Por los ribazos laterales, con un brazo en la cesta y el otr

OBRAS COMPLETAS DE V. BLASCO IBAÑEZ

LA BARRACA

OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR

TERRES MAUDITES.--Traducción de

G. Hérelle. París.

FLEUR DE MAL--Traducción de G. Hérelle.

París.

BOUE ET ROSEAUX.--Traducción de

Maurice Bixio. París.

DANS L'OMBRE DE LA CATHÉDRALE.--Traducción

de G. Hérelle. París.

TERRAS MALDITAS.--Traducción de Napoleão

Toscano. Lisboa.

A CATHEDRAL.--Traducción de Riveiro

de Carvalho y Moraes Rosa. Lisboa.

FLOR DE MAYO.--Traducción de Josy

Priems. Zurich.

DIE KATHEDRALE.--Traducción de

Josy Priems. Zurich.

ERDFLUCH.--Traducción de Wilhelm

Thal. Berlín.

SCHILFUND SCHLAMM.--Traducción de

Wilhelm Thal. Berlín.

DER EINDRINGLING.--Traducción de

J. Broutá. Berlín.

DE VLOEK.--Traducción del doctor

A.A. Fokker. Haarlem.

WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN.--Traducción

del doctor A.A. Fokker. Amsterdam.

CHALUPA.--Traducción de A. Pikhart.

Praga.

MARNÁ CHLOUBA.--Traducción de A. Pikhart.

Praga.

AH, IL PANE!...--Traducción de F. Gelormini.

Palermo.

HVAD EN MAND HAR AT GOVE.--Traducción

de Johanne Allen. Copenhague.

VINNYI SKLAD.--Traducción de M. Watson.

Petersburgo.

BODEGA.--Traducción de K. G. Petersburgo.

GELEZNODOROGNOY ZALAZ.--Traducción

de M. Watson. Petersburgo.

NALOGUIZA OBNAGNENAIA.--Traducción

de M. Watson. Petersburgo.

PROKLIATAC POLE.--Traducción de

M. Watson. Petersburgo.

SOBOR.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.

DUOYÑOY VISTREL.--Traducción de

M. Watson. Petersburgo.

LA HORDE.--Traducción de G. Hérelle.

París.

ARÈNES SANGLANTES.--Traducción de

G. Hérelle. París.

O INTRUSO.--Traducción de Riveiro de

Carvalho. Lisboa.

MISERAVEIS.--Traducción de Vasco Valdéz.

Lisboa.

L'INTRUS.--Traducción de Renée Lafont.

París.

A ADEGA.--Traducción de E. Sousa Costa.

Lisboa-Río Janeiro.

A CORTEZAN DE SAGUNTO.--Traducción

de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa

Lisboa.

LES MORTS COMMANDENT.--Traducción

de B. Delaunay. París.

SUR LES ORANGERS.--Traducción de

G. Menetrier. París.

THE BLOOD OF THE ARENA.--Traducción

de F. Douglas. Chicago.

SONNICA.--Traducción de F. Douglas.

Edición de Nueva York y edición de

Londres.

THE SHADOW OF THE CATHEDRAL.--Traducción

de W.A. Gillespie. Londres.

BLOOD AND SAND.--Traducción de

W.A. Gillespie. Londres.

OBRAS COMPLETAS DE BLASCO IBÁÑEZ

(en ruso). Edición en 16 vol., con un

retrato del autor.--Traducción de Taitiana

Herzenstein y otros. Moscou.

SANGUE E ARENA.--Traducción de Ida

Mango. Nápoles.

ORIENTE.--Traducción de Ferreira Martins.

Lisboa.

BLOED EN ZAND.--Traducción de Van

Raalte. Amsterdam.

DIE HETARE VON SAGUNT.--Traducción

de W. Leydhecker. Berlín.

LES QUATRE CAVALIERS DE L'APOCALYPSE.--Trad.

de G. Hérelle. París.

THE MATADOR.--Edición inglesa Nelson.

Londres.

WIJN EN LIEFDE.--Traducción de Van

Raalte. Amsterdam.

I QUATTRO CAVALIERI DELL'APOCALIPSE.--Trad.

de Ida Mango. Milán.

THE FOUR HORSEMEN OF THE APOCALYPSE.-Traducción

de Charlotte

Brewster Jordan (384 edic.). Edición

de Nueva York y edición de Londres.

THE CABIN.--Traducción del doctor

Francis Haffkine-Snow. Nueva York.

LUNA BENAMOR.--Traducción del doctor

Isaac Goldberg. Boston.

THE DEAD COMMAND.--Traducción de

F. Douglas. Nueva York.

BLOOD AND SAND.--Introduction by

Dr. I. Goldberg. Edición de Nueva

York y edición de Londres.

THE SHADOW OF THE CATHEDRAL.--Introduction

by William Dean Howells.

Edición de Nueva York y edición de

Londres.

THE FRUIT OF THE VINE (_La bodega_).--Traducción

del Dr. Isaac Goldberg.

Edición de Nueva York y edición de

Londres.

OUR SEA (_Mare nostrum_).--Traducción

de C. Brewster Jordan. Edición de

Nueva York y edición de Londres.

DE VIER RUITERS UIT DE APOCALYPSIS.--Traducción

de Van Raalte. Gravenhage

(Holanda).

WOMAN TRIUMPHANT.--Traducción de

Hayward Keniston. Nueva York.

LA RÉVOLUTION MEXICAINE.--Traducción

de Louis Fonges. París.

THE ENEMIES OF WOMEN.--Traducción

de Arthur Livingston. Edición de

Nueva York y edición de Londres.

MEXICO IN REVOLUTION.--Traducción

de J. Padin y Arthur Livingston.

Nueva York.

MARE NOSTRUM.--Traducción de Gilberto

Beccari. Florencia.

FRA GLI ARANCI.--Traducción Vitagliano.

Milán.

DE DOWLER BEVELER.--Traducción de

Van Raalte. Amsterdam.

LA TRAGEDIE SUR LE LAC.--Traducción

de Renée Lafont. París.

THE MAYFLOWER.--Traducción de

A. Livingston. Edición de Nueva

York y edición de Londres.

LES ENNEMIS DE LA FEMME.--Traducción

de A. de Bengoechea. París.

THE TORRENT (_Entre naranjos_).--Traducción

de I. Golberg y Artur Livingston.

Edición de Nueva York y

edición de Londres.

FIOR DI MAGGIO.--Traducción de Gilberto

Beccari. Milán.

PALUDE TRAGICA.--Traducción de Gilberto

Beccari. Milán.

CONTES ESPAGNOLS D'AMOUR ET DE

MORT.--Traducción de F. Menetrier.

París.

VASS OCH DY.--Traducción de E. Staaff.

Estocolmo.

DEN UBUDNE.--Traducción de Johanne

Allen. Copenhague.

FYREFAEGTEREN.--Traducción de

Johanne Allen. Copenhague.

DEN GAMLE ROENNE.--Traducción de

Johanne Allen. Copenhague.

OS INIMIGOS DA MULHER.--Traducción

de Ferreira Martins. Lisboa.

LUNA BENAMOR.--Traducción de Renée

Lafont. París.

DIE APOKALYPTISCHEN REITER.--Traducción

de E. Koert. Berlín.

VÉRZÖ ARÉNA.--Traducción de Toth

Andras. Budapest.

MÁJUS VIRÁGA.--Traducción de Berki

Miklos y Gyori Karoly. Budapest.

KREV Á PÍSEK.--Traducción de María

Votrubová-Haunerova. Praga.

BLOD OG SAND.--Traducción de Sophus

Brekke. Prólogo de J. Bojer.

Cristianía.

APOKALYPSENS FYRA RYTTARE.--Traducción

de Alberto Bonnier. Estocolmo.

CAPÍTULOS ESCOGIDOS DE V. BLASCO

IBÁÑEZ.--Coleccionados por E. Alec

Woolf. Editor G. Harrap. Londres.

EEN LIEFDE OP DE BALEAREN.--Traducción

holandesa de P.M. Wink.

Zalt Bommel.

VISTAS SUDAMERICANAS.--Libro para

los estudiantes de español, con notas

de Carolina Marcial Dorado. Ginn y

C.ª Editores. Nueva York.

PROBUZENI BUDHOVO.--Traducción de

Karel Weith. Praga.

LA BATALLA DEL MARNE.--Libro para

los estudiantes de español, con notas

del profesor Federico de Onís. Heath

y C.ª, Editores. Nueva York.

GENSKI RAY (_El paraíso de las mujeres_).--Traducción

rusa de Tatiana Herzenstein.

La Editorial Rusa. Berlín.

A NOGYULOLOK.--Traducción de Toth

Andras. Budapest.

LA FEMME NUE DE GOYA.--Traducción

de A. de Bengoechea. París.

LA CITÉ DES FUTAILLES.--Traducción

de Renée Lafont. París.

THE TEMPTRESS.--Traducción de A. Livingston.

Nueva York.

KATEDRÁLA.--Traducción de Karel

Weith. Praga.

CTYRI PRÍSERNÍ JEZDCI Z APOKALYPSY.--Traducción

checoeslovaca de Karel

Vit. Ilustraciones de K. Relink. Praga.

BLOD OCH SAND.--Traducción de Bruno

Lindblom. Estocolmo.

FÖRBANNAD JORD.--Traducción de

Adolf Hillman. Estocolmo.

LA TENTATRICE.--Traducción de Jean

Carayón. París.

MARE NOSTRUM.--Traducción de Karel

Weith. Praga.

I MORTI COMANDANO.--Traducción de

Gilberto Beccari y Giulio de Medici.

Florencia.

LA TENTATRICE.--Traducción de Sante

Bargellini. Turín.

IN THE LAND OF ART.--Traducción de

Francés Douglas. Nueva York.

ARENES SANGLANTES.--Traducción

francesa de G. Hérelle. Edición Nelson.

Edimburgo (Escocia).

KVET CERNE REKY.--Traducción de

Karel Weith. Praga.

MOKUCHI NO SHIKISHI.--Traducción japonesa

de Kanzo Miura. Tokío.

CHI TO TSUNA.--Traducción japonesa

de Atsuchi Sudzuki. Tokío.

GO-GATSU NO HANA.--Traducción japonesa

de Soichi Okabé. Tokío.

GO-GATSU NO HANA.--Traducción japonesa

de Katsuo Urazawa. Tokío.

SHIOKI NI NARU ONNA.--Traducción japonesa

de Hirosada Nagata. Tokío.

RAKUCHITSU.--Traducción japonesa de

Shiduo Kasai. Tokío.

SEPPUN.--Traducción japonesa de Shiduo

Kasai. Tokío.

HIKIGAERU.--Traducción japonesa de

Shiduo Kasai. Tokío.

IBÁÑEZ KESSAKUSHIU.--Traducción japonesa

de la señora Nakagawa. Tokío.

RODNOE MORE.--Traducción de M. Watson.

Leningrado.

ZEMLIA DISEA.--Traducción de M. Watson.

Moscou.

KOROLAWA CALAFIA.--Traducción de

M.B. Batcoh. Leningrado.

NEPRATELEZEN.--Traducción de Karel

Weith. Praga.

A MULHER NÚA.--Traducción de Agostinho

Fortes. Lisboa.

OBRAS DEL AUTOR

CUENTOS VALENCIANOS.

LA CONDENADA (cuentos).

EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes).

ARROZ Y TARTANA (novela).

FLOR DE MAYO (novela).

LA BARRACA (novela).

SÓNNICA LA CORTESANA (novela).

ENTRE NARANJOS (novela).

CAÑAS Y BARRO (novela).

LA CATEDRAL (novela).

EL INTRUSO (novela).

LA BODEGA (novela).

LA HORDA (novela).

LA MAJA DESNUDA (novela).

ORIENTE (viajes).

SANGRE Y ARENA (novela).

LOS MUERTOS MANDAN (novela).

LUNA BENAMOR (novelas).

LOS ARGONAUTAS (novela).--2 tomos.

LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS.

MARE NOSTRUM (novela).

LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela).

EL MILITARISMO MEJICANO (artículos).

EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA (novelas).

EL PARAÍSO DE LAS MUJERES (novela).

LA TIERRA DE TODOS (novela).

LA REINA CALAFIA (novela).

NOVELAS DE LA COSTA AZUL.

LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA

=EN PREPARACIÓN=

EL PAPA DEL MAR.

A LOS PIES DE VENUS.

LAS RIQUEZAS DEL GRAN KAN.

EL ORO Y LA MUERTE.

OBRAS COMPLETAS DE VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

=LA BARRACA=

(NOVELA)

103.000 EJEMPLARES

PROMETEO Germanías, 33.--VALENCIA (Published in Spain)

Es propiedad.--Reservados todos los derechos de reproducción,

traducción y adaptación.

AL LECTOR

He contado en el prólogo de mi libro _En el país del Arte (Tres meses en

Italia_) cómo á mediados de 1895 tuve que huir de Valencia, después de

una manifestación contra la guerra colonial, que degeneró en movimiento

sedicioso, dando origen á un choque de los manifestantes con la fuerza

pública.

Perseguido por la autoridad militar como presunto autor de este suceso,

viví escondido algunos días, cambiando varias veces de refugio, mientras

mis amigos me preparaban el embarque secreto en un vapor que iba á

zarpar para Italia.

Uno de mis alojamientos fué en los altos de un despacho de vinos situado

cerca del puerto, propiedad de un joven republicano, que vivía con su

madre. Durante cuatro días permanecí metido en un entresuelo de techo

bajo, sin poder asomarme á las ventanas que daban á la calle, por ser

ésta de gran tránsito y andar la policía y la Guardia civil buscándome

en la ciudad y sus alrededores.

Obligado á permanecer en una habitación interior, completamente solo,

leí todos los libros que poseía el tabernero, los cuales no eran muchos

ni dignos de interés. Luego, para distraerme, quise escribir, y tuve

que emplear los escasos medios que el dueño de la casa pudo poner á mi

disposición: una botellita de tinta violeta á guisa de tintero, un

portapluma rojo, como los que se usan en las escuelas, y tres

cuadernillos de papel de cartas rayado de azul.

Así escribí en dos tardes un cuento de la huerta valenciana, al que puse

por título _Venganza moruna_. Era la historia de unos campos

forzosamente yermos, que vi muchas veces, siendo niño, en los

alrededores de Valencia, por la parte del Cementerio: campos utilizados

hace años como solares por la expansión urbana; el relato de una lucha

entre labriegos y propietarios, que tuvo por origen un suceso trágico y

abundó luego en conflictos y violencias.

Cuando llegó la hora de mi embarque, en plena noche, disfrazado de

marinero, dejé en la taberna todos mis objetos de uso personal y el

pequeño fajo de hojas escritas por ambas caras. Vagué tres meses por

Italia, volví á España, y un consejo de guerra me condenó á varios años

de presidio. Estuve encerrado más de doce meses, sufriendo los rigores

de una severidad intencionada y cruel. Al ser conmutada mi pena, me

desterraron á Madrid, sin duda para tenerme el gobierno de entonces más

al alcance de su vigilancia; y finalmente, el pueblo de Valencia me

eligió diputado, librándome así de nuevas persecuciones gracias á la

inmunidad parlamentaria.

Mi campaña electoral consistió principalmente en discursos pronunciados

al aire libre, ante muchedumbres enormes. Una tarde, después de hablar á

los marineros y cargadores del puerto, cuando terminado mi discurso tuve

que responder á los apretones de manos y los saludos de miles de

oyentes, reconocí entre éstos al joven que me escondió en su casa.

Tuve que acompañarlo á la taberna, para saludar á su madre y ver la

pequeña habitación que me había servido de refugio. Mientras estas

buenas gentes recordaban emocionadas mi hospedaje en su vivienda, fueron

sacando todos los objetos que yo había dejado olvidados.

Así recobré el cuento _Venganza moruna_, volviendo á leerlo aquella

noche, con el mismo interés que si lo hubiese escrito otro. Mi primera

intención fué enviarlo á _El Liberal_ de Madrid, en el que colaboraba yo

casi todas las semanas, publicando un cuento. Luego pensé en la

conveniencia de ensanchar este relato, un poco seco y conciso, haciendo

de él una novela, y escribí LA BARRACA.

Dirigía yo entonces en Valencia el diario _El Pueblo_, y tal era la

pobreza de este periódico de combate, que por no poder pagar un

redactor, encargado del servicio telegráfico, tenía el director que

trabajar hasta la madrugada, ó sea hasta que, redactados los últimos

telegramas y ajustado el diario en páginas, entraba finalmente en

máquina. Sólo entonces, fatigado de toda una noche de monótono trabajo

periodístico, me era posible dedicarme á la labor creadora del

novelista.

Bajo la luz violácea del amanecer ó al resplandor juvenil de un sol

recién nacido, fuí escribiendo los diez capítulos de mi novela. Nunca he

trabajado con tanto cansancio físico y un entusiasmo tan reconcentrado y

tenaz.

Al relato primitivo le quité su título de _Venganza moruna_, empleándolo

luego en otro de mis cuentos. Me pareció mejor dar á la nueva novela su

nombre actual: LA BARRACA. Primeramente se publicó en el folletón de _El

Pueblo_, pasando casi inadvertida. Mis bravos amigos, los lectores del

diario, sólo pensaban en el triunfo de la República, y no podían

interesarles gran cosa unas luchas entre huertanos, rústicos personajes

que ellos contemplaban de cerca á todas horas.

Francisco Sempere, mi compañero de empresas editoriales, que iniciaba

entonces su carrera y era todavía simple librero de lance, publicó una

edición de LA BARRACA de 700 ejemplares, al precio de una peseta.

Tampoco fué considerable el éxito del volumen. Creo que no pasaron de

500 los ejemplares vendidos.

Ocupado en trabajar por mis ideas políticas, no prestaba atención á la

suerte editorial de mi obra, cuando algunos meses después recibí una

carta del señor Hérelle, profesor del Liceo de Bayona. Ignoraba yo

entonces que este señor Hérelle era célebre en su patria como traductor,

luego de haber vertido al francés las obras de D'Annunzio y otros

autores italianos. Me pedía autorización para traducir LA BARRACA,

explicando la casualidad que le permitió conocer mi novela. Un día de

fiesta había ido de Bayona á San Sebastián, y aburrido, mientras llegaba

la hora de regresar á Francia, entró en una librería para adquirir un

volumen cualquiera y leerlo sentado en la terraza de un café. El libro

escogido fué LA BARRACA, é interesado por su lectura, el señor Hérelle

casi perdió su tren.

Con la despreocupación (por no llamarla de otro modo) que caracteriza á

la mayoría de los españoles en lo que se refiere á la puntualidad

epistolar, dejé sin respuesta la carta de este señor. Volvió á

escribirme, y tampoco contesté, acaparado por los accidentes de mi vida

de propagandista. Pero Hérelle, tenaz en su propósito, repitió sus

cartas.

«He de contestar á ese señor francés--me decía todas las mañanas--. De

hoy no pasa.»

Y siempre una reunión política, un viaje ó un incidente revolucionario

de molestas consecuencias me impedía escribir á mi futuro traductor. Al

fin, pude enviarle cuatro líneas autorizándolo para dicha traducción, y

no volví á acordarme de él.

Una mañana, los diarios de Madrid anunciaron en sus telegramas de París

que se había publicado la traducción de LA BARRACA, novela del diputado

republicano Blasco Ibáñez, con un éxito editorial enorme, y los primeros

críticos de Francia hablaban de ella con elogio.

LA BARRACA que había aparecido en una edición española de 700 ejemplares

(vendiéndose únicamente 500, la mayor parte de ellos en Valencia), y no

mereció, al publicarse, otro saludo que unas cuantas palabras de los

críticos de entonces, pasó de golpe á ser novela célebre. El insigne

periodista Miguel Moya la publicó en el folletón de _El Liberal_, y

luego empezó á remontarse, de edición en edición, hasta alcanzar su

cifra actual de 100.000 ejemplares, legales. Digo «legales» porque en

América se han hecho numerosas ediciones de esta obra sin mi permiso. Á

la traducción francesa siguieron otras y otras, en todos los idiomas de

Europa. Si se suman los ejemplares de sus numerosas versiones

extranjeras, pasan seguramente de un millón.

Algunos jóvenes que muestran exageradas impaciencias por obtener la fama

literaria y sus provechos materiales deben reflexionar sobre la historia

de esta novela, tan unida á mi nombre. Para las gentes amigas de

clasificaciones, que una vez encasillan á un autor ya no lo sacan, por

pereza mental, del alvéolo en que lo colocaron, yo seré siempre, escriba

lo que escriba, «el ilustre autor de LA BARRACA».

Y de LA BARRACA al publicarse en volumen se vendieron 500 ejemplares, y

mi difunto amigo Sempere y yo nos repartimos 78 pesetas, ganancia

líquida de la obra, llegando á obtener tal cantidad gracias á que

entonces los gastos de impresión eran mucho más baratos que en los

tiempos presentes.

V. B. I.

Mentón (Alpes Marítimos) 1925

LA BARRACA

I

Desperezóse la inmensa vega bajo el resplandor azulado del amanecer,

ancha faja de luz que asomaba por la parte del Mediterráneo.

Los últimos ruiseñores, cansados de animar con sus trinos aquella noche

de otoño, que por lo tibio de su ambiente parecía de primavera, lanzaban

el gorjeo final como si les hiriese la luz del alba con sus reflejos de

acero. De las techumbres de paja de las barracas salían las bandadas de

gorriones como un tropel de pilluelos perseguidos, y las copas de los

árboles empezaban á estremecerse bajo los primeros jugueteos de estos

granujas del espacio, que todo lo alborotaban con el roce de sus blusas

de plumas.

Apagábanse lentamente los rumores que habían poblado la noche: el

borboteo de las acequias, el murmullo de los cañaverales, los ladridos

de los mastines vigilantes.

Despertaba la huerta, y sus bostezos eran cada vez más ruidosos. Rodaba

el canto del gallo de barraca en barraca. Los campanarios de los

pueblecitos devolvían con ruidoso badajeo el toque de misa primera que

sonaba á lo lejos, en las torres de Valencia, esfumadas por la

distancia. De los corrales salía un discordante concierto animal:

relinchos de caballos, mugidos de vacas, cloquear de gallinas, balidos

de corderos, ronquidos de cerdos; un despertar ruidoso de bestias que,

al sentir la fresca caricia del alba cargada de acre perfume de

vegetación, deseaban correr por los campos.

El espacio se empapaba de luz; disolvíanse las sombras, como tragadas

por los abiertos surcos y las masas de follaje. En la indecisa neblina

del amanecer iban fijando sus contornos húmedos y brillantes las filas

de moreras y frutales, las ondulantes líneas de cañas, los grandes

cuadros de hortalizas, semejantes á enormes pañuelos verdes, y la tierra

roja cuidadosamente labrada.

Animábanse los caminos con filas de puntos negros y movibles, como

rosarios de hormigas, marchando hacia la ciudad. De todos los extremos

de la vega llegaban chirridos de ruedas, canciones perezosas

interrumpidas por el grito que arrea á las bestias, y de vez en cuando,

como sonoro trompetazo del amanecer, rasgaba el espacio un furioso

rebuzno del cuadrúpedo paria, como protesta del rudo trabajo que pesaba

sobre él apenas nacido el día.

En las acequias conmovíase la tersa lámina de cristal rojizo con

chapuzones que hacían callar á las ranas; sonaba luego un ruidoso batir

de alas, é iban deslizándose los ánades lo mismo que galeras de marfil,

moviendo cual fantásticas proas sus cuellos de serpiente.

La vida, que con la luz inundaba la vega, iba penetrando en el interior

de barracas y alquerías.

Chirriaban las puertas al abrirse, veíanse bajo los emparrados figuras

blancas que se desperezaban con las manos tras el cogote, mirando el

iluminado horizonte. Quedaban de par en par los establos, vomitando

hacia la ciudad las vacas de leche, los rebaños de cabras, los

caballejos de los estercoleros. Entre las cortinas de árboles enanos que

ensombrecían los caminos vibraban cencerros y campanillas, y cortando

este alegre cascabeleo sonaba el enérgico «_¡arre, aca!_» animando á las

bestias reacias.

En las puertas de las barracas saludábanse los que iban hacia la ciudad

y los que se quedaban á trabajar los campos.

--_¡Bòn día mos done Deu!_[1].

[1] ¡Buen día nos dé Dios!

--_¡Bòn día!_

Y tras este saludo, cambiado con toda la gravedad propia de una gente

que lleva en sus venas sangre moruna y sólo puede hablar de Dios con

gesto solemne, se hacía el silencio si el que pasaba era un desconocido,

y si era íntimo, se le encargaba la compra en Valencia de pequeños

objetos para la mujer ó para la casa.

Ya era de día completamente.

El espacio se había limpiado de tenues neblinas, transpiración nocturna

de los húmedos campos y las rumorosas acequias. Iba á salir el sol. En

los rojizos surcos saltaban las alondras con la alegría de vivir un día

más, y los traviesos gorriones, posándose en las ventanas todavía

cerradas, picoteaban las maderas, diciendo á los de adentro con su

chillido de vagabundos acostumbrados á vivir _de gorra_: «¡Arriba,

perezosos! ¡A trabajar la tierra, para que comamos nosotros!...»

En la barraca de Tòni, conocido en todo el contorno por _Pimentó_,

acababa de entrar su mujer, Pepeta, una animosa criatura, de carne

blancuzca y flácida en plena juventud, minada por la anemia, y que era

sin embargo la hembra más trabajadora de toda la huerta.

Al amanecer ya estaba de vuelta del Mercado. Levantábase á las tres,

cargaba con los cestones de verduras cogidas por Tòni al cerrar la noche

anterior entre reniegos y votos contra una pícara vida en la que tanto

hay que trabajar, y á tientas por los senderos, guiándose en la

obscuridad como buena hija de la huerta, marchaba á Valencia, mientras

su marido, aquel buen mozo que tan caro le costaba, seguía roncando

dentro del caliente _estudi_, bien arrebujado en las mantas del camón

matrimonial.

Los que compraban las hortalizas al por mayor para revenderlas conocían

bien á esta mujercita que antes del amanecer ya estaba en el Mercado de

Valencia, sentada en sus cestos, tiritando bajo el delgado y raído

mantón. Miraba con envidia, de la que no se daba cuenta, á los que

podían beber una taza de café para combatir el fresco matinal. Y con una

paciencia de bestia sumisa esperaba que le diesen por las verduras el

dinero que se había fijado en sus complicados cálculos, para mantener á

Tòni y llevar la casa adelante.

Después de esta venta corría otra vez hacia su barraca, deseando salvar

cuanto antes una hora de camino.

Entraba de nuevo en funciones para desarrollar una segunda industria:

después de las hortalizas, la leche. Y tirando del ronzal de una vaca

rubia, que llevaba pegado al rabo como amoroso satélite un ternerillo

juguetón, volvía á la ciudad con la varita bajo el brazo y la medida de

estaño para servir á los clientes.

La _Ròcha_, que así apodaban á la vaca por sus rubios pelos, mugía

dulcemente, estremeciéndose bajo una gualdrapa de arpillera, herida por

el fresco de la mañana, volviendo sus ojos húmedos hacia la barraca, que

se quedaba atrás, con su establo negro, de ambiente pesado, en cuya paja

olorosa pensaba con la voluptuosidad del sueño no satisfecho.

Pepeta la arreaba con su vara. Se hacía tarde, é iban á quejarse los

parroquianos. Y la vaca y el ternerillo trotaban por el centro del

camino de Alboraya, hondo, fangoso, surcado de profundas carrileras.

Por los ribazos laterales, con un brazo en la cesta y el otro

balanceante, pasaban los interminables cordones de cigarreras é

hilanderas de seda, toda la virginidad de la huerta, que iban á trabajar

en las fábricas, dejando con el revoloteo de sus faldas una estela de

castidad ruda y áspera.

Esparcíase por los campos la bendición de Dios.

Tras los árboles y las casas que cerraban el horizonte asomaba el sol

como enorme oblea roja, lanzando horizontales agujas de oro que

obligaban á taparse los ojos. Las montañas del fondo y las torres de la

ciudad iban tomando un tinte sonrosado; las nubecillas que bogaban por

el cielo coloreábanse como madejas de seda carmesí; las acequias y los

charcos del camino parecían poblarse de peces de fuego. Sonaba en el

interior de las barracas el arrastre de la escoba, el chocar de la loza,

todos los ruidos de la limpieza matinal. Las mujeres agachábanse en los

ribazos, teniendo al lado el cesto de la ropa por lavar. Saltaban en las

sendas los pardos conejos, con su sonrisa marrullera, enseñando, al

huir, las rosadas posaderas partidas por el rabo en forma de botón; y

sobre los montones de rubio estiércol, el gallo, rodeado de sus

cloqueantes odaliscas, lanzaba un grito de sultán celoso, con la pupila

ardiente y las barbillas rojas de cólera.

Pepeta, insensible á este despertar que presenciaba diariamente, seguía

su marcha, cada vez con más prisa, el estómago vacío, las piernas

doloridas y las ropas interiores impregnadas de un sudor de debilidad

propio de su sangre blanca y pobre, que á lo mejor se escapaba durante

semanas enteras, contraviniendo las reglas de la naturaleza.

La avalancha de gente laboriosa que se dirigía á Valencia llenaba los

puentes. Pepeta pasó entre los obreros de los arrabales que llegaban con

el saquito del almuerzo pendiente del cuello, se detuvo en el fielato de

Consumos para tomar su resguardo--unas cuantas monedas que todos los

días le dolían en el alma--, y se metió por las desiertas calles, que

animaba el cencerro de la _Ròcha_ con un badajeo de melodía bucólica,

haciendo soñar á los adormecidos burgueses con verdes prados y escenas

idílicas de pastores.

Tenía sus parroquianos la pobre mujer esparcidos en toda la ciudad. Era

su marcha una enrevesada peregrinación por las calles, deteniéndose ante

las puertas cerradas; un aldabonazo aquí, tres y repique más allá, y

siempre, á continuación, el grito estridente y agudo, que parecía

imposible pudiese surgir de su pobre y raso pecho: «_¡La lleeet!_» Jarro

en mano bajaba la criada desgreñada, en chancleta, con los ojos

hinchados, á recibir la leche, ó la vieja portera, todavía con la

mantilla que se había puesto para ir á la misa del alba.

A las ocho, después de servir á todos sus clientes, Pepeta se vió cerca

del barrio de Pescadores.

Como también encontraba en él despacho, la pobre huertana se metió

valerosamente en los sucios callejones, que parecían muertos á aquella

hora. Siempre, al entrar, sentía cierto desasosiego, una repugnancia

instintiva de estómago delicado. Pero su espíritu de mujer honrada y

enferma sabía sobreponerse á esta impresión, y continuaba adelante con

cierta altivez vanidosa, con un orgullo de hembra casta, consolándose al

ver que ella, débil y agobiada por la miseria, aún era superior á otras.

De las cerradas y silenciosas casas salía el hálito de la crápula

barata, ruidosa y sin disfraz: un olor de carne adobada y putrefacta,

de vino y de sudor. Por las rendijas de las puertas parecía escapar la

respiración entrecortada y brutal del sueño aplastante después de una

noche de caricias de fiera y caprichos amorosos de borracho.

Pepeta oyó que le llamaban. En la puerta de una escalerilla le hacía

señas una buena moza, despechugada, fea, sin otro encanto que el de una

juventud próxima á desaparecer; los ojos húmedos, el moño torcido, y en

las mejillas manchas del colorete de la noche anterior: una caricatura,

un payaso del vicio.

La labradora, apretando los labios con un mohín de orgullo y desdén para

que las distancias quedasen bien marcadas, comenzó á ordeñar las ubres

de la _Ròcha_ dentro del jarro que le presentaba la moza. Ésta no

quitaba la vista de la labradora.

--¡Pepeta!--dijo con voz indecisa, como si no tuviese la certeza de que

era ella misma.

Levantó su cabeza Pepeta; fijó por primera vez sus ojos en la

mujerzuela, y también pareció dudar.

--¡Rosario!... ¿eres tú?

Sí, ella era; lo afirmaba con tristes movimientos de cabeza. Y Pepeta,

inmediatamente, manifestó su asombro. ¡Ella allí!... ¡Hija de unos

padres tan honrados! ¡Qué vergüenza, Señor!...

La ramera, por costumbre del oficio, intentó acoger con cínica sonrisa,

con el gesto excéptico del que conoce el secreto de la vida y no cree en

nada, las exclamaciones de la escandalizada labradora. Pero la mirada

fija de los ojos claros de Pepeta acabó por avergonzarla, y bajó la

cabeza como si fuese á llorar.

No; ella no era mala. Había trabajado en las fábricas, había servido á

una familia como doméstica, pero al fin sus hermanas le dieron el

ejemplo, cansadas de sufrir hambre; y allí estaba, recibiendo unas veces

cariños y otras bofetadas, hasta que reventase para siempre. Era

natural: donde no hay padre y madre, la familia termina así. De todo

tenía la culpa el amo de la tierra, aquel don Salvador, que de seguro

ardía en los infiernos. ¡Ah, ladrón!... ¡Y cómo había perdido á toda una

familia!

Pepeta olvidó su actitud fría y reservada para unirse á la indignación

de la muchacha. Verdad, todo verdad; aquel tío avaro tenía la culpa. La

huerta entera lo sabía. ¡Válgame Dios, y cómo se pierde una casa! ¡Tan

bueno que era el pobre tío _Barret_! ¡Si levantara la cabeza y viese á

sus hijas!... Ya sabían en la huerta que el pobre padre había muerto en

el presidio de Ceuta hacía dos años; y en cuanto á la madre, la infeliz

vieja había acabado de padecer en una cama del Hospital. ¡Las vueltas

que da el mundo en diez años! ¿Quién les hubiese dicho á ella y á sus

hermanas, acostumbradas á vivir en su casa como reinas, que acabarían de

aquel modo? ¡Señor! ¡Señor! ¡Libradnos de una mala persona!...

Rosario se animó con la conversación; parecía rejuvenecerse junto á esta

amiga de la niñez. Sus ojos, antes mortecinos, chispearon al recordar el

pasado. ¿Y su barraca? ¿Y las tierras? Seguían abandonadas, ¿verdad?...

Esto le gustaba: ¡que reventasen, que se hiciesen la santísima los hijos

del pillo don Salvador!... Era lo único que podía consolarla. Estaba muy

agradecida á _Pimentó_ y á todos los de allá porque habían impedido que

otros entrasen á trabajar lo que de derecho pertenecía á su familia. Y

si alguien quería apoderarse de aquello, bien sabido era el remedio....

¡Pum! Un escopetazo de los que deshacen la cabeza.

La moza se enardecía; brillaban en sus ojos chispas de ferocidad.

Resucitaba dentro de la ramera, pasiva bestia acostumbrada á los golpes,

la hija de la huerta, que desde que nace ve la escopeta colgada detrás

de la puerta y en las festividades aspira con delicia el humo de la

pólvora.

Después de hablar del triste pasado, la curiosidad despierta de Rosario

fué preguntando por todos los de allá, y acabó en Pepeta. ¡Pobrecita!

Bien se veía que no era feliz. Joven aún, sólo revelaban su edad

aquellos ojazos claros de virgen, inocentones y tímidos. El cuerpo, un

puro esqueleto; y en el pelo rubio, de un color de mazorca tierna,

aparecían ya las canas á puñados antes de los treinta años. ¿Qué vida le

daba _Pimentó_? ¿Siempre tan borracho y huyendo del trabajo? Ella se lo

había buscado, casándose contra los consejos de todo el mundo. Buen

mozo, eso sí; le temblaban todos en la taberna de _Copa_, los domingos

por la tarde, cuando jugaba al truco con los más guapos de la huerta;

pero en casa debía ser un marido insufrible.... Aunque bien mirado,

todos los hombres eran iguales. ¡Si lo sabría ella! Unos perros que no

valían la pena de mirarlos. ¡Hija! ¡y qué desmejorada estaba la pobre

Pepeta!...

Un vozarrón de marimacho bajó como un trueno por el hueco de la

escalerilla.

--¡Elisa!... Sube pronto la leche. El señor está esperando.

Rosario empezó á reir de ella misma. Ahora se llamaba Elisa: ¿no lo

sabía? Era exigencia del oficio cambiar el nombre, así como hablar con

acento andaluz. Y remedaba con rústica gracia la voz del marimacho

invisible.

Pero á pesar de su regocijo, tuvo prisa en retirarse. Temía á los de

arriba. El vozarrón ó el señor de la leche podían darle algo malo por su

tardanza. Y subió veloz por la escalerilla, después de recomendar mucho

á Pepeta que pasase alguna vez por allí, para recordar juntas las cosas

de la huerta.

El cansado esquilón de la _Ròcha_ repiqueteó más de una hora por las

calles de Valencia. Soltaron las mustias ubres hasta su última gota de

leche insípida, producto de un mísero pasto de hojas de col y

desperdicios, y al fin Pepeta emprendió la vuelta á su barraca.

La pobre labradora caminaba triste y pensativa bajo la impresión de

aquel encuentro. Recordaba, como si hubiera sido el día anterior, la

espantosa tragedia que se tragó al tío _Barret_ con toda su familia.

Desde entonces, los campos que hacía más de cien años trabajaban los

ascendientes del pobre labrador habían quedado abandonados á orilla del

camino. Su barraca, deshabitada, sin una mano misericordiosa que echase

un remiendo á la techumbre ni un puñado de barro á las grietas de las

paredes, se iba hundiendo lentamente.

Diez años de continuo tránsito junto á aquella ruina habían conseguido

que la gente no se fijase ya en ella. La misma Pepeta hacía tiempo que

no había parado su atención en la vieja barraca. Ésta sólo interesaba á

los muchachos, que, heredando el odio de sus padres, se metían por entre

las ortigas de los campos yermos para acribillar á pedradas la

abandonada vivienda, romper los maderos de su cerrada puerta, ó cegar

con tierra y pedruscos el pozo que se abría bajo una parra vetusta.

Pero aquella mañana, Pepeta, influída por su reciente encuentro, se fijó

en la ruina y hasta se detuvo en el camino para verla mejor.

Los campos del tío _Barret_, ó mejor dicho para ella, «del judío don

Salvador y sus descomulgados herederos», eran una mancha de miseria en

medio de la huerta fecunda, trabajada y sonriente. Diez años de abandono

habían endurecido la tierra, haciendo brotar de sus olvidadas entrañas

todas las plantas parásitas, todos los abrojos que Dios ha criado para

castigo del labrador. Una selva enana, enmarañada y deforme se extendía

sobre aquellos campos, con un oleaje de extraños tonos verdes, matizado

á trechos por flores misteriosas y raras, de esas que sólo surgen en las

ruinas y los cementerios.

Bajo las frondosidades de esta selva minúscula y alentados por la

seguridad de su guarida, crecían y se multiplicaban toda suerte de

bichos asquerosos, derramándose en los campos vecinos: lagartos verdes

de lomo rugoso, enormes escarabajos con caparazón de metálicos reflejos,

arañas de patas cortas y vellosas, hasta culebras, que se deslizaban á

las acequias inmediatas. Allí vivían, en el centro de la hermosa y

cuidada vega, formando mundo aparte, devorándose unos á otros; y aunque

causasen algún daño á los vecinos, estos los respetaban con cierta

veneración, pues las siete plagas de Egipto parecían poca cosa á los de

la huerta para arrojarlas sobre aquellos terrenos malditos.

Como las tierras del tío _Barret_ no serían nunca para los hombres,

debían anidar en ellas los bicharracos asquerosos, y cuantos más, mejor.

En el centro de estos campos desolados, que se destacaban sobre la

hermosa vega como una mancha de mugre en un manto regio de terciopelo

verde, alzábase la barraca, ó más bien dicho, caía, con su montera de

paja despanzurrada, enseñando por las aberturas que agujerearon el

viento y la lluvia su carcomido costillaje de madera. Las paredes,

arañadas por las aguas, mostraban sus adobes de barro crudo, sin más que

unas ligerísimas manchas blancas que delataban el antiguo enjalbegado.

La puerta estaba rota por debajo, roída por las ratas, con grietas que

la cortaban de un extremo á otro. Dos ó tres ventanillas, completamente

abiertas y martirizadas por los vendavales, pendían de un solo gozne, é

iban á caer de un momento á otro, apenas soplase una ruda ventolera.

Aquella ruina apenaba el ánimo, oprimía el corazón. Parecía que del

casuco abandonado fuesen á salir fantasmas en cuanto cerrase la noche;

que de su interior iban á partir gritos de personas asesinadas; que toda

aquella maleza era un sudario ocultando debajo de él centenares de

cadáveres.

Imágenes horribles era lo que inspiraba la contemplación de estos campos

abandonados; y su tétrica miseria aún resaltaba más al contrastar con

las tierras próximas, rojas, bien cuidadas, llenas de correctas filas

de hortalizas y de arbolillos, á cuyas hojas daba el otoño una

transparencia acaramelada. Hasta los pájaros huían de aquellos campos de

muerte, tal vez por temor á los animaluchos que rebullían bajo la maleza

ó por husmear el hálito de la desgracia.

Sobre la rota techumbre de paja, si algo se veía era el revoloteo de

alas negras y traidoras, plumajes fúnebres de cuervos y milanos, que al

agitarse hacían enmudecer los árboles cargados de gozosos aleteos y

juguetones piídos, quedando silenciosa la huerta, como si no hubiese

gorriones en media legua á la redonda.

Pepeta iba á seguir adelante, hacia su blanca barraca, que asomaba entre

los árboles algunos campos más allá; pero hubo de permanecer inmóvil en

el alto borde del camino, para que pasase un carro cargado que avanzaba

dando tumbos y parecía venir de la ciudad.

Su curiosidad femenil se excitó al fijarse en él.

Era un pobre carro de labranza, tirado por un rocín viejo y huesudo, al

que ayudaba en los baches difíciles un hombre alto que marchaba junto á

él animándole con gritos y chasquidos de tralla.

Vestía de labrador; pero el modo de llevar el pañuelo anudado á la

cabeza, sus pantalones de pana y otros detalles de su traje, delataban

que no era de la huerta, donde el adorno personal ha ido poco á poco

contaminándose del gusto de la ciudad. Era labrador de algún pueblo

lejano: tal vez venía del riñón de la provincia.

Sobre el carro amontonábanse, formando pirámide hasta más arriba de los

varales, toda clase de objetos domésticos. Era la emigración de una

familia entera. Tísicos colchones, jergones rellenos de escandalosa hoja

de maíz, sillas de esparto, sartenes, calderas, platos, cestas, verdes

banquillos de cama, todo se amontonaba sobre el carro, sucio, gastado,

miserable, oliendo á hambre, á fuga desesperada, como si la desgracia

marchase tras de la familia pisándole los talones. En la cumbre de este

revoltijo veíanse tres niños abrazados, que contemplaban los campos con

ojos muy abiertos, como exploradores que visitan un país por vez

primera.

A pie y detrás del carro, como vigilando por si caía algo de éste,

marchaban una mujer y una muchacha, alta, delgada, esbelta, que parecía

hija de aquélla. Al otro lado del rocín, ayudando cuando el vehículo se

detenía en un mal paso, iba un muchacho de unos once años. Su exterior

grave delataba al niño que, acostumbrado á luchar con la miseria, es un

hombre á la edad en que otros juegan. Un perrillo sucio y jadeante

cerraba la marcha.

Pepeta, apoyada en el lomo de su vaca, les veía avanzar, poseída cada

vez de mayor curiosidad. ¿Adonde iría esta pobre gente?

El camino aquel, afluyente al de Alboraya, no iba á ninguna parte. Se

extinguía á lo lejos, como agotado por las bifurcaciones innumerables de

sendas y caminitos que daban entrada á las barracas.

Pero su curiosidad tuvo un final inesperado. ¡Virgen Santísima! El carro

se salía del camino, atravesaba el ruinoso puente de troncos y tierra

que daba acceso á las tierras malditas, y se metía por los campos del

tío _Barret_, aplastando con sus ruedas la maleza respetada.

La familia seguía detrás, manifestando con gestos y palabras confusas la

impresión que le causaba tanta miseria, pero en línea recta hacia la

destrozada barraca, como quien toma posesión de lo que es suyo.

Pepeta no quiso ver más. Ahora sí que corrió de veras hacia su barraca.

Deseosa de llegar antes, abandonó á la vaca y al ternerillo, y las dos

bestias siguieron su marcha tranquilamente, como quien no se preocupa de

las cosas ajenas y tiene el establo seguro.

_Pimentó_ estaba tendido á un lado de su barraca, fumando perezosamente,

con la vista fija en tres varitas untadas con liga, puestas al sol, en

torno de las cuales revoloteaban algunos pájaros. Era una ocupación de

señor.

Al ver llegar á su mujer con los ojos asombrados y el pobre pecho

jadeante, _Pimentó_ cambió de postura para escuchar mejor,

recomendándola que no se aproximase á las varitas.

Vamos á ver, ¿qué era aquello? ¿Le habían robado la vaca?...

Pepeta, con la emoción y el cansancio, apenas pudo decir dos palabras

seguidas.

«Las tierras de _Barret_.... Una familia entera.... Iban á trabajar, á

vivir en la barraca. Ella lo había visto.»

_Pimentó_, cazador de pájaros con liga, enemigo del trabajo y terror de

la contornada, no pudo conservar su gravedad impasible de gran señor

ante tan inesperada noticia.

--_¡Recontracordóns!_...

De un salto puso recta su pesada y musculosa humanidad, y echó á correr

sin aguardar más explicaciones.

Su mujer vió cómo corría á campo traviesa hasta un cañar inmediato á las

tierras malditas. Allí se arrodilló, se echó sobre el vientre, para

espiar por entre las cañas como un beduíno al acecho, y pasados algunos

minutos volvió á correr, perdiéndose en aquel dédalo de sendas, cada una

de las cuales conducía á una barraca, á un campo donde se encorvaban los

hombres haciendo brillar en el aire su azadón como un relámpago de

acero.

La huerta seguía risueña y rumorosa, impregnada de luz y de susurros,

aletargada bajo la cascada de oro del sol de la mañana.

Pero á lo lejos sonaban voces y llamamientos: la noticia se transmitía á

grito pelado de un campo á otro campo, y un estremecimiento de alarma,

de extrañeza, de indignación, corría por toda la vega, como si no

hubiesen transcurrido los siglos y circulara el aviso de que en la playa

acababa de aparecer una galera argelina buscando cargamento de carne

blanca.

II

Cuando en época de cosecha contemplaba el tío _Barret_ los cuadros de

distinto cultivo en que estaban divididas sus tierras, no podía contener

un sentimiento de orgullo, y mirando los altos trigos, las coles con su

cogollo de rizada blonda, los melones asomando el verde lomo á flor de

tierra ó los pimientos y tomates medio ocultos por el follaje, alababa

la bondad de sus campos y los esfuerzos de todos sus antecesores al

trabajarlos mejor que los demás de la huerta.

Toda la sangre de sus abuelos estaba allí. Cinco ó seis generaciones de

_Barrets_ habían pasado su vida labrando la misma tierra, volviéndola al

revés, medicinando sus entrañas con ardoroso estiércol, cuidando que no

decreciera su jugo vital, acariciando y peinando con el azadón y la

reja todos aquellos terrones, de los cuales no había uno que no

estuviera regado con el sudor y la sangre de la familia.

Mucho quería el labrador á su mujer, y hasta le perdonaba la tontería de

haberle dado cuatro hijas y ningún hijo que le ayudase en sus tareas; no

amaba menos á las cuatro muchachas, unos ángeles de Dios, que se pasaban

el día cantando y cosiendo á la puerta de la barraca, y algunas veces se

metían en los campos para descansar un poco á su pobre padre; pero la

pasión suprema del tío _Barret_, el amor de sus amores, eran aquellas

tierras, sobre las cuales había pasado monótona y silenciosa la historia

de su familia.

Hacía muchos años, muchos--en los tiempos que el tío _Tomba_, un anciano

casi ciego que guardaba el pobre rebaño de un carnicero de Alboraya, iba

por el mundo, en la partida del _Fraile_, disparando trabucazos contra

los franceses--, estas tierras fueron de los religiosos de San Miguel de

los Reyes, unos buenos señores, gordos, lustrosos, dicharacheros, que no

mostraban gran prisa en el cobro de los arrendamientos, dándose por

satisfechos con que por la tarde, al pasar por la barraca, les recibiera

la abuela, que era entonces una real moza, obsequiándolos con hondas

jícaras de chocolate y las primicias de los frutales. Antes, mucho

antes, había sido el propietario de todo aquello un gran señor, que al

morir depositó sus pecados y sus fincas en el seno de la comunidad; y

ahora ¡ay! pertenecían á don Salvador, un vejete de Valencia, que era el

tormento del tío _Barret_, pues hasta en sueños se le aparecía.

El pobre labrador ocultaba sus penas á su propia familia. Era un hombre

animoso, de costumbres puras. Los domingos, si iba un rato á la taberna

de _Copa_, donde se reunía toda la gente del contorno, era para mirar á

los jugadores de truco, para reir como un bendito oyendo los

despropósitos y brutalidades de _Pimentó_ y otros mocetones que actuaban

de gallitos de la huerta, pero nunca se acercaba al mostrador á pagar un

vaso. Llevaba siempre el bolsillo de su faja bien apretado sobre el

estómago, y si bebía, era cuando alguno de los gananciosos convidaba á

todos los presentes.

Enemigo de comunicar sus penas, se le veía siempre sonriente, bonachón,

tranquilo, llevando encasquetado hasta las orejas el gorro azul que

justificaba su apodo.

Trabajaba de noche á noche; cuando toda la huerta dormía aún, ya estaba

él, á la indecisa claridad del amanecer, arañando sus tierras, cada vez

más convencido de que no podría con ellas.

Era demasiado trabajo para un hombre solo. ¡Si al menos tuviera un

hijo!... Buscando ayuda, tomaba criados, que le robaban trabajando poco,

y finalmente los despedía, al sorprenderles durmiendo dentro del establo

en las horas de sol.

Influído por el respeto á sus antepasados, quería reventar de fatiga

sobre sus terrones, antes que consentir que una parte de ellos fuese

cedida en arrendamiento á manos extrañas. Y no pudiendo con todo el

trabajo, dejaba improductiva y en barbecho la mitad de su tierra feraz,

pretendiendo con el cultivo de la otra mantener á la familia y pagar al

amo.

Fué este empeño una lucha sorda, desesperada, tenaz, contra las

necesidades de la vida y contra su propia debilidad.

No tenía mas que un deseo: que las chicas ignorasen sus preocupaciones;

que nadie se diese cuenta en la casa de los apuros y tristezas del

padre; que no se turbase la santa alegría de aquella vivienda, animada á

todas horas por las risas y las canciones de las cuatro hermanas, cuya

edad sólo se diferenciaba de un año. Y mientras ellas, que ya comenzaban

á llamar la atención de los mozos de la huerta, asistían con pañuelos de

seda nuevos, vistosos, y planchadas y ruidosas faldas á las fiestas de

los pueblecillos, ó despertaban al amanecer para ir descalzas y en

camisa á mirar por las rendijas del ventanillo quiénes eran los que

cantaban _les albaes_[2] ó las obsequiaban con rasgueos de guitarra, el

pobre tío _Barret_, empeñado cada vez más en nivelar su presupuesto,

sacaba, onza tras onza, todo el puñado de oro amasado ochavo sobre

ochavo que le había dejado su padre, acallando así á don Salvador,

viejo avaro que nunca tenía bastante, y no contento con exprimirle,

hablaba de lo mal que estaban los tiempos, del escandaloso aumento de

las contribuciones y de la necesidad de subir el precio del

arrendamiento.

[2] Las alboradas.

No podía haber encontrado _Barret_ peor amo. Gozaba en toda la huerta

una fama detestable, pues rara era la partida de ella donde no tuviese

tierras. Todas las tardes, envuelto en una vieja capa, que llevaba hasta

en primavera, con aspecto sórdido de mendigo, y acompañado de las

maldiciones y gestos hostiles que dejaba á su espalda, iba por las

sendas visitando á los colonos. Era la tenacidad del avaro que desea

estar en contacto á todas horas con sus propiedades, la pegajosidad del

usurero que siempre tiene cuentas pendientes que arreglar.

Los perros ladraban al verle de lejos, como si se aproximase la muerte;

los niños le miraban enfurruñados; los hombres se escondían para evitar

penosas excusas y las mujeres salían á la puerta de la barraca con la

vista en el suelo y la mentira á punto para rogar á don Salvador que

tuviese paciencia, contestando con lágrimas á sus bufidos y amenazas.

La Barraca · 第 1 / 13 段