¡Qué tarde!... La sed de su trigo y el recuerdo de la multa eran dos

feroces perros agarrados á su corazón. Cuando el uno, cansado de

morderle, iba durmiéndose, llegaba el otro á todo correr y le clavaba

los dientes.

Quiso distraerse con el trabajo, y se entregó con toda su voluntad á la

obra que llevaba entre manos: una pocilga levantada en el corral.

Pero su trabajo adelantó poco. Ahogábase entre las tapias; necesitaba

ver su campo, como los que necesitan contemplar su desgracia para

anegarse en la voluptuosidad del dolor. Y con las manos llenas de barro

volvió á salir de la barraca, quedando plantado ante su bancal de

mustio trigo.

A pocos pasos, por el borde del camino, pasaba murmurando la acequia,

henchida de agua roja.

La vivificante sangre de la huerta iba lejos, para otros campos cuyos

dueños no tenían la desgracia de ser odiados; y su pobre trigo allí,

arrugándose, languideciendo, agitando su cabellera verde, como si

hiciera señas al agua para que se aproximara y le acariciase con un

fresco beso.

A Batiste le pareció que el sol era más caliente que otros días. Caía el

astro en el horizonte, y sin embargo, el pobre labriego se imaginó que

sus rayos eran verticales y lo incendiaban todo.

Su tierra se resquebrajaba, abríase en tortuosas grietas, formando mil

bocas que en vano esperaban un sorbo.

No aguantaría el trigo su sed hasta el próximo riego. Moriría antes

seco, la familia no tendría pan; y después de tanta miseria, ¡multa

encima!... ¿Y aún dicen si los hombres se pierden?...

Movíase furioso en los linderos de su bancal. «¡Ah, _Pimentó!_

¡Grandísimo granuja!... ¡Si no hubiera Guardia civil!»

Y como los náufragos agonizantes de hambre y de sed, que en sus delirios

sólo ven mesas de festín y clarísimos manantiales, Batiste contempló

imaginariamente campos de trigo con los tallos verdes y erguidos y el

agua entrando á borbotones por las bocas de los ribazos, extendiéndose

con un temblor luminoso, como si riera suavemente al sentir las

cosquillas de la tierra sedienta.

Al ocultarse el sol, experimentó Batiste cierto alivio, como si el astro

se apagara para siempre y su cosecha quedase salvada.

Se alejó de sus campos, de su barraca, yendo insensiblemente camino

abajo, con paso lento, hacia la taberna de _Copa_. Ya no pensaba en la

existencia de la Guardia civil y acogía con gusto la posibilidad de un

encuentro con _Pimentó_, que no debía andar lejos de la taberna.

Venían hacia él por los bordes del camino los veloces rosarios de

muchachas, cesta al brazo y falda revoloteante, de regreso de las

fábricas de la ciudad.

Azuleaba la huerta bajo el crepúsculo. En el fondo, sobre las obscuras

montañas, coloreábanse las nubes con resplandor de lejano incendio; por

la parte del mar temblaban en el infinito las primeras estrellas;

ladraban los perros tristemente; con el canto monótono de ranas y

grillos confundíase el chirrido de carros invisibles alejándose por

todos los caminos de la inmensa llanura.

Batiste vio venir á su hija, separada de las otras muchachas, caminando

con paso perezoso. Sola no. Creyó ver que hablaba con un hombre, el cual

seguía la misma dirección que ella, aunque algo separado, como van

siempre los novios en la huerta, pues la aproximación es para ellos

signo de pecado.

Al distinguir á Batiste en medio del camino, el hombre fué retrasando su

marcha y quedó lejos cuando Roseta llegó junto á su padre.

Éste permaneció inmóvil, con el deseo de que el desconocido siguiese

adelante, para conocerle.

--_¡Bòna nit, siñor Batiste!_

Era la misma voz tímida que le había saludado á mediodía: el nieto del

tío _Tomba_. Este zagal no parecía tener otra ocupación que vagar por

los caminos para saludarle y metérsele por los ojos con blanda dulzura.

Miró á su hija, que enrojecía bajando los ojos.

--_¡A casa, á casa! ¡Yo t'arreglaré!_.

Y con la terrible majestad del padre latino, señor absoluto de sus

hijos, más propenso á infundir miedo que á inspirar afecto, empezó á

andar seguido por la trémula Roseta, la cual, al acercarse á su barraca,

creía marchar hacia una paliza segura.

Se equivocó. El pobre padre no tenía en aquel momento más hijos en el

mundo que su cosecha, el trigo enfermo, arrugado, sediento, que le

llamaba á gritos pidiendo un sorbo para no morir.

Y en esto pensó mientras su mujer arreglaba la cena. Roseta iba de un

lado á otro fingiendo ocupaciones para no llamar la atención, esperando

de un momento á otro el estallido de la cólera paternal. Y Batiste

seguía pensando en su campo, sentado ante la mesilla enana, rodeado de

toda su familia menuda, que á la luz del candil miraba con avaricia una

cazuela humeante de bacalao con patatas.

La mujer todavía suspiraba pensando en la multa, y establecía sin duda

comparaciones entre la cantidad fabulosa que iban á arrancarle y el

desahogo con que toda la familia movía sus mandíbulas.

Batiste apenas comió, ocupado en contemplar la voracidad de los suyos.

Batistet, el hijo mayor, hasta se apoderaba con fingida distracción de

los mendrugos de los pequeños. A Roseta, el miedo le daba un apetito

feroz.

Nunca como entonces comprendió Batiste la carga que pesaba sobre sus

espaldas. Aquellas bocas que se abrían para tragarse los escasos

ahorros de la familia quedarían sin alimento si lo de fuera llegaba á

secarse.

¿Y todo por qué? Por la injusticia de los hombres, porque hay leyes para

molestar á los trabajadores honrados.... No debía pasar por ello. Su

familia antes que nadie. ¿No estaba dispuesto á defender á los suyos de

los mayores peligros? ¿No tenía el deber de mantenerles?... Hombre era

él capaz de convertirse en ladrón para darles de comer. ¿Por qué había

de someterse, cuando no se trataba de robar, sino de la salvación de su

cosecha, de lo que era muy suyo?

La imagen de la acequia que á poca distancia arrastraba su caudal

murmurante para otros, era para él un martirio. Enfurecíale que la vida

pasase junto á su puerta sin poder aprovecharla, porque así lo querían

las leyes.

De repente se levantó, como hombre que adopta una resolución y para

cumplirla lo atropella todo:

--_¡A regar! ¡á regar!_

La mujer se asustó, adivinando instantáneamente todo el peligro de tan

desesperada resolución. «¡Por Dios, Batiste!... Le impondrían una multa

mayor; tal vez los del tribunal, ofendidos por la rebeldía, le quitasen

el agua para siempre. Había que pensarlo.... Era mejor esperar.»

Pero Batiste tenía la cólera firme de los hombres flemáticos y

cachazudos, que cuando pierden la calma tardan mucho á recobrarla.

--_¡A regar! ¡á regar!_

Y Batistet, repitiendo alegremente las palabras de su padre, cogió los

azadones y salió de la barraca seguido de su hermana y los pequeños.

Todos querían tomar parte en este trabajo, que parecía una fiesta.

La familia sentía el alborozo de un pueblo que con la rebeldía recobra

la libertad.

Marcharon todos hacia la acequia, que murmuraba en la sombra. La inmensa

vega perdíase en azulada penumbra; ondulaban los cañares como rumorosas

y obscuras masas, y las estrellas parpadeaban en el espacio negro.

Batiste se metió en la acequia hasta las rodillas, colocando la barrera

que había de detener las aguas, mientras su hijo, su mujer y hasta su

hija atacaban con los azadones el ribazo, abriendo boquetes por donde

entraba el riego á borbotones.

Toda la familia experimentó una sensación de frescura y bienestar.

La tierra cantaba de alegría con un goloso glu-glu que les llegaba al

corazón á todos ellos. «¡Bebe, bebe, pobrecita!» Y hundían sus pies en

el barro, yendo encorvados de un lado á otro del campo, para ver si el

agua llegaba á todas partes.

Batiste mugió con la satisfacción cruel que produce el goce de lo

prohibido. ¡Qué peso se quitaba de encima!... Podían venir ahora los del

tribunal y hacer lo que quisieran. Su campo bebía; esto era lo

importante.

Y como su fino oído de hombre habituado á la soledad creyó percibir

cierto rumor inquietante en los vecinos cañares, corrió á la barraca,

para volver inmediatamente empuñando su escopeta nueva.

Con el arma sobre el brazo y el dedo en el gatillo, estuvo más de una

hora junto á la barrera de la acequia.

El agua no pasaba adelante: se derramaba en los campos de Batiste, que

bebían y bebían con la sed del hidrópico.

Tal vez los de abajo se quejaban; tal vez _Pimentó_, advertido como

«atandador», rondaba por las inmediaciones, indignado por el insolente

ataque á la ley.

Pero allí estaba Batiste como centinela de su cosecha, desesperado héroe

de la lucha por la vida, guardando á los suyos, que se agitaban sobre el

campo extendiendo el riego, dispuesto á soltarle un escopetazo al

primero que intentase echar la barrera restableciendo el curso legal del

agua.

Era tan fiera su actitud destacándose erguido en medio de la acequia, se

adivinaba en este fantasma negro tal resolución de recibir á tiros al

que se presentase, que nadie salió de los inmediatos cañares, y bebieron

sus campos durante una hora sin protesta alguna.

Y lo que es más extraño: el jueves siguiente, el «atandador» no le hizo

comparecer ante el Tribunal de las Aguas.

La huerta se había enterado de que en la antigua barraca de _Barret_ el

único objeto de valor era una escopeta de dos cañones, comprada

recientemente por el intruso con esa pasión africana del valenciano, que

se priva gustoso del pan por tener detrás de la puerta de su vivienda un

arma nueva que excite envidias é inspire respeto.

V

Todos los días, al amanecer, saltaba de la cama Roseta, la hija de

Batiste, y con los ojos hinchados por el sueño, extendiendo los brazos

con gentiles desperezos que estremecían todo su cuerpo de rubia esbelta,

abría la puerta de la barraca.

Chillaba la garrucha del pozo, saltaba ladrando de alegría junto á sus

faldas el feo perrucho que pasaba la noche fuera de la barraca, y

Roseta, á la luz de las últimas estrellas, echábase en cara y manos todo

un cubo de agua fría sacada de aquel agujero redondo y lóbrego, coronado

en su parte alta por espesos manojos de hiedra.

Después, á la luz del candil, iba y venía por la barraca preparando su

viaje á Valencia.

La madre la seguía sin verla desde la cama, para hacerle toda clase de

indicaciones. Podía llevarse las sobras de la cena; con esto y tres

sardinas que encontraría en el vasar tenía bastante. Cuidado con romper

la cazuela, como el otro día. ¡Ah! Y que no olvidase comprar hilo,

agujas y unas alpargatas para el pequeño. ¡Criatura más destrozona!...

En el cajón de la mesita encontraría el dinero.

Y mientras la madre daba una vuelta en la cama, dulcemente acariciada

por el calor del _estudi_, proponiéndose dormir media hora más junto al

enorme Batiste, que roncaba sonoramente, Roseta seguía sus evoluciones.

Colocaba la mísera comida en una cestita, se pasaba un peine por los

pelos de un rubio claro, como si el sol hubiese devorado su color, se

anudaba el pañuelo bajo la barba, y antes de salir volvíase con un

cariño de hermana mayor para ver si los chicos estaban bien tapados,

inquieta por esta gente menuda, que dormía en el suelo de su mismo

_estudi_, y acostada en orden de mayor á menor--desde el grandullón

Batistet hasta el pequeñuelo que apenas hablaba--, parecía la tubería de

un órgano.

--_Vaya, adiós. ¡Hasta la nit!_--gritaba la animosa muchacha pasando su

brazo por el asa de la cestita, y cerraba la puerta de la barraca,

echando la llave por el resquicio inferior.

Ya era de día. Bajo la luz acerada del amanecer veíase por sendas y

caminos el desfile laborioso marchando en una sola dirección, atraído

por la vida de la ciudad.

Pasaban los grupos de airosas hilanderas con un paso igual, moviendo

garbosamente el brazo derecho, que cortaba el aire como un remo, y

chillando todas á coro cada vez que algún mocetón las saludaba desde los

campos vecinos con palabras amorosas.

Roseta marchaba sola hacia la ciudad. Bien sabía la pobre lo que eran

sus compañeras, hijas y hermanas de los enemigos de su familia.

Varias de ellas trabajaban en su fábrica, y la pobre rubita, más de una

vez, haciendo de tripas corazón, había tenido que defenderse á arañazo

limpio. Aprovechando sus descuidos, arrojaban cosas infectas en la cesta

de su comida; romperle la cazuela lo habían hecho varias veces, y no

pasaban junto á ella en el taller sin que dejasen de empujarla sobre el

humeante perol donde era ahogado el capullo, llamándola hambrona y

dedicando otros elogios parecidos á su familia.

En el camino huía de todas ellas como de un tropel de furias, y

únicamente sentíase tranquila al verse dentro de la fábrica, un caserón

antiguo cerca del Mercado, cuya fachada, pintada al fresco en el siglo

XVIII, todavía conservaba entre desconchaduras y grietas ciertos grupos

de piernas de color rosa y caras de perfil bronceado, restos de

medallones y pinturas mitológicas.

Roseta era da toda la familia la más parecida á su padre: «una fiera

para el trabajo», como decía Batiste de sí mismo. El vaho ardoroso de

los pucheros donde se ahogaba el capullo subíasele á la cabeza,

escaldándole los ojos; pero á pesar de esto, permanecía firme en su

sitio, buscando en el fondo del agua hirviente los cabos sueltos de

aquellas cápsulas de seda blanducha, de un suave color de caramelo, en

cuyo interior acababa de morir achicharrado el gusano laborioso, la

larva de preciosa baba, por el delito de fabricarse una rica mazmorra

para su transformación en mariposa.

Reinaba en el caserón un estrépito de trabajo ensordecedor y fatigoso

para las hijas de la huerta, acostumbradas á la calma de la inmensa

llanura, donde la voz se transmite á enormes distancias. Abajo mugía la

máquina de vapor, dando bufidos espantosos que se transmitían por las

múltiples tuberías; rodaban poleas y tornos con un estrépito de mil

diablos; y por si no bastase tanto ruido, las hilanderas, según

costumbre tradicional, cantaban á coro con voz gangosa el _Padre

nuestro_, el _Ave María_ y el _Gloria Patri_, con la misma tonadilla del

llamado Rosario de la Aurora, procesión que desfila por los senderos de

la huerta los domingos al amanecer.

Esta devoción no les impedía que riesen cantando, y por lo bajo, entre

oración y oración, se insultasen y apalabrasen para darse cuatro

arañazos á la salida, pues estas muchachas morenas, esclavizadas por la

rígida tiranía que reina en la familia labriega y obligadas por

preocupación hereditaria á estar siempre ante los hombres con los ojos

bajos, eran allí verdaderos demonios al verse juntas y sin freno,

complaciéndose sus lenguas en soltar todo lo oído en los caminos á

carreteros y labradores.

Roseta era la más callada y laboriosa. Para no distraerse en su trabajo,

se abstenía de cantar y jamás provocó riñas. Tenía tal facilidad para

aprenderlo todo, que á las pocas semanas ganaba tres reales diarios,

casi el máximum del jornal, con grande envidia de las otras.

Mientras las bandas de muchachas despeinadas salían de la fábrica á la

hora de comer para engullirse el contenido de sus cazuelas en los

portales inmediatos, hostilizando á los hombres con miradas insolentes

para que les dijesen algo y chillar después falsamente escandalizadas,

emprendiendo con ellos un tiroteo de desvergüenzas, Roseta quedábase en

un rincón del taller sentada en el suelo, con dos ó tres jóvenes que

eran de la otra huerta, de la orilla derecha del río, y maldito si les

interesaba la historia del tío _Barret_ y los odios de sus compañeras.

En las primeras semanas, Roseta veía con cierto terror la llegada del

anochecer, y con él la hora de la salida...

Temiendo á las compañeras que seguían su mismo camino, entreteníase en

la fábrica algún tiempo, dejándolas salir delante como una tromba, de la

que partían escandalosas risotadas, aleteos de faldas, atrevidos

dicharachos y olor de salud, de miembros ásperos y duros.

Caminaba perezosamente por las calles de la ciudad en los fríos

crepúsculos de invierno, comprando los encargos de su madre,

deteniéndose embobada ante los escaparates que empezaban á iluminarse, y

al fin, pasando el puente, se metía en los obscuros callejones de los

arrabales para salir al camino de Alboraya.

Hasta aquí todo iba bien. Pero después caía en la huerta obscura, con

sus ruidos misteriosos, sus bultos negros y alarmantes que pasaban

saludándola con un «_¡Bòna nit!_» lúgubre, y comenzaban para ella el

miedo y el castañeteo de dientes.

No la intimidaban el silencio y la obscuridad. Como buena hija del

campo, estaba acostumbrada á ellos. La certeza de que no iba á encontrar

á nadie en el camino la hubiera dado confianza. En su terror, jamás

pensaba, como sus compañeras, en muertos, ni en brujas y fantasmas. Los

que la inquietaban eran los vivos.

Recordaba con pavor ciertas historias de la huerta oídas en la fábrica:

el miedo de las jóvenes á _Pimentó_ y otros jaques de los que se reunían

en casa de _Copa_: desalmados que, aprovechándose de la obscuridad,

empujaban á las muchachas solas al fondo de las regaderas en seco ó las

hacían caer detrás de los pajares. Y Roseta, que ya no era inocente

después de su entrada en la fábrica, dejaba correr su imaginación hasta

los últimos límites de lo horrible, viéndose asesinada por uno de estos

monstruos, con el vientre abierto y rebañado por dentro lo mismo que los

niños de que hablaban las leyendas de la huerta, á los cuales unos

verdugos misteriosos sacaban las mantecas, confeccionando milagrosos

medicamentos para los ricos.

En los crepúsculos de invierno, obscuros y muchas veces lluviosos,

salvaba Roseta temblando más de la mitad del camino. Pero el trance más

cruel, el obstáculo más temible, estaba casi al final, cerca ya de su

barraca, y era la famosa taberna de _Copa_.

Allí estaba la cueva de la fiera. Era este trozo de camino el más

concurrido é iluminado. Rumor de voces, estallidos de risas, guitarreos

y coplas á grito pelado salían por aquella puerta roja como una boca de

horno, que arrojaba sobre el camino negro un cuadro de luz cortado por

la agitación de grotescas sombras. Y sin embargo, la pobre hilandera, al

llegar cerca de allí, deteníase indecisa, temblorosa, como las heroínas

de los cuentos ante la cueva del ogro, dispuesta á meterse á campo

traviesa para dar vuelta por detrás del edificio, á hundirse en la

acequia que bordeaba el camino y deslizarse agazapada por entre los

ribazos; á cualquier cosa, menos á pasar frente á la rojiza boca que

despedía el estrépito de la borrachera y la brutalidad.

Al fin se decidía. Realizaba un esfuerzo de voluntad, como el que va á

arrojarse de una altura, y siguiendo el borde de la acequia, con paso

ligerísimo y el equilibrio portentoso que da el miedo, pasaba veloz ante

la taberna.

Era una exhalación, una sombra blanca que no llegaba á fijarse por su

rapidez en los turbios ojos de los parroquianos de _Copa_.

Pasada la taberna, la muchacha corría y corría, creyendo que alguien iba

á sus alcances, esperando sentir en su falda el tirón de una zarpa

poderosa.

No se serenaba hasta escuchar el ladrido del perro de su barraca, aquel

animal feísimo, que por antítesis sin duda era llamado _Lucero_, y el

cual la recibía en medio del camino con cabriolas, lamiendo sus manos.

Nunca le adivinaron á Roseta en su casa los terrores pasados en el

camino. La pobre muchacha componía el gesto al entrar en la barraca, y á

las preguntas de su madre, inquieta, contestaba echándola de valerosa y

afirmando que había llegado con unas compañeras.

No quería que su padre tuviese que salir por las noches al camino para

acompañarla. Conocía el odio de la vecindad; la taberna de _Copa_ con su

gente pendenciera le inspiraba mucho miedo.

Y al día siguiente volvía á la fábrica, para sufrir los mismos temores

al regreso, animada únicamente por la esperanza de que pronto vendría la

primavera, con sus tardes más largas y los crepúsculos luminosos, que la

permitirían volver á la barraca antes que obscureciese.

Una noche experimentó Roseta cierto alivio. Cerca aún de la ciudad,

salió al camino un hombre que empezó á marchar al mismo paso que ella.

--_¡Bòna nit!_

Y mientras la hilandera iba por el alto ribazo que bordeaba el camino,

el hombre marchaba por el fondo, entre los profundos surcos abiertos por

las ruedas de los carros, tropezando en ladrillos rotos, pucheros

desportillados y hasta objetos de vidrio, con los que manos previsoras

querían cegar los baches de remoto origen.

Roseta se mostraba tranquila: había conocido á su compañero apenas la

saludó. Era Tonet, el nieto del tío _Tomba_, el pastor: un buen

muchacho, que servía de criado al carnicero de Alboraya, y de quien se

burlaban las hilanderas al encontrarle en el camino, complaciéndose en

ver cómo enrojecía, volviendo la cara, á la menor palabra.

¡Chico más tímido!... No tenía en el mundo otros parientes que su

abuelo; trabajaba hasta en los domingos, y lo mismo iba á Valencia á

recoger estiércol para los campos de su amo, como le ayudaba en las

matanzas de reses y labraba la tierra ó llevaba carne á las alquerías

ricas. Todo á cambio de malcomer él y su abuelo y de ir hecho un rotoso,

con ropas viejas de su amo. No fumaba; había entrado dos ó tres veces en

su vida en casa de _Copa_, y los domingos, si tenía algunas horas

libres, en vez de estarse en la plaza de Alboraya puesto en cuclillas

como los demás, viendo á los mozos guapos jugar á la pelota, íbase al

campo, vagando sin rumbo por la enmarañada red de sendas, y si

encontraba algún árbol cargado de pájaros, allí se quedaba embobado por

el revoloteo y los chillidos de estos bohemios de la huerta.

La gente veía en él algo de la extravagancia misteriosa de su abuelo el

pastor, y todos lo consideraban como un infeliz, tímido y dócil.

La hilandera se animó con su compañía. Era más seguro para ella marchar

al lado de un hombre, y más si éste era Tonet, que inspiraba confianza.

Le habló, preguntándole de dónde venía, y el joven sólo supo contestar

vagamente con su habitual timidez: «_D'ahí... d'ahí_...» Luego calló,

como si estas palabras le costasen inmenso esfuerzo.

Siguieron el camino en silencio, separándose cerca de la barraca.

--_¡Bòna nit y grasies!_--dijo la muchacha.

--_¡Bòna nit!_--y desapareció Tonet marchando hacia el pueblo.

Fué para ella un incidente sin importancia, un encuentro agradable, que

la había quitado el miedo; nada más. Y sin embargo, Roseta aquella noche

cenó y se acostó pensando en el nieto del tío _Tomba_.

Ahora recordaba las veces que le había encontrado por la mañana en el

camino, y hasta le parecía que Tonet procuraba marchar siempre al mismo

paso que ella, aunque algo separado para no llamar la atención de las

mordaces hilanderas.... En ciertas ocasiones, al volver bruscamente la

cabeza, creía haberle sorprendido con los ojos fijos en ella...

Y la muchacha, como si estuviera hilando un capullo, agarraba estos

cabos sueltos de su memoria y tiraba y tiraba, recordando todo lo de su

existencia que tenía relación con Tonet: la primera vez que lo vió, y su

compasiva simpatía por las burlas de las hilanderas, que él soportaba

cabizbajo y tímido, como si estas arpías en banda le inspirasen miedo;

después, los frecuentes encuentros en el camino y las miradas fijas del

muchacho, que parecían querer decirla algo.

Al ir á Valencia en la mañana siguiente, no le vió; pero por la noche,

al emprender el regreso á su barraca, no sentía miedo, á pesar de que el

crepúsculo era obscuro y lluvioso. Presentía la aparición del

tranquilizante compañero, y efectivamente, le salió al paso casi en el

mismo punto que el día anterior.

Fué tan expresivo como siempre: «_¡Bòna nit!_» y siguió andando al lado

de ella.

Roseta se mostró más locuaz. ¿De dónde venía? ¡Qué casualidad,

encontrarse dos días seguidos! Y él, tembloroso, cual si las palabras le

costasen gran esfuerzo, contestaba como siempre: «_D'ahí... d'ahí_....»

La muchacha, que en realidad era tan tímida como él, sentía sin embargo

deseos de reirse de su turbación. Ella habló de su miedo, de los sustos

que durante el invierno pasaba en el camino; y Tonet, halagado por el

servicio que prestaba á la joven, despegó los labios al fin, para

decirla que la acompañaría con frecuencia. Él siempre tenía asuntos de

su amo que le obligaban á marchar por la vega.

La Barraca · 第 5 / 13 段