muchacha se revolvió en la cama, inquieta, nerviosa, soñando mil
disparates, viéndose en un camino negro, muy negro, acompañada por un
perro enorme que le lamía las manos y tenía la misma cara que Tonet.
Después salía un lobo á morderla, con un hocico que recordaba vagamente
al odiado _Pimentó_, y reñían los dos animales á dentelladas, y salía su
padre con un garrote, y ella lloraba como si la soltasen en las espaldas
los garrotazos que recibía su pobre perro; y así seguía desbarrando su
imaginación, pero viendo siempre en las atropelladas escenas de su
ensueño al nieto del tío _Tomba_, con sus ojos azules y su cara de
muchacha cubierta por un vello rubio, que era el primer asomo de la edad
viril.
Se levantó quebrantada, como si saliese de un delirio. Aquel día era
domingo y no iba á la fábrica. Entraba el sol por el ventanillo de su
_estudi_ y toda la gente de la barraca estaba ya fuera de la cama.
Roseta comenzó á arreglarse para ir con su madre á misa.
El endiablado ensueño aún la tenía trastornada. Sentíase otra, con
distintos pensamientos, cual si la noche anterior fuese una pared que
dividía en dos partes su existencia.
Cantaba alegre como un pájaro, mientras iba sacando la ropa del arca y
la colocaba sobre su lecho, aún caliente y con las huellas de su
cuerpo.
Mucho le gustaban los domingos, con su libertad para levantarse más
tarde, sus horas de holganza y su viajecito á Alboraya para oir la misa;
pero aquel domingo era mejor que los otros, brillaba más el sol,
cantaban con más fuerza los pájaros, entraba por el ventanillo un aire
que olía á gloria: ¡cómo decirlo!... en fin, que la mañana tenía para
ella algo nuevo y extraordinario.
Se echaba en cara haber sido hasta entonces una mujer sin cuidados para
sí misma. A los diez y seis años ya era hora de que pensase en
arreglarse. ¡Cuán estúpida había sido al reir de su madre siempre que la
llamaba desgarbada!...
Y como si fuese una gala nueva que veía por primera vez, metióse por la
cabeza con gran cuidado, cual si fuese de sutiles blondas, la saya de
percal de todos los domingos. Luego se apretó mucho el corsé, como si no
le oprimiese aún bastante aquel armazón de altas palas, un verdadero
corsé de labradora, que aplastaba con crueldad el naciente pecho, pues
en la huerta valenciana es impudor que las solteras no oculten los
seductores adornos de la Naturaleza para que nadie pueda pecaminosamente
suponer en la virgen la futura maternidad.
Por primera vez en su vida pasó la hilandera más de un cuarto de hora
ante el medio palmo de cristal con azogue y marco de pino barnizado que
le regaló su padre, espejo en el que había que contemplar la cara por
secciones.
Ella no era gran cosa, lo reconocía; pero de más feas se encontraban á
docenas en la huerta. Y sin saber por qué, se deleitaba contemplando sus
ojos de un verde claro; las mejillas moteadas de esas pecas que el sol
hace surgir de la piel tostada; el pelo rubio blanquecino, con la finura
flácida de la seda; la naricita de alas palpitantes cobijando una boca
sombreada por el vello de un fruto sazonado, y que al entreabrirse
mostraba una dentadura fuerte é igual, de blancura de leche, cuyo brillo
parecía iluminar su rostro: una dentadura de pobre.
Su madre tuvo que aguardar. En vano la pobre mujer la dió prisa,
revolviéndose impaciente en la barraca, como espoleada por la campana
que sonaba á lo lejos. Iban á perder la misa. Mientras tanto, Roseta se
peinaba con calma, para deshacer á continuación su obra, poco satisfecha
de ella. Luego se arreglaba la mantilla con tirones de enfado, no
encontrándola nunca de su gusto.
En la plaza de Alboraya, al entrar y al salir de la iglesia, Roseta,
levantando apenas sus ojos, escudriñó la puerta del carnicero, donde la
gente se agolpaba en torno á la mesa de venta.
Allí estaba él, ayudando á su amo, dándole pedazos de carnero desollado
y espantando las nubes de moscas que cubrían la carne.
¡Cómo enrojeció el borregote viéndola!... Al pasar ella por segunda vez,
quedó como encantado, con una pierna de cordero en la diestra sin
dársela á su panzudo patrón, que en vano la esperaba, y el cual,
soltando un taco redondo, llegó á amenazarle con su cuchilla.
La tarde fué triste. Sentada á la puerta de su barraca, creyó
sorprenderle varias veces rondando por sendas algo lejanas, ó
escondiéndose en los cañares para mirarla. La hilandera deseaba que
llegase pronto el lunes, para ir á la fábrica y pasar al regreso el
horrible camino acompañada por Tonet.
No dejó de presentarse el muchacho al anochecer el día siguiente.
Más cerca aún de la ciudad que en los otros días, salió al encuentro de
Roseta.
--_¡Bòna nit!_
Pero después de la salutación de costumbre no calló. Aquel tímido
parecía haber progresado mucho durante el día de descanso.
Y torpemente, acompañando sus expresiones con muecas y arañazos en las
perneras del pantalón, fué explicándose, aunque entre palabra y palabra
transcurrían á veces dos minutos. Se alegraba de verla buena...
(Sonrisa de Roseta y un «_grasies_» murmurado tenuemente.) ¿Se había
divertido mucho el domingo?... (Silencio.) Él lo había pasado bastante
mal. Se aburría. Sin duda la costumbre... pues... parecía que le
faltaba algo.... ¡Claro! le había tomado ley al camino... no, al camino
no; lo que le gustaba era acompañarla...
Y aquí paró en seco. Hasta le pareció á Roseta que se mordía
nerviosamente la lengua para castigarla por su atrevimiento, y se
pellizcaba en los sobacos por haber ido tan lejos.
Caminaron mucho rato en silencio. La muchacha no contestaba; seguía su
marcha con el contoneo airoso de las hilanderas, la cesta en la cadera
izquierda y el brazo derecho cortando el aire con un vaivén de péndulo.
Pensaba en su ensueño. Se imaginó estar en pleno delirio, viendo
extravagancias, y varias veces volvió la cabeza creyendo percibir en la
obscuridad aquel perro que le lamía las manos y tenía la cara de Tonet,
recuerdo que aún le hacía reir. Pero no; lo que llevaba al lado era un
buen mozo capaz de defenderla; algo tímido y encogido, eso sí, con la
cabeza baja, como si las palabras que aún tenía por decir se le hubieran
deslizado hasta el pecho y allí estuviesen pinchándole.
Roseta aún le confundió más. «Vamos á ver: ¿por qué hacía aquello? ¿por
qué salía á acompañarla en su camino? ¿qué diría la gente? Si su padre
se enteraba, ¡qué disgusto!...»
--_¿Per qué?... ¿per qué?_--preguntaba la muchacha.
Y el mozo, cada vez más triste, más encogido, como un reo convicto que
oye su acusación, nada contestó. Marchaba al mismo paso que la joven,
pero separándose de ella, dando tropezones en el borde del camino.
Roseta hasta creyó que iba á llorar.
Pero cerca ya de la barraca, cuando iban á separarse, Tonet tuvo un
arranque de tímido. Habló con la misma violencia que había callado; y
como si no hubiesen transcurrido muchos minutos, contestó á la pregunta
de la muchacha:
--¿_Per qué?... Perqu'et vullc_[12].
[12]--¿Por qué?... Porque te quiero.
Lo dijo aproximándose á ella hasta lanzarle su aliento á la cara,
brillándole los ojos como si por ellos se le saliera toda la verdad; y
después de esto, arrepentido otra vez, miedoso, aterrado por sus
palabras, echó á correr como un niño.
¡Tonet la quería!... Hacía dos días que la muchacha esperaba estas
palabras, y sin embargo le causaron el efecto de una revelación
inesperada. También ella le quería; y toda la noche, hasta en sueños,
estuvo oyendo, murmuradas por mil voces junto á sus oídos, la misma
frase: «_Perqu'et vullc_.»
No esperó Tonet á la noche siguiente. Al amanecer le vió Roseta en el
camino, casi oculto tras el tronco de una morera, mirándola con zozobra,
como un niño que teme la reprimenda y está arrepentido, dispuesto á huir
al primer gesto de desagrado.
Pero la hilandera sonrió ruborizándose, y ya no hubo más.
Todo estaba hablado; no volvieron á decirse que se querían, pero era
cosa convenida el noviazgo, y Tonet no faltó ni una sola vez á
acompañarla en su camino.
El panzudo carnicero bramaba de coraje con el repentino cambio de su
criado, antes tan diligente y ahora siempre inventando pretextos para
pasar horas y más horas en la huerta, especialmente al anochecer.
Pero con el egoísmo de su dicha, Tonet se preocupaba tanto de los tacos
y amenazas de su amo, como la hilandera de su temido padre, ante el cual
sentía ordinariamente más miedo aún que respeto.
Roseta tenía siempre en su _estudi_ algún nido, que decía haber
encontrado en el camino. Su novio no sabía presentarse con las manos
vacías, y exploraba todos los cañares y árboles de la huerta para
regalar á la hilandera ruedas de pajas y ramitas, en cuyo fondo unos
cuantos pilluelos, con la rosada piel cubierta de finísimo pelo y el
trasero desnudo, piaban desesperadamente, abriendo un pico descomunal
jamás ahito de migas.
Roseta guardaba el regalo en su cuarto, como si fuese la misma persona
de su novio, y lloraba cuando sus hermanos, la gente menuda que tenía
por nido la barraca, en fuerza de admirar á los pajaritos, acababan por
retorcerles el pescuezo.
Otras veces aparecía Tonet con un bulto en el vientre: la faja llena de
altramuces y cacahuetes, comprados en casa de _Copa_; y siguiendo el
camino lentamente, comían y comían, mirándose el uno en los ojos del
otro, sonriendo como unos tontos sin saber de qué, sentándose muchas
veces en un ribazo sin darse cuenta de ello.
Ella era la más juiciosa, y le reprendía. ¡Siempre gastando dinero! Eran
dos reales ó poco menos lo que en una semana había dejado en la taberna
con tantos obsequios. Y él se mostraba generoso. ¿Para quién quería los
cuartos sino para ella? Cuando se casaran--alguna vez habría de ser--ya
guardaría el dinero. La cosa sería de allí á diez ó doce años; no había
prisa; todos los noviazgos de la huerta duraban una temporada así.
Lo del casamiento hacía volver á Roseta á la realidad. El día que su
padre supiera todo aquello.... ¡Virgen santísima! iba á deslomarla á
garrotazos. Y hablaba de la futura paliza serenamente, sonriendo como
una muchacha fuerte acostumbrada á esa autoridad paternal, rígida,
imponente y honradota, que se manifiesta á bofetadas y palos.
Sus relaciones eran inocentes. Jamás asomó entre ellos el punzante
deseo, la audacia de la carne. Marchaban por el camino casi desierto,
en la penumbra del anochecer, y la misma soledad parecía alejar de su
pensamiento todo propósito impuro.
Una vez que Tonet rozó involuntariamente la cintura de Roseta,
ruborizóse como si fuese él la muchacha.
Estaban los dos muy distantes de creer que en sus encuentros diarios
podía llegarse á algo que no fuese hablar y mirarse. Era el primer amor,
la expansión de la juventud apenas despierta, que se contenta con verse,
con hablar y reir, sin sombra alguna de deseo.
La hilandera, que en sus noches pavorosas tanto había deseado la llegada
de la primavera, vio con inquietud desarrollarse los crepúsculos largos
y luminosos.
Ahora se reunía con su novio en pleno día, y nunca faltaban en el camino
compañeras de la fábrica ó mujeres del vecindario, que al verles juntos
sonreían maliciosamente adivinándolo todo.
En la fábrica comenzaron las bromas por parte de sus enemigas, que le
preguntaban irónicamente cuándo se casaba, y la llamaban de apodo «la
Pastora», por tener amores con el nieto del tío _Tomba_.
Temblaba de inquietud la pobre Roseta. ¡Qué paliza iba á ganarse!
Cualquier día llegaba la noticia á su padre. Y fué por entonces cuando
Batiste, el día de su sentencia en el Tribunal de las Aguas, la vió en
el camino acompañada de Tonet.
Pero no ocurrió nada. El dichoso incidente del riego salvó á la
muchacha. Su padre, contento de haber librado su cosecha, limitóse á
mirarla varias veces con el entrecejo fruncido. Luego la advirtió con
voz lenta, un índice en alto y el acento imperativo, que en adelante
cuidase de volver sola de la fábrica, pues de lo contrario sabría quién
era él.
Y sola volvió durante toda una semana. Tonet le tenía cierto respeto al
señor Batiste, y se contentaba con emboscarse cerca del camino, para ver
pasar á la hilandera ó seguirla después de muy lejos.
Como los días eran más largos, había mucha gente en el camino.
Pero este alejamiento no podía prolongarse para los novios impacientes,
y un domingo por la tarde, Roseta, inactiva, cansada de pasear frente á
la puerta de su barraca y creyendo ver á Tonet en todos los que pasaban
por las sendas lejanas, agarró un cántaro barnizado de verde, y dijo á
su madre que iba á traer agua de la fuente de la Reina.
La madre la dejó ir. Debía distraerse; ¡pobre muchacha! no tenía amigas,
y á la juventud hay que darle lo suyo.
La fuente de la Reina era el orgullo de toda aquella parte de la huerta,
condenada al agua de los pozos y al líquido bermejo y fangoso que corría
por las acequias.
Estaba frente á una alquería abandonada, y era «cosa antigua y de mucho
mérito», al decir de los más sabios de la huerta: obra de los moros,
según _Pimentó_; monumento de la época en que los apóstoles iban
bautizando pillos por el mundo, según declaraba con majestad de oráculo
el tío _Tomba_.
Al atardecer avanzaban por los caminos, orlados de álamos con inquieto
follaje de plata, grupos de muchachas que llevaban su cántaro inmóvil y
derecho sobre la cabeza, recordando con su rítmico paso y su figura
esbelta á las canéforas griegas.
Este desfile daba á la huerta valenciana algo de sabor bíblico.
Recordaba la poesía árabe cantando á la mujer junto á la fuente con el
cántaro á sus pies, uniendo en un solo cuadro las dos pasiones más
vehementes del oriental: la belleza y el agua.
La fuente de la Reina era una balsa cuadrada, con muros de piedra roja,
y teniendo su agua mucho más baja que el nivel del suelo. Descendíase al
fondo por seis escalones, siempre resbaladizos y verdosos por la
humedad. En la cara del rectángulo de piedra fronterizo á la escalera
destacábase un bajo relieve con figuras borrosas que era imposible
adivinar bajo la capa de enjalbegado.
Debía ser la Virgen rodeada de ángeles: una obra del arte grosero y
cándido de la Edad Media; algún voto de los tiempos de la conquista;
pero unas generaciones picando la piedra para marcar mejor las figuras
borradas por los años, y otras blanqueándola con escrúpulos de bárbara
curiosidad, habían dejado la losa de tal modo que sólo se distinguía un
bulto informe de mujer, «la reina», que daba su nombre á la fuente:
«reina de los moros», como forzosamente han de serlo todas en los
cuentos del campo.
No eran allí escasas la algazara y la confusión los domingos por la
tarde. Más de treinta muchachas agolpábanse con sus cántaros, deseosas
todas ellas de ser las primeras en llenar, pero sin prisa de irse.
Empujábanse en la estrecha escalerilla, con las faldas recogidas entre
las piernas para inclinarse y hundir su cántaro en el pequeño estanque.
Estremecíase éste con las burbujas acuáticas surgidas incesantemente del
fondo de arena, donde crecían manojos de plantas gelatinosas, verdes
cabelleras ondeantes, moviéndose en su cárcel de cristal líquido á
impulsos de la corriente. Los insectos llamados «tejedores» rayaban con
sus patas inquietas esta clara superficie.
Las que ya habían llenado sus cántaros sentábanse en los bordes de la
balsa, con las piernas colgando sobre el agua, encogiéndolas luego con
escandalizados chillidos cada vez que algún muchacho bajaba á beber y
miraba á lo alto.
Era una reunión de gorriones revoltosos. Todas hablaban á un tiempo;
unas se insultaban, otras iban despellejando á los ausentes haciendo
público todos los escándalos de la huerta. La juventud, libre de la
severidad paternal, se desprendía del gesto hipócrita fabricado para la
casa, y se mostraba con toda la acometividad de una rudeza falta de
expansión. Aquellos ángeles morenos, que tan mansamente cantaban gozos y
letrillas en la iglesia de Alboraya al celebrarse las fiesta de las
solteras, enardecíanse á solas y matizaban su conversación con votos de
carretero, hablando de cosas internas con el aplomo de una comadrona.
Allí cayó Roseta con su cántaro, sin haber encontrado al novio en el
camino, á pesar de que anduvo lentamente, volviendo con frecuencia la
cabeza, esperando á cada momento que saliese de una senda.
La ruidosa tertulia de la fuente callóse al verla. Causó estupefacción
en el primer momento la presencia de Roseta: algo así como la entrada de
un moro en la iglesia de Alboraya en plena misa mayor. ¿A qué venía allí
aquella «hambrienta»?...
Saludó Roseta á dos ó tres que eran de su fábrica, y apenas si le
contestaron, apretando los labios y con un retintín de desprecio.
Las demás, repuestas de la sorpresa, siguieron hablando, como si nada
hubiera pasado, no queriendo conceder á la intrusa ni el honor del
silencio.
Bajó Roseta á la fuente, y después de llenar el cántaro, sacó, al
incorporarse, su cabeza por encima del muro, lanzando una mirada ansiosa
por toda la vega.
--_Mira, mira, que no vindrá_[13].
[13]--Mira, mira, que no vendrá.
Era una sobrina de _Pimentó_, hija de una hermana de Pepeta, la que
decía esto; morenilla, nerviosa, de nariz arremangada ó insolente,
orgullosa de ser única en su casa y de que su padre no fuese
arrendatario de nadie, pues los cuatro campos que trabajaba eran muy
suyos.
Sí; podía mirar cuanto quisiera, que no vendría. ¿No sabían las otras á
quién esperaba? Pues á su novio, el nieto del tío _Tomba_. ¡Vaya un
acomodo!
Y las treinta bocas crueles empezaron á reir como si mordieran; no
porque encontrasen gran chiste á la cosa, sino por abrumar á la hija del
odiado Batiste.
--_¡La «Pastora»!_...--dijeron algunas---. _¡La «Divina Pastora»!_...
Roseta alzó los hombros con expresión de indiferencia. Esperaba este
apodo. Además, las bromas de la fábrica habían embotado su
susceptibilidad.
Cargóse el cántaro y subió los peldaños, pero en el postrero le detuvo
la vocecita mimosa de la sobrina de _Pimentó_. ¡Cómo mordía esta
sabandija!...
Nunca sería la mujer del nieto del tío _Tomba_. Era un infeliz, un
«muerto de hambre», pero muy honrado é incapaz de emparentar con una
familia de ladrones.
Casi soltó su cántaro Roseta. Enrojeció, como si estas palabras,
rasgándole el corazón, hubieran hecho subir toda la sangre á su cara, y
después quedóse blanca, con palidez de muerte.
--_¿Quí es lladre? ¿Quí?_[14]--preguntó con una voz temblona que hizo
reir á todas las de la fuente.
[14]--¿Quién es ladrón? ¿Quién?
¿Quién? Su padre. _Pimentó_, su tío, lo sabía bien, y en casa de _Copa_
no se hablaba de otra cosa. ¿Creían que el pasado iba á estar oculto?
Habían huído de su pueblo porque les conocían allá demasiado; por eso
habían venido á la huerta á apoderarse de lo que no era suyo. Hasta se
tenían noticias de que el señor Batiste había estado en presidio por
cosas feas...
Y así continuó la viborilla, soltando todo lo oído en su casa y en la
vega: las mentiras fraguadas por los perdidos de casa de _Copa_, toda
una urdimbre de calumnias inventada por _Pimentó_, que cada vez se
sentía menos dispuesto á atacar cara á cara á Batiste, y pretendía
hostilizarlo, cansarlo y herirlo por medio del insulto.
La firmeza del padre surgió de pronto en Roseta, trémula, balbuciente de
rabia y con los ojos veteados de sangre. Soltó el cántaro, que se hizo
pedazos, mojando á las muchachas más inmediatas, que protestaron á coro
llamándola bestia. ¡Pero buena estaba ella para fijarse en tales cosas!
--_¡Mon pare!_...--gritó avanzando hacia la insolente--. ¿_Mon pare
lladre?... Tórnau á repetir y et trenque'ls morros_[15].
[15]--¿Mi padre ladrón?... Vuelve á repetirlo y te rompo los morros.
Pero no pudo repetirlo la morenilla, porque antes de que llegase á abrir
la boca, recibió un puñetazo en ella, al mismo tiempo que Roseta hundía
la otra mano en su moño. Instintivamente, movida por el dolor, se agarró
también á los rubios pelos de la hilandera, y durante algunos minutos se
las vió á las dos encorvadas, lanzando gritos de dolor y rabia, con las
frentes cerca del suelo, arrastrándose mutuamente con los crueles
tirones que cada una daba á la cabellera de la otra. Caían las
horquillas al deshacerse las trenzas. Parecían sus opulentas cabelleras
estandartes guerreros, no flotantes y victoriosos, sino enroscados y
martirizados por las manos del enemigo.
Pero Roseta, más fuerte ó más furiosa, logró desasirse, é iba á
arrastrar á su adversaria, tal vez á propinarla una zurra interior, pues
con la mano libre pugnaba por despojarse de un zapato, cuando ocurrió
algo inaudito, irritable, brutal.
Sin acuerdo previo, como si los odios de sus familias, las frases y
maldiciones oídas en sus barracas surgiesen en ellas de golpe, todas
cayeron á un tiempo sobre la hija de Batiste.
--_¡Lladrona! ¡lladrona!_...
Desapareció Roseta bajo los amenazantes brazos. Su cara cubrióse de
rasguños. Agobiada por tantos golpes, ni caer pudo, pues las mismas
apreturas de sus enemigas la mantenían derecha. Pero empujada de un lado
á otro, acabó rodando por los resbaladizos escalones, y su frente chocó
contra una arista de la piedra.
¡Sangre!... Fué como una pedrada en un árbol cargado de pájaros.
Salieron todas corriendo en diversas direcciones, con los cántaros en la
cabeza, y al poco rato no se veía en las cercanías de la fuente de la
Reina mas que á la pobre Roseta, con el pelo suelto, las faldas
desgarradas, la cara sucia de polvo y sangre, caminando llorosa hacia su
casa.
¡Cómo gritó de angustia la madre al verla entrar y cómo protestó luego
al enterarse de lo ocurrido! Aquellas gentes eran peores que judíos.
¡Señor! ¡Señor! ¿Podía ocurrir tal crimen en tierra de cristianos?...
Ya no les bastaba á los de la huerta con que los hombres molestasen á su
pobre Batiste, calumniándolo ante el tribunal para que le impusieran
multas injustas. Ahora eran sus hijas las que perseguían á la pobre
Roseta, como si la infeliz tuviese culpa alguna. ¿Y todo por qué?...
Porque querían vivir trabajando, sin ofender á nadie, como Dios manda.
Batiste, al ver á su hija ensangrentada y llorosa, palideció, dando
algunos pasos hacia el camino con la vista fija en la barraca de
_Pimentó_, cuya techumbre asomaba sobre los cañares.
Pero se detuvo y acabó por reñir dulcemente á Roseta. Lo ocurrido la
enseñaría á no pasear por gusto en la huerta. Ellos debían evitar todo
roce con los demás: vivir juntos y unidos en su barraca, no separarse
nunca de unas tierras que eran su vida.
Dentro de su casa ya se guardarían los enemigos de venir á buscarles.
VI
Era un rumor de avispero, un susurro de colmena, lo que oían mañana y
tarde los huertanos al pasar frente al molino de la Cadena, por el
camino que va al mar.
Una espesa cortina de álamos cerraba la plazoleta formada por el camino
al ensancharse ante el amontonamiento de viejos tejados, paredes
agrietadas y negros ventanucos del molino, fábrica antigua y ruinosa,
montada sobre la acequia y apoyada en dos gruesos machones, por entre
los cuales caía la corriente en espumosa cascada.
El ruido lento y monótono que surgía entre los árboles era el de la
escuela de don Joaquín, establecida en una barraca oculta por la fila de
álamos.
Nunca el saber se vió peor alojado; y eso que, por lo común, no habita
palacios.
Era una barraca vieja, sin más luz que la de la puerta y la que se
colaba por las grietas de la techumbre; las paredes de dudosa blancura,
pues la señora maestra, mujer obesa que vivía pegada á su silleta de
esparto, pasaba el día oyendo y admirando á su esposo; unos cuantos
bancos, tres carteles de abecedario mugrientos, rotos por las puntas,
pegados al muro con pan mascado, y en el cuarto inmediato á la escuela
unos muebles, pocos y viejos, que parecían haber corrido media España.
En toda la barraca no había mas que un objeto nuevo: la luenga caña que
el maestro tenía detrás de la puerta, y que renovaba cada dos días en el
cañaveral vecino, siendo una felicidad que el género resultase tan
barato, pues se gastaba rápidamente sobre las duras y esquiladas testas
de aquellos pequeños salvajes.
Libros, apenas si se veían tres en la escuela: una misma cartilla servía
á todos. ¿Para qué más?... Allí imperaba el método moruno: canto y
repetición, hasta meter las cosas con un continuo martilleo en las duras
cabezas.
A causa de esto, desde la mañana hasta el anochecer, la vieja barraca
soltaba por su puerta una melopea fastidiosa, de la que se burlaban
todos los pájaros del contorno.
--Pa...dre... nuestro, que... estás... en los cielos....
--Santa... María....
--Dos por dos... cuuuatro....