arranca la común desgracia sobre aquella santa é ignorada sepultura, en
vez de continuar su camino hacia el Pánuco, donde todos encontraban la
muerte, tuvo la increible energía de emprender el regreso hasta el punto
del naufragio. El cielo premió su constancia y su excelente corazón,
pues á los dos ó tres días, un barco, enviado por el gobierno de México
para socorrer á los náufragos, le recogió y le condujo á Veracruz, desde
donde se dirigió á la capital. De las narraciones de este personaje está
sacada, en parte, la triste historia que hemos puesto ante los ojos del
lector. Fray Juan de Mena, Fray Ignacio Ferrer y Fray Marcos de Mena,
consultaron lo que debían hacer, y resolvieron seguir la suerte de las
gentes que habían sobrevivido, resueltos á auxiliarlas hasta que las
fuerzas les faltasen. Se dirigieron, pues, á un río que está antes del
Pánuco, dice la Crónica, y es bien difícil, en una costa tan llena de
esteros y de corrientes diversas, designar con exactitud los lugares;
pero realmente no es esto de importancia para aumentar el triste y
sangriento colorido de estos cuadros donde el desierto, el hambre, los
enemigos y hasta los insectos contribuían á aumentar el horror.
Llegados al río, al caer una tardo, los religiosos se sentaron en una
orilla, y mirándose unos á otros con su cuerpo lleno de llagas, con sus
pies destrozados y sin más fuerza y apoyo que el que les inspiraba su
alma enérgica y religiosa, comenzaron en silencio á derramar lágrimas.
Miraban la corriente ancha é impetuosa del río, y no concebían como lo
pasarían. Fray Marcos de Mena se apartó un poco, recorrió alguna parte
de la orilla, y en un recodo oculto, y entre plantas acuáticas, encontró
una barca con dos remos que sin duda habían los indígenas dejado allí.
Túvolo y con razón en aquel trance como un milagro, y dando aviso á sus
compañeros, todos se embarcaron y comenzaron á bogar con dirección á un
peñón negruzco que estaba en medio de las aguas y que les pareció una
isla. Abordaron á ella, tratando de desembarcar para tomar aliento y
pensar á qué punto de la orilla opuesta se dirigirían, para evitar un
nuevo encuentro con los salvajes. Fray Ignacio Ferrer desembarcó; pero
apenas puso el pie, cuando la isla se movió y gruesos chorros de agua
brotaron de aquello que habían tomado por una roca.
Eran dos ballenatos que habían entrado de la mar, y tenían, como asienta
el Maestro Dávila, «las cabezas cubiertas con el agua, y el resto del
cuerpo descubierto, que parecían isletas; cuando sintieron gente hacia
sí, levantaron las cabezas, y arrojando gran golpe de agua por los
colodrillos, se fueron río abajo á la mar.» Fray Ignacio fué socorrido
por sus compañeros que le tendieron un remo antes de que se hundiera, y
pasado este incidente continuaron su navegación hasta que dieron en una
verdadera isleta donde pasaron la noche. Temprano al siguiente día
llegaron á la orilla del río, y dejando la embarcación, emprendieron á
explorar el terreno hasta encontrar á la desventurada gente en cuya
demanda iban. A poco andar tropezaron con un cadáver, después con otro y
otros, y algunos heridos y traspasados de flechas, que apenas tenían
ánimo para pedir agua.
«Aquella noche, dice nuestro cronista, quedaron los tres religiosos
entre los muertos y heridos, esperando por horas la muerte. Después
de media noche comenzaron á caminar con gran prisa, siguiendo cerca
de la playa todo el día, hasta la noche que descubrieron á los
demás españoles que se habían adelantado, y excusado por eso, hasta
entonces de la muerte. Prosiguieron su camino todos juntos, la
playa siempre en la mano, sustentándose de soló el marisco muy
miserablemente. Casi veinte días llevaron este paso sin ver indios,
aunque hallaban á algunos españoles flechados y otros muertos,
porque como el aprieto era grande, cada uno procuraba su remedio lo
mejor que podía, y unos se apartaban de otros procurando cada cual
adelantarse por verse más presto en tierra de cristianos. Llegaron
al fin los frailes y la demás gente á un río grande que está antes
del de Pánuco, y comenzaron á dar orden cómo pasarle en balsas, muy
descuidados ya de ver indios; pero ellos no lo estaban de los
españoles, y antes aprovecharon el tiempo de su ausencia en
rehacerse de flechas, y por ganar el tiempo que los españoles les
llevaban de ventaja.»
El resultado de esta maniobra de los indios fué un combate terrible y
tenaz. De los españoles unos trataron de huir y de esconderse, otros con
las escasas armas, que no podían ser otras más que troncos ó ramas
nudosas de árboles, se defendieron, y otros sucumbieron. Los religiosos,
sin tener ya posibilidad de sal males. Su martirio llegó á tal grado,
que prefirieron entregarse á las flechas de los indios, y salieron de
aquel matorral, ganaron corriendo la orilla del río, y se echaron á la
agua, único medio posible de desembarazarse de los voraces insectos.
Cuando salieron del baño, encontraron inmediatamente una bandada de
indios que los habían espiado y los esperaban. A Fray Juan de Mena le
dieron un flechazo que le traspasó el pulmón y cayó muerto en el acto; á
Fray Ignacio Ferrer le mataron dándole en la cabeza con un tronco grueso
de árbol, y á Fray Marcos de Mena le asestaron siete flechazos, entre
ellos uno en el lagrimal del ojo derecho. Los tres, nadando en sangre,
cayeron en tierra, y los salvajes los dejaron ya muertos, y continuaron
buscando á los demás españoles que se habían ocultado por las cercanías,
matando á todos los que encontraron.
Así pasó ese funesto día, y los salvajes se retiraron creyendo haber
acabado su misión sangrienta.
* * * * *
El instinto de la propia conservación hizo que algunos de esos infelices
se ocultasen, ya dentro del agua en la orilla del río, ya en alguna otra
parte; el caso fué que todavía escaparon algunos de la matanza, y cerca
de la noche, observando que los salvajes se habían retirado, salieron
cautelosamente á explorar el campo, y se horrorizaron de verlo cubierto
de cadáveres. Fijaron la atención en los tres religiosos, y como les
tenían no sólo veneración sino una inmensa gratitud por los servicios
que les habían prestado, no pudieron menos sino derramar abundantes
lágrimas, y resolvieron enterrarlos. Cavaron ligeramente unas
sepulturas, porque no tenían tiempo ni instrumentos para hacerlas
profundas, y depositando allí aquellos cuerpos sangrientos y venerados,
les echaron una leve capa de tierra encima, rezaron una oración, y
encomendándose ellos mismos á Dios, continuaron su peregrinación, en
demanda siempre de Pánuco, que era para ellos la tierra de promisión.
En el resto de la noche cayó una fresca lluvia. La mañana siguiente fué
pura y hermosa. Cuando salieron los primeros rayos del sol, Fray Marcos
de Mena se creyó presa de una pesadilla. Sentía que tenía un gran peso
en su cuerpo y que un negro velo cubría su rostro; pero en vez de sentir
dolores, experimentaba por el contrario, una especie de consuelo como si
hubiesen ungido su cuerpo con un bálsamo. Hizo un esfuerzo, levantóse y
con facilidad pudo sacudir la poca de tierra con que le había cubierto
la piedad de sus amigos. Miró á todos lados y no observó sino cadáveres
sangrientos y desfigurados que comenzaban á ser ya pasto de las aves de
rapiña. Se encomendó á Dios, hizo un esfuerzo supremo y se levantó
alentado con la idea de que muchos, como él, podrían estar todavía con
vida, y él ayudaría á que se alejasen de aquel fúnebre cementerio. La
tierra y arena en que había estado enterrado, refrescada con la lluvia,
había servido sin duda de medicina para mitigar la inflamación de las
heridas y de los piquetes de los insectos, y de pronto parece que un
vigor desconocido y sobrenatural animaba á su ya descarnado y sangriento
esqueleto. Uno por uno examinó á sus tendidos é insepultos compañeros,
entre los cuales encontró algunas madres que de hambre, de miedo y de
cansancio se habían quedado muertas estrechando á sus hijos en sus
brazos. Aquel desierto donde acababa de desaparecer todo vestigio de
existencia humana, aquellos cadáveres desfigurados é insepultos á
quienes la muerte sorprendió en las siniestras posiciones que causan el
dolor y la desesperación, habrían infundido miedo á cualquier otro
hombre. Nuestro religioso, por el contrario, animado del sentimiento
sublime de la caridad, cumplió en aquel remoto páramo con los últimos
deberes, y dió sepultura á cuantos pudo, para que los restos de los
cristianos no fuesen devorados por las fieras. Buscó en seguida algunos
alimentos, sin poder encontrar más que raíces, y juntando trozos de
leña los encendió llegada la noche, y permaneció velando aquellas
fúnebres y solitarias tumbas.
Al siguiente día se alejó de aquel sitio y tomó la orilla de la playa
para proporcionarse algunos mariscos; pero el sol que tostaba su desnudo
cuerpo, los movimientos que tenía que hacer para proporcionarse que
comer, y la falta de cuidados, ocasionaron que sus llagas volviesen á
inflamarse hasta un grado tal, que le era imposible moverse. Haciendo un
esfuerzo se retiró de las orillas del mar y buscó más al interior del
país un sitio donde exhalar el último suspiro.
Se detuvo en una especie de gruta, formada casualmente por la vegetación
exuberante de aquella costa. Había un mullido lecho de musgo, y algunos
árboles que parecían colocados de propósito, formaban una cabaña. Cerca
se escuchaba el ruido apacible de una fuentecilla de agua, y las aves
habían escogido aquel lugar para la mansión de sus amores. Ya porque el
sitio era agradable y pintoresco en extremo, ya porque el religioso no
podía dar un paso mas, resolvió quedarse allí, y dió gracias al Señor
porque le había llevado á aquel paraje, donde bendiciendo las obras de
la naturaleza podría entregarle tranquilamente su alma. Pudo llegar á la
vertiente de agua, sació su ardiente sed y se recostó en seguida en un
lecho de hojas, el que se habría creído preparado por el ángel de la
guarda del maltratado solitario. Tenderse en el lecho y apoderarse de
sus párpados un sueño dulce y bienhechor, todo fué uno. Quién sabe
cuántas horas estuvo así nuestro fraile, y recordaba que durante este
tiempo, tan pronto había creído oir en la gloria melodías dulcísimas y
desconocidas, como tener delante de sí al demonio «proponiéndole, con
locos pensamientos, no ser verdadera la divinidad del Redentor, sino
engaño de los cristianos.»
Cuando despertó de su sueño vió delante de sí una figura extraña, y de
pronto creyó que era una terrible realidad. Se frotó los ojos,
reflexionó un poco, y entonces observó que una negra, hincada de
rodillas, con los ojos anegados de lágrimas, le contemplaba llena de
veneración y de ternura. Era esta criatura una de tantas víctimas del
naufragio, que huyendo descarriada había escapado de la ferocidad de los
salvajes y podido vivir en los bosques. La excelente mujer contó al
religioso sus aventuras, que eran parecidas á las de los demás. Hambre,
frío, llagas, fatigas infinitas, calor abrasador, peligros con los
salvajes, con las fieras, con los torrentes, con la soledad misma. De
esta serie de incidentes se había compuesto la vida de todos los
náufragos, hasta que sucesivamente fueron muriendo. Jamás el buen
religioso había experimentado un placer igual al que le produjo la
vista de aquella fea negra, todavía más monstruosa por el desorden de
su lanuda cabellera, y por lo extenuado y flaco de sus miembros.
La negra corrió á la fuente, y en la corteza de una fruta silvestre
trajo agua, lavó las llagas del religioso y le aseguró que conocía ya
varios lugares donde encontraría yerbas y raíces propias para comer, y
que también podría, con la ayuda de Dios, proporcionarle algunos
mariscos. En efecto, durante doce ó quince días la negra aparecía con
exactitud provista de algunos alimentos, acompañaba al solitario algunos
ratos, rezaba con él, le curaba, y volvía á desaparecer, ocupándose en
las horas de su ausencia, en procurarse los auxilios que, á duras penas,
podía arrancar á aquella naturaleza salvaje.
Un día llegó la hora, que era por lo regular el medio día, y la negra no
pareció. Fray Marcos esperó lleno de ansiedad, y así llegó y terminó la
noche sin que la negra se presentase. A los dos días perdiendo toda
esperanza, Fray Marcos urgido por la hambre y por los dolores é
inflamación de sus llagas, que se habían llenado de gusanos, se resolvió
á tentar el último y supremo esfuerzo, y se puso en camino con dirección
á Pánuco, á ese Pánuco fabuloso que había visto cerca desde el día de su
naufragio, y al cual casi ninguno había podido llegar. Pudo más bien
arrastrarse, que no andar, hasta la orilla de un río, y allí perdió las
fuerzas y cayó en tierra, encomendando su alma á Dios. Abrió en aquellos
momentos los ojos, para cerrarlos sin duda para siempre, y observó dos
hermosos mancebos de alta estatura y gallardo porte, que, aunque estaban
desnudos, no tenían arcos ni flechas.
Hízoles una señal, último esfuerzo de que fué capaz, y clavó su rostro
en tierra, no pudiendo ya ni aún soportar la fuerza de la luz. Los
mancebos saltaron á una barca que estaba en el río, sacaron de ella una
sábana blanca, levantaron del suelo á Fray Marcos, le envolvieron en
ella y le colocaron suavemente en la embarcación, remando ágiles con
dirección á un pueblo de españoles que estaba á trece leguas de
distancia en la orilla opuesta. Allí le sacaron con el mismo tiento, le
dieron agua y una «_torta delgada del pan de la tierra, muy blanca y muy
bien sazonada_», le cubrieron bien con la sábana, é indicándole la
población, que distaba sólamente algunos pasos, le dijeron: «_Tampico,
Tampico_» y desaparecieron dejándole absorto y persuadido de que solo
por la intervención de los ángeles pudo haber salvado su vida.
* * * * *
Fué acogido el religioso con un entusiasmo difícil de pintarse, en la
pequeña ciudad española. El refirió sus aventuras y bendijo á las
familias. Las familias le agasajaron, le curaron, le mimaron con un
cariño singular, hasta que estuvo en estado de emprender su camino á
México, adonde llegó á tocar á las puertas de su santo convento, dejando
á los religiosos asombrados con la narración de sus raras aventuras, y á
todos persuadidos de que sin la especial intervención de la Providencia,
era imposible que hubiese podido resistir tanta fatiga y sobrevivir á
las peligrosas heridas en el desamparo de la infinita soledad de los
desiertos que había atravesado.
Algún tiempo después tuvo que sufrir una dolorosa operación, pues las
heridas habían cerrado en falso, y tenía dentro del cuerpo trozos de
jara y de pedernal que los médicos tuvieron que extraerle. Sobrevivió
veintitrés años, aunque siempre descolorido, flaco, y sufriendo diversos
males, resultado de sus inauditos padecimientos. Cuando el Virrey Don
Martín Enríquez salió de Nueva-España para el virreinato del Perú, le
acompañaron el Maestro Fray Bartolomé de Ledesma y Fray Marcos de Mena.
El primero fué electo obispo de Oaxaca, y Fray Marcos de Mena no quiso
ya hacer otro nuevo viaje, y se quedó en el convento de la ciudad de los
Reyes, donde murió santamente en el año de 1584.
_Manuel Payno._
LA FAMILIA CARABAJAL
PRIMERA PARTE
La historia de la familia Carabajal; las terribles persecuciones que
sufrió por la Inquisición; las revelaciones curiosas que ante aquel
tribunal hicieron las diversas personas de dicha familia, acerca de la
observancia y ceremonias de la ley de Moisés, y el fin trágico de todas
esas personas, daría motivo á escribir, no dos ó tres artículos, sino un
gran libro.
Nosotros uniremos al laconismo, necesario á los estrechos límites de
esta publicación, la mayor claridad posible, insertando al pie de la
letra algunas diligencias, tales como existen en las causas originales;
y aunque esto algunas veces parezca cansado, sin embargo, hará formar á
nuestros lectores la idea más perfecta del carácter y procedimiento de
esa terrible institución que se llamó el Santo Oficio.
D. Luis de Carabajal, nativo del reino de Portugal, hombre de 45 años,
llegó á Tampico, nombrado por el Rey de España Gobernador del nuevo
reino de León, por el año de 1583.
D. Luis de Carabajal trajo en su compañía á su cuñado D. Francisco
Rodríguez de Matos y á su hermana Dª. Francisca Núñez de Carabajal, y á
los hijos de estos Dª. Isabel, viuda de Gabriel Herrera y la mayor de
todos los hermanos, de 26 años de edad, Dª. Catalina, Dª. Mariana, Dª.
Leonor, D. Baltasar, D. Luis, Miguel y Anica, que eran muy niños;
además, D. Francisco Rodríguez de Matos y su mujer tenían un hijo
llamado D. Gaspar, religioso, en el convento de Santo Domingo de México,
que había llegado allí poco tiempo antes.
Un año después de la llegada de esta familia á la Provincia del Pánuco,
fueron de México dos comerciantes españoles, Antonio Díaz de Cáseres y
Jorge de Almeida, y casaron, el primero con Dª. Catalina, y el segundo
con Dª. Leonor. Esto motivó el viaje de toda la familia para la capital
de la colonia, adonde pasaron todos á establecerse, viviendo al parecer
cristiana y tranquilamente, y haciendo algunas veces viajes al Mineral
de Tasco, en donde el marido de Dª. Leonor tenía una negociación de
minas.
* * * * *
En el año de 1587 la mano de hierro de la Inquisición cayó sobre Dª.
Isabel, la mayor de los hermanos, por denuncia que contra ella se había
hecho como observante de la ley de Moisés. El fiscal Dr. Lobo Guerrero
presentó su acusación, y los inquisidores Bonilla y García decretaron la
prisión de Dª. Isabel, y el secuestro (ó secresto) de sus bienes, como
se acostumbraba en aquel tribunal. Aquí dieron principio los infortunios
de aquella familia, porque la Inquisición, voluntariamente, ó por fuerza
del tormento, obligaba á los desgraciados reos á decir cuanto supiesen,
ó para hablar en los términos propios, _á testificar_ á los hijos contra
los padres, á los padres contra los hijos, á los hermanos contra los
hermanos, á la mujer contra el marido, y á éste contra aquélla.
Y no bastaba que el reo confesase lisa y llanamente la culpa, cargando
con todo el peso de ella, sino que se le atormentaba para que confesara
lo que de otros sabía, que era lo que se llamaba tormento _in caput
alienum_; porque en la Compilación de instrucciones del Oficio de la
Santa Inquisición, hecha en Toledo en el año de 1561, é impresa en
Madrid en 1574 dice el párrafo 45: «Si el reo estuviere negativo de sí y
de otros cómplices, dado caso de que haya de ser relajado, podrá ser
puesto á cuestión de tormento, _in caput alienum_; y en caso de que el
tal venza el tormento, _pues no se le dá para que confiese sus propias
culpas_, _&c._»
Dª. Isabel de Carabajal confesó ante los inquisidores que era observante
de la ley de Moisés; y al principio no quiso declarar que la había
aprendido sino de su marido, que ya no existía, y de su madre Dª.
Francisca de Carabajal. Entonces los inquisidores determinaron que se
procediera á la diligencia de tormento. Copiaremos íntegra la parte
relativa de esta diligencia, hasta el momento en que los dolores
obligaron á confesar á aquella desgraciada, que no tenía entonces, según
su declaración, más que 30 años de edad.
* * * * *
[Sidenote: Pronunciación de la sentencia de tormento.]
«Y luego vista la negativa de la dicha Dª. Isabel, mandaron leer y
pronunciar la dicha sentencia de tormento, de susso contenida y por
ellos rubricada, la cual dieron y pronunciaron estando en la dicha
su audiencia de la mañana, presente para ello el Dr. Lobo Guerrero,
fiscal de este Santo Oficio, y por testigos Arias de Valdez,
alcaide, y Pedro de Fonseca, portero; en cuya presencia, se
notificó á las partes, y luego se salieron de la audiencia.
[Sidenote: Notificación.]
«Y siendo leída y notificada, la dicha sentencia á la dicha Dª.
Isabel,
«Dijo: vaya sobre quien le hace padecer, porque ella ha dicho la
verdad, y plegue á Dios que esto pare en bien.
«Y con esto fué mandada llevar, y fué llevada á la cámara del
tormento, adonde fueron luego los Señores Inquisidores, á hora de
las nueve y cuarto de la mañana.
[Sidenote: Cámara del tormento.]
«Y estando en ella fué tornada á amonestar que por reverencia de
Dios diga la verdad si no se quiere ver en tanto trabajo.
«Dijo: justicia del Cielo venga sobre quien tanto mal le hace, y
que ella ha dicho la verdad, y padecerá por Dios que padeció por
ella en una Cruz.
[Sidenote: Entró el Ministro.]
«Fué mandado entrar y entró el Ministro, y que la desnude. Desnudóse
ella mesma diciendo, que ya ha dicho la verdad, y que primero morirá que
decir lo que no sabe.
[Sidenote: Desnuda.]
«Y estando desnuda, en camisa baja, las carnes de fuera, fué
tornada á amonestar que por reverencia de Dios diga la verdad, y
no quiera padecer tanto trabajo.
«Dijo: que ningún tormento pudiera haber para ella mayor que
hacerla desnudar, y mostrar sus carnes de fuera, gran afrenta y
dolor para ella.
«Y con esto le fueron mandados ligar los brazos flojamente, y
estando ligados, amonestada que diga la verdad, dijo: que ya la ha
dicho y no la quieren creer, y que aquí ha de morir.
Y mandóse dar una vuelta de cordel á los brazos: antes de dársela
dijo: que esta es la verdad, que también Dª. Francisca su madre, y
Baltazar y Luis de Carabajal, sus hermanos de ella, le dijeron y
enseñaron todo lo que tiene dicho de la Ley de Moysen, y la
ratificaron en ella, aquí en México, y su madre la maldecía si
descubría nada, la cual y ellos, la enseñaron en toda la Ley de
Moysen que hoy tiene confesado, y con ellos la guardó, y no hay
otra cosa ni sabe más, y no se acuerda del tiempo en que la
enseñaron y trataron, más de que esta la guardó en veces, los ocho
meses que tiene confesados, y Dios es testigo que ha dicho la
verdad, y dijo al Ministro la dicha, haga su oficio, que no hay
más; y porque no dijo otra cosa.
[Sidenote: Vuelta de cordel á los brazos.]
«Amonestada que diga la verdad, se le dió la dicha vuelta de
cordel, y dió grandes gritos y voces, ay desventurada, que la he
dicho y me atormentan; vaya por amor de Dios: es Dios testigo que
la he dicho, y vive Dios que me castigan sin culpa.
[Sidenote: Segunda vuelta.]
«Amonestada que diga la verdad, se le mandó dar y dió segunda
vuelta de cordel, y dió grandes gritos que la dejen, que la
matan......»
Dª. Isabel no pudo ya resistir por más tiempo, y allí, en medio del
tormento, comenzó una larga declaración, denunciando á todas las
personas de su familia y á un gran número de personas, de hombres y de
mujeres, observantes de la Ley de Moisés.
Sólo á la mitad de la declaración consintieron los inquisidores en que
se aflojaran los cordeles.
Después de las confesiones arrancadas á Dª. Isabel por el tormento,
vinieron las causas de todas las personas testificadas por ella, las
cuales á su turno denunciaron á otras, y un número increíble de reos
entró á la Inquisición por esta causa.
Toda la familia Carabajal, incluso el gobernador del nuevo reino de
León, toda fué presa, á excepción de D. Baltasar, que logró fugarse en
Tasco, y contra quien se siguió, sin embargo, el proceso, hasta
sentenciarle á ser quemado en estatua.
Dª. Francisca, madre de todos los jóvenes Carabajal, debía ser, y fué en
efecto la que más resistencia opuso para declarar en contra de sus
hijos; pero el tormento la hizo faltar á los sentimientos de su corazón,
y en las agonías de su dolor testificó contra sus mismos hijos.
Hé aquí pintado con las sencillas palabras del proceso, el terrible
trance en que aquella desgraciada mujer fué obligada á dar su confesión.
_Christi Nomine Invocato_
[Sidenote: Sentencia.]
«Fallamos atentos los autos y méritos de este proceso, indicios y
sospechas que de él resultan, contra la dicha Dª. Francisca Núñez
de Carabajal, que la debemos de condenar y condenamos á que sea
puesta á cuestión de tormento, sobre las diminuciones que de su
probanza y confesiones resultan conforme á lo en esta causa votado,
en el cual mandamos que esté y persevere, tanto tiempo cuanto
nuestra voluntad fuere, para que diga y confiese enteramente la
verdad, según y como ha sido amonestada, con apercibimiento y
amonestación que le hacemos, que si en dicho tormento muriere ó
fuere liciada, ó dél se le siguiere efusión de sangre, ó mutilación
de miembro, sea á su culpa y cargo, y no á la nuestra, por no haber
querido confesar enteramente la verdad, y por estar negativa.
«Juzgando así lo sentenciamos y mandamos. (_Dos rúbricas_).
[Sidenote: Pronunciación.]