La noticia causó honda impresión en la vega; curas y alcaldes pusiéronse
en movimiento para evitar tal vergüenza.... ¡Uno del distrito sentándose
en el cadalso! Y como _Barret_ había sido siempre de los dóciles,
votando lo que ordenaba el cacique y obedeciendo pasivamente al que
mandaba, se hicieron viajes á Madrid para salvar su vida, y el indulto
llegó oportunamente.
El labrador salió de la cárcel hecho una momia, y fué conducido al
presidio de Ceuta, para morir allá á los pocos años.
Disolvióse su familia; desapareció como un puñado de paja en el viento.
Las hijas, una tras otra, fueron abandonando las familias que las habían
recogido, trasladándose á Valencia para ganarse el pan como criadas; y
la pobre vieja, cansada de molestar con sus enfermedades, marchó al
Hospital, muriendo al poco tiempo.
La gente de la huerta, con la facilidad que tiene todo el mundo para
olvidar la desgracia ajena, apenas si de tarde en tarde recordaba la
espantosa tragedia del tío _Barret_, preguntándose qué sería de sus
hijas.
Pero nadie olvidó los campos y la barraca, permaneciendo unos y otra en
el mismo estado que el día en que la justicia expulsó al infortunado
colono.
Fué esto un acuerdo tácito de toda la huerta; una conjuración
instintiva, en cuya preparación apenas si mediaron palabras; pero hasta
los árboles y los caminos parecían entrar en ella.
_Pimentó_ lo había dicho el mismo día de la catástrofe. «¡A ver quién
era el guapo que se atrevía á meterse en aquellas tierras!»
Y toda la gente de la huerta, hasta las mujeres y los niños, parecían
contestar con sus miradas de mutua inteligencia: «Sí; á ver.»
Las plantas parásitas, los abrojos, comenzaron á surgir de la tierra
maldita que el tío _Barret_ había pateado y herido con su hoz la última
noche, como presintiendo que por culpa de ella moriría en presidio.
Los hijos de don Salvador, unos ricachos tan avaros como su padre,
creyéronse sumidos en la miseria porque el pedazo de tierra permanecía
improductivo.
Un labrador habitante en otro distrito de la huerta, hombre que las
echaba de guapo y nunca tenía bastante tierra, sintióse tentado por el
bajo precio del arrendamiento y apechugó con unos campos que á todos
inspiraban miedo.
Iba á labrar la tierra con la escopeta al hombro; él y sus criados se
reían de la soledad en que les dejaban los vecinos; las barracas se
cerraban á su paso, y desde lejos les seguían miradas hostiles.
Vigiló mucho el labrador, presintiendo una emboscada; pero de nada le
sirvió su cautela, pues una tarde en que regresaba solo á su casa,
cuando aún no había terminado la roturación de sus nuevos campos, le
largaron dos escopetazos, sin que viese al agresor, y salió
milagrosamente ileso del puñado de postas que pasó junto á sus orejas.
En los caminos no se veía á nadie. Ni una huella reciente. Le habían
tirado desde alguna acequia, emboscado el tirador detrás de los cañares.
Con enemigos así no era posible luchar; y el valentón, en la misma
noche, entregó las llaves de la barraca á sus amos.
Había que oir á los hijos de don Salvador. ¿Es que no existían gobiernos
ni seguridades para la propiedad... ni nada?
Indudablemente era _Pimentó_ el autor de la agresión, el que impedía que
los campos fuesen cultivados, y la Guardia civil prendió al jaque de la
huerta, llevándolo á la cárcel.
Pero cuando llegó el momento de las declaraciones, todo el distrito
desfiló ante el juez afirmando la inocencia de _Pimentó_, sin que á
aquellos rústicos socarrones se les pudiera arrancar una palabra
contradictoria.
Todos recitaban la misma lección. Hasta viejas achacosas que jamás
salían de sus barracas declararon que aquel día, á la misma hora en que
sonaron los dos tiros, _Pimentó_ estaba en una taberna de Alboraya de
francachela con sus amigos.
Nada se podía contra estas gentes de gesto imbécil y mirada cándida, que
rascándose el cogote mentían con tanto aplomo; _Pimentó_ fué puesto en
libertad, y de todas las barracas salió un suspiro de triunfo y
satisfacción.
Ya estaba hecha la prueba: todos sabrían en adelante que el cultivo de
aquellas tierras se pagaba con la piel.
Los avaros amos no cejaron. Cultivarían la tierra ellos mismos; y
buscaron jornaleros entre la gente sufrida y sumisa que, oliendo á lana
burda y miseria, baja en busca de trabajo, empujada por el hambre, desde
lo último de la provincia, desde las montañas fronterizas á Aragón.
En la huerta compadecían á los pobres _churros_. ¡Infelices! Iban á
ganarse un jornal; ¿qué culpa tenían ellos? Y por la noche, cuando se
retiraban con el azadón al hombro, no faltaba una buena alma que los
llamase desde la puerta de la taberna de _Copa_. Los hacían entrar, los
convidaban á beber y luego les iban hablando al oído con la cara ceñuda
y el acento paternal y bondadoso, como quien aconseja á un niño que
evite el peligro. Y el resultado era que los dóciles _churros_, al día
siguiente, en vez de ir al campo, presentábanse en masa á los dueños de
las tierras.
--Mi amo: venimos á que nos pague.
Y eran inútiles todos los argumentos de los dos solterones, furiosos al
verse atacados en su avaricia.
--Mi amo--respondían á todo--: semos probes, pero no nos hemos encontrao
la vida tras un pajar.
No sólo dejaban el trabajo, sino que pasaban aviso á todos sus paisanos
para que huyesen de ganar un jornal en los campos de _Barret_, como
quien huye del diablo.
Los dueños de las tierras pidieron protección hasta en los papeles
públicos. Y parejas de la Guardia civil fueron á correr la huerta, á
apostarse en los caminos, á sorprender gestos y conversaciones, siempre
sin éxito.
Todos los días veían lo mismo: las mujeres cosiendo y cantando bajo las
parras; los hombres en los campos, encorvados, con la vista en el suelo,
sin dar descanso á los activos brazos; _Pimentó_ tendido á lo gran señor
ante las varitas de liga, esperando á los pájaros, ó ayudando á Pepeta
torpe y perezosamente; en la taberna de _Copa_ unos cuantos viejos
tomando el sol ó jugando al truco. El paisaje respiraba paz y honrada
bestialidad; era una Arcadia moruna. Pero los del gremio no se fiaban;
ningún labrador quería las tierras ni aun gratuitamente, y al fin los
amos tuvieron que desistir de su empeño, dejando que se cubriesen de
maleza y que la barraca se viniera abajo, mientras esperaban la llegada
de un hombre de buena voluntad capaz de comprarlas ó trabajarlas.
La huerta estremecíase de orgullo viendo cómo se perdía aquella riqueza
y los herederos de don Salvador se hacían la «santísima».
Era un placer nuevo é intenso. Alguna vez se habían de imponer los
pobres y quedar los ricos debajo. Y el duro pan parecía más sabroso, el
vino mejor, el trabajo menos pesado, imaginándose las rabietas de los
dos avaros, que con todo su dinero habían de sufrir que los rústicos de
la huerta se burlasen de ellos.
Además, aquella mancha de desolación y miseria en medio de la vega
servía para que los otros propietarios fuesen menos exigentes, y tomando
ejemplo en el vecino no aumentaran los arrendamientos y se conformasen
cuando los semestres tardaban en hacerse efectivos.
Los desolados campos eran el talismán que mantenía íntimamente unidos á
los huertanos, en continuo tacto de codos: un monumento que proclamaba
su poder sobre los dueños; el milagro de la solidaridad de la miseria
contra las leyes y la riqueza de los que son señores de las tierras sin
trabajarlas ni sudar sobre sus terrones.
Todo esto, pensado confusamente, les hacía creer que el día en que los
campos de _Barret_ fueran cultivados la huerta sufriría toda clase de
desgracias. Y no se imaginaban, después de un triunfo de diez años, que
pudiera entrar en los campos abandonados otra persona que el tío
_Tomba_, un pastor ciego y parlanchín, que, á falta de auditorio,
relataba todos los días sus hazañas de guerrillero á su rebaño de sucias
ovejas.
De aquí las exclamaciones de asombro y el gesto de rabia de toda la
huerta cuando _Pimentó_, de campo en campo y barraca en barraca, fué
haciendo saber que las tierras de _Barret_ tenían ya arrendatario, un
desconocido, y que «él»... «¡él!»--fuese quien fuese--estaba allí con
toda su familia, instalándose sin reparo... «¡como si aquello fuese
suyo!»
III
Batiste, al inspeccionar las incultas tierras, se dijo que había allí
trabajo para largo rato.
Mas no por esto sintió desaliento. Era un varón enérgico, emprendedor,
avezado á la lucha para conquistar el pan. Allí lo había «muy largo»,
como decía él, y además se consolaba recordando que en peores trances se
había visto.
Su vida pasada era un continuo cambio de profesión, siempre dentro del
círculo de la miseria rural, mudando cada año de oficio, sin encontrar
para su familia el bienestar mezquino que constituía toda su aspiración.
Cuando conoció á su mujer, era mozo de molino en las inmediaciones de
Sagunto. Trabajaba entonces «como un lobo»--así lo decía él--para que
en su vivienda no faltase nada; y Dios premió su laboriosidad enviándole
cada año un hijo, hermosas criaturas que parecían nacer con dientes,
según la prisa que se daban en abandonar el pecho maternal para pedir
pan á todas horas.
Resultado: que hubo de abandonar el molino y dedicarse á carretero, en
busca de mayores ganancias.
La mala suerte le perseguía. Nadie como él cuidaba el ganado y vigilaba
la marcha. Muerto de sueño, jamás se atrevía, como los compañeros, á
dormir en el carro, dejando que las bestias marchasen guiadas por su
instinto. Vigilaba á todas horas, permanecía siempre junto al rocín
delantero, evitando los baches profundos y los malos pasos; y sin
embargo, si algún carro volcaba era el suyo; si algún animal caía
enfermo á causa de las lluvias era seguramente de Batiste á pesar del
cuidado paternal con que se apresuraba á cubrir los flancos de sus
bestias con gualdrapas de arpillera apenas caían cuatro gotas.
En unos cuantos años de fatigosa peregrinación por las carreteras de la
provincia, comiendo mal, durmiendo al raso y sufriendo el tormento de
pasar meses enteros lejos de la familia, á la que adoraba con el afecto
reconcentrado de hombre rudo y silencioso, Batiste sólo experimentó
pérdidas y vió su situación cada vez más comprometida.
Se le murieron los rocines y tuvo que entramparse para comprar otros. Lo
que le valía el continuo acarreo de pellejos hinchados de vino ó de
aceite perdíase en manos de chalanes y constructores de carros, hasta
que llegó el momento en que, viendo próxima su ruina, abandonó el
oficio.
Tomó entonces unas tierras cerca de Sagunto: campos de secano, rojos y
eternamente sedientos, en los cuales retorcían sus troncos huecos
algarrobos centenarios ó alzaban los olivos sus redondas y empolvadas
cabezas.
Fué su vida una continua batalla con la sequía, un incesante mirar al
cielo, temblando de emoción cada vez que una nubecilla negra asomaba en
el horizonte.
Llovió poco, las cosechas fueron malas durante cuatro años, y Batiste no
sabía ya qué hacer ni adónde dirigirse, cuando en un viaje á Valencia
conoció á los hijos de don Salvador, unos excelentes señores (Dios les
bendiga), que le dieron aquella hermosura de campos, libres de
arrendamiento por dos años, hasta que recobrasen por completo su estado
de otros tiempos.
Algo oyó él de lo que había sucedido en la barraca, de las causas que
obligaban á los dueños á conservar improductivas tan hermosas tierras;
pero ¡iba transcurrido tanto tiempo!... Además, la miseria no tiene
oídos; á él le convenían los campos, y en ellos se quedaba. ¿Qué le
importaban las historias viejas de don Salvador y el tío _Barret_?...
Todo lo despreciaba y olvidaba contemplando sus tierras. Y Batiste
sentíase poseído de un dulce éxtasis al verse cultivador en la huerta
feraz que tantas veces había envidiado cuando pasaba por la carretera de
Valencia á Sagunto.
Aquello eran tierras: siempre verdes, con las entrañas incansables
engendrando una cosecha tras otra, circulando el agua roja á todas horas
como vivificante sangre por las innumerables acequias y regadoras que
surcaban su superficie como una complicada red de venas y arterias;
fecundas hasta alimentar familias enteras con cuadros que, por lo
pequeños, parecían pañuelos de follaje. Los campos secos de Sagunto
recordábalos como un infierno de sed, del que afortunadamente se había
librado.
Ahora se veía de veras en el buen camino. ¡A trabajar! Los campos
estaban perdidos; había allí mucho que hacer; pero ¡cuando se tiene
buena voluntad!... Y desperezándose, este hombretón recio, musculoso, de
espaldas de gigante, redonda cabeza trasquilada y rostro bondadoso
sostenido por un grueso cuello de fraile, extendía sus poderosos brazos,
habituados á levantar en vilo los sacos de harina y los pesados pellejos
de la carretería.
Tan preocupado estaba con sus tierras, que apenas si se fijó en la
curiosidad de los vecinos.
Asomando las inquietas cabezas por entre los cañares ó tendidos sobre el
vientre en los ribazos, le contemplaban hombres, chicuelos y hasta
mujeres de las inmediatas barracas. Batiste no hacía caso de ellos. Era
la curiosidad, la expectación hostil que inspiran siempre los recién
llegados. Bien sabía él lo que era aquello; ya se irían acostumbrando.
Además, tal vez les interesaba ver cómo ardía la miseria que diez años
de abandono habían amontonado sobre los campos de _Barret_.
Y ayudado por su mujer y los chicos, empezó á quemar al día siguiente de
su llegada toda la vegetación parásita.
Los arbustos, después de retorcerse entre las llamas, caían hechos
brasas, escapando de sus cenizas asquerosos bichos chamuscados. La
barraca aparecía como esfumada entre las nubes de humo de estas
luminarias, que despertaban sorda cólera en toda la huerta.
Una vez limpias las tierras, Batiste, sin perder tiempo, procedió á su
cultivo. Muy duras estaban; pero él, como labriego experto, quería
trabajarlas poco á poco, por secciones; y marcando un cuadro cerca de su
barraca, empezó á remover la tierra ayudado por su familia.
Los vecinos burlábanse de todos ellos con una ironía que delataba su
sorda irritación. ¡Vaya una familia! Eran gitanos como los que duermen
debajo de los puentes. Vivían en la vieja barraca lo mismo que los
náufragos que se aguantan sobre un buque destrozado: tapando un agujero
aquí, apuntalando allá, haciendo verdaderos prodigios para que se
sostuviera la techumbre de paja, distribuyendo sus pobres muebles,
cuidadosamente fregoteados, en todos los cuartos, que eran antes
madriguera de ratones y sabandijas.
En punto á laboriosos, eran como un tropel de ardillas, no pudiendo
permanecer quietos mientras el padre trabajaba. Teresa la mujer y Roseta
la hija mayor, con las faldas recogidas entre las piernas y azadón en
mano, cavaban con más ardor que un jornalero, descansando solamente para
echarse atrás las greñas caídas sobre la sudorosa y roja frente. El hijo
mayor hacía continuos viajes á Valencia con la espuerta al hombro,
trayendo estiércol y escombros, que colocaba en dos montones, como
columnas de honor, á la entrada de la barraca. Los tres pequeñuelos,
graves y laboriosos, como si comprendiesen la grave situación de la
familia, iban á gatas tras los cavadores, arrancando de los terrones las
duras raíces de los arbustos quemados.
Duró esta faena preparatoria más de una semana, sudando y jadeando la
familia desde el alba á la noche.
La mitad de las tierras estaban removidas. Batiste las entabló y labró
con ayuda del viejo y animoso rocín, que parecía de la familia.
Había que proceder á su cultivo; estaban en San Martín, la época de la
siembra, y el labrador dividió la tierra roturada en tres partes. La
mayor para el trigo, un cuadro más pequeño para plantar habas y otro
para el forraje, pues no era cosa de olvidar al _Morrut_, el viejo y
querido rocín. Bien se lo había ganado.
Y con la alegría del que después de una penosa navegación descubre el
puerto, la familia procedió á la siembra. Era el porvenir asegurado. Las
tierras de la huerta no engañaban; de allí saldría el pan para todo el
año.
La tarde en que se terminó la siembra vieron avanzar por el inmediato
camino unas cuantas ovejas de sucios vellones, que se detuvieron
medrosas en el límite del campo.
Tras ellas apareció un viejo apergaminado, amarillento, con los ojos
hundidos en las profundas órbitas y la boca circundada por una aureola
de arrugas. Iba avanzando lentamente, con pasos firmes, pero con el
cayado por delante tanteando el terreno.
La familia le miró con atención. Era el único que en las dos semanas que
allí estaban se atrevía á aproximarse á las tierras. Al notar la
vacilación de sus ovejas, gritó para que pasasen adelante.
Batiste salió al encuentro del viejo. No se podía pasar: las tierras
estaban ahora cultivadas. ¿No lo sabía?...
Algo de ello había oído el tío _Tomba_; pero en las dos semanas
anteriores había llevado su rebaño á pastar los hierbajos del barranco
de Carraixet, sin preocuparse de estos campos.... ¿De veras que ahora
estaban cultivados?
Y el anciano pastor avanzaba la cabeza haciendo esfuerzos para ver con
sus ojos casi muertos al hombre audaz que osaba realizar lo que toda la
huerta tenía por imposible.
Calló un buen rato, y al fin comenzó á murmurar tristemente:
«Muy mal; él también, en su juventud, había sido atrevido: le gustaba
llevar á todos la contraria. ¡Pero cuando son muchos los enemigos!...
Muy mal; se había metido en un paso difícil. Aquellas tierras, después
de lo del pobre _Barret_, estaban malditas. Podía creerle á él, que era
viejo y experimentado: le traerían desgracia.»
Y el pastor llamó á su rebaño, le hizo emprender la marcha por el
camino, y antes de alejarse se echó la manta atrás, alzando sus
descarnados brazos, y con cierta entonación de hechicero que augura el
porvenir ó de profeta que husmea la ruina, le gritó á Batiste:
--_Creume, fill meu: ¡te portarán desgrasia!_...[4]
[4]--Créeme, hijo mío: ¡te traerán desgracia!...
De este encuentro surgió un motivo más de cólera para toda la huerta.
El tío _Tomba_ ya no podía meter sus ovejas en aquellas tierras,
después de diez años de pacífico disfrute de sus pastos.
Nadie decía una palabra sobre la legitimidad de la negativa de su
ocupante al estar el terreno cultivado. Todos hablaban únicamente de los
respetos que merecía el anciano pastor, un hombre que en sus mocedades
se comía los franceses crudos, que había visto mucho mundo, y cuya
sabiduría, demostrada con medias palabras y consejos incoherentes,
inspiraba un respeto supersticioso á la gente de las barracas.
Cuando Batiste y su familia vieron henchidas de fecunda simiente las
entrañas de sus tierras, pensaron en la vivienda, á falta de trabajo más
urgente.
El campo haría su deber. Ya era hora de pensar en ellos mismos.
Y por primera vez desde su llegada á la huerta, salió Batiste de las
tierras para ir á Valencia á cargar en su carro todos los desperdicios
de la ciudad que pudieran serle útiles.
Aquel hombre era una hormiga infatigable para la rebusca. Los montones
formados por Batistet se agrandaron considerablemente con las
expediciones del padre. La giba de estiércol, que formaba una cortina
defensiva ante la barraca, creció rápidamente, y más allá amontonáronse
centenares de ladrillos rotos, maderos carcomidos, puertas destrozadas,
ventanas hechas astillas, todos los desperdicios de los derribos de la
ciudad.
Contempló con asombro la gente de la huerta la prontitud y buena maña de
los laboriosos intrusos para arreglarse su vivienda.
La cubierta de paja de la barraca apareció de pronto enderezada; las
costillas de la techumbre, carcomidas por las lluvias, fueron reforzadas
unas y sustituídas otras; una capa de paja nueva cubrió los dos planos
pendientes del exterior. Hasta las crucecitas de sus extremos fueron
sustituídas por otras que la navaja de Batiste trabajó cucamente,
adornando sus aristas con dentelladas muescas; y no hubo en todo el
contorno techumbre que se irguiera más gallarda.
Los vecinos, al ver cómo se reformaba la barraca de _Barret_,
colocándose recta la montera, veían en esto algo de burla y de reto.
Después empezó la obra de abajo. ¡Qué modo de utilizar los escombros de
Valencia!... Las grietas desaparecieron, y terminado el enlucido de las
paredes, la mujer y la hija las enjalbegaron de un blanco deslumbrante.
La puerta nueva y pintada de azul, parecía madre de todas las
ventanillas, que asomaban por los huecos de las paredes sus cuadradas
caras del mismo color. Bajo la parra hizo Batiste una plazoleta,
pavimentada con ladrillos rojos, para que las mujeres cosieran allí en
las horas de la tarde. El pozo, después de una semana de descensos y
penosos acarreos, quedó limpio de todas las piedras y la basura con que
la pillería huertana lo había atiborrado durante diez años, y otra vez
su agua limpia y fresca volvió á subir en musgoso pozal, con alegres
chirridos de la garrucha, que parecía reirse de las gentes del contorno
con una estridente carcajada de vieja maliciosa.
Devoraban los vecinos su rabia en silencio. ¡Ladrón, más que ladrón!
¡Vaya un modo de trabajar!... Aquel hombre parecía poseer con sus
membrudos brazos dos varitas mágicas que lo transformaban todo al
tocarlo.
Diez semanas después de su llegada, aún no había salido de sus tierras
media docena de veces. Siempre en ellas, la cabeza metida entre los
hombros y el espinazo doblegado, embriagándose en su labor; y la barraca
de _Barret_ presentaba un aspecto coquetón y risueño, como jamás lo
había tenido en poder de su antiguo ocupante.
El corral, cercado antes con podridos cañizos, tenía ahora paredes de
estacas y barro, pintadas de blanco, sobre cuyos bordes correteaban las
rubias gallinas y se inflamaba el gallo, irguiendo su cabeza
purpúrea.... En la plazoleta, frente á la barraca, florecían macizos de
dompedros y plantas trepadoras. Una fila de pucheros desportillados
pintados de azul servían de macetas sobre el banco de rojos ladrillos, y
por la puerta entreabierta--ah, fanfarrón--veíase la cantarera nueva,
con sus chapas de blancos azulejos y sus cántaros verdes de charolada
panza: un conjunto de reflejos insolentes que quitaban la vista al que
pasaba por el inmediato camino.
Todos, en su furia creciente, acudían á _Pimentó_. ¿Podía esto
consentirse? ¿Qué pensaba hacer el temible marido de Pepeta?
Y _Pimentó_ se rascaba la frente oyéndoles, con cierta confusión.
¿Qué iba á hacer?... Su propósito era decirle dos palabritas á aquel
advenedizo que se metía á cultivar lo que no era suyo; una indicación
muy seria para que «no fuese tonto» y se volviera á su tierra, pues allí
nada tenía que hacer. Pero el tal sujeto no salía de sus campos, y no
era cosa de ir á amenazarle en su propia casa. Esto sería «dar el
cuerpo» demasiado, teniendo en cuenta lo que podría ocurrir luego. Había
que ser cauto y guardar la salida. En fin... un poco de paciencia. Él,
lo único que podía asegurar es que el tal sujeto no cosecharía el trigo,
ni las habas, ni todo lo que había plantado en los campos de _Barret_.
Aquello sería para el demonio.
Las palabras de _Pimentó_ tranquilizaban á los vecinos, y éstos seguían
con mirada atenta los progresos de la maldita familia, deseando en
silencio que llegase pronto la hora de su ruina.
Una tarde volvió Batiste de Valencia, muy contento del resultado de su
viaje. No quería en su casa brazos inútiles. Batistet, cuando no había
labor en el campo, buscaba ocupación yendo á la ciudad á recoger
estiércol. Quedaba la chica, una mocetona que, terminado el arreglo de
la barraca, no servía para gran cosa, y gracias á la protección de los
hijos de don Salvador, que se mostraban contentísimos con el nuevo
arrendatario, acababa de conseguir que la admitiesen en una fábrica de
sedas.
Desde el día siguiente, Roseta formaría parte del rosario de muchachas
que, despertando con la aurora, iban por todas las sendas con la falda
ondeante y la cestita al brazo camino de la ciudad, para hilar el sedoso
capullo entre sus gruesos dedos de hijas de la huerta.
Al llegar Batiste á las inmediaciones de la taberna de _Copa_, un hombre
apareció en el camino saliendo de una senda inmediata y marchó hacia él
lentamente, dando á entender su deseo de hablarle.