de sus improvisadas habitaciones, y otros también ocupaban en la ciudad
su tiempo en los negocios; pero cuando caía el sol, cuando las ondas
mansas comenzaban con un monótono ruido á lamer aquellas arenas de
fuego, y cuando la brisa arrojaba por intervalos esas ráfagas perfumadas
y consoladoras que dan la vida en las regiones tropicales, todo
comenzaba á animarse y á tomar un aspecto de alegría y de movimiento.
Las luces se encendían en todas las barracas, y comenzaba la música, el
baile, el juego y la conversación, y los ruidos misteriosos de la
naturaleza formaban un extraño acompañamiento al bullicio y al ruido de
los hombres. Las noches se pasaban así, hasta que la flota aparejada
anunció que sólo esperaba un buen viento para darse á la mar. No hemos
podido averiguar en la historia quién era el general de ella. En algún
autor hemos leído el nombre de _Corso_; pero poco interés tiene esta
indagación histórica para lo demás de nuestra narración.
Después de esperar varios días, amaneció uno hermoso y despejado; á poco
sopló un viento favorable. Las anclas se comenzaron á levantar, las
velas blancas se hinchaban, y aquella multitud de barcos que habían
estado sombríos y tristes, balanceándose junto á Ulúa con el impulso de
la marea, parecía que repentinamente se trasformaban en una alegre y
blanca parvada de aves marinas.
La agitación en el puerto fué sobre toda ponderación. Más de mil
personas de todos sexos y edades, que hacían viaje, ocurrieron al muelle
con el resto de sus equipajes, y casi exponiéndose á caer en el agua
saltaban en los botes, pateando y echando ternos cuando no lo podían
hacer, y creían, porque tal era su ansia, que si perdían un minuto
podían quedarse en tierra. Los deudos y amigos ocurrieron á despedirse á
los embarcaderos, y no faltaron, como es de suponerse, lágrimas, y
caricias, y abrazos, promesas y bendiciones, porque mil gentes que se
van, siempre dejan en tierra lo menos otras tantas que las amen y se
interesen por su suerte.
Entre las personas que había en la playa, casi todas fijaron su atención
en una dama. Se presentó al embarcadero vestida lujosamente de seda,
como si fuese á asistir á un baile, la garganta y los dedos de sus manos
llenos de diamantes y piedras exquisitas de colores. Era alta, morena,
de cabeza orgullosa y levantada. Su labio superior, un poco grueso y
desdeñoso, estaba sombreado con un ligero bozo, y sus grandes ojos
negros parecía que mandaban y exigían la sumisión y el respeto. Esta
dama iba seguida de una doncella indígena y de cuatro negros. Llegó
separando imperiosamente con la mano á los que le estorbaban el paso, á
una lancha grande que sin duda estaba preparada para ella, y los
marineros, que también eran negros, en cuanto la vieron se pusieron en
pie y saludaron, saltando algunos á tierra para despejar el campo y
ayudarla á embarcar. La doncella entró primero, teniendo en la mano un
pequeño cofrecillo de sándalo, en seguida la dama dió resueltamente un
paso, á pesar de los balanceos de la lancha, y saltó con firmeza á uno
de los bancos, quedando en pie un momento, paseando su mirada por toda
aquella multitud que cubría la playa y que también se fijaba en ella por
su agilidad, por su hermosura y por la riqueza de sus joyas. Cuando los
bogas se acomodaron y desviaron la lancha del muelle, la dama se sentó
en la popa, y tomando el timón dijo en voz alta: «A la nao de Farfán.»
La materia de la conversación recayó, por el momento, sobre las maneras
y la hermosura de la dama. Unos creían conocerla, otros equivocaban su
nombre, otros manifestaban que la amistad y ciertas consideraciones los
obligaban á guardar silencio. Sin saberse el origen y el motivo, se
esparció la voz de que aquella mujer, tan arrogante y tan resuelta,
podía ser muy bien el diablo disfrazado, y causarles algún mal en el
viaje. Muchos rieron; pero otros llevaron á bordo de las naves esa idea
supersticiosa y la comunicaron á los demás pasajeros.
El toque solemne de una campana en la plaza y un cañonazo que disparó la
Capitana anunciaron que la flota partía, y en efecto, poco á poco y una
tras otra fueron saliendo las naves del canal, tomando el largo y
alejándose, hasta que al caer la tarde se perdieron entre las brumas
rojizas del crepúsculo.
En la noche, el campamento alegre de la víspera estuvo silencioso y
oscuro. Los vecinos y comerciantes de Veracruz, fatigados y tristes, se
recogieron más temprano, y al día siguiente multitud de viajeros que
regresaban á México cubrían los caminos. En esa flota iban cuantiosos
tesoros de oro, plata y perlas, y quizá en ninguna otra se embarcó tal
número de gente de caudal y de una posición notable. Entre los pasajeros
iban cinco religiosos, que eran Fr. Hernando Méndez, Fr. Diego de la
Cruz, Fr. Juan de Mena, Fr. Juan Ferrer y Fr. Marcos de Mena, todos del
convento de Santo Domingo de México.
Mientras que navegan los bajeles rumbo á la Habana, tenemos que decir
dos palabras de la dama en quien también habremos probablemente fijado
nuestra atención.
* * * * *
La dama altiva, linda y orgullosa que hemos visto embarcarse en
Veracruz, se llamaba Doña Catalina. Hemos en vano procurado hallar su
apellido y su patria en las narraciones antiguas. Parece que era natural
de la misma ciudad de México, y producto de uno de los matrimonios de
los conquistadores con las hermosas indias nobles, y esto no se podía
dudar al fijarse en el color de su tez, en sus ojos rasgados y negros, y
sus manos y pies de una pequeñez exagerada. Esta joven casó, no sabemos
en qué época, con Juan Ponce de León, español de bastantes relaciones é
influjo en la ciudad, y rico con los productos de una encomienda en
Tecama.
En la apariencia los esposos vivían en paz y felices, en una de las
casas principales; se les servía por negros y negras, en vajillas de
plata; tenían la mejor colección de muebles de Flandes y unas grandes
pantallas de Venecia; cataban buenos vinos, asistían á todas las
festividades y ceremonias, y su casa era visitada por los caballeros más
principales de México. Entre las visitas más constantes y más íntimas se
contaba la de Don Bernardino Bocanegra, caballero noble, rico y
principal, medio calavera y guapo, que portaba siempre, como la mayor
parte de los hijos de los conquistadores, filoso estoque y luenga daga.
Este personaje, inquieto y atrevido por carácter, fué muy amigo del
Marqués del Valle y tomó una parte activa en todos los lances y
conjuraciones de que hemos dado una idea en los artículos anteriores.
Malas lenguas decían que las visitas de Bocanegra á la casa del
Encomendero de Tecama no eran muy inocentes; y además, los hijos que
Ponce había tenido antes en otra mujer, según se infiere de las
leyendas, no veían de buen ojo á Doña Catalina. Sea de esto lo que
fuere, el caso es que así vivía esta familia, y que tal vez durante los
años de 1550 á 1553 ningún incidente notable pasó, y cada quien se quedó
con sus conjeturas y sospechas.
Una noche que ni Ponce de León estaba en su casa, ni Bocanegra ni
ninguna otra visita había llegado, Doña Catalina llamó á un negro
esclavo que tenía, de bastante viveza, y digamos malicia. Se llamaba
Francisco, nombre común que se ponía á los Africanos en México, y era de
toda su confianza.
--Te voy á hacer un encargo,--le dijo;--y á ningún otro lo haría más que
á tí, porque sé cuánto me quieres.
--Yo querer mucho mi ama,--contestó el negro;--mi ama mandar y Francisco
dar vida y todo por ella.
--Quizá no se necesita de tanto, pero sí de que, suceda lo que suceda, y
aunque llegue el caso de que te pongan en la cárcel y te den tormento,
no digas ni una sola palabra.
El negro, al oír la palabra tormento que tenía llenos de terror á los
habitantes, se quedó callado.
--Toma, le dijo Doña Catalina dándole un puño de monedas de plata;
quería únicamente probar si de verdad me querías; pero para nada te
necesito, y puedes retirarte.
Doña Catalina volvió la cara con muestras de enojo, y el negro,
conmovido y guardando al mismo tiempo su dinero, se arrodilló ante su
ama.
--Francisco querer mucho. Francisco dejar matar. Francisco no decir
nada. Mi ama mandar, y Francisco hacer todo.
--Levántate y no hay que asustarse, pues se trata de una verdadera
bobada. Cuando D. Bernardino Bocanegra esté de visita, tu estarás pegado
á la puerta del zaguán, no dejarás entrar á nadie si yo no te lo mando,
y cuando yo te lo diga, abrirás prontamente y dejarás salir á Bocanegra.
¿Has entendido?
--Mi ama mandar, yo hacer todo; mi ama confiar en Francisco.
--Si por algún motivo te preguntaren en alguna ocasión algo de esto,
nada dirás, y cuenta con que te daré tu libertad y todo el dinero que
quieras; pero ten entendido que ni aun en el tormento deberás de
confesar nada. El negro prometió de nuevo á su ama que haría cuanto le
tenía mandado, y se retiró siempre un poco triste, pensando en el
tormento; pero no alcanzando cómo pudieran en ningún caso ponerle en la
cárcel y darle tormento por sólo abrir y cerrar la puerta de la casa de
su ama.
Pasaron dos y tres semanas y Francisco cumplía con una minuciosa
exactitud las órdenes de Doña Catalina. Si alguno tocaba la puerta,
Francisco inmediatamente decía:
--Mi amo y mi ama dormir y yo no abrir.
Apenas Doña Catalina le hablaba, cuando Francisco, listo, abría la
puerta á D. Bernardino Bocanegra, y lo único que le llamaba la atención
y le recordaba el tormento, era que su amo D. Juan Ponce de León entraba
á su casa apenas daban en las iglesias el toque de ánimas, mientras que
D. Bernardino Bocanegra salía á las dos ó las tres y á veces á las
cuatro de la mañana. Francisco hacía mil cuentas y cálculos en su
cabeza, y al último se tranquilizaba diciendo:
«Dormir dos--pues dormir ó platicar tres.»
Una noche, poco después de las doce, Doña Catalina salió al corredor y
gritó á Francisco con una voz visiblemente temblorosa y cortada:
Francisco, abre con cuidado y sin ruido, y registra si alguien pasa por
la calle. Francisco, que ya otras noches había recibido igual orden,
abrió el postigo suavemente, asomó su negra cabeza en una todavía más
negra noche, examinó por todas partes y luego se retiró y volvió á
cerrar, diciendo:
--Calle sola y negra.
--Abre, pues, á Don Bernardino.
Francisco abrió y Don Bernardino salió embozado hasta los ojos y
vacilando como si hubiese bebido vino.
--Don Bernardino emborrachar,--dijo el negro; pero sintiendo alguna cosa
húmeda en su mano que se tropezó al abrir con la de Bocanegra, se acercó
á un farolillo que ardía en el descanso de la escalera, delante de la
imagen de una Virgen, y notó que era sangre.
--Dar tormento á Francisco,--dijo espantado el negro. De tres, morir
uno. Ama no, Don Bernardino no. Amo Ponce sí--y sin poder articular una
palabra se sentó para no caer, en un escalón de la escalera.
La casa, excepto esa luz vacilante del farol, estaba lóbrega y oscura.
Los demás criados relegados y encerrados en el extremo opuesto, como de
costumbre, dormían profundamente. Francisco tuvo miedo, y tan pronto
pensó gritar, como salirse y dejar abandonada la casa; pero sus ideas
tuvieron que cambiar repentinamente. Doña Catalina, medio vestida, medio
desnuda, con su gran cabellera suelta y tendida como un manto de
terciopelo negro en las espaldas, con sus grandes ojos amenazantes, se
presentó ante Francisco con un largo estoque en la mano.
--Mira, esclavo de Lucifer,--le dijo blandiendo el estoque--si gritas ó
si no haces ciegamente lo que te mande, te hago pedazos el corazón; por
el contrario, si me obedeces, te daré dinero, mucho dinero.
Francisco quiso arrodillarse y no pudo, quiso hablar y la palabra se le
anudó en la garganta. Doña Catalina, que observó á la escasa luz del
farol que Francisco estaba anonadado, varió de tono.
--No hay que asustarse, levántate; ten calma y óyeme lo que te voy á
decir.
Francisco, más tranquilo, pudo incorporarse y escuchó.
--El amo está muerto. Es menester decir que los ladrones le han matado y
que á tí te han herido.
--No herir á mí.
--Sí; lo verás,--dijo Doña Catalina, y le rajó con el estoque una
mejilla. El negro dió un grito y llevó la mano á la cara.
--No es nada, y calla. Te he cortado apenas lo bastante para que te
salga sangre. Después te curaré y te daré dinero; pero por ahora aquí te
has de quedar tirado y te has de fingir desmayado.
La cortada no era grave ni profunda; pero el negro no tuvo necesidad de
fingir, sino que con el susto y la pérdida de la sangre se desmayó
efectivamente.
--Bien, dijo Doña Catalina mirando al negro y tirando en un escalón la
arma, que era un estoque común y ordinario, sin marca alguna. Ahora lo
demás; y esto diciendo, se dirigió á la puerta, la abrió un poco y se
asomó á las espesas tinieblas de la noche, comenzando á dar gritos y á
pedir el favor de la justicia.
En esos años había materialmente una plaga de ladrones tal, que no se
podía, á las ocho de la noche, andar en la población sino provisto de
hachas de brea y seguido de media docena de criados armados.
Los alguaciles recorrían las calles y la justicia vigilaba; así es que
antes de media hora los gritos de Doña Catalina habían sido escuchados,
y un puñado de alguaciles precedidos de un alcalde llegaban á la puerta.
--Mi marido asesinado y mi esclavo también, mis alhajas robadas, ¡favor,
favor, señores!--gritó Doña Catalina; y como hemos dicho que su traje
era muy parecido al de nuestra primera madre, los alguaciles se
apresuraron á favorecerla y á creer cuanto les dijese. Entraron á la
casa y encontraron en el descanso tirado á Francisco en un charco de
sangre. Subieron y notaron los trastos, las ropas, todo en desorden y
con señales visibles de haber sido manejado y revuelto. Penetraron á la
recámara y encontraron en la cama á Juan Ponce de León cosido á
puñaladas y nadando en su sangre. Una espada y un estoque tirados en el
suelo, demostraban que Ponce había tratado de defenderse.
Doña Catalina les contó lo que le pareció conveniente, lleváronse el
cadáver de Ponce, y lo mismo hubieran hecho con el del negro, pero
habiendo observado que se movía y que su herida no era grave, le dejaron
de pronto al cargo y responsabilidad de Doña Catalina, que como dama
hermosa y principal, fué tratada con las mayores consideraciones.
Lo que pasó efectivamente lo supieron Bocanegra, Doña Catalina y Dios.
¿Riñeron Ponce y Bocanegra, ó entre el amante y la dama mataron al
marido? Eso fué lo que nunca se quiso ni se pudo averiguar.
Como Ponce era rico y muy relacionado, el suceso causó grande impresión
en la ciudad, Doña Catalina vistió de luto á todos los criados, y ella
se encerró sin dejarse ver de nadie. Francisco, restablecido de su
cortada, quedó en la casa por súplicas de Doña Catalina, obligado sólo á
presentarse á la justicia cuando fuese llamado. Se comenzaron á hacer
pesquisas, y durante muchas semanas todo fué inútil.
Ocurrióle al Alcalde que dió auxilio á Doña Catalina, preguntar por
Bocanegra, y resultó de las indagaciones, que desde la noche del suceso
no se le había vuelto á ver en la calle. Dióse orden de prenderle, y no
se le encontró ni en su casa ni en ninguna parte. Entonces se mandó por
el negro Francisco, se le puso en la cárcel, y no queriendo confesar
nada se le dió tormento, y durante él confesó lo que había pasado con
relación á la puerta, pero nada más. La justicia comenzó á obrar con
actividad; pero como entonces y ahora las leyes no se aplican á los
poderosos, Doña Catalina, á fuerza de dinero, consiguió que terminara la
causa, sentenciándola á destierro de las Indias, y á entregar diez mil
pesos á cada uno de los hijos de Ponce, que la historia no dice cuántos
eran. Doña Catalina arregló sus negocios, levantó su casa, reunió sus
alhajas, que llevaba la doncella en el cofrecillo de sándalo. El esclavo
Francisco, con su señal en la cara y medio desquebrajado por el
tormento, pero libre, tuvo también que hacer el viaje. Tal era la dama
que con dirección á España se embarcó en la nao de Gonzalo de Farfán.
* * * * *
Seguramente el viaje de la flota fué en los terribles y peligrosos meses
de Septiembre ú Octubre. Al día siguiente se cubrió de nuevo el tiempo,
y así con una mar gruesa, con un cielo de plomo y bordeando con trabajo,
pues soplaba por lo común viento de proa, la escuadra llegó después de
catorce días á la Habana. Allí permaneció una semana, desembarcaron unos
pasajeros, se embarcaron otros, y á las grandes riquezas que llevaban
los barcos se añadieron algunos tesoros de los ricos especuladores que
poblaban entonces las islas.
Antes de salir la flota de la Habana, Farfán se entró al camarote de la
dama.
--Doña Catalina, le dijo, desde que salimos de Veracruz hemos traído un
tiempo de perros. Los marinos somos así, y yo declaro que no os llevaré
más á bordo. No me obliguéis á deciros los motivos. Vamos, es una idea.
Doña Catalina, colérica, insistía en quedarse en la nave; pero el marino
fué inflexible, y llegó á decirle que si al volver á la mar continuaba
el tiempo malo, si ella estaba á bordo la mandaría arrojar al agua. La
orgullosa mujer mandó á uno de sus negros á buscar pasaje, y en dos ó
tres embarcaciones le fué rehusado, hasta que á ruego de los cinco
padres domínicos fué admitida en el mismo barco en que ellos iban.
_Manuel Payno._
FRAY MARCOS DE MENA
SEGUNDA PARTE
Salió por fin la flota de la hermosa bahía de la Habana sin que el
tiempo mejorase; dió vuelta al peñasco que hoy se llama el Morro, y
hasta los cuatro días logró entrar en el canal de la Florida; tanto así
eran los vientos que la empujaban al Golfo de México, de donde trataba
de salir. El quinto día el cielo se puso más terrible y amenazador.
Gruesos, amoratados y espesos copos de nubes parece que salían de las
aguas y llenaban el horizonte de una siniestra oscuridad. El mar tenía,
al parecer, poco oleaje, pero hervía como si tuviese una caldera en el
fondo, y sin saberse por qué, los barcos se estremecían repentinamente,
como si pasase por su quilla el lomo de una ballena. Este es un fenómeno
quizá peculiar del Golfo y de todo el mar de las Antillas, de modo que
algunas veces se experimentan fuertes sacudimientos, á la vez que las
olas apenas se levantan media vara en la movible superficie. La
Capitana hizo sus señales, y todos los barcos, que eran quizá treinta y
que caminaban en conserva, comenzaron la maniobra; unos arriaron
completamente sus velas y quedaron cabeceando, arrastrados por las aguas
rápidas del _Gulf Stream_, otros se quedaron con la vela mayor, y otros
atrevidos largaron, como dicen los marinos, todos los trapos, y rápidos
como los alciones comenzaron á hundirse y á salir sucesivamente de los
abismos que ya con lo recio del viento comenzaban á formarse. El canal
de la Florida está lleno de cayos, de islotes, de arrecifes, de costas
bajas y engañosas, y el peligro era, que cerrando la noche y arrastrados
por las olas y el viento, viniesen los barcos á dar en algún escollo. La
noche llegó, no sólo oscura, sino llena de esas tinieblas flotantes que
tanto pavor causan en la mar, y que no se sabe si son los vapores que
salen del agua, ó los vapores que caen del cielo; el caso es que
materialmente se ve que el barco tiene que abrirse paso en esa profunda
ó interminable oscuridad que cada vez es más negra y más pavorosa. La
Capitana encendió un farol á popa y otro á proa, los demás barros sólo
encendieron uno á proa, y un cañonazo anunció que cada momento se
aproximaba más el peligro.
La noche borrascosa y amenazadora pasó, sin embargo, sin novedad, y los
pasajeros saludaron con una especie de frenesí los primeros rayos del
sol. Un momento el astro del día se abrió paso por entre las capas de
nubes é iluminó la superficie agitada del Océano, de ese Océano inmenso
que azota con sus olas las orillas frondosas y fértiles de la América y
las arenas abrasadoras de la costa de Africa. Todos los barcos habían
conservado hasta cierto grado una distancia conveniente y se podía con
el anteojo reconocer que la escuadra estaba completa. La mayor parte de
los capitanes, aunque el viento marcaba un cuarto al Nordeste, y era
fuerte, aprovecharon el sol y comenzaron á desplegar sus velas. Sólo la
nave de Farfán conservaba únicamente la vela de foque y capeaba el
viento. El día se pasó así, pero al ponerse el sol, unos reflejos entre
amarillos y sangrientos que se notaban en algunas partes del horizonte,
alarmaron á los capitanes y determinaron amainar las velas y esperar el
viento á palo seco. La nave de Farfán ganaba el largo, mientras el barco
en que iban los padres domínicos parecía visiblemente empujado á los
arrecifes. Otros barcos seguían sin poderlo evitar el mismo rumbo. Cosa
de las once de la noche, el viento se desencadenó y comenzó á soplar con
una furia nunca vista. Todos los barcos encendieron las luces, y los que
estaban armados comenzaron á poner señales y á tirar, conforme á las
ordenanzas de marina, cierto número de cañonazos, para advertir á los
demás el peligro.
No es fácil describir ni la confusión, ni las lágrimas, ni el espanto de
los que estaban á bordo de cada barco. Ya hemos dicho que había más de
mil personas distribuidas en buques que hoy llamaríamos miserables
barquichuelos, y entre ellas se encontraban muchas mujeres, niños,
esclavos, y también algunos indios que en calidad de sirvientes
acompañaban á sus amos á España. En la nave en que iban los religiosos
domínicos pasaba una escena todavía más terrible. Los pasajeros y
marineros, que tenían la idea fija en la cabeza de que Doña Catalina era
el diablo en persona, ó al menos la causa de la tormenta, bajaron al
camarote y encontraron á la dama presa del mareo y del terror de una
muerte próxima. Se apoderaron de ella y la subieron á cubierta,
resueltos á arrojarla al mar. La mujer, que al principio no sabía de qué
se trataba, se dejó conducir, pero advertida por el negro Francisco del
peligro que corría, y recobrando sus fuerzas y energía, derribó á los
que la conducían y corrió á buscar refugio cayendo á los pies y
abrazando las rodillas de Fr. Marcos de Mena, que sereno y resignado en
medio de la tempestad rezaba y encomendaba su vida y la de sus
compañeros al Señor que aplaca los mares y calla el ruido temible de los
vientos.
Fray Marcos acogió con bondad á Doña Catalina, con palabras suaves y
persuasivas calmó los temores y la cólera de los marinos, y les dijo que
todos estaban entregados á la voluntad divina, y que ningún influjo
maléfico ejercía Doña Catalina ni nadie en los vientos y en la mar. La
furia de la tempestad no dió por lo demás lugar á más conversación. Una
ola, estrellándose contra el costado del barco, azotó contra la cubierta
á Fray Marcos, á Doña Catalina y á cuantos estaban cerca, y destrozando
una parte de la obra muerta, se llevó cuantos trastos encontró. A esa
sucedió otra, y otra, y una lluvia como si se abriesen las cataratas del
cielo, hizo que todos los pasajeros bajasen á la estrecha cámara. Allí
los religiosos comenzaron á rezar, y todos cayeron de rodillas
implorando el perdón de sus pecados y la misericordia de Dios.
Las corrientes, el viento, el terror que se había apoderado de los
marinos después de tres días de un tiempo tan duro, hizo tal vez que
gobernaran mal; el caso fué que las naos cada vez se juntaban más, y se
podían oir los lamentos, los juramentos y los gritos que daban
mutuamente los pilotos para evitar el que los barcos se estrellasen los
unos contra los otros. Una nao venía derecha con una rapidez tal, que
parecía empujada por Satanás á estrellarse contra la de los domínicos,
pero en el tránsito se atravesó otra, arrojada por una ola, y las dos
se chocaron, se oyó un traquido, y antes de cinco minutos el Océano se
había tragado naves, palos, pasajeros, todo, como si la garganta oscura
de algún monstruo se hubiese abierto y vuelto á cerrar devorando la
presa. Los religiosos que habían subido un momento á cubierta, lanzaron
un grito de horror y comenzaron á absolver á los náufragos y á
encomendar sus almas á la clemencia de Dios.
El viento era cada vez más recio y las olas más altas y amenazadoras. La
escena que acabamos de referir se repitió, y se destrozaron mutuamente
las naves, otras se hicieron pedazos contra los arrecifes, y otras
fueron á embarrancar en medio de las tinieblas y de los horrores de esta
tremenda noche, á las costas de la Florida. La nave de Farfán, la de
Corso y otras cuatro ó cinco pudieron ganar la alta mar, maniobrando con
destreza y energía, y se salvaron.
* * * * *