pascualet ante todo!... Y el hermano mayor,
indignado por los relatos de los pequeños, prometía una paliza á toda la
garrapata enemiga cuando la encontrase en las sendas.
Todas las tardes, apenas don Joaquín perdía de vista el grupo, empezaban
las hostilidades.
Los enemigos, hijos ó sobrinos de los que en la taberna juraban acabar
con Batiste, iban acortando el paso, para hacer menor la distancia
entre ellos y los tres hermanos.
Aún sonaban en sus oídos las palabras del maestro: la amenaza del
maldito pájaro que todo lo veía y todo lo contaba. Algunos se reían
incrédulamente, pero de dientes afuera. ¡Aquel «tío» sabía tanto!...
Pero según se iban alejando amortiguábanse las amenazas del maestro.
Comenzaban por caracolear en torno á los tres hermanos, á perseguirse
riendo--pretexto malicioso inspirado por la instintiva hipocresía de la
infancia--, para empujarles al pasar, con el santo deseo de arrojarlos
en la acequia que bordeaba el camino.
Después, cuando estaba agotada sin éxito alguno esta maniobra, iniciaban
los pescozones y repelones á todo correr.
--_¡Lladres! ¡lladres!_
Y lanzándoles este insulto, les tiraban de la oreja y se alejaban
trotando, para retroceder un poco más allá y repetir las mismas
palabras.
Esta calumnia, inventada por los enemigos de su padre, era lo que más
enfurecía á los muchachos. Los dos mayores, abandonando á Pascualet,
que se refugiaba lloriqueante detrás de un árbol, agarraban piedras y
entablábase una batalla en medio del camino.
Silbaban los guijarros entre las ramas, haciendo caer una lluvia de
hojas y rebotando contra troncos y ribazos; los perros barraqueros
salían con ladridos feroces, atraídos por el estrépito de la lucha, y
las mujeres, en las puertas de sus casas, levantaban los brazos al
cielo, gritando indignadas:
--_¡Condenats! ¡Dimònis!_...
Estos escándalos indignaban á don Joaquín y le hacían mover su caña
inexorable al día siguiente. ¡Qué dirían de su escuela, templo de la
buena crianza!...
La lucha no tenía fin hasta que pasaba algún carretero que enarbolaba el
látigo, ó salía de las barracas algún viejo, garrote en mano. Los
agresores huían, se desbandaban, y arrepentidos de su hazaña al verse
solos, pensaban aterrados, con el fácil cambio de impresiones de la
infancia, en aquel pájaro que lo sabía todo y en lo que les guardaba don
Joaquín para el día siguiente.
Mientras tanto, los tres hermanos seguían su camino rascándose las
descalabraduras de la lucha.
Una tarde, la pobre mujer de Batiste apeló á gritos á Dios y á los
santos viendo el estado en que llegaban sus pequeños.
Aquel día la batalla había sido dura. ¡Ah, los bandidos! Los dos mayores
estaban magullados; era lo de siempre: no había que hacer caso. Pero el
pequeñín, el _Obispo_, como cariñosamente le llamaba su madre, estaba
mojado de pies á cabeza, y lloraba temblando de miedo y de frío.
La feroz pillería lo había arrojado en una acequia de aguas estancadas,
y de allí le sacaron sus hermanos cubierto de légamo nauseabundo.
Teresa le acostó en su cama al ver que el pobrecillo seguía temblando
entre sus brazos, agarrándose á su cuello y murmurando con voz semejante
á un balido:
--_¡Mare! ¡mare!_...
La madre reanudó sus lamentaciones.
«¡Señor! ¡dadnos paciencia!» Toda aquella gentuza, grandes y chicos, se
habían propuesto acabar con la familia.
* * * * *
VII
Triste y ceñudo, como si fuese á un entierro, emprendió Batiste el
camino de Valencia un jueves por la mañana. Era día de mercado de
animales en el cauce del río, y llevaba en la faja, como una gruesa
protuberancia, el saquito de arpillera con el resto de sus ahorros.
Llovían desgracias sobre la barraca. Sólo faltaba que se derrumbase su
techumbre encima de ellos, aplastándolos á todos.... ¡Qué gente! ¡Dónde
se había metido!...
El chiquitín cada vez peor, temblando de fiebre en los brazos de su
madre, que lloraba á todas horas, y visitado dos veces al día por el
médico. En resumen, una enfermedad que iba á costarle doce ó quince
duros: ¡como quien dice nada!
El mayor, Batistet, apenas si podía ir más allá de sus campos. Aún
tenía la cabeza envuelta en trapos y la cara cruzada de chirlos, luego
del descomunal combate que una mañana sostuvo en el camino con otros de
su edad que iban como él á recoger estiércol en Valencia. Todos los
_fematers_ del contorno se habían unido contra Batistet, y el pobre
muchacho no podía asomarse al camino.
Los dos pequeños ya no iban á la escuela, por miedo á las peleas que
debían sostener al regreso.
Y Roseta, ¡pobre muchacha! era la que se mostraba más triste.
El padre, con gesto fosco y severas ojeadas, le recordaba mudamente que
debía mostrarse indiferente, ya que sus penas eran un atentado á su
autoridad paternal. Pero á solas, el buen Batiste lamentaba la tristeza
de la pobre muchacha. Él también había sido joven y sabía cuan pesadas
resultan las penas del querer.
Todo se había descubierto. Después de la famosa riña en la fuente de la
Reina, la huerta entera estuvo varios días hablando de los amores de
Roseta con el nieto del tío _Tomba_.