Llegó la vista del proceso, y le sentenciaron á muerte.

La noticia causó honda impresión en la vega; curas y alcaldes pusiéronse

en movimiento para evitar tal vergüenza.... ¡Uno del distrito sentándose

en el cadalso! Y como _Barret_ había sido siempre de los dóciles,

votando lo que ordenaba el cacique y obedeciendo pasivamente al que

mandaba, se hicieron viajes á Madrid para salvar su vida, y el indulto

llegó oportunamente.

El labrador salió de la cárcel hecho una momia, y fué conducido al

presidio de Ceuta, para morir allá á los pocos años.

Disolvióse su familia; desapareció como un puñado de paja en el viento.

Las hijas, una tras otra, fueron abandonando las familias que las habían

recogido, trasladándose á Valencia para ganarse el pan como criadas; y

la pobre vieja, cansada de molestar con sus enfermedades, marchó al

Hospital, muriendo al poco tiempo.

La gente de la huerta, con la facilidad que tiene todo el mundo para

olvidar la desgracia ajena, apenas si de tarde en tarde recordaba la

espantosa tragedia del tío _Barret_, preguntándose qué sería de sus

hijas.

Pero nadie olvidó los campos y la barraca, permaneciendo unos y otra en

el mismo estado que el día en que la justicia expulsó al infortunado

colono.

Fué esto un acuerdo tácito de toda la huerta; una conjuración

instintiva, en cuya preparación apenas si mediaron palabras; pero hasta

los árboles y los caminos parecían entrar en ella.

_Pimentó_ lo había dicho el mismo día de la catástrofe. «¡A ver quién

era el guapo que se atrevía á meterse en aquellas tierras!»

Y toda la gente de la huerta, hasta las mujeres y los niños, parecían

contestar con sus miradas de mutua inteligencia: «Sí; á ver.»

Las plantas parásitas, los abrojos, comenzaron á surgir de la tierra

maldita que el tío _Barret_ había pateado y herido con su hoz la última

noche, como presintiendo que por culpa de ella moriría en presidio.

Los hijos de don Salvador, unos ricachos tan avaros como su padre,

creyéronse sumidos en la miseria porque el pedazo de tierra permanecía

improductivo.

Un labrador habitante en otro distrito de la huerta, hombre que las

echaba de guapo y nunca tenía bastante tierra, sintióse tentado por el

bajo precio del arrendamiento y apechugó con unos campos que á todos

inspiraban miedo.

Iba á labrar la tierra con la escopeta al hombro; él y sus criados se

reían de la soledad en que les dejaban los vecinos; las barracas se

cerraban á su paso, y desde lejos les seguían miradas hostiles.

Vigiló mucho el labrador, presintiendo una emboscada; pero de nada le

sirvió su cautela, pues una tarde en que regresaba solo á su casa,

cuando aún no había terminado la roturación de sus nuevos campos, le

largaron dos escopetazos, sin que viese al agresor, y salió

milagrosamente ileso del puñado de postas que pasó junto á sus orejas.

En los caminos no se veía á nadie. Ni una huella reciente. Le habían

tirado desde alguna acequia, emboscado el tirador detrás de los cañares.

Con enemigos así no era posible luchar; y el valentón, en la misma

noche, entregó las llaves de la barraca á sus amos.

Había que oir á los hijos de don Salvador. ¿Es que no existían gobiernos

ni seguridades para la propiedad... ni nada?

Indudablemente era _Pimentó_ el autor de la agresión, el que impedía que

los campos fuesen cultivados, y la Guardia civil prendió al jaque de la

huerta, llevándolo á la cárcel.

Pero cuando llegó el momento de las declaraciones, todo el distrito

desfiló ante el juez afirmando la inocencia de _Pimentó_, sin que á

aquellos rústicos socarrones se les pudiera arrancar una palabra

contradictoria.

Todos recitaban la misma lección. Hasta viejas achacosas que jamás

salían de sus barracas declararon que aquel día, á la misma hora en que

sonaron los dos tiros, _Pimentó_ estaba en una taberna de Alboraya de

francachela con sus amigos.

Nada se podía contra estas gentes de gesto imbécil y mirada cándida, que

rascándose el cogote mentían con tanto aplomo; _Pimentó_ fué puesto en

libertad, y de todas las barracas salió un suspiro de triunfo y

satisfacción.

Ya estaba hecha la prueba: todos sabrían en adelante que el cultivo de

aquellas tierras se pagaba con la piel.

Los avaros amos no cejaron. Cultivarían la tierra ellos mismos; y

buscaron jornaleros entre la gente sufrida y sumisa que, oliendo á lana

burda y miseria, baja en busca de trabajo, empujada por el hambre, desde

lo último de la provincia, desde las montañas fronterizas á Aragón.

En la huerta compadecían á los pobres _churros_. ¡Infelices! Iban á

ganarse un jornal; ¿qué culpa tenían ellos? Y por la noche, cuando se

retiraban con el azadón al hombro, no faltaba una buena alma que los

llamase desde la puerta de la taberna de _Copa_. Los hacían entrar, los

convidaban á beber y luego les iban hablando al oído con la cara ceñuda

y el acento paternal y bondadoso, como quien aconseja á un niño que

evite el peligro. Y el resultado era que los dóciles _churros_, al día

siguiente, en vez de ir al campo, presentábanse en masa á los dueños de

las tierras.

--Mi amo: venimos á que nos pague.

Y eran inútiles todos los argumentos de los dos solterones, furiosos al

verse atacados en su avaricia.

--Mi amo--respondían á todo--: semos probes, pero no nos hemos encontrao

la vida tras un pajar.

No sólo dejaban el trabajo, sino que pasaban aviso á todos sus paisanos

para que huyesen de ganar un jornal en los campos de _Barret_, como

quien huye del diablo.

Los dueños de las tierras pidieron protección hasta en los papeles

públicos. Y parejas de la Guardia civil fueron á correr la huerta, á

apostarse en los caminos, á sorprender gestos y conversaciones, siempre

sin éxito.

Todos los días veían lo mismo: las mujeres cosiendo y cantando bajo las

parras; los hombres en los campos, encorvados, con la vista en el suelo,

sin dar descanso á los activos brazos; _Pimentó_ tendido á lo gran señor

ante las varitas de liga, esperando á los pájaros, ó ayudando á Pepeta

torpe y perezosamente; en la taberna de _Copa_ unos cuantos viejos

tomando el sol ó jugando al truco. El paisaje respiraba paz y honrada

bestialidad; era una Arcadia moruna. Pero los del gremio no se fiaban;

ningún labrador quería las tierras ni aun gratuitamente, y al fin los

amos tuvieron que desistir de su empeño, dejando que se cubriesen de

maleza y que la barraca se viniera abajo, mientras esperaban la llegada

de un hombre de buena voluntad capaz de comprarlas ó trabajarlas.

La huerta estremecíase de orgullo viendo cómo se perdía aquella riqueza

y los herederos de don Salvador se hacían la «santísima».

Era un placer nuevo é intenso. Alguna vez se habían de imponer los

pobres y quedar los ricos debajo. Y el duro pan parecía más sabroso, el

vino mejor, el trabajo menos pesado, imaginándose las rabietas de los

dos avaros, que con todo su dinero habían de sufrir que los rústicos de

la huerta se burlasen de ellos.

Además, aquella mancha de desolación y miseria en medio de la vega

servía para que los otros propietarios fuesen menos exigentes, y tomando

ejemplo en el vecino no aumentaran los arrendamientos y se conformasen

cuando los semestres tardaban en hacerse efectivos.

Los desolados campos eran el talismán que mantenía íntimamente unidos á

los huertanos, en continuo tacto de codos: un monumento que proclamaba

su poder sobre los dueños; el milagro de la solidaridad de la miseria

contra las leyes y la riqueza de los que son señores de las tierras sin

trabajarlas ni sudar sobre sus terrones.

Todo esto, pensado confusamente, les hacía creer que el día en que los

campos de _Barret_ fueran cultivados la huerta sufriría toda clase de

desgracias. Y no se imaginaban, después de un triunfo de diez años, que

pudiera entrar en los campos abandonados otra persona que el tío

_Tomba_, un pastor ciego y parlanchín, que, á falta de auditorio,

relataba todos los días sus hazañas de guerrillero á su rebaño de sucias

ovejas.

De aquí las exclamaciones de asombro y el gesto de rabia de toda la

huerta cuando _Pimentó_, de campo en campo y barraca en barraca, fué

haciendo saber que las tierras de _Barret_ tenían ya arrendatario, un

desconocido, y que «él»... «¡él!»--fuese quien fuese--estaba allí con

toda su familia, instalándose sin reparo... «¡como si aquello fuese

suyo!»

III

Batiste, al inspeccionar las incultas tierras, se dijo que había allí

trabajo para largo rato.

Mas no por esto sintió desaliento. Era un varón enérgico, emprendedor,

avezado á la lucha para conquistar el pan. Allí lo había «muy largo»,

como decía él, y además se consolaba recordando que en peores trances se

había visto.

Su vida pasada era un continuo cambio de profesión, siempre dentro del

círculo de la miseria rural, mudando cada año de oficio, sin encontrar

para su familia el bienestar mezquino que constituía toda su aspiración.

Cuando conoció á su mujer, era mozo de molino en las inmediaciones de

Sagunto. Trabajaba entonces «como un lobo»--así lo decía él--para que

en su vivienda no faltase nada; y Dios premió su laboriosidad enviándole

cada año un hijo, hermosas criaturas que parecían nacer con dientes,

según la prisa que se daban en abandonar el pecho maternal para pedir

pan á todas horas.

Resultado: que hubo de abandonar el molino y dedicarse á carretero, en

busca de mayores ganancias.

La mala suerte le perseguía. Nadie como él cuidaba el ganado y vigilaba

la marcha. Muerto de sueño, jamás se atrevía, como los compañeros, á

dormir en el carro, dejando que las bestias marchasen guiadas por su

instinto. Vigilaba á todas horas, permanecía siempre junto al rocín

delantero, evitando los baches profundos y los malos pasos; y sin

embargo, si algún carro volcaba era el suyo; si algún animal caía

enfermo á causa de las lluvias era seguramente de Batiste á pesar del

cuidado paternal con que se apresuraba á cubrir los flancos de sus

bestias con gualdrapas de arpillera apenas caían cuatro gotas.

En unos cuantos años de fatigosa peregrinación por las carreteras de la

provincia, comiendo mal, durmiendo al raso y sufriendo el tormento de

pasar meses enteros lejos de la familia, á la que adoraba con el afecto

reconcentrado de hombre rudo y silencioso, Batiste sólo experimentó

pérdidas y vió su situación cada vez más comprometida.

Se le murieron los rocines y tuvo que entramparse para comprar otros. Lo

que le valía el continuo acarreo de pellejos hinchados de vino ó de

aceite perdíase en manos de chalanes y constructores de carros, hasta

que llegó el momento en que, viendo próxima su ruina, abandonó el

oficio.

Tomó entonces unas tierras cerca de Sagunto: campos de secano, rojos y

eternamente sedientos, en los cuales retorcían sus troncos huecos

algarrobos centenarios ó alzaban los olivos sus redondas y empolvadas

cabezas.

Fué su vida una continua batalla con la sequía, un incesante mirar al

cielo, temblando de emoción cada vez que una nubecilla negra asomaba en

el horizonte.

Llovió poco, las cosechas fueron malas durante cuatro años, y Batiste no

sabía ya qué hacer ni adónde dirigirse, cuando en un viaje á Valencia

conoció á los hijos de don Salvador, unos excelentes señores (Dios les

bendiga), que le dieron aquella hermosura de campos, libres de

arrendamiento por dos años, hasta que recobrasen por completo su estado

de otros tiempos.

Algo oyó él de lo que había sucedido en la barraca, de las causas que

obligaban á los dueños á conservar improductivas tan hermosas tierras;

pero ¡iba transcurrido tanto tiempo!... Además, la miseria no tiene

oídos; á él le convenían los campos, y en ellos se quedaba. ¿Qué le

importaban las historias viejas de don Salvador y el tío _Barret_?...

Todo lo despreciaba y olvidaba contemplando sus tierras. Y Batiste

sentíase poseído de un dulce éxtasis al verse cultivador en la huerta

feraz que tantas veces había envidiado cuando pasaba por la carretera de

Valencia á Sagunto.

Aquello eran tierras: siempre verdes, con las entrañas incansables

engendrando una cosecha tras otra, circulando el agua roja á todas horas

como vivificante sangre por las innumerables acequias y regadoras que

surcaban su superficie como una complicada red de venas y arterias;

fecundas hasta alimentar familias enteras con cuadros que, por lo

pequeños, parecían pañuelos de follaje. Los campos secos de Sagunto

recordábalos como un infierno de sed, del que afortunadamente se había

librado.

Ahora se veía de veras en el buen camino. ¡A trabajar! Los campos

estaban perdidos; había allí mucho que hacer; pero ¡cuando se tiene

buena voluntad!... Y desperezándose, este hombretón recio, musculoso, de

espaldas de gigante, redonda cabeza trasquilada y rostro bondadoso

sostenido por un grueso cuello de fraile, extendía sus poderosos brazos,

habituados á levantar en vilo los sacos de harina y los pesados pellejos

de la carretería.

Tan preocupado estaba con sus tierras, que apenas si se fijó en la

curiosidad de los vecinos.

Asomando las inquietas cabezas por entre los cañares ó tendidos sobre el

vientre en los ribazos, le contemplaban hombres, chicuelos y hasta

mujeres de las inmediatas barracas. Batiste no hacía caso de ellos. Era

la curiosidad, la expectación hostil que inspiran siempre los recién

llegados. Bien sabía él lo que era aquello; ya se irían acostumbrando.

Además, tal vez les interesaba ver cómo ardía la miseria que diez años

de abandono habían amontonado sobre los campos de _Barret_.

Y ayudado por su mujer y los chicos, empezó á quemar al día siguiente de

su llegada toda la vegetación parásita.

Los arbustos, después de retorcerse entre las llamas, caían hechos

brasas, escapando de sus cenizas asquerosos bichos chamuscados. La

barraca aparecía como esfumada entre las nubes de humo de estas

luminarias, que despertaban sorda cólera en toda la huerta.

Una vez limpias las tierras, Batiste, sin perder tiempo, procedió á su

cultivo. Muy duras estaban; pero él, como labriego experto, quería

trabajarlas poco á poco, por secciones; y marcando un cuadro cerca de su

barraca, empezó á remover la tierra ayudado por su familia.

Los vecinos burlábanse de todos ellos con una ironía que delataba su

sorda irritación. ¡Vaya una familia! Eran gitanos como los que duermen

debajo de los puentes. Vivían en la vieja barraca lo mismo que los

náufragos que se aguantan sobre un buque destrozado: tapando un agujero

aquí, apuntalando allá, haciendo verdaderos prodigios para que se

sostuviera la techumbre de paja, distribuyendo sus pobres muebles,

cuidadosamente fregoteados, en todos los cuartos, que eran antes

madriguera de ratones y sabandijas.

En punto á laboriosos, eran como un tropel de ardillas, no pudiendo

permanecer quietos mientras el padre trabajaba. Teresa la mujer y Roseta

la hija mayor, con las faldas recogidas entre las piernas y azadón en

mano, cavaban con más ardor que un jornalero, descansando solamente para

echarse atrás las greñas caídas sobre la sudorosa y roja frente. El hijo

mayor hacía continuos viajes á Valencia con la espuerta al hombro,

trayendo estiércol y escombros, que colocaba en dos montones, como

columnas de honor, á la entrada de la barraca. Los tres pequeñuelos,

graves y laboriosos, como si comprendiesen la grave situación de la

familia, iban á gatas tras los cavadores, arrancando de los terrones las

duras raíces de los arbustos quemados.

Duró esta faena preparatoria más de una semana, sudando y jadeando la

familia desde el alba á la noche.

La mitad de las tierras estaban removidas. Batiste las entabló y labró

con ayuda del viejo y animoso rocín, que parecía de la familia.

Había que proceder á su cultivo; estaban en San Martín, la época de la

siembra, y el labrador dividió la tierra roturada en tres partes. La

mayor para el trigo, un cuadro más pequeño para plantar habas y otro

para el forraje, pues no era cosa de olvidar al _Morrut_, el viejo y

querido rocín. Bien se lo había ganado.

Y con la alegría del que después de una penosa navegación descubre el

puerto, la familia procedió á la siembra. Era el porvenir asegurado. Las

tierras de la huerta no engañaban; de allí saldría el pan para todo el

año.

La tarde en que se terminó la siembra vieron avanzar por el inmediato

camino unas cuantas ovejas de sucios vellones, que se detuvieron

medrosas en el límite del campo.

Tras ellas apareció un viejo apergaminado, amarillento, con los ojos

hundidos en las profundas órbitas y la boca circundada por una aureola

de arrugas. Iba avanzando lentamente, con pasos firmes, pero con el

cayado por delante tanteando el terreno.

La familia le miró con atención. Era el único que en las dos semanas que

allí estaban se atrevía á aproximarse á las tierras. Al notar la

vacilación de sus ovejas, gritó para que pasasen adelante.

Batiste salió al encuentro del viejo. No se podía pasar: las tierras

estaban ahora cultivadas. ¿No lo sabía?...

Algo de ello había oído el tío _Tomba_; pero en las dos semanas

anteriores había llevado su rebaño á pastar los hierbajos del barranco

de Carraixet, sin preocuparse de estos campos.... ¿De veras que ahora

estaban cultivados?

Y el anciano pastor avanzaba la cabeza haciendo esfuerzos para ver con

sus ojos casi muertos al hombre audaz que osaba realizar lo que toda la

huerta tenía por imposible.

Calló un buen rato, y al fin comenzó á murmurar tristemente:

«Muy mal; él también, en su juventud, había sido atrevido: le gustaba

llevar á todos la contraria. ¡Pero cuando son muchos los enemigos!...

Muy mal; se había metido en un paso difícil. Aquellas tierras, después

de lo del pobre _Barret_, estaban malditas. Podía creerle á él, que era

viejo y experimentado: le traerían desgracia.»

Y el pastor llamó á su rebaño, le hizo emprender la marcha por el

camino, y antes de alejarse se echó la manta atrás, alzando sus

descarnados brazos, y con cierta entonación de hechicero que augura el

porvenir ó de profeta que husmea la ruina, le gritó á Batiste:

--_Creume, fill meu: ¡te portarán desgrasia!_...[4]

[4]--Créeme, hijo mío: ¡te traerán desgracia!...

De este encuentro surgió un motivo más de cólera para toda la huerta.

El tío _Tomba_ ya no podía meter sus ovejas en aquellas tierras,

después de diez años de pacífico disfrute de sus pastos.

Nadie decía una palabra sobre la legitimidad de la negativa de su

ocupante al estar el terreno cultivado. Todos hablaban únicamente de los

respetos que merecía el anciano pastor, un hombre que en sus mocedades

se comía los franceses crudos, que había visto mucho mundo, y cuya

sabiduría, demostrada con medias palabras y consejos incoherentes,

inspiraba un respeto supersticioso á la gente de las barracas.

Cuando Batiste y su familia vieron henchidas de fecunda simiente las

entrañas de sus tierras, pensaron en la vivienda, á falta de trabajo más

urgente.

El campo haría su deber. Ya era hora de pensar en ellos mismos.

Y por primera vez desde su llegada á la huerta, salió Batiste de las

tierras para ir á Valencia á cargar en su carro todos los desperdicios

de la ciudad que pudieran serle útiles.

Aquel hombre era una hormiga infatigable para la rebusca. Los montones

formados por Batistet se agrandaron considerablemente con las

expediciones del padre. La giba de estiércol, que formaba una cortina

defensiva ante la barraca, creció rápidamente, y más allá amontonáronse

centenares de ladrillos rotos, maderos carcomidos, puertas destrozadas,

ventanas hechas astillas, todos los desperdicios de los derribos de la

ciudad.

Contempló con asombro la gente de la huerta la prontitud y buena maña de

los laboriosos intrusos para arreglarse su vivienda.

La cubierta de paja de la barraca apareció de pronto enderezada; las

costillas de la techumbre, carcomidas por las lluvias, fueron reforzadas

unas y sustituídas otras; una capa de paja nueva cubrió los dos planos

pendientes del exterior. Hasta las crucecitas de sus extremos fueron

sustituídas por otras que la navaja de Batiste trabajó cucamente,

adornando sus aristas con dentelladas muescas; y no hubo en todo el

contorno techumbre que se irguiera más gallarda.

Los vecinos, al ver cómo se reformaba la barraca de _Barret_,

colocándose recta la montera, veían en esto algo de burla y de reto.

Después empezó la obra de abajo. ¡Qué modo de utilizar los escombros de

Valencia!... Las grietas desaparecieron, y terminado el enlucido de las

paredes, la mujer y la hija las enjalbegaron de un blanco deslumbrante.

La puerta nueva y pintada de azul, parecía madre de todas las

ventanillas, que asomaban por los huecos de las paredes sus cuadradas

caras del mismo color. Bajo la parra hizo Batiste una plazoleta,

pavimentada con ladrillos rojos, para que las mujeres cosieran allí en

las horas de la tarde. El pozo, después de una semana de descensos y

penosos acarreos, quedó limpio de todas las piedras y la basura con que

la pillería huertana lo había atiborrado durante diez años, y otra vez

su agua limpia y fresca volvió á subir en musgoso pozal, con alegres

chirridos de la garrucha, que parecía reirse de las gentes del contorno

con una estridente carcajada de vieja maliciosa.

Devoraban los vecinos su rabia en silencio. ¡Ladrón, más que ladrón!

¡Vaya un modo de trabajar!... Aquel hombre parecía poseer con sus

membrudos brazos dos varitas mágicas que lo transformaban todo al

tocarlo.

Diez semanas después de su llegada, aún no había salido de sus tierras

media docena de veces. Siempre en ellas, la cabeza metida entre los

hombros y el espinazo doblegado, embriagándose en su labor; y la barraca

de _Barret_ presentaba un aspecto coquetón y risueño, como jamás lo

había tenido en poder de su antiguo ocupante.

El corral, cercado antes con podridos cañizos, tenía ahora paredes de

estacas y barro, pintadas de blanco, sobre cuyos bordes correteaban las

rubias gallinas y se inflamaba el gallo, irguiendo su cabeza

purpúrea.... En la plazoleta, frente á la barraca, florecían macizos de

dompedros y plantas trepadoras. Una fila de pucheros desportillados

pintados de azul servían de macetas sobre el banco de rojos ladrillos, y

por la puerta entreabierta--ah, fanfarrón--veíase la cantarera nueva,

con sus chapas de blancos azulejos y sus cántaros verdes de charolada

panza: un conjunto de reflejos insolentes que quitaban la vista al que

pasaba por el inmediato camino.

Todos, en su furia creciente, acudían á _Pimentó_. ¿Podía esto

consentirse? ¿Qué pensaba hacer el temible marido de Pepeta?

Y _Pimentó_ se rascaba la frente oyéndoles, con cierta confusión.

¿Qué iba á hacer?... Su propósito era decirle dos palabritas á aquel

advenedizo que se metía á cultivar lo que no era suyo; una indicación

muy seria para que «no fuese tonto» y se volviera á su tierra, pues allí

nada tenía que hacer. Pero el tal sujeto no salía de sus campos, y no

era cosa de ir á amenazarle en su propia casa. Esto sería «dar el

cuerpo» demasiado, teniendo en cuenta lo que podría ocurrir luego. Había

que ser cauto y guardar la salida. En fin... un poco de paciencia. Él,

lo único que podía asegurar es que el tal sujeto no cosecharía el trigo,

ni las habas, ni todo lo que había plantado en los campos de _Barret_.

Aquello sería para el demonio.

Las palabras de _Pimentó_ tranquilizaban á los vecinos, y éstos seguían

con mirada atenta los progresos de la maldita familia, deseando en

silencio que llegase pronto la hora de su ruina.

Una tarde volvió Batiste de Valencia, muy contento del resultado de su

viaje. No quería en su casa brazos inútiles. Batistet, cuando no había

labor en el campo, buscaba ocupación yendo á la ciudad á recoger

estiércol. Quedaba la chica, una mocetona que, terminado el arreglo de

la barraca, no servía para gran cosa, y gracias á la protección de los

hijos de don Salvador, que se mostraban contentísimos con el nuevo

arrendatario, acababa de conseguir que la admitiesen en una fábrica de

sedas.

Desde el día siguiente, Roseta formaría parte del rosario de muchachas

que, despertando con la aurora, iban por todas las sendas con la falda

ondeante y la cestita al brazo camino de la ciudad, para hilar el sedoso

capullo entre sus gruesos dedos de hijas de la huerta.

Al llegar Batiste á las inmediaciones de la taberna de _Copa_, un hombre

apareció en el camino saliendo de una senda inmediata y marchó hacia él

lentamente, dando á entender su deseo de hablarle.

La Barraca · 第 3 / 13 段