esto buscó su sayal negro y caló de nuevo la montera.
--¿No me absolvéis? ¿me cerráis las puertas del cielo? ¿he de morir así
como un hereje, sin esperanza ninguna?--dijo el enfermo con las lágrimas
en los ojos......
--Es verdad, es verdad, dijo Fr. Domingo; pero os absuelvo con una
condición. El padre se acercó al enfermo y mediaron algunas palabras.
Después con toda solemnidad le dió la absolución, y apenas hubo tiempo,
pues Fortún del Portillo hizo un gesto supremo, se volvió del otro lado,
sus ojos se cerraron y su alma voló á la eternidad.
Fr. Domingo, preocupado con las últimas palabras que le dijo el
moribundo, apenas acertó á rezarle las últimas oraciones de la Iglesia,
avisó á los deudos, que entraron arrojando lastimosos lamentos, mientras
el reverendo salió á la sala y se comenzó á pasear hablando solo y
haciendo diversas señas y ademanes con las manos. Parecía que se había
vuelto loco.
Luego que amaneció, se envolvió en su turca, y sin despedirse de nadie
salió precipitadamente á la calle, se dirigió al palacio y encontró allí
una multitud de gente que lloraba y se lamentaba amargamente. Era que el
Virrey había muerto casi á la misma hora que Fortún del Portillo.
--No hay otro remedio, dijo en voz baja Fr. Domingo, sino dirigirse
inmediatamente al visitador Valderrama; y sin entrar en su convento tomó
el rumbo donde vivía este célebre é importante personaje.
II
EL MARQUES DEL VALLE
En la época en que va á comenzar la acción del drama histórico que en
compendio vamos á referir, la muerte y el tiempo habían ya arrebatado y
reducido á polvo á los personajes que por un momento hemos animado en
nuestros primeros capítulos y presentado como figuras principales en el
gran acontecimiento de la conquista. Los reyes aztecas y texcocanos
habían sido inhumanamente matados por sus conquistadores, y los
conquistadores matados también por ese secreto impenetrable que se llama
muerte, y que á cierto tiempo nivela al opresor y al oprimido, á la
víctima y al verdugo. El gran _Tonatiut_ había muerto desbarrancado en
Mochitilte, y su mujer ahogada el mismo día por un volcán en Goatemala;
el conquistador Don Hernando, aislado y despreciado de la corte, había
exhalado, como cualquier miserable, su postrer suspiro en un pueblacho
solitario y oscuro de España; en una palabra, la generación terrible de
los primeros conquistadores se había extinguido en cosa de cuarenta
años, y sus hijos y deudos eran los que se disputaban los honores, el
mando supremo y las más bellas porciones del territorio mexicano[13].
En principios del año de 1563 un grande acontecimiento ocupó á los
habitantes de la nueva colonia, y aun no dejó de alborotar también á los
indígenas, que esperaban siempre con la llegada de un nuevo gobernante,
que empeorase su situación. En esta vez se trataba de una persona cuya
tradición era respetada de los indios mexicanos.
Don Martín Cortés, hijo del conquistador y de la noble señora Doña Juana
de Zúñiga, después de haber servido al sombrío monarca que tenía el
nombre de Felipe II, y de haberse salvado de grandes peligros en la
batalla de San Quintín, regresaba á su patria á disfrutar de los honores
y de las riquezas que le había dejado su padre. Era señor de Tlapacoya y
de Cuilapa, de Mexicapa, de Coyoacán, de Cuernavaca, de Charo, de
Toluca, de Tuxtla, y á tantos bienes y vasallos reunía el título de
Marqués del Valle de Oaxaca. Sus riquezas, entonces inmensas, el favor
de que gozaba en la corte, sus aventuras novelescas de la juventud, su
figura imponente y arrogante que recordaba la del gran conquistador, y
el estar enlazado con Doña Ana Ramírez de Arellano, señora de muchas
prendas y clara nobleza, le dieron tal prestigio, que México le vió, si
no como el verdadero monarca de este reino, al menos como su más fiel y
respetable imagen.
El Marqués puso además de su parte cuanto le fué posible para sostener
esta reputación y esta grandeza. Su casa era á la vez un palacio y un
castillo. Pajes con ricas y doradas libreas, criados negros, indígenas y
españoles vestidos de diferentes y vistosos trajes, y damas hermosas é
indias nobles que servían á Doña Ana con el mismo respeto que á una
reina. El aspecto militar era todavía más imponente. Muchas piezas de
artillería se veían en el espacioso patio, compañías de jinetes y de
arcabuceros estaban continuamente de facción, como si fuese una plaza de
guerra, y en las noches se veían brillar entre las almenas, con los
rayos de la luna, los cascos de los soldados que con una enorme lanza
hacían la guardia. Cuando el Marqués salía á la calle, lo hacía
regularmente en un soberbio caballo de Andalucía enjaezado con seda, oro
y terciopelo. Se hacía preceder de un paje con la celada en la cabeza y
una gran lanza enarbolada, y era seguido de muchos caballeros que eran
sus amigos, cada uno de los cuales llevaba su servidumbre, y el
conjunto formaba una brillante cabalgada que levantaba torbellinos de
polvo, hacía resonar las toscas piedras de las pocas calles que había
entonces empedradas, y pecheros y nobles y caciques salían de sus
habitaciones á contemplar con una mezcla de curiosidad y de miedo al
rico y poderoso Marqués del Valle. Tales eran los espectáculos y las
cosas que llamaban la atención en esos tiempos en la noble y leal ciudad
de México, á medio reedificar todavía, y muy distinta de lo que es hoy,
según más adelante diremos para la inteligencia de nuestros amables y
benévolos lectores.
III
LOS HERMANOS
Era un espacioso salón tapizado de seda color de grana hasta la altura
de dos varas. Pesados escaños y toscos sillones cuyos brazos y pies se
formaban de cabezas y garras de leones, y labrados de oloroso bálsamo,
estaban colocados contra las paredes y cubrían todo el espacio donde no
había balcones ó puertas. En el fondo había una imagen de Cristo
Crucificado, y del techo pendían tres arañas enormes de plata. El suelo
estaba cubierto con alfombras venecianas y con mantas bordadas de
fuertes colores, testimonio todavía patente de la industria y
civilización de la raza indígena. Al entrar en esta pieza no se sabía
acertivamente lo que era; pero más tenía trazas de templo que de
habitación profana dedicada á los saraos y banquetes.
En este salón se hallaba el Marqués paseándose de un extremo á otro, con
la cabeza baja, un dedo en la boca, y con muestras de que una idea fija
le preocupaba. A pocos momentos se presentó D. Martín Cortés, hijo del
conquistador y de la hermosa Doña Marina, llevando en su ferreruelo la
roja Cruz de Santiago. Detrás de D. Martín Cortés se entraron
silenciosamente en el salón dos caballeros: el uno era D. Luis Cortés,
hijo también del conquistador y de Doña Antonia Hermosilla, y el otro
Alonso de Avila. Era este un mancebo de cosa de veinticinco años,
hermoso y gallardo, de ojos negros y chispeantes, de frente ancha, de
nariz larga y de boca grande, sombreada por un negro bigote con las
puntas retorcidas hacia arriba. Hablaba con entusiasmo y viveza, era
pronto y rápido en los movimientos, accionaba mucho, y su mano derecha
la llevaba frecuentemente al pomo de su larga espada, porque era
pendenciero y calavera, y manejaba con garbo y destreza las armas y el
caballo: vestía un capellar de damasco encarnado bordado de plata, que
tenía una capucha á la usanza morisca para cubrir la cabeza, un
corpezuelo de una tela de seda tejida con plata y oro, y unas calzas de
terciopelo negro.
Los tres caballeros, que como hemos dicho llegaron casi al mismo tiempo,
observando la distracción del Marqués, se quedaron en pie y guardaron
silencio; pero éste, al volver del extremo de la sala los miró, y
desarrugando su faz sonrió y les tendió la mano.
--¡Hermanos! ¡Alonso! ¿sabéis ya la buena noticia?
--Precisamente nos han dicho......
--Que la marquesa acaba de dar á luz con toda felicidad dos gemelos, ¿no
es verdad?
--Me habían dicho que uno solo,--interrumpió Alonso.
--Dos, por el beneficio de Dios, contestó el marqués, y ya veremos para
después como son tan grandes como su abuelo y tan ricos como su padre.
Lo que me preocupaba ahora enteramente, eran las solemnidades del
bautismo. Quiero que haya unas fiestas verdaderamente reales, y
que......
--_Reales_ son todas vuestras cosas, Marqués, interrumpió Alonso de
Avila, y _reales_ las hemos de volver de tal manera, que las majestades
_reales_ queden asombradas de lo que aquí va á pasar.
--Quedo, quedo, dijo el Marqués poniéndose un dedo en la boca y cerrando
la puerta;--y luego, dirigiéndose á los caballeros, continuó:--Sentáos y
evitemos las ceremonias, pues que todos somos hermanos, y por tal
tendréis siempre á mi fiel amigo Alonso de Avila.
Los caballeros, llamándose hermanos y estrechándose las manos, se
sentaron á departir con la mayor confianza.
--¿Sabes, Marqués--dijo Alonso--que tengo un gran cuidado? es decir, de
los cuidados que me dan risa y que á veces torno en placeres con mi
espada.
--¿Algún duelo, alguna dama infiel, algún amor nuevo?--preguntó el
Marqués.
--Nada de eso, pero quizá otra cosa más grave. No sé por qué tengo idea
de que el juego de pelota, de dados y de naipes que he puesto en mi casa
con el intento de crearme partidarios y disimular nuestras reuniones, ha
sido denunciado al visitador Valderrama, y tiene ya los hilos de la
conjuración.
--Nada es más cierto, repuso el Marqués, pero no te inquietes por eso;
mi enemigo el Virrey es ya muerto, y Valderrama no ha dado importancia á
la denuncia y todo me lo ha confiado. Por mi parte, y como que vive en
mi casa, tengo que hablarle frecuentemente; lo he tranquilizado de tal
manera que ni se acuerda del asunto.
--Y la audiencia, ¿sabrá algo?--preguntó el hijo de Doña Marina.
--Por la mirada torva y la maliciosa sonrisa que observé en el Oidor
Ceynos, cuando lo encontré ayer, creo que nada ignora de cuanto está
pasando, interrumpió D. Luis Cortés.
--Y qué tenemos que cuidarnos de semejantes antiguallas,--exclamó D.
Alonso. ¡Por Santiago! que entre mi hermano Gil y yo acabaremos á
estocadas con esos viejos pergaminos.
--Calma, contestó el Marqués, y ocupémonos del bautismo de los gemelos,
porque precisamente en medio de las festividades organizaremos de tal
manera nuestros negocios, que la tierra quede por nuestra, y libre de la
tiranía de España y del despotismo de los oidores y visitadores. Lo que
el padre quiso dar al Rey, el hijo no lo quiere confirmar.
--No hay que perder momentos, dijo Don Luis Cortés, y sepamos cómo
tienen de pasar esas fiestas del bautismo.
--En primer lugar, contestó el Marqués...
En esto se escuchó en la calle el ruido seco y estridente de espadas que
se chocaban, y llegaron al salón gritos descompasados de los que pedían
favor.
Oír el rumor y correr los tres caballeros con tizona en mano, todo fué
uno. El Marqués tomó su sombrero y su espada, y los siguió de lejos
hasta la calle de _Martín de Aberraza_, donde ya reñían furiosamente los
dos hermanos Bocanegras y Hernando de Córdova, de una parte; y Alonso de
Cervantes, Juan Valdivieso, Nájera, Juan Juárez y Alonso Peralta, de la
otra. La justicia había acudido y levantaba en ese momento á Cervantes
que había caído atravesado de una estocada. El Marqués tomó la defensa
de los Bocanegras, y la pendencia habría comenzado de nuevo, á no ser
porque los alguaciles rogaron al Marqués y á los amigos que evitasen un
disgusto en los días de un acontecimiento tan fausto. Envainaron todos
las tizonas, los corchetes cargaron al herido, y el Marqués y sus
hermanos, sin ocuparse ya del suceso, regresaron tranquilamente á la
casa, y se dedicaron á discutir y fijar lo que ahora llamariamos el
programa de las solemnidades para el bautismo de los recién nacidos.
IV
EL BAUTISMO
Es necesario decir algunas palabras para explicar al lector cómo estaba
la parte de la ciudad donde pasan las escenas que hemos referido y las
que aun falta que contar.
El palacio actual fué edificado por Cortés en el mismo lugar donde
estaba la casa de Moctezuma. Tenía cuatro torreones, dos puertas al
frente y su balconería. No tenía añadidos, como hoy, ni la casa de
moneda ni los cuarteles. Don Martín Cortés lo vendió al rey de España
en cosa de treinta y cinco mil pesos, y poco antes de que pasaran los
sucesos de que nos ocupamos, el virrey, la audiencia y otras oficinas se
habían trasladado al palacio, pues antes residían en las casas que se
llamaban del Estado.
La Diputación no tenía portalería. Era un edificio sólido y triste con
dos baluartes. En la plaza que es hoy del Mercado, había una
construcción de paredes altas sin balconería y con raras y estrechas
ventanas, propiedad del conquistador, y donde se alojaban los indios de
Coyoacán cuando venían á verle. El lugar que ocupa hoy la Universidad
era un pantano inmundo, y un canal venía pegado al costado del palacio y
se prolongaba hasta el callejón de Dolores, donde está hoy la casa de
Diligencias. Los portales de las Flores, el de la Fruta y otros dos
pequeños, estaban edificados y tenían unas escaleras que descendían al
canal, y allí las canoas y piraguas desembarcaban sus efectos. Las casas
de Cortés ocupaban todo lo que hoy se llama el Empedradillo, y daban
vuelta por Tacuba, donde se encontraba la tapia de una huerta inmensa.
El frente de estos palacios era como el de un castillo, con torres en
las esquinas y almenas en las azoteas.
La catedral actual se comenzó á edificar posteriormente, y entonces
había un templo pequeño que llamaban la Iglesia Mayor, y en la esquina
frente al castillo del Marqués parece que había una torre aislada que
llamaban la Torre del Reloj. En la esquina de la primera calle del
Reloj, y que se llamaba de Ixtapalapa, donde ahora está la botica de
Cervantes, estaba la casa de Alonso de Avila, formada en su mayor parte
con las piedras labradas y con los ídolos de los templos mexicanos que
estaban situados á poco más ó menos en donde es hoy la calle de Santa
Teresa. La plaza mayor se formaba con estos edificios y estaba despejada
y con un piso de tierra, con excepción de algunos tramos cercanos á las
casas, que estaban cubiertos con los restos de las losas y piedras de
los templos aztecas. Esta topografía, enteramente distinta de la que nos
presenta hoy la plaza y sus cercanías, nos permitirá tener una idea más
aproximada del carácter de las festividades que se dispusieron para el
bautismo de los dos gemelos.
El aparato real que combinó el marqués con sus hermanos y amigos, se
desplegó en toda su magnificencia el 30 de junio de 1566, que fué el
señalado para el bautismo. Se construyó un primoroso tablado de cuatro
varas de alto y seis ú ocho de ancho, por donde podía pasar todo el
acompañamiento desde el interior de la casa del marqués hasta la iglesia
mayor. Los padrinos fueron Don Luis de Castilla y Doña Juana de Sosa su
mujer, y echó la agua á los gemelos el deán Don Juan Chico de Molina.
Al salir la comitiva se disparó toda la artillería que se había sacado á
la plazuela, y al regresar se repitió la descarga. En seguida, doce
caballeros armados de punta en blanco hicieron sobre el tablado un
torneo y lucharon valerosamente, dejando asombrada á la multitud por el
brillo y riqueza de sus armaduras y por su destreza en manejar las
armas.
La plaza mayor se convirtió, como por encanto, en un espeso bosque donde
se veían altos cedros, encinas y otros árboles de la montaña; cerróse
completamente con altas cercas de césped, y allí se pusieron venados,
liebres, codornices y cuanto animal se pudo recoger, y diestros
cazadores vestidos á la usanza indígena organizaron una partida de caza
que divertía á todo lo más granado de la nobleza que en los balcones
gozaba de la extraña novedad de este espectáculo. En la puerta principal
de la casa del marqués, había de un lado un enorme tonel lleno de vino
tinto, y otro de vino blanco en el extremo opuesto. Dos criados negros
daban de beber á todo el pueblo, que entrando al patio cortaban en
seguida grandes rebanadas de un toro asado, que entero y de pie estaba
colocado en el centro. Este banquete se renovó constantemente durante
ocho días. Excusado es decir que el pueblo ocioso, entusiasmado y
sorprendido con festividades que antes no se habían visto y que no se
volverán á ver otra vez, pasó una semana entre la borrachera, la
alegría, el juego y el amor, pues la situación entonces de la ciudad,
los tablados y bosques artificiales y la holganza extraordinaria,
favorecían toda clase de desvaríos y de ilícitas alegrías. En medio de
esta continua orgía solían aparecer tres bultos silenciosos envueltos en
negros ferreruelos, que todo lo observaban y que de vez en cuando se
descubrían un poco, y arrojaban con sus ojos, luminosos como los de las
hienas, amenazantes miradas á la juventud alegre, bulliciosa y elegante
que rodeaba al marqués. Cuando se buscaba con más empeño á estas tres
sombras entre la multitud, desaparecían como si una hechicera invisible
los arrebatara repentinamente por los aires.
V
LA ORGIA Y LA CONSPIRACION
Mientras el pueblo se divierte sin apercibirse del verdadero motivo de
tanta bulla y de tanta fiesta, es necesario que entremos otra vez al
interior de la casa del Marqués y asistamos á uno de los espléndidos
banquetes en que se regalaba la nobleza, mientras el pueblo comía sus
trozos de toro asado.
El comedor era un salón que tenía más de veinticinco varas de largo y
siete de ancho, con los techos formados con vigas labradas de oloroso
cedro; pero al entrar en la noche, era necesario ponerse la mano en los
ojos para no cegar con los reflejos de tantas vasijas, platos y vasos de
plata y oro como estaban colocados en los aparadores que cubrían la
pared, casi hasta el labrado artesón.
Entraron al comedor en una de esas noches, D. Martín y D. Luis, que eran
hombres por temperamento quietos, pero que á la sazón tenían que seguir
la corriente de los acontecimientos, y no veían tampoco con indiferencia
que su hermano llegase á ser el rey y señor de la Nueva-España. Tras de
ellos fueron entrando sucesivamente D. Luis y D. Lorenzo de Castilla, D.
Lope de Sosa, D. Hernán Gutiérrez de Altamirano, D. Diego Rodríguez
Orozco, D. Bernardino Pacheco de Bocanegra, D. Fernando de Córdova y
otra multitud de caballeros, todos amigos y partidarios del Marqués. Aun
no se acababan de reunir y se saludaban y dábanse las manos, cuando
entró éste.
--Extraña sorpresa, dijo, echando una mirada á la espléndida mesa que
estaba ya puesta y aderezada.
--Seguramente es invención de Alonso de Avila, dijo D. Martín, y no
sabemos cómo completará esta festividad tan extraña.
--Por Dios, exclamó D. Hernán Gutiérrez, que esta vajilla con ser de
tierra no es menos curiosa que la de plata.
El Marqués y sus amigos se pusieron á examinar la vajilla que por orden
de Avila se había construído, y era toda de barro tan primorosamente
labrado, que cada pieza era curiosidad digna de un museo. Este servicio
de mesa, hecho por los indígenas mexicanos, había sido sustituído al de
plata del Marqués que se hallaba distribuído en los aparadores, con
excepción de una primorosa taza de oro que tenía la forma de una corona,
y que estaba intencionalmente colocada en el lugar preferente de la mesa
en que debía sentarse el Marqués del Valle.
Cada uno decía algo á propósito del servicio indígena, cuando se
presentó un paje que habló al oído del Marqués y salió inmediatamente.
--Por mi fé, caballeros, dijo el Marqués, que no sé lo que Avila tiene
dispuesto; pero sea lo que fuere, él nos manda la orden de que nos
sentemos á la mesa, y debemos obedecerle.--Todos los caballeros que
hemos mencionado, el Deán Chico de Molina y otros más que habían entrado
tomaron sus asientos y comenzaron á comer y á catar los ricos y
exquisitos vinos españoles de que tan bien provistas estaban las bodegas
del palacio.
Escuchóse el ruido del teponaxtle y de otros instrumentos indígenas, y
casi al instante fué entrando al comedor el emperador Moctezuma, los
reyes de Texcoco y Tlacopan y multitud de caciques nobles vestidos con
tal propiedad, que si D. Hernando hubiese resucitado, trabajo le habría
costado reconocer á los españoles bajo el disfraz indígena. Alonso de
Avila desempeñaba el papel del emperador Azteca, y sus amigos el de los
reyes y nobleza mexicana.
Saludaron al Marqués con la ceremonia indígena, se confesaron sus
vasallos, le reconocieron como á su único y legítimo soberano. El
fingido Moctezuma puso en el cuello del Marqués un sartal de flores y de
joyas de gran valor, y los reyes colocaron en la cabeza del Marqués y de
la Marquesa que se hallaba en una pieza inmediata, unas coronas de
laurel, y luego en coro toda aquella loca y alegre mascarada azteca dió
un grito diciendo: «_¡Oh, qué bien les están las coronas á vuestras
Señorías!_»
Acabada esta ceremonia se incorporaron á los convidados y se sentaron á
comer. El vino circuló con profusión, los brindis comenzaron y las
conversaciones no tuvieron freno.
--No hay que perder un momento más, dijo Avila. Días y semanas han
transcurrido, y nosotros llenos de miedo por tres viejos estantiguas.
--Al infierno con ellos, interrumpió Gutiérrez.
--¿Todos son de los nuestros?--preguntó D. Luis de Castilla.
Alonso de Avila se levantó, recorrió uno á uno á los convidados, y luego
volvió á sentarse diciendo: podemos hablar; todos somos los de la
familia del Marqués.
--¿Por fin se ha convenido en algún plan?--interrogó Nuño de Chávez.
--Está definitivamente fijado, y voy á explicarlo en dos palabras, pero
con la copa en la mano y brindando por el legítimo y futuro soberano de
México.
Todos se levantaron, y un grito de aprobación y de júbilo se escuchó en
el palacio. El Marqués se puso un poco encendido, sonrió, bajó los ojos
y dijo á su compadre Castilla que estaba junto de él:--Es todo una
chanza, un juego, una diversión de mis amigos....
--Veamos el plan, dijeron varios.
--Silencio, dijo Avila, y caiga la maldición de Dios y la excomunión de
la Iglesia sobre el que revele á los enemigos una sola palabra de lo que
aquí va á decirse.
Los caballeros se pusieron en pie y llevaron la mano al puño de su
espada.
Alonso de Avila hizo sentar á los convidados, y él en pie comenzó á
hablar:
--Los encomenderos todos están en nuestro favor, porque van á ver
perdidas sus riquezas con las nuevas leyes de España; los indígenas
veneran la memoria del conquistador y aman al Marqués; la juventud y la
nobleza adora al que es el modelo de la caballería: conque si con tales
cosas contamos, ¿por qué hemos de sufrir por más tiempo el yugo y la
dependencia de España? Hagámonos _señores de la tierra_ que nuestros
padres conquistaron con su sangre, dictemos leyes para nuestra
felicidad, sacudamos la tiranía y arrojemos á todos esos virreyes,
oidores y visitadores que vienen á poner el pie en nuestros cuellos.
¡¡Viva la independencia, viva el marqués del Valle, nuestro señor!!
Alonso bebió hasta la última gota del vino que tenía en un gran jarrón,
y lo mismo hicieron todos los demás, secundando el brindis con
estrepitosos aplausos.
--Aun no he concluido, gritó Alonso de Avila así que se hubo
restablecido el silencio. Todo está fijado para el día de San Hipólito
martir, en que sale del palacio la procesión del Pendón.--Se está
construyendo un gran navío que se colocará en la plazuela como una de
tantas cosas de la solemnidad de la toma de México; pero ese navío
estará como el caballo de Troya, preñado de soldados y también meteremos
unas cuantas piezas de artillería. Cuando los oidores pasen por la
esquina de esta casa donde está la torre, D. Martín descenderá como para
atacar á los del navío, y en medio de esta farsa caeremos sobre los
oidores, y matándolos echaremos sus cadáveres al canal ó á la plaza.
Una campanada del templo mayor avisará á los hombres de armas que
tendremos en la calle y se encargarán de dar muerte á D. Luis y á D.
Francisco de Velasco, á los oficiales reales y á todas las personas que
se opongan á la rebelión. Una capa encarnada que moverá en la azotea del
palacio el Lic. Espinosa, será la señal para el toque de las campanas, y
á ese mismo tiempo se pondrá fuego al archivo y á todas las oficinas
para que no quede ni el nombre del rey de Castilla.
Los convidados quedaron mudos; el prospecto de incendio, de sangre y de
asesinatos había hecho pasar alguna cosa como un viento frío en sus
frentes ya ardorosas por el licor.