miramiento y respeto había satisfecho todas las interpelaciones, pero
que nada firmaría sin licencia de su prelado.
--Por última vez ¿no firmáis?--preguntó colérico el de Gelves.
El clérigo, con voz medio trémula pero perceptible, dijo:
--No, no, señor; nada firmaré.
--¡Armenteros!--gritó el Virrey.
Don Diego de Armenteros, revestido de su cota de malla y con todas sus
armas, se presentó por la puerta del costado.
--Tomad un caballo, y con buena escolta y á buen recaudo mandad en el
acto á este clérigo insolente al castillo de San Juan de Ulúa, y allí
que le encierren en una bartolina hasta que yo mande otra cosa.
El capitán Armenteros con una garra como de león cogió al clérigo del
brazo y le sacó del gabinete.
--Otro tanto he de hacer con el Arzobispo, si se descuida, dijo entre
dientes el Marqués, mirando alejarse al clérigo y al oficial.
Al día siguiente el Arzobispo, por medio de un notario, mandó reclamar á
su clérigo, manifestando al Virrey que había incurrido en las censuras
de la bula de la Cena.
--Decidle al Arzobispo que mande por su clérigo á San Juan de Ulúa, y
que si quiere ahorrarse pasos se entienda con mi capitán Armenteros.
El Arzobispo, lleno de cólera, trató con muchos prelados la manera de
aniquilar al Virrey con las armas espirituales, y el Virrey por su parte
reunió á varios letrados para consultar es si podía ser excomulgado. Los
Oidores respondieron que no habían meditado el caso, y el Virrey los
echó de la sala: otros letrados opinaron, que siendo el Virrey la imagen
del Rey, no podía ser excomulgado.
Pasaron algunos días. El 8 de diciembre de 1624, solemnidad de la
Purísima, hubo gran festividad en la catedral. El Santísimo estaba
descubierto, la misa era cantada y un grueso religioso comenzaba el
sermón, cuando el escribano Tobar, saltando sobre la multitud de devotos
que había en la iglesia, subió al altar mayor á notificar un auto del
Virrey al Arzobispo. Este resistió, los fieles se alborotaron, el padre
predicador no pudo continuar, y la misa acabó á toda prisa. Figúrese el
lector el escándalo que habría en los tiempos de que vamos hablando.
El Virrey, observando que en nada cedía el Arzobispo, acudió al juez
legado de Puebla, y éste comisionó á un clérigo, sacristán de monjas,
atrevido y resuelto, que vino á México, y empezó á ejecutar todas las
órdenes del Virrey, comenzando por entrar al Arzobispado, echar á todos
los familiares y clérigos y embargar los bienes y muebles que encontró.
El Arzobispo mandó tocar _entredicho_, y el son pausado y grave de las
campanas llenaba de terror á los habitantes de la ciudad, anunciándoles
la discordia entre el Príncipe de la Iglesia y el representante de S. M.
el Rey de España.
Las campanas no detuvieron ni un momento al padre sacristán, y antes
bien dió á sus providencias un carácter más enérgico. El Arzobispo,
mirando sus muebles en manos extrañas, sus habitaciones cerradas y
selladas, y casi echado de su palacio, se hizo conducir en una silla de
manos ante la Audiencia, y allí significó á los Oidores que no se
movería hasta obtener justicia.
Los Oidores dejaron sólo en el salón al Arzobispo y se dirigieron á
contar el caso al Virrey, volviendo al cabo de tres ó cuatro horas un
escribano llamado Osorio, con este recado:
--«El Sr. Virrey me manda decir á Su Ilustrísima que se vuelva
inmediatamente al Palacio Arzobispal, desde donde podrá pedir justicia;
y si esto no hace, le notifique que incurre en una multa de cuatro mil
ducados, y saldrá además desterrado del reino.»
El Arzobispo contestó al escribano que no reconocía superioridad en el
Virrey, y que no había de obedecer ni sujetarse á tan atroz tiranía, y
que no volvería á su palacio por no sufrir los ultrajes del sacristán
poblano.
El Virrey esperaba impaciente la respuesta, y luego que hubo escuchado
la que le trasmitió el mismo escribano Osorio, gritó con voz de trueno:
--¡¡Armenteros!!
Don Diego Armenteros se presentó por la puerta del costado armado hasta
los dientes.
--En esta vez, vos mismo con una partida de arcabuceros os apoderaréis,
de grado ó por fuerza, del Arzobispo Don Juan Pérez de la Serna, y lo
llevaréis á San Juan de Ulúa á que haga compañía al clérigo insolente.
--¿Le llevaré á pie, á caballo ó en coche?--preguntó Armenteros.
--A pie, como se pueda, en una mula, de cualquiera manera, con tal que
demos una muestra terrible en este país desorganizado, del respeto que
se debe á la autoridad; pero no...... no deseo que vaya á morirse......
Disponed mi coche de camino y partid en el acto.
Armenteros, en momentos, mandó disponer el coche y la escolta de
arcabuceros, y acompañado del Lic. Terrones, alcalde del crímen, del
alguacil mayor Martín de Zavala y del teniente Perea, se dirigió á la
sala de la Audiencia, donde el Arzobispo, sentado en su silla de manos,
esperaba todavía que le hicieran justicia los Oidores.
--Es desagradable, le dijo Terrones, tener que ejecutar providencias tan
duras; pero Su Ilustrísima deberá salir en este momento para San Juan de
Ulúa, escoltado por el valiente capitán Armenteros.
--Espero que se me concederán dos ó tres días para...... pues......
porque......
El Arzobispo se ahogaba de la cólera.
--Ni una hora, contestó Terrones.
--Al menos me será permitido mandar por mi desayuno, pues el estómago
y...... mis males, murmuró el Arzobispo.
--Ni un minuto, interrumpió Armenteros. El coche está ya listo y los
caballos de la escolta impacientes.
--Ni un segundo, añadió el teniente Perea, y tomando bruscamente por el
brazo al prelado, le hizo bajar las escaleras, y cinco minutos después
un coche á escape, envuelto en una nube de polvo y seguido de doce
feroces y corpulentos arcabuceros, atravesaba las calles de la ciudad y
conducía á su destierro al más temible y poderoso señor de Tenoxtitlán.
* * * * *
Los partidarios y amigos del Arzobispo tuvieron modo de enviarle recados
y cartas, manifestándole que lo que importaba era ganar tiempo y
demorarse mucho en el camino; lo cual fácilmente logró con pretexto de
sus enfermedades y tratando con la mayor dulzura á Armenteros, que era
un soldado brusco, pero en el fondo buen hombre.
La Audiencia entretanto, atemorizada, anuló el auto del Virrey, el cual
en el momento que lo supo mandó prender y poner incomunicados en el
calabozo á los Oidores, á los relatores y á los demás dependientes del
tribunal, y envió un correo con instrucciones á Armenteros para que
envolviese al Arzobispo en un colchón ó en un petate, supuesto que
estaba enfermo, y en una mula, como si fuese un fardo le sacase
violentamente de los límites del arzobispado.
En San Juan Teotihuacán se recibieron todas estas noticias la noche del
14 de enero, y las que comunicaron sus partidarios á Don Juan Pérez de
la Serna eran más pormenorizadas é importantes; de manera que se
resolvió á dar á su vez un golpe terrible y á jugar el todo por el todo.
En la misma noche proveyó y despachó á México dos edictos. Uno de ellos
excomulgaba al Virrey, y el segundo intimaba la cesación _á divinis_.
En la mañana temprano y mientras Armenteros se ocupaba en organizar la
marcha y procurarse caballos y tiros de remuda para que su viaje fuese
tan acelerado como el Virrey se lo había ordenado, el Arzobispo logró
escabullirse y entrar á la iglesia de San Francisco. Allí revistió los
atavíos pontificales, colocó al Divinísimo Sacramento en una custodia de
oro y pedrería, que tomó en sus manos, y se puso en actitud resuelta en
el altar mayor.
Armenteros buscó á su prisionero para acompañarle á que subiera al
coche; pero en vez de encontrarle, le informaron que estaba en la
iglesia decidido á desobedecer la autoridad del Virrey.
El capitán, que era de genio atrabiliario y de fuertes ímpetus, desnudó
la espada, y echando un terrible juramento se metió como un furioso al
templo, resuelto á atravesar de parte á parte al prelado, y en efecto
llegó hasta las gradas del altar mayor; pero la actitud imponente del
Arzobispo, su semblante sereno, aunque resuelto, y el temor y el respeto
que le inspiraba el Sacramento encerrado en el resplandeciente relicario
de oro, hicieron tal impresión en su ánimo, que bajó lentamente la
espada que tenía dirigida al pecho de su prisionero, y cayó de rodillas
suplicándole que encerrase la Hostia Sagrada en su tabernáculo, que de
buen grado le siguiese, y que no comprometiese sus deberes de soldado,
que tenía forzosamente que cumplir.
El Arzobispo se mantuvo firme en la idea de no dejarse arrancar sino por
la fuerza del altar, y alguno de los documentos antiguos dice que
permaneció cincuenta horas con la custodia en las manos. Como la gente
del pueblo, y especialmente los indígenas, comenzaron á dar muestras de
disgusto tomando decididamente el partido del Arzobispo, el capitán no
se halló bastante fuerte con sus pocos arcabuceros para hacer frente á
un motín popular, despachó un correo á México y prometió al prelado que
con tal que sosegase á la gente, él mismo se interesaría para que el
Virrey le mandase volver á la capital en vez de continuar rumbo á
Veracruz.
* * * * *
El 15 de febrero de 1624 fué uno de los más notables y terribles de que
hay memoria en los anales de la colonia. El provisor Don José Portillo,
muy de mañana comenzó á cumplir punto por punto el edicto del Arzobispo.
Los muchos fieles y buenos cristianos que había entonces extrañaron el
toque de alba; pero creyeron que el sueño les había vencido ó el diablo
les había hecho algo sordos. Dirigiéronse á misa y encontraron una
iglesia cerrada, y otra y otra, recorriendo así la ciudad llena de
templos, todos mudos y clausurados, como si ese mismo día hubiese
acabado la religión de Jesucristo. Los sacristanes apenas asomaban la
cabeza por el cuadrante y decían á los conocidos palabras alarmantes y
misteriosas; algunos clérigos y frailes con algo que llevaban oculto
bajo de los hábitos atravesaban rápidamente las calles, las campanas
continuaban guardando un obstinado silencio. La alarma de los cristianos
crecía por momentos, y pronto se propagó la noticia de que el Virrey
estaba excomulgado y fijada la tablilla con el anatema terrible, en la
puerta misma de la catedral.
La gente se agolpó á leer la excomunión, y las mujeres pedían con gritos
y lamentos que se abrieran las puertas del templo. En estos momentos el
escribano Osorio que tanta parte había tomado en los acontecimientos,
atravesaba la plaza mayor en su coche, seguido de algunos negros
esclavos, y á ese mismo tiempo pasaban unos muchachos que venían del
mercado con unas grandes canastas de verdura en la cabeza, y habiéndole
reconocido le gritaron _¡muera el hereje! ¡muera el excomulgado!_ grito
que fué repetido por la multitud que ya llenaba la plaza, y que sabía ya
lo que pasaba. Los esclavos de Osorio quisieron dispersar á los
muchachos, y éstos pusieron en el suelo las canastas y comenzaron á
tirar rábanos, zapotes y manzanas á la cara de los negros. Las demás
gentes tomaron parte, la guardia del palacio salió con el sargento mayor
á la cabeza, y entonces los amotinados, que ya eran muchos, acudieron al
costado de la catedral, que estaba en obra, y apoderándose de gruesas
piedras y guijarros hacían una descarga tan cerrada sobre el coche de
Osorio y sobre los soldados, que éstos tuvieron que retirarse más que de
prisa, refugiándose en el palacio y cerrando las puertas.
El Virrey, furioso de cólera, revistió su armadura, empuñó su espada y
quiso salir á castigar á los insolentes, pero le contuvo el almirante
Cevallos que estaba á su lado y era hombre de prudencia y de juicio.
--Bueno, no saldré en este momento, pero ¡voto á Dios! que he de
castigar á todos estos malvados y rebeldes, y he de poner más horcas que
árboles hay en la montaña.
Esto diciendo salió á la azotea con un clarín que comenzó á dar toques
que llamaban entonces _rebato_. La alarma se difundió por toda la parte
de la ciudad que había permanecido quieta y que ignoraba los últimos
acontecimientos, y pronto se vió la plaza y las avenidas principales
llenas de gente que secundaba los gritos de «_Muera el hereje, abajo el
luterano, viva la fe de Jesucristo y viva la Iglesia._» Al toque
siniestro del clarín, que quizá no había sonado de esa manera desde los
días de la conquista, acudieron al Palacio las autoridades, los
empleados y una gran parte de la nobleza mexicana, y todos suplicaron al
Marqués, especialmente el Oidor Cisneros, que se hincó de rodillas, que
levantase el destierro al Arzobispo y lo trajese á México, con lo cual
todo quedaría sosegado. El Virrey accedió, aunque con visible
repugnancia, y el inquisidor mayor salió de Palacio con un papel que
contenía el perdón para todos los amotinados, y la orden de volver á su
palacio al temible Don Juan Pérez de la Serna, á quien hemos dejado en
la iglesia de Teotihuacán, escudado con la resplandeciente y sagrada
custodia.
Con esto habría terminado el motín, pero ni los sublevados se fiaban del
Virrey ni éste de ellos, así que permanecieron no sólo en una actitud
hostil, sino haciendo cada fuerza sus preparativos para volver á la
lucha.
El pueblo continuaba agitado, vociferando y jurando en la plaza y en las
calles, exigiendo que la audiencia reasumiera el gobierno, que las
iglesias se abrieran y que se diese libertad á los presos de la cárcel
pública; el Virrey, que á nada de esto podía acceder, mandó traer
algunos quintales de pólvora de un depósito que estaba á media legua de
la ciudad, sacó un suficiente número de arcabuces de la armería de
Palacio, armó á los criados y dependientes que pudo reunir, y á la
cabeza de esta tropa subió á la azotea, y desde allí intimó sumisión y
obediencia á los conjurados. Estos, en vez de obedecer, contestaron su
amonestación con _silbidos_ y _mueras_, y comenzaron á tirar pedradas á
los balcones. El Virrey, enfurecido, mandó hacer fuego á la tropa y más
de cien personas cayeron muertas ó heridas en la plaza mayor.
* * * * *
El Marqués del Valle y el Marqués de Villa Mayor habían hecho grandes
esfuerzos por apaciguar la sedición, y como un medio de conseguirlo
ofrecieron que irían á encontrar al Arzobispo, á darle parte de que
estaba en libertad y á suplicarle que influyese en calmar las pasiones,
ya bastante irritadas. Provistos estos dos personajes de excelentes
caballos y de resueltos criados, atravesaron sin obstáculo la multitud
reunida en las calles, y á galope tendido se dirigieron rumbo á San Juan
Teotihuacán. En el camino encontraron ya al prelado de regreso, habiendo
recibido la orden por conducto del alcalde Terrones, pero ya no era el
intrépido Armenteros y los arcabuceros los que tenían preso al
Arzobispo, sino el Arzobispo quien los traía no sólo presos sino
anonadados de susto y de vergüenza. Armenteros se mordía los labios y
casi se arrepentía de no haber sacado por el pescuezo al orgulloso
pastor de la Iglesia.
Los pueblos todos del camino desde México hasta S. Juan se habían
levantado, como se dice vulgarmente, y en tropel corrían á arrojarse á
las plantas del Arzobispo implorando su bendición y besando sus manos y
el extremo de las ropas, como si fuese un santo mártir. A cada momento
era necesario que la comitiva se detuviese y que Don Juan Pérez de la
Serna persuadiese al pueblo que Armenteros era su amigo y que los
arcabuceros no tenían ya más objeto sino tributarle los honores debidos
á su clase. De otra suerte habrían todos perecido hechos mil pedazos.
Luego que se supo en la ciudad la proximidad del Arzobispo, un concurso
inmenso compuesto de las señoras y caballeros principales y de multitud
de personas, salió con hachones á esperarlo á la Villa de Guadalupe,
donde llegó á las once de la noche. A cosa de las doce llegó á la
Capital, y todas las ventanas y balcones estaban abiertos é iluminados,
las campanas se soltaron con un repique general á vuelo, cohetes y
bombas estallaban en los aires, y el populacho entusiasmado y tal vez
embriagado, gritaba vivas á la religión, y los clérigos y todos se
estrujaban y se lastimaban con tal de llegar lo más cerca posible del
Arzobispo para recibir su bendición.
* * * * *
Mientras que los marqueses, después de haber hecho esfuerzos por apagar
el fuego que comenzaba en las puertas del Palacio, corrían en busca de
Don Juan Pérez de la Serna, y éste lenta y pacíficamente regresaba de la
manera que hemos explicado en el párrafo precedente, el tumulto se
desarrolló en la ciudad de una manera terrible. El clamor de los heridos
que cayeron víctimas de las balas disparadas por el Virrey, y la vista
de los cadáveres inanimados y sangrientos, despertó en el pueblo un
furor hasta entonces desconocido, y los clérigos desarrollaron en ese
momento oportuno toda la vasta trama de la conspiración, que no cabe
duda habían tejido desde pocos meses después de la llegada del Marqués
de Gelves.
En menos de dos horas, el populacho, que no tenía más armas que las
piedras de la obra de la catedral, reapareció imponente en la plaza,
provisto de arcabuces y trabucos, y comenzó una acción entre el Marqués
subido con sus hombres en la azotea del Palacio y el pueblo aglomerado
en la plaza, atronando los aires con una vocería infernal, de la que
formaban el tiple los infinitos muchachos que tomaron parte en esta
refriega.
El gran recurso del Marqués era el clarín, con cuyos toques de guerra
esperaba el auxilio de algunos piquetes de caballería; pero se secó la
garganta del trompetero antes que ninguna fuerza se acercase á dar
auxilio al Palacio, que estaba ya completamente sitiado.
El Virrey recurrió entonces al expediente supremo, que fué enarbolar la
bandera real, y contra la cual nadie se atrevería, y en efecto, en
cuanto vieron ondear en el balcón principal el glorioso y temible
estandarte de Castilla, cesaron las pedradas y el fuego de los
arcabuces.
--Bien, muy bien, ¡voto á Dios!--exclamó el Marqués luego que vió la
actitud respetuosa del pueblo;--no se atreverán á atacar la bandera del
Rey, y entretanto tendremos la caballería que debe estar cerca, ó
llegará Armenteros, que con sola su lanza dispersaría á toda esta
canalla.
Ya hemos visto que Armenteros venía realmente en el camino como
prisionero del Arzobispo.
La inacción y el respeto del pueblo no se escapó á un clérigo que
dirigía desde los portales el movimiento de las masas que atacaban el
Palacio, y creyó que todo lo avanzado se perdería.
En un momento, y seguido de varios conjurados de una más alta categoría,
entró á la catedral y sacaron á poco una grande escalera que aplicaron
al balcón principal. El clérigo tomó en la mano un pequeño Crucifijo, y
gritando vivas á la religión, comenzó con admiración de todos á subir
los escalones.
El Marqués, que en el acto adivinó el intento, gritó con voz terrible:
--¡Fuego! ¡fuego al clérigo, que se atreve á asaltar el Palacio del Rey!
El clérigo no se intimidó y continuó subiendo.
Los arcabuceros del Marqués apuntaron al clérigo.
El clérigo siguió subiendo, agarrándose con una mano de los escalones y
con la otra presentando cada vez que podía el Crucifijo.
--¡Fuego, soldados!--gritó de nuevo el Virrey.
Los soldados no se atrevieron á tirar, y el clérigo subió hasta el
balcón y arrancó la bandera de Castilla y descendió con ella cayendo en
brazos de la multitud.
El tumulto llegó en ese momento á su apogeo. Grandes partidas de
conjurados desembocaron por las calles principales, acaudilladas por
frailes ó clérigos, que en una mano tenían un arcabuz ó una espada y en
la otra un Crucifijo, y alentaban á la multitud al asalto. Gruesas
piedras iban á estrellar con estrépito las vidrieras y puertas de los
balcones, y con fuertes vigas tomadas de la obra de la catedral,
trataban de romper las puertas del Palacio. Los frailes, con una voz de
estentor, alentaban á los combatientes y gritaban: _¡muera el Luterano!
¡muera el hereje, y viva la religión de Jesucristo!_
Los únicos frailes que en nada se mezclaron fueron los de la Merced. Ni
suspendieron las ceremonias el día que se fijó la excomunión, ni
quisieron acaudillar ninguna de las numerosas partidas de revoltosos;
cerraron en el momento del tumulto las puertas del convento, y
aguardaron, provistos de algunas armas y con una despensa bien surtida,
el resultado de esta ruidosa cuestión.
Las puertas de Palacio no cedían á los golpes de las vigas y piedras, y
entonces una voz gritó: «_fuego al Palacio_,» y todas las voces
repitieron este eco siniestro, y las campanas de las iglesias, hasta
entonces mudas, comenzaron á tocar á rebato. El más horrible frenesí se
apoderó de la multitud, y mil hachas de brea encendidas y chispeantes
fueron aplicadas á las puertas, que pocos momentos después crujieron,
comenzaron á arrojar columnas de humo y lanzaron por fin una llama
rojiza que fué saludada con júbilo por la multitud.
El marqués de Gelves, lejos de acobardarse ni dar muestras de debilidad,
echaba rayos por sus ojos.
--¡Miserables cobardes, que no habéis arrojado á balazos á ese infame
clérigo! Aquí hemos de morir quemados todos antes de sucumbir, y el
primero que dé muestras de ceder, le traspasaré con mi espada.
Los soldados, aterrorizados con el aspecto decidido y terrible de
Gelves, comenzaron á hacer fuego sobre toda la multitud, que asaltaba el
Palacio sin respetar ni á los frailes ni al Crucifijo con que incitaban
al exterminio y á la matanza.
El incendio, animado con un viento que comenzó á soplar, progresaba; las
puertas abrían ya una boca de fuego y de humo, las campanas no cesaban
en sus toques fúnebres, y la plebe rabiosa se echó dando gritos y
alaridos por las calles, asaltando, prendiendo fuego y saqueando las
casas de los que eran ó suponían enemigos del Arzobispo.
El Marqués, firme y cada vez más resuelto, defendía palmo á palmo el
terreno, pues los asaltantes habían penetrado en los patios y rompían y
forzaban puertas para llegar adonde estaba el hereje y arrojarle á las
llamas.
El clérigo Salazar, que era seguramente el director de toda la
conjuración, con un arcabuz hacia fuego, y se le encontraba por todas
partes guiando á los incendiarios. El fuego llegaba á la prisión, y los
criminales iban á perecer quemados. Salazar, que conocía una puerta que
comunicaba con el Palacio, corrió á ella, exhortó á los criminales para
que se libraran, y éstos con la desesperación que da el peligro,
hicieron pedazos la puerta, salieron á los patios de Palacio y se
dispersaron por todas las habitaciones, rompiendo muebles, robando
alhajas y destrozando cuanto encontraban.
El Marqués de Gelves, ya sin soldados porque muchos se habían fugado,
sin parque construido, con un depósito de pólvora cercano y sobre el
cual volaban las chispas, lleno de humo y de polvo, y con el tronco de
su espada en la mano, desafiaba impávido al incendio, á los criminales y
al Arzobispo, y no había medio de arrancarle del puesto del peligro.
Probablemente el almirante Cevallos, que le acompañó en esta funesta
jornada, le arrancó de aquel sitio donde no había ni triunfo que
esperar, ni gloria que recoger, y ambos, embozados, salieron por la
puerta excusada, y sin que, como buenos castellanos, les diese un latido
más su corazón, atravesaron aquella furiosa y frenética multitud y se
dirigieron al convento de San Francisco, donde el Virrey permaneció
retraído hasta que salió para España.
_Manuel Payno._
DON JUAN MANUEL
............Pues oid:
Cierta noche apareció
Muerto de herida cruel,
Don Fernando Pimentel
En la calle.--¿Quién le hirió?
RODRIGUEZ GALVAN.--_El Privado del Virrey._
Hay en México una calle formada de los más altos y suntuosos edificios,
y donde hace años vive gente comerciante, acaudalada y principal.
Colocada en lo más poblado, en lo más céntrico de la gran ciudad, es una
calle que podríamos llamar aristocrática. Sin embargo, de día tiene un
aspecto triste y de noche lúgubre. Los grandes zaguanes de maderas
antiguas y labradas parecen las entradas de unos castillos: en lo alto
de las paredes de los edificios se proyectan las sombras y los
alternados reflejos de los faroles de una manera singular, y parece que
de las cornisas churriguerescas de los balcones se desprenden algunos
fantasmas que tan pronto se incrustan y se esconden en los zaguanes, y
tan pronto toman formas colosales y se suben á las cornisas de las
azoteas y allí se asoman y ríen y muestran unos semblantes deformes y
fantásticos á los que pasan.