--Ni una sola vez, cuando el cielo está así á la hora de ponerse el sol,

ha dejado de haber tempestad, dijo el piloto. Si teneis grande interés

en hablar á la Covadonga, vamos, porque un viejo piloto español jamás

retrocede ni ante las ondas ni ante los vientos. Los marinos sabemos que

nuestra sepultura es ancha y profunda, y nos horroriza la idea de ser

machacados y encerrados debajo de la tierra; pero vuesa merced

preferiría mejor cenar esta noche un buen pescado en su casa y remojarlo

con una bota de tinto, en vez de exponerse á que los pescados se cenen

el vientre de vuesa merced.

--Tenía yo mucho interés en saber si viene en la Covadonga un alto

personaje, porque mi amigo el alcalde de Mesta, Ruíz de la Mota, tiene

ya sus barruntos de que el Rey mandará un visitador con cartas y

provisiones amplias; y quién sabe si la pasarán mal ciertos personajes.

Este es un negocio que puede valerme unos cuantos pesos de oro, además

de los que gane en el fierro y en el azogue que me vienen en el navío.

--Entonces no hay que tener miedo, y hasta encontrar á la Covadonga, que

el comerciante, como el soldado y como el marino, debe morir en su

oficio.

--No, no, Antón, dijo el hombre gordo: tampoco á mí me gustan ni esas

nubes ni ese ventarrón caliente. Aquí en la Veracruz, cuando sopla

caliente á poco sopla frío, y vale más, como dices, cenar muy quietos en

casa. Volvámonos, y me acompañarás cuando lleguemos, á tomar un trago de

vino. Desde tierra veremos mejor los movimientos de la Covadonga.

Antón, sin responder palabra, viró la barca y dirigió la proa á

Veracruz. El mar tomaba un aspecto singular; la luz amarillenta del sol,

combinándose con el verde de las aguas, formaba un ancho campo donde

parecía que comenzaba ó se apagaba un incendio; el viento irregular

soplaba por intervalos al Sur y al Sudeste, las ondas se iban bordando

de una franja de espuma, y de las fatídicas rayas amarillas parecía que

brotaban gruesas nubes de un aspecto amenazador.

--Si no llegamos en media hora no llegaremos nunca,--dijo el piloto.

--Al puerto, bogas, al puerto, dijo D. Jerónimo, y tendrá cada uno un

tonel de vino. Los bogas redoblaron su esfuerzo, el mar se hinchaba por

momentos, y cuando la barca pasó los arrecifes y puso la proa al

embarcadero, multitud de gente en la playa veía aterrorizada aquella

cáscara de nuez que se hundía y volvía á aparecer entre la espuma como

si fuera arrojada por el soplo de un monstruo desde el fondo del abismo.

Por fin atracó al lado del embarcadero de madera, y el hombre gordo, el

piloto y los bogas saltaron á tierra llenos de agua y de sudor. La

Covadonga estaba ya visible y se adelantaba resueltamente en medio de la

tempestad que había estallado al entrar en el puerto.

En instantes el aspecto del cielo cambió, las líneas amarillas,

moribundas y enterradas al parecer en un horizonte morado oscuro,

despedían un opaco y siniestro brillo, el resto del cielo estaba oscuro,

el viento Nordeste desencadenado silbaba, las barcas amarradas danzaban

y se chocaban entre sí, y gruesas y estrepitosas olas iban á estrellarse

y á hacer crujir los débiles tablados que entonces formaban el

embarcadero.

La atención de todos los espectadores estaba fija en el barco atrevido

que así desafiaba la tormenta; y el hombre gordo, sin sentir ni la agua,

ni la fatiga, ni el cansansio, estaba fijo y mirando las maniobras de la

embarcación.

Cuando cerró la noche, la Covadonga encendió una luz á proa y tiró un

cañonazo. Si el cañonazo era de socorro, era inútil, pues la mar estaba

de tal manera furiosa, que cualquiera barca se hubiera hecho mil

pedazos.

II

DOÑA BEATRIZ

La Covadonga, juguete de las ondas, empujada más de una vez á los

arrecifes, estuvo á pique de ser hecha mil pedazos, pero el bravo marino

español logró entrar al puerto, y frente del islote de San Juan de Ulúa

dió fondo, amarrando su barco con dos gruesas y pesadas anclas. Continuó

el recio viento parte de la noche, y el barco se mantuvo flotando y

resistiendo el azote de las corrientes que se estrellaban contra sus

costados, á pesar de las predicciones de todos los marinos y habitantes

de Veracruz, que creían que de un momento á otro vendría á la costa; y

se aprestaban á dar todo el socorro posible á los náufragos. Don

Jerónimo cenó su pescado, bebió su vino en compañía del piloto y volvió

á la playa, donde permaneció toda la noche esperando de un momento á

otro ver hundidos sus botes de azogue y sus almadanetas de fierro, y

sobrenadando el cadáver del importante personaje que esperaba.

El día siguiente de esta cruel noche amaneció puro y brillante, el

viento había caído y las ondas poco á poco fueron disminuyendo, de modo

que á medio día se pudo barquear, y todos los botes que dejó en buen

estado la tormenta volaron por la bahía, y como una parvada de pájaros

que caen sobre los granos, rodearon á la nave española.

No es por cierto hoy Veracruz tan concurrido ni tan activo como otros

puertos del Golfo y de las Antillas; pero en los tiempos á que nos

referimos, la llegada de un barco era un verdadero acontecimiento: así,

en cuanto la autoridad lo permitió, la cubierta se llenó de curiosos, y

uno de los primeros que subió la escala fué nuestro conocido Don

Jerónimo, procurando indagar si venía su cargamento de fierro y azogue y

el personaje distinguido á quien buscaba.

--Viene nada menos, contestó el piloto, que un Visitador; pero su esposa

ha sufrido mucho en el temporal, y está desmayada ó tal vez muerta en la

cámara.

Nuestro hombre gordo, bien relacionado por una parte con todas las

autoridades, y pesado y exigente por otra, se abrió paso por entre la

muchedumbre, y saltando por sobre los cables y estorbos que había en la

cubierta, logró penetrar en la cámara, y lo primero con que encontró su

mirada fué á una mujer, y quedó como pasmado, sin poder articular

palabra ni moverse en algunos minutos.

Era por cierto una mujer hermosa; y nada hay comparable á una mujer

española cuando es joven y positivamente bella. La criatura que causó la

admiración de Don Jerónimo estaba medio acostada en un banco de la

cámara, y su cabeza caía descuidadamente en unos cojines. Era de un

blanco limpio, grandes ojos cerrados que sombreaban unas rizadas

pestañas y coronaban dos arqueadas y sedosas cejas. Su boca entreabierta

dejaba ver entre sus labios algo pálidos una dentadura fuerte y no muy

pequeña, pero cincelada y lustrosa, y su largo y negro cabello

ligeramente rizado, caía en un armonioso desorden realzando la admirable

regularidad de sus facciones. El pecho, los hombros, todo ello formaba

ondas y contornos suaves que dejaba adivinar un traje de seda, algo

maltratado y húmedo, pero que parecía colocado de intento por un hábil

artista. La casualidad, la fatiga, el peligro, su estado de dejadez y de

abandono, todo cooperaba á aumentar la belleza de esa mujer.

Cuando D. Jerónimo volvió de la admiración, procuró dirigirse al

personaje que estaba cercano á esa Venus que parecía que había dormido

entre las blancas espumas y las verdes ondas de la mar.

--Señor, dijo, veo que vuestra esposa ha sufrido mucho; y yo, sabiendo

hace meses que debería venir de la corte un personaje tan alto, estoy

encargado por mi primo Jerónimo Ruíz de la Mota, de ofreceros mi casa,

mi persona y mis servicios.

El Visitador se inclinó con dignidad. Era lo que podía llamarse un

hombre, y no representaba más de cuarenta años; de tez un poco morena,

de ojo pequeño y vivo, grandes entradas en la frente, y un pelo negro

echado hacia atrás con desorden pero con gracia, daba á su fisonomía un

aire de audacia y de superioridad que no dejaba de imponer. Sin

contestar á Don Jerónimo se acercó con afección á la dama desmayada, le

compuso un poco los vestidos, le tomó el pulso, le puso la mano en el

corazón, y después le acarició suavemente la frente.

--Es solo un desmayo, dijo dirigiéndose al hombre gordo. El temporal ha

sido fuerte, y hemos estado á punto de naufragar. Los peligros y las

aventuras se han hecho para los hombres, pero la naturaleza débil de las

mujeres no puede sobreponerse al horror de una muerte próxima. Quizá en

tierra recobrará sus sentidos, porque el olor de un barco no es el más

á propósito......

--Es mi sentir, y vuestra señoría puede disponer de una buena barca que

se portó ayer muy bien, pues salí con ella á encontrar á la Covadonga, y

de verdad que sin Dios y mi piloto Antón, no tuviera hoy la honra de

hablar con......

--El Lic. Vena, Visitador de México.

--Por muchos años, contestó inclinándose el hombre gordo; y su señoría

dispondrá lo que hacer se debe.

En esto, la hermosa dama pareció volver en sí, abrió los ojos y se

incorporó. Nueva admiración de Don Jerónimo. Aquellos grandes ojos

negros como el azabache despedían rayos de amor y de luz. Don Jerónimo

se mordía los labios, mientras el Licenciado envolvía en unas ropas á la

encantadora mujer que había llegado á las Indias en medio de la más

deshecha tormenta.

III

EL VISITADOR

El Lic. Vena y Doña Beatriz, que así se llamaba la dama, se hospedaron

en la casa de nuestro D. Jerónimo, que era un rico comerciante y que

aventajaba mucho en sus negocios, agasajando cada vez que podía á los

empleados y personajes influentes que llegaban de España á la colonia.

Doña Beatriz volvió á caer en un desmayo al llegar á la habitación; pero

los cuidados que le prodigaron dos criadas negras que tenía D. Jerónimo,

y más que todo una buena taza de vino y algunos alimentos, la volvieron

á la vida, pues lo que realmente tenía era que en cerca de treinta

horas, por el mareo y el miedo no había comido. Así que estuvo repuesta

y se encontró segura en una amplia y bien ventilada habitación, desde

donde se veía el mar quieto, azul y brillante, sonrió y se dirigió al

Lic. Vena, cuyas facciones denotaban una profunda tristeza.

--Es un placer, un placer que no tiene igual en la tierra, verse libre y

segura después de una tormenta. ¡Qué noche, qué noche! creo que si

pienso más en ella me volveré loca.

El Licenciado no le contestó, y continuó mirando distraídamente al mar.

Beatriz, que lo observaba, cambió inmediatamente; bajó los ojos, y dos

lágrimas silenciosas rodaron por aquellas mejillas suaves, deteniéndose

un instante en el suave vello que las hacía parecer como un terciopelo

al través de la luz.

--No sé por qué, dijo, daría yo la mitad de mi vida por verme en mi casa

de Sevilla, al lado de mis flores, de mi madre, de Pilar mi hermana. La

América nos ha recibido con una tormenta, y yo no puedo ver estas

playas secas y arenosas, y estos arrecifes terribles, sin que se me

cierre el corazón.

--Todo esto pasará, Beatriz, le contestó el Licenciado saliendo de su

distracción y procurando poner un semblante muy afable. Dentro de pocos

meses estaremos en Sevilla, en Granada, en Italia; pero no me hagas

creer que te has arrepentido, porque eso sí me pondría de veras triste.

--Arrepentida, no; pero qué quieres; yo preferiría......

--¿Estar con tu marido, acaso?--repuso violentamente el Licenciado.

--Con mi marido; no, nunca. Esta señal que tengo en el carrillo es una

garantía segura de que nunca volveré ni á mirarle. Una sevillana ama,

pero no perdona.

Beatriz tenía, en efecto, una pequeña señal en el carrillo izquierdo.

--Bien, bien, dijo Vena, no hay que traer á la memoria recuerdos

amargos. Pensemos en el porvenir, y es lo que nos toca.

--¿Traes tus cartas y tus provisiones?--le preguntó Beatriz.

--Precisamente las cartas del Rey, no; pero bastan por ahora las

instrucciones; y sobre todo, ¿quién puede dudar......?

Don Jerónimo tocó suavemente la puerta y anunció que el Ayuntamiento

quería felicitar al Visitador y ponerse á sus órdenes. En menos de

media hora el Licenciado y Doña Beatriz salieron elegantemente vestidos

á la sala á recibir á la concurrencia.

Los miembros del Ayuntamiento le presentaron un gran azafate de plata.

Una comisión del comercio que llegó después, le presentó á Doña Beatriz,

en una bandeja de oro, una sarta de gruesas perlas.

Las visitas y las comisiones se sucedieron unas á otras, y cada persona

llevaba al Visitador ó á su esposa un objeto de valor ó alguna

curiosidad. Terminó la ceremonia, y el Visitador y Beatriz pasaron al

comedor, donde nuestro grueso y buen Don Jerónimo tenía dispuesta una

suculenta mesa.

Un correo se despachó á México avisando que el Lic. Vena, con cartas y

_provisiones_ del Rey, muy importantes y secretas, había llegado á

Veracruz, y dentro de pocos días pasaría á la capital.

En esa época era Virrey D. Antonio de Mendoza, hombre que poseía la

confianza de la Corte, que había gobernado perfectamente la Nueva-España

y que no tenía de esos enemigos tenaces y secretos que perdieron á

Cortés más de una ocasión en el ánimo del Soberano; así, la llegada de

un Visitador no dejó de chocarle; pero puesto que era un hecho que

estaba en Veracruz, no había otro remedio sino recibirle y obedecer.

En cuanto á la Audiencia, era otra cosa. Los Oidores quizá no tenían

tan limpia su conciencia, la noticia los puso en cuidado, y lo primero

que trataron y convinieron entre sí, fué ganarse la confianza y

protección del personaje.

IV

LA AUDIENCIA

Vena y Doña Beatriz salieron al cabo de ocho días de la Veracruz, llenos

de plata, de oro y de valiosas alhajas, custodiados por cuarenta lanzas

jinetas. El camino fué una perpetua ovación. Los caciques, los

justicias, los vecinos principales salían á recibir á los nobles

personajes, y los banquetes y los obsequios eran continuados. Llegado á

México, se alojó en una de las casas principales que los oidores le

habían preparado, y á los tres días le mandaron respetuosamente pedir

sus _provisiones_ para darles cumplimiento.

El Licenciado contestó con la mayor franqueza y naturalidad, que él no

había traído las _provisiones_, porque el Virrey Velasco que estaba para

llegar, las tenía y entonces serían vistas y cumplidas por todos los

vasallos de S. M.

La Audiencia se dió por satisfecha: llamó al Lic. Vena á sus _estrados_,

le dió asiento en ellos, y con la mayor escrupulosidad le estuvo dando

cuenta é instruyendo de todos los negocios graves que había pendientes,

procurando inspirarle una resolución favorable.

Las horas en que el Licenciado acababa esos importantes quehaceres, las

empleaba en su casa en recibir á las personas más distinguidas. Los

encomenderos y todas las muchas gentes interesadas en la _visita_ le

llevaban cuantiosos regalos de oro y plata para él, y de alhajas y

perlas para Doña Beatriz. A la segunda semana de haber llegado el

Visitador á México, ya tenía un valioso tesoro, que reunido al de

Veracruz, formaba un respetable capital bastante para vivir con

independencia el resto de la vida.

Beatriz estaba rica: su hermosura deslumbró y causó sensación en México;

pero cada vez estaba más triste, y raro día no dejaba de acordarse de su

Sevilla y de derramar algunas lágrimas. El Lic. Vena la tranquilizaba y

le aseguraba que antes de dos semanas estarían de vuelta en Veracruz y

se embarcarían en la misma Covadonga, que aun no se daba á la vela.

Un día, como de costumbre, el Licenciado se fué á los _estrados_ de la

Audiencia, y allí llegó un correo expreso enviado de Veracruz, que

avisaba que el Virrey Don Luis Velasco había llegado.

Al escuchar esta noticia, el Licenciado se puso pálido, y un ligero

temblor se observó en sus labios; pero los oidores nada advirtieron, y

él tuvo tiempo de reponerse.

--Qué me place, les dijo, que el buen Don Luis haya llegado, y sin la

tormenta que á mí me trajo á tierra. Quiera Dios que yo sin tormenta

vuelva, y con el permiso de vuestras señorías mañana partiré á encontrar

al Virrey y á tomar las _cartas y provisiones_ que me traerá, para que

podamos continuar la visita para bien de S. M. y de sus reinos.

Los oidores ofrecieron sus servicios al Visitador, y despidiéronse de él

cordialmente, pues creían que con tanto presente que le habían hecho le

tenían enteramente de su parte.

El Licenciado salió de la Audiencia precipitadamente, se dirigió á su

casa y entró buscando á Beatriz.

--¡Estás demudado! ¿Qué te ha sucedido? ¿Estás enfermo?--le preguntó

Beatriz.

--Más me valiera haber muerto,--contestó el Licenciado.--Corremos un

gran peligro, y esta noche es necesario que salgamos de la ciudad. Nada

me preguntes ahora, y recojamos nuestras joyas y nuestros tesoros.

V

LOS AZOTES Y LA LOCA

Don Antonio de Mendoza, que había siempre desconfiado, hizo regresar

violentamente el correo á Veracruz para que preguntara al nuevo Virey lo

que había.

Don Luis de Velasco contestó que no había tal visitador, que á su salida

de España la Corte no había tratado de mandar persona alguna, y que así

ese Lic. Vena no era más que un impostor y un aventurero, y que el no

traía para tal personaje cartas ni _provisiones_ algunas.

Cuando los oidores supieron esta noticia, se mesaban los cabellos y

pateaban de rabia. ¡Unos hombres tan severos, tan respetables como

ellos, burlados y robados por un miserable!

El Virrey Mendoza, tranquilo y sin darse por enojado, pues él jamás fué

víctima de tal superchería, dictó enérgicas disposiciones, y las circuló

á los justicias de la tierra para que aprehendiesen al falso visitador.

Don Gonzalo de Vetanzos, gobernador de Cholula, prendió en el momento de

marcharse al Lic. Vena y á la linda Sevillana, y los trajo á buen

recaudo á México. El licenciado fué encerrado en la cárcel; la dama en

una casa de confianza, y se recogieron las joyas, oro y plata que les

habían regalado, devolviéndose á sus dueños.

En breves días se instruyó la causa, y el Lic. Vena fué condenado á diez

años de galeras, y á recibir antes cuatrocientos azotes.

* * * * *

La misma multitud indolente y curiosa que se agolpó á ver la entrada

solemne de la noble é interesante pareja, llenó las calles y los

balcones para presenciar la cruel ejecución.

Un hombre, que se podía llamar hermoso, iba montado y atado en una

bestia con albarda: llevaba las espaldas desnudas, pero su semblante era

altanero y fiero, y desafiaba las miradas insolentes de la multitud.

El pregonero se detenía en cada esquina, y gritaba tres veces: Esta es

la justicia que el Rey manda hacer en el Lic. Vena, _por embaidor, por

embaidor_.

Apenas acababa aquel funesto grito, cuando los verdugos descargaban con

todas sus fuerzas diez varazos, contándolos con una especie de

complacencia.

Cuando hubo la tumultuosa comitiva y el infeliz licenciado pasado cuatro

esquinas, su brío se había acabado, la sangre corría escurriendo al

suelo, y algunos pedazos de carne se levantaban de sus espaldas.

El pregón continuó, y los azotes también. En la sexta esquina, una

hermosa mujer apareció, encontrándose frente á frente con el azotado.

Abrió los ojos, llevó la mano á los cabellos, y empujando á la multitud

corrió por las calles dando lastimeros gritos. El Licenciado la miró

espantado, hizo un esfuerzo por romper sus ligaduras, pero un terrible

azote del verdugo le hizo lanzar un gemido de dolor.

* * * * *

La historia no dice si el Lic. Vena murió en el suplicio ó fué al fin

llevado á galeras. Tampoco se sabe la suerte que corrió la hermosa

Sevillana, víctima de un extravío y de un amor desgraciado.

Pasados algunos años de este suceso, se refería por el vulgo que á las

doce de la noche se aparecía la Sevillana y corría por las calles dando

gemidos tan dolorosos que partían el corazón.

_Manuel Payno._

ALONSO DE AVILA

I

PROLOGO.--LA CONFESIÓN

En una noche oscura y lluviosa de fin de Julio de 1564, víctima el

Virrey D. Luis de Velasco de los más acerbos dolores que le ocasionaba

una aguda enfermedad, entregaba su alma á Dios. A ese mismo tiempo, y

entre las tres y cuatro de la mañana, un hombre envuelto en un raído y

pardo ferreruelo, escurriendo por todas partes la agua que había mojado

su sombrero y vestidos, tocaba con grande estrépito la portería del

convento de Santo Domingo de México, y los golpes duros y compasados

producían un eco triste en las calles solitarias y en las bóvedas y

estrechos corredores del monasterio. Parece que el lego portero, que

estaba dormido profundamente, era el único que no oía este ruido que sin

interrupción continuaba, hasta que al fin una voz ronca y gruñona se

escuchó del otro lado de la puerta, y al mismo tiempo una ventanilla se

abrió y dejó pasar por sus pequeñas pero espesas barras de hierro un

manojo de rayos de luz que fueron á iluminar las espesas y mojadas

barbas del que tocaba.

--¿Quién es el imprudente que turba á estas horas el reposo de este

convento, y qué quiere?--preguntó desde adentro el lego portero con

visible mal humor.

--Su Paternidad perdone. Soy Pero Ledesma, criado de mi señor Fortún del

Portillo, que está en la agonía, y su alma no espera más que al Muy

Reverendo Padre Fr. Domingo de la Anunciación para irse al otro mundo.

--Eso es otra cosa, Pero, dijo el lego, y todo lo que sea para la salud

de la alma de tu amo que es bienhechor de nuestro convento, debemos

hacerlo. Espera un poco y arrímate al marco de la puerta, pues parece

que llueve fuerte. El lego sonó un gran manojo de llaves, metió una de

ellas en la chapa, y en pocos minutos el rechinido de la enorme puerta

anunció que el criado de D. Fortún tenía expedita la entrada del sombrío

é inmenso monasterio.

--No hay que perder tiempo, dijo el lego, acomodando en la cintura el

manojo de llaves y tomando en la mano una linterna que despedía una luz

rojiza; cuando se trata del alma de un cristiano y de un buen español,

no hay que dormirse ni que perder tiempo.

Los dos personajes subieron la escalera y se internaron por los

corredores oscuros, dejando el uno un rastro de agua y el otro una nube

de humo denso que despedía la mecha del farol. Llegaron á la celda de

Fr. Domingo, tocaron, y al escuchar el Reverendo Padre el nombre de

Fortún del Portillo, se levantó resignado, se puso una montera que le

cubría las orejas y los ojos, y envuelto en una especie de turca ó sayal

negro salió en compañía del criado, que encendió una tea de resina y le

guió por las calles oscuras y llenas de charcos y de lodo, hasta la casa

del moribundo y penado caballero.

Fortún del Portillo era hombre como de más de cincuenta años, cara

larga, barba cerrada y cana. Los ojos eran hundidos, pero las

enfermedades se los habían retirado casi hasta el cerebro. Sufría un

ataque agudo del hígado y estaba ya sin aliento ni fuerzas, tendido en

su lecho y en los últimos instantes de su vida. La recámara estaba

iluminada con velas de cera que ardían delante de diversas imágenes de

santos, y el cuello del paciente cubierto de reliquias y de

escapularios. Luego que Fr. Domingo entró, todas las mujeres que

asistían al enfermo y rezaban oraciones en coro se agolparon á su

derredor y le besaron la mano. El Reverendo mandó apagar algunas de las

velas y retirar á todas las rezanderas.

--Vamos, señor Fortún, ¿qué es eso? os creía, al contrario, muy

aliviado...... quizá Dios todavía hará un milagro,--dijo Fr. Domingo

acercándose á la cama del enfermo.

--¿Traéis los Santos Oleos?--respondió el enfermo con una voz trabajosa.

--No; y á fe que no os creía tan grave, y quizá......

--Dios me ha permitido, interrumpió el enfermo, que viva el tiempo

necesario para que oigáis mi confesión, y ha querido salvar mi alma del

infierno. Bendita sea su divina misericordia.

--Confiad en Dios, replicó Fr. Domingo; y quitándose su negra capa,

arrimó junto á la cama un tosco sillón y se dispuso á oír la confesión

del enfermo, el cual, por su parte y con mil esfuerzos, se incorporó y

se acercó lo más posible al confesor.

* * * * *

--¿Creéis que Su Divina Majestad me perdonará?--preguntó el enfermo

después de haber confesado sus culpas.

--Si os arrepentís sinceramente, tendréis el cielo seguro, pues Dios

perdona los más grandes pecados.

--¿Creéis, padre, que haría bien, para descargo de mi conciencia, en

dejar para concluir la fábrica de las capillas, alguna parte de lo poco

que Dios me ha dado en esta tierra?

--Seguramente, contestó Fr. Domingo. Todo eso es grato y meritorio á los

ojos de Dios.

--Es que, continuó el enfermo con una voz que con esfuerzo le salía ya

de la garganta, tengo otro pecado tan grande, tan horrendo, que dudo que

Dios me lo perdone aun cuando dejara todo mi caudal al convento.

--No hay que blasfemar ni dudar un solo instante de la misericordia de

Dios, que es infinita,--interrumpió el padre con entusiasmo. Vamos, no

hay que tener empacho ni vergüenza á la hora de la muerte. Decid,

depositad vuestro secreto en este Santo Tribunal.

El padre se acercó de nuevo al enfermo, y éste le habló un momento en

voz muy baja.

--¡¡Jesús!!--exclamó Fr. Domingo dando involuntariamente un salto del

sillón; ¿y todo ello es verdad?

--Tan verdad, padre, como que dentro de poco he de comparecer ante la

presencia de Dios.

El libro rojo, 1520-1867, Tomo I · 第 5 / 20 段