--Es muy grave, muy grave todo eso, y no hay que perder tiempo; y en

esto buscó su sayal negro y caló de nuevo la montera.

--¿No me absolvéis? ¿me cerráis las puertas del cielo? ¿he de morir así

como un hereje, sin esperanza ninguna?--dijo el enfermo con las lágrimas

en los ojos......

--Es verdad, es verdad, dijo Fr. Domingo; pero os absuelvo con una

condición. El padre se acercó al enfermo y mediaron algunas palabras.

Después con toda solemnidad le dió la absolución, y apenas hubo tiempo,

pues Fortún del Portillo hizo un gesto supremo, se volvió del otro lado,

sus ojos se cerraron y su alma voló á la eternidad.

Fr. Domingo, preocupado con las últimas palabras que le dijo el

moribundo, apenas acertó á rezarle las últimas oraciones de la Iglesia,

avisó á los deudos, que entraron arrojando lastimosos lamentos, mientras

el reverendo salió á la sala y se comenzó á pasear hablando solo y

haciendo diversas señas y ademanes con las manos. Parecía que se había

vuelto loco.

Luego que amaneció, se envolvió en su turca, y sin despedirse de nadie

salió precipitadamente á la calle, se dirigió al palacio y encontró allí

una multitud de gente que lloraba y se lamentaba amargamente. Era que el

Virrey había muerto casi á la misma hora que Fortún del Portillo.

--No hay otro remedio, dijo en voz baja Fr. Domingo, sino dirigirse

inmediatamente al visitador Valderrama; y sin entrar en su convento tomó

el rumbo donde vivía este célebre é importante personaje.

II

EL MARQUES DEL VALLE

En la época en que va á comenzar la acción del drama histórico que en

compendio vamos á referir, la muerte y el tiempo habían ya arrebatado y

reducido á polvo á los personajes que por un momento hemos animado en

nuestros primeros capítulos y presentado como figuras principales en el

gran acontecimiento de la conquista. Los reyes aztecas y texcocanos

habían sido inhumanamente matados por sus conquistadores, y los

conquistadores matados también por ese secreto impenetrable que se llama

muerte, y que á cierto tiempo nivela al opresor y al oprimido, á la

víctima y al verdugo. El gran _Tonatiut_ había muerto desbarrancado en

Mochitilte, y su mujer ahogada el mismo día por un volcán en Goatemala;

el conquistador Don Hernando, aislado y despreciado de la corte, había

exhalado, como cualquier miserable, su postrer suspiro en un pueblacho

solitario y oscuro de España; en una palabra, la generación terrible de

los primeros conquistadores se había extinguido en cosa de cuarenta

años, y sus hijos y deudos eran los que se disputaban los honores, el

mando supremo y las más bellas porciones del territorio mexicano[13].

En principios del año de 1563 un grande acontecimiento ocupó á los

habitantes de la nueva colonia, y aun no dejó de alborotar también á los

indígenas, que esperaban siempre con la llegada de un nuevo gobernante,

que empeorase su situación. En esta vez se trataba de una persona cuya

tradición era respetada de los indios mexicanos.

Don Martín Cortés, hijo del conquistador y de la noble señora Doña Juana

de Zúñiga, después de haber servido al sombrío monarca que tenía el

nombre de Felipe II, y de haberse salvado de grandes peligros en la

batalla de San Quintín, regresaba á su patria á disfrutar de los honores

y de las riquezas que le había dejado su padre. Era señor de Tlapacoya y

de Cuilapa, de Mexicapa, de Coyoacán, de Cuernavaca, de Charo, de

Toluca, de Tuxtla, y á tantos bienes y vasallos reunía el título de

Marqués del Valle de Oaxaca. Sus riquezas, entonces inmensas, el favor

de que gozaba en la corte, sus aventuras novelescas de la juventud, su

figura imponente y arrogante que recordaba la del gran conquistador, y

el estar enlazado con Doña Ana Ramírez de Arellano, señora de muchas

prendas y clara nobleza, le dieron tal prestigio, que México le vió, si

no como el verdadero monarca de este reino, al menos como su más fiel y

respetable imagen.

El Marqués puso además de su parte cuanto le fué posible para sostener

esta reputación y esta grandeza. Su casa era á la vez un palacio y un

castillo. Pajes con ricas y doradas libreas, criados negros, indígenas y

españoles vestidos de diferentes y vistosos trajes, y damas hermosas é

indias nobles que servían á Doña Ana con el mismo respeto que á una

reina. El aspecto militar era todavía más imponente. Muchas piezas de

artillería se veían en el espacioso patio, compañías de jinetes y de

arcabuceros estaban continuamente de facción, como si fuese una plaza de

guerra, y en las noches se veían brillar entre las almenas, con los

rayos de la luna, los cascos de los soldados que con una enorme lanza

hacían la guardia. Cuando el Marqués salía á la calle, lo hacía

regularmente en un soberbio caballo de Andalucía enjaezado con seda, oro

y terciopelo. Se hacía preceder de un paje con la celada en la cabeza y

una gran lanza enarbolada, y era seguido de muchos caballeros que eran

sus amigos, cada uno de los cuales llevaba su servidumbre, y el

conjunto formaba una brillante cabalgada que levantaba torbellinos de

polvo, hacía resonar las toscas piedras de las pocas calles que había

entonces empedradas, y pecheros y nobles y caciques salían de sus

habitaciones á contemplar con una mezcla de curiosidad y de miedo al

rico y poderoso Marqués del Valle. Tales eran los espectáculos y las

cosas que llamaban la atención en esos tiempos en la noble y leal ciudad

de México, á medio reedificar todavía, y muy distinta de lo que es hoy,

según más adelante diremos para la inteligencia de nuestros amables y

benévolos lectores.

III

LOS HERMANOS

Era un espacioso salón tapizado de seda color de grana hasta la altura

de dos varas. Pesados escaños y toscos sillones cuyos brazos y pies se

formaban de cabezas y garras de leones, y labrados de oloroso bálsamo,

estaban colocados contra las paredes y cubrían todo el espacio donde no

había balcones ó puertas. En el fondo había una imagen de Cristo

Crucificado, y del techo pendían tres arañas enormes de plata. El suelo

estaba cubierto con alfombras venecianas y con mantas bordadas de

fuertes colores, testimonio todavía patente de la industria y

civilización de la raza indígena. Al entrar en esta pieza no se sabía

acertivamente lo que era; pero más tenía trazas de templo que de

habitación profana dedicada á los saraos y banquetes.

En este salón se hallaba el Marqués paseándose de un extremo á otro, con

la cabeza baja, un dedo en la boca, y con muestras de que una idea fija

le preocupaba. A pocos momentos se presentó D. Martín Cortés, hijo del

conquistador y de la hermosa Doña Marina, llevando en su ferreruelo la

roja Cruz de Santiago. Detrás de D. Martín Cortés se entraron

silenciosamente en el salón dos caballeros: el uno era D. Luis Cortés,

hijo también del conquistador y de Doña Antonia Hermosilla, y el otro

Alonso de Avila. Era este un mancebo de cosa de veinticinco años,

hermoso y gallardo, de ojos negros y chispeantes, de frente ancha, de

nariz larga y de boca grande, sombreada por un negro bigote con las

puntas retorcidas hacia arriba. Hablaba con entusiasmo y viveza, era

pronto y rápido en los movimientos, accionaba mucho, y su mano derecha

la llevaba frecuentemente al pomo de su larga espada, porque era

pendenciero y calavera, y manejaba con garbo y destreza las armas y el

caballo: vestía un capellar de damasco encarnado bordado de plata, que

tenía una capucha á la usanza morisca para cubrir la cabeza, un

corpezuelo de una tela de seda tejida con plata y oro, y unas calzas de

terciopelo negro.

Los tres caballeros, que como hemos dicho llegaron casi al mismo tiempo,

observando la distracción del Marqués, se quedaron en pie y guardaron

silencio; pero éste, al volver del extremo de la sala los miró, y

desarrugando su faz sonrió y les tendió la mano.

--¡Hermanos! ¡Alonso! ¿sabéis ya la buena noticia?

--Precisamente nos han dicho......

--Que la marquesa acaba de dar á luz con toda felicidad dos gemelos, ¿no

es verdad?

--Me habían dicho que uno solo,--interrumpió Alonso.

--Dos, por el beneficio de Dios, contestó el marqués, y ya veremos para

después como son tan grandes como su abuelo y tan ricos como su padre.

Lo que me preocupaba ahora enteramente, eran las solemnidades del

bautismo. Quiero que haya unas fiestas verdaderamente reales, y

que......

--_Reales_ son todas vuestras cosas, Marqués, interrumpió Alonso de

Avila, y _reales_ las hemos de volver de tal manera, que las majestades

_reales_ queden asombradas de lo que aquí va á pasar.

--Quedo, quedo, dijo el Marqués poniéndose un dedo en la boca y cerrando

la puerta;--y luego, dirigiéndose á los caballeros, continuó:--Sentáos y

evitemos las ceremonias, pues que todos somos hermanos, y por tal

tendréis siempre á mi fiel amigo Alonso de Avila.

Los caballeros, llamándose hermanos y estrechándose las manos, se

sentaron á departir con la mayor confianza.

--¿Sabes, Marqués--dijo Alonso--que tengo un gran cuidado? es decir, de

los cuidados que me dan risa y que á veces torno en placeres con mi

espada.

--¿Algún duelo, alguna dama infiel, algún amor nuevo?--preguntó el

Marqués.

--Nada de eso, pero quizá otra cosa más grave. No sé por qué tengo idea

de que el juego de pelota, de dados y de naipes que he puesto en mi casa

con el intento de crearme partidarios y disimular nuestras reuniones, ha

sido denunciado al visitador Valderrama, y tiene ya los hilos de la

conjuración.

--Nada es más cierto, repuso el Marqués, pero no te inquietes por eso;

mi enemigo el Virrey es ya muerto, y Valderrama no ha dado importancia á

la denuncia y todo me lo ha confiado. Por mi parte, y como que vive en

mi casa, tengo que hablarle frecuentemente; lo he tranquilizado de tal

manera que ni se acuerda del asunto.

--Y la audiencia, ¿sabrá algo?--preguntó el hijo de Doña Marina.

--Por la mirada torva y la maliciosa sonrisa que observé en el Oidor

Ceynos, cuando lo encontré ayer, creo que nada ignora de cuanto está

pasando, interrumpió D. Luis Cortés.

--Y qué tenemos que cuidarnos de semejantes antiguallas,--exclamó D.

Alonso. ¡Por Santiago! que entre mi hermano Gil y yo acabaremos á

estocadas con esos viejos pergaminos.

--Calma, contestó el Marqués, y ocupémonos del bautismo de los gemelos,

porque precisamente en medio de las festividades organizaremos de tal

manera nuestros negocios, que la tierra quede por nuestra, y libre de la

tiranía de España y del despotismo de los oidores y visitadores. Lo que

el padre quiso dar al Rey, el hijo no lo quiere confirmar.

--No hay que perder momentos, dijo Don Luis Cortés, y sepamos cómo

tienen de pasar esas fiestas del bautismo.

--En primer lugar, contestó el Marqués...

En esto se escuchó en la calle el ruido seco y estridente de espadas que

se chocaban, y llegaron al salón gritos descompasados de los que pedían

favor.

Oír el rumor y correr los tres caballeros con tizona en mano, todo fué

uno. El Marqués tomó su sombrero y su espada, y los siguió de lejos

hasta la calle de _Martín de Aberraza_, donde ya reñían furiosamente los

dos hermanos Bocanegras y Hernando de Córdova, de una parte; y Alonso de

Cervantes, Juan Valdivieso, Nájera, Juan Juárez y Alonso Peralta, de la

otra. La justicia había acudido y levantaba en ese momento á Cervantes

que había caído atravesado de una estocada. El Marqués tomó la defensa

de los Bocanegras, y la pendencia habría comenzado de nuevo, á no ser

porque los alguaciles rogaron al Marqués y á los amigos que evitasen un

disgusto en los días de un acontecimiento tan fausto. Envainaron todos

las tizonas, los corchetes cargaron al herido, y el Marqués y sus

hermanos, sin ocuparse ya del suceso, regresaron tranquilamente á la

casa, y se dedicaron á discutir y fijar lo que ahora llamariamos el

programa de las solemnidades para el bautismo de los recién nacidos.

IV

EL BAUTISMO

Es necesario decir algunas palabras para explicar al lector cómo estaba

la parte de la ciudad donde pasan las escenas que hemos referido y las

que aun falta que contar.

El palacio actual fué edificado por Cortés en el mismo lugar donde

estaba la casa de Moctezuma. Tenía cuatro torreones, dos puertas al

frente y su balconería. No tenía añadidos, como hoy, ni la casa de

moneda ni los cuarteles. Don Martín Cortés lo vendió al rey de España

en cosa de treinta y cinco mil pesos, y poco antes de que pasaran los

sucesos de que nos ocupamos, el virrey, la audiencia y otras oficinas se

habían trasladado al palacio, pues antes residían en las casas que se

llamaban del Estado.

La Diputación no tenía portalería. Era un edificio sólido y triste con

dos baluartes. En la plaza que es hoy del Mercado, había una

construcción de paredes altas sin balconería y con raras y estrechas

ventanas, propiedad del conquistador, y donde se alojaban los indios de

Coyoacán cuando venían á verle. El lugar que ocupa hoy la Universidad

era un pantano inmundo, y un canal venía pegado al costado del palacio y

se prolongaba hasta el callejón de Dolores, donde está hoy la casa de

Diligencias. Los portales de las Flores, el de la Fruta y otros dos

pequeños, estaban edificados y tenían unas escaleras que descendían al

canal, y allí las canoas y piraguas desembarcaban sus efectos. Las casas

de Cortés ocupaban todo lo que hoy se llama el Empedradillo, y daban

vuelta por Tacuba, donde se encontraba la tapia de una huerta inmensa.

El frente de estos palacios era como el de un castillo, con torres en

las esquinas y almenas en las azoteas.

La catedral actual se comenzó á edificar posteriormente, y entonces

había un templo pequeño que llamaban la Iglesia Mayor, y en la esquina

frente al castillo del Marqués parece que había una torre aislada que

llamaban la Torre del Reloj. En la esquina de la primera calle del

Reloj, y que se llamaba de Ixtapalapa, donde ahora está la botica de

Cervantes, estaba la casa de Alonso de Avila, formada en su mayor parte

con las piedras labradas y con los ídolos de los templos mexicanos que

estaban situados á poco más ó menos en donde es hoy la calle de Santa

Teresa. La plaza mayor se formaba con estos edificios y estaba despejada

y con un piso de tierra, con excepción de algunos tramos cercanos á las

casas, que estaban cubiertos con los restos de las losas y piedras de

los templos aztecas. Esta topografía, enteramente distinta de la que nos

presenta hoy la plaza y sus cercanías, nos permitirá tener una idea más

aproximada del carácter de las festividades que se dispusieron para el

bautismo de los dos gemelos.

El aparato real que combinó el marqués con sus hermanos y amigos, se

desplegó en toda su magnificencia el 30 de junio de 1566, que fué el

señalado para el bautismo. Se construyó un primoroso tablado de cuatro

varas de alto y seis ú ocho de ancho, por donde podía pasar todo el

acompañamiento desde el interior de la casa del marqués hasta la iglesia

mayor. Los padrinos fueron Don Luis de Castilla y Doña Juana de Sosa su

mujer, y echó la agua á los gemelos el deán Don Juan Chico de Molina.

Al salir la comitiva se disparó toda la artillería que se había sacado á

la plazuela, y al regresar se repitió la descarga. En seguida, doce

caballeros armados de punta en blanco hicieron sobre el tablado un

torneo y lucharon valerosamente, dejando asombrada á la multitud por el

brillo y riqueza de sus armaduras y por su destreza en manejar las

armas.

La plaza mayor se convirtió, como por encanto, en un espeso bosque donde

se veían altos cedros, encinas y otros árboles de la montaña; cerróse

completamente con altas cercas de césped, y allí se pusieron venados,

liebres, codornices y cuanto animal se pudo recoger, y diestros

cazadores vestidos á la usanza indígena organizaron una partida de caza

que divertía á todo lo más granado de la nobleza que en los balcones

gozaba de la extraña novedad de este espectáculo. En la puerta principal

de la casa del marqués, había de un lado un enorme tonel lleno de vino

tinto, y otro de vino blanco en el extremo opuesto. Dos criados negros

daban de beber á todo el pueblo, que entrando al patio cortaban en

seguida grandes rebanadas de un toro asado, que entero y de pie estaba

colocado en el centro. Este banquete se renovó constantemente durante

ocho días. Excusado es decir que el pueblo ocioso, entusiasmado y

sorprendido con festividades que antes no se habían visto y que no se

volverán á ver otra vez, pasó una semana entre la borrachera, la

alegría, el juego y el amor, pues la situación entonces de la ciudad,

los tablados y bosques artificiales y la holganza extraordinaria,

favorecían toda clase de desvaríos y de ilícitas alegrías. En medio de

esta continua orgía solían aparecer tres bultos silenciosos envueltos en

negros ferreruelos, que todo lo observaban y que de vez en cuando se

descubrían un poco, y arrojaban con sus ojos, luminosos como los de las

hienas, amenazantes miradas á la juventud alegre, bulliciosa y elegante

que rodeaba al marqués. Cuando se buscaba con más empeño á estas tres

sombras entre la multitud, desaparecían como si una hechicera invisible

los arrebatara repentinamente por los aires.

V

LA ORGIA Y LA CONSPIRACION

Mientras el pueblo se divierte sin apercibirse del verdadero motivo de

tanta bulla y de tanta fiesta, es necesario que entremos otra vez al

interior de la casa del Marqués y asistamos á uno de los espléndidos

banquetes en que se regalaba la nobleza, mientras el pueblo comía sus

trozos de toro asado.

El comedor era un salón que tenía más de veinticinco varas de largo y

siete de ancho, con los techos formados con vigas labradas de oloroso

cedro; pero al entrar en la noche, era necesario ponerse la mano en los

ojos para no cegar con los reflejos de tantas vasijas, platos y vasos de

plata y oro como estaban colocados en los aparadores que cubrían la

pared, casi hasta el labrado artesón.

Entraron al comedor en una de esas noches, D. Martín y D. Luis, que eran

hombres por temperamento quietos, pero que á la sazón tenían que seguir

la corriente de los acontecimientos, y no veían tampoco con indiferencia

que su hermano llegase á ser el rey y señor de la Nueva-España. Tras de

ellos fueron entrando sucesivamente D. Luis y D. Lorenzo de Castilla, D.

Lope de Sosa, D. Hernán Gutiérrez de Altamirano, D. Diego Rodríguez

Orozco, D. Bernardino Pacheco de Bocanegra, D. Fernando de Córdova y

otra multitud de caballeros, todos amigos y partidarios del Marqués. Aun

no se acababan de reunir y se saludaban y dábanse las manos, cuando

entró éste.

--Extraña sorpresa, dijo, echando una mirada á la espléndida mesa que

estaba ya puesta y aderezada.

--Seguramente es invención de Alonso de Avila, dijo D. Martín, y no

sabemos cómo completará esta festividad tan extraña.

--Por Dios, exclamó D. Hernán Gutiérrez, que esta vajilla con ser de

tierra no es menos curiosa que la de plata.

El Marqués y sus amigos se pusieron á examinar la vajilla que por orden

de Avila se había construído, y era toda de barro tan primorosamente

labrado, que cada pieza era curiosidad digna de un museo. Este servicio

de mesa, hecho por los indígenas mexicanos, había sido sustituído al de

plata del Marqués que se hallaba distribuído en los aparadores, con

excepción de una primorosa taza de oro que tenía la forma de una corona,

y que estaba intencionalmente colocada en el lugar preferente de la mesa

en que debía sentarse el Marqués del Valle.

Cada uno decía algo á propósito del servicio indígena, cuando se

presentó un paje que habló al oído del Marqués y salió inmediatamente.

--Por mi fé, caballeros, dijo el Marqués, que no sé lo que Avila tiene

dispuesto; pero sea lo que fuere, él nos manda la orden de que nos

sentemos á la mesa, y debemos obedecerle.--Todos los caballeros que

hemos mencionado, el Deán Chico de Molina y otros más que habían entrado

tomaron sus asientos y comenzaron á comer y á catar los ricos y

exquisitos vinos españoles de que tan bien provistas estaban las bodegas

del palacio.

Escuchóse el ruido del teponaxtle y de otros instrumentos indígenas, y

casi al instante fué entrando al comedor el emperador Moctezuma, los

reyes de Texcoco y Tlacopan y multitud de caciques nobles vestidos con

tal propiedad, que si D. Hernando hubiese resucitado, trabajo le habría

costado reconocer á los españoles bajo el disfraz indígena. Alonso de

Avila desempeñaba el papel del emperador Azteca, y sus amigos el de los

reyes y nobleza mexicana.

Saludaron al Marqués con la ceremonia indígena, se confesaron sus

vasallos, le reconocieron como á su único y legítimo soberano. El

fingido Moctezuma puso en el cuello del Marqués un sartal de flores y de

joyas de gran valor, y los reyes colocaron en la cabeza del Marqués y de

la Marquesa que se hallaba en una pieza inmediata, unas coronas de

laurel, y luego en coro toda aquella loca y alegre mascarada azteca dió

un grito diciendo: «_¡Oh, qué bien les están las coronas á vuestras

Señorías!_»

Acabada esta ceremonia se incorporaron á los convidados y se sentaron á

comer. El vino circuló con profusión, los brindis comenzaron y las

conversaciones no tuvieron freno.

--No hay que perder un momento más, dijo Avila. Días y semanas han

transcurrido, y nosotros llenos de miedo por tres viejos estantiguas.

--Al infierno con ellos, interrumpió Gutiérrez.

--¿Todos son de los nuestros?--preguntó D. Luis de Castilla.

Alonso de Avila se levantó, recorrió uno á uno á los convidados, y luego

volvió á sentarse diciendo: podemos hablar; todos somos los de la

familia del Marqués.

--¿Por fin se ha convenido en algún plan?--interrogó Nuño de Chávez.

--Está definitivamente fijado, y voy á explicarlo en dos palabras, pero

con la copa en la mano y brindando por el legítimo y futuro soberano de

México.

Todos se levantaron, y un grito de aprobación y de júbilo se escuchó en

el palacio. El Marqués se puso un poco encendido, sonrió, bajó los ojos

y dijo á su compadre Castilla que estaba junto de él:--Es todo una

chanza, un juego, una diversión de mis amigos....

--Veamos el plan, dijeron varios.

--Silencio, dijo Avila, y caiga la maldición de Dios y la excomunión de

la Iglesia sobre el que revele á los enemigos una sola palabra de lo que

aquí va á decirse.

Los caballeros se pusieron en pie y llevaron la mano al puño de su

espada.

Alonso de Avila hizo sentar á los convidados, y él en pie comenzó á

hablar:

--Los encomenderos todos están en nuestro favor, porque van á ver

perdidas sus riquezas con las nuevas leyes de España; los indígenas

veneran la memoria del conquistador y aman al Marqués; la juventud y la

nobleza adora al que es el modelo de la caballería: conque si con tales

cosas contamos, ¿por qué hemos de sufrir por más tiempo el yugo y la

dependencia de España? Hagámonos _señores de la tierra_ que nuestros

padres conquistaron con su sangre, dictemos leyes para nuestra

felicidad, sacudamos la tiranía y arrojemos á todos esos virreyes,

oidores y visitadores que vienen á poner el pie en nuestros cuellos.

¡¡Viva la independencia, viva el marqués del Valle, nuestro señor!!

Alonso bebió hasta la última gota del vino que tenía en un gran jarrón,

y lo mismo hicieron todos los demás, secundando el brindis con

estrepitosos aplausos.

--Aun no he concluido, gritó Alonso de Avila así que se hubo

restablecido el silencio. Todo está fijado para el día de San Hipólito

martir, en que sale del palacio la procesión del Pendón.--Se está

construyendo un gran navío que se colocará en la plazuela como una de

tantas cosas de la solemnidad de la toma de México; pero ese navío

estará como el caballo de Troya, preñado de soldados y también meteremos

unas cuantas piezas de artillería. Cuando los oidores pasen por la

esquina de esta casa donde está la torre, D. Martín descenderá como para

atacar á los del navío, y en medio de esta farsa caeremos sobre los

oidores, y matándolos echaremos sus cadáveres al canal ó á la plaza.

Una campanada del templo mayor avisará á los hombres de armas que

tendremos en la calle y se encargarán de dar muerte á D. Luis y á D.

Francisco de Velasco, á los oficiales reales y á todas las personas que

se opongan á la rebelión. Una capa encarnada que moverá en la azotea del

palacio el Lic. Espinosa, será la señal para el toque de las campanas, y

á ese mismo tiempo se pondrá fuego al archivo y á todas las oficinas

para que no quede ni el nombre del rey de Castilla.

Los convidados quedaron mudos; el prospecto de incendio, de sangre y de

asesinatos había hecho pasar alguna cosa como un viento frío en sus

frentes ya ardorosas por el licor.

El libro rojo, 1520-1867, Tomo I · 第 6 / 20 段