Y á esta hora comenzó á salir la procesion guiada por la plazeta de

Sancto Domingo, á la calle del Colegio de los Teatinos, torciendo á mano

derecha por la de Palacio, llevando por principio un estandarte de

tafetan negro bien guarnecido, D. Joan de Altamirano, caballero del

hábito de Santiago, yerno que fué de Don Luis de Velasco, Virey que fué

de esta Nueva España, y al presente lo es del Pirú, á cuyos lados venian

en dos hileras catorce familiares del Santo Oficio con cirios blancos,

de á cinco libras de cera, encendidos y en ellos pintadas las armas de

Sancto Domingo y Sant Pedro Martir, en los quales se pusieron porque

segun lenguaje de los que de mas cerca an tratado las cosas de este

auto, los Sres. Inquisidores han fundado este año una Cofradía de

Oficiales y familiares del Sancto Oficio, devajo del amparo y título de

Sant Pedro Martir en este Convento, y en su seguimiento venian en dos

hileras el Clero y Religiones mezclados unos con otros, entre los cuales

se repartieron por mano de personas fidedinas, y de crédito, mas

cantidad de 800 velas de cera blanca, de á media libra á cada uno la

suya encendida, y ivan con muy buen órden. Y á buen trecho de este

estandarte se siguia una cruz de plata dorada con velo y manga de

terciopelo negro, y á sus lados dos ciriales de plata con manguillas de

terciopelo, que llevavan Religiosos de la dicha Orden, revistidos, y á

sus lados catorce familiares con cirios encendidos como los primeros; y

luego la Capilla de la Iglesia mayor de esta ciudad, cantando Salmos

acomodados á la ocasion en que ivan, á canto de organo, respondiendo en

distinto coro y tono, el que formaban el Clero y Religiones en suave

canto llano, y casi al remate de la procision ivan doce Religiosos de

este convento revestidos con albas y casullas de terciopelo y brocado

negro, en cuyos hombros, remudándose de quatro en quatro venia el Arbol

de la vida, en que Jesucristo Nuestro Señor, vida de todo el género

humano dió remedio al daño que nos causó el fruto del árbol de muerte,

sobre el globo de un mundo dorado y plateado, sembrado de estrellas,

fijado en una peaña guarnecida con frontaleras de brocado, y en las

esquinas quatro ángeles de bulto, hincados de rodillas, adorando la

cruz, la qual era de buen tamaño, pintada de verde, con dos listas de

oro por orla, con su retulo y por toalla una vuelta de tafetan negro,

guarnecido con puntas de seda y avalorio negro, y delante della en dos

hileras sesenta familiares del Sancto Oficio, con cirios encendidos como

los pasados, y toda esta cantidad de familiares son de México, y de

todas las ciudades, villas y lugares de esta Nueva España, que para

este dia se juntaron, y á las esquinas de la peaña ivan quatro

capellanes del Sancto Oficio, con sobrepellises y cirios encendidos como

los de los familiares, y á los lados seis hombres con alabardas nuevas,

guarnecidas de terciopelo negro y tachueladas con tachuelas doradas, y

todas las orlas de los recasos de la cuchilla, media luna, cubo y

varillas doradas, y detras de la cruz ivan los perlados de las Ordenes,

y en lo último el Prior de este convento, F. Cristobal de Hortega, con

capa de brocado y una cruz de oro en las manos, muy curiosa, y dos

Religiosos graves de su Orden revestidos de ornato de brocado negro

bordado de oro y seda, y al lado derecho del Prior iva el Chantre,

acompañándole á su lado el uno de los Religiosos revestidos, y ivan

rigiendo esta procesion, el alguacil mayor del Sancto Oficio D. Lorenzo

de los Rios, y Bernardino Vasquez de Tapia y el Regidor Alonso de

Valdez, caballeros de esta ciudad y familiares con septros de plata que

en sus principios tenian unos escudos grabados en ellos las armas de

Sancto Domingo y de Sant Pedro Martir, y el Notario de la Inquisicion

Pedro de Fonseca, que llevaba en la mano una cruz de acero pavoniada con

su tronquillos, el qual ponia en órden la procesion, entremetiendo el

clero con las órdenes. Todo lo qual causó tanto silencio que hacia mudas

las calles por donde pasava, y esto en tiempo que ivan llenas de

infinita gente, y en tanto número que á juicio de personas

isperimentadas, en semejantes concursos dicen avia en ellas y en las

ventanas y azoteas y plazas, mas de 50 mil personas. Y llegado que fué

el Estandarte junto á la puerta principal de Palacio, sobre la cual y en

una de sus ventanas bien aderezada, con alfombras, cortinas, sillas y

cojin de terciopelo negro, estaba el Virey, el qual le hizo su

acatamiento debido, y luego dió la vuelta á mano derecha hácia el

cadalso, llegada que fué la Santa Cruz al sitial de Su Señoría, la adoró

con grande edificacion del pueblo, y los pajes de Su Señoría salieron de

Palacio en cuerpo, bien aderezerados, con cirios de cera blanca,

encendidos, con que recibieron la Sancta Cruz, asiendo la adoracion,

levantando las achas y umillando los cuerpos, segun estilo de Palacio y

corte, acompañándola asta el cadalso donde la subieron, y allí dejaron

la cera en medio del planicie de esta primera parte, junto al Tribunal y

sus gradas sobre un altar que avia hecho con muy rico ornamento, quedó

puesto asta las tres de la mañana del día del auto, por cuyo respeto y

compañia se quedaron alli quatro religiosos de cada Orden, y cantidad de

familiares, que á la luz de gran número de cirios y achas velaron el

divino lecho en que el reparador de nuestra caida murió, los quales á

esta hora la llevaron en procision cantando himnos asta lo mas alto del

medio pirámide y gradadas de penitentes, en cuya estremidad la pusieron,

acompañada de los dichos Religiosos y familiares asta el dia. Y esta

noche á las ocho llevó Pedro de Fonseca, Notario del Santo Oficio, y

seis familiares, una cruz grande verde, y la puso cinquenta pasos

desviada del quemadero que abajo se dirá, en su peaña alta de cantería,

con la decencia y reverencia debida, y entre la una y las dos de la

noche por mandado del Santo Oficio el dicho Notario y familiares

llevaron al brasero que está echo de cantería en el Tianguis que llaman

de S. Ipólito, entre la alameda y Convento de los Descalzos Franciscanos

de esta ciudad, quatro maderos con sus argollas, en que avian de morir

quatro relajados, que este dia salieron al auto, donde los fijaron

puestos con guardia, y de alli se fueron juntos á las casas de Baltasar

Mejia de Salmeron, alguacil mayor de esta ciudad, á quien le fué

notificado por el Notario, que conforme á los que avian de morir tuviese

prevenida leña, pregoneros y verdugos para este dia, el que respondió

que estaba presto de cumplir lo que por el Santo Oficio se le mandaba.

Y á las dos de la mañana se comenzó á decir misa en la capilla del Sto.

Oficio, y en todas las parroquias y conventos desta ciudad, por horden

de los Sres. Inquisidores, y con ser competente el tiempo para

conseguir el entero precepto eclesiástico, apenas se vaciaran las

Iglesias, cuando estaban otra vez llenas, hasta que amaneció, que todos

correspondieron á las obligaciones de buena cristiandad y virtud.

Este dia, á las tres de la mañana, despues de haber dado el alcayde de

almorzar á los penitenciados, mandaron los Sres. Inquisidores sacarlos

de sus cárceles al segundo patio de las casas del Santo Oficio, adonde

se les iva poniendo á cada uno las insignias de su penitencia y castigo,

con una vela de cera verde en las manos, después de lo qual, entre las

quatro y las cinco, el fiscal del Santo Oficio iva llamando por una

memoria á los familiares elegidos para acompañar los penitentes,

nombrándolos por sus nombres, de los quales avia ya gran número en el

patio primero, donde se ivan juntando; y á cada dos hombres les

entregaban un penitente, y desta suerte prosiguió asta llegar á los

relajados, que fueron tres hombres, y una doncella de las de _Caravajal_

que quemaron en el aucto pasado, y á cada uno acompañavan dos relijiosos

de las hórdenes, los mas doctos, y dos familiares por guarda; y despues

dellos tres estatuas de difuntos, con ábito penitencial, y en su

seguimiento otras 16 con corosas é insignias de fuego de los difuntos

fujitivos y ausentes relajados, los que llevan escripto en los pechos,

los nombres, tierra y delitos de cada uno, en cuyo remate los tres

dellos llevan tres ataudes negros, pintados en ellos unas calaveras,

sembradas de fuego, y dentro los guesos de los difuntos, y la última con

insignia retorcida en la corosa de maestro domatista de la Ley muerta de

Moysen que guardaba. Y á las seis de la mañana estaban ya puestos en

horden de procesion, y en los corredores vajos y patio del Santo Oficio,

y media hora despues comenzaron á salir por su puerta principal,

llevando por guia tres cruces de las parroquias, con velos y mangas de

terciopelo negro, con los curas y capellanes dellas, y en su seguimiento

124 penitentes, con las 19 estatuas, guiados al cadalso, por la calle de

Santo Domingo; la qual, y sus ventanas y azoteas, y plazas, ocupavan el

mismo número de jente que el dia antes ubo en la procesion, y nunca mas,

de suerte que fué necesario que los familiares sobre bien aderezados

cavallos, fuesen con el alguacil mayor delante, y por los lados,

hasiendo campo á la procesion de penitentes: llegados al palenque de la

segunda parte del cadalso, entraron por él sin ningun estorvo, y

suvieron á las gradas del medio piramide, donde fueron puestos y

sentados, en esta manera, en la grada mas alta, al pie de la cruz, un

relajado calvinista revelde, y en otra mas baja, la doncella; y á sus

lados, otros dos relajados. Y luego, 50 personas con avitos de

reconciliacion, por diversas sectas y leyes de Moysen, y luego otros por

diversos delitos, dos veces casados, hechiceros, blasfemos: en los lados

del pirámide, se repartieron en las varandas, las estatuas igualmente,

de suerte que de lejos se podian ler los retulos, y adornavan las gradas

de penitentes, de modo que parecian muy bien, y los familiares padrinos

se sentaron en sus vancos en la forma arriba dicha.

No estuvo con poco cuidado el Virey esta noche, antes del auto, pues se

levantó á las 3 de la mañana con sus caballeros y gente de palacio á

hoir misa, donde estuvo en vela hasta el dia, dando á entender con esto

como tan cristianisimo Principe, que los tales la an de tener en

semejantes hocasiones, y despues de aver sacado los penitentes del Santo

Oficio, salió luego con gran priesa, por que el dia no alcanzase de

quenta á lo muncho que en él avia que hacer en el, del Real Palacio de

esta Corte, su señoria, acompañado del audiencia Real y de su guardia,

cabildo y lo mas ilustre de la ciudad, guiados por la calle arriba de

Palacio, torciendo á la del Santo Oficio á mano izquierda, donde estavan

ya á punto el Santo Oficio, y estandarte de la fee con el cabildo de la

Iglesia. Y llegado que fué, se pusieron en horden en esta manera:

delante de todos los alguaciles de corte y ciudad, y luego la Caballeria

y familiares y detras los Cavildos de la Iglesia y Ciudad, con la

Universidad, entremetidos unos con otros, y al fin dellos el Secretario,

el alguacil mayor y Ministros mayores de la Inquisicion, y en un buen

caballo aderezado el alcayde de la carcel perpetua, el qual llevaran de

diestro dos personas, por causa de que llevava asido con ambas manos

sobre el arson delantero de la silla, un cofre cerrado, y luego el

Fiscal del Santo Oficio que llevava el estandarte de la fee, que es de

damasco carmesí, con dos puntas, cordones y borlas de oro, y seda, que

por ambas partes tienen sembrados algunos escudos bordados con mucho

artificio y primor, y en sus campos las armas del apostol Sant Pedro,

Príncipe de la Iglesia, y los de Santo Domingo, y Sant Pedro Martyr, y á

su lado el arcangel Sant Miguel y sobre la vara de plata deste

estandarte, yba la Santa Cruz de la fee, toda de oro, de honguillos, con

sus franjillas al pié, de oro y seda, el qual es muy costoso y agradable

á la vista, y á su lado izquierdo iva Don Joan Altamirano, que llevava

las vorlas del estandarte, en cuyo seguimiento venian el Lic. Vivero, y

el Dr. Rivera, consultores del Santo Oficio, y la audiencia real por sus

antiguedades, y en lo último Su Señoria el Virey, que iva á el lado

derecho del Inquisidor mas antiguo, que iva en medio, y detras sus pajes

y criados, y con esta horden llegaron al cadalso á las siete de la

mañana, en el qual, despues de haver subido se asentaron en el Tribunal,

y asientos, con el horden que avian venido; y al principio de las gradas

del medio, por donde suvieron al Tribunal, se sentó el fiscal del Santo

Oficio, teniendo á su mano derecha, fijado en el tablado, el estandarte

de la fee, y á su mano izquierda, Don Joan Altamirano, y tres gradas mas

vajas, Bernardino Vasquez de Tapia y el Regidor Alonso de Valdes, y en

las tres últimas, el Notario Pedro de Fonseca, á cuyo cargo era llevar

las sentencias á los Relatores, dadas por mano del Secretario.

En las gradas de mano derecha del Tribunal, en la primera, junto á la

varanda de en medio, se assentó el Lic. Vasco Lopez de Bivero,

corregidor que fué desta ciudad, y consultor del Santo Oficio, que por

no ser de la Real Audiencia se le dió este lugar, y á su lado los

Prelados de las hordenes Provinciales, Priores y Guardianes, y mas bajo

los catedráticos de las hordenes, maestros y Religiosos graves; y en las

de mano izquierda, en la primera, Calificadores, Patrocinadores y

Comisarios de los Obispados de este Reyno, y mas bajo, Catedráticos y

Religiosos graves y caballeros; y al pié de las unas y otras gradas avia

repartidos 12 doctores de la Universidad, entremetidos unas personas

graves con otras en bancos, por que el Santo Oficio hordenó que no

uviese lugares señalados, y en el banco de espaldas de la mesa el

Secretario con las llaves del dicho cofre, que era de evano, y se puso

sobre ella, que tenia media vara de alto, y media de ancho, aforrado en

terciopelo carmesí, todo guarnecido con visagras, chapas, cerradura,

tachuelas y llave de oro, y en las esquinas de su asiento, quatro leones

de oro, fijados á el; cuya figura hace demostración feroz por su guarda,

y dentro dél estaban las relaciones y sentencias de los culpados, y

sobre la mesa, recaudo para escribir, con tintero y salvadera de plata,

en que estaban gravadas las armas del Santo Oficio; y como se ha dicho

arriva, se asentaron en los vancos, por su horden, los demas del

acompañamiento. A todo lo qual se dió principio con un Sermon breve, por

el tiempo tan corto que restaba, el qual predicó con mucha asepcion de

los oyentes, el Dr. Don Juan de Servantes, arcediano de la Catedral de

México, catedrático de Escritura, calificador del Santo Oficio, y Juez

ordinario de las causas de la fee, despues del qual, en el mismo púlpito

del Sermon, el Secretario del Santo Oficio leyó el juramento que izo el

Tribunal y todo el Pueblo, sobre un libro misal, de perseguir y arruinar

por todas vias á los enemigos de nuestra Santa Fee Católica, y á su lado

estava el Dr. Aranguren. Capellan del Santo Oficio, que tenia el misal,

revestido con un sobrepellis, y muy rico. No estava con poco cuidado el

secretario en el sacar de las sentencias del cofre por su horden, las

quales iva entregando al Notario Pedro de Fonseca, que las llevava á los

Relatores, y leydas aquellas las ponia en el cofre; y sacava otras, y

desta suerte prosiguió como persona entendida, diestra, cursada en este

ministerio, y muy necesaria en él. Y comenzando á leerse, llamava á la

gradilla del pasadiso, á cada uno de los penitentes, por su nombre y

naturaleza, hasta que las causas de los relajados fueron leydas, y á las

5 de la tarde se entregaron al brazo seglar; y bajados del cadalso, los

llevaron; y á la entrada de calle de Sant Francisco, donde estaba en un

tablado puesto un sitial, adornado de alfombras, y sentado en él el Dr.

Francisco Muñoz Monforte, correjidor de esta Ciudad, y á su lado

izquierdo Juan Perez de Rivera, familiar del Santo Oficio, y escribano

público della, por los quales les fueron pronunciadas sus sentencias, y

notificadas, de donde los llevaron por esta calle con voz de pregoneros,

que manifestaban sus delitos, hasta el quemadero, y en el discurso del

camino, los Religiosos que acompañavan á Simon de Santiago, aleman

calvinista, ficto simulado, confitente revelde, pertinaz, condenado á

quemar, vivo, á quien yvan aconsejando y amonestando por los mejores

medios y caminos que podian, se convirtiese á la Ley Evanjelica y fee

Católica, el qual asiendo poco casso se sonreia como lo izo en el

cadalso, todo el dia, comiendo lo que le daban, con demostracion de

contento, como si uviera de ir á vodas, y con grande desverguenza

respondia, _no cansa padres, que esto no es forza_. Y porfiando les

decia _no des boses padres_, como enojado, y finalmente, sin querer

tomar la cruz en las manos, murió quemado vivo, y siempre tuvo una

mordaza en la boca, por las blasfemias que decia, y era tan torpe de

entendimiento que no allaron caudal en él los Relijiosos para argüirle,

y con sus argumentos convencerle de sus herrores, y con él murió Tomas

de Fonseca Castellanos, el qual aunque hacia demostraciones de morir

cristianamente, fueron con muncha tibieza.

Y luego Dª. Mariana Nuñez de Carabajal, doncella, murió con muncha

contricion, pidiendo á Dios misericordia de sus pecados; confesando la

Santa fee católica, con tanto sentimiento y lágrimas, que enternecia á

los que la oyan, diciendo mil requiebros á la cruz que llevava en las

manos, besándola y abrazándola, con tan dulces palabras, que ponian

silencio á los Relijiosos que ivan con ella, dando todos infinitas

gracias á Dios Nuestro Señor, por la gran misericordia que con ella

usava, por donde se entiende que está en carrera de salvacion, y para

gloria de Jesucristo Nuestro Señor diré lo que dijo esta doncella en el

cadalso, y munchos que allí estavamos, oymos razonando con una ermana

(_Anica_) y sobrina, que tambien salió al auto con ávitos de la

conciliacion; _Boy morir en la Fee de Nuestro Señor Jesucristo_, que fué

cosa de gran regocijo para los cristianos. Este dia se reservó otro

relajado, y se volvió al Santo Oficio no se save porqué causa.

Y prosiguiendo con las sentencias del cadalso asta que quiso anochecer,

que vastó á que se leyesen las causas de dos en dos, y cerrando el dia

con luces de achas, de quatro en quatro, y fenecidas con nueva majestad

y señorío, el Inquisidor mas antiguo tomó la estola y el libro que

trujeron dos capellanes del Santo Oficio, en dos ricas fuentes doradas,

y comenzó en tono grave la ausolbcion, alumbrandole con una vela de sera

blanca, puesta en un mechero de plata, respondiendo la capilla en canto

de hórgano con maravillosas voces que las ay en esta Iglesia Catedral,

con un maestro diestrísimo, y acavada á las ocho de la noche, volvieron

á la Inquisicion, el Santo Oficio, Virey y audiencias con el demas

acompañamiento, y por el mismo horden que avian llevado, y delante

muchas achas encendidas, de cuyas luces avia muncha cantidad, en las

ventanas y puertas de la calle desde el cadalso hasta la Inquisicion,

que en ella causaban gran claridad, y llegados se despidió el Virey y

audiencia.

Y porque los familiares padrinos volviesen con sus ahijados, se

subieron al pasadiso del cadalso, y puestos en él en dos yleras,

arrimados á las varandas, pasaron por medio los Penitentes con sus velas

encendidas, y los padrinos conocieron sus ahijados, y por su horden

fueron vajando á la puerta donde estavan las cruces de las parroquias,

sin velos, con mangas de terciopelo carmesí, bordadas de horo, y seda,

adornadas de munchas flores, por el triunfo de la fee, guiando por la

calle de Sto. Domingo, se volvieron los Penitentes al Santo Oficio,

donde se entregaron al Alcayde, presente el Secretario y Alguacil mayor,

del número de los quales volvieron menos las diez y siete estatuas y

tres relajados que quemaron.

El Lunes siguiente, Martes, Miercoles y Jueves, se sacaron del Sancto

Oficio, en forma de justicia, á azotar por las calles públicas, con voz

de pregoneros que manifestavan los delitos, á los que á ello estavan

condenados, y los que yvan á galeras, se llevaron con testimonios de sus

causas á la Carcel de Corte, y se entregaron al Alcayde y escribano de

entradas de ella, y los negros á sus amos, y los de carcel perpetua al

Alcayde, y los demas se llevaron á los lugares que se les señalaron por

el Sancto Oficio.

Y este dia, la tarde, Lunes 26 de Marzo, el Illmo. Sr. Conde de

Monterey, visorey de esta Nueva España, salió de Palacio, acompañado de

su guardia y de la gente mas principal desta Ciudad, con la qual izo un

general paseo por ella, demostrando la alegría que tenia y todos deven

tener, por el Triunfo de la Sancta Fee Católica, y de la Iglesia Romana,

contra los erejes, y por la destruicion de los vicios, y pecados, lo

qual yzo á imitacion de un paseo que por las mismas causas hizo el Rey

D. Felipe 2.º nuestro Sr. que sea en Gloria, cuando el auto de Casaya,

que se ayó presente. Plegué á Dios nuestro Sr. que todo aya sido par

nuevo ensalsamiento de su santa fee Católica, confusion y abatimiento de

nuestros enemigos, alabanza y gloria de Jesucristo Nuestro Sr., y de su

bendita Madre la Virjen María, y de su corte celestial, por cuyos

méritos se sirva de amparar y ayudar y favorecer á tan Santo y necesario

Tribunal, y prospere los sucesos en la estirpacion de las erejías,

conservando el uso del Santo Oficio, como merece, y su Divina Majestad

puede.

_Amen.--Laus Deo._

Este es el fiel trasunto del original y curioso manuscrito que encontré

en los archivos del Tribunal de la Inquisición: en cuanto á la _lista de

penitenciados_, que existe también, excuso ponerla por ser muy larga,

pues ocuparía quizá un espacio igual á la preinserta relación.

_Vicente Riva Palacio._

LOS TREINTA Y TRES NEGROS

I.

Casi en el mismo año de 1521 en que el imperio de Moctezuma fué

derribado, y sometido el Anáhuac á la dominación de España, comenzaron á

llegar á México esclavos africanos conducidos á la tierra nuevamente

conquistada, por amos cuya sórdida codicia no se saciaba con el oro y la

plata que los naturales del país podían extraer de sus minas.

Los mexicanos, bien por su aversión á los conquistadores, ó bien por sus

antiguas costumbres, no querían trabajar en el beneficio de las minas

con la tenacidad y constancia que deseaban los españoles.

El emperador Carlos V había sido informado de que por el excesivo

trabajo á que se condenaba á los mexicanos por los conquistadores, se

habían producido sediciones y levantamientos más ó menos graves, y que

todo esto podía tener fatales consecuencias para la corona de España;

ordenó, con audiencia de sus consejeros y teólogos, que los americanos

fuesen libres de toda servidumbre, anulando los repartimientos de indios

que había hecho Cortés.

De aquí vino para los españoles la necesidad de tener esclavos

africanos, que trabajando día y noche en las minas, recibiendo una

miserable retribución, y considerados como animales, pudieran enriquecer

muy pronto á sus dueños.

En efecto, fué tan grande el número de los negros que se trajeron á la

Nueva España, y tantas las ganancias que producían á sus amos, que ya en

el año de 1527 Carlos V, entre otras ordenanzas que mandó á México,

dispuso que los negros casados pudiesen redimirse pagando á sus amos

_veinte marcos de oro_, y en proporción los niños y las mujeres.

En un principio los esclavos eran empleados únicamente en el laboreo de

las minas, pero poco después se ocuparon en las siembras y cultivo de la

caña de azúcar, cuya planta aseguran algunos autores que fué llevada á

las islas de América desde las Canarias por el inmortal Cristóbal Colón,

y que Cortés la hizo trasplantar á México.

Por el año de 1608 el número de los negros esclavos era ya tan crecido

en la Nueva España, que apenas había una familia acomodada que no

tuviera muchos de ellos á su servicio[19].

A pesar de que la suerte de los indígenas de América era bien triste por

el trato duro é inhumano que recibían de los conquistadores, era sin

embargo muy dulce comparada con la de los infelices esclavos africanos.

En aquellos primeros años, los caballos, las mulas y los bueyes eran muy

escasos en Nueva España, y el trabajo de estos animales se suplía con

los esclavos negros, á los cuales se quería comunicar fuerza y vigor con

el látigo de los mayordomos.

Necesariamente aquellos hombres pensaban en la libertad, no sólo porque

el amor á la libertad es innato en el corazón, sino por huir de los

bárbaros tratamientos á que estaban expuestos todos los días y todo el

día.

El libro rojo, 1520-1867, Tomo I · 第 16 / 20 段