--Cobardía, infamia, traición, eso es lo que saco en limpio de estos

papeles. Las causas, enredadas con tantas declaraciones y alegatos, no

acabarán nunca, y nosotros tenemos de acabarlas, señor fiscal, y tengan

vuestra señoría y vosotros, señores oidores, mucho cuidado con vuestras

cabezas.

Todos guardaron silencio, y el fiscal Sande se sentó y se puso á

escribir.

--¿Qué escribís, Sande?--le preguntó Muñoz.

--Vuestra señoría tendrá la paciencia de esperar un cuarto de hora, y

leerá, pues creo haber adivinado su intento.

Muñoz bajó la cabeza y quedó sumergido en una especie de somnolencia.

Cuando Sande acabó, presentó á Muñoz lo que había escrito.

Muñoz abrió su gran boca; sus ojos brillaron como los de una hiena en la

noche.

--Se decreta, dijo Muñoz, la confiscación de bienes del marqués del

Valle, de Don Martín su hermano, de Arias Sotelo, de Pacheco Bocanegra,

de Nuño Chávez, de Luis Ponce de Leon, de Agustín de Soto Mayor, de

Francisco Pacheco, de Hernando de Córdova, de Diego Rodríguez, de

Hernando Bazán, de Antonio Carvajal y de Gómez de Cáceres. Todo estos

quedarán reducidos á una estrecha prisión.

--Volved la hoja, le dijo el fiscal.

Muñoz volvió la hoja y preguntó al secretario de la Audiencia:

--¿Tendremos cárceles bastantes para más de doscientas personas?

--Con perdón de su señoría, después de los que se hallan en prisión,

apenas habrá para veinte.

--Entonces, sin dilación, es menester construír todas las prisiones que

sean necesarias. Serán estrechas, incómodas, y se colocarán en los

lugares más malsanos, porque debemos estar entendidos que no se trata de

regalar á los traidores á su Rey. ¿Me entendéis? Quiero que tengan fama

en la historia, y que todos se acuerden en México, dentro de dos siglos,

de _los calabozos de Muñoz_.

Muñoz se levantó, y sin quitarse la gorra ni saludar, salió de la

Audiencia.

En la noche, los justicias, desde las doce hasta la madrugada,

recorrieron la ciudad; asaltaron por las azoteas, por las huertas, por

los corrales, todas las casas designadas, y arrancaron de su lecho y de

los brazos de sus esposas á las víctimas, secuestrando la ropa, los

papeles, la plata labrada, los caballos y carruajes.

Amaneció el día siguiente, y la consternación y el llanto se veían en

todos los semblantes. Nadie se atrevía á hablar, y todos temblaban

cuando veían pasar á los siniestros satélites del visitador de México.

* * * * *

Una vez infundido el espanto y el pavor con este golpe que hirió á las

más principales y nobles familias, Muñoz fué el dueño y el árbitro de la

ciudad de México. En las siguientes semanas este hombre feroz se encerró

en su habitación sin dejarse hablar ni ver más que por sus secuaces. Las

causas caminaban con espantosa rapidez, y los presos, aturdidos, no

acertaban ni en las respuestas ni en la manera de defenderse.

El día 8 de enero de 1568, al caer la tarde, fueron ahorcados Gómez de

Victoria y Cristóbal de Oñate. Esa noche ninguna de las familias de los

presos durmió, y la pasaron en angustias, llorando y encendiendo cirios

á los santos para que libertasen de la muerte á sus deudos.

El Ayuntamiento, entre tanto, aterrorizado y temiendo ser ahorcado en

cuerpo y solemnemente, dispuso alegres festividades para celebrar la

llegada del visitador y la justicia que hacía en nombre del Rey.

El día 9 recorrió las calles una fúnebre procesión. Dos nobles ricos y

principales caballeros, Don Baltazar y Don Pedro de Quesada, atados de

pies y manos, en sendas mulas, aparecían custodiados por numerosos y

feroces esbirros. En cada esquina el pregonero se detenía y gritaba con

toda la fuerza de sus pulmones: «Esta es la justicia que manda hacer S.

M. á este hombre, por traidor; mándanle degollar por ello; quien tal

hace que tal pague.» Llevados de este modo hasta el centro de la plaza

pública (donde hoy están los jardines), el verdugo les cortó la cabeza.

Diego Arias, Baltazar de Sotelo, Pero Gómez de Cáceres, Juan Valdivieso,

Antonio Ruíz de Castañeda y García de Albornoz, fueron sacados

violentamente, de noche, y conducidos á Veracruz para ser embarcados

para España. A la mayor parte de los ricos se les exigieron gruesas

sumas de dinero, que á título de sueldos se repartían Muñoz, Carrillo,

los oidores y los demás satélites del tirano. Carrillo firmaba todo lo

que Muñoz decretaba.

La consternación y el miedo se cambió en rabia. Aseguran las tradiciones

que una buena parte de la gente principal se reunía en un barrio que se

llamó por esto de los Rebeldes, y en unas casas en ruina que había

(donde hoy es la imprenta de Don Ignacio Cumplido), conspiraban,

resueltos á matar á Muñoz, á Carrillo y á los oidores, y á libertarse á

toda costa de la más horrenda y sangrienta tiranía.

IV

EL TORMENTO

Martín Cortés, actor principal después de su hermano en este sangriento

drama, era el mejor y más amable de los hombres. Hijo de la hermosa

Marina y del conquistador D. Hernando, por un error de la naturaleza no

había heredado ni la fortaleza y brío personal de su padre, pero sí la

melancolía y la dulzura de la raza indígena, representada en los ojos,

en la fisonomía, en las maneras de la mujer más bella y más célebre que

pueda registrar la historia. Débil, extenuado, enfermizo,

condescendiente por carácter, fiel y amante con su hermano, había

seguido pasivamente todas las aventuras que ya hemos referido, resignado

como un hidalgo á sufrir heróicamente todas las consecuencias. Ya que el

Marqués había escapado, Muñoz quería vengarse en el hermano.

Mientras que pasaban en la plaza mayor las ejecuciones que hemos

referido, en el interior de las casas reales tenía lugar uno de esos

actos bárbaros inventados por los hombres en nombre de la justicia.

Don Martín Cortés había sido condenado á sufrir el tormento _de la agua

y de los cordeles_, y los españoles pagaban así en el hijo los servicios

que la madre había prestado en la obra laboriosa y difícil de la

conquista.

A pesar de una reciente y dolorosa enfermedad que había padecido, fué

llevado á la pieza destinada para el tormento en el palacio, que era

húmeda y sombría, pues recibía una escasa luz por una alta ventana

guarnecida con gruesas barras de hierro.

Juan Navarro y Pedro Baca le desnudaron y le colocaron en el potro del

tormento, que era un tosco caballete de madera con unos agujeros por

donde pasaban las cuerdas y unos tornos para apretarlas.

Don Martín, silencioso, pero digno y firme, miraba fieramente á sus

verdugos. Le amarraron ambos brazos con un cordel que apretaron

gradualmente para arrancarle una declaración.

No habiendo dicho nada, le amarraron con seis cordeles los brazos,

muslos y espinillas, y le colocaron otros dos en los dedos pulgares de

los pies, y todo este aparato era terriblemente apretado por el

torniquete hasta el punto que las cuerdas se le entraban en la carne y

los dedos de los pies estaban á punto de arrancársele.

En esto entraron Don Francisco de Velasco y el obispo de la Puebla Don

Antonio Morales, pues siendo Don Martín caballero del hábito de

Santiago, conforme á los estatutos de la Orden debían asistir dos

caballeros al suplicio.

Don Martín volvió indignado la vista hacia el Obispo, y nada contestó.

Entonces Muñoz, que desde la puerta vigilaba la ejecución del tormento,

mandó que se le echase un jarro de agua.

Nada dijo tampoco Don Martín.

Muñoz ordenó otro jarro de agua.

Don Martín estuvo á punto de ahogarse, é hizo, á pesar de su debilidad,

un esfuerzo para romper las ligaduras que le martirizaban.

Muñoz dispuso que se le echase otro jarro de agua.

Don Martín volvió la vista y amenazó con una terrible mirada á Muñoz y

al Obispo.

--Otro jarro de agua,--gritó Muñoz.

Con esfuerzo, porque Don Martín se ahogaba, le echaron el cuarto jarro

de agua, lastimándole la boca que pretendía cerrar á pesar de tener una

trabilla que se lo impedía.

--Confesad,--le dijeron los verdugos.

--He dicho la verdad en la causa, y nada tengo que añadir,--dijo el

desgraciado.

--Otro jarro de agua,--gritó Muñoz.

--Puede morir, observó el verdugo.

--Otro jarro, otro jarro, y aunque muera,--replicó Muñoz.

Otro jarro fué administrado en efecto, pero el infeliz Don Martín moría,

y con voz desfallecida exclamó: «_Ya he dicho la verdad, y por el

Sacratísimo nombre de Dios que se duelan de mí, que no diré más de aquí

que me muera._»

El paciente cerró los ojos, y los verdugos, creyéndolo muerto,

suspendieron el tormento y le condujeron en ese estado á su prisión.

Algunos días después Don Martín fué condenado á destierro perpetuo de

todas las Indias; y enfermo y maltratado, y lleno de despecho y de

tristeza por el ultraje que había recibido, se embarcó para la

Península, donde murió á poco tiempo á consecuencia de sus martirios y

pesares.

V

LA JUSTICIA DEL REY

La tiranía de Muñoz no conoció ya límites desde que empuñó

definitivamente las riendas del gobierno, y la tierra se hubiera perdido

desde entonces para España, si el Rey, escuchando las muchas y justas

quejas de sus vasallos de México, no hubiese puesto un remedio. Los

licenciados Villanueva y Vasco de Puga, oidores que había dispuesto y

mandado á Castilla el visitador Valderrama, vinieron comisionados y con

amplias facultades para remediar todos los males que á causa del

gobierno de Muñoz aquejaban á la Nueva España.

El Martes Santo entraron secretamente á la ciudad, con sus _cartas y

provisiones_ que mostraron únicamente á la Audiencia; pero los oidores

estaban ya tan aterrorizados, que ninguno quiso aceptar la comisión de

notificar á Muñoz la cédula de S. M.

Villanueva y Vasco de Puga tuvieron que apechugar con todo el lance.

Muñoz, para darse más importancia y para hacer alarde de un acto de

hipócrita devoción, se había retirado á pasar la Semana Santa al

convento de Santo Domingo, y en la iglesia había mandado poner un alto

tablado con un dosel de terciopelo carmesí, todo recamado de oro, un

sitial y un cojín. Allí asistía á los oficios y ceremonias, rodeado de

una compañía de alabarderos. Los mismos frailes, poderosos é influentes

entonces, se llenaron de tal espanto, que muchas veces pasaban tres ó

cuatro hojas del misal en vez de una, y cantaban los salmos de una

manera extraña. Acabados los oficios, Muñoz atravesaba con una estudiada

gravedad los corredores del convento, y se encerraba en su celda á

pensar á quiénes robaría los bienes y á quién encerraría en sus inmundos

calabozos.

Puga y Villanueva tuvieron, como quien dice, que echarse el alma á las

espaldas, y el Miércoles Santo, muy de mañana, acompañados del

secretario Sancho López de Agurto y del alguacil mayor, se presentaron

en el convento. Encontráronse con el paje del servicio, pero rehusó

formalmente despertar á Muñoz, por más instancias que le hicieron; así,

tuvieron que esperar más de una hora hasta que otro paje se resolvió, y

de puntillas y vacilando, como quien va á cometer un crimen, avisó á su

amo que unos caballeros con negocios de mucha importancia pretendían

besarle la mano. Muñoz despidió al audaz paje con una torva mirada, y no

se dignó contestar.

Pasó otra media hora, y entonces Muñoz se vistió é hizo entrar á su

dormitorio á los licenciados. Estaba sentado en uno de esos sillones

antiguos, de que hoy nos quedan algunas muestras, con la gorra puesta y

las piernas negligentemente tendidas sobre unos cojines de terciopelo

galoneados de oro.

Puga y Villanueva se descubrieron, saludaron cortesmente, y como se

acostumbraba, preguntaron por su salud.

--La noche fué mala, contestó Muñoz sin darles asiento ni quitarse la

gorra, y la salud no es buena; pero sería mejor si gente atrevida é

importuna no viniese desde la madrugada de Dios á turbar el sueño y el

descanso en días tan santos y tan solemnes.

Estas palabras encendieron la cólera de los oidores, que se cubrieron al

instante la cabeza. Muñoz quería levantarse á reprenderles sin duda,

pero le hicieron una señal imperiosa con la mano, y Villanueva, que era

el más resuelto, sacó del seno la _provisión real_, y dijo con firmeza:

--Señor secretario, leed esta cédula y notificadla al licenciado Muñoz.

Agurto, alentado y colérico también, tomó el papel, se acercó al

visitador, desviando con el pie los cojines que le estorbaban, y comenzó

á leer. A los primeros renglones, Muñoz se quitó la gorra; á los

segundos, recogió sus piernas y se puso en una postura decente; á la

mitad de la cédula, perdió el color; al fin de ella, el hombre estaba

tan abatido, tan humillado, tan cobarde, cuanto antes había sido

soberbio, altanero y cruel.

--Señor Muñoz, le dijo Villanueva, están sonando las ocho en el reloj

del convento. Dentro de tres horas saldréis de la ciudad.

--Asistiré á los oficios, murmuró Muñoz, queriendo ganar un poco de

tiempo.

--Dentro de tres horas, repitió Villanueva.

--Dentro de tres horas, dijo Puga.

--¡Dentro de tres horas! gritóle Agurto, y los tres, seguidos de su

alguacil, volvieron la espalda á Muñoz, y sin saludarle salieron de la

celda.

Muñoz, sobrecogido de miedo, y temiendo que los oidores le mandaran

degollar, recogió el oro que pudo, y disfrazado, á pie, sin custodia

ninguna y acompañado solo de Carrillo, que era su favorito, abandonó por

la puerta excusada el convento de Santo Domingo, antes de que sonaran

las once en el reloj, y tomó el camino de Veracruz.

Cuando los reverendos padres entraron á la celda á ofrecerle sus

servicios y oraciones, encontraron la cama deshecha, papeles rotos, y

ropas y muebles en desorden. El visitador se había marchado, y difundida

la noticia en un momento, la ciudad se llenó de júbilo, y las gentes

salían de sus casas como si se hubiesen repetido las espléndidas fiestas

del Marqués.

* * * * *

Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, que estaba, por falta de un

buque, detenido en Veracruz, tuvo que hacer junto con Muñoz el viaje de

mar. Una sola vez trató Muñoz de saludarle y de trabar conversación con

él, sin embargo de las esperanzas que tenía de que su conducta fuera

aprobada.

--Un caballero y un hidalgo no puede atravesar una palabra,--dijo el de

Falces con dignidad,--con un asesino y con un hombre vil. Si mis

palabras os mortifican, os haré la merced, llegando á España, de daros

razón con la punta de mi espada. Muñoz devoró el insulto, pensando

vengarse más adelante.

Una vez que llegaron, solicitaron audiencia del Rey. Falces fué muy bien

recibido, se escucharon con benevolencia sus explicaciones y se retiró á

su casa contento y satisfecho.

Cuando llegó su turno á Muñoz, Felipe II estaba sentado, y ni lo saludó,

ni alzó siquiera la vista para mirarle. Muñoz comenzó á hacer la

relación de sus servicios y de sus méritos. Felipe se levantó entonces,

le miró fijamente, y le dijo con enfado: _No os envié á las Indias á

destruir, sino á gobernar_, y volviéndole las espaldas, se retiró á otro

aposento.

Muñoz quedó petrificado como una estatua; á poco pudo moverse, y salió

de los aposentos reales. Con dificultad llegó á su casa, vacilante y

como ebrio, y apenas acertó á cerrar la puerta para que nadie le viese.

Al día siguiente, los pajes que entraron á servirle el desayuno le

encontraron muerto, sentado en un sillón, con una mano en la mejilla y

la fisonomía descompuesta y hundida; parecía la de un cadáver que

después de una semana se hubiese sacado de la tumba.

Así se cumplió la justicia de Dios y del Rey.

_Manuel Payno._

PEDRO DE ALVARADO

I

EL COMENDADOR

Entre la alegre turba de jóvenes aventureros que llegaban de España á

las ricas islas del mundo de Colón, se distinguía en el año de 1510 uno

á quien sus compañeros daban el sobrenombre de _el Comendador_.

Contaría este mancebo cuando más veinticinco años de edad, y había

nacido en Badajoz. Alto, esbelto, fornido, parecía destinado por su

naturaleza á la guerra, y se hacía notable por la blancura de su cutis y

por su hermosa cabellera, tan rubia como la que los poetas le atribuían

al mismo Apolo.

Este joven se llamaba Pedro de Alvarado.

Al llegar Alvarado á la América, ostentaba orgullosamente un viejo sayo,

único regalo quizá de un su tío, caballero de la Orden de Santiago.

Pero aquel sayo había servido mucho tiempo á aquel tío, y aquel tío

había llevado en el mismo tiempo la insignia de la orden; cuando Pedro

de Alvarado se hizo el propietario de la prenda, quitó de ella la cruz

de Santiago, pero no consiguió borrar la señal del lugar que había

ocupado, y la indeleble huella fué denunciando por todas partes la

historia del sayo, y la categoría de su primer poseedor. Esto no era

posible que escapara á las perspicaces miradas de los audaces

aventureros que pasaban á las Indias, y para burlarse de Pedro y de su

sayo, muy pronto convinieron en llamarle, y le llamaron por burla _el

Comendador_.

Entre soldados ó estudiantes, los sobrenombres se popularizan

inmediatamente, y ni la resignación ni el enojo son poderosos para

hacerlos olvidar. Pedro de Alvarado tuvo que conformarse con el apodo,

ofreciendo nada más que algún día llegaría por sus hechos á alcanzar

verdaderamente aquella condecoración.

II

EL CAPITAN

Los colonos de la Isla de Cuba estaban conmovidos con las noticias que

circulaban entre ellos.

El gobernador Diego Velázquez había recibido nuevas de la expedición que

por orden suya emprendió Juan de Grijalva en busca de nuevas tierras.

El portador de aquellas noticias, uno de los más famosos capitanes de la

escuadrilla de Grijalva, era el que mandaba uno de los cuatro buques de

que aquella se componía, y ese capitán, que volvió cargado de riquezas á

presentarlas á Diego Velázquez, y que había dado ya su nombre á un río

caudaloso en las tierras nuevamente descubiertas, no era otro que Pedro

de Alvarado.

Pero Alvarado no era ya el pobre mozo que llevaba la vieja ropa de su

tío, no era ya el joven desvalido á quien llamaban satíricamente el

Comendador, no; Alvarado salió con Grijalva en 1518, y entonces, y al

volver á Cuba, se titulaba «el capitán Pedro de Alvarado.»

Las nuevas que de su boca escuchó el gobernador Diego Velázquez, no

podían ser más satisfactorias. Juan de Grijalva había costeado la gran

península de Yucatán descubierta por Francisco Hernández de Córdoba, y

encontrando allí señales de una civilización muy adelantada dió á

aquella tierra el nombre de Nueva-España; llamó «de San Martín,» con el

nombre del primer soldado que la descubrió, una sierra; nombró «de

Alvarado» al río de Papaloapan, en el que entró Pedro de Alvarado con su

buque, «Grijalva» á otro de Tabasco, y después de haber recorrido un

extenso litoral, y haber llegado hasta Ulúa el día de San Juan,

determinó enviar un mensajero al gobernador.

Para esta misión, Juan de Grijalva eligió al más distinguido de sus

capitanes. Y el más distinguido era sin duda Pedro de Alvarado.

La ambición se despertó con estas relaciones, y bien pronto, el 1.º de

febrero de 1519, once buques se desprendían de la Habana.

Era la expedición que caminaba á la conquista de la Nueva-España, bajo

las órdenes de Hernán Cortés.

Pedro de Alvarado y cuatro hermanos suyos formaban parte de esta

expedición[14].

III

TONATIUH

Triunfante el ejército de Hernán Cortés, entró á la capital de la

República de Tlaxcala el 22 de septiembre de 1519; los habitantes de la

ciudad recibieron á los españoles más que como á vencedores, como amigos

y como hermanos.

Mil muestras de cariño se dieron por el senado y por el pueblo á los

conquistadores, y entre ellas, y no sin duda la menor, fué entregar á

las hijas de los principales señores, al amor de los capitanes de

Cortés, después de hacerlas bautizar.

El viejo Xicotencatl, el padre del esforzado y bizarro general de los

ejércitos de Tlaxcala, tenía una hija que recibió también las aguas del

bautismo, y fué llamada desde entonces Doña Luisa.

Doña Luisa era la más hermosa de las doncellas tlaxcaltecas; sus formas

mórbidas y graciosas se adivinaban al través de la rica túnica de

algodón bordada de plumas, que bajaba desde sus hombros dejando

descubiertos su cuello y sus torneados brazos; su boca pequeña, fresca y

nacarada, ligeramente entreabierta, mostraba las rojas encías y los

hermosos dientes que caracterizan á la raza indígena de México, y sus

ojos ardientes parecían iluminar aquella encantadora fisonomía.

Negra como el ala de un cuervo la cabellera de la doncella, estaba

entretejida con sartas de cuentas de oro y de coral, y en sus pies

perfectamente modelados llevaba ligeros cacles de pieles ricamente

adornados, y sujetos por cintas bordadas de oro que subían

entretejiéndose hasta cerca de la rodilla.

Aquella fantástica hermosura debía estar destinada para el más famoso de

los capitanes de Cortés, porque aquella joven era la perla y la flor de

las bellas de Tlaxcala.

Al volver Doña Luisa de las ceremonias del bautismo, y cuando iba ya á

ser entregada al hombre que debía ser su dueño y su amante, todas las

miradas de los españoles se clavaban en ella, y por ella se encendían

todos los corazones, y todos esperaban con ansia el momento de saber

quien sería el feliz mortal que iba á poseer á la Venus de Nueva España.

Doña Luisa caminaba majestuosamente, pero con los ojos bajos y encendida

por el rubor, conducida de la mano por uno de los señores de Tlaxcala.

Así llegaron hasta el lugar en que estaba el favorecido.

--¡Tonatiuh! (el sol)--dijeron los Tlaxcaltecas.

--¡Pedro de Alvarado!--exclamaron los españoles.

En efecto, Alvarado ó Tonatiuh, que quiere decir sol, como le llamaban

los indígenas, por el color rubio de su pelo, era el dueño de Doña

Luisa, la hija del viejo Xicotencatl.

Y quizá nadie merecía como él el amor de aquella mujer. En la batalla de

Tabasco, y en las grandes batallas que el pequeño ejército español había

tenido que sostener contra los ejércitos Tlaxcaltecas mandados por el

indomable Xicotencatl, el joven Pedro de Alvarado se había distinguido

entre todos por su arrojo y serenidad; ni contaba á sus enemigos, ni

calculaba sus fuerzas, ni desconfiaba de su victoria y de su brazo.

Capitán unas veces, soldado otras, allí donde más se empeñaba la pelea

se encontraba siempre Pedro de Alvarado, siguiendo á los más audaces

cuando le tomaban por una casualidad la vanguardia, ó conduciéndolos al

peligro si así le presentaban lugar de hacerlo las peripecias del

combate.

Alvarado era más un proyectil que un hombre, se abría paso entre las

compactas masas del enemigo, y dejaba tras de sí como una estela de

sangre y de esterminio.

Sin embargo, ese mismo ardor, esa impetuosidad no refrenada de sus

pasiones, le arrastró algunas veces á la imprudencia y á la tiranía,

como sucedió en la Isla de Cozumel, en donde aterrorizó á los

habitantes, y como aconteció después en México; pero Cortés, que era

entre aquellos hombres de corazón de acero, como el sol en medio de sus

planetas, refrenó los violentos ímpetus del osado capitán.

Los naturales del país llamaron á Pedro de Alvarado desde los primeros

días, Tonatiuh (sol), y el nombre de Tonatiuh se hizo célebre, y fué

durante mucho tiempo el terror de aquellas comarcas.

Tonatiuh siguió á Hernán Cortés á la capital del imperio de Moctezuma, y

ya hemos referido como ayudó á la prisión del infeliz Emperador y la

horrible matanza que en el mes «Texcatl» de los mexicanos (mayo de

1520) hizo Alvarado en el atrio del templo mayor.

En la célebre Noche Triste, Alvarado sostenía la retaguardia del

ejército español, y á tal peligro se vió expuesto, que dió su nombre á

una de las calles principales de esta ciudad.

Cortés volvió á sitiar á México, y como siempre, Tonatiuh fué el más

esforzado de sus capitanes, distinguiéndose sobre todo en el asalto del

gran «Teocalli» de Tlaltelolco.

IV

EL GOBERNADOR

El Virrey de México D. Antonio de Mendoza ambicionaba descubrir y

conquistar nuevas tierras en las costas del Océano Pacífico.

Las fantásticas relaciones de Fray Marcos de Niza hacían aparecer

aquellas comarcas como un paraíso, en el que una tierra,

maravillosamente feraz, ocultaba en sus entrañas ríos de plata, y en que

los arroyos llevaban arenas de oro.

Dios derramaba allí todas las riquezas que podían ambicionar los

hombres, y los metales y las perlas, y cuanto era capaz de cautivar el

corazón ó los sentidos, todo se encontraba allí en fabulosa abundancia.

El Virrey Mendoza quiso ponerse de acuerdo y contar con el auxilio del

gobernador y capitán general de Guatemala, y el gobernador vino, por

tierra, á conferenciar con el Virrey, y envió á las costas de Nueva

Galicia una escuadra compuesta de doce naves.

El libro rojo, 1520-1867, Tomo I · 第 8 / 20 段