Así se presentó á mi imaginación una noche oscura, ventosa y fría, la

calle de Don Juan Manuel, una noche que se moría un amigo querido y que

tuve que correr en busca de un virtuoso clérigo para que le echara la

última bendición que el hombre cristiano apetece el día que parte para

siempre de la vida.

Esa noche soplaban por intervalos unas ráfagas del viento helado de los

volcanes, caían repentinamente algunas gruesas gotas de lluvia, que el

aire arrebataba y azotaba contra las vidrieras oscuras de los balcones,

no había más que un perro negro, flaco y macilento que roía los restos

de un hueso arrojado por algún sirviente; las luces de aceite más bien

daban sombras que luz, y la llama rojiza y pequeña temblaba siniestra en

la alcuza negruzca de lata. El sereno dormía en la esquina arrebujado en

su capotón azul, y el eco de mis pisadas en las losas de la acera se

repercutía en toda la extensión de esa lúgubre á la vez que majestuosa

calle, y turbaba el silencio que también se interrumpía de vez en cuando

con el graznido de alguna ave nocturna. Llegué en casa del sacerdote,

que era un hombre blanco con la venerable auréola de las

canas............

* * * * *

* * * * *

En el año de 1636 en que colocamos nuestra narración, la calle de Don

Juan Manuel no se hallaba como ahora la encontrarán los viajeros. México

estaba ya como quien dice trazado y formado; pero las calles, con pocas

excepciones, no estaban completas. Había grandes y buenos edificios

junto de otros de un solo piso y de una pobre y defectuosa construcción;

otras casas tenían una grande y alta cerca que cubría las huertas ó

jardines, y en otras, como en la de Celada, que es hoy San Bernardo, y

la de que hablamos, había muchos solares intercalados entre las casas y

con una cerca de espinos secos, de adobes ó madera. El propietario de

los solares y casas de ese rumbo era un caballero llamado Don Juan

Manuel.

Era un personaje por todos capítulos rodeado de misterios y de sombras

que no dejaban nunca verle en toda la verdadera realidad. Entraba de

noche al palacio del Virrey, embozado hasta los ojos en una larga capa

negra, y permanecía varias horas conversando. Nadie le veía salir, y

algunos que por curiosidad le observaban al entrar, decían que antes de

tocar la puerta excusada de palacio, Don Juan Manuel se desembozaba, se

persignaba tres veces, sacaba un estoque con puñon de plata, le

reconocía, examinaba la punta y le volvía á meter en la vaina. Los que

alguna vez vieron esto, temían que el Virrey amaneciese algún día

asesinado en su cama.

Don Juan Manuel era hombre muy caritativo. Se contaba que una vez había

ido á verle una viuda pobre que tenía dos niñas doncellas, muy jóvenes y

bellas. Don Juan Manuel regaló cinco mil pesos á cada muchacha, y jamás

quiso ni conocerlas.

Don Juan Manuel era celoso, y se decía que su esposa era una dama

principal y de una rara hermosura; pero nadie la había visto, pues

permanecía encerrada en su casa, y salía únicamente á misa á las cinco

de la mañana cubierta con un mantón de lana negro. Nadie visitaba la

casa, y sólo el confesor entraba de vez en cuando á tomar chocolate

después de la misa.

Don Juan Manuel era valiente. Una noche le acometieron seis bandidos con

puñales. El sacó la tizona, se colocó de espaldas contra un zaguán y no

dejó acercarse á ninguno de ellos hasta que por la esquina asomó una

ronda que observó después los rastros de sangre, pues los cinco

agresores habían sido heridos por el bravo caballero.

Don Juan Manuel era hombre no sólo virtuoso sino hasta santo, porque

confesaba y comulgaba cada ocho días, se daba disciplina todas las

noches en la Iglesia más cercana, socorría á muchos pobres, asistía á

las festividades de la Vírgen, y costeaba velas de cera y lámparas que

ardían día y noche en los templos.

Todo esto decían de Don Juan Manuel, pero en verdad era un hombre

misterioso, y se podía asegurar que todos le conocían y ninguno le

conocía realmente, porque si se preguntaba por sus señas, unos lo

describían de alta estatura, muy derecho y arrogante, de fisonomía

pálida y casi cetrina, con espesa barba negra y ojos centellantes

pequeños y hundidos; otros, por el contrario, aseguraban que era de

estatura regular, de semblante apacible y caritativo, de ojos expresivos

y llenos de dulzura, y con solo un corto bigote. Tampoco estaban todos

conformes en cuanto á su traje, añadiendo los mejor informados que

vestía siempre de negro, mientras otros le conocían riquísimos

ferreruelos; pero los más convenían en que de noche se le encontraba por

las calles más sombrías, entrando y saliendo en casas de mala

apariencia, y envuelto en una luenga capa.

Estas eran lo que se llaman las hablillas del vulgo, que partiendo de un

fondo de verdad, poetisa ó trastorna las cosas y las figuras, dándoles

el carácter raro, misterioso é indefinido que tanto halaga la

imaginación humana, y de esto tienen orígen la mayor parte de las

leyendas y tradiciones de todos los pueblos.

Pasó y pasó el tiempo, y cada año se añadía alguna particularidad, algún

nuevo rasgo al carácter de Don Juan Manuel. Repentinamente el caballero

se dió enteramente á la devoción, y de la devoción pasó á una melancolía

tan negra y tan profunda, que nada podía consolarle. Sus mejillas se

hundieron, alderredor de sus ojos apareció un círculo morado, y el color

de su semblante blanco y limpio, tornóse en un amarillo opaco y

lustroso, que revelaba desde luego que estaba devorado no sólo por una

enfermedad moral, sino por terribles padecimientos físicos.

* * * * *

Por algún tiempo Don Juan Manuel se encerró en su casa, y no se volvió á

hablar de él. Después, en secreto, y con mil reservas, decían las viejas

y las beatas: Don Juan Manuel ha hecho pacto con el diablo, y se

santiguaban y ponían la cruz al enemigo malo. La verdad era tal vez que

Don Juan Manuel tenía celos de su mujer, de quien estaba locamente

enamorado, y sin poder descubrir ni averiguar de una manera cierta quién

era el que le robaba su honra, estaba á punto de volverse loco de rabia

y desesperación.

Una noche se encontró el cadáver de un hombre asesinado; pero como

había en esa época una falta absoluta de vigilancia y de policía, no

había alumbrado en la ciudad, y los bandidos abundaban, se atribuyó á

ellos esta desgracia; sin embargo, llamó la atención el que se

encontrase en los bolsillos del vestido de la víctima bastante cantidad

de monedas.

A los ocho días, otro cadáver tirado en las cercanías de la que hoy se

llama calle de Don Juan Manuel; al día siguiente otro, y después

periódicamente otros y otros más. La ciudad se llenó de terror porque

algunos de los muertos pertenecían á familias conocidas y honradas de la

ciudad.

Inmediatamente el vulgo inquirió quién era el autor de estos crímenes.

Don Juan Manuel, seducido enteramente por el diablo y habiéndole

entregado su alma con tal de que le señalase al amante de su esposa,

salía todas las noches de su casa embozado hasta los ojos y con un

agudo puñal desnudo en la mano. En el momento que en las cercanías

de la casa encontraba á alguno, los celos le cegaban y suponía que

era ese alguno de los muchos que trataban de ofender á su honra, y le

preguntaba:--_¿qué horas son?_--Las once, contestaba inocentemente el

transeunte.--_Dichoso tú que sabes la hora en que mueres_, respondía Don

Juan Manuel, y al mismo tiempo le clavaba el puñal en el corazón ó en la

garganta, y dejándole ya muerto y nadando en su sangre, regresaba á su

casa, se oía el estruendo pavoroso de la pesada puerta que se cerraba, y

todo quedaba después en las tinieblas y en el silencio. Las horas más

críticas eran desde las once hasta las doce de la noche, y nadie, ni aun

para pedir los Santos Oleos, se aventuraba en las calles desde las ocho

en adelante, á no ser acompañados de dos ó tres alguaciles. Sin embargo,

había muchos que porque no creían en tan vulgares consejas ó por

absoluta necesidad, transitaban por los dominios de Don Juan Manuel, y

era seguro que esa noche, sabiendo exactamente la hora, morían víctimas

del sanguinario furor que el demonio había inspirado á este extraño

caballero.

El hecho era que los asesinatos se cometían con frecuencia, que los

cadáveres se encontraban al día siguiente con todas sus ropas y prendas,

y que aunque en secreto y con reservas se señalaba á Don Juan Manuel

como al autor de estos crímenes; pero en lo visible no había sino

pruebas en contrario. Don Juan Manuel, aunque triste y sombrío como

hemos dicho, concurría á la misa, daba sus limosnas y visitaba como de

costumbre á su amigo el Virrey. Quién había de atreverse á acusar á un

hombre acaudalado y respetable, ni qué pruebas podían presentarse; así,

todo el mundo callaba y cumplía con encerrarse en su casa desde que se

escuchaba el toque de ánimas.

Había en la calle de Don Juan Manuel (probablemente donde hoy se

encuentra la magnífica finca del Sr. Dozal) una casa de pobre apariencia

y que era propiedad de una beata que tendría sus cincuenta años. Alguna

de las faltas de que es víctima la juventud cuando es demasiado confiada

en el otro sexo, hizo que la Madre Mariana, que así la llamaban, tomara

el hábito de beata y además hiciese la promesa de rezar un número de

credos á la Preciosa Sangre, igual al día de cada mes, de modo que nunca

se acostaba antes de la media noche, y el día 25, por ejemplo, empleaba

más de media hora en rezar los veinticinco credos que le tocaban. En la

calle oscura, sin empedrado, muda y completamente sola desde las ocho de

la noche, no se veía más que una luz, como la de una sola y lejana

estrella en un cielo nebuloso. Era la luz que salía por un estrecho

postigo de la casa de la beata Mariana que encendía una lamparita

delante de una imágen de Jesucristo atado en la columna, y no cerraba el

postigo sino después de haber acabado de rezar sus credos.

Las más noches oía cerrarse con estruendo una puerta, y este ruido casi

á una misma hora le hizo ponerse en observación hasta que se cercioró

que era la puerta de la casa que habitaba Don Juan Manuel. Otra noche,

hacia el fin de un mes en que tenía que rezar muchos credos y había

permanecido de rodillas delante de la imagen, escuchó un quejido. Apagó

en el acto su lámpara, de puntillas se dirigió al postigo y asomó la

cabeza con precaución. Un hombre corrió, y otro detrás de él le alcanzó

casi en la misma puerta de la casa de Mariana y le dió cuatro ó cinco

puñaladas. El hombre gimió dolorosamente y cayó á poca distancia. El

asesino se alejó de allí, y á poco, en vez del estruendo de costumbre,

la beata oyó que se abría suavemente una puerta y que un hombre embozado

entraba en ella. Era la casa de Don Juan Manuel, y no podía ser otro

sino el mismo Don Juan Manuel.

Mariana se acostó llena de terror, y al día siguiente, ya que habían

levantado el cadáver, fué á referir al confesor lo que había pasado y le

dió parte también de las vehementes sospechas que tenía. El confesor

obtuvo una audiencia del Virrey y le contó el suceso, pero el Virrey se

rió, dijo al padre que todas eran consejas del vulgo y que no había que

hablar ni que hacer caso de todo ello. Mariana había, sin embargo,

referido algo á las beatas, y desde este suceso el terror se aumentó y

las apariciones fueron ya más terribles.

Se refería que de los muchos escombros y andamios de la obra de la

catedral salía todos los viernes á las doce de la noche una procesión

de monges con unos largos sayales y unos capuchones negros que les

cubrían la cara. Que las caras de esos monges eran unas calaveras á

medio descarnar, pues eran nada menos que todas las víctimas de Don Juan

Manuel que se levantaban de sus sepulcros. Esos cadáveres revestidos del

hábito de los frailes, se dirigían en procesión por el cementerio de

Catedral con unos gruesos cirios en la mano y cantando con una voz que

parece salía del sepulcro, el oficio de difuntos. Llevaban cargado un

ataud vacío, llegaban á la calle de Don Juan Manuel y volvían con el

ataud, ya con un hombre atado de pies y manos. En el atrio de la

catedral había una horca, elevaban en ella del pescuezo al hombre,

apagaban los cirios y cantaban el Miserere. Cada semana se repetía esto,

y los que por casualidad habían visto esta terrible procesión,

regresaban á su casa con fiebre y morían á pocos días.

* * * * *

Así oí referir el cuento de Don Juan Manuel, en la edad de las ilusiones

y del mundo ideal de fantasmas, de espectros y de apariciones. Al calor

del fogón de la cocina oímos cosas siempre maravillosas y nuevas, y nos

dormimos en el seno maternal, o soñando en los príncipes generosos y las

magas lindas y benéficas, ó estremeciéndonos con los espectros y las

sombras de los avaros y de los malvados que brotan del sepulcro para

ejemplo y enseñanza de los mortales.

El hecho cierto fué que Don Juan Manuel amaneció repentinamente

ahorcado, y que el pueblo tenía razón, porque en el fondo había una

historia terrible y verdadera.

* * * * *

Pasaron muchos años antes de que se supiera lo que había de verdad en

todo lo que no parecía más que un cuento, hasta que Don José Gómez de la

Cortina, literato distinguido y además curioso indagador de todas

nuestras antiguas crónicas, publicó un escrito con el título de la

_Calle de Don Juan Manuel_, en cuya primera parte refiere la leyenda

popular tal como se la contó su barbero, y que difiere en algunos puntos

de la que acaba de leerse. En cuanto á la parte exactamente histórica,

no habiendo encontrado ningún otro dato ni documento nuevo, copio la que

escribió el finado conde de la Cortina. Dice así:

«Por los años de 1623 á 1630 vivía en México un caballero español muy

principal, natural de Burgos, llamado D. Juan Manuel de Solórzano, que

había venido á esta América con la comitiva que trajo consigo el virrey

D. Diego Fernández de Córdova, marqués de Guadalcázar, y ya disfrutaba

de grandes bienes de fortuna y consideración, cuando tomó posesión del

virreinato de Nueva-España D. Lope Díaz de Armendáriz, marqués de

Cadereyta. La privanza que logró D. Juan Manuel con este personaje fué

tanta que se le hicieron cargos de ella al virrey en la corte de España,

y no contribuyó poco á la ruidosa desgracia con que fueron recompensados

sus servicios. Hacia 1636 contrajo matrimonio D. Juan Manuel con D.ª

Mariana Laguna, hija única de un rico minero de Zacatecas, cuya dote

aumentó considerablemente las riquezas de su esposo, y ambos consortes

pasaron á habitar una casa contigua al palacio del virrey. Esta

proximidad de habitaciones parece que estrechó mucho más las relaciones

amistosas que existían entre el marqués y D. Juan Manuel, llegando á tal

grado que pasaban juntos la mayor parte del día, aunque no sin graves

murmuraciones del público que no estaba acostumbrado á ver á los

virreyes visitar las casas de los particulares. Aumentóse el desafecto

hacia el virrey, cuando se supo que daba á D. Juan Manuel la

administración general de todos los ramos de real hacienda, y por

consiguiente la intervención de las flotas que venían de la Península; y

como en estos ramos siempre había tenido gran parte la Audiencia, pronto

empezaron las quejas y representaciones al rey, pintando al marqués con

los colores más odiosos, y amenazando con una revolución más violenta

que la que pocos años antes había angustiado á la Nueva-España, en

tiempo del marqués de Gelves. Los resortes que el virrey puso en

movimiento debieron de ser muy poderosos, puesto que inutilizaron los

efectos de las cuantiosas sumas de dinero que envió á Madrid la

Audiencia, y consiguieron que Felipe IV aprobase la conducta del virrey

y confirmase á D. Juan Manuel en el goce de sus nuevas concesiones. Por

este tiempo llegó á México la noticia de las victorias obtenidas en

Francia por el ejército español á las órdenes del príncipe de Saboya,

que penetró hasta la ciudad de Pontoise y puso en la mayor consternacion

á la capital de aquel reino. En el mismo buque que trajo estas nuevas,

plausibles entonces para los habitantes de México, llegó á Veracruz una

señora española llamada D.ª Ana Porcel de Velasco, viuda de un oficial

superior de marina, de muy ilustre nacimiento y de singular hermosura, á

quien un encadenamiento de desgracias había puesto en la necesidad de

venir á implorar el amparo del virrey, que en tiempos más felices para

ella la había distinguido en la corte, y aun le había dedicado algunos

obsequios amorosos. Luego que el marqués supo la llegada de esa señora,

manifestó á D. Juan Manuel el placer que tendría en alojarla en México

de un modo correspondiente á su clase y al punto D. Juan, deseando

corresponder á esta confianza, ofreció sus servicios al Virrey, y no

sólamente le cedió la casa que entonces habitaba, sino que costeó con

espléndida profusión todos los gastos que hizo Dª. Ana en su viaje desde

Veracruz hasta la capital. Ignóranse los acontecimientos que mediaron

desde esta época hasta que se supieron en México las noticias del

levantamiento de Cataluña; pero según se ve, sirvió este suceso de

pretexto á las autoridades de México para ejercer terribles venganzas.

La Audiencia, que desde la revolución del marqués de Gelves había

permanecido contraria á los Virreyes, no fué la que menos se aprovechó

de esta circunstancia, y á fuerza de buscar la ocasión de humillar al

Virrey y de perjudicar á Don Juan Manuel, debió de hallarla, puesto que

á fines del año 1640 permanecía este preso en la cárcel pública, en

virtud de mandamiento del alcalde del crimen D. Francisco Vélez de

Pereira. D. Juan Manuel sufría tranquilamente su prisión, esperando un

cambio de fortuna, cuando supo que el mismo alcalde visitaba á su esposa

con más frecuencia de la que exigía la urbanidad ó el deseo de ser útil.

Hallábase igualmente preso en la cárcel, y por el mismo motivo un

caballero muy rico llamado D. Prudencio de Armendia, que había sido

traído á México desde Orizaba, en donde poseía inmensos bienes, y en

donde el rigor de que había usado al desempeñar varios cargos públicos

le había proporcionado la enemistad y el odio de todos los que aspiraban

á vivir sin freno y á costa de las turbulencias públicas. Este sugeto

que era corresponsal de D. Juan Manuel, y de quien se había valido este

último para arreglar el viaje de D.ª Ana Porcel de Velasco, halló el

modo de facilitar á su amigo el medio de salir de la cárcel y de poder

examinar por sí mismo la conducta de su mujer. D. Juan Manuel salió

varias noches, y en una de ellas dió muerte al alcalde D. Francisco

Vélez de Pereira, casi en los brazos de la adúltera esposa. Fácilmente

pueden inferirse las consecuencias que debió tener este acontecimiento.

El Virrey dobló sus esfuerzos por salvar á D. Juan Manuel; la Audiencia

por su parte no se atrevía á manifestar al público los pormenores del

delito, y ya empezaba á creerse que Don Juan Manuel saldría victorioso,

cuando repentinamente amaneció su cadáver suspendido en la horca

pública, un día del mes de Octubre de 1641; suceso digno de la sombría y

misteriosa política de aquellos tiempos...... La calle en que acaeció la

muerte del alcalde es la misma que hoy se llama de _D. Juan Manuel_,

tanto por vivir éste en ella, como por haber construído la mayor parte

de las casas que la formaban; así es que entonces tenía el nombre de

_calle Nueva_, y era una de las extremidades de la ciudad, pues

concluía el caserío de aquel lado poco más allá del hospital de Jesús.

--¡Qué reflexiones me inspira todo lo que acaba Ud. de referirme!--dijo

mi amigo lanzando un suspiro de aquellos que acostumbraba.

--Pues aun hay más, le contesté. Creo que la conducta de la mujer de D.

Juan Manuel era en cierto modo disculpable, porque, á lo que parece, su

debilidad fué el precio que puso el alcalde á la libertad de D.

Juan......

--Lo creo así, y vea Ud. la razón por que no se atrevieron los oidores á

quitarle la vida públicamente...... Y luego era preciso inventar lo del

diablo, y lo de la horca, y hacérselo tragar al pobre pueblo...... ¡Ah,

qué tiempos!!!

--Yo le aseguro á Ud. que desde hoy no vuelvo á entrar en mi casa sin

acordarme de D. Juan Manuel, y dar mil gracias á mi barbero.

--Pues yo desde hoy miraré esa calle con toda la veneración que se debe

á un monumento que nos recuerda los progresos de la ilustración del

siglo en que hemos nacido.

_Manuel Payno._

EL TAPADO

I.

El mes de mayo de 1683 fué de una gran agitación en México. La capital

de la colonia, de ordinario tan tranquila y pacífica, había cambiado

repentinamente de situación, y á la monótona quietud de otros días había

sucedido una especie de movimiento febril, una animación extraordinaria

y una conmoción verdadera en todas las clases de la sociedad.

Era que los piratas habían desembarcado en la nueva Veracruz, y los

piratas eran enemigos terribles para las colonias españolas.

Casi á mediados del siglo XVII se turbó repentinamente la tranquila

posesión que tenían los españoles en las islas del mar de las Antillas y

en las costas de la tierra firme; el comercio se interrumpió, y las

flotas que de la América salían para Europa, cargadas de tesoros ó ricas

mercancías, necesitaban ir custodiadas por navíos de guerra, so pena de

caer en manos de los piratas, y aun esta prevención fué inútil algunas

veces, porque los piratas atacaron y vencieron á los almirantes

españoles, como habían vencido á los gobernadores de las ciudades y de

las fortalezas.

El mar de las Antillas, el seno mexicano y el golfo de Darien estaban

constantemente cruzados por piratas, cuyas hazañas eran el asombro de

los marinos del rey de España, y el dominio de aquellos mares perteneció

sucesivamente á Mansveld, á Juan Morgan, á Lelonois, á Juan Darien, á

Lorencillo, á Juan Chaquez, á Nicolás de Agramont, hombres todos de un

valor, una audacia y una sagacidad sin ejemplo.

Los piratas no se contentaban con apresar los buques mercantes, atacaban

á los de guerra, y hacían desembarcos con el objeto de saquear ciudades

de importancia.

Casi siempre salieron triunfantes en sus empresas, y se hicieron

sucesivamente dueños de Puerto-Príncipe, de Maracaibo, de Porto-Bello,

de Veracruz, de Tampico y de otras ciudades de las islas y tierra firme.

Por esto se conmovió la población de México cuando el viernes 21 de mayo

de 1683, á las tres de la tarde, se publicó un bando en el que prevenía

el Virrey que en el término de dos horas se presentaran á tomar las

armas todos los hombres que tuvieran desde quince hasta sesenta años de

edad.

Las noticias de Veracruz no podían ser más alarmantes; los piratas,

acaudillados, según se decía, por Juan Chaquez y por el famoso mulato

Lorencillo, habían desembarcado en número de ocho mil hombres, y se

temía como seguro que se internasen en la tierra.

El Virrey y la Audiencia desplegaron entonces tanta energía y actividad,

que al día siguiente, es decir, el sábado 22, estaban ya formadas las

compañías de infantería y caballería, y salían para Veracruz con gente

armada los oidores D. Frutos Delgado y D. Martín de Solís.

II.

Sin embargo, en medio de la terrible alarma que produjeron en la ciudad

estas nuevas, corría una noticia entre el pueblo, que no dejaba de ser

de grande interés, sobre todo para el Virrey y para la Audiencia.

Esta noticia era que poco antes de la llegada de los piratas á Veracruz,

había desembarcado allí Don Antonio de Benavides, Marqués de San

Vicente, Mariscal de campo, castellano de Acapulco, etc., nombrado

visitador del reino por Su Majestad.

El Marqués de San Vicente se puso en marcha inmediatamente para México,

y como en los pueblos de su tránsito eran conocidos sus títulos y su

investidura de visitador, á porfía y en todas partes se le asistía y

obsequiaba espléndidamente.

La colonia, á pesar de su aparente sumisión y fidelidad, aborrecía á sus

opresores, y siempre los _criollos_, como llamaban los españoles á los

mexicanos, veían con una especie de placer la aparición de un visitador

que venía á residenciar á los señores que en nombre del rey mandaban en

la Nueva España.

Los oidores y los virreyes recibían por su parte la noticia de la

llegada de un visitador como el anuncio de una calamidad, y mal

disimulaban en los festejos de su recepción la ira y el despecho que

ardía en sus corazones.

La venida, pues, de Don Antonio de Benavides causó grandísima impresión,

y más de dos corazones latieron de placer y más de un rostro palideció.

El libro rojo, 1520-1867, Tomo I · 第 19 / 20 段