de sus convecinos y era el caballero andante de la huerta, prometía
entre dientes algo así como pegarle una paliza y refrescarlo después en
una acequia; pero las mismas víctimas del avaro le disuadían hablando de
la importancia de don Salvador, hombre que se pasaba las mañanas en los
Juzgados y tenía amigos de muchas campanillas. Con gente así siempre
pierde el pobre.
De todos sus colonos, el mejor era _Barret_: aunque á costa de grandes
esfuerzos, nada le debía. Y el viejo, que lo citaba como modelo á los
otros arrendatarios, cuando estaba frente á él extremaba su crueldad, se
mostraba más exigente, excitado por la mansedumbre del labrador,
contento de encontrar un hombre en el que podía saciar sin miedo sus
instintos de opresión y de rapiña.
Aumentó, por fin, el precio del arrendamiento de las tierras. _Barret_
protestó, y hasta lloró recordando los méritos de su familia, que había
perdido la piel en aquellos campos para hacer de ellos los mejores de la
huerta. Pero don Salvador se mostró inflexible. ¿Eran los mejores?...
Pues debía pagar más. Y _Barret_ pagó el aumento. La sangre daría él
antes que abandonar estas tierras que poco á poco absorbían su vida.
Ya no tenía dinero para salir de apuros; sólo contaba con lo que
produjesen los campos. Y completamente solo, ocultando á la familia su
situación, teniendo que sonreir cuando estaba entre su mujer y sus
hijas, las cuales le recomendaban que no se esforzase tanto, el pobre
_Barret_ se entregó á la más disparatada locura del trabajo.
Olvidó el sueño. Parecíale que sus hortalizas crecían con menos rapidez
que las de los vecinos; quiso él solo cultivar todas las tierras;
trabajaba de noche á tientas; el menor nubarrón de granizo le ponía
fuera de sí, trémulo de miedo; y él, tan bondadoso, tan honrado, hasta
se aprovechaba de los descuidos de los labradores colindantes para
robarles una parte de riego.
Si su familia estaba ciega, en las barracas vecinas bien adivinaban la
situación de _Barret_, compadeciendo su mansedumbre. Era un buenazo, no
sabía «plantarle cara» al repugnante avaro, y éste lo iba chupando
lentamente hasta devorarlo por entero.
Y así fué. El pobre labrador, agobiado por una existencia de fiebre y
demencia laboriosa, quedábase en los huesos, encorvado como un
octogenario, con los ojos hundidos. Aquel gorro característico que
justificaba su mote ya no se detenía en sus orejas; aprovechando la
creciente delgadez, bajaba hasta los hombros como un fúnebre apagaluz de
su existencia.
Lo peor para él era que este exceso de cansancio insostenible sólo le
permitía pagar á medias al insaciable ogro. Las consecuencias de su
locura por el trabajo no se hicieron esperar. El rocín del tío _Barret_,
un animal sufrido que le seguía en todos sus desesperados esfuerzos,
cansado de trabajar de día y de noche, de ir tirando del carro al
Mercado de Valencia con carga de hortalizas, y á continuación, sin
tiempo para respirar ni desudarse, verse enganchado al arado, tomó el
partido de morir, antes que permitirse el menor intento de rebelión
contra su pobre amo.
¡Entonces sí que se consideró perdido irremisiblemente el pobre
labrador! Con desesperación miró sus campos, que ya no podía cultivar;
las hileras de frescas hortalizas, que la gente de la ciudad consumía
con indiferencia, sin sospechar las angustias que su producción hace
sufrir á un pobre padre en continua batalla con la tierra y la miseria.
Pero la Providencia, que nunca abandona al pobre, le habló por boca de
don Salvador. Por algo dicen que Dios saca muchas veces el bien del mal.
El insufrible tacaño, el voraz usurero, al conocer su desgracia le
ofreció ayuda con una bondad paternal y conmovedora. ¿Qué necesitaba
para comprar otra bestia? ¿cincuenta duros? Pues allí estaba él para
ayudarle, demostrando con esto cuán injustos eran los que le odiaban y
hablaban mal de su persona.
Y prestó dinero á _Barret_, con el insignificante detalle de exigirle
una firma--los negocios son negocios--al pie de cierto papel en el que
se hablaba de interés, de acumulación de réditos, de responsabilidad de
la deuda, mencionando para esto último los muebles, las herramientas,
todo cuanto poseía el labrador en su barraca, incluso los animales del
corral.
_Barret_, animado por la posesión de un nuevo rocín joven y brioso,
volvió con más ahinco á su trabajo, á matarse sobre aquellos terruños,
que parecían crecer según disminuían sus fuerzas, envolviéndolo como un
sudario rojo.
La mayor parte de lo que cosechaba en sus campos se lo comía la familia,
y los puñados de cobre que sacaba de la venta del resto en el Mercado de
Valencia desparramábanse, sin llegar á formar nunca el montón necesario
para acallar á don Salvador.
Estas angustias del tío _Barret_ por satisfacer su deuda sin poder
conseguirlo acabaron por despertar en él cierto instinto de rebelión,
haciendo surgir de su rudo pensamiento vagas y confusas ideas de
justicia. ¿Por qué no eran suyos los campos? Todos sus abuelos habían
dejado la vida entre aquellos terrones; estaban regados con el sudor da
la familia; si no fuese por ellos, por los _Barret_, estarían las
tierras tan despobladas como la orilla del mar.... Y ahora venía á
apretarle la argolla, á hacerle morir con sus recordatorios, aquel viejo
sin entrañas que era el amo, aunque no sabía coger un azadón ni en su
vida había doblegado el espinazo.... ¡Cristo! ¡Y cómo arreglan las cosas
los hombres!...
Pero estas rebeliones eran momentáneas; volvía á él la sumisión
resignada del labriego, el respeto tradicional y supersticioso para la
propiedad. Había que trabajar y ser honrado.
Y el pobre hombre, que consideraba el no pagar como la mayor de las
deshonras, volvía á sus faenas cada vez más débil, más extenuado,
sintiendo en su interior el lento desplome de su energía, convencido de
que no podía prolongar esta lucha, pero indignado ante la posibilidad
tan sólo de abandonar un palmo de las tierras de sus ascendientes.
Del semestre de Navidad no pudo entregar á don Salvador mas que una
pequeña parte. Llegó San Juan, y ni un céntimo. La mujer estaba
enferma; para pagar los gastos hasta había vendido el «oro del
casamiento» las venerables arracadas y el collar, de perlas, que eran el
tesoro de familia, y cuya futura posesión provocaba discusiones entre
las cuatro muchachas.
El viejo avaro se mostró inflexible. No, _Barret_, aquello no podía
continuar. Como él era bueno (por más que la gente no lo creyese), no
podía consentir que el labrador siguiese matándose en este empeño de
cultivar unas tierras más grandes que sus fuerzas. No lo consentiría;
era asunto de buen corazón. Y como le habían hecho proposiciones de
nuevo arrendamiento, avisaba á _Barret_ para que dejase los campos
cuanto antes. Lo sentía mucho, pero él también era pobre.... ¡Ah! Y por
esto mismo le recordaba que habría que hacer efectivo el préstamo para
la compra del rocín, cantidad que con los réditos ascendía á....
El pobre labrador ni se fijó en los miles de reales á que subía su deuda
con los dichosos réditos: tan turbado y confuso le dejó la orden de
abandonar sus tierras.
La debilidad, el desgaste interior producido por la abrumadora lucha de
varios años, se manifestó repentinamente.
Él, que no había llorado nunca, gimoteó como un niño. Toda su altivez,
su gravedad moruna, desaparecieron de golpe, y arrodillóse ante el
vejete pidiendo que no le abandonase, pues veía en él á su padre.
Pero buen padre se había echado el pobre _Barret_. Don Salvador se
mostró inflexible. Lo sentía mucho, pero no podía hacer otra cosa. Él
también era pobre, debía procurar por el pan de sus hijos.... Y continuó
embozando su crueldad con frases de hipócrita sentimiento.
El labrador se cansó de pedir gracia. Fué varias veces á Valencia á la
casa del amo para hablarle de sus antepasados, de los derechos morales
que tenía sobre aquellas tierras, á pedirle un poco de paciencia,
afirmando con loca esperanza que él pagaría, y al fin el avaro acabó por
no abrirle su puerta.
La desesperación regeneró á _Barret_. Volvió á ser el hijo de la huerta,
altivo, enérgico é intratable cuando cree que le asiste la razón. ¿No
quería oirle el amo? ¿Se negaba á darle una esperanza?... Pues bien; él
en su casa esperaba; si el otro quería algo, que fuese á buscarle. ¡A
ver quién era el guapo que le hacía salir de su barraca!
Y siguió trabajando, aunque con recelo, mirando ansiosamente siempre que
pasaba algún desconocido por los caminos inmediatos, como quien aguarda
de un momento á otro ser atacado por una gavilla de bandidos.
Le citaron al Juzgado y no compareció. Ya sabía él lo que era aquello:
enredos de los hombres para perder á las gentes de bien. Si querían
robarle, que le buscasen allí, sobre los campos que eran pedazos de su
piel, y como á tales los defendería.
Un día le avisaron que por la tarde iría el Juzgado á proceder contra
él, á expulsarlo de las tierras, embargando además para pago de sus
deudas todo cuanto tenía en la barraca. Aquella noche ya no dormiría en
ella.
Tan inaudito resultaba esto para el pobre tío _Barret_, que sonrió con
incredulidad. Eso podría ser para los tramposos, para los que no han
pagado nunca; pero él, que siempre había cumplido, que nació allí mismo,
que sólo debía un año de arrendamiento... ¡quiá! ¡Ni que viviera uno
entre salvajes, sin caridad ni religión!
Pero en la tarde, cuando vió venir por el camino á unos señores vestidos
de negro, fúnebres pajarracos con alas de papel arrolladas bajo el
brazo, ya no dudó. Aquel era el enemigo. Iban á robarle.
Y sintiendo en su interior la ciega bravura del mercader moro que sufre
toda clase de ofensas, pero enloquece de furor cuando le tocan su
propiedad, _Barret_ entró corriendo en su barraca, agarró la vieja
escopeta que tenía siempre cargada detrás de la puerta, y echándosela á
la cara plantóse bajo el emparrado, dispuesto á meterle dos balas al
primero de aquellos bandidos de la ley que pusiera el pie en sus campos.
Salieron corriendo su mujer, enferma, y las cuatro hijas, gritando como
locas, y se abrazaron á él, intentando arrancarle la escopeta, tirando
del cañón con ambas manos. Y tales fueron los gritos de este grupo, que
luchando y forcejeando iba de un pilar á otro del emparrado, que
empezaron á salir gentes de las vecinas barracas, y llegaron corriendo,
en tropel, ansiosas, con la solidaridad fraternal de los que viven en
despoblado.
_Pimentó_ fué el que se hizo dueño de la escopeta y prudentemente se la
llevó á su casa. _Barret_ iba detrás, intentando perseguirle, sujeto y
contenido por los fuertes brazos de unos mocetones, desahogando su rabia
contra aquel bruto que le impedía defender lo suyo.
--«_¡Pimentó»!... ¡Lladre!... ¡Tórnam la escopeta!_...[3]
[3]--_¡Pimentó!_... ¡Ladrón!... ¡Devuélveme la escopeta!...
Pero el valentón sonreía bondadosamente, satisfecho de mostrarse
prudente y paternal con este viejo rabioso; y así fué conduciéndole
hasta su barraca, donde quedaron él y los amigos vigilándolo, dándole
consejos para que no cometiese un disparate. ¡Mucho ojo, tío _Barret_!
Aquella gente era de justicia, y el pobre siempre pierde metiéndose con
ella. Calma y mala intención, que todo llegará.
Y al mismo tiempo los negros pajarracos escribían papeles y más papeles
en la barraca de _Barret_, revolviendo impasibles los muebles y las
ropas, inventariando hasta el corral y el establo, mientras la esposa y
las hijas gemían desesperadamente y la multitud agolpada á la puerta
seguía con terror todos los detalles del embargo, intentando consolar á
las pobres mujeres, prorrumpiendo á la sordina en maldiciones contra el
judío don Salvador y aquellos tíos que se prestaban á obedecer á
semejante perro.
Al anochecer, _Barret_, que estaba como anonadado, y tras la crisis
furiosa parecía caído en un estado de sonambulismo, vió á sus pies unos
cuantos líos de ropa y oyó el sonido metálico de un saco que contenía
sus herramientas de labranza.
--_¡Pare!... ¡pare!_--gimotearon unas voces trémulas.
Eran las hijas, que se arrojaban en sus brazos; tras ellas, la pobre
mujer, enferma, temblando de fiebre; y en el fondo, invadiendo la
barraca de _Pimentó_ y perdiéndose más allá de la puerta obscura, toda
la gente del contorno, el aterrado coro de la tragedia.
Ya les habían hecho salir para siempre de su barraca. Los hombres negros
la habían cerrado, llevándose las llaves. No les quedaba otra cosa que
los fardos que estaban en el suelo, la ropa usada, las herramientas: lo
único que les habían permitido sacar de su casa.
Y las palabras eran entrecortadas por los sollozos, y volvían á
abrazarse el padre y las hijas, y Pepeta, la dueña de la barraca, y
otras mujeres lloraban y repetían las maldiciones contra el viejo avaro,
hasta que _Pimentó_ intervino oportunamente.
Tiempo quedaba para hablar de lo ocurrido; ahora, á cenar. ¡Qué demonio!
No había que gemir tanto por culpa de un tío judío. Si el tal viera todo
esto, ¡cómo se alegrarían sus malas entrañas!... La gente de la huerta
era buena; á la familia del tío _Barret_ la querían todos, y con ella
partirían un _rollo_ si no había más.
La mujer y las hijas del arruinado labrador fuéronse con unas vecinas á
pasar la noche en sus barracas. El tío _Barret_ se quedó allí, bajo la
vigilancia de _Pimentó_.
Permanecieron los dos hombres hasta las diez sentados en sus silletas
de esparto, á la luz del candil, fumando cigarro tras cigarro.
El pobre viejo parecía loco. Contestaba con secos monosílabos á las
reflexiones de aquel terne, que ahora las echaba de bonachón; y si
hablaba, era para repetir siempre las mismas palabras:
--_¡Pimentó!... ¡Tórnam la escopeta!_
Y _Pimentó_ sonreía con cierta admiración. Le asombraba la fiereza
repentina de este vejete, al que toda la huerta había tenido por un
infeliz. ¡Devolverle la escopeta!... ¡En seguida! Bien se adivinaba en
la arruga vertical hinchada entre sus cejas el propósito firme de hacer
polvo al autor de su ruina.
_Barret_ se enfurecía cada vez más con el mozo. Llegó á llamarle ladrón
porque se negaba á devolverle su arma. No tenía amigos; todos eran unos
ingratos, iguales al avaro don Salvador. No quería dormir allí: se
ahogaba. Y rebuscando en el saco de sus herramientas, escogió una hoz,
la atravesó en su faja y salió de la vivienda, sin que _Pimentó_
intentase atajarle el paso.
A tales horas nada malo podía hacer el viejo: que durmiese al raso, si
tal era su gusto. Y el valentón, cerrando la barraca, se acostó.
El tío _Barret_ fué derechamente hacia sus campos, y como un perro
abandonado, comenzó á dar vueltas alrededor de la barraca.
¡Cerrada!... ¡cerrada para siempre! Aquellas paredes las había levantado
su abuelo y las renovaba él todos los años. Aún se destacaba en la
obscuridad la blancura del nítido enjalbegado con que sus chicas las
cubrieron tres meses antes.
El corral, el establo, las pocilgas, eran obra de su padre; y aquella
montera de paja, tan alta, tan esbelta, con las dos crucecitas en sus
extremos, la había levantado él de nuevo, en sustitución de la antigua,
que hacía agua por todas partes.
Y obra de sus manos era también el brocal del pozo, las pilastras del
emparrado, las encañizadas, por encima de las cuales enseñaban sus
penachos de flores los claveles y los dompedros. ¿Y todo aquello iba á
ser propiedad de otro, porque sí, porque así lo querían los hombres?...
Buscó en su faja la tira de fósforos de cartón que le servían para
encender sus cigarros. Quería prender fuego á la paja de la techumbre.
¡Que se lo llevase todo el demonio! Al fin era suyo, bien lo sabía Dios,
y podía destruir su hacienda antes que verla en manos de ladrones.
Mas al ir á incendiar su antigua casa sintió una impresión de horror,
como si tuviese ante él los cadáveres de todos sus antepasados, y arrojó
los fósforos al suelo.
Continuaba rugiendo en su cabeza el ansia de destrucción, y para
satisfacerla se metió con la hoz en la mano en aquellos campos que
habían sido sus verdugos.
¡Ahora las pagaría todas juntas la tierra ingrata causa de sus
desdichas!
Horas enteras duró la devastación. Derrumbáronse á puntapiés las bóvedas
de cañas por las cuales trepaban las verdes hebras de las judías tiernas
y los guisantes; cayeron las habas partidas por la furiosa hoz, y las
filas de lechugas y coles saltaron á distancia á impulsos del agudo
acero, como cabezas cortadas, esparciendo en torno su cabellera de
hojas.... ¡Nadie se aprovecharía de su trabajo! Y así estuvo hasta
cerca del amanecer, cortando, aplastando con locos pataleos, jurando á
gritos, rugiendo blasfemias; hasta que al fin el cansancio aplacó su
furia, y se arrojó en un surco llorando como un niño, pensando que la
tierra sería en adelante su cama eterna y su único oficio mendigar en
los caminos.
Le despertaron los primeros rayos del sol hiriendo sus ojos y el alegre
parloteo de los pájaros que saltaban cerca de su cabeza, aprovechando
para su almuerzo los restos de la destrucción nocturna.
Se levantó, entumecido por el cansancio y la humedad. _Pimentó_ y su
mujer le llamaban desde lejos, invitándole á que tomase algo. _Barret_
les contestó con desprecio. «¡Ladrón! ¡Después que se había quedado con
su escopeta!...» Y emprendió el camino hacia Valencia, temblando de
frío, sin saber adónde iba.
Al pasar ante la taberna de _Copa_, entró en ella. Unos carreteros de la
vecindad le hablaron para compadecer su desgracia, invitándole á tomar
algo, y él se apresuró á aceptar. Quería algo contra aquel frío que se
le había metido en los huesos. Y él, tan sobrio, bebió uno tras otro dos
vasos de aguardiente, que cayeron como olas de fuego en su estómago
desfallecido.
Su cara se coloreó, adquiriendo después una palidez cadavérica; sus ojos
se vetearon de sangre. Se mostró con los carreteros que le compadecían
expresivo y confiado; casi como un ser feliz. Les llamaba hijos míos,
asegurándoles que no se apuraba por tan poco. No lo había perdido todo.
Aún le quedaba lo mejor de la casa, la hoz de su abuelo: una joya que no
quería cambiar ni por cincuenta hanegadas de tierra buena.
Y sacaba de su faja el curvo acero, puro y brillante: una herramienta de
fino temple y corte sutilísimo, que, según afirmaba _Barret_, podía
partir en el aire un papel de fumar.
Pagaron los carreteros, y arreando sus bestias alejáronse hacia la
ciudad, llenando el camino de chirridos de ruedas.
El viejo aún estuvo más de una hora en la taberna, hablando á solas,
advirtiendo que la cabeza se le iba; hasta que, molestado por la dura
mirada de los dueños, que adivinaban su estado, sintió una vaga
impresión de vergüenza y salió sin saludar, andando con paso inseguro.
No podía apartar de su memoria un recuerdo tenaz. Veía con los ojos
cerrados un gran huerto de naranjos que existía á más de una hora de
distancia, entre Benimaclet y el mar. Allí había ido él muchas veces por
sus asuntos, y allá iba ahora, á ver si el demonio era tan bueno que le
hacía tropezar con el amo, el cual raro era el día que no inspeccionaba
con su mirada de avaro los hermosos árboles uno por uno, como si tuviese
contadas las naranjas.
Llegó después de dos horas de marcha, deteniéndose muchas veces para dar
aplomo á su cuerpo, que se balanceaba sobre las inseguras piernas.
El aguardiente se había apoderado de él. Ya no sabía con qué objeto
había llegado hasta allí, tan lejos de la parte de la huerta donde
vivían los suyos, y acabó por dejarse caer en un campo de cáñamo á
orillas del camino. Al poco rato sus penosos ronquidos de borracho
sonaron entre los verdes y erguidos tallos.
Cuando despertó era ya bien entrada la tarde. Sentía pesadez en la
cabeza y el estómago desfallecido. Le zumbaban los oídos, y en su boca
empastada percibía un sabor horrible. ¿Qué hacía allí, cerca del huerto
del judío? ¿Cómo había llegado tan lejos? Su honradez primitiva le hizo
avergonzarse de este envilecimiento, é intentó ponerse en pie para huir.
La presión que producía sobre su estómago la hoz cruzada en la faja le
dió escalofríos.
Al incorporarse asomó la cabeza por entre el cáñamo y vió en una
revuelta del camino á un vejete que caminaba lentamente, envuelto en una
capa.
_Barret_ sintió que toda su sangre le subía de golpe á la cabeza, que
reaparecía su borrachera, y se incorporó, tirando de la hoz.... ¿Y aún
dicen que el demonio no es bueno? Allí estaba su hombre; el mismo que
deseaba ver desde el día anterior.
El viejo usurero había vacilado mucho antes de salir de su casa. Le
escocía algo lo del tío _Barret_; el suceso estaba reciente y la huerta
es traicionera. Pero el miedo de que aprovechasen su ausencia en el
huerto de naranjos pudo más que sus temores, y pensando que dicha finca
estaba lejos de la barraca embargada, púsose en camino.
Ya alcanzaba á contemplar su huerto, ya se reía del miedo pasado, cuando
vió saltar del bancal de cáñamo al propio _Barret_, y le pareció un
enorme demonio, con la cara roja, los brazos extendidos, impidiéndole
toda fuga, acorralándolo en el borde de la acequia que corría paralela
al camino. Creyó soñar; chocaron sus dientes, su cara púsose verde, y le
cayó la capa, dejando al descubierto un viejo gabán y los sucios
pañuelos arrollados á su cuello. Tan grandes eran su terror y su
turbación, que hasta le habló en castellano.
--_¡Barret!_ ¡hijo mío!--dijo con voz entrecortada--. Todo ha sido una
broma: no hagas caso. Lo de ayer fué para hacerte un poquito de
miedo... nada más. Vas á seguir en las tierras.... Pásate mañana por
casa... hablaremos. Me pagarás como mejor te parezca.
Y doblaba su cuerpo, evitando que se le acercase el tío _Barret_.
Pretendía escurrirse, huir de la terrible hoz, en cuya hoja se quebraba
un rayo de sol y se reproducía el azul del cielo. Como tenía la acequia
detrás de él, no encontraba sitio para moverse, y echaba el cuerpo
atrás, pretendiendo cubrirse con las crispadas manos.
El labrador sonreía como una hiena, enseñando sus dientes agudos y
blancos de pobre.
--_¡Embustero! ¡embustero!_--contestaba con una voz semejante á un
ronquido.
Y moviendo su herramienta de un lado á otro, buscaba sitio para herir,
evitando las manos flacas y desesperadas que se le ponían delante.
--¡Pero _Barret_! ¡hijo mío! ¿qué es esto?... ¡Baja esa arma... no
juegues.... Tú eres un hombre honrado... piensa en tus hijas. Te repito
que ha sido una broma. Ven mañana y te daré las lla.... ¡Aaay!...
Fué un rugido horripilante, un grito de bestia herida. Cansada la hoz de
encontrar obstáculos, había derribado de un solo golpe una de las manos
crispadas. Quedó colgando de los tendones y la piel, y el rojo muñón
arrojó la sangre con fuerza, salpicando á _Barret_, que rugió al
recibir en el rostro la caliente rociada.
Vaciló el viejo sobre sus piernas, pero antes de caer al suelo, la hoz
partió horizontalmente contra su cuello, y... ¡zas! cortando la
complicada envoltura de pañuelos, abrió una profunda hendidura,
separando casi la cabeza del tronco.
Cayó don Salvador en la acequia; sus piernas quedaron en el ribazo,
agitadas por un pataleo fúnebre de res degollada. Y mientras tanto, la
cabeza, hundida en el barro, soltaba toda su sangre por la profunda
brecha y las aguas se teñían de rojo, siguiendo su manso curso con un
murmullo plácido que alegraba el solemne silencio de la tarde.
_Barret_ permaneció plantado en el ribazo como un imbécil. ¡Cuánta
sangre tenía el tío ladrón! La acequia, al enrojecerse, parecía más
caudalosa. De repente, el labriego, dominado por el terror, echó á
correr, como si temiera que el riachuelo de sangre le ahogase al
desbordarse.
Antes de terminar el día circuló la noticia como un cañonazo que
conmovió toda la vega. ¿Habéis visto el gesto hipócrita, el regocijado
silencio con que acoge un pueblo la muerte del gobernante que le
oprime?... Así lloró la huerta la desaparición de don Salvador. Todos
adivinaron la mano del tío _Barret_, y nadie habló. Las barracas
hubiesen abierto para él sus últimos escondrijos; las mujeres le habrían
ocultado bajo sus faldas.
Pero el asesino vagó como un loco por la huerta, huyendo de las gentes,
tendiéndose detrás de los ribazos, agazapándose bajo los puentecillos,
escapando á través de los campos, asustado por el ladrido de los perros,
hasta que al día siguiente lo sorprendió la Guardia civil durmiendo en
un pajar.
Durante seis meses sólo se habló en la huerta del tío _Barret_.
Los domingos iban como en peregrinación hombres y mujeres á la cárcel de
Valencia para contemplar á través de los barrotes al pobre «libertador»,
cada vez más enjuto, con los ojos hundidos y la mirada inquieta.