solas; aquél se preparó á divertirse con la lucha que iban á emprender
sus amos, y éstos se dispusieron á combatir y á poner en juego sus
intrigas.
Entretanto, seguía armándose en México gente para salir en busca de los
piratas á la Veracruz.
Había ya batallones de españoles, de criollos, de negros y de mulatos;
los soldados se habían filiado por _castas_ como se acostumbraba en
aquella época, y se habían nombrado capitanes.
El conde de Santiago fué electo maestre de campo de aquel improvisado
ejército.
Después de los oidores Delgado y Solís, el maestre de campo salió de la
ciudad llevando más de dos mil hombres y cuatro carros de equipaje, y
por capitanes de sus compañías á Miguel de Vera, al mariscal de Castilla
Don Teobaldo de Gorraes, al tesorero de la casa de moneda Don Francisco
de Medina Picazo, á Domingo de Cantabrama, á Juan de Dios y á Domingo de
Larrea.
Pero estas tropas iban con demasiada lentitud para la actividad de los
piratas, y apenas se habían alejado dos ó tres jornadas de México,
cuando ya había llegado á la capital la noticia del saqueo de Veracruz y
la retirada de Lorencillo.
III.
Casi al mismo tiempo que se supo en México la retirada de los piratas,
se esparció la noticia de que por orden de la Audiencia había sido preso
en Puebla el visitador D. Antonio de Benavides.
¿Qué causas habían movido á la Audiencia para dar este paso? todo el
mundo lo ignoraba y á todos causaba esto un verdadero asombro.
La prisión de un visitador era en aquellos tiempos un atentado grande,
un hecho tan escandaloso y de tan grave trascendencia, que se
consideraba como ahora entre nosotros puede considerarse un golpe de
Estado.
El visitador, investido con las facultades del soberano, representando
su persona, era sagrado, inviolable, y poner mano en él, equivalía á un
sacrilegio, casi era un delito de lesa majestad.
El público comentaba así la prisión de D. Antonio de Benavides y había
quienes muy por lo bajo murmuraban que el Virrey y la Audiencia
pretendían alzarse con el reino, y lo que era natural, unos se ponían
del lado de Benavides y otros ensalzaban las disposiciones del Virrey.
Ni unos ni otros tenían en qué fundarse; pero como en toda división
política, más parte tenían los afectos que las razones.
La efervescencia pública llegó á su colmo el viernes 4 de junio, porque
desde el medio día se supo que en aquella noche debía «entrar D. Antonio
de Benavides á México.»
Tanto se había hablado de Benavides, tan misteriosa había sido su
conducta, y tan impenetrables la misión que traía y la causa de su
prisión, que la gente comenzó á llamarle _el Tapado_, y este sobrenombre
se popularizó tanto y con tanta rapidez, que la noche del día 4 de junio
multitud de curiosos se dirigían á las calles del Reloj, y entre todos
ellos no se oía hablar de otra cosa que del Tapado, que debía de llegar
en aquella misma noche.
Mucho se hizo esperar aquella entrada para la multitud que impaciente
aguardaba desde las oraciones de la noche, y sin embargo, nadie se
retiraba, y por el contrario más y más personas iban llegando allí
atraídas por la curiosidad; tanto interés causaba aquel personaje.
Por fin, después de las nueve de la noche, como eléctricamente circuló
esta voz:
--Ahí viene.
Las gentes se apiñaban, los de la primera línea luchaban por no perder
el puesto, los de atrás intentaban pasar adelante, todos abrían
desmesuradamente los ojos, todos alargaban el cuello, todos se ponían
sobre la punta de los pies.
Diligencias inútiles; nadie, á pesar de la claridad de la luna, pudo ver
otra cosa que un hombre embozado en una gran capa negra, que caminaba
montado en una mula y en medio de un grupo de alguaciles á caballo.
Ese hombre era el Tapado.
IV.
Don Antonio de Benavides fué encerrado en un calabozo, y el día 10 de
junio le tomaron su primera declaración y se le consignó á la sala del
crimen para que le juzgase.
En vano se procuró obtener de él una contestación que diese alguna luz
sobre sus antecedentes, sobre su misión, sobre el objeto que le traía á
la Nueva España; los esfuerzos de los oidores se estrellaron contra la
fría reserva de aquel extraño y misterioso personaje, á quien no
arredraban ni los tormentos ni la muerte, y á quien no ablandaban
promesas ni ofrecimientos.
Con una serenidad increíble, con una sangre fría que espantaba á sus
mismos jueces, Benavides contestaba á las preguntas, ya con una sátira,
ya con una sonrisa de desprecio, ya con palabras duras que demostraban
que aquel hombre tenía una energía salvaje y una voluntad indomable.
Entonces los oidores desesperaron y el Virrey tomó cartas en el asunto,
y creyó ser más feliz en sus tentativas que la Audiencia.
Gobernaba entonces en México el Excmo. Sr. D. Tomás Antonio Manríquez de
la Cerda, marqués de la Laguna y conde de Paredes, vigésimo octavo
Virrey, y que había tomado posesión del gobierno en 30 de noviembre de
1680, y á su prudencia y sabiduría confiaron los oidores el desempeño de
una empresa en la que ellos habían comenzado con tan poco éxito.
El viernes 11 de junio el Virrey bajó al calabozo de Benavides y se
encerró con él.
Los pajes de S. E. y los caballeros que le acompañaban quedaron en la
puerta esperando el resultado de aquella conversación.
La curiosidad de todos aquellos hombres era terrible, y hacíanse allí
comentarios á cual más absurdos, y se cruzaban apuestas acerca del éxito
que tendría la visita del Virrey al Tapado, y se acaloraban las
disputas, y los ánimos se exaltaban fácilmente en la discusión, pero
nada de cierto podía decirse.
Entretanto, la conferencia se prolongaba, y los de afuera con el
pretexto de cuidar al Virrey comenzaron á tomarse algunas libertades que
ninguno desaprobaba, deseando, como todos estaban, saber algo.
El más audaz se acercó cautelosamente á la puerta caminando sobre la
punta de los pies, quitóse el sombrero, apoyó sus manos sobre sus
rodillas, inclinóse hacia adelante y aplicó el oído á la cerradura,
teniendo en sus ojos esa mirada fija y perdida del hombre que
reconcentra toda su atención para escuchar mejor.
Los demás guardaban el más profundo silencio mirando ávidamente el
rostro del que escuchaba y procurando adivinar por los movimientos de su
rostro sus sensaciones para inferir de allí lo que estaba oyendo.
Pero aquel hombre permaneció inmóvil por largo rato, y al fin se separó
de la puerta con el rostro sereno.
--¿Qué hay?--preguntáronle todos en voz baja y casi simultáneamente.
--Nada--contestó moviendo la cabeza con cierta especie de
disgusto--nada, murmullos incomprensibles...... el aire que zumba......
De buena gana muchos habrían abierto la puerta con cualquier pretexto y
entrado al calabozo, pero el respeto que tenían al Virrey no se los
permitía.
Por fin, después de cuatro horas aquella puerta se abrió, y el marqués
de la Laguna, pálido y sombrío, salió del calabozo del Tapado.
Aquella conversación debía haberle afectado profundamente, porque sin
hablar una sola palabra á los que le esperaban, con el entrecejo
tenazmente fruncido y con la frente húmeda de sudor, tomó el camino de
sus habitaciones, atravesando la cárcel y los corredores de palacio sin
contestar á los ceremoniosos saludos que le dirigían los que á su paso
le encontraban.
La curiosidad de sus acompañantes creció con la misteriosa conducta del
Virrey.
¿Qué había pasado en aquella conferencia? ¿Qué pudo decir el preso al
poderoso marqués de la Laguna, que tendió sobre su frente aquella nube
sombría?
Dios, el Virrey y el Tapado lo supieron no más, y aquel fué siempre uno
de los impenetrables misterios en esta causa.
El Virrey se encerró en su estancia, y nadie le pudo hablar hasta el
siguiente día.
La Audiencia volvió á encargarse del Tapado.
V.
En aquellos tiempos desgraciados la confesión se arrancaba á los
acusados por medio del tormento, y como los oidores nada habían podido
saber de Benavides, determinaron darle tormento.
El Tapado no era un hombre á quien arredraban el potro ni la garrucha;
pero seguramente tenía la convicción de que la muerte era preferible al
tormento, y pensó en el suicidio.
Una mañana el carcelero entró al calabozo del Tapado y se encontró con
que, contra su costumbre, el preso estaba aún en su cama.
El carcelero creyó al principio que se habría dormido; acercóse á él y
oyó que su respiración fatigosa era más bien el estertor de un
agonizante.
--¡Este hombre está enfermo!--exclamó acercándose más y mirándole el
rostro.
--¡Se ahoga!--dijo espantado mirando que el Tapado tenía el rostro
cárdeno y que sus ojos parecían querer saltarse de las órbitas.
El asustado carcelero apartó violentamente la ropa de la cama que cubría
el pecho de Benavides y lanzó un grito.
--¡Se está ahorcando este mal cristiano; Dios se lo perdone!
En efecto, Benavides había hecho un dogal con un pañuelo, y tiraba de
ambas puntas desesperadamente.
El carcelero se arrojó sobre él, le quitó el pañuelo de las manos y
luego se lo arrancó del cuello.
Ya era tiempo, un minuto más y D. Antonio hubiera dejado de existir.
Llegaron entonces otros dependientes de la prisión, atraídos por los
gritos, y comenzaron á auxiliar al Tapado hasta hacerle volver en sí.
--¡Bravo susto nos habéis dado!--le dijo el carcelero--por poco os
matais; tened entendido que me debéis la vida.
--Dios te lo perdone--contestó el Tapado--bien cruel ha sido tu caridad.
Y después de esto volvió á su tenaz silencio.
La noticia del suceso llegó á la Audiencia, y los oidores, temerosos de
que otra vez fuese más afortunado en su tentativa, determinaron
practicar cuanto antes las diligencias del tormento.
¿Para qué describir lo que pasó en aquella bárbara ejecución? Los
tormentos de la justicia ordinaria eran los mismos que usaba el santo
Tribunal de la Inquisición, y sobre poco más ó menos igual el modo de
aplicarlos, y semejantes las fórmulas del interrogatorio y de las
moniciones.
Los lectores del _Libro Rojo_ conocen ya demasiado estas bárbaras
prácticas, que por fortuna de la humanidad han pasado ya para siempre.
Benavides sufría el tormento con una energía y presencia de ánimo que no
se desmentía ni por un solo instante, y nada supieron los oidores de
nuevo, y el dolor no arrancó al Tapado la confesión más insignificante.
Y sin embargo, espantoso debió haber sido el sufrimiento de aquel
hombre, porque si la fortaleza de su alma venció al dolor, su cuerpo no
pudo resistir tan duro tratamiento: nada confesó; pero al día siguiente
todo México sabía que iban á sacramentar al Tapado que estaba moribundo
á consecuencia del martirio que le habían hecho sufrir los señores de la
Sala del Crimen.
El Virrey nada decía de todo esto, parecía haberse olvidado
completamente de D. Antonio de Benavides, y se ocupaba sólo de los
festejos que debían hacerse con motivo del bautismo de un hijo suyo que
había nacido cinco ó seis días antes del en que dieron tormento al
Tapado.
VI.
«Miércoles 14 de julio de 1683», dice el Lic. D. Antonio de Robles en su
diario, de donde hemos tomado estos datos, «día de San Buenaventura fué
el bautismo del hijo del Virrey, á las once y media; lleváronle en silla
de manos la aya: bautizóle el señor arzobispo en la pila de San Felipe
de Jesús; pusiéronle José María Francisco _omnium Sanctorum_; asistió la
real Audiencia en la catedral, en la nave del altar del Perdón, y todas
las religiones; marcharon todas las compañías é hicieron salvas
generales; túvole de padrino Fray Juan de la Concepción, donado de San
Francisco que S. E. trajo de España; acabóse la función á la una; en la
marcha anduvo el conde de Santiago, de maestre de campo, á caballo.
«En la noche se quemaron delante de palacio doce invenciones de fuego
grandes; hubo mucho concurso.
«Cenaron en palacio esta noche los tribunales de Audiencia.»
Aquel día, pues, era todo de fiestas y de regocijo en la corte del
Virrey, el palacio estaba iluminado profusamente, damas y caballeros
atravesaban los corredores y se reunían en las estancias, ó se asomaban
á los balcones para divertirse con los fuegos, las ricas carrozas
cruzaban la plaza mayor en todas direcciones, y una muchedumbre alegre y
bulliciosa se apiñaba delante de la habitación del Virrey escuchando las
músicas de las serenatas y confundiendo sus gritos con el estallido de
los petardos.
Y en aquellos mismos momentos, en el edificio del palacio, en uno de los
más oscuros y tristes calabozos de la cárcel de corte, un humilde
sacerdote, acompañado nada más de algunos devotos, administraba el
sacramento de la Extrema Unción al misterioso marqués de San Vicente, al
visitador D. Antonio de Benavides.
El sacerdote murmuraba devotamente sus fervorosas oraciones en aquel
apartado calabozo, en medio de un silencio que no interrumpían allí más
que los débiles gemidos del moribundo y el chasquido triste de las
hachas de cera con que alumbraban los asistentes, pero que formaba un
pavoroso contraste con los perdidos ecos de las músicas y de los gritos
de la multitud que gozaba.
Don Antonio de Benavides recibió los últimos sacramentos y dió al cura
mil pesos de manípulo, que el cura se negó á aceptar, y que el Virrey
mandó después que se aplicaran á la compra de un palio para el
Santísimo.
La historia del Tapado ofrece á cada momento incidentes que sólo sirven
para aumentar más y más el misterio que envuelve siempre á este célebre
personaje, y que nos inducen á formar mil conjeturas.
En efecto, ¿qué puede pensarse de un hombre sobre quien la justicia
había ejercido tan rudamente su poder, que estaba moribundo á
consecuencia del tormento, olvidado en un calabozo, en una ciudad y en
un reino al que llegaba por la primera vez, y que hacía tan fácilmente
un regalo de esa clase á la Iglesia, sin tener bienes conocidos de
ninguna clase, ni relaciones aparentes con ninguna persona de la
colonia?
Dar, no mil sino cincuenta ó cien mil pesos á la Iglesia, era una cosa
usada y muy sencilla para cualquiera de los ricos colonos de la Nueva
España; pero el preso, infeliz y desvalido, regalando mil, esto es una
cosa en verdad llena de misterio.
VII.
Un año se pasó, y en México se olvidaron casi de Benavides, que
restablecido de su peligrosa enfermedad seguía siendo juzgado por la
Audiencia.
Pero el lunes 10 de julio de 1684 se supo que el Tapado había sido
condenado á muerte, y que había sido puesto ya en capilla, y como una
ejecución de justicia era en aquellos tiempos un espectáculo público muy
concurrido, todos comenzaron á disponerse para asistir á esta que, según
las leyes y la práctica, debía verificarse tres días después, es decir,
el miércoles 14.
En efecto así aconteció; Benavides pasó en la capilla esos tres días de
agonía, que son el más terrible de los castigos, y durante ellos hizo
llamar á Castillo, el secretario del Virrey, para hacerle una
revelación: ¿qué le dijo? jamás se supo.
Amaneció por fin el día 14; la Plaza de Armas y las calles cercanas se
llenaron de curiosos, las gentes coronaron las azoteas, y el sol puro y
brillante en medio de un cielo limpio y sereno, alumbró con sus
ardientes rayos una muchedumbre ansiosa de contemplar el suplicio de un
hombre que ningún mal le había hecho y á quien solo de nombre conocía.
Don Antonio de Benavides, con el pecho cubierto de escapularios, sin
sombrero, vestido de negro y caballero en una mula salió de la cárcel
rodeado de soldados, llevando á su lado dos sacerdotes que le animaban á
morir cristianamente.
La fúnebre comitiva hizo aquella especie de paseo que se acostumbraba
hacer con los reos, y en cada esquina el pregonero con voz atronadora
publicaba el nombre del ajusticiado, su crimen y la pena que iba á
sufrir.
Así llegaron hasta la horca que estaba en el centro de la plaza.
Benavides fué bajado de la mula, el verdugo pasó el dogal alrededor de
su cuello, los sacerdotes redoblaron sus fervorosas oraciones.--¡Jesús
te acompañe!--murmuró la multitud, y...... D. Antonio de Benavides,
marqués de San Vicente, visitador, mariscal de campo y castellano de
Acapulco, no era ya más que un cadáver que se mecía en la horca.
Después de esto, los sacerdotes se retiraron y los verdugos descolgaron
el cadáver, y conforme á la sentencia le cortaron las manos y la cabeza:
una mano se clavó en la horca, y la otra y la cabeza fueron enviadas á
Puebla.
En estos momentos, cuando en la plaza resonaban los martillazos del
verdugo que enclavaba en la horca la mano, el sol que había ido
palideciendo se eclipsó totalmente, la muchedumbre, impresionada con el
espectáculo, sintió un terror supersticioso al ver que el sol se
obscurecía, y huyó despavorida en todas direcciones.
Un momento después la gran plaza estaba desierta.
El más impenetrable misterio vela toda esta historia. ¿Quién era el
Tapado? ¿á qué vino á México? ¿qué habló con el virrey? Nadie lo supo.
Quizá algún día el casual encuentro de algún ignorado expediente, en
México ó en España, arroje la luz sobre este, hasta hoy, sombrío
episodio de nuestra historia colonial.
_Vicente Riva Palacio._
ÍNDICE.
Págs.
Moctezuma II 7
Xicotencatl 30
Cuauhtimoc 46
Rodrigo de Paz 71
Los dos enjaulados (Salazar y Chirino) 91
El Lic. Vena.--La Sevillana 108
Alonso y Gil González de Avila 127
Don Martín Cortés 159
Pedro de Alvarado 185
La Peste.--Caridad Evangélica 199
Fray Marcos de Mena.--Primera parte 211
Segunda parte 228
Tercera parte 245
La Familia Carabajal.--Primera parte 265
Segunda parte 292
Tercera parte 318
Los Treinta y tres Negros 351
El Tumulto de 1624.--El Arzobispo Pérez de la Serna 369
Don Juan Manuel 393
El Tapado 410
NOTAS:
[1] La narración de los últimos días de este infortunado monarca,
se refiere en este artículo enteramente ajustada á las historias y
crónicas antiguas.
[2] La aparición de este cometa que tanto miedo causó á los mexicanos,
parece que es la que señala Arago en su Catálogo en el año de 1514.
[3] _Historia de las Indias de N. España_ por Fr. Diego Durán,
publicada por D. José Fernando Ramírez.
[4] Fr. Diego Durán.
[5] Torquemada.--_Monarquía Indiana._
[6] Prescott.--_Historia de la Conquista._
[7] Prescott.--_Historia de la Conquista._
[8] Se ha adoptado para finalizar este escrito la tradición más
probable de la muerte de Moctezuma, y puede verse en el tomo 10.º del
_Boletín de Geografía y Estadística_ la disquisición histórica hecha
por el Sr. D. Fernando Ramírez.
[9] Fr. Diego Durán.
[10] Prescott, _Historia de México_; Gomara, Ixtlilxochil, Herrera,
Camargo.
[11] Torquemada y Sahagun.
[12] _Actas del Ayuntamiento de México._--_Año de 1525._
_Alamán._--_Cabo._
[13] Los datos están tomados de Torquemada, el padre Cabo, y
especialmente de la curiosa _noticia histórica_ escrita por D. Manuel
Orozco y Berra. Algunos de los pormenores se encuentran esparcidos
en las crónicas antiguas de los conventos; así, en estos estudios no
hacemos sino animar á los personajes y ponerlos por un instante de
bulto ante el lector, pero conservando en todo la verdad histórica.
[14] Alamán, Disertaciones.--Prescott, _Historia de la conquista de
Nueva España_.
[15] Cabo, _Los tres siglos_.--Mota Padilla, _Conquista de la Nueva
Galicia_.--M. S. citado por el Sr. García Icazbalceta en su articulo
«Alvarado.»--_Diccionario de historia y geografía._
[16] Este cometa es sin duda el mismo que registra Arago en su
catálogo bajo el número 32, y que fué observado en 1577 por
Tycho-Brahe, y calculado por Halley y Woldsted.
[17] Cabo, _Los tres siglos de México_, libro 5.--Torquemada, pár. 6,
cap. 23.
[18] Cabo, _Los tres siglos_. Dávila Padilla, _Historia de los
dominicanos_. Sahagún, _Historia de Nueva España_.
[19] Cabo, _Los Tres Siglos_.
[20] Cabo.--Torquemada.--Vetancourt.