la flota, pues así que todos los buques ó habían encallado ó se habían
hecho pedazos y hundido, el viento calmó, las olas fueron disminuyendo,
y las corrientes alborotadas y contrariadas tomaron su curso natural.
El sol del nuevo día alumbró á los náufragos que habían sobrevivido, y
encontráronse á poca distancia de la tierra. Con el auxilio de las
cuerdas, clavos y tablazón destrozada de los mismos barcos varados,
pudiéronse hacer algunas balsas, y como la mar estaba ya mansa, fueron
desembarcando sucesivamente los pasajeros con parte de los equipajes,
aunque mojados y una cantidad más que suficiente de provisiones. De más
de mil y quinientas personas que iban en la flota, sólo se salvaron cosa
de trescientas y las que iban en las naves de Farfán, y las demás que
como hemos dicho escaparon del desastre. Entre los trescientos que
tocaron tierra, contamos á los cinco religiosos domínicos, á Doña
Catalina y á su doncella que no abandonó el cofrecillo de sándalo. En
cuanto al pobre negro Francisco, seguramente se lo llevó en la noche
alguna ola sin que nadie lo advirtiera; el caso fué que no se encontró
entre los pasajeros.
El peligro de la mar que era más próximo, no dió tiempo á que
reflexionaran los desgraciados náufragos; pero cuando se vieron salvos,
se presentó á su imaginación otro riesgo, en el que no habían pensado.
Aquellas tierras deberían estar llenas de tribus bárbaras é indomables,
y no tardarían en ser atacados por ellas. La costa estaba desierta: sin
embargo, muchos se internaron y reconocieron el país, y no encontraron
huellas ni señales de que hubiese ningunos habitantes. Esto tranquilizó
de pronto á la desventurada colonia arrojada de improviso por las olas
en aquella costa inhospitalaria, y pensaron, antes de tomar resolución
alguna, en establecer una especie de campamento. Las mujeres se
dedicaron á reunir los jamones, el bizcocho, las cajetas y otras
provisiones que habían salvado y que les arrojaba la marea. Los hombres
examinaron todos los destrozos del naufragio, para aprovecharse de las
maderas y jarcia y formar unas barracas, y los religiosos procuraban
conservar el orden haciendo que las provisiones se repartiesen con
igualdad y que no se ocasionaran en el campamento disputas ni desorden
alguno. En estos trabajos pasó una semana tranquila hasta donde era
posible, y los que habían perdido sus riquezas comenzaban á consolarse
con que harto habían ganado con la vida salva y los miembros íntegros y
completos. La esperanza y la felicidad reinó, pues, entre aquellos
desgraciados, porque el país era pintoresco y fértil, y el clima suave
había influido en reponer sus fuerzas y su salud. Una mañana, al
concluir la semana, se presentó á gran distancia una numerosa reunión de
indios. La colonia se alarmó naturalmente, pero á medida que se fueron
acercando se pudo conocer que venían en son de paz, pues traían los
arcos rendidos, y muchos pescados en las manos, que ofrecían á los
náufragos con visibles muestras de contento. Con temor, pero con agrado,
fueron recibidos por la colonia, y las mujeres se apresuraron á tomar
los pescados, y haciendo lumbre comenzaron á guisarlos y á tostarlos en
las brazas, é indios y blancos en la mejor armonía se sentaron á
regalarse con este repentino banquete de mariscos frescos y sabrosos. El
general de la flota, cuyo nombre, repetimos, nos ha sido imposible
indagar, desconfiando sin embargo, reunió al disimulo á los hombres más
animosos, les dió las armas que se habían salvado, que consistían en dos
ballestas y algunos estoques y espadas, y esperó el resultado. Cuando
los náufragos estaban más confiados y saboreaban los pescados que les
parecían deliciosos, los indios se levantaron repentinamente, lanzaron
un alarido terrible y dispararon sus flechas contra aquella reunión de
mujeres y de niños inermes. El general, á la cabeza de los españoles
armados, arremetió briosamente contra los indios, hiriéndolos con las
espadas y ballestas, y hasta las mujeres, armadas de palos y de lo que
encontraban, cooperaron á la defensa. Después de cerca de una hora de
combate en el que todo fué gritos y confusión, los salvajes huyeron y se
internaron en las selvas, dejando maltratadas á varias personas, y
cargando ellos con sus heridos y muertos.
Este incidente arrojó la consternación en el campamento, y todos
comenzaron á pensar y á discutir seriamente en el partido que deberían
tomar, y resolvieron, pues, ponerse en camino y seguir la costa hasta
Pánuco, (Tampico), que creían firmemente que estaría á tres días de
camino, y hoy se puede juzgar bien, conocida la distancia que hay desde
la Florida hasta nuestra costa de Tamaulipas, de su grave error
geográfico. El pánico se había apoderado de la colonia. Cada ruido en el
bosque, cada silbido del viento, cada ola que se estrellaba en la playa,
les parecía el alarido fatal de los bárbaros, y lo que querían era huir
á toda costa de aquel sitio donde tenían por segura una desastrosa
muerte. Al amanecer del día siguiente, la desatentada gente, sin
precauciones ningunas, sin tomar una parte de los víveres que todavía
existían, sin recoger la madera que habían arrojado las aguas, echaron á
huir, medio desnudos y descalzos, cargando unos sus niños pequeños, y
otros llevándolos á pie, sin que de nada valieran las órdenes del
general ni los ruegos y exhortaciones de los religiosos domínicos. El
maestro Agustín Dávila Padilla dice: «Todos iban á pie, los más
descalzos, muchos casi desnudos, y algunos del todo. Las mujeres y niños
sentían más el camino y la ocasión les obligaba á que alargasen todos el
paso. Sentíanse la hambre y el cansancio, afligía el calor de la arena,
y _había fuego en la cabeza y fuego en los pies_. Lloraban los niños,
enternecíanse sus madres y todos marchaban con grandes lástimas,
procurando remediarlas descubriendo tierra de cristianos y dándose prisa
para descubrirla.»
Cinco ó seis días caminaron así, y poco hay de pronto que añadir á la
patética narración que hemos copiado y que hace de este suceso el
apostólico varón, autor de la _Historia de la Provincia de Santiago de
México_. Los indios, que estaban ya cerciorados que la gente blanca no
tenía armas de fuego, salieron de las selvas y comenzaron á perseguir á
los desventurados tirándoles de flechazos é incomodándolos de cuantas
maneras podían. El general de la aniquilada flota, que conservaba
todavía algún imperio sobre su gente, ordenó la marcha. Los religiosos
domínicos tomaron la delantera y exploraban el camino, recogiendo
algunos mariscos, yerbas y cuanto creían que podía servir de alimento.
Buscaban también los depósitos de agua dulce; cavaban pozos en la arena
y disponían para la noche el campamento en el lugar más cómodo.
Trabajaban todo el día, alentaban á los cansados, consolaban á las
desgraciadas mujeres, cargaban en brazos á los niños largos trechos,
ponían troncos de árboles para pasar los bayucos y riachuelos; en una
palabra, eran los ángeles protectores de aquella mísera gente
abandonada en los infinitos desiertos de la América del Norte. Fray
Marcos de Mena, más joven, más fuerte, más activo que los otros
religiosos, fué investido de autoridad por todos los peregrinos, de
manera que después del general era el único á quien obedecían y
respetaban. En el centro se colocaron á las mujeres, niños y ancianos, y
la retaguardia la cubría el general, llevando los hombres más fuertes
las ballestas y las armas. Los negros é indígenas mexicanos que formaban
parte de la expedición, armados de una especie de mazas formadas con
troncos de árbol, servían como de exploradores ágiles para correr, para
nadar y para reconocer las astucias de los enemigos, prestaban á todos
servicios de mucha consideración. Era necesario sostener en el día un
continuo combate con los salvajes, y en la noche se hacía necesario que
la mayor parte de los hombres de armas permaneciesen en vela para no ser
sorprendidos. Cualquiera, con solo la lectura de estos renglones, en que
se refiere simplemente esta desastrosa peregrinación, puede figurarse el
terror y los sufrimientos de aquellas gentes en las noches lóbregas,
tempestuosas, rendidos de la fatiga, temblando con el frío y la humedad,
heridos algunos de las flechas, y rabiosos todos de hambre, y sobre todo
de sed, pues las más veces tenían que contentarse con las aguas salobres
que encontraban.
Así, en medio de estas penas infinitas, llegaron á las orillas de un
caudaloso y turbio río, que arrastrando sus pesadas aguas por entre
remolinos y orillas bajas y tristes, parecía impedirles la marcha de una
manera definitiva. Llamaron á este río «Bravo», y seguramente no puede
ser otro más que el Mississippí; y la creencia de que una vez pasado ese
río encontrarían á poca distancia el Pánuco, les dió nuevo vigor y
esperanza. Acamparon en las orillas, saciaron su sed con aquella agua
dulce y saludable, bien que algunos, según el maestro Dávila, murieron
de tanto beber; se bañaron y curaron las heridas, y con un vigor
extraño, alentados por el general, y sobre todo por Fray Marcos de Mena,
comenzaron la construcción de una gran balsa, aprovechando algunas
hachas, instrumentos y cuerdas que había recogido el marino más cuerdo y
más previsivo que los demás. Cerca de dos semanas emplearon en cortar
los árboles, en labrarlos, en formar, en fin, un par de balsas sólidas
en que atravesar el río, y durante ese tiempo vivieron escasamente
poniendo trampas á las aves y recogiendo algunos mariscos y dividiéndose
económicamente estos recursos. Los indios hacía algunos días que habían
desaparecido, y los peregrinos concibieron la idea de que hallándose ya
muy cerca de Pánuco, habrían prescindido sus enemigos de la idea de
molestarlos. Con esta lisonjera esperanza pasaron el gran río; pero les
aconteció la irreparable desgracia de que un clérigo que iba en la
balsa, por echar al agua una ropa sucia y vieja que no le servía,
arrojase el paquete donde estaban las ballestas, quedando así reducidos
á unas cuantas hojas de espadas despuntadas y melladas por los
diferentes servicios que habían hecho.
Al día siguiente de haber pasado el río, y continuando siempre la
dirección de la costa, observaron que más de cien indios les seguían á
distancia, y era que mientras ellos habían pasado en las balsas, los
salvajes lo habían hecho en sus canoas.
Durante dos días los enemigos se mantuvieron á cierta distancia, pero
cuando se cercioraron que los españoles no tenían las ballestas, se
acercaron y dispararon sus flechas durante más de una hora sin
interrupción. Varias mujeres y niños fueron heridos, y tres españoles
que quisieron con tan escasas armas detener la furia de los indios,
cayeron heridos en su poder. Apenas se apoderaron de ellos cuando
lanzaron un grito de feroz alegría, y llevándolos á una mota de arbustos
que cerca había, los ataron con correas de piel que desenredaron de su
cintura, y comenzaron á martirizarlos. Era ya muy entrada la tarde, y la
noche vino pronto. Encendieron los indios lumbradas alderredor de las
víctimas, y se pusieron á bailar haciendo gestos y contorsiones
diabólicas. Fatigados del baile, los más jóvenes lanzaban sus flechas,
sirviéndoles de blanco los ojos y la boca de los españoles. Volvían á
cabo de un rato á comenzar su baile infernal y á atizar las hogueras, y
terminado el baile, intentaban cortar la lengua ó los brazos de sus
prisioneros con toscos cuchillos de pedernal, cicatrizando la sangre y
las heridas con tizones ardiendo. Esto pasaba á la vista de los
peregrinos que, presa del terror, no se atrevían ni á moverse ni á
proferir una palabra.
Doña Catalina, á quien por contar estas raras aventuras hemos olvidado,
durante todo el viaje hasta el paso del gran río, había conservado su
energía y su orgullo. Habiendo salvado alguna parte de su rico equipaje,
aparecía vestida siempre de seda y bien que los vestidos estuviesen
mojados y maltratados, les daba cierto aire de elegancia, de manera que
muchos de los que podían conservar un resto de buen humor, la llamaban
la reina, mientras otros que la consideraban siempre como la causa de
todas las desgracias, le rehusaban todo género de auxilios y hasta el
escaso alimento que se repartía. Doña Catalina sufría con un valor
verdaderamente heróico el cansancio, la lluvia, el frío, y en cuanto á
los alimentos, quizá era la que mejor lo había pasado. El cofrecillo de
sándalo que llevaba siempre la doncella, había sido su tabla de
salvación, pues encerraba sus alhajas. Un día dió un diamante del tamaño
de un garbanzo por dos cangrejos, otro un hermoso rubí por un pescado y
un puñado de yerbas, otro una esmeralda por unos cuantos camarones, otro
una hermosa sarta de perlas por una poca de agua salobre. Entre los
peregrinos, como debe suponerse, había personas que procuraban, á cambio
de las piedras preciosas, servir á Doña Catalina al pensamiento,
esperando siempre llegar con vida y con valiosas joyas al suspirado
Pánuco. Cuando Doña Catalina abriendo sus grandes ojos que parecía
penetraban con su luz los lejanos bosques, observó los crueles tormentos
de los españoles, la abandonó su energía y su resolución, y anegada en
lágrimas cayó á los pies de Fray Marcos, le confesó todos sus pecados é
hizo voto solemne, de si escapaba con vida, dar todos sus bienes á los
pobres, tomar el hábito de religiosa, y dedicar el resto de sus días á
la penitencia y á la oración.
--«Dios dispone todas las cosas y es dueño de nuestra vida, le dijo con
una voz suave Fray Marcos dándole la bendición. Si está determinado que
suframos el mismo martirio que nuestros compañeros, sufrámosle con
resignación, ofrezcamos al Señor nuestras almas, y se abrirán para
nosotros las puertas del cielo.»
Otras muchas personas imitaron el ejemplo de Doña Catalina, y aquellos
buenos religiosos, sin tener en cuenta sus fatigas y sus propias penas,
estuvieron oyendo la confesión, absolviendo y animando aquellas
desconsoladas criaturas, mientras los prisioneros, atados en los
matorrales, morían en medio de los más crueles dolores; y los indios
bailaron y bailaron hasta que las hogueras se apagaron y la luz del
nuevo día vino á alumbrar este cuadro de horror y de desolación.
_Manuel Payno._
FRAY MARCOS DE MENA
TERCERA PARTE
Los salvajes, arrojando gritos y soltando diabólicas carcajadas, se
internaron en la selva; pero desde aquel momento el ánimo de los
peregrinos quedó de tal suerte abatido que no tenían aliento ni para
proporcionarse el preciso sustento. Las madres estrechaban contra su
seno á sus hijos, y muchas de estas criaturas, heridas, sedientas, presa
de la fiebre, arrojaban lastimosos quejidos. Tuvieron todos que
continuar su marcha porque no había otro remedio, y un resto de ilusión
y de esperanza les hacía ver, como si fuera la gloria celestial, la
suspirada ranchería de Pánuco. Los salvajes volvieron á aparecer á los
dos días con unas fisonomías risueñas y placenteras. Se apoderaron de
dos hombres que por la fatiga se habían quedado atrás, y en vez de
atarlos y conducirlos al martirio, los comenzaron á desnudar, y así que
los dejaron como Adán, los despidieron, sin hacerles otro daño. Fué una
luz, una inspiración para los desdichados. Ofrecer las ropas en cambio
de la vida, no era nada.
Los indios se acercaron de nuevo y los peregrinos, les hicieron señas de
si querían la ropa, á lo que también por señas contestaron
afirmativamente, y entonces entraron al campamento. Dieron de pronto con
un tartamudo vizcayno, el cual con visible repugnancia se quitó los
pantalones: pero no fué posible que de grado les entregara una _jaqueta_
encarnada que tenía. Los salvajes se pusieron furiosos, le dispararon
muchos flechazos y le dejaron hecho pedazos muerto en el suelo, haciendo
trizas la _jaqueta_ y repartiéndose los fragmentos. Con este ejemplo por
una parte, y amagados por los salvajes que tendían su arco, hombres,
mujeres, niños, hasta los religiosos tuvieron que desnudarse, no
permitiendo sus enemigos que conservasen ni siquiera un harapo ni un
pañuelo con que cubrirse.
«Qué lástima tan extraña, dice el maestro Dávila Padilla, sería ver
aquella pobre gente perseguida, hambrienta, desnuda, avergonzada, herida
y con tanto tropel de males, que apenas hay oídos cristianos para
poderlos oír sin mucho sentimiento. Algunas mujeres se caían muertas, y
aunque había otras causas para esto, debió de ser mucha parte la
vergüenza de verse tan faltas del honesto abrigo que con tanta fuerza
les enseña la naturaleza.»
Los indios rieron, burlaron y festejaron la invención así que vieron
completamente desnudos á todos los peregrinos, y comenzaron á vestirse
con los trajes españoles. Doña Catalina tuvo que entregar sus vestidos
de seda á una india que á su vez se desnudó y se engalanó de una manera
ridícula con el traje de la rica dama. La doncella tuvo igual suerte,
pero pudo ocultar entre la arena el cofrecillo de sándalo, y las alhajas
que encerraba les sirvieron para vivir algunos días más.
Los indios, de pronto, se retiraron no sin disparar algunas saetas, y
los náufragos tuvieron que continuar su doloroso camino en demanda de
Pánuco, que parecía que siempre se les alejaba y estaba en la extremidad
de la tierra.
Parece que desde que salieron de la Florida los náufragos, hasta el
punto en que aconteció la cruel aventura que acabamos de referir, habían
pasado quizá sesenta días. La crónica no puntualiza la manera como
pasaron los ríos de Tejas y el que se llama hoy Bravo del Norte, y
señala una jornada fatal en el río de las Palmas, refiriéndola, á poco
más ó menos, de esta manera: La infortunada gente atravesó un país
enteramente desprovisto de agua potable, y la sed era ya tan grande que
apenas alguno solía divisar un escaso manantial en una peña, cuando
corría como un furioso, devorando la poca agua con todo y el lodo, las
arenas y las piedrezuelas. Su esperanza para no morir de la muerte más
espantosa, era la lluvia; pero ó no caía del cielo, ó cuando caía les
era imposible recogerla, y veían con espanto que las arenas ardientes
sorbían las gotas que á ellos darían la vida. Así pudieron llegar al río
de las Palmas los más fuertes y animosos, pues los débiles y enfermizos
habían quedado regados en el camino muertos los unos de hambre y de sed,
y los otros de las heridas y de las llagas que los piquetes de los
insectos y el sol habían hecho en sus cuerpos; pues es menester no
olvidar que esta última parte de la peregrinación la hicieron
completamente desnudos. Cuando vieron un ancho, dulce y cristalino río,
se arrojaron voraces á beber sus frías aguas, y fatigados y sudorosos
encontraron la muerte donde creyeron hallar la vida. A esto se agregó
otro y más terrible ataque de los indios, que no se sabe si eran los
mismos que los habían perseguido desde la Florida, ú otros, pues toda
esa costa estaba llena de tribus cazadoras y feroces que los españoles
nunca pudieron ni conquistar ni reducir á la vida civilizada. La
descarga de flechas y de golpes fué tal, y la debilidad de las mujeres
tan extremada, que á orillas de este río perecieron todas ellas, y hubo
casos en que los niños quedaron abandonados, llorando junto al cadáver
sangriento de sus madres, y después murieron probablemente matados por
los indios, ó de hambre y de desamparo. Difícilmente en naufragio alguno
se puede contar una serie de aventuras tan horrorosas. Además de las
mujeres, pasaron de cincuenta hombres los que también murieron, y los
pocos que quedaron, ya sin ser posible el orden ni servir de nada los
mútuos auxilios, desesperados y frenéticos se desperdigaron por los
bosques, tratando de salvar su vida ó de acabar con ella prontamente.
No pudiéndonos ocupar, por falta de pormenores, de todas las personas y
sufrimientos individuales, no omitiremos decir lo que alcancemos de los
personajes que más han figurado en esta narración.
Los cinco religiosos que hemos dicho se embarcaron en la flota, iban á
España á asuntos que podemos llamar espirituales, es decir, á agenciar
las facultades y los medios de convertir á los infieles y de
civilizarlos. La Providencia quiso poner á prueba su fortaleza, y
sufrieron su destino y su suerte sin murmurar, y bendiciendo hasta la
última hora la mano de Dios.
Fray Diego de la Cruz era español, y Fray Hernando Méndez era mexicano,
joven robusto, buen estudiante y dotado de las sencillas y admirables
virtudes que inspira el cristianismo. Cuando los salvajes atacaron á
los peregrinos en las orillas del río de las Palmas, los dos religiosos
quisieron defender á las mujeres y especialmente salvar, al menos del
martirio, á los niños; así, con un valor que no lo da más que la
verdadera virtud, se arrojaron á contener y á exhortar á los bárbaros;
pero todo fué inútil, porque aquellos hijos de las selvas no entendían
el idioma, y por otra parte parece que, trasmitida á su conocimiento la
conducta atroz de los conquistadores con la raza indígena, deseaban una
sangrienta y señalada venganza. Los religiosos fueron heridos
gravemente, y con las flechas encajadas en la carne y dejando un reguero
de sangre, se apartaron de aquel campo de desolación y pudieron llegar á
un lugar solitario donde morir.
--Hermano,--dijo Fray Hernando Méndez,--tenemos pocas horas de vida. Es
necesario resignarnos con la voluntad de Dios y confesar nuestros
pecados, y los mios son muy grandes, porque en esta triste jornada,
última de nuestra breve vida, he murmurado algunas veces de Dios y he
dudado de su clemencia y amparo.
--La vida, hermano,--contestó con una voz apagada Fray Diego--es un
valle de lágrimas. No hemos venido á ella para gozar, sino para sufrir,
y los dolores y los martirios que estamos pasando nos abrirán las
puertas del reino celestial, si en este trance bendecimos al Señor
nuestro Padre que está en los cielos y confiamos en su misericordia
infinita.
Los dos religiosos, medio recostados en el tronco añoso y arrugado de un
árbol corpulento, comenzaron á derramar lágrimas de arrepentimiento y á
sacarse las jaras y los pedernales que tenían en las llagas dolorosas de
su cuerpo.
Después tuvieron fuerza para arrodillarse, escuchar mútuamente su
confesión y abrirse con el perdón las puertas del cielo.
--Hermano,--dijo Fray Hernando Méndez,--mientras que nuestras fuerzas lo
permitan, cavaremos nuestras sepulturas y las bendeciremos. La tierra
consagrada con nuestra sangre recibirá nuestros cuerpos, y Dios nuestras
almas.
Los dos religiosos, en silencio y con unos palos de árbol que
encontraron en la selva, hicieron un esfuerzo supremo y comenzaron á
cavar sus sepulturas.
El día estaba espléndido, las aves cantaban, saltaban en las ramas, y
algunas veces, curiosas y alarmadas, revolaban alderredor de aquellos
dos sangrientos y mudos esqueletos que continuaban con trabajo y
silencio cavando sus sepulcros.
Las fuerzas de Fray Diego de la Cruz no le permitieron concluir la
última tarea de su vida, y cayó en la tierra moribundo. Fray Hernando
Méndez, más joven y más fuerte, acudió, tomó á su hermano en brazos, le
rezó las últimas oraciones, le cerró los ojos, le bendijo, le depositó
suave y tiernamente como si fuese un niño dormido en la sepultura que ya
él había acabado de cavar, le cubrió de arena, cortó algunas flores
silvestres y las arrojó sobre la tumba de este santo, y volvió al nudoso
tronco, ya sin fuerzas, á esperar su última hora. Repentinamente
apareció en aquella soledad el semblante de un amigo; era Francisco
Vázquez, natural de Villanueva en España, hombre rico y considerado en
México, y amigo íntimo de los religiosos, y que, como ellos, había
participado de los desastres de la expedición. El religioso recibió esta
visita, como si hubiese bajado un ángel del cielo. Vázquez extrajo con
cuidado las astillas y los pedernales de sus heridas, le lavó la sangre
coagulada y le curó con yerbas medicinales que él conocía, llevándosele
á otro lugar que le pareció mejor. Anduvieron los dos algunos días, dice
el maestro Dávila, sustentándose de raíces y de hojas de árboles, hasta
que poco después la fuerza de las llagas acabó la vida del religioso, y
el seglar le enterró como pudo.