papeles. Las causas, enredadas con tantas declaraciones y alegatos, no
acabarán nunca, y nosotros tenemos de acabarlas, señor fiscal, y tengan
vuestra señoría y vosotros, señores oidores, mucho cuidado con vuestras
cabezas.
Todos guardaron silencio, y el fiscal Sande se sentó y se puso á
escribir.
--¿Qué escribís, Sande?--le preguntó Muñoz.
--Vuestra señoría tendrá la paciencia de esperar un cuarto de hora, y
leerá, pues creo haber adivinado su intento.
Muñoz bajó la cabeza y quedó sumergido en una especie de somnolencia.
Cuando Sande acabó, presentó á Muñoz lo que había escrito.
Muñoz abrió su gran boca; sus ojos brillaron como los de una hiena en la
noche.
--Se decreta, dijo Muñoz, la confiscación de bienes del marqués del
Valle, de Don Martín su hermano, de Arias Sotelo, de Pacheco Bocanegra,
de Nuño Chávez, de Luis Ponce de Leon, de Agustín de Soto Mayor, de
Francisco Pacheco, de Hernando de Córdova, de Diego Rodríguez, de
Hernando Bazán, de Antonio Carvajal y de Gómez de Cáceres. Todo estos
quedarán reducidos á una estrecha prisión.
--Volved la hoja, le dijo el fiscal.
Muñoz volvió la hoja y preguntó al secretario de la Audiencia:
--¿Tendremos cárceles bastantes para más de doscientas personas?
--Con perdón de su señoría, después de los que se hallan en prisión,
apenas habrá para veinte.
--Entonces, sin dilación, es menester construír todas las prisiones que
sean necesarias. Serán estrechas, incómodas, y se colocarán en los
lugares más malsanos, porque debemos estar entendidos que no se trata de
regalar á los traidores á su Rey. ¿Me entendéis? Quiero que tengan fama
en la historia, y que todos se acuerden en México, dentro de dos siglos,
de _los calabozos de Muñoz_.
Muñoz se levantó, y sin quitarse la gorra ni saludar, salió de la
Audiencia.
En la noche, los justicias, desde las doce hasta la madrugada,
recorrieron la ciudad; asaltaron por las azoteas, por las huertas, por
los corrales, todas las casas designadas, y arrancaron de su lecho y de
los brazos de sus esposas á las víctimas, secuestrando la ropa, los
papeles, la plata labrada, los caballos y carruajes.
Amaneció el día siguiente, y la consternación y el llanto se veían en
todos los semblantes. Nadie se atrevía á hablar, y todos temblaban
cuando veían pasar á los siniestros satélites del visitador de México.
* * * * *
Una vez infundido el espanto y el pavor con este golpe que hirió á las
más principales y nobles familias, Muñoz fué el dueño y el árbitro de la
ciudad de México. En las siguientes semanas este hombre feroz se encerró
en su habitación sin dejarse hablar ni ver más que por sus secuaces. Las
causas caminaban con espantosa rapidez, y los presos, aturdidos, no
acertaban ni en las respuestas ni en la manera de defenderse.
El día 8 de enero de 1568, al caer la tarde, fueron ahorcados Gómez de
Victoria y Cristóbal de Oñate. Esa noche ninguna de las familias de los
presos durmió, y la pasaron en angustias, llorando y encendiendo cirios
á los santos para que libertasen de la muerte á sus deudos.
El Ayuntamiento, entre tanto, aterrorizado y temiendo ser ahorcado en
cuerpo y solemnemente, dispuso alegres festividades para celebrar la
llegada del visitador y la justicia que hacía en nombre del Rey.
El día 9 recorrió las calles una fúnebre procesión. Dos nobles ricos y
principales caballeros, Don Baltazar y Don Pedro de Quesada, atados de
pies y manos, en sendas mulas, aparecían custodiados por numerosos y
feroces esbirros. En cada esquina el pregonero se detenía y gritaba con
toda la fuerza de sus pulmones: «Esta es la justicia que manda hacer S.
M. á este hombre, por traidor; mándanle degollar por ello; quien tal
hace que tal pague.» Llevados de este modo hasta el centro de la plaza
pública (donde hoy están los jardines), el verdugo les cortó la cabeza.
Diego Arias, Baltazar de Sotelo, Pero Gómez de Cáceres, Juan Valdivieso,
Antonio Ruíz de Castañeda y García de Albornoz, fueron sacados
violentamente, de noche, y conducidos á Veracruz para ser embarcados
para España. A la mayor parte de los ricos se les exigieron gruesas
sumas de dinero, que á título de sueldos se repartían Muñoz, Carrillo,
los oidores y los demás satélites del tirano. Carrillo firmaba todo lo
que Muñoz decretaba.
La consternación y el miedo se cambió en rabia. Aseguran las tradiciones
que una buena parte de la gente principal se reunía en un barrio que se
llamó por esto de los Rebeldes, y en unas casas en ruina que había
(donde hoy es la imprenta de Don Ignacio Cumplido), conspiraban,
resueltos á matar á Muñoz, á Carrillo y á los oidores, y á libertarse á
toda costa de la más horrenda y sangrienta tiranía.
IV
EL TORMENTO
Martín Cortés, actor principal después de su hermano en este sangriento
drama, era el mejor y más amable de los hombres. Hijo de la hermosa
Marina y del conquistador D. Hernando, por un error de la naturaleza no
había heredado ni la fortaleza y brío personal de su padre, pero sí la
melancolía y la dulzura de la raza indígena, representada en los ojos,
en la fisonomía, en las maneras de la mujer más bella y más célebre que
pueda registrar la historia. Débil, extenuado, enfermizo,
condescendiente por carácter, fiel y amante con su hermano, había
seguido pasivamente todas las aventuras que ya hemos referido, resignado
como un hidalgo á sufrir heróicamente todas las consecuencias. Ya que el
Marqués había escapado, Muñoz quería vengarse en el hermano.
Mientras que pasaban en la plaza mayor las ejecuciones que hemos
referido, en el interior de las casas reales tenía lugar uno de esos
actos bárbaros inventados por los hombres en nombre de la justicia.
Don Martín Cortés había sido condenado á sufrir el tormento _de la agua
y de los cordeles_, y los españoles pagaban así en el hijo los servicios
que la madre había prestado en la obra laboriosa y difícil de la
conquista.
A pesar de una reciente y dolorosa enfermedad que había padecido, fué
llevado á la pieza destinada para el tormento en el palacio, que era
húmeda y sombría, pues recibía una escasa luz por una alta ventana
guarnecida con gruesas barras de hierro.
Juan Navarro y Pedro Baca le desnudaron y le colocaron en el potro del
tormento, que era un tosco caballete de madera con unos agujeros por
donde pasaban las cuerdas y unos tornos para apretarlas.
Don Martín, silencioso, pero digno y firme, miraba fieramente á sus
verdugos. Le amarraron ambos brazos con un cordel que apretaron
gradualmente para arrancarle una declaración.
No habiendo dicho nada, le amarraron con seis cordeles los brazos,
muslos y espinillas, y le colocaron otros dos en los dedos pulgares de
los pies, y todo este aparato era terriblemente apretado por el
torniquete hasta el punto que las cuerdas se le entraban en la carne y
los dedos de los pies estaban á punto de arrancársele.
En esto entraron Don Francisco de Velasco y el obispo de la Puebla Don
Antonio Morales, pues siendo Don Martín caballero del hábito de
Santiago, conforme á los estatutos de la Orden debían asistir dos
caballeros al suplicio.
Don Martín volvió indignado la vista hacia el Obispo, y nada contestó.
Entonces Muñoz, que desde la puerta vigilaba la ejecución del tormento,
mandó que se le echase un jarro de agua.
Nada dijo tampoco Don Martín.
Muñoz ordenó otro jarro de agua.
Don Martín estuvo á punto de ahogarse, é hizo, á pesar de su debilidad,
un esfuerzo para romper las ligaduras que le martirizaban.
Muñoz dispuso que se le echase otro jarro de agua.
Don Martín volvió la vista y amenazó con una terrible mirada á Muñoz y
al Obispo.
--Otro jarro de agua,--gritó Muñoz.
Con esfuerzo, porque Don Martín se ahogaba, le echaron el cuarto jarro
de agua, lastimándole la boca que pretendía cerrar á pesar de tener una
trabilla que se lo impedía.
--Confesad,--le dijeron los verdugos.
--He dicho la verdad en la causa, y nada tengo que añadir,--dijo el
desgraciado.
--Otro jarro de agua,--gritó Muñoz.
--Puede morir, observó el verdugo.
--Otro jarro, otro jarro, y aunque muera,--replicó Muñoz.
Otro jarro fué administrado en efecto, pero el infeliz Don Martín moría,
y con voz desfallecida exclamó: «_Ya he dicho la verdad, y por el
Sacratísimo nombre de Dios que se duelan de mí, que no diré más de aquí
que me muera._»
El paciente cerró los ojos, y los verdugos, creyéndolo muerto,
suspendieron el tormento y le condujeron en ese estado á su prisión.
Algunos días después Don Martín fué condenado á destierro perpetuo de
todas las Indias; y enfermo y maltratado, y lleno de despecho y de
tristeza por el ultraje que había recibido, se embarcó para la
Península, donde murió á poco tiempo á consecuencia de sus martirios y
pesares.
V
LA JUSTICIA DEL REY
La tiranía de Muñoz no conoció ya límites desde que empuñó
definitivamente las riendas del gobierno, y la tierra se hubiera perdido
desde entonces para España, si el Rey, escuchando las muchas y justas
quejas de sus vasallos de México, no hubiese puesto un remedio. Los
licenciados Villanueva y Vasco de Puga, oidores que había dispuesto y
mandado á Castilla el visitador Valderrama, vinieron comisionados y con
amplias facultades para remediar todos los males que á causa del
gobierno de Muñoz aquejaban á la Nueva España.
El Martes Santo entraron secretamente á la ciudad, con sus _cartas y
provisiones_ que mostraron únicamente á la Audiencia; pero los oidores
estaban ya tan aterrorizados, que ninguno quiso aceptar la comisión de
notificar á Muñoz la cédula de S. M.
Villanueva y Vasco de Puga tuvieron que apechugar con todo el lance.
Muñoz, para darse más importancia y para hacer alarde de un acto de
hipócrita devoción, se había retirado á pasar la Semana Santa al
convento de Santo Domingo, y en la iglesia había mandado poner un alto
tablado con un dosel de terciopelo carmesí, todo recamado de oro, un
sitial y un cojín. Allí asistía á los oficios y ceremonias, rodeado de
una compañía de alabarderos. Los mismos frailes, poderosos é influentes
entonces, se llenaron de tal espanto, que muchas veces pasaban tres ó
cuatro hojas del misal en vez de una, y cantaban los salmos de una
manera extraña. Acabados los oficios, Muñoz atravesaba con una estudiada
gravedad los corredores del convento, y se encerraba en su celda á
pensar á quiénes robaría los bienes y á quién encerraría en sus inmundos
calabozos.
Puga y Villanueva tuvieron, como quien dice, que echarse el alma á las
espaldas, y el Miércoles Santo, muy de mañana, acompañados del
secretario Sancho López de Agurto y del alguacil mayor, se presentaron
en el convento. Encontráronse con el paje del servicio, pero rehusó
formalmente despertar á Muñoz, por más instancias que le hicieron; así,
tuvieron que esperar más de una hora hasta que otro paje se resolvió, y
de puntillas y vacilando, como quien va á cometer un crimen, avisó á su
amo que unos caballeros con negocios de mucha importancia pretendían
besarle la mano. Muñoz despidió al audaz paje con una torva mirada, y no
se dignó contestar.
Pasó otra media hora, y entonces Muñoz se vistió é hizo entrar á su
dormitorio á los licenciados. Estaba sentado en uno de esos sillones
antiguos, de que hoy nos quedan algunas muestras, con la gorra puesta y
las piernas negligentemente tendidas sobre unos cojines de terciopelo
galoneados de oro.
Puga y Villanueva se descubrieron, saludaron cortesmente, y como se
acostumbraba, preguntaron por su salud.
--La noche fué mala, contestó Muñoz sin darles asiento ni quitarse la
gorra, y la salud no es buena; pero sería mejor si gente atrevida é
importuna no viniese desde la madrugada de Dios á turbar el sueño y el
descanso en días tan santos y tan solemnes.
Estas palabras encendieron la cólera de los oidores, que se cubrieron al
instante la cabeza. Muñoz quería levantarse á reprenderles sin duda,
pero le hicieron una señal imperiosa con la mano, y Villanueva, que era
el más resuelto, sacó del seno la _provisión real_, y dijo con firmeza:
--Señor secretario, leed esta cédula y notificadla al licenciado Muñoz.
Agurto, alentado y colérico también, tomó el papel, se acercó al
visitador, desviando con el pie los cojines que le estorbaban, y comenzó
á leer. A los primeros renglones, Muñoz se quitó la gorra; á los
segundos, recogió sus piernas y se puso en una postura decente; á la
mitad de la cédula, perdió el color; al fin de ella, el hombre estaba
tan abatido, tan humillado, tan cobarde, cuanto antes había sido
soberbio, altanero y cruel.
--Señor Muñoz, le dijo Villanueva, están sonando las ocho en el reloj
del convento. Dentro de tres horas saldréis de la ciudad.
--Asistiré á los oficios, murmuró Muñoz, queriendo ganar un poco de
tiempo.
--Dentro de tres horas, repitió Villanueva.
--Dentro de tres horas, dijo Puga.
--¡Dentro de tres horas! gritóle Agurto, y los tres, seguidos de su
alguacil, volvieron la espalda á Muñoz, y sin saludarle salieron de la
celda.
Muñoz, sobrecogido de miedo, y temiendo que los oidores le mandaran
degollar, recogió el oro que pudo, y disfrazado, á pie, sin custodia
ninguna y acompañado solo de Carrillo, que era su favorito, abandonó por
la puerta excusada el convento de Santo Domingo, antes de que sonaran
las once en el reloj, y tomó el camino de Veracruz.
Cuando los reverendos padres entraron á la celda á ofrecerle sus
servicios y oraciones, encontraron la cama deshecha, papeles rotos, y
ropas y muebles en desorden. El visitador se había marchado, y difundida
la noticia en un momento, la ciudad se llenó de júbilo, y las gentes
salían de sus casas como si se hubiesen repetido las espléndidas fiestas
del Marqués.
* * * * *
Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, que estaba, por falta de un
buque, detenido en Veracruz, tuvo que hacer junto con Muñoz el viaje de
mar. Una sola vez trató Muñoz de saludarle y de trabar conversación con
él, sin embargo de las esperanzas que tenía de que su conducta fuera
aprobada.
--Un caballero y un hidalgo no puede atravesar una palabra,--dijo el de
Falces con dignidad,--con un asesino y con un hombre vil. Si mis
palabras os mortifican, os haré la merced, llegando á España, de daros
razón con la punta de mi espada. Muñoz devoró el insulto, pensando
vengarse más adelante.
Una vez que llegaron, solicitaron audiencia del Rey. Falces fué muy bien
recibido, se escucharon con benevolencia sus explicaciones y se retiró á
su casa contento y satisfecho.
Cuando llegó su turno á Muñoz, Felipe II estaba sentado, y ni lo saludó,
ni alzó siquiera la vista para mirarle. Muñoz comenzó á hacer la
relación de sus servicios y de sus méritos. Felipe se levantó entonces,
le miró fijamente, y le dijo con enfado: _No os envié á las Indias á
destruir, sino á gobernar_, y volviéndole las espaldas, se retiró á otro
aposento.
Muñoz quedó petrificado como una estatua; á poco pudo moverse, y salió
de los aposentos reales. Con dificultad llegó á su casa, vacilante y
como ebrio, y apenas acertó á cerrar la puerta para que nadie le viese.
Al día siguiente, los pajes que entraron á servirle el desayuno le
encontraron muerto, sentado en un sillón, con una mano en la mejilla y
la fisonomía descompuesta y hundida; parecía la de un cadáver que
después de una semana se hubiese sacado de la tumba.
Así se cumplió la justicia de Dios y del Rey.
_Manuel Payno._
PEDRO DE ALVARADO
I
EL COMENDADOR
Entre la alegre turba de jóvenes aventureros que llegaban de España á
las ricas islas del mundo de Colón, se distinguía en el año de 1510 uno
á quien sus compañeros daban el sobrenombre de _el Comendador_.
Contaría este mancebo cuando más veinticinco años de edad, y había
nacido en Badajoz. Alto, esbelto, fornido, parecía destinado por su
naturaleza á la guerra, y se hacía notable por la blancura de su cutis y
por su hermosa cabellera, tan rubia como la que los poetas le atribuían
al mismo Apolo.
Este joven se llamaba Pedro de Alvarado.
Al llegar Alvarado á la América, ostentaba orgullosamente un viejo sayo,
único regalo quizá de un su tío, caballero de la Orden de Santiago.
Pero aquel sayo había servido mucho tiempo á aquel tío, y aquel tío
había llevado en el mismo tiempo la insignia de la orden; cuando Pedro
de Alvarado se hizo el propietario de la prenda, quitó de ella la cruz
de Santiago, pero no consiguió borrar la señal del lugar que había
ocupado, y la indeleble huella fué denunciando por todas partes la
historia del sayo, y la categoría de su primer poseedor. Esto no era
posible que escapara á las perspicaces miradas de los audaces
aventureros que pasaban á las Indias, y para burlarse de Pedro y de su
sayo, muy pronto convinieron en llamarle, y le llamaron por burla _el
Comendador_.
Entre soldados ó estudiantes, los sobrenombres se popularizan
inmediatamente, y ni la resignación ni el enojo son poderosos para
hacerlos olvidar. Pedro de Alvarado tuvo que conformarse con el apodo,
ofreciendo nada más que algún día llegaría por sus hechos á alcanzar
verdaderamente aquella condecoración.
II
EL CAPITAN
Los colonos de la Isla de Cuba estaban conmovidos con las noticias que
circulaban entre ellos.
El gobernador Diego Velázquez había recibido nuevas de la expedición que
por orden suya emprendió Juan de Grijalva en busca de nuevas tierras.
El portador de aquellas noticias, uno de los más famosos capitanes de la
escuadrilla de Grijalva, era el que mandaba uno de los cuatro buques de
que aquella se componía, y ese capitán, que volvió cargado de riquezas á
presentarlas á Diego Velázquez, y que había dado ya su nombre á un río
caudaloso en las tierras nuevamente descubiertas, no era otro que Pedro
de Alvarado.
Pero Alvarado no era ya el pobre mozo que llevaba la vieja ropa de su
tío, no era ya el joven desvalido á quien llamaban satíricamente el
Comendador, no; Alvarado salió con Grijalva en 1518, y entonces, y al
volver á Cuba, se titulaba «el capitán Pedro de Alvarado.»
Las nuevas que de su boca escuchó el gobernador Diego Velázquez, no
podían ser más satisfactorias. Juan de Grijalva había costeado la gran
península de Yucatán descubierta por Francisco Hernández de Córdoba, y
encontrando allí señales de una civilización muy adelantada dió á
aquella tierra el nombre de Nueva-España; llamó «de San Martín,» con el
nombre del primer soldado que la descubrió, una sierra; nombró «de
Alvarado» al río de Papaloapan, en el que entró Pedro de Alvarado con su
buque, «Grijalva» á otro de Tabasco, y después de haber recorrido un
extenso litoral, y haber llegado hasta Ulúa el día de San Juan,
determinó enviar un mensajero al gobernador.
Para esta misión, Juan de Grijalva eligió al más distinguido de sus
capitanes. Y el más distinguido era sin duda Pedro de Alvarado.
La ambición se despertó con estas relaciones, y bien pronto, el 1.º de
febrero de 1519, once buques se desprendían de la Habana.
Era la expedición que caminaba á la conquista de la Nueva-España, bajo
las órdenes de Hernán Cortés.
Pedro de Alvarado y cuatro hermanos suyos formaban parte de esta
expedición[14].
III
TONATIUH
Triunfante el ejército de Hernán Cortés, entró á la capital de la
República de Tlaxcala el 22 de septiembre de 1519; los habitantes de la
ciudad recibieron á los españoles más que como á vencedores, como amigos
y como hermanos.
Mil muestras de cariño se dieron por el senado y por el pueblo á los
conquistadores, y entre ellas, y no sin duda la menor, fué entregar á
las hijas de los principales señores, al amor de los capitanes de
Cortés, después de hacerlas bautizar.
El viejo Xicotencatl, el padre del esforzado y bizarro general de los
ejércitos de Tlaxcala, tenía una hija que recibió también las aguas del
bautismo, y fué llamada desde entonces Doña Luisa.
Doña Luisa era la más hermosa de las doncellas tlaxcaltecas; sus formas
mórbidas y graciosas se adivinaban al través de la rica túnica de
algodón bordada de plumas, que bajaba desde sus hombros dejando
descubiertos su cuello y sus torneados brazos; su boca pequeña, fresca y
nacarada, ligeramente entreabierta, mostraba las rojas encías y los
hermosos dientes que caracterizan á la raza indígena de México, y sus
ojos ardientes parecían iluminar aquella encantadora fisonomía.
Negra como el ala de un cuervo la cabellera de la doncella, estaba
entretejida con sartas de cuentas de oro y de coral, y en sus pies
perfectamente modelados llevaba ligeros cacles de pieles ricamente
adornados, y sujetos por cintas bordadas de oro que subían
entretejiéndose hasta cerca de la rodilla.
Aquella fantástica hermosura debía estar destinada para el más famoso de
los capitanes de Cortés, porque aquella joven era la perla y la flor de
las bellas de Tlaxcala.
Al volver Doña Luisa de las ceremonias del bautismo, y cuando iba ya á
ser entregada al hombre que debía ser su dueño y su amante, todas las
miradas de los españoles se clavaban en ella, y por ella se encendían
todos los corazones, y todos esperaban con ansia el momento de saber
quien sería el feliz mortal que iba á poseer á la Venus de Nueva España.
Doña Luisa caminaba majestuosamente, pero con los ojos bajos y encendida
por el rubor, conducida de la mano por uno de los señores de Tlaxcala.
Así llegaron hasta el lugar en que estaba el favorecido.
--¡Tonatiuh! (el sol)--dijeron los Tlaxcaltecas.
--¡Pedro de Alvarado!--exclamaron los españoles.
En efecto, Alvarado ó Tonatiuh, que quiere decir sol, como le llamaban
los indígenas, por el color rubio de su pelo, era el dueño de Doña
Luisa, la hija del viejo Xicotencatl.
Y quizá nadie merecía como él el amor de aquella mujer. En la batalla de
Tabasco, y en las grandes batallas que el pequeño ejército español había
tenido que sostener contra los ejércitos Tlaxcaltecas mandados por el
indomable Xicotencatl, el joven Pedro de Alvarado se había distinguido
entre todos por su arrojo y serenidad; ni contaba á sus enemigos, ni
calculaba sus fuerzas, ni desconfiaba de su victoria y de su brazo.
Capitán unas veces, soldado otras, allí donde más se empeñaba la pelea
se encontraba siempre Pedro de Alvarado, siguiendo á los más audaces
cuando le tomaban por una casualidad la vanguardia, ó conduciéndolos al
peligro si así le presentaban lugar de hacerlo las peripecias del
combate.
Alvarado era más un proyectil que un hombre, se abría paso entre las
compactas masas del enemigo, y dejaba tras de sí como una estela de
sangre y de esterminio.
Sin embargo, ese mismo ardor, esa impetuosidad no refrenada de sus
pasiones, le arrastró algunas veces á la imprudencia y á la tiranía,
como sucedió en la Isla de Cozumel, en donde aterrorizó á los
habitantes, y como aconteció después en México; pero Cortés, que era
entre aquellos hombres de corazón de acero, como el sol en medio de sus
planetas, refrenó los violentos ímpetus del osado capitán.
Los naturales del país llamaron á Pedro de Alvarado desde los primeros
días, Tonatiuh (sol), y el nombre de Tonatiuh se hizo célebre, y fué
durante mucho tiempo el terror de aquellas comarcas.
Tonatiuh siguió á Hernán Cortés á la capital del imperio de Moctezuma, y
ya hemos referido como ayudó á la prisión del infeliz Emperador y la
horrible matanza que en el mes «Texcatl» de los mexicanos (mayo de
1520) hizo Alvarado en el atrio del templo mayor.
En la célebre Noche Triste, Alvarado sostenía la retaguardia del
ejército español, y á tal peligro se vió expuesto, que dió su nombre á
una de las calles principales de esta ciudad.
Cortés volvió á sitiar á México, y como siempre, Tonatiuh fué el más
esforzado de sus capitanes, distinguiéndose sobre todo en el asalto del
gran «Teocalli» de Tlaltelolco.
IV
EL GOBERNADOR
El Virrey de México D. Antonio de Mendoza ambicionaba descubrir y
conquistar nuevas tierras en las costas del Océano Pacífico.
Las fantásticas relaciones de Fray Marcos de Niza hacían aparecer
aquellas comarcas como un paraíso, en el que una tierra,
maravillosamente feraz, ocultaba en sus entrañas ríos de plata, y en que
los arroyos llevaban arenas de oro.
Dios derramaba allí todas las riquezas que podían ambicionar los
hombres, y los metales y las perlas, y cuanto era capaz de cautivar el
corazón ó los sentidos, todo se encontraba allí en fabulosa abundancia.
El Virrey Mendoza quiso ponerse de acuerdo y contar con el auxilio del
gobernador y capitán general de Guatemala, y el gobernador vino, por
tierra, á conferenciar con el Virrey, y envió á las costas de Nueva
Galicia una escuadra compuesta de doce naves.