--¿Tendremos miedo?--preguntó fieramente Alonso de Avila encarándose con

los convidados.

La palabra miedo pronunciada entre hidalgos españoles hizo cambiar la

escena. Todos llenaron sus vasos, bebieron y brindaron de la manera más

terrible. Realmente hacían bien; el único poder armado en México era el

Marqués. ¿Qué podían hacer tres viejos hurones metidos en sus casas y

retirados del centro de la ciudad?

El Deán Chico de Molina se levantó, y pidiendo la atención y el

silencio, tomó solemnemente la taza de oro y la puso en la cabeza del

Marqués, diciéndole: _¡Qué bien que le está á la cabeza de vuestra

Señoría!_

--Chanzas, chanzas todas, dijo el Marqués dirigiéndose de nuevo á su

compadre D. Luis de Castilla, y quitándose modestamente la taza de la

cabeza, la llenó de vino y bebió.

--A las chanzas pesadas, dijo D. Luis de Castilla, y bebió también.

El entusiasmo no tuvo límites, los brindis siguieron hasta la media

noche, pero al fin se levantaron los manteles, y los caballeros que

tenían sus escuderos y sus corceles en los patios, montaron á caballo y

formaron una rica y costosa _Encamisada_ recorriendo y alborotando la

ciudad con hachas encendidas y combatiendo y tirándose con _alcancías_,

que eran unas bolas de barro rellenas de harina ó ceniza.

De en medio de este torbellino de borrachos alegres y de atrevidos

conspiradores, se deslizaban de vez en cuando unas figuras negras y

misteriosas que desaparecían apenas alguno fijaba en ellas sus ojos. El

Marqués observó algo de esto una ocasión, y sintió, sin saber por qué,

un ligero calosfrío.

VI

LOS OIDORES

Terminadas las espléndidas fiestas del bautismo de los dos gemelos, la

ciudad volvió á su estado aparente de quietud y monotonía, el bosque

desapareció de la plaza, y la casa del Marqués era únicamente visitada

por sus hermanos y por uno que otro caballero de su intimidad. Los

conspiradores se reunían de noche en la casa de Alonso de Avila. Su

hermano Gil González apenas había tomado parte en todo esto, y

permanecía fuera de México la mayor parte del tiempo cuidando una

encomienda.

Los únicos que todo lo sabían, que todo lo observaban, eran los oidores,

que eran en ese tiempo el doctor Don Francisco de Ceynos, Don Pedro de

Villalobos y Don Jerónimo de Orozco. Reuniéronse un día en la Audiencia,

que era un departamento oscuro y sombrío del palacio, cuyas ventanas

daban á los sucios albañales que había, donde después se construyó el

mercado y la Universidad.

--Supongo que todo lo sabeis, dijo el doctor Ceynos arrugando las cejas,

despidiendo al alguacil que estaba en la puerta y cerrándola.

--Todos los fieles vasallos de S. M. hemos presenciado el escándalo de

los desleales y traidores que quieren alzarse con la tierra, dijo

Orozco; pero ¿cómo hacer, cuando ellos tienen las armas y la fuerza, y á

los encomenderos y á los mismos indios de su parte? Nosotros realmente

somos impotentes y estamos odiados.

--No hay más remedio que ahorcarlos á todos, interrumpió Villalobos.

--Es lo mismo que yo había pensado, y todavía más, lo he dispuesto así,

y salva la opinión de vuestras señorías, lo haré como lo digo, contestó

el doctor Ceynos. Desde que el reverendo Fr. Domingo de la Anunciación

me reveló la confesión de Fortún del Portillo, que era nada menos que el

encargado de asesinarnos, he seguido los pasos del Marqués y de los

Avilas, y hoy puedo decir todo lo que está preparado para el día de San

Hipólito mártir. Aquí tenemos también la denuncia de Velasco y de

Villanueva.

--Nosotros lo sabemos también todo, quizá lo hemos oído á esos

insolentes borrachos que se regalaban en casa del Marqués; pero

repetimos, ¿cómo hacerlo?

--Voy á decirlo; y si teneis valor, fe en la justicia y amor á nuestro

soberano, no se necesita más sino que juguemos la partida. Bien sé que

se corre riesgo, pero también es nuestra única salvación, porque de lo

contrario, un día ú otro seremos asesinados.

--Seguiremos la suerte de nuestro presidente, dijeron los dos oidores.

--Ha llegado un navío á Veracruz con pliegos de España.

--Lo sabemos.

--Pues no hay más camino sino llamar al Marqués hoy mismo á la

Audiencia, diciéndole que el Rey manda que ciertos pliegos se abran en

su presencia. Una vez que esté aquí, le prenderemos.

--Los dos oidores se levantaron de su silla, sorprendidos de tanta

audacia.

--Y le degollaremos en seguida, lo mismo que á todos los demás. Aquí

teneis la lista de los conjurados, todos deben reducirse á prisión en un

mismo día y á una misma hora; de lo contrario somos perdidos: uno solo

que quede, alborotará la ciudad, sacará la artillería de la casa del

Marqués, y sus criados bastarán para arrollarnos.

--¿Teneis gente dispuesta?--preguntó Villalobos.

--Poca, pero decidida y bien pagada, contestó Ceynos, y además cuidan

del lance enemigos personales de los Avilas, de los Bocanegras y del

Marqués: no nos faltarán.

--Entonces manos á la obra, respondió Villalobos, y no hay que pensarlo

mucho.

Un atento recado al marqués del Valle hizo que éste, ó ajeno de la

celada que se le tendía, ó demasiado confiado, acudiera inmediatamente.

Luego que se presentó en la sala, le ofrecieron con mucha cortesía un

asiento, mientras otro de los oidores mandó ocupar las puertas con la

gente armada, que de antemano había preparado Ceynos.

Villalobos se dirigió al presidente, diciéndole:--Mandad lo que deba

hacerse.

El doctor Ceynos se volvió resueltamente al Marqués, y le dijo con voz

amenazadora: «Dáos preso por el Rey.»

--¿Por qué tengo de ser preso?--contestó D. Martín levantándose de su

asiento y mirando á las puertas.

--Por traidor á S. M., replicó Ceynos.

--¡Mentís!--interrumpió el marqués ciego de ira y echando mano á su

estoque;--yo no soy traidor al Rey, ni los ha habido en mi linaje.

Villalobos y Orozco se sobrecogieron creyendo que había llegado el

último trance de su vida; sólo el doctor Ceynos clavó una mirada fija y

fiera en el Marqués, é hizo seña á los soldados que se acercasen.

El Marqués reflexionó, envainó el estoque, y pálido como la muerte,

entregó sus armas. Un momento, dijo, y estoy á vuestras órdenes.

Retiróse á un rincón de la pieza y murmuró algunas palabras como una

plegaria. Fué la promesa que hizo, si escapaba con vida, de dar de

comer á un número de presos ese mismo día de cada año. El Marqués fué

llevado á una pieza que en el palacio estaba dispuesta de antemano por

Ceynos.

A la misma hora fueron aprehendidos D. Martín y D. Luis Cortés y todos

los convidados alegres á quienes hemos conocido en el magnífico comedor

de las casas del Empedradillo. No escapó, ni por su carácter sacerdotal,

el Deán Chico de Molina, que fué reducido á una estrecha prisión en la

Torre del Arzobispado.

VII

LOS DEGOLLADOS

El 3 de agosto de 1566, víspera de Santo Domingo, á las siete de una

oscura y lúgubre noche, una comitiva fúnebre se dirigía á la plaza

mayor. Alonso de Avila iba montado en una mula con unos grillos en las

manos; estaba vestido de negro, y una ropa ó turca de damasco pardo, con

gorra de terciopelo con una pluma negra, y una gruesa cadena de oro en

el cuello. Su hermano Gil González, ajeno á la conspiración, como hemos

dicho, iba vestido de pardo y montado en otra mula. Eran seguidos de

muchos guardias armados y de alguaciles con teas encendidas, y el

verdugo, enmascarado, con una enorme hacha en el hombro, precedía muy

de cerca á los presos.

Junto á las casas de cabildo estaba un tablado cubierto de paño negro, y

alumbrado con la trémula y escasa luz de algunas hachas; lo custodiaba

la gente de la Audiencia, y alderredor la población entera, amigos y

enemigos confundidos en la dudosa sombra, aguardaban mudos y sombríos el

desenlace del terrible drama. Ayudados por sus confesores, los Avila

subieron al tablado. Alonso confesó allí ser cierta la conspiración, con

palabras que revelaban la proximidad de la muerte, y las últimas

oraciones no terminaban cuando el verdugo levantó en el aire su terrible

hacha, la que zumbando trozó la cabeza del apuesto y gallardo joven, y

lo mismo pasó con el inocente Gil González, quedando aquel paño fúnebre

humedecido con la sangre de los dos alegres y bravos convidados del

marqués del Valle.

Los cuerpos mutilados se llevaron por un sacerdote y dos hombres, á la

luz de un opaco cirio, á la iglesia de San Agustín, y las cabezas

amanecieron al siguiente día clavadas en unas picas en lo alto de los

torreones de la Diputación.

_Manuel Payno._

DON MARTIN CORTES

_Mandaré decapitar_

_A todos los sospechosos;_

_Con suplicios espantosos_

_Haré á México temblar._

RODRIGUEZ GALVÁN.--_Muñoz._

I

LA FLOTA

En alguno de los artículos anteriores hemos dicho que la entrada de un

barco al puerto de Veracruz, que era el único por donde se hacía el

comercio en la Nueva-España, era un acontecimiento. La llegada de las

flotas que comenzaron á venir con regularidad desde 1561, llenaba de

júbilo á los habitantes. Las noticias no se circulaban en todo el vasto

territorio por telégrafo, como hoy, pero sí por medio de correos

indígenas que atravesaban en pocas horas distancias prodigiosas, de

manera que podemos considerarlos como los telégrafos humanos; y

difícilmente en cualquiera otro país del mundo las comunicaciones han de

haber sido tan rápidas y tan seguras como en México desde el tiempo de

los Reyes Aztecas, que tenían sistemado de una manera notable el

servicio de los correos.

Luego que á todo escape llegaba el correo á las poblaciones con la

noticia de que la Flota había llegado con toda seguridad á Veracruz, el

Corregidor, Subdelegado ó justicia mayor del pueblo, se vestía con todo

el lujo posible, el Ayuntamiento se reunía en cabildo pleno, el cura

aseaba y llenaba de gallardetes y de cirios la Iglesia, y los

comerciantes y labradores salían llenos de júbilo de su casa y se

reunían en la plaza á referirse mútuamente las noticias que sabían, ya

de la salud de los Reyes, ya de las aventuras que habían corrido los

barcos en una tan larga y peligrosa navegación, ya de las mercancías que

tenían que recibir. Se cantaba una misa solemne, las campanas se

repicaban á todo vuelo, y los viejos vinos de España circulaban con

profusión entre los buenos y honrados mercaderes. El día era de holgorio

y de completa alegría. En México, por supuesto, todo se hacía con más

pompa y solemnidad, aunque algunas personas, en vez de alegrarse,

temblaban á la llegada de cada Flota, porque las provisiones de la corte

no siempre eran conformes con los deseos de los que aquí gobernaban.

La alegría, en la época á que vamos á referirnos, fué mayor para la

generalidad de los habitantes de México, aunque al mismo tiempo inspiró

el más grande sobresalto á la audiencia y á sus partidarios, que como

hemos visto en la narración anterior, habían mandado degollar á los

hermanos Avila, y tenían reducidos á prisión y encausados al marqués del

Valle y á la mayor parte de los nobles y caballeros ricos é influentes

de la ciudad.

Un día, y cuando menos se esperaba, se anunció que el muy noble y bravo

general Don Pedro de las Roelas había llegado á Veracruz con la

Capitana, diversos barcos de guerra y muchas naves mercantes, llenas de

los más valiosos y exquisitos efectos. En la Capitana venía un alto

personaje, que era nada menos que Don Gastón de Peralta, marqués de

Falces, nombrado virrey de la Nueva España.

Los amigos del Marqués que veían su vida en peligro no economizaban

ningún medio para salvarlo, por artero y peligroso que fuese, así que

mientras unos trabajaban en México para proporcionarle la fuga ó

embrollar la causa, otros habían secretamente dirigídose á Veracruz con

el fin de trasladarse á España.

Al tiempo que la Flota llegó, dos jóvenes amigos del Marqués y de los

Avila se hallaban en Veracruz. Inmediatamente fletaron una embarcación

pequeña, se disfrazaron de mercaderes, y con pretexto de navegar para

Campeche, se dieron á la mar y abordaron antes á la Capitana, logrando

ser recibidos por el general Roelas y por el marqués de Falces.

--¿Qué noticias me dáis del Reino?--les preguntó el Marqués, pasadas las

ceremonias y saludos de costumbre.

--No podemos darlas muy buenas, dijo uno de ellos quitándose con

sencillez y respeto el sombrero. La tierra toda anda revuelta, y los

oidores han ultrajado á la mitad de la nobleza, han degollado á los

Avila, que eran los jóvenes más apuestos y más queridos de México, van á

degollar al noble marqués del Valle, y van á degollar á los Bocanegras,

y van á degollar á Castilla, y van á degollar á los Sotelos, y van á

degollar al Deán Chico de Molina, y van á degollar á doce padres de San

Francisco y á dos de Santo Domingo, y van......

--Esos monstruos, interrumpió el Marqués, van á degollar á toda la Nueva

España; pero ¿es cierto? ¿ó tratáis de burlaros del Virrey?

--¡Dios nos defienda! dijeron los dos muchachos; nosotros somos

mercaderes que hacemos viajes á Yucatán, y no nos atañen ninguna de

estas cosas; pero hemos visto caer las cabezas de los Avila y sabemos

todo esto. Su señoría hará bien de no salir de la Capitana, porque es

muy posible que también los oidores quisieran......

--Degollarme á mí también, ¿no es verdad?--interrumpió el Marqués

retrocediendo un paso.

--Salvo el parecer de su señoría, contestó el más atrevido de los

muchachos que llevaba la palabra, y agachó humildemente la cabeza.

Don Pedro de las Roelas, que había escuchado en silencio toda la

conversación, dió una patada en la cámara y echó uno de esos juramentos

españoles que hacen estremecer una torre, y volviéndose al Marqués.

--Creo, le dijo, que esos oidores son una vil canalla, y en el fondo

quizá estos muchachos dicen la verdad; será mejor que permanezcáis á

bordo hasta recibir mejores noticias.

--Id con Dios, muchachos, y buen viento de popa, les dijo el marino, y

los despidió.

El marqués de Falces se quedó efectivamente á bordo, y allí recibió

cartas que confirmaban las noticias funestas del estado que guardaba el

Reino. Al cabo de seis días se decidió á ponerse en camino para México,

adonde no llegó sino después de un mes, acompañado de veinticuatro

alabarderos y de doce de sus sirvientes armados de lanzas jinetas.

II

DE LO VIVO Á LO PINTADO

Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, tercer virrey de México, era

hombre generoso, franco, enemigo de las violencias y de las

persecuciones, y sobre todo respetaba la memoria del conquistador y

estaba dispuesto á perdonar cualquier falta que sus descendientes

hubiesen cometido.

Cuando llegó á México, los oidores, asustados con su propia obra, tenían

la artillería abocada contra la ciudad, tercios armados recorrían los

barrios, y la policía vigilaba hasta las acciones de los muchachos que

andaban en la calle. Todas las noches temían que estallase una nueva

conspiración y que ellos corrieran la misma suerte que habían deparado á

los simpáticos jóvenes á quienes degollaron.

Don Gastón mandó retirar inmediatamente la artillería y las guardias,

comenzó á conocer en todas las causas pendientes, calmó la cólera de la

nobleza y volvió á los ánimos de los moradores su perdida tranquilidad.

El proceso del marqués del Valle se seguía por los oidores con

actividad, el Fiscal Céspedes de Cárdenas pidió la confiscación de los

bienes, el Virrey la negó; pero el miedo, que los hacía más crueles, los

inclinaba á sentenciarle á muerte. El marqués del Valle, el hijo más

querido de Cortés, podía ser degollado frente de la Diputación, en el

mismo patíbulo que los Avila.

Don Gastón recibió, al sentarse á la mesa, informe del estado de las

causas; no acabó de comer, sino que se retiró silencioso y pensativo á

su cuarto. Cosa de las ocho de la noche llamó á su secretario Gordián

Casasano.

--Id á la prisión del Marqués con esta orden, sacadle de ella y traedle

á mi presencia. Vuestra cabeza me responde de todo.

El secretario volvió antes de una hora con un hombre embozado hasta los

ojos en un ferreruelo negro. Era el marqués del Valle.

--Don Gastón, dijo conmovido, jamás mi casa olvidará lo que os debe.

--Guardad, Marqués, para otra ocasión esos cumplidos, le contestó el

Virrey tendiéndole la mano, y tratemos ahora de concluír definitivamente

todos estos enojosos procesos. ¿Sabéis que los oidores os condenarán á

muerte?

--Me habrían ya degollado, á no haberlo impedido tan oportunamente el

noble Don Gastón.

--Es verdad, Marqués, es verdad; esos hombres están sedientos de sangre.

Han condenado á muerte á Don Luis Cortés.

--¡Villanos!--dijo el Marqués exaltado; el más inocente, el mejor de los

hijos de mi noble y valiente padre. ¡Pero eso no es posible!

Don Gastón sonrió tristemente y contestó al Marqués:--Todo es posible en

esta tierra y con estos hombres. Escuchad. Lo que voy á hacer en este

momento me puede costar la vida, ó cuando menos el virreinato. No

importa. Quiero salvar el nombre histórico de los españoles. Tres viejos

miserables, llenos de odio y de rencor, no deben enviar al patíbulo á

los hijos del capitán más grande que ha tenido la Europa. Os

salvaré......

--Don Gastón, interrumpió el marqués del Valle, os explicaré......

--Nada tenéis que explicarme...... _traidores no los ha habido en

vuestro linaje_, vos lo habéis dicho...... tampoco quiero obligaros.

Cumplo con mi conciencia y mi fe de hidalgo y de español. Firmaré la

sentencia de Don Luis, pero en revisión será condenado sólo á la

confiscación y á servir á su costa diez años en Orán. En cuanto á vos,

partiréis para España en la flota de Juan de Velasco. Si el Rey os mata

allá, morid como cristiano y como caballero, que el Rey sabrá por qué

mancha su manto con la sangre del que dió á Castilla el vasto reino de

Nueva España: si os perdona, buena pro os haga. Todo está dicho, y ni

una palabra más.

Don Gastón tocó la campanilla y el secretario entró.--Iréis á casa de

los oidores y los traeréis al palacio, diciéndoles que el servicio de S.

M. los llama inmediatamente.

El secretario salió y el marqués del Valle y el Virrey quedaron

platicando familiar y amistosamente de las cosas de la tierra y de las

cosas de España.

Los oidores llegaron y se sorprendieron de encontrar al marqués del

Valle en palacio, en vez de estar encerrado en su prisión.

--No podemos tratar ni hablar, dijo Ceynos indicando al Marqués,

mientras una persona que debía estar en la prisión se halla en......

Don Gastón tomó todo el aire resuelto é imperioso de quien tiene fijada

en la conciencia una resolución irrevocable.

--El Virrey sí puede hablar, y hablará pocas cosas, pero serán

decisivas,--dijo encarándose, y sin darles asiento. La sentencia de

muerte de Don Luis está firmada, pero en revisión sólo tendrá la pena de

servir diez años á su costa en Orán, y quedará confirmada la

confiscación de sus bienes.

--Su señoría reflexionará, murmuró Ceynos......

--He reflexionado ya, señor licenciado Ceynos, contestó el Virrey

secamente; y continuó:

El marqués del Valle saldrá para España donde continuará su causa, y uno

de vosotros le custodiará hasta entregarle al comandante de la flota.

¿Lo entendeis? y vuestra cabeza responde de la seguridad del

prisionero. Id con Dios.

--Señor Virrey, dijo Ceynos, yo no me encargaré por todo el oro de las

Indias, de conducir á un preso semejante. Sus muchos partidarios nos

atacarían en el camino y nos matarían.

--Ni yo, dijo el otro oidor.

--Ni yo, interrumpió el tercero.

--Entonces yo me encargaré, dijo el Virrey, y ya veréis de qué manera.

--Marqués del Valle, continuó, vos saldréis de México el día que yo os

diga, os embarcaréis en la nao de Felipe Boquin, llamada la _Esterlina_,

iréis á San Lúcar de Barrameda ó á otro puerto de España, y á los

cincuenta días os presentaréis al consejo de Indias, avisándome de todo

esto por los primeros navíos de la próxima flota. Dadme la mano y

prestad _pleito-homenaje_ ante mi secretario Gordián Casasano y el

caballero de Calatrava Don Pedro Bui, y que Dios os ayude y os guarde.

--Señor Virrey, dijeron los oidores, el reo se fugará sin remedio;

protestamos que.......

El marqués del Valle, lleno de enojo quiso contestar al inícuo Ceynos,

pero el noble Don Gastón le contuvo, y dijo con una dignidad y una

admirable firmeza:--«Príncipes, galeras, fortalezas y oficios se

entregan á caballeros con _pleito-homenaje_.» Id con Dios, señores

oidores, y sabed que con el Marqués va también Don Luis su hermano y el

Deán Chico de Molina.

El Virrey saludó con dignidad á los oidores y dijo á su secretario

Gordián: acompañad al Marqués á la casa y hacedle los honores debidos.

Los demás presos fueron puestos en libertad al día siguiente; la ciudad

quedó tranquila.

El Virrey siguió después ocupándose con afán de los asuntos de la

colonia, y particularmente de componer y embellecer el palacio, donde

mandó pintar la batalla de San Quintín, en la cual había tal número de

figuras que según las gentes decían, pasaban de _treinta mil_.

Los oidores furiosos escribieron cartas á España acusando al Virrey de

complicidad con los conjurados y diciendo, que tenía _treinta mil

hombres_ para alzarse con la tierra, y otras muchas calumnias de esa

especie, al mismo tiempo que procuraron, por medio del soborno, que los

despachos que el mismo Virrey remitió á España, fuesen robados y no

llegasen por consiguiente al conocimiento de Felipe II. Todas las

gentes, al ver la mudanza que se originó en el reino, se deshacían en

elogios al Virrey, y decían comparándole con la audiencia: «_Esto sí que

es de lo vivo á lo pintado_;» pero los oidores, cuando platicaban entre

sí regocijándose del triunfo que iban á obtener en la corte, decían

también: «todos los soldados que ha mandado pintar Don Gastón en el

palacio, los hemos considerado como de carne y hueso en el informe que

hemos dado á España. Esto sí es verdaderamente _de lo vivo á lo

pintado_.»

III

EL VISITADOR MUÑOZ

Felipe II, alarmado con las noticias que recibió de la Audiencia de

México y con el silencio de Don Gastón de Peralta, le removió del

virreinato y mandó de visitadores á los Licenciados Jarava, Carrillo y

Muñoz. Eran tres fieras y no tres hombres; Jarava murió afortunadamente

durante la navegación. Carrillo y Muñoz llegaron á México

repentinamente. Don Gastón de Peralta, sorprendido de las bruscas

disposiciones de la corte, levantó una información y se retiró á San

Juan de Ulúa.

El Lic. Alonso de Muñoz era hombre de más de 65 años; alto, seco,

acartonado, de color de aceituna, de ojos torvos y hundidos, de una boca

tosca y antipática; sus facciones todas salientes y duras, sus barbas

gruesas como las cerdas de un jabalí, y que le salían en desorden por

toda la cara hasta cerca de los ojos, lo hacían parecer más bien un

animal feroz que un ser humano; todo, en fin, revelaba su altanería, su

crueldad y su orgullo.

Luego que descansó un par de días, se presentó en la Audiencia, y toda

la hostilidad que los oidores hacían al buen marqués de Falces, se

convirtió en bajeza y adulación tratándose de Muñoz.

--Mil perdones tenemos que pediros humildemente, le dijeron: quizá el

alojamiento no ha sido digno de una tan grande persona.

--Yo no he venido aquí á alojarme bien ó mal, sino á castigar á los

traidores. ¿Qué habéis hecho para defender el trono de nuestro monarca

Felipe y para atajar la cobardía ó quizá también la traición de ese

Virrey débil?

--Señor, nosotros degollamos......

--Ya lo sé; degollásteis á dos mancebos calaveras. ¡Gran cosa, vive

Dios! pero no tuvísteis valor para degollar al Marqués y á sus hermanos.

--Señor......

--Ya vereis: vengan acá esos papeles que llamais procesos, y esta noche

temblará México.

El secretario, sin poder andar de miedo, y con la boca seca de manera

que no pudo responder una palabra á las diversas interpelaciones de

Muñoz, llevó unas resmas de papel escrito que contenían las causas que

les habían instruído á los conjurados con motivo del bautismo de los

gemelos del marqués del Valle.

Muñoz caló unas grandes gafas, tosió estrepitosamente hasta hacer

estremecer la sala; hizo recorrer los estoques y armas contra su acerada

cota de malla interior, para dar á conocer que á todo estaba prevenido,

y comenzó á hojear las causas. Durante una hora ni las moscas turbaron

el silencio.

--Que entre el fiscal Sande, dijo Muñoz después de cerrar los legajos

con una especie de cólera.

El fiscal Sande entró.

El libro rojo, 1520-1867, Tomo I · 第 7 / 20 段