hemos hablado, era para ellos casi imposible; necesitaban para eso tanto
oro, como no podrían reunir con el asiduo trabajo de toda su vida:
entonces pensaron lo que era natural. La Nueva España, estaba cubierta
de bosques espesísimos é inexplorados; su tierra feraz podía cultivarse
con poco trabajo; las selvas estaban formadas en muchas partes de
árboles cuyos frutos podían dar á un hombre y á una familia la
subsistencia. Las montañas convidaban á la libertad, las fieras que
vivían en sus grutas eran mas felices que los esclavos negros de los
españoles, y además en aquellos inmensos desiertos el fugitivo nada
tendría que temer de sus perseguidores: la naturaleza ofrecía la
independencia á los seres convertidos en esclavos por la civilización.
Los negros comprendieron que al lado de las ciudades de la colonia
estaban las selvas en donde habitaban los ciervos, y los lobos y las
serpientes; que al lado de la servidumbre y del látigo, estaban Dios, la
naturaleza y la libertad.
Y los esclavos de las minas, de las casas y de los ingenios comenzaron á
huir á los bosques.
Así estaban las cosas en el año de 1609, gobernando la Nueva España el
virrey D. Luis de Velasco.
II.
Era la noche del 30 de enero de 1609: la luna, perdiéndose en el
horizonte, apenas alumbraba las blancas nieves del soberbio Pico de
Orizaba, conocido entre los naturales con el nombre de Zitlaltepec, y
las sombras envolvían la fertil cañada de Aculzingo.
Entre aquellas sombras se escuchaba apenas el rumor de los árboles
agitados por los vientos de la noche, y el murmullo de los arroyos que
bajan por las vertientes de las montañas.
Sin embargo, escuchando con atención podían oirse en medio de aquellos
ruidos confusos, otros sonidos que no eran producidos ni por los
vientos ni por las aguas.
Eran voces humanan, era sin duda el ruido que causaba la marcha de un
gran grupo de hombres, que caminaban apresuradamente conversando entre
sí, y rompiendo las malezas y los arbustos que se oponían á su paso.
La marcha de aquellos hombres no se interrumpía, y aquel grupo parecía
caminar en dirección del lugar que hoy ocupa la Villa de Córdoba.
Cuando los primeros reflejos de la aurora comenzaron á teñir de rosa el
espléndido cielo de la costa de Veracruz, el grupo de hombres que se
había sentido cruzar durante la noche por la cañada de Orizaba, seguía
su camino trepando una encumbrada cuesta.
Era una tropa de negros, extrañamente vestidos y armados: llevaban los
unos, gregüescos de terciopelo y calzas de seda hechas pedazos; los
otros, calzones de escudero con sucias medias, calzas de gamuza; cuál
vestía una bordada ropilla de raso, cuál una loba de curial; éste cubría
sus desnudas espaldas con un elegante ferreruelo, aquel iba encubierto
con un balandrán, el otro abrigado con un justillo estrecho, de
acuchilladas mangas; el de más allá en un tabardo de belludo: aquello
parecía una mascarada, y podía asegurarse que aquellos trajes eran los
despojos de los pasajeros del camino de México á Veracruz.
En cuanto á las armas de aquellos hombres, era curioso observar que
había entre ellos flechas y arcos de los aztecas, arcabuces y espadas de
los conquistadores, mazas, macanas, hondas, hachas, escopetas,
ballestas, puñales, alabardas, y todo en el mayor desorden y en
extraordinaria confusión.
Al lado de un negro que llevaba marcialmente una gran lanza de caballero
al hombro y un carcax lleno de flechas con su arco á la espalda,
caminaba con gran desenfado otro que llevaba á la cintura pendiente de
un talabarte bordado, una macana, y en la mano un pesado arcabuz de
mecha: también aquel armamento parecía el producto de un saqueo parcial.
Aquella extraña tropa estaría compuesta de más de cien hombres, y á su
cabeza, con todo el aire de un general en jefe, caminaba un negro alto,
fornido, de abultadas y toscas facciones, que vestía con alguna más
propiedad que los otros, y que estaba también mejor armado, pues
mostraba una luciente coraza de acero, ceñía un largo estoque y empuñaba
una buena escopeta.
Trepando por aquellas escabrozas veredas y atravesando angostos y
peligrosos desfiladeros, llegó por fin la tropa á una espaciosa meseta
que coronaba una de las más elevadas serranías.
Allí estaba situado un campamento de negros, era el cuartel general de
todos los esclavos que habían huido de la crueldad de sus amos buscando
la libertad que iban á defender con las armas y á costa de sus vidas.
La fuerza que llegaba había sido vista desde muy lejos; todo el
campamento se había movido, y hombres y mujeres se apresuraban á
recibirla.
Distinguíase en medio de todos ellos á un negro anciano pero robusto, á
quien todos miraban con profundo respeto, y que parecía ser el patriarca
de aquella tribu errante.
Cuando los recién llegados penetraron al campamento, los soldados se
desbandaron sin esperar la orden de su jefe, y se mezclaron entre los
grupos de los que les aguardaban, y sólo el que había venido á la cabeza
se dirigió en busca del anciano.
--Buenos días, Francisco, dijo el anciano tendiendo al otro su mano con
aire paternal.
--Dios te guarde, padre Yanga, contestó Francisco.
--¿Qué nuevas me trae mi hijo Francisco de la Matosa?
--Malas nuevas, padre Yanga, malas nuevas.
--¿Qué hay, pues? ¿algunos hermanos nuestros han muerto?
--No, los blancos quieren nuestra muerte: ayer se me ha presentado un
hermano, que es también como yo, de Angola, ha salido de la Puebla y me
ha contado......
--¿Qué te ha contado?
--Que de Puebla viene una expedición contra nosotros; mándala un capitán
vecino de aquella ciudad, llamádose Pedro González de Herrera, y ha
salido el día veintiseis......
--Estamos á los treinta días, muy cerca debe venir ya.
--Tal creo, y por eso me he replegado, á fin de disponer todas las
tropas y prepararlas para el combate. Pedro González de Herrera trae
cien soldados españoles, cien aventureros, ciento cincuenta indios
flecheros, y cerca de doscientos más entre mulatos, mestizos y españoles
que se le han reunido de las estancias.
--Es decir, cosa de quinientos cincuenta hombres: mucha gente es en
verdad, y otros tantos no tenemos; pero no importa, Dios nos ayudará.
¿Por qué camino vienen?
--No han seguido ningún camino real, y se acercan extraviando veredas.
¿Hay vigilantes por todos lados?
--Sí, y es imposible que se acerquen sin ser sentidos...... Allí viene
corriendo uno; noticia debe traer.
--Sin duda la llegada del enemigo. Pon á tus gentes sobre las armas, y
yo voy al encuentro del vigilante......
El viejo salió á encontrar al que llegaba, y Francisco comenzó á
disponer sus tropas.
El trabajo no era grande, y en un momento se formaron cuatrocientos
negros, todos armados.
Yanga volvió.
--Francisco, dijo, es preciso escribir á ese D. Pedro González.
--¿Y para qué?--preguntó Francisco con extrañeza.
--Para decirle que obedecemos á Dios y al rey, pero que queremos nuestra
libertad; que si nos la conceden, si no nos vuelven á nuestros amos
crueles, si nos dan un pueblo para nosotros, depondremos las armas; ¿te
parece bien?
--Sí, contestó Francisco. ¿Y quién llevará esa carta?
--El español que tenemos prisionero.
Una hora después salía del campamento de los negros un español que
llevaba una carta de Yanga, caudillo de los sublevados, al capitán D.
Pedro González de Herrera.
El viejo Yanga era el espíritu de aquella revolución, que había meditado
por espacio de treinta años, y el negro Francisco de la Matosa era el
general de las armas, nombrado por Yanga.
Los negros estaban ya esperando la señal del combate.
III.
Las tropas del capitán D. Pedro González de Herrera caminaron muchos
días, y acamparon á la orilla de un caudaloso río y enfrente de las
posiciones que ocupaban los negros.
Esto acontecía el 21 de febrero de 1609.
Los dos campos enemigos podían observarse, y los dos pequeños ejércitos
se preparaban para el combate, que indudablemente debía de darse al día
siguiente.
Los soldados de González contaban en su abono con el número, la
disciplina y la buena calidad de su armamento.
Los de Yanga confiaban en lo fuerte de sus posiciones y en la justicia
de su causa.
Llegó la noche: poco á poco los contornos de los árboles y de las
montañas se fueron como desvaneciendo en el obscuro fondo del espacio, y
luego no fué todo aquello mas que una niebla densa y misteriosa, en
medio de la cual no se distinguía otra cosa que la lejana luz de algunas
hogueras que parecían estrellas, ó la vacilante claridad de algunas
estrellas que brillaban como las hogueras. Cielo y tierra se confundían
con sus sombras y con sus luces.
Entonces se pudo notar que en ambos campamentos se movían las tropas y
se disponían los combatientes.
Yanga y Francisco de la Matosa arreglaban la defensa.
D. Pedro González de Herrera preparaba el asalto.
Los primeros albores de la mañana darían sin duda la señal de acometida,
y Dios daría la victoria.
Así pasó toda la noche, y durante toda ella no hubo sin duda uno solo de
aquellos corazones (que ahora hace ya más de dos siglos y medio que
dejaron de latir para siempre), que no estuviera conmovido con el
peligro del día siguiente.
Brilló por fin la aurora, y las columnas de los asaltantes se pusieron
en marcha, en medio de un silencio sombrío.
Don Pedro González iba á la cabeza de todos, procurando animar á sus
soldados con su ejemplo; pero delante de él caminaba alegre y juguetón
un perrillo de uno de los soldados.
Aquel animal no conocía que todos aquellos hombres, y entre los cuales
iba su amo, caminaban al combate y á la muerte, y por eso jugueteaba
entre la maleza, ya adelantándose, ya volviendo ligero á encontrar á la
columna que seguía avanzando sin descansar.
Don Pedro le miraba casi sin pensar en él; pero de repente observó que
el animal, que se había adelantado mucho, se detenía como espantado y
ladraba dando muestras de cólera.
--¡Una emboscada!--gritó D. Pedro comprendiendo lo que aquello
significaba.
--¡Una emboscada!--repitieron los que le seguían, y la columna se detuvo
repentinamente.
El capitán desnudó su espada, afirmóse el sombrero, y con robusta voz
gritó, volviéndose á su tropa:
--¡Santiago y cierra España! ¡á ellos!
--¡A ellos! repitió la columna, y todos comenzaron á trepar velozmente
por aquellos riscos, en dirección de la emboscada descubierta por el
perrillo.
Los negros conocieron que la emboscada no surtiría ya efecto, y salieron
á cortar el paso.
Trabóse entonces el combate, los mosqueteros comenzaron á disparar sus
armas sobre los negros, ganando siempre terreno, y los negros, haciendo
fuego á su vez sobre los asaltantes, con las pocas armas de fuego que
tenían, procuraban hacerlos huír ó acabarles rodando en gran cantidad
peñascos que para este objeto tenían ya preparados.
Pero nada contenía el brío de los asaltantes, que trepaban y trepaban
ganando siempre terreno y lanzando á sus enemigos una verdadera lluvia
de balas, de piedras y de flechas.
Muchas horas duró el combate, y la suerte favorecía á los soldados de D.
Pedro González, que al caer ya la tarde se apoderaron de las posiciones
de los negros, no sin dejar el camino que habían recorrido, sembrado de
cadáveres y de heridos.
Yanga y los demás que le acompañaban, viendo que no era posible resistir
más, huyeron para los bosques, no dejando en poder de sus enemigos más
que algunos cadáveres.
Aquello era un triunfo, pero un triunfo tan efímero como costoso. Los
negros que habían huído volverían á hacerse fuertes en otro lugar, y
sería necesaria una nueva batalla, que no daría más resultado que el que
ésta había dado: conquistar á fuerza de sangre una posición que había
necesidad de abandonar á poco tiempo, y con el temor de volverla á
encontrar defendida al día siguiente; y aquella era una campaña tan
penosa como estéril en sus resultados: los negros habían perdido alguna
gente, pero en compensación lo mismo había sucedido á sus perseguidores:
la proporción era perfecta.
Todo esto lo comprendió D. Pedro González de Herrera, y quiso aprovechar
los momentos de la victoria y dar otro sesgo á la campaña.
Ofreció el indulto á Yanga y á los suyos: fijáronse en los árboles por
todas partes cédulas con este ofrecimiento, colocáronse en todas las
alturas banderas blancas, y al fin Yanga escribió al Virrey.
Proponía una especie de convenio, en el que había mucho de debilidad.
Protestaban no haber tenido intención de faltar á Dios ni al rey, de
quien eran leales vasallos; se comprometían á entregar en lo sucesivo
todos los esclavos fugitivos á sus dueños, mediante una remuneración, y
pedían un pueblo en que vivir con sus hijos y mujeres, y en el cual
recibirían al cura y al justicia que se les nombrase.
El Virrey accedió á todo y les concedió terrenos para formar el pueblo,
que se llamó de San Lorenzo.
IV.
En el entretanto, en México había sido grande la alarma, y el Virrey,
para calmar los ánimos, mandó azotar públicamente á algunos negros que
estaban presos por varios delitos.
Con esto pareció que todo había concluído, y en efecto, en esa confianza
transcurrieron los años hasta 1612.
En este intermedio D. Luis de Velasco el virrey, había sido llamado á
España para el desempeño de un puesto de gran importancia en la Corte:
le sucedió en el gobierno de la colonia el arzobispo de México D. Fray
García Guerra; pero duró muy pocos meses, porque un día al subir á su
coche no pudo tomar bien el estribo, cayó, y como era muy anciano, murió
de resultas del golpe.
Muerto el virrey-arzobispo, la Audiencia tomó posesión del gobierno, y
el oidor decano Otalora se transladó al palacio de los virreyes.
Apenas comenzó á gobernar la Audiencia, cuando se volvió á hablar de la
sublevación de los negros, y las gentes se aterrorizaron.
Mil noticias, ó más bien dicho, mil consejas á cual más extravagantes
circulaban por la ciudad de México y por las ciudades vecinas. El nombre
de Yanga y de Francisco de la Matosa pasaban de una á otra boca
pronunciados con espanto.
Quién aseguraba que en uno de los bosques del camino de México á
Veracruz había un campamento en el que se contaban los negros por
millares; quién decía que durante las frías noches de Febrero
misteriosas tropas rondaban alderredor de las ciudades como ejércitos de
fantasmas evocados por un conjuro; algunos afirmaban que cuando todos
los habitantes de México dormían, ellos, desde los terrados de sus
casas, habían visto en las montañas de los alrededores, hogueras que no
podían menos de ser contraseñas, y habían escuchado los salvajes
aullidos de los negros _bozales_.
Todo esto se creyó, y todo esto dió margen á decir que los negros
esclavos, ayudados por los _bozales_, trataban de alzarse, y hasta se
fijó como plazo para esta sublevación el jueves de la Semana Santa.
La Audiencia gobernadora participó también de aquel temor, y comenzaron
entonces á dictarse medidas de seguridad que no producían más efecto que
aumentar el miedo.
Como la sublevación debía verificarse el Jueves Santo, se suspendieron
las procesiones y fiestas de la Semana Mayor, y en todos esos días á las
oraciones de la noche no se encontraba en las calles un solo transeunte.
Por casualidad, el Jueves Santo á media noche entró á México una piara
de cerdos, y como todos los ánimos estaban preocupados y esperando el
terrible acontecimiento, el primero que oyó el gruñido de aquellos
animales se figuró que eran las voces de los negros que entraban á la
ciudad, y esparció la alarma, y aquella alarma fué tan grande y tan
espantoso el pánico que se apoderó de todos los vecinos, que nadie se
atrevió á salir de su casa á cerciorarse de la verdad, hasta la mañana
del día siguiente.
En estas zozobras se pasaron la Semana Santa y los días de Pascua[20].
V.
No puede saberse con segundad si la Audiencia descubrió realmente alguna
conspiración, ó quiso con un ejemplar ruidoso calmar los ánimos y
acobardar á los negros por si pensaban en rebelarse; lo cierto es que
apenas pasó la Pascua, México presenció una de las más horrorosas
ejecuciones de que haya memoria.
Veintinueve negros y cuatro negras fueron ejecutados en el _mismo día y
hora_ en la plaza mayor de la ciudad.
El gentío era inmenso; plaza y calles, balcones y azoteas, todo estaba
lleno, en todas partes había espectadores, desde todas partes se
contemplaba aquella espantosa matanza.
La escena era capaz de hacer estremecer de horror al mismo Nerón.
Aquellos hombres, y sobre todo aquellas mujeres que caminaban al
patíbulo, casi moribundos, cubiertos de harapos, á encontrar la muerte
después de una vida de esclavitud y sufrimiento; los confesores que á
grito herido encomendaban aquellas almas á la misericordia de Dios, una
multitud inmensa que se agitaba como un mar borrascoso, y sobre todas
aquellas cabezas treinta y tres horcas, de donde pendían media hora
después treinta y tres cadáveres.
La ejecución había terminado, pero la gente no se retiraba, y era que
aún había un segundo acto más repugnante.
Los verdugos comenzaron á bajar los cadáveres, y con una hacha á
cortarles las cabezas, que se fijaban en escarpias.
Se estaban castigando cadáveres y derramando la descompuesta sangre de
los muertos.
Aquella escena era asquerosa.
Las treinta y tres cabezas se fijaron en escarpias en la plaza mayor de
la ciudad, ornato digno de la grandeza de la Audiencia gobernadora.
Mucho tiempo estuvieron allí aquellos trofeos de civilización, hasta que
la Audiencia tuvo parte de que no era ya posible sufrir la fetidez, y
las mandó quitar y que se enterraran.
Así se sofocó aquella soñada conspiración, en el año de 1612.
_Vicente Riva Palacio._
EL TUMULTO DE 1624
Pasó al Virreinato del Perú el Marqués de Guadalcázar, y le sucedió en
el Gobierno de México D. Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, Marqués
de Gelves y Conde de Priego, el cual llegó el 12 de septiembre de 1621.
El país estaba infestado de bandidos, de manera que no se podía salir ni
á los caminos, ni andar en las ciudades pasadas ciertas horas de la
noche, sin ser atacado, robado y no pocas veces asesinado. Los frailes
de las diversas órdenes religiosas, poseedores de grandes bienes y
habiendo perdido las virtudes cristianas de que dieron ejemplo años
antes los doce apóstoles de las Indias y sus sucesores, se entregaban á
ruidosas cuestiones y á complicadas intrigas para obtener los puestos
elevados en los conventos, la justicia no estaba de lo mejor
administrada, y según las pocas narraciones de esos tiempos hay lugar
para creer que el favoritismo y la venalidad, más bien que las leyes,
decidían de los muchos y largos pleitos que en esa misma época se
originaban entre españoles, criollos é indígenas. El Marqués de Gelves,
enterado de la mala situación de la Colonia á los pocos meses de
llegado, quiso violentamente corregir todos estos males y comenzó á
ahorcar á los ladrones, á poner á raya á los Provinciales de los
conventos, á destituir á los empleados infieles, á intervenir,
poniéndose del lado de los pobres, en las inícuas sentencias de los
jueces, y aun á refrenar el poder inmenso que el clero había adquirido
mezclándose en los negocios civiles y decidiendo sobre las reyertas y
cuestiones de las familias.
Al papel siempre peligroso de reformador, el Marqués de Gelves añadió
mucho de su carácter impetuoso y bravo y de su voluntad indomable; de
manera que por medio del despotismo y de la arbitrariedad quería
corregir los vicios que la arbitrariedad y el despotismo habían
entronizado, y esto produjo un choque terrible con la autoridad
eclesiástica representada en el Arzobispo Don Juan Pérez de la Serna que
había venido desde el año de 1613, y que se había hecho de grande
prestigio no sólo entre los eclesiásticos, sino también entre el pueblo.
El Prelado, hombre también testarudo y aun poco escrupuloso, para elegir
los medios de menguar la autoridad del Virrey y dominarle, no dejaba
escapar la oportunidad de arrebatarle la popularidad que había
adquirido con las reformas que hemos indicado. Pronto se presentó la
ocasión.
El Marqués de Gelves que no tenía sin duda una idea fija sobre las obras
del desagüe, no sólo mandó suspenderlas, sino que para dar una prueba de
su inutilidad mandó romper el dique que contenía las aguas del río de
_Acalhuacán_ (Cuautitlán.) La estación lluviosa fué benigna y pasó sin
novedad y con gran contento del Virrey, pero repentinamente en el mes de
diciembre creció la laguna de Texcoco, se desbordó sobre la ciudad y la
anegó completamente.
A esta calamidad siguió la de la carestía y aun escasez de maiz que
llegó á valer _cuarenta reales_, siendo su precio común en esos tiempos
el de doce reales. Esto indispuso los ánimos, y la exaltación llegó á su
colmo cuando se supo que un caballero rico llamado Mejía, amigo íntimo
del Virrey, había monopolizado todo el maiz y el trigo y le vendía á
precios exorbitantes sin que nadie pudiese competir con él. Malas
lenguas dijeron que el Marqués tenía compañía con Mejía y ambos se
habían embolsado grandes ganancias, obtenidas á costa del hambre y de la
miseria del pueblo. Todo esto lo explotaba perfectamente el clero, mal
avenido con el carácter tremendo del Virrey, y no era necesario mas que
un pequeño incidente para que estallase abierta y descaradamente la
guerra entre las dos autoridades.
No tardó esto en suceder. Un personaje importante en esa época, Don
Melchor Pérez de Varaez, se hallaba procesado, y usando de los recursos
que entonces como ahora se usaban, recusó á su juez. El Virrey le nombró
otro, y Varaez entonces se escapó del convento de Santo Domingo, donde
estaba retraído. Sus jueces, ofendidos, decretaron el embargo de sus
bienes y papeles, le aprehendieron y le encerraron en una estrecha
celda, tapando las puertas con cal y canto y poniéndole además una
guardia de doce arcabuceros.
Varaez se dió trazas de elevar un memorial al Arzobispo, reclamando la
intervención eclesiástica, y como el prelado no deseaba sino el momento
de ponerse frente á frente con el Virrey, otorgó la protección al preso,
y de pronto excomulgó á los arcabuceros que le custodiaban. El Virrey
ocurrió al delegado del Papa en Puebla, y éste mandó al Arzobispo que
levantase la excomunión. Este no obedeció, y el Virrey recabó duras
providencias en contra del prelado. Tal fué el principio y origen del
terrible tumulto de 1624.
El Virrey lo que quería era que sin resistencia dominase la autoridad
civil, y estaba resuelto á emplear la fuerza y la violencia para
conseguirlo. El Arzobispo quería que la autoridad eclesiástica dominase
sin contradicción, y por su parte estaba resuelto á esgrimir todas las
armas de la Iglesia.
Un día, después de muchos incidentes relativos al negocio de Varaez, y
que sería largo el referir, el Virrey mandó llamará un clérigo, el cual,
con consentimiento del Arzobispo, vino el día siguiente acompañado de su
secretario.
Luego que los vió el Virrey, montado en cólera preguntó:
--¿Quiénes sois vosotros, y qué queréis?
--Soy el secretario de Su Ilustrísima, y esta otra persona es el
eclesiástico que Su Señoría ha mandado venir.
--Salid de aquí al momento, que si he llamado al clérigo, para nada
necesito al secretario, y no gusto de tener espías en mi palacio: salid
antes que...... y vos, clérigo, aguardad.
El secretario salió más que de prisa y fué á referir al Arzobispo lo que
había pasado. Eran las primeras horas de la mañana. El clérigo se sentó
en la antesala á esperar que le llamase el Virrey. Cerca de las ocho de
la noche el Virrey asomó la cabeza por una puerta. ¿Está todavía ese
clérigo que mandé llamar esta mañana?--dijo á un ugier que hacía la
guardia.
El clérigo se levantó, rojo como una cereza, pero con apariencias de
resignación se acercó al Virrey, el que le hizo señal, y ambos entraron
en el gabinete secreto.
--¿Me responderéis como un cristiano y como un hombre honrado á todo lo
que os pregunte?--le dijo el Virrey con voz áspera.
El clérigo, lleno de miedo, hizo un signo de asentimiento con la cabeza,
y entonces el Virrey le hizo multitud de preguntas difíciles y
capciosas, á las que contestó el eclesiástico de la mejor manera que
pudo.
--¿Estáis dispuesto á que todo esto se ponga por escrito bajo de vuestra
firma?--le dijo el Virrey.